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Hesiquio de Batos

Textos de la Filocalia

 

el prebístero hesiquio

 

 

Nuestro santo padre Hesiquio, presbítero de la Iglesia en Jerusalén, floreció bajo Teodosio el Joven, brillando por las enseñanzas que impar­tió. Murió por el año 433. De sus muchas páginas escritas, hemos inclui­do aquí solamente su Discurso, dividido en 230 capítulos óptimo también para los novicios—, siendo sus temas principales la sobriedad, la atención del intelecto y la custodia del corazón; en resumen, un escrito utilísimo, si los hubiere. Del mismo, el crítico Focio nos dice literalmente en el códice 198, pág. 267: “…En éstos (capítulos) el discurso de la obra en su conjunto se presenta más útil que cualquier otro para aquellos que construyen su vida con miras a la herencia de los Cielos. También ofrece la claridad que promete, y en general, se adapta a las personas que no se preocupan por competir con sus discursos, sino que dedican todas sus fa­tigas y celo a la práctica de sus obras.“‘

 

En realidad, el autor de Discurso sobre la sobriedad… (.Ad Theodulum, de temperantia et virtuté), no es Hesiquio el Presbítero conocido como Hesiquio de Jerusalén, sino un tal Hesiquio, no identificado aún, quien no es mencionado antes del siglo XIII, y habría sido un higúmeno de un monasterio de la Virgen de Nuestra Señora de Roveto, en el Mon­te Sinaí. Por tal motivo fue denominado Hesiquio el Sinaíta o de Batos.

Esta indicación, no verificada, que nos fuera trasmitida por la tradición manuscrita, es el único dato biográfico que tenemos de él. Es ciertamen­te posterior a Juan Clímaco y a Máximo el Confesor, quien junto a Mar­cos el Asceta, muestra conocerlo. Por lo tanto, deberemos colocar el período de su vida después del siglo VII, quizás entre el VIII y el X. (En cuanto a Hesiquio y su espiritualidad, cf. Jean Kirchmeyer, en Dictionnaire de Spiritualité, VII, 1, 408-410.)

 

 

 

 

De hecho, este párrafo de Focio no se refiere a la obra de Hesiquio, sino a una obra de for­mación, que desapareció, cuya descripción hecha por Focio corresponde casi exactamente ai Verba Seniorum, incluido en PL 73, ce. 855-1022, en el cual figuran algunas sentencias de Hesi­quio (cf. Focio, op. cit., vol. III, cód. 198, pág. 96, n.° 2).

 

 

A Teódulo. discurso para las eminencias máximas, útil para la salvación del alma, a  propósito de la sobriedad y la virtud. referido a las así denominadas confutación e invocación

 

1. La sobriedad es un método espiritual que, si es duradero y se lleva a cabo voluntariosamente, con la ayuda de Dios, libera a todo hombre de pensamientos pasionales y de palabras y obras malvadas, y en la me­dida que sea posible, dona el conocimiento seguro de un Dios incom­prensible, así como la interpretación de los misterios divinos y secretos. La misma cumple con todo mandamiento de Dios del Antiguo y del Nue­vo Testamento, produciendo todo bien del siglo futuro. Es propiamente la pureza del corazón, que por su grandeza y por su belleza —o para de­cirlo mejor, por nuestra negligencia— es rara hoy en día en los monjes. Cristo la proclama bendita diciendo: Bienaventurados los puros de cora­zón porque verán a Dios (Mt 5, 8). Siendo tal, se compra a un precio elevado. La sobriedad duradera en el hombre es la guía que lleva por un recto cami­no y es grata a Dios; es un acceso a la contemplación y nos enseña a mover rectamente las tres partes del alma y a vigilar con seguridad los sentidos, incrementando día a día, en su compañía, las cuatro virtudes naturales.

2. El gran legislador Moisés, o más bien el Espíritu Santo, queriendo subrayar la irreprensibilidad y la pureza, la capacidad de entender y de ensalzar dicha virtud, queriendo enseñarnos cómo iniciarla y perfeccionarla, dice: Cuida de ti mismo, que la palabra escondida en tu corazón no se torne en violación de la ley (Dt 15, 9). Y denomina palabra escondida al me­ro pensamiento relativo a una acción mala y odiosa a Dios. Los Padres también la llamaban “asalto” dirigido al corazón por parte del Diablo. No bien este asalto se presenta ante el intelecto, nuestros pensamientos lo persiguen y contra él disputan con pasión.

3. La sobriedad es la vía de toda virtud y es un mandamiento de Dios; se la denomina también hesichía del corazón; alcanza la perfección me­diante la ausencia de toda fantasía y es la custodia del intelecto.

4. El que nació ciego no ve la luz del Sol. Así, el que no camina por la sobriedad no ve los espléndidos fulgores de la gracia que provienen desde lo alto, ni será liberado de las obras, palabras, y pensamientos ma­los y odiosos a los ojos de Dios, los cuales —en el momento de nuestra muerte— no pasarán libremente delante de los principios infernales.

5. La atención es el silencio ininterrumpido del corazón, de todo pensamiento; silencio que siempre, perenne e ininterrumpidamente respira e invoca a Cristo Jesús, Hijo de Dios y Dios; sólo a Él. Con Él se alinea valientemente contra los enemigos; a Él se confiesa, ya que sólo Él tiene el poder de perdonar los pecados. Abrazada continuamente a Cristo me­diante la invocación, a É,l que conoce el secreto de los corazones, el al­ma trata de esconder a los hombres su propia dulzura y la íntima lucha, para que el Maligno no permita que la malicia crezca a escondidas ni bo­rre su bellísima actividad.

6. La sobriedad es la constante solidez del pensamiento y se ubica en las puertas del corazón; ella ve los pensamientos que se acercan como ladrones y escucha lo que dicen o hacen los sanguinarios, y avizora la forma, esculpida y levantada como una estela de los demonios, que trata de engañar al intelecto con fantasías. Estas diligentes actividades nos dan con suficiente pericia, si lo deseamos, la experiencia para el combate espiritual.

 

7. El doble temor1, el alejamiento de Dios y los eventos de las pruebas que incluyen una corrección, saben generar esta continuidad estable de la atención en la suprema potencia del alma del hombre, que trata de obstruir la fuente de los malos pensamientos y de las malas obras; de ella surgen el alejamiento de Dios, y las pruebas imprevistas que Éste nos en­vía a fin de enderezar nuestra vida. Esto se da sobre todo para aquellos que, después de haber probado el alivio de este bien, lo han descuida­do. Pero la continuidad genera la costumbre, y la costumbre genera una natural frecuencia de la sobriedad; y ésta, durante el tiempo del comba­te, poco a poco, según la situación, genera la contemplación. Y la con­templación es recibida por la perseverante oración a Jesús, por la dulce tranquilidad privada de fantasías del intelecto y por el estado que provie­ne de Jesús. 1. Se refiere al temor de Dios que surge de la amenaza de la punición, y al que está unido a la caridad y genera la piedad en el alma, impidiendo que la libertad de la caridad nos lleve al des­precio de Dios. Cf. San Máximo el Confesor, Primera centuria sobre la caridad, cap. 81.

8. La mente que se mantiene firme e invoca a Cristo contra los enemigos, refugiándose en Él, es como un animal que, rodeado por muchos perros, se les opone en un lugar que lo protege. Aquélla observa desde lejos, espiritualmente, los escondites espirituales de los enemigos invisibles, y por su continuo suplicar a Jesús que obra la paz en contra de ellos, permanece inviolable.

9. Si lo sabes, y te ha sido dado presentarte por la mañana y ser vis­to (Cf. Sal 5, 4), pero también has podido ver, sabes lo que te digo; si no lo sabes, sé sobrio y lo obtendrás.

10. Los mares están constituidos por mucha agua. Pero la constitución y el sostén de la sobriedad, de la vigilancia y de la hesichía profunda del alma, del abismo de las contemplaciones extraordinarias y secretas, de la humildad que perdona, de la rectitud, de la caridad, son la suma sobrie­dad y la oración a Jesucristo, sin pensamientos. Y esto, se produce con fuerza y continuidad, sin desalentarse.

11. Se ha dicho: No todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre (Mt7, 21). Pero la volun­tad del Padre es la palabra: Vosotros que amáis al Señor, odiad las cosas malas (Cf. Sal 96, 10). Además de rezar a Jesucristo, odiemos también los malos pensa­mientos; es así como cumplimos la voluntad de Dios.

12. El Señor nuestro y Dios encarnado nos ha puesto delante un modelo (Cf. 1 P 2, 21) de toda virtud, un ejemplar de la estirpe de los hombres, una llamada de la antigua caída, al retratar en su propia carne una vida llena de virtudes. Y con todos sus bienes, que nos mostrara a modo de ejemplo, dirigiéndose al desierto después de su bautismo, comenzó con un ayuno su lucha espiritual, mientras que el Diablo se le acercaba como si fuera un simple mortal (Cf. Mt 4,3). Y por medio de una victoria tal, el Señor nos enseñó a nosotros, seres inútiles, cómo luchar contra los espíritus malignos, es decir, con humildad, con ayuno, con oración (Cf. Mt 17, 21) y con sobriedad. Él, que no tenía necesidad de estas cosas, pues era Dios y Dios de dioses.

13. Y no dudaré en indicarte con palabras sencillas y sin adornos, cuántas son las maneras de alcanzar la sobriedad, capaces de purificar poco a poco la mente de pensamientos pasionales. Pues no he juzgado necesario, en tiempos de combate, disfrazar dentro de este discurso la utilidad mediante la expresión, particularmente cuando es dirigida a las personas más simples. Y tú, Timoteo, hijo mío, —nos dice—presta aten­ción a lo que lees (1 Tm 4, 13).

14. Entonces, el primer modo de llegar a la sobriedad es examinando frecuentemente nuestra fantasía, es decir el asalto; pues Satanás no pue­de obrar sobre nuestros pensamientos sin la fantasía, ni presentarle men­tiras al intelecto para engañarlo.

15. Otra forma es tener el corazón profundamente silencioso siempre, en hesichía, lejos de todo pensamiento. Y rezar.

16. Otra es suplicar con humildad al Señor Jesucristo una ayuda continua.

17. Otro modo de tener en el alma el recuerdo ininterrumpido de la muerte.

18. Queridísimo, todas estas operaciones impiden, como porteros, el acceso a los malos pensamientos. Pero mirar hacia el Cielo y no te­ner en cuenta para nada la Tierra es un modo tan eficaz como los otros, y si Dios me lo permite, hablaré al respecto más en extenso en otro momento.

19. Si ahuyentamos un poco las causas de las pasiones, nos mantendremos ocupados en especulaciones espirituales, pero no nos dedicaremos a ellas con toda nuestra actividad, y entonces caeremos fácilmente de nue­vo en las pasiones de la carne, y no obtendremos otro fruto más que la os­curidad total del intelecto y nuestra desviación hacia las realidades materiales.

20. Es necesario que quien lucha tenga, en lo íntimo, al mismo tiem­po estas cuatro cosas: humildad, suma atención, confutación y oración. La humildad, porque para él la lucha es contra los soberbios demonios adversarios, y para tener la ayuda de Cristo al alcance de nuestro corazón, ya que Dios odia a los soberbios (Cf. Pr 3, 34). La atención, para hacer que nuestro corazón no tenga ningún pensamiento, aunque le parezca bueno. La confutación, para que no bien haya reconocido lo que le sucedió, contradiga de inmediato y con desdén al Maligno. Y contestaré —nos dice— a aquellos que de mí se mofan con malicia, ¿será posible que mi alma no se someta a Dios? (Sal 61, 1). Y la oración, para que clame a Dios con gemidos ine­narrables (Rm 8,26), inmediatamente después de la confutación. Y entonces él, el luchador, verá al Enemigo abatido y alejado del adorable nombre de Je­sús, como el polvo por el viento o como el humo que se disuelve, junto con su fantasía.

21. Aquel que no tiene una plegaria pura de pensamientos, no tiene la armadura para la guerra. Me refiero a una plegaria que obre perenne­mente en los recesos del alma, para que en el momento de la invocación a Cristo, el Enemigo, que combate a escondidas, sea azotado y quema­do vivo.

22. Debes mirar con la mirada aguda y severa del intelecto; así podrás reconocer a aquellos que están entrando y, habiéndolos reconocido, aplastar en seguida por medio de la confutación, la cabeza de la serpien­te. Al mismo tiempo invoca con gemidos a Cristo, y obtendrás la experiencia del divino socorro invisible, y entonces verás con claridad la rectitud del corazón.

