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Acerca del monacato cisterciense

by en 16 diciembre, 2009

Por Bernardo Olivera

Monje Trapense

El carisma de los fundadores ha sido transmitido a cada uno de nosotros a fin de que vivamos según el mismo, lo custodiemos, lo profundicemos y lo desarrollemos constantemente en comunión con el Cuerpo de Cristo siempre en crecimiento.

Ahora bien, vengamos a nuestro presente. Tratemos de esbozar un proyecto a partir de nuestros deseos y sueños anclados la tradición benedictina y cisterciense y abiertos al Espíritu que todo lo hace nuevo.

El futuro de nuestra vida monástica depende de su enraizamiento en la persona de Jesucristo y en su santo Evangelio. Una cierta cuota de realismo y una pizca de sentido común me obligan a hablar hoy de re-evangelización monástica. Este proceso evangelizador implica tres realidades distinguibles pero íntimamente relacionadas: refundar, renovar y reformar el monaquismo.

– Refundación

La refundación se refiere al hecho de cimentar nuestra existencia en la experiencia mística fundante del fenómeno monástico: un encuentro transformativo con el Absoluto, fruto de una búsqueda asidua del rostro del Dios Viviente. La búsqueda y el encuentro se viven en el deseo apasionado, y purificado de su presencia.

El camino hacia el rostro de Dios se transita cotidianamente gracias a un cierto número de mediaciones o exercitia. Entre los de ayer, de hoy y de siempre, hay que enumerar los siguientes:

-La oración silenciosa y contínua.

-La plegaria litúrgica centrada en la Eucaristía.

-La lectio divina.

-La ascesis del ayuno, de las vigilias, del trabajo, de la pobreza voluntaria y de las diversas renuncias (castidad y obediencia).

-Todo en un clima de soledad y silencio.

Ahora bien, nuestra búsqueda benedictina y cisterciense de Dios la vivimos en un contexto de relaciones interpersonales y comunitarias. La koinonia o vida en comunión de amor es también algo esencial en nuestra tradición monástica. A Dios se lo busca y encuentra en comunidad. Y podemos agregar algo más: el hermano y la hermana, habitados por el Señor, son también “santuario” del encuentro con Dios.

Soy de la opinión, nacida de una convicción, que la vida monástica carece de sentido sin la unión mística o contemplativa con el Dios que llama, purifica, desposa y transforma mediante las tinieblas luminosas de su Amor. ¡Si el monaquismo del futuro no es una re-edición viva y actualizada del Cantar de los Cantares tendrá muy poco que decir a las generaciones del presente y del futuro! ¡Sin misterio no hay mística, y sin mística no hay monaquismo! Pero todo esto sin intimismos individualistas ni encapsulamientos aislantes de los demás. San Benito lo expresa en forma lapidaria: ¡Qué Él nos lleve todos juntos a la vida eterna! (RB, 72:12).

– Renovación

La renovación se refiere al hecho de enraizar los corazones en la nueva alianza con su mandamiento nuevo: amor a Dios y al prójimo como Jesús amó. Único y doble precepto que encuentra su unidad en el “nada preferir al amor de Cristo”, Dios hecho hombre para nuestra salvación. La radicalidad de esta opción se comprueba con el amor ardentísimo y sin medida de unos para con otros.

Nuestra vida monástica contemporánea, abierta a un futuro desconocido, está invitada a seguir a Jesús abrazando el bienaventurado radicalismo del Evangelio. No se trata de tener el monopolio del radicalismo sino de ser fieles a la propia identidad.

La palabra de Jesús nos interpela: Sed perfectos en misericordia, como vuestro Padre celestial es perfecto (Mt.5:48; Lc.6:36). El Maestro nos está diciendo que nuestra vida no consiste en tradiciones, usos, permisos, observancias… sino en la perfección del amor fraterno que nos identifica con el Padre que está en los cielos.

Las exigencias del amor nos llevan a las raíces mismas de la enseñanza de Jesús: el reinado de Dios como Padre de todos los seres humanos y la consecuente fraternidad y sororidad universales.

La monja y el monje radicales son aquellos que están arraigados y fundamentados en el amor (Ef.3:17), enraizados y cimentados en Cristo (Col.2:7). Si creemos, y espero que sí creamos, que Él nos amó y se entregó por nosotros, sólo nos queda una opción: morir para vivir en Él y servir a los demás.

– Reforma

La reforma se refiere a la forma histórica o institucionalizada que presenta nuestra vida monástica a fin de hacerla cultural o contraculturalmente significativa. La historia nos enseña que la experiencia fundante buscó pronto formas de institucionalización, y esto por dos motivos: para poder perdurar en el tiempo y para poder hacerse comunicable y significativa.

-Estas formas institucionales son siempre transitorias y condicionadas por tiempos y lugares. Su actualidad se discierne con un doble criterio: la capacidad de promover la experiencia fundante y la posibilidad de testimoniar significativamente ante la Iglesia y el mundo.

En este campo estamos hoy invitados a ser creativos a fin de ser fieles a la tradición y al Dador de los carismas eclesiales. Objeto de nuestro discernimiento y opciones podrían ser:

-La redimensión de nuestros edificios según la medida de la comunidad actual.

-La reubicación de nuestras economías en un mundo globalizado y marginador sin quedar englobado ni marginar a los pobres.

-El ajuste del trabajo a fin de ponerlo al servicio del objetivo espiritual de nuestra existencia.

-La inculturación (geográfica, temporal, generacional y de género) de nuestras liturgias para que expresen más entrañablemente nuestro culto a Dios en espíritu y verdad.

-La adecuación de las formas de autoridad a fin de que ésta sea un servicio afectivo y efectivo a la vida y a las personas concretas.

-Los ajustes necesarios a fin de procurar un equilibrio real y dinámico entre los diferentes elementos de nuestra conversatio.

-La significatividad de muchos de nuestros símbolos, costumbres y tradiciones domésticas.

-La búsqueda de nuevas formas de vivir algunos valores tradicionales, tales como, el ayuno, la pobreza, las austeridades, la soledad, el silencio, la corrección fraterna…

Los monjes y monjas tenemos sin