23. Como uno que toma en sus manos un espejo y colocándose en el medio de muchas personas, se mira en el espejo y ve su rostro, pero tam­bién ve el de los otros que entran en ese único espejo, así el que mira debidamente en su propio corazón, en él ve su propio estado y las ne­gras caras de los etíopes espirituales (Cf. n. 19, p. 165).

24. Pero el intelecto no puede vencer por sí mismo la fantasía que le proviene de los demonios. Que no se confíe en esto. Pues, siendo astu­tos, fingen que se dejan vencer y le ponen la zancadilla al mismo tiem­po, a través de la vanagloria, por ejemplo; pero si invocamos el nombre de Jesús, no tienen fuerza, ni siquiera por un momento para mantenerse de pie y engañarlo.

25. Trata de no pensar de la misma manera que el antiguo Israel, ni de ser entregado tú también a los enemigos espirituales. Aquél, liberado de los egipcios por parte del Dios de todas las cosas, imaginó como una ayuda para sí mismo un ídolo de metal fundido (Cf. Ex 32, 4).

26. Y harás de nuestro débil intelecto un ídolo de metal fundido, el cual, si invoca a Jesucristo contra los espíritus malignos, los echa fácilmente y con ciencia experta arrasa las fuerzas invisibles y adversas del Enemigo. Pero si, tontamente, tiene completa confianza en sí mismo, es arrojado contra los buitres. En Dios —dice— ha confiado mi corazón y ha sido ayudado, y mi carne ha vuelto a florecer (Sal 27, 7) ¿Quién si no el Señor me hará renacer y se unirá a mí contra mis malos e innumerables pensa­mientos? (Cf. Sal 93, 16). Aquel que tiene confianza en sí mismo y no en Dios, tendrá una gran caída (Cf. Tb 18, 12).

27. Si quieres luchar, toma siempre como ejemplo la pequeña araña, para decidir sobre el tipo y la táctica de la hesichía del corazón. Si no lo haces, tu intelecto no está aún preparado para ello. En efecto, la araña caza pequeñas moscas, y tú, si verdaderamente te encuentras en la hesichía, aunque sea con fatiga en el alma, no cesarás de matar a los infan­tes de Babilonia; matanza por la cual eres llamado bendito por el Espíritu Santo, por medio de David (Cf. Sal 136, 9. Feliz quien agarre y estrelle contra la roca a tus pequeños: contra la Roca, que es Cristo y su nombre, se destrozarán los pequeños de los demonios, es decir los pensamientos insinuados por ellos y su prole).

28. Así como es imposible que aparezca en el firmamento el Mar Ro­jo; y como no es posible que un hombre que camina sobre esta tierra no respire este aire, así es imposible purificar nuestro corazón de pensa­mientos pasionales y alejar de él a los enemigos espirituales, sin una prolongada invocación del nombre de Jesucristo.

29. Si estás siempre ocupado en tu corazón con el pensamiento humilde, el recuerdo de la muerte y la crítica a ti mismo, la confutación y la invocación del nombre de Jesucristo, y caminas sobriamente cada día con estas armas por el camino estrecho pero feliz y alegre de la mente, accederás a la santa contemplación de los santos y recibirás de Cristo la luz de sus profundos misterios, donde se encuentran los tesoros escondi­dos de la sabiduría y de la ciencia (Col 2, 3), y en el cual habita corporalmente to­da la plenitud de la divinidad (Col 2, 9). Pues junto a Jesús sentirás que el Espíritu Santo ha invadido tu alma; de Él recibe la luz el intelecto del hombre para poder mirar a cara descubierta. Nadie —como se ha dicho— puede decir “Señor Jesús”, si no es en el Espíritu Santo (1 Co 12, 3). Y esto es garantía mística de lo que (la invocación) busca.

30. Entonces, es necesario que aquellos que desean aprender sepan también esto: que los envidiosos demonios nos esconden y empequeñe­cen el combate espiritual, envidiándonos, los muy terribles, la utilidad, el conocimiento y el acercamiento a Dios que surge de la lucha; e incluso para raptarnos nuestro intelecto de improviso, en un momento de descui­do nuestro, convirtiendo nuevamente la mente de algunos en desatenta. Estos demonios tienen un motivo incesante y una lucha de la cual se preocupan, es decir, no quieren que nuestro corazón conserve la aten­ción de manera alguna, ya que saben cuánta riqueza ésta aporta al alma. Entonces nosotros deberemos tender a la contemplación espiritual con el recuerdo de nuestro Señor Jesucristo. Y en el intelecto se reinstalará la guerra, haciendo todo con el consejo —si así se lo puede llamar— del mismo Señor y con mucha humildad.

31. Es necesario que los que vivimos en el monasterio eliminemos toda voluntad nuestra frente a nuestro superior, mediante una elección deliberada y con corazón bien dispuesto; y que con la ayuda de Dios seamos dóciles al freno y privados de voluntad. Es bueno ser expertos en esto para no dejarse turbar por la ira y mover nuestra irascibilidad de modo irracional y contra natura, encontrándonos respecto al resto, inseguros frente al combate invisible. En efecto, nuestra voluntad no eliminada por nosotros deliberadamente, suele enojarse contra aquellos que se apresuran a eliminarla en contra de nuestra deliberación. Por tanto, la irascibilidad puesta en movimiento, ladrando salvajemente, destruye la ciencia de la lucha que con dificultad y mucha fatiga se ha­bía logrado conquistar. La irascibilidad es destructiva por naturaleza, y actúa en contra de los pensamientos de los demonios, los arruina y des­truye; pero si, por otro lado, se turba en contra de los hombres, también arruina los buenos pensamientos que están en nosotros. En consecuen­cia, la irascibilidad es nociva respecto de los pensamientos de todo tipo, ya sean malos como eventualmente buenos. En efecto es un arma y un arco preparado por Dios para nosotros, siempre que no apuntemos contra ambos. Pero si actúa diversamente es peligrosa, pues yo sé que un perro enfurecido puede matar a las ovejas de la misma manera que los lobos.

32. Y así sería necesario huir de la excesiva confianza como del veneno del áspid, y evitar las muchas conversaciones como a las serpientes y a la raza de víboras (Cf. Mt 3, 7), ya que estas cosas tienen la fuerza de establecer en el al­ma el olvido completo del combate interior, haciéndola descender de la alegría excelsa de la pureza de su corazón. Pues el execrable olvido se opone a la atención como el agua al fuego, y de momento en momento se convierte en un enemigo más y más fuerte. Pues del olvido caemos en la negligencia, de la negligencia en el desprecio, en la indolencia y en la inconveniente concupiscencia. Y así retrocedemos como el perro a su propio vómito (Cf. 1 P2, 22). Huyamos de la excesiva confianza como de un veneno mortal, mientras que la mala posesión del olvido y de sus consecuencias puede ser curada mediante la escrupulosa custodia del intelecto y la conti­nua invocación del nuestro Señor Jesucristo. Sin Él nada podremos hacer (Cf.Jnl5, 5).

33. No es admisible, ni por cierto posible, ser amigo de una serpien­te y llevarla en nuestro propio seno. Tampoco lo es adular de todos los modos posibles nuestro propio cuerpo, curarlo y amarlo más allá de las cosas realmente necesarias, y al mismo tiempo preocuparse por las vir­tudes celestiales. Pues es natural que la serpiente hiera a aquel que lo abriga, y que el cuerpo manche por el placer a aquel que lo cuida. Allí donde cae, que sea golpeado con el látigo y con el puño, sin que nada le sea ahorrado; como un esclavo fugitivo lleno de vino, hombre capaz de recibir latigazos, que conozca al Señor. Que no pase el tiempo be­biendo, que no ignore a su incorruptible patrón, ni el fango corruptible, siervo y hombre de la noche. Hasta el día de tu muerte no confíes en la carne. El deseo de la carne —nos dice— es enemigo de Dios, ya que no se somete a la ley de Dios. Y el deseo de la carne está en contra del Espíri­tu. Aquellos que viven en la carne no pueden gustar de Dios; pero noso­tros no estamos en la carne sino en el espíritu (Rm 8, 7 y ss.; Ga 5, 17).

34. Es obra de la prudencia mover siempre el alma irascible hacia el encuentro del combate interior con nuestra propia autocrítica. Es obra de la sabiduría mover el alma racional hacia la sobriedad cuidadosa e ince­sante y hacia la contemplación espiritual. Dirigir el alma concupiscente hacia la virtud y hacia Dios, es obra de la justicia. Y obra de la fortaleza es el gobernar los cinco sentidos y mantenerlos sometidos, a fin de que nuestro hombre interior —es decir, el corazón— y el exterior —el cuer­po— no se manchen por su intermedio.

35. Sobre Israel está su magnificencia (Sal 67, 35). Es decir, sobre el intelecto que ve, en la medida que le es posible, la belleza de la gloria del mismo Dios. Y su potencia entre las nubes (Ibíd).. Esto es, en las almas resplandecientes que miran fijamente hacia la mañana a Aquel que está sentado a la diestra del Padre (Hch 7, 55), y que irradia resplandor sobre ellos, como un sol que proyecta sus rayos sobre las blancas nubes y muestra (un espectáculo) amable.

36. Uno solo que peque, —dicen las Divinas Escrituras— destruirá una gran justicia (Qo 9, 18b), y el intelecto que peca, arruina las bebidas y los ali­mentos divinos (de los que habla) el capítulo mencionado (Cf. Qo 9, 7).

37. Nosotros no somos más fuertes que Sansón, ni más sabios que Salomón; no tenemos un conocimiento de Dios mayor que el que tuvo David, ni amamos más que Pedro, el primero (de los apóstoles). Por tanto, no confiemos en nosotros mismos, porque las Escrituras dicen: Aquel que confía en sí mismo tendrá una caída terrible (Cf.Jb 18, 12).

38. Aprendamos de la humildad de Cristo, y a disminuirnos como Da­vid; de Pedro, aprendamos a llorar sobre lo ocurrido; pero no hagamos como Sansón, Judas y Salomón, que desconocieron a Aquel que es sapientísimo.

39. Pues, el Diablo, con sus ordas habituales, como un león rugiente está de recorrida buscando a alguien para devorarlo (1 P 5,8). Que no sea ino­perante la continua atención del corazón y la sobriedad, la confutación y la oración a Cristo, nuestro Dios. Pues no encontrarás en toda tu vida, una ayuda mayor que la de Jesús. Él mismo conoce, como Dios, las as­tucias, las insidias, los engaños de los demonios.

40. Entonces, que el alma tenga fe en Cristo, que lo invoque y no le tema, ya que no combate sola sino con el terrible rey Jesucristo, creador de todas las cosas incorpóreas y corpóreas, esto es, las visibles e invisi­bles.

41.Y así como cuanta más lluvia cae sobre la tierra, más la ablanda; así también el santo nombre de Cristo, gritado e invocado frecuentemen­te por nosotros, llena de alegría y de gozo la tierra de nuestro corazón.

42. Pero es bueno que los inexpertos sepan también esto, que los enemigos incorpóreos e invisibles que desean el mal y son sabios al perjudicar, veloces, ligeros y expertos en la guerra, desde los tiempos de Adán hasta el presente, no podrán ser vencidos de ninguna manera por nosotros, los seres corpóreos, pesados y doblados sobre la tierra con el cuerpo y con el pensamiento, si no es por medio de la perpetua sobrie­dad del intelecto y de la invocación a Jesucristo, Dios y creador nuestro. Para los inexpertos alcanza con la oración de Jesús y el impulso de pro­bar y conocer el bien; para los expertos, la práctica, la prueba y el alivio del bien, son el mejor hábito y maestro.

43. Como un niño pequeño, y por lo tanto inocente, que ve a alguien que hace figuras, lo disfruta y lo sigue sin malicia, así también nuestra al­ma que es simple y buena, de tal modo creada por su buen Soberano, goza por medio de la fantasía de los asaltos de Diablo y engañada, corre detrás del peor, creyendo que es bueno, como la paloma detrás del de­seo de sus hijos. Y así mezcla sus propios pensamientos con la fantasía del asalto demoníaco; por ejemplo, el rostro de una bella mujer o de cualquiera otra cosa absolutamente prohibida por los mandamientos de Cristo. Es su deseo realizar lo que le pareció bello y, al consentir, actúa la iniquidad que vino a su mente por medio del cuerpo, condenándose a sí misma.

44. Éste es el arte del Maligno, y con estas flechas envenena toda al­ma. Por esto no es seguro, frente a tamaña prueba de guerra del intelec­to, dejar entrar los pensamientos en nuestro corazón, sobre todo al principio, porque nuestra alma goza todavía de los asaltos del Demonio, obtiene placer de ellos y los sigue. Sin embargo, es necesario conocer­los y eliminarlos de inmediato, al surgir el asalto. Pero cuando el inte­lecto, habiendo cumplido esta maravillosa obra, se haya ejercitado y reconocido de verdad los pensamientos para poder capturar las peque­ñas zorras (Cf. Ct 2, 15), como dice el profeta, entonces deberemos dejarlos (que entren) y confutarlos.

45. Así como es imposible que por un mismo conducto pasen el fue­go y el agua, de la misma manera es imposible que el pecado entre en el corazón, si antes no golpeó a su puerta por medio de la fantasía de un asalto maligno.

46. Ante todo se produce el asalto; en segundo lugar el acoplamiento, es decir la mezcolanza de nuestros pensamientos con aquellos de los de­monios malignos; en tercer lugar, la alianza, como sucede entre dos tipos de pensamientos que meditan el mal; en cuarto lugar, está la acción sensi­ble, es decir el pecado. Si el intelecto pone atención, está sobrio y por me­dio de la confutación y de la invocación del Señor Jesús expulsa el asalto desde su aparición, las consecuencias de los pensamientos son vanas. Pues el Maligno, siendo un intelecto incorpóreo, no puede engañar a las almas más que por medio de la fantasía y de los pensamientos. Y en lo que concierne al asalto, David dice… cada mañana yo mataba…(Sal 100,8). Y el gran Moisés dice, a propósito de la alianza: no harás una alianza con ellos (Ex 23, 32).

47. El intelecto se enoja invisiblemente con el intelecto durante el combate, es decir, el intelecto del demonio con el nuestro. Por ello, es necesario invocar al momento, desde lo más profundo de nosotros mismos, a Cristo, para que ahuyente al intelecto del demonio y nos dé los premios de la victoria, ya que es amante de los hombres.

48. Ten presente que la hesichía del corazón es como una persona que tiene en sus manos un espejo y lo mira con fijeza. Entonces verás el bien y el mal escritos inteligiblemente en tu corazón.

49. Vela por que no exista nunca en tu corazón ningún pensamiento, ni irracional ni racional, para que reconozcas fácilmente a los filisteos, es decir a los hijos primogénitos de los egipcios (egipcios y filisteos, pueblos enemigos de Israel, son los tipos espirituales de los demonios y de sus sugestiones).

50. Qué virtud buena y suave, luminosa y dulcísima, magnífica y espléndida y bella es la sobriedad, siendo bien guiada por ti, Cristo Dios, y que avanza con la gran humildad del intelecto humano vigilante. En efecto, distiende sus ramas hacia el mar y hacia el abismo de la contemplación, y hasta los ríos de los suaves y divinos misterios, sus brotes (Cf. Sal 79, 12); calma la sed del intelecto, sediento durante mucho tiempo por la sal de la impiedad de los pensamientos de los espíritus malignos, y por el sen­timiento malévolo de la carne, que es la muerte.

51. La sobriedad se asemeja a la escalera de Jacob, al final de la cual está Dios y por la que los ángeles ascienden (Cf. Gn 28, 12). Pues, ella quita todo mal de nosotros, ya que elimina la locuacidad, la maledicencia, la calumnia y toda la serie de males sensibles, no soportando siquiera por un instan­te, ser privada, por estas cosas, de su propia dulzura.

52. Sigámosla de buena gana, hermanos, y elevándonos en su contemplación con mente pura en Cristo Jesús, consideremos nuestros pecados y nuestra vida pasada para que, contritos y humillados en el recuerdo de nuestros pecados, tengamos la ayuda incesante de Jesucristo nuestro Dios, en la guerra invisible. Pues, privados de la ayuda de Jesús a causa de la soberbia, de la vanagloria, del amor propio, no alcanzaremos la pu­reza del corazón, por la que Dios se da a conocer al hombre; ya que aquella es la causa de todo esto (Cf. Mt 5, 8), como dice la promesa.

53. El intelecto que no descuida la propia actividad, escondida conjuntamente con los otros bienes provenientes de la ininterrumpida actividad de la custodia, encontrará que también los otros cinco sentidos del cuerpo, son inoperantes en cuanto a males exteriores. De hecho, cuidando exclusivamente la propia virtud y sobriedad, y queriendo deleitarse con los buenos pensamientos, no soporta ser engañado por pensamien­tos materiales y vanos que acuden por medio de los cinco sentidos. Por el contrario, conociendo la fuerza que éstos tienen por el engaño, los hu­milla de muchas maneras dentro de sí.

54. Permanece firme en tu mente y no te desmoronarás ante las tentaciones. Pero si te alejas, deberás soportar las consecuencias (los capítulos 54-60 coinciden con los capítulos 163, 115a, 116-117, 101, 103, 104, 110 de la Ley espiritual de Marcos el Asceta).

55. Así como a los inapetentes ayuda el amargo ajenjo, así para los malos caracteres es conveniente padecer males.

56. Si no quieres padecer males, no quieras hacerlos, porque infaliblemente una cosa sigue a la otra; pues lo que cada uno siembra, también lo cosechará (Ga 6, 7). Entonces cuando sembramos voluntariamente el mal y lo co­sechamos contra nuestra voluntad, deberemos admirar la justicia de Dios.

57. El intelecto está enceguecido por estas tres pasiones: la avaricia, la vanagloria y el placer.

58. El conocimiento y la fe, las compañeras de nuestra naturaleza, no son ofuscadas por otra cosa más que por aquéllas.

59. El furor y la ira, las guerras y los homicidios, y toda la serie de los otros males, han prevalecido terriblemente entre los hombres debido a aquéllas.

60. El que no conoce la verdad, tampoco puede creer verdaderamen­te. Pues, según el orden natural, el conocimiento precede a la fe. Las palabras dichas por las Escrituras han sido dichas no sólo para que las entendamos, sino también para que las llevemos a cabo.

61. Entonces, empecemos nuestra obra. Ya que, procediendo de mo­do consiguiente, encontraremos que la esperanza en Dios y la segura fe, el conocimiento interior y la liberación de las tentaciones, los dones de los carismas, la confesión del corazón y las lágrimas abundantes llegan a los fieles por medio de la oración. Y no solamente estas cosas, sino tam­bién el soportar las tribulaciones que puedan surgir, así como el sincero perdón al prójimo y el conocimiento de la ley espiritual, el descubri­miento de la justicia de Dios y la venida del Espíritu Santo, y el don de los tesoros espirituales, y todas las cosas que Dios prometió dar a los hombres que creen, aquí y en el siglo futuro. En una palabra, es imposi­ble que el alma se asemeje a la imagen de Dios si no es por medio del don de Dios y por la fe del hombre, quien persiste con su mente en te­ner mucha humildad y en orar sin distracciones.

62. En realidad, por la experiencia aprendemos el gran bien que se origina en la continua invocación al Señor Jesús contra los enemigos espirituales, para el que quiere purificar su propio corazón. Y verás cómo concuerdan las palabras que he dicho respecto de lo que proviene de la prueba, con los testimonios de las Escrituras. Prepárate —nos dicen— Israel, a invocar el nombre del Señor tu Dios (Am 4, 12). Y el Apóstol nos dice: Rezad incesantemente (1 Ts 5, 17). Y el Señor dice: Sin mí no podéis hacer nada. El que permanezca en mí y yo en él, éste dará muchos frutos. Y agrega: El que no permanece en mí, es arrancado como los sarmientos de la vid (Jn 15, 5 y ss). La oración es un gran bien y comprende todos los bienes, porque puri­fica al corazón, lugar donde Dios aparece a los fieles.

63. El bien de la humildad, que por su naturaleza eleva y es amado por Dios, y que destruye casi todos los males que están en nosotros y son odiosos a Dios, es naturalmente difícil de obtener. Fácilmente se podrían encontrar en un solo hombre algunas operaciones parciales de muchas virtudes, pero si buscáis en él el olor a humildad, lo encontraréis con mucha fatiga. Por lo tanto, es necesaria una muy buena disposición para alcanzar esta posesión. En efecto, las Escrituras llaman impuro al mismo Diablo, ya que desde un principio rechazó la buena riqueza de la humildad y amó la soberbia. Por esto en todas las Escrituras el Diablo es también llamado espíritu impuro. Pues, ¿cuál impureza corporal puede accionar el que está completamente privado de un cuerpo y de carne y dotado de movilidad, para que ello pueda llamarse impuro (Cf. Mt 10, 1; 12, 43 etc). Entonces es claro que fue llamado impuro por su soberbia, y de puro y luminoso án­gel se tornó en impuro. Y así es impuro para el Señor aquel que se ensal­za en su corazón (Pr 16, 5). Pues se dice: El primer pecado fue la soberbia (Cf. Si 10, 13). Y también el soberbio faraón decía: No conozco a tu Dios ni permitiré que Israel se vaya. (Ex. 5, 2).

64. Hay muchas operaciones de la mente capaces de procurarnos el hermoso don de la humildad, siempre y cuando no descuidemos nues­tra salvación. Esto es, el recuerdo de los pecados, en palabras, en obras y con el pensamiento, así como muchísimas otras cosas que contribuyen a la humildad y son obtenidas mediante la contemplación. La verdadera humildad produce también esto, es decir que se puedan comparar una a una las buenas acciones del prójimo. Y así, viendo el intelecto cómo la propia nulidad es inferior a la perfección de los hermanos, el hombre se considera tierra y ceniza (Cf. Gn 18,27), y que no es un hombre (Cf. Sal 21, 7) sino un perro, por­que frente a todos los hombres racionales que están sobre la Tierra, es­tá en falta y es inferior en cada cosa.

65. La boca de Cristo, la columna de la Iglesia, nuestro gran padre Ba­silio nos dice: Es un gran bien, para no pecar y no caer en los mismos pecados al día siguiente, el examinarnos a nosotros mismos y en nuestra conciencia al final del día, es decir nuestras acciones, cuáles pecados he­mos cometido y lo que hemos obrado con justicia (Cf. San Basilio). Esto lo hacía Job res­pecto de sí mismo y de sus propios hijos (Cf.Jb 1, 5), ya que si examinamos las cuentas cada día, iluminamos la rendición de cuentas de cada momento.

66. Y más aún. Otro sabio de las cosas de Dios dijo: El principio de la producción de los frutos es la flor, así como el principio de la ciencia práctica es la continencia (Cf. Nilo de Ancira). Por tanto, seamos continentes —haciendo es­to con medida y peso— como nos enseñan los Padres, y transcurramos todas las horas del día custodiando nuestro intelecto. Si así lo hacemos, con la ayuda cíe Dios podremos apagar y humillar con un cierto tipo de violencia, la malicia. Ya que también es violencia la vida virtuosa por la que es dado el Reino de los Cielos (Cf. Mt 11, 12).

67. Los caminos al conocimiento son la impasibilidad y la humildad sin los cuales nadie verá al Señor (Los capítulos 67-75 coinciden con los siguientes capítulos de san Máximo el Confesor: Cuarta centuria sobre la caridad, 58, 64, 50-52, 63; Segunda centuria, 40; Primera centuria, 76; Cuarta centuria, 72).

68. Aquel que se ocupa sin interrupción de las cosas interiores es moderado. Y no solamente esto; también contempla, hace teología y reza. Esto es lo que dice el Apóstol: Caminad en el Espíritu y no satisfagáis la concupiscencia de la carne (Ga 5, 16).

69. El que no sabe avanzar en la vía espiritual no se preocupa de los pensamientos pasionales, sino que dedica todo su tiempo a la carne y, (entonces), o es un goloso y se entrega al desenfreno, o se entristece y se enoja, guarda rencor. Por tanto, entenebrece el intelecto o practica un ascetismo desmedido y enturbia su mente.

70. Aquel que ha renunciado tanto a las cosas materiales, como a la mujer, a las riquezas, etc., ha convertido en monje al hombre exterior pe­ro no al hombre interior, el que ha renunciado a los pensamientos pasio­nales de éste —es decir del intelecto— es el verdadero monje. Es fácil convertir en monje al hombre exterior si así lo desea, pero no es una lu­cha menor hacer del hombre interior, un monje.

71. ¿Quién es el que, en esta generación, habiéndose liberado enteramente de los pensamientos pasionales, ha sido hecho continuamente digno de la oración pura e inmaterial? Ésta es justamente la señal del hombre interior.

72. Muchas pasiones permanecen escondidas en nuestras almas, pe­ro cuando surgen las ocasiones, entonces se redescubren.

73. No dediques todo tu tiempo a la carne, pero dibújale una discipli­na acorde con tus fuerzas y luego vuelve todo tu intelecto a las cosas interiores. Pues el ejercicio del cuerpo es poco útil, pero la piedad es útil en todo (1 Tm 4, 8).

74. Cuando se da la inactividad de las pasiones, ya sea porque no sur­gen las ocasiones o porque los demonios se retiran con engaño, junto con esto, sobreviene la soberbia.

75. La humildad y el sufrimiento liberan al hombre de todo pecado. La primera corta las pasiones del alma y la otra, las del cuerpo. Por ello, el Señor dice: Felices los puros de corazón porque verán a Dios (Mt 5,8) Lo verán a Él y a los tesoros que están en Él, cuando con el amor y la continencia se purifican; y más aún si aumentan la purificación.

76. El cuidado del intelecto es la torre de guardia de los discursos que tienen por objeto toda virtud, como el antiguo centinela de David preanunciaba la circuncisión del corazón (Quizás tenga en mente lo dicho en 2 S 18, 24 y ss., refiriéndose al segundo mensajero visto por el centinela de David).

77. Como al mirar a algo que perjudica la vista sensible somos daña­dos, así le sucede también al intelecto.

78. Como el que hiere el corazón de una planta, la hace secar, debe­rás saber que así le sucede al corazón del hombre. No deberás descuidar tu atención ni siquiera por un instante, ya que los ladrones no tienen pe­reza.

79. Queriendo el Señor demostrarnos que todo mandamiento es de­bido y que la adopción de los hijos le fue donada a los hombres por su sangre, nos dice: Cuando hayáis hecho lo que os estaba mandado, decid: Somos siervos inútiles, que hemos hecho lo que debíamos hacer (Lc 17, 10. Los capítulos 79-82 coinciden con los capítulos 2-8 de:  A aquellos que creen…  de Marcos el Asceta). Por esto el Reino de los Cielos no es una merced, sino la gracia del Soberano preparada para los siervos fieles. El siervo no pide la libertad como una merced, pero se alegra sabiéndose deudor y la recibe como una gracia.

80. Cristo ha muerto por nuestros pecados, según las Escrituras (1 Co 15, 3), y a quien lo sirve bien le concede la libertad como una gracia. Pues nos dice: Bien, siervo bueno y fiel, has sido fiel en lo poco, yo te constituiré so­bre mucho. Entra en la alegría de tu Señor (Mt  25, 21). Pero no es un siervo fiel aún el que se apoya sobre el simple conocimiento, sino aquel que cree en Cristo que ha dado la orden, mediante la obediencia.

81. El que honra a su patrón, hace lo que se le ordena. Si se equivo­ca o desobedece, soportará las consecuencias como es debido. Si amas aprender, ama también la fatiga, pues la ciencia pura infla al hombre (Cf. 1 Co 8, 1).

82. Las tentaciones que nos surgen sin esperarlas, providencialmente nos enseñan a amar la fatiga.

83. La luz que envuelve una estrella es cosa propia, así como la modestia y la humildad son propias del hombre pío y temeroso de Dios, ya que no hay ningún otro signo que sea naturalmente más indicativo y claro de los discípulos de Cristo, que un pensamiento humilde y una actitud modesta. Esto lo gritan por doquier los cuatro Evangelios. El que no es así, es decir, el que no vive humildemente, pierde su posibilidad de tener parte junto a Aquel que se humilló a sí mismo (Flp 2, 8) hasta alcanzar la cruz y la muerte, y es también el legislador y el ejecutor de los divinos Evangelios.

84. Vosotros que tenéis sed —nos dice— venid por agua (Is 55, 1). Pero voso­tros que tenéis sed de Dios, caminad con pureza de pensamiento. Por­que aquel que vuela alto con el mismo, debe mirar también a la tierra de la propia nulidad. Nadie se encuentra más alto que el humilde. Puesto que cuando no hay luz todo es oscuro y tenebroso; así, cuando falta el sentimiento de la humildad, todos nuestros cuidados respecto de Dios, son vanos y polutos.

85. Escucha toda la conclusión del discurso: teme a Dios y custodia sus mandamientos (Qo 12, 13), ya sea espiritualmente, ya sea sensiblemente. Si te obligas a observarlos espiritualmente, poco a poco tendrás necesidad de hacer esfuerzos sensibles por ellos. Pues dice David: He querido hacer tu voluntad y tu ley en el centro de mi vientre (Sal 39, 9).

86. Si el hombre no hace la voluntad y la ley de Dios en medio de su vientre, es decir en medio de su corazón, no puede hacerlo fácilmente tampoco en su exterior. Y el hombre que no es sobrio y es indiferente, dirá a Dios: No quiero conocer tus caminos (Jb 21, 14), por falta total de la divina iluminación mientras que, el que participa de ella sin incertidumbre, se convertirá en constante y capaz respecto de las cosas divinas.

87. Así como la sal sensible hace agradable el pan y todo alimento, y conserva incorruptas y duraderas algunas carnes, así sucede respecto de la dulzura espiritual y el actuar maravilloso (que se producen) en la cus­todia de la mente. Pues (la misma) da dulzura divina, ya sea al hombre interior como al hombre exterior, y ahuyenta el mal olor de los malos pensamientos y nos mantiene constantes en el bien.

88. Del asalto nos vienen muchos pensamientos, y de éstos la mala actuación de los sentidos. Pero aquel que junto a Jesús apaga de inmediato lo que viene antes, ha puesto ya en fuga lo que viene después, y enriquece al dulce conocimiento divino por el cual encontrará a Dios, que está por doquier. Y emergiendo en él es espejo del intelecto, es iluminado incesantemente a semejanza del puro cristal por el sol sensible. Y entonces el intelecto tendrá alivio, habiendo alcanzado el extremo de las cosas deseadas, lejos de toda contemplación de sí mismo.

89. Ya que todo pensamiento entra en el corazón por medio de la fantasía de ciertas cosas sensibles, la bendita luz de la divinidad lo irradia cuando éste se encuentra a gusto, lejos de todas esas cosas y no confor­me con ellas; es decir, cuando ese resplandor, al despojarse de todos los pensamientos, se muestra tal como es al puro intelecto.

90. Cuanta más atención tengas en tu mente, del mismo modo reza­rás a Jesús, es decir, con deseo; y cuanto más negligente seas en exami­nar tu mente, del mismo modo te alejarás de Jesús. Y como la primera cosa ilumina grandemente el cielo de la mente, así, al sustraerse a la vi­gilancia y a la dulce invocación de Jesús, por su naturaleza lo oscurece todo. Porque todo es así por naturaleza, como lo hemos dicho, y no de otro modo. Y esto lo comprenderás por experiencia, comprobándolo mediante hechos. Ya que no hay virtud, y, sobre todo, un tal accionar generador de luz, que no haya sido aprendido con la experiencia.

91. El invocar ininterrumpidamente a Jesús con un deseo lleno de dulzura y alegría, es la causa por la que el cielo del corazón está lleno de alegría y de calma, lo que sigue a la atención suma. Pero la causa de la suma purificación del corazón es Jesucristo, Hijo de Dios y Dios, cau­sa y artífice de todos los bienes. Yo —nos dice— soy el Dios que hace la paz (Is 45, 7).

92. El alma beneficiada que ha recibido toda la dulzura de Jesús, lle­na de exultación y de amor, devuelve a su benefactor lo recibido con ala­banzas, agradeciendo e invocando con gran dulzura en el alma, a Aquel que le dio la paz, viendo espiritualmente dentro de sí mismo a Aquel que deshace las fantasías de los espíritus malignos.

93. Dice David: Mi ojo espiritual ha visto a mis enemigos espirituales, y por entre los malvados que surgen en mi contra, estará escuchando mi oído (Sal 91, 12)  Y vi la recompensa de los pecadores (Sal 90, 8) de parte de Dios en mí. De no existir ciertas fantasías en el corazón, el intelecto se mantendría estable según natura, presto a dirigirse hacia toda la suave contemplación espiritual, y amante de Dios.

94. Como he dicho pues, la sobriedad y oración a Jesús son naturalmente adecuadas para unirse entre ellas. Pues la atención máxima es propia de la oración continua, y la oración, a su vez, es propia de la suma sobriedad y de la atención del intelecto.

95. El recuerdo no olvidado de la muerte es un buen pedagogo del cuerpo y del alma: el mirar siempre hacia ella, descuidando todo lo que es­tá en el medio, incluso el mismo lecho donde yaceremos agonizantes, etc.

96. No es posible, hermanos, que uno que quiera ser siempre invulnerable se ponga a dormir. Una de las dos cosas es inevitable: o caer y perecer, desnudo de toda virtud, o permanecer de pie con el intelecto siempre armado. Pues también el enemigo está siempre de pie, con su propia escolta.

97. Del recuerdo y de la invocación continua a nuestro señor Jesu­cristo resulta un estado divino de nuestro intelecto, si no descuidamos la continua súplica mental a Él mismo, la firme sobriedad y un obrar es­table. Y si tratamos de tener siempre presente esta obra, cumpliéndola siempre del mismo modo, mediante la invocación a Jesucristo nuestro Señor, con deseo ardiente del corazón, recibiremos el santo nombre de Jesús. La continuidad es madre del hábito, ya sea referida a la virtud, co­mo al vicio, y el hábito tiene la fuerza de la naturaleza. Y el intelecto, habiendo llegado a un tal estado, busca a los enemigos, como el perro de caza a la liebre entre los arbustos, pero el perro para comer, mien­tras que a los enemigos para aniquilarlos.

98. Entonces cuando —es decir, cuantas veces suceda que— se multipliquen en nosotros los malos pensamientos, les arrojaremos nuestra invocación a nuestro Señor Jesucristo y los veremos de inmediato disuel­tos como humo en el aire, tal como la experiencia nos enseña; y enton­ces habiendo dejado solo al intelecto, empezaremos de nuevo con la atención continua y la invocación. Y cada vez que pasemos por esta prueba, actuaremos así.

99. Así como es imposible para el cuerpo entrar desnudo en la bata­lla o cruzar vestido a nado un gran mar, o vivir sin respirar; así es impo­sible, sin humildad y sin una continua súplica a Cristo, empezar una guerra espiritual y escondida, y echarla y ahuyentarla hábilmente.

100. El gran hombre práctico que fue David dijo al Señor: Custodiaré mi fuerza en ti (Sal  58, 10). Y es mediante la ayuda que nos es dada por el Señor, que custodiamos en nosotros la fuerza del silencio del corazón y de la mente, donde se generan todas las virtudes. Y Él nos da también los mandamientos y, continuamente invocado por nuestro grito, aleja de nosotros el olvi­do impuro, que malogra sobre todo nuestra unión con Dios en nuestro corazón, como el agua al fuego. Por tanto, monje, no te duermas en la muerte (Sal 12, 4) por negligencia, sino que flagela a los enemigos con el nombre de Jesús y, como ha dicho un sabio, que el nombre de Jesús se adhiera a tu espíritu y entonces conocerás la utilidad del recogimiento interior.

101. Cuando nosotros, indignos, seamos hechos dignos con temor y terror de los divinos e inmaculados misterios de Cristo, Dios y Rey nues­tro, allí sobre todo mostraremos nuestra sobriedad, el cuidado del inte­lecto y la diligencia, para que el fuego divino, es decir el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, consuma nuestros pecados y nuestras imper­fecciones pequeñas y grandes. Pues, entrando en nosotros, de inmedia­to aleja de nuestro corazón los espíritus negativos de la maldad, perdona los pecados pasados y deja la mente sin la molestia de los malos pensa­mientos. Y si luego, después de todo esto, vigilamos diligentemente nuestro intelecto y nos mantenemos firmes a la puerta de nuestro cora­zón, cuando de nuevo seamos hechos dignos de los misterios, siempre más el cuerpo divino volverá a nuestro intelecto, espléndido y parecido a una estrella.

102. El olvido sabe apagar la custodia del intelecto como el agua apa­ga el fuego. Pero la oración continua a Jesús, junto a una sobriedad in­tensa, lo expulsa completamente del corazón. De hecho, la oración necesita de la sobriedad como una antorcha necesita de la linterna para alumbrar su luz.

103. Es necesario trabajar para mantener la custodia de las cosas preciosas, pero, en verdad, son las cosas preciosas las que nos custodian contra toda malicia sensible y espiritual. Y estas cosas preciosas son la custodia del intelecto junto a la invocación a Jesucristo y el mirar siem­pre hacia la profundidad del corazón, manteniendo siempre la hesichía de nuestro intelecto, incluso respecto de los pensamientos que parecen ser buenos; teniendo cuidado de estar vacío de pensamientos, de modo que los ladrones no se escondan allí; y si, persistiendo, nos esforzamos en nuestro corazón, la consolación no estará lejos.

104. Es natural que el corazón, que vigila ininterrumpidamente y recha­za las formas, las imágenes y las fantasías de los espíritus tenebrosos y ma­lignos, genere por sí mismo pensamientos luminosos. Pues, así como el carbón genera la llama, mucho más lo hará Dios que habita en nuestro co­razón desde nuestro santo bautismo y, al encontrar el cielo de nuestro pen­samiento puro de los vientos de maldad, vigilado por la custodia del intelecto, lo enciende la contemplación, tal como hace la llama con la cera.

105. De hecho, es necesario dirigirnos siempre, en el espacio de nues­tro corazón, al nombre de Jesús, como el relámpago lo hace en el firma­mento cuando está por llover. Esto lo saben con precisión todos aquellos que tienen experiencia en el intelecto y en el combate interior. Conduciremos el combate espiritual como si nos dispusiéramos para la batalla. En pri­mera fila, la atención; luego, conociendo el pensamiento enemigo que se acerca, lo rechazaremos con ira y con palabras de maldición en el corazón; la tercera fila consiste en hacer de inmediato una oración contra el mismo, dirigiendo el corazón hacia la invocación a Jesucristo, para que rápidamen­te se disuelva la imagen demoníaca y el intelecto no le corra detrás con la fantasía, como un infante seducido por alguien que le muestra figuras.

106. Esforcémonos como David en gritar: “Señor Jesucristo, mi garganta está ronca”, y nuestros ojos espirituales no verán menos al esperar el Señor, nuestro Dios (Sal 68, 4).

107. Recordemos siempre la parábola del juez injusto que el Señor nos dijera, para enseñarnos que debemos rezar siempre sin cansarnos (Lc 18, 1). Allí encontraremos la ganancia y la venganza.

108. Así como es imposible que aquel que mira fijamente el Sol no reciba un esplendor más vivo a los ojos, del mismo modo el que siempre se dirige al cielo del corazón no puede dejar de ser iluminado.

109. Así como es imposible vivir la vida presente sin comer ni beber, así, sin la custodia de la mente y la pureza del corazón, que es y se llama también sobriedad, es imposible que el alma acceda a algo espiritual y grato a Dios, o sea liberada del pecado del intelecto, aunque uno, por temor a los castigos, se violente a sí mismo para no pecar.

110. Y también aquellos que, con una violencia determinada, se abstie­nen de obrar el pecado son benditos por Dios, por los ángeles y por los hombres, pues fueron encontrados violentos por el Reino de los Cielos (Mt. 11, 12).

111. Lo maravilloso de la utilidad que la hesichía da al intelecto es que todos los pecados que primero golpean mediante pensamientos al intelecto y que si son acogidos por la mente se convierten en pecados sensibles y evidentes, la virtud intelectiva, sobria y vigilante, los elimina completamente, no permitiendo, mediante la ayuda de nuestro Señor Jesucristo, que los mismos entren en nuestro hombre interior y se conviertan en obras malas.

112. El Antiguo Testamento es la imagen del ascetismo del cuerpo, externa y sensible; pero el Santo Evangelio, que es el Nuevo Testamen­to, es la imagen de la atención, o mejor dicho, de la pureza del corazón. Y como el Antiguo no hacía perfecto ni daba cumplimiento al hombre interior en su piedad hacia Dios (pues —dice el Apóstol— la ley no ha hecho nunca perfecto a nadie) (Hb 7, 19), y solamente prohibía los pecados muy groseros; ya que eliminar del corazón los pensamientos y los sentimien­tos malignos es justamente el precepto del Evangelio, y es más grande para la pureza del alma que prohibir el arrancar el ojo o el diente del prójimo. También en cuanto a la justicia y el ascetismo del cuerpo —es decir el ayuno, la temperancia, el dormir en el piso, el estar de pie sin moverse, el velar, etc—, todas estas cosas conciernen al cuerpo y hacen acallar el pecado de obra, también en la parte concupiscible del cuerpo. Como lo he dicho para el Antiguo Testamento, son todas cosas buenas, ya que son la pedagogía del hombre exterior y la custodia de los peca­dos de obra, pero no nos resguardan de los pecados de pensamiento, en el sentido que los impidan, tal como alejarse —con la ayuda de Dios— de la envidia, de la ira, etc.

113. La pureza del corazón, es decir la vigilancia y la custodia del intelecto, cuyo tipo es el Nuevo Testamento —si es custodiada por nosotros como es debido—, erradica del corazón todas las pasiones y todos los vicios, los elimina, y en su lugar introduce la alegría, la buena espe­ranza, la compunción, el luto, las lágrimas, el conocimiento de nosotros mismos y de nuestros pecados, el recuerdo de la muerte, la verdadera humildad, la caridad infinita para con Dios y para con los hombres, y el eros divino dentro del corazón.

114. Así como es imposible caminar por la Tierra sin cortar el aire, así es imposible que el corazón del hombre no sea perennemente combati­do por los demonios o sufra ocultamente su operación interior, por más ascetismo del cuerpo que ejercite.

115. Si lo deseas en el Señor, no serás un monje bueno y humilde y siempre unido a Dios sólo en apariencia; pero si no quieres ser así, deberás perseguir con todas tus fuerzas la virtud de la atención, que es la custodia del intelecto; la vigilancia y la perfección, en el corazón, de la dulce hesichía, bendito estado del alma sin fantasías. Y esto es algo que no se encuentra frecuentemente.

116. Esto es lo que se llama filosofía espiritual. Camina por ella con mucha vigilancia y fervor de buena voluntad, con la oración a Jesús, con humildad y firmeza, y silencia los labios sensibles y espirituales con continencias en los alimentos y en las bebidas y en toda cosa que nos pueda inducir al pecado. Camina por ella a lo largo de la vía de la mente con sabiduría y prudencia: ella te enseñará con la ayuda de Dios las cosas que no sabías, y te hará conocer, te iluminará, te hará entender, te instruirá sobre lo que antes te era imposible recibir en el intelecto, porque caminabas por las tinieblas de las pasiones, cubierto y envuelto por obras tenebrosas, por el olvido y por la confusión del abismo.

117. Así como los valles abundan de trigo (Sal 64, 14), así la filosofía espiritual hace que en nuestro corazón abunde de todo bien; o, más bien, es nues­tro Señor Jesucristo el que te dará estas cosas, ya que sin Él no podemos hacer nada (Jn. 15, 5). Primero encontrarás que es la escalera, luego, el libro leí­do. Progresando, encontrarás que es la ciudad, la Jerusalén celeste, y ve­rás espiritualmente y con claridad a Cristo, el rey de los ejércitos de Israel con el Padre consustancial a Él y al adorable Espíritu Santo.

118. Los demonios nos inducen siempre a pecar mediante falsas fantasías. Pues con una fantasía de avaricia y de ganancia indujeron al infeliz Judas a entregar al Señor y Dios de todas las cosas; y con el engaño de un vil alivio del cuerpo, y de honor, de ganancia y de gloria, le tira­ron un lazo (Mt. 27, 5), y le inyectaron la muerte eterna, dándosela, los muy viles, como compensación de su fantasía adversa, es decir, el asalto.

119. Ved como los enemigos de nuestra salvación nos matan con la imaginación, la falsedad y las promesas vacías. También Satanás se precipitó así desde las alturas, como un rayo (Lc. 10, 18), habiendo imaginado ser igual a Dios. Y también separó a Adán de Dios, habiéndolo ilusionado con la fantasía de una dignidad divina (Gn. 3, 5). Así, el Mentiroso engaña a todos los pecadores y suele ser un enemigo fraudulento (2 Co 11, 3).

120. Recibimos amargura en el corazón mediante el veneno de los malos pensamientos, cuando somos arrastrados por el olvido a ser negligentes respecto de la atenta oración a Jesús por mucho tiempo. Pero de nuevo recibimos un sentimiento de dulzura y una cierta suavidad de bendita exultación, cuando cumplimos con fuerza y buena voluntad lo antedicho, en el laboratorio de nuestra mente, con diligencia, por medio del amor divino. Es entonces que somos celantes en caminar por la hesichía de nuestro corazón, aunque más no sea por el dulce placer y la felicidad que sentimos en nuestra alma.

121. Ciencia de las ciencias y arte de las artes es el arte contra los pensamientos que accionan el mal. El mejor modo y habilidad de actuar contra ellos es mirar en el Señor la fantasía del asalto y de custodiar la mente, como custodiamos el ojo sensible, y con éste vigilamos atentamente a lo que por accidente podría llegar a golpearlo, y en la medida que nos es posible, alejamos de él cualquiera pajita.

122. Así como la nieve no engendrará la llama o el agua no generará el fuego o el espino higos, así el corazón de ningún hombre estará libe­rado de pensamientos de palabras u obras del Demonio, si no purifica su fuero íntimo y no une la sobriedad con la oración a Jesús, si no condu­ce a buen fin la unión de la humildad y la hesichía de su alma, si no se apresura y camina con mucho ardor. Y es inevitable que el alma desa­tenta sea infecunda de todo bien y pensamiento perfecto, como una mu­la estéril que no tiene inteligencia (Sal 31, 9), de la prudencia espiritual. Pero el dulce accionar del alma, el nombre de Jesús y el vacío de pensamientos pasionales, todo esto, es la verdadera paz.

123. Cuando el alma se une con el mal en el cuerpo, ambos edifican la ciudad de la vanagloria y la torre de la soberbia, y los pensamientos indignos que viven en ellas. Pero el Señor, con el temor a la gehena confunde y divide su concordia (Gn 11, 1-9), obligando al alma que tiene dominio, a hablar y a pensar cosas ajenas y contrarias al cuerpo. De ello surgen te­mor y división porque el pensamiento de la carne es enemigo de Dios y no se somete a la ley de Dios (Rm 8, 6).

124. Debemos sopesar nuestras obras diarias en cada momento y prestarles atención y, en lo posible, aliviarlas de noche mediante el arrepentimiento, si realmente deseamos tener, junto a Cristo, una victoria sobre la malicia. Es necesario que examinemos si cumplimos con todas nuestras obras sensibles y manifiestas según Dios, delante de Dios y solamente por Dios, para que no seamos irracionalmente engañados por los sentidos.

125. Si nos ganamos, día a día, estar junto a Dios por nuestra sobrie­dad, no deberemos indiferentemente volver hacia atrás, exponiéndonos a recibir un daño por medio de muchas ocasiones peligrosas, sino que deberemos despreciar las vanidades a cambio de la belleza y la amable ganancia que nos proporciona la virtud.

126. Deberemos mover las tres partes del alma con justicia según na­tura, tal como fueron creadas por Dios, es decir, la irascibilidad contra el hombre exterior y la serpiente satánica. Enojaos —nos dice— con el pecado (Sal 4, 5), es decir, contra vosotros mismos, y contra el Diablo, para que no caigáis en el pecado contra Dios. Deberemos mover al alma concupiscen­te hacia Dios y hacia la virtud; hay que ubicar al alma racional respecto a las otras dos con sabiduría y ciencia, dándoles órdenes, corrigiéndolas, castigándolas y mandándolas, como un rey manda a sus súbditos. Enton­ces, la razón que se encuentra en nosotros gobernará según Dios las otras dos partes del alma, aunque las pasiones se levanten en contra de ella. Y nosotros estableceremos la razón sobre estas (partes) para guiarlas. Dice el hermano del Señor: Si uno no cae con la palabra, éste es el hombre per­fecto y puede poner freno también a todo su cuerpo, etc (St 3, 2). ya que en ver­dad, toda iniquidad y todo pecado se cumplen por medio de estas tres, así como toda virtud y justicia también pasan por estas tres.

127. Es entonces que, al hacer el intelecto discursos mundanos, o al acogerlos con el pensamiento y entretenerse con ellos, o si el cuerpo conjuntamente con el intelecto se ocupa de cosas sensibles, o el monje se entretiene con vanidades, el intelecto es oscurecido y se torna estéril. De inmediato ante estas cosas, se destruye el fervor, la compunción, la libre fe en Dios y el conocimiento. Ya que cuando prestamos atención, somos iluminados por ella, y cuando no prestamos atención, quedamos en tinieblas.

128. El que busca cada día la paz y la hesichía del intelecto, fácilmen­te despreciará toda realidad sensible para no cansarse en vano; pero si engaña su propia conciencia, dormirá amargamente la muerte del olvido que el divino David implora no dormir (Sal 12, 4). Y también el Apóstol dice: El que sabe hacer el bien y no lo hace, esto es pecado para él (St 4, 17).

129. Desde la negligencia, nuestro intelecto retorna a su lugar y a la sobriedad, si al punto encuentra la diligencia y restablece su práctica con ardiente solicitud.

130. El asno del molino no avanzará en su recorrido circular al cual ha sido atado. El intelecto tampoco progresará en la virtud que nos hace perfectos si no endereza su fuero íntimo. Será siempre ciego en sus ojos interiores, no pudiendo ver la virtud y a Jesús que irradia resplandores de luz.

131. Un caballo valeroso y vivaz goza al cabalgar cuando ha sido montado por su caballero. Y el intelecto gozará intensamente de la luz del Señor, presentándose por la mañana libre de pensamientos. Y procederá de la potencia de la filosofía práctica, retrayéndose por sí solo, has­ta alcanzar la potencia indecible que contempla la virtud y la realidad indecibles; y acogiendo en el corazón la profundidad de las alturas del infinito y de los pensamientos divinos, se le aparecerá, en la medida que sea accesible al corazón, el Dios de los dioses (Sal 83, 8). El intelecto, atraído, ala­ba amorosamente a Dios que es visto y ve, salvando a aquel que fija tan intensamente su mirada en Él.

132. El recogimiento del corazón alcanzado plenamente, verá en mo­do cognoscitivo un abismo profundo, y el oído del intelecto, en su recogimiento, oirá cosas extraordinarias de parte de Dios.

133. Un viajero que ha empezado a hacer un largo viaje, impracticable y duro, sospechando que puede perder el camino de retorno, plantará se­ñales e indicaciones a lo largo de su camino, tratando de lograr una vía fácil de retorno a casa; y el hombre que progresa en la sobriedad planta­rá palabras a modo de estelas, pensando también él de la misma manera.

134. Si al viajero el retornar de donde partió le proporciona alegría, para el hombre sobrio el retornar a lo que deja atrás significa la ruina de su alma racional y una señal de rechazo de las obras, de las palabras y de los pensamientos que son gratos a Dios; y durante el tiempo del sueño de su alma, aportador de muerte, tendrá pensamientos que como espuelas lo despertarán, recordándole su lentitud y la indolencia ocasionadas por su negligencia.

135. Cuando caemos en las tribulaciones, en los desconocimientos, en las desesperaciones, deberemos hacer en nosotros mismos lo que hi­zo David, es decir, volcar nuestro corazón en Dios, y contarle al Señor nuestra tribulación y por lo que pedimos, tal como lo sentimos (Sal 141, 3). Confe­semos a Dios como a alguien que puede gobernar con sabiduría nues­tras cosas y volver fácil nuestra tribulación, salvándonos de la tristeza que arruina y destruye.

136. Pues la ira contra natura que se mueve contra los hombres, y la tristeza que está contra Dios, y la pereza son igualmente destructoras de los bienes y de los pensamientos cognoscitivos. Éstas son cosas que, luego de una confesión, el Señor borra y se produce la alegría dentro de nosotros.

137. Sin embargo, los pensamientos que contra nuestra voluntad es­tán dentro de nuestro corazón y allí se han establecido, son borrados por Él, desde lo más profundo del pensamiento del corazón, por la oración a Jesús unida a la sobriedad.

138. Encontraremos ligereza y alegría cuando, estando en la tribula­ción que nos aportan los muchos pensamientos irracionales, nos repro­chamos con verdad y sin pasión, o bien le contamos todo al Señor como a un hombre. Con estas dos cosas encontraremos completo reposo de toda tribulación.

139. El legislador Moisés ha sido tomado por los Padres como la ima­gen del intelecto, ya que él ve a Dios entre los arbustos (Ex 3,6). Su rostro se tor­na glorioso (Ex 34, 30) y es reconocido como Dios por el Faraón del Dios de dioses (Ex 6, 1). Azota a Egipto (Ex 7, 10) y hace salir a Israel (Ex 12) y da la ley (Ex 20). Cosas éstas que, tomadas metafóricamente, según el Espíritu, indican el accionar y las prerrogativas del intelecto.

140. La imagen del hombre exterior es Aarón, el hermano del legisla­dor. Y también nosotros como Moisés, reprochando con desdén a Aarón que ha caído, decimos: ¿Qué injusticia ha cometido en tu contra Israel, que te has apurado en alejarlos del Señor Dios vivo y omnipotente? (Ex 32, 21).

141. Pues el Señor nos ha mostrado, cuando estaba por resucitar a Lá­zaro de entre los muertos (Jn 11, 33), el siguiente bien, junto a todos los otros bie­nes: rechazar con indignación la debilidad y la efusión del alma, y aspirar a una cierta severidad que logre liberarla del amor propio, de la vanaglo­ria y de la soberbia mediante la autocrítica.

142. Así como, si no tenemos una gran nave no es posible cruzar las profundidades del mar, del mismo modo es imposible rechazar el asalto del pensamiento maligno sin invocar a Jesucristo.

143. La confutación acalla los pensamientos y la invocación habitualmente los echa de nuestro corazón. En efecto, si el asalto asume en el al­ma la forma fantástica de una cosa sensible, ya sea un rostro que nos ha entristecido, ya sea la fantasía de una belleza femenina, o del oro o de la plata, si cada una de estas cosas que nacen en nuestra mente se recono­cen en seguida como pensamientos de resentimiento, de fornicación o de avaricia que engañan el corazón, y si el intelecto es experimentado y educado en el hábito de la vigilancia de sí mismo y a mirar con pureza y en el aire puro las fantasías seductoras y los engaños del maligno, podrá con facilidad, mediante la confutación y la oración a Jesús, apagar los dardos encendidos del Diablo (Ef 6, 16), no consintiéndose a seguir los movi­mientos de la fantasía, ni a nuestros pensamientos de adecuarse con pa­sión a esa apariencia, ni a hablarle amistosamente o a razonar con ella, demostrándole consentimiento. Cosas éstas que inevitablemente son seguidas por las malas obras, como las noches siguen a los días.

144. Pero si nuestro intelecto es inexperto en la destreza cíe la vigilan­cia y se mezcla de inmediato con pasión, a esa fantasía pasional que sur­gió, cualquiera ella sea, y se pone a discurrir recibiendo informaciones indebidas y contestando, entonces nuestros pensamientos se mezclan con la fantasía demoníaca, y la misma se transforma y se multiplica, pareciendo amable, hermosa y agradable al intelecto que la recibe, siendo el mismo saqueado. El intelecto pues, sufrirá de la misma manera que si apareciera un perro en una llanura donde pacen corderos inocentes, y éstos corren hacia él como si fuera su propia madre, sin obtener ninguna ventaja con su cercanía, antes bien, recibiendo sólo su impureza y su mal olor. Del mismo modo también los pensamientos corren indisciplinadamente hacia todas las fantasías demoníacas que se hallan en el inte­lecto, y tal como lo he dicho, es posible verlos mezclados entre ellos, queriendo abatir la ciudad de Ilio, igual que Agamenón y Menelao. Tam­bién éstos se aconsejaron mutuamente sobre lo que debió hacerse para poner en acción, por medio del cuerpo, lo que a ellos les pareció bello y dulce, engañados por el asalto demoníaco. Y es así que interiormente se operan las caídas del alma, siendo inevitable que posteriormente ellas revelen lo más íntimo de nuestro corazón.

145. El intelecto es una cosa ingenua y dócil, que sigue fácilmente las fantasías, y es difícil frenarlo cuando enfrenta fantasías ilícitas, a no ser que el raciocinio, señor absoluto de las pasiones, lo frene de continuo.

146. La contemplación y el conocimiento son las guías naturales de una vida diligente, porque la mente, conducida por éstos, alcanza el desprecio de los placeres y de las otras realidades sensibles y dulces de la vida como si fueran cosas viles.

147. La vida atenta, cumplida plenamente en Cristo Jesús, se torna de nuevo madre de la contemplación y del conocimiento; genitora de las divinas ascensiones y de las cogniciones sapientísimas, unida al esposo mediante la humildad, como dice el profeta Isaías: Aquellos que atienden al Señor recibirán a cambio la fuerza, le saldrán alas (Is 40, 31) y volarán por medio del Señor.

148. Resulta duro y difícil para los hombres tener en el alma el silen­cio de todo pensamiento. Y de verdad es laborioso y cansador. De he­cho, encerrar y obligar lo que es incorpóreo en la habitación del cuerpo, no cansa solamente a los que son profanos en cuestiones de combate, si­no también a aquellos que son prácticos en la inmaterial lucha interior. Aquel que abrazó al Señor Jesús por medio de la oración continua, no se cansará de seguirlo, según el profeta (Jr 17, 16 LXX); y no deseará un día de hombre, a causa de la belleza, de la suavidad y de la dulzura de Jesús, ni se sen­tirá confundido delante de sus enemigos, con los malvados demonios que lo rodean (Sal 11, 9), mientras habla con ellos en la puerta de su corazón (Sal 126, 5), pues los persigue, por medio de Jesucristo.

149. El alma que por medio de la muerte ha levantado vuelo, teniendo consigo como defensa, a las puertas del Cielo, a Jesucristo, no se avergonzará de sus enemigos, sino que con libertad, entonces como ahora, hablará con ellos a las puertas. Estando solo hasta la muerte, que no se canse el alma de invocar el nombre del Señor Jesucristo, Hijo de Dios, de día y de noche, y Él de inmediato, la vengará según su promesa divina, y no mentirá según lo dicho respecto del juez injusto (Lc 18, 1-8). Sí, digo que lo ha­rá en la vida presente y después de su salida del cuerpo.

150. Navegando por el mar espiritual, confía en Jesús. Él grita místicamente en lo íntimo de tu corazón: No temas, siervo mío Jacob, yo soy tu auxilio. No temas gusanillo de Jacob, ni vosotros, oh, hombres de Israel. Yo soy tu auxilio, dice Yahveh, yo te defenderé (Is 41, 13). Si Dios está con nosotros, ¿quién será el maligno que está en contra de nosotros? (Rm 8, 31). Él es, quien nos ha dicho, benditos los puros de corazón (Mt 5, 8), y ha establecido como ley que el dulce, único y puro Jesús venga divinamente a los corazones puros, queriendo también habitar en ellos. Por tanto, no desistiremos, según Pa­blo, en ejercitar nuestro intelecto en la piedad (1 Tm 4, 7). En verdad, bien se ha dicho que la piedad ha arrancado de raíz las semillas del Maligno. Ésta es la piedad, éste es el camino de la razón, es decir, el camino del raciocinio o camino del pensamiento. Según el dialecto helénico del Ática, a la vía se la denomina imos o kelevthos, es decir, pensamiento.

151. Se deleitará por la abundancia de paz (Sal 36, 11), según David, aquel que no acepta lo que ve de un hombre, juzgando injustamente en su propio corazón; ni acepta las formas de los espíritus malignos, meditando acer­ca del pecado por medio de las sombras; y juzga y sentencia mal en la tierra de su propio corazón, entregando las cosas justas en manos del pecado. Pues los Padres, grandes y sabios, en algunos de sus escritos denominaron hombres también a los demonios, a causa del raciocinio, tal como figura en el Evangelio, donde dice el Señor: Un hombre maligno ha hecho esto, y ha mezclado la cizaña con el trigo (Mt 13, 28). No hay presteza en confutar para aquellos que hacen el mal. Y es así, por esto, que somos devorados por los pensamientos.

152. Si cuando hayamos empezado a gobernar la atención del intelec­to, uniremos la sobriedad con la humildad, y también lo haremos con la  oración y la confutación, caminaremos correctamente por la vía de la conversión, poniendo cada propósito a barrer, adornar y limpiar la casa de nuestro error, de la malignidad, con el adorable y santo nombre de Jesús como si fuera la luz de una lámpara. Pero si tenemos fe sólo en nuestra sobriedad o en nuestra atención, bien pronto, empujados por nuestros enemigos, retrocederemos, caeremos y ellos, fraudulentos y astutísimos, nos aterrarán. Quedaremos así, aún más atrapados por sus redes, esto es, los malos pensamientos, y seremos fácilmente degollados por ellos, ya que no tendremos con nosotros la fuerte espada del nombre de Jesús. So­lo esta venerable espada, esgrimida con mucha firmeza en un corazón solitario, sabe reunidos y hacerlos pedazos, quemarlos y tornarlos oscuros, tal como hace el fuego con la paja.

153. Una definición de la sobriedad ininterrumpida, gran utilidad y ganancia del alma, es el ver de inmediato, mientras se forman, las fanta­sías de los pensamientos en el intelecto. Es definición de la confutación el descubrir y develar el pensamiento que trata de entrar en el cielo de nuestro intelecto, por medio de la fantasía de una realidad sensible. Pe­ro lo que apaga y disuelve todo pensamiento, toda palabra, toda fanta­sía, todo ídolo, toda estela maligna es la invocación del Señor. Y nosotros mismos vemos en el intelecto la poderosa derrota de éstos, por medio del gran Jesús nuestro Dios, y la venganza hecha para nosotros, humil­des, mezquinos e inútiles.

154. Somos muchos los que ignoramos que todos los pensamientos no son otra cosa que fantasías de las cosas sensibles y mundanas. Y si luego transcurrimos sobriamente el tiempo en oración, la misma libera la mente de toda fantasía material respecto de pensamientos malignos haciéndole conocer también la gran ventaja de la oración y de la sobriedad. Con tus propios ojos contemplarás y verás la retribución de los pecado­res (Sal 90, 8); es decir, tú mismo verás y comprenderás espiritualmente, dice David, el divino cantor.

155. Si es posible, recordemos ininterrumpidamente la muerte; por medio de este recuerdo se genera en nosotros la remoción de las preocupaciones y de toda vanidad, la custodia de la mente y la súplica continua; la impasibilidad del cuerpo, el aborrecimiento del pecado y, a decir ver­dad, casi todas las virtudes surgen y brotan del mismo. Por tanto, usémos­lo, si es posible, como si fuera nuestra respiración.

156. Un corazón que hemos tornado completamente extraño a las fantasías, engendrará pensamientos divinos y misteriosos, exultantes en él, tal como saltan los pescados y danzan los delfines en el calmo mar. Se riza el mar por un viento ligero, y el abismo del corazón por el Espí­ritu Santo. Pues —nos dice— porque sois hijos, envió Dios a vuestros co­razones el Espíritu de su Hijo, que clama: “¡Abba, Padre! (Ga 4, 6).

157. Se encontrará en la dificultad y en la incertidumbre todo monje que quiera ocuparse de la actividad espiritual antes de poseer la sobrie­dad del intelecto, ya sea porque no conoce su belleza o porque, aun conociéndola, no es capaz de ello, por negligencia. Pero será sin dudas liberado de esa dificultad, aplicándose a la vigilancia del intelecto, que es y se llama filosofía dianoética o filosofía práctica de la mente, como aquel que habiendo encontrado el camino, ha dicho: Yo soy el Camino, la Resurrección y la Vida (Jn 11, 25 y 14, 6).

158. Nos encontraremos en dificultad aun viendo el abismo de los pensamientos y la multitud de los infantes babilonios (nº 19). Pero incluso esta dificultad la disuelve Cristo, si de veras establecemos sobre Él, continuamente, el fundamento de nuestra mente. Y todos los infantes de Babilo­nia los echaremos, arrojándolos sobre esta piedra (Sal 136, 9), llenando con ellos nuestros deseo, según reza el dicho (Sal 126, 5): El que custodia el precepto no co­nocerá una mala palabra (Qo 8,5), sin mí, no podéis hacer nada (Jn 15, 5).

159. Éste es en realidad el verdadero monje, el que alcanza la sobriedad; y el verdadero sobrio es aquel que es un monje en su corazón.

160. La vida de los hombres, durante su desarrollo, se extiende a lo largo de los años, los meses, los días y las noches, las horas y los momentos. Del mismo modo también nosotros deberemos desarrollar las obras virtuosas, es decir la sobriedad, la oración y la dulzura del corazón, en un recogimiento armónico, hasta nuestro éxodo.

161. Alcanzaremos la hora de nuestra muerte, vendrá y no nos será posible rehuirle. Que el príncipe del mundo y del aire (Jn 14, 30 y Ef 2, 2), viniendo a no­sotros, encuentre que nuestras iniquidades han sido pocas y de poca monta, y diciendo la verdad, no nos acuse, ya que entonces lloraremos inútilmente. Pues nos dice: El siervo que conoce la voluntad de su patrón y, siendo su siervo, no la cumple, recibirá muchos golpes (Lc 14, 47).

162. Pobres de aquellos que han perdido su corazón. ¿Qué harán cuando el Señor venga a visitarlos? (Si 2, 14). Por tanto, hermanos, deberemos ser solícitos.

163. Detrás de los pensamientos simples y sin pasiones corren pensamientos pasionales, tal como lo comprobamos con nuestra experiencia y la vigilancia de un largo tiempo, y los primeros se convierten en el ingre­so de los segundos, es decir, los que carecen de pasión siguen a los pa­sionales.

164. En efecto, el hombre debe ser cortado en dos con determina­ción. Y deberá ser dividido por un designio sapientísimo, ya que es muy conveniente que él sea un irreconciliable enemigo de sí mismo. Deberá tener en todo la misma disposición que se tiene respecto de un hombre, el cual, con mucha crueldad y con frecuencia, causa tribulaciones y co­mete injusticias. Así deberá ser, si verdaderamente queremos que se cumpla el primero y más grande mandamiento, me refiero al mismo gé­nero de vida que llevó Cristo con bendita humildad, la vida en la carne de Dios; y el mismo Apóstol nos dice: ¿Quién me liberará de este cuerpo de muerte? (Rm 7, 24). El mismo no se someterá a la ley de Dios (Rm 8, 7). Y, mostrando que someter nuestro cuerpo a la voluntad de Dios es una de esas cosas que están en nuestro poder, agrega: Si verdaderamente no juzgáramos, no seríamos juzgados, pero si somos juzgados, es por Dios que seremos castigados (Co 11, 31).

165. El principio de la producción de los frutos es la flor, y el princi­pio de la vigilancia del intelecto es la continencia en los alimentos y en las bebidas, y el rechazo y la negación a todo género de pensamiento es el recogimiento espiritual del corazón.

166. A nosotros que nos gloriamos en Jesucristo y con sobriedad empezamos a correr por lugares seguros, primeramente se nos muestra el intelecto como una lámpara, que no bien tomada por nosotros con la mano del intelecto, nos guía por los senderos del pensamiento; luego (se nos muestra) como una luna resplandeciente que se levanta en el firmamento del corazón; y finalmente se nos aparece como el sol, Jesús, que irradia la justicia, manifestándose claramente con sus luces todas resplan­decientes.

167. Estas cosas son reveladas místicamente al intelecto que perma­nece en el mandamiento, el cual dice: Circuncidad vuestra dureza de corazón (Dt 10, 16). Y tal como se ha dicho, es la sobriedad solícita que hace que el hombre reconozca los pensamientos ilícitos. La divinidad no hace excepción de persona (Rm 2, 11). Por lo que el Señor dice: ¡Cuidad de escuchar bien! Al que tiene, se le dará, y al que no tiene, aun lo que cree tener le se­rá quitado (Lc 8, 18). Y con aquellos que aman a Dios todo coopera para el bien (Rm 8, 28). Y mucho más cooperarán con Él las virtudes.

168. Un barco no recorrerá muchas millas sin agua; y la vigilancia del intelecto no progresará sin la sobriedad unida a la humildad y a la ora­ción a Jesucristo en todo.

169. Si de una casa las piedras son su fundamento, de esta virtud su piedra fundamental y techo es el adorable y santo nombre de nuestro Se­ñor Jesucristo. Pero naufragará un piloto descuidado en tiempo de tem­pestad si, luego de haber echado a los marineros y tirado remos y velas al mar, él mismo se echa a dormir; aunque más fácilmente será atrope­llada por los demonios un alma que ha descuidado la sobriedad y la in­vocación del nombre de Jesucristo, cuando comiencen los asaltos.

170. Lo que sabemos lo decimos por escrito, y lo que hemos visto lo atestiguamos a todos aquellos que así lo quieren. Ya que Él mismo lo ha dicho: el que no permanece en mí, es arrojado fuera como los sarmien­tos, y se seca; después los recogen y los echan al fuego, y se queman; pero si permanece en mí, yo también permaneceré en él (Jn 15, 6). Así como no es posible que el sol ilumine sin luz, así es imposible que un corazón sea purificado por la sordidez de los pensamientos malvados, sin la oración del nombre de Jesús. Pero si esto, como veo, es cierto, usémoslo como a nuestra respiración. Si uno es la luz, los otros son tinieblas; uno es Dios y Soberano, los otros, siervos de los demonios.

171. A la custodia del intelecto se la denomina en el modo conveniente y justo de “generadora de la luz” y “generadora del relámpago”, “resplandeciente portadora del fuego”. Pues ella sobrepasa, en verdad, los cuerpos infinitos y muchas virtudes. Por lo tanto, deberemos deno­minar esta virtud con nombres honoríficos, por la belleza de las luces ge­neradas por ella; aquellos que la aman, pueden convertirse por medio de Jesucristo, de pecadores e inútiles, de impuros e ignorantes, de frívolos e injustos, en justos, útiles, puros, santos y sabios; y no sólo esto, sino que pueden también contemplar los misterios y abordar la teología; y una vez que accedieron a la contemplación, lograr ver esta luz purísima e infinita, tocándola con indecibles contactos, viviendo y habitando con ella, ya que han gustado cuan bueno es el Señor (Sal 33, 9), de modo que se cum­pla claramente lo dicho por el divino David: Los justos confesarán tu nombre, y los rectos tendrán tu rostro (Sal 139,14). Verdaderamente, éstos son los que invocan y alaban a Dios sinceramente, y gozan el estar junto a Él, siempre, amándolo.

172. Cuidado con tu vida interior por causa de las cosas externas. Pues el hombre interior recibirá mucha tristeza de los sentidos exteriores y, entristecido, usará golpes de látigo en contra de ellos. Aquel que ha cumplido lo que figura en la carta, ya ha conocido lo que esto significa.

173. Si nuestro hombre interior, tal como lo entienden los Padres, es sobrio, es capaz de custodiar también al hombre exterior. Porque nosotros y los demonios maléficos, cometemos los pecados conjuntamente. Ellos, sólo en los pensamientos, representando el pecado del intelecto tal como lo desean, con figuras de fantasía; y nosotros con nuestros pensa­mientos internos y con obras en lo externo. Puestos en dificultad por la solidez de los cuerpos, los demonios atraen la maldición para sí y para nosotros, solamente mediante los pensamientos, el fraude y el engaño. Pues de no faltarles la solidez del cuerpo, los desgraciados, no descuida­rían ni siquiera la omisión de las obras, ya que tienen en reserva, siem­pre pronta, la determinación de cometer actos perversos.

174. La oración de una palabra solamente, mata y reduce a cenizas los engaños de los demonios. Pues Jesús, Dios e Hijo de Dios, por nosotros invocado continua y prestamente, no les permitirá en modo alguno mostrar al intelecto en el espejo del pensamiento ni el inicio de la inva­sión que se denomina asalto, ni una manera cualquiera, ni siquiera un discurso que penetre en el corazón. Y una forma demoníaca que no po­drá penetrar en el corazón, como lo hemos dicho, estará también vacía de pensamientos, ya que ellos tienen la costumbre de hablar y de ense­ñar furtivamente al alma la malicia mediante los pensamientos.

175. Entonces, con la oración, el cielo de la mente se conserva puro de nubes tenebrosas y de la malignidad de los vientos espirituales. Y cuando el cielo del corazón se conserva puro, no es posible que no se encienda en él la divina luz de Jesús, a menos que nos sintamos henchi­dos de vanagloria, de altanería, de ostentación, y nos levantemos por nuestra ligereza hacia lo inalcanzable, y nos encontremos sin el socorro de Jesús. Porque Cristo que es ejemplo de humildad, odia tales cosas.

176. Mantengámonos fuertemente unidos a la oración y la humildad, dos cosas estas que, junto con la sobriedad, combaten a los demonios con una espada de fuego. Es posible que nosotros, si vivimos así, cada día y cada hora, podamos celebrar una fiesta de alegría mística en el corazón.

177. Los ocho pensamientos congénitos con la malicia, en los cuales todo otro pensamiento está comprendido y de los cuales todos los otros tienen origen —desde Eros hasta Zeus todo execrable demonio dios de los Griegos, según sus mitos— todos salen por la puerta del corazón y, encontrando el intelecto vigilado, todos entran en el momento debido. Y el pensamiento que de entre los ocho penetre en el corazón introducirá la flota de los otros turbios pensamientos. Así, oscurecido el intelecto, excita al cuerpo, empujándolo a cometer actos indebidos.

178. Aquel que espía la cabeza de la serpiente (Gn 3, 5) y que por medio de una confutación resoluta usa palabras mordaces echando por tierra con golpes de puño al adversario ha rechazado la guerra. Pues, aplastando la cabeza, ha logrado huir de los muchos pensamientos y pésimas obras. Y entonces la mente permanece quieta, sin agitarse, y Dios acoge su velar respecto de los pensamientos, recompensándola con el don de conocer cómo es necesario tener ventaja sobre los adversarios y cómo el corazón debe purificarse poco a poco de los pensamientos que contagian al hombre interior, porque, como dice el Señor Jesús, del corazón salen los malos pensamientos, las fornicaciones, los adulterios, y ésas son las cosas que contaminan al hombre (Mt 15, 19).

179. Y así el alma se mantiene unida al Señor, con su propia belleza, su galanura y su rectitud, como desde un principio fuera creada por Dios. “Bellísima y recta —como dice el gran siervo de Dios, Antonio—: la virtud consiste en el hecho de que la parte intelectual del alma sea se­gún natura.” Y dijo aún más: “La rectitud del alma consiste en su parte intelectual según natura, tal como ella fuera creada.” Y además nos aconseja: “Purifiquemos la mente. Yo creo que, purificada en cada una de sus partes y estable según natura puede, siendo capaz; de penetrar en los espíritus, ver más y más lejos que los demonios, ya que el Señor se lo revela.” Esto es lo que el glorioso Antonio dice, según el gran Atanasio en la Vida de Antonio (Atanasio, Vita Antonii, ss 22, 34).

180. Todo pensamiento hace surgir en el intelecto la imagen de una co­sa sensible. Pues el Asiro (esto es, el demonio), siendo un intelecto, no tiene la fuerza de engañarnos, si no es mediante nuestras sensaciones y nuestras costumbres.

181. Así como no es posible para nosotros que persigamos en el cie­lo pájaros alados o que volemos como ellos, puesto que ello no es pro­pio de nuestra naturaleza, tampoco es posible tener ventajas sobre los pensamientos incorpóreos y demoníacos, sin la oración vigilante y prolongada; o sin que el ojo del intelecto nade, manteniendo fija su mirada en Dios. De otro modo, emprende su cacería entre lo que es terrestre.

182. Por lo tanto, si quieres verdaderamente cubrir de vergüenza los pensamientos y vivir en recogimiento espiritual, y tener un corazón so­brio con facilidad, que la oración a Jesús se una a tu respiración, y en po­cos días verás cómo esto se verifica.

183. Así como es imposible escribir en el aire, y es necesario que las letras se incidan sobre algún cuerpo para que se conserven por mucho tiempo, así, uniremos la oración a Jesucristo a nuestra sobriedad para que esta bellísima virtud permanezca perdurablemente con Él, y por Él nos sea vigilada íntegramente.

184. Encomienda tus obras al Señor y encontrarás la gracia (Pr 3, 3) nos di­ce, a fin de que no se diga, también referido a nosotros, por parte del profeta: Tú estás cerca, Señor, de sus bocas, pero lejano de sus corazo­nes (Jr 12, 2). Ningún otro, más allá de Jesús, dará una paz estable a tu corazón alejando a las pasiones: (nadie) si no Jesucristo mismo, quien estando en el medio, ha reunido a cosas lejanas (Ef 2, 14).

185. Ambas cosas, los discursos de los pensamientos en la mente y las conversaciones y las palabras ociosas, oscurecen al alma. Es necesario que tanto los pensamientos como los hombres, amando ambos el hablar ocioso, guarden luto evitando el daño del intelecto. Y esto por una causa sumamente bendita según Dios, de tal modo que el intelecto, oscurecido, no debilite la sobriedad. Pues, cuando somos oscurecidos por el olvido, hacemos perecer al intelecto.

186. El que conserva con solicitud la pureza del corazón tendrá como maestro a Cristo el legislador, quien místicamente le trasmite su volun­tad. Escucharé lo que dirá en mí el Señor (Sal 84, 9), dice David, indicándonos esto. Y respecto al combate espiritual, queriendo mostrar cómo el intelecto se examina a sí mismo y la protección de Dios que se nos brinda, socorriéndonos, nos decía: “Y el hombre dirá: ¿Existe quizás un premio para el justo?” (Sal 57, 12). Luego, indicando la doble reflexión adoptada en la búsque­da, dice: “Pues es Dios el que los juzga (a los demonios malignos) en la tierra (Sal 57, 12) de nuestro corazón.” Y más adelante nos dice: “Vendrá el hom­bre con el corazón profundo, y Dios será ensalzado” (Sal 63, 7). Y quedarán heri­dos como por saetas de infantes (Sal 63, 8).

187. Con el corazón instruido por la sabiduría (Sal 89, 12), tratemos de vivir siempre, según el cantor sacro, la misma potencia de Dios Padre y la Sabiduría de Dios (1 Co 1, 24), respirando continuamente a Jesucristo. Pero si, debilitados por una circunstancia adversa, descuidamos la actividad espiritual, a la mañana siguiente de nuevo afirmemos el intelecto y recomencemos la lucha con fuerza, sabiendo que no existe posibilidad de defensa para nosotros que hemos conocido el bien, si no lo hacemos.

188. Así como los alimentos que dañan, no bien deglutidos, perjudican; y el que los ha comido, dándose cuenta del daño, con alguna me­dicina remedia el malestar; así también el intelecto, cuando acoge a pensamientos malignos, los acepta, y de inmediato siente su amargura, la cura fácilmente mediante la oración de Jesús invocada desde lo más profundo de su corazón, rechazándolos completamente; porque el aprender junto a Dios y la experiencia que nos viene de este aprendiza­je permiten a los sobrios reconocer lo que tienen frente a ellos.

189. Une la sobriedad y el nombre de Jesús a tu respiración y a tus narices, como también la meditación que no descuida a la muerte y a la humildad. Ambas cosas benefician mucho.

190.  El Señor nos ha dicho: Dejaos instruir por mí, porque soy manso y humilde en el corazón; y encontraréis reposo para vuestras almas (Mt 11, 29).

191. El Señor nos ha dicho: Quien se hiciere pequeño como este niño (Mt 18, 4), será elevado; quien se elevare, será humillado (Mt 23, 12). Dice: Aprended de mí: ¿no ves que la humildad es aprendizaje? Su precepto es vida eterna (Jn 12, 50). Y ésta es la humildad. Entonces, el que no es humilde, ha rehuido a la vida y está claro que será encontrado en el lugar opuesto.

192. Si efectivamente cada virtud se construye mediante el alma y el cuerpo, pero siendo que tanto el alma como el cuerpo, de los cuales se ha dicho que constituyen toda virtud, son criaturas de Dios, ¿cómo somos tan locos de vanagloriarnos de tener ornamentos inconvenientes para el alma y para el cuerpo, apoyándonos con vanagloria y con soberbia en un bastón de caña, suscitando en contra nuestra, a causa de nuestra excesi­va estupidez, a Dios que nos supera en grandeza sin confines? Pues, el Se­ñor resiste a los soberbios (St 4, 6). Y en lugar de imitar al Señor en su humildad, nos hacemos amigos del soberbio Demonio, adverso al Señor, siguiendo un pensamiento soberbio y vanaglorioso. Por esto el Apóstol elijo: ¿Qué es lo que posees, que no lo hayas recibido? (1 Co 4, 7) ¿Te has creado por ti sólo? ¿Y si el cuerpo y el alma de los cuales, en los cuales y por los cuales consis­te toda virtud, los has recibido de Dios, porqué te vanaglorias como si no los hubieras recibido? (Ibíd).  Pues es el Señor el que te ha dado estas cosas.

193. No existe otra purificación del corazón, por medio de la cual descienden sobre nosotros desde lo alto (St 1, 17) la humildad y todo bien, que el no permitir en modo alguno que los pensamientos que afloran entren en el alma.

194. Pues la custodia del intelecto, con Dios y sólo por Dios, puestas sus raíces en el alma, procura la prudencia en las luchas que son según Dios. Y otorga una gran capacidad a quien ejerce esta prudencia en gobernar las obras y las palabras con juicio bien visto por Dios.

195. Los ornamentos del sumo sacerdote en el Antiguo Testamento significaban un corazón puro; y también nosotros deberemos poner atención a la lámina (Ex 28, 32 LXX) que recubre nuestro corazón para que no se ennegrezca por el pecado, purificándonos con lágrimas de arrepentimiento y con oración. El intelecto es una cosa maleable, difícil de frenar frente a los pensamientos inicuos, e igualmente disponible a seguir ya sea las malas como las buenas fantasías de la razón.

196. Verdaderamente bendito es aquel que se ha unido en la mente con la oración a Jesús y lo invoca sin interrupción en el corazón, así co­mo el aire está unido a nuestros cuerpos o como la llama a la cera. Y el Sol pasando sobre la Tierra, hará surgir el día, y el santo y adorable nom­bre del Señor Jesús, resplandeciendo de continuo en nuestra mente, ge­nerará innumerables pensamientos refulgentes como el sol.

197. Cuando las nubes se dispersan, el cielo se muestra puro; pero las fantasías de las pasiones, dispersas por el sol de justicia que es Jesucris­to generan naturalmente por doquier, en el corazón, pensamientos espléndidos y similares a las estrellas, porque su cielo está iluminado por Jesús. Dice el Eclesiastés: Aquellos que confían en el Señor comprende­rán la verdad, y los fieles permanecerán en Él, en el amor (Sb 3, 9).

198. Ha dicho uno de los santos: “Guarda un áspero rencor contra los demonios y sé siempre un acérrimo enemigo de tu cuerpo. Pues la car­ne es una enemiga fraudulenta y, bien tratada, hace aún más la guerra”. Y de nuevo: “Acumula enemistad por el cuerpo y guerra por el vientre”.

199. En los discursos antes mencionados, contenidos en la primera y en la segunda centuria, hemos recorrido todas las fatigas de la sana hesichía del intelecto, no como un producto de nuestro pensamiento sola­mente; y respecto a la pureza del intelecto nos hablan también los divinos discursos de los Padres, conocedores de las cosas de Dios. Pero ahora, después de haber dicho algunas pocas cosas, para mostrar cuál es la ganancia de la custodia del intelecto, cesaremos de hablar,

200. Ven y sígueme hacia esta unión (producida) por la bendita vigilancia del intelecto, quienquiera tú seas, deseoso en espíritu, de ver días buenos (Sal 33, 13), en el Señor te mostraré el actuar visible y la vida de las poten­cias inteligentes. Pues los ángeles no se cansarán de cantar himnos al Creador, ni tampoco el intelecto, que compite en pureza con ellos. Y co­mo los seres inmateriales no se preocupan de su nutrición, tampoco los seres materiales, si verdaderamente entrarán en el cielo de la hesichía del intelecto, al volverse inmateriales, se preocuparían por eso.

201. Y como las potencias celestes no se preocupan de riquezas y posesiones, tampoco aquellos que purifican la vista del alma y han adquirido el hábito de la virtud, se preocupan de la malicia de los espíritus malignos. Y así como en aquellas es manifiesta la riqueza del progreso de Dios, así también en éstos es manifiesto el eros hacia Dios y la cari­dad, la mirada fija y la compenetración con la divinidad. Y aun estando amorosa e insaciablemente tendidos hacia la divinidad, habiendo degus­tado el amor divino y con el deseo estático, éstos no se detendrán hasta no haber alcanzado a los serafines, no cesarán en la sobriedad del inte­lecto y la exaltación amorosa, hasta que se conviertan en ángeles en Cristo Jesús nuestro Señor.

202. No hay veneno peor que el veneno de la serpiente y del basilis­co, y no hay malicia mayor que la malicia del amor propio. Y despegándose delante tuyo los hijos del amor propio, que son: las alabanzas del corazón, el gustar de sí mismos, la gula, la fornicación, la vanagloria, la envidia y para completar todo esto, la soberbia, la cual arrastra por tierra no solamente a los hombres, sino también a los ángeles de los Cielos, y sabe rodear todo de tinieblas en lugar de hacerlo con luz (2 P 2, 4; St 6).

203. Y todas estas cosas (dedica) a ti, Teódulo, aquel que justamente toma su nombre de la hesichía, aunque haya desilusionado en la prácti­ca de la misma. Aunque no quizás del todo, por lo que Dios le ha dado. Dios que en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo es alabado y glorificado por toda naturaleza racional, ángeles, hombres y toda criatura que la inefable Trinidad ha creado, el Único Dios, del cual podemos obtener, mediante las oraciones de la Santísima Madre de Dios y de nuestros santos Padres, el Reino luminoso.

A este Dios inaccesible, gloria eterna. Amén.


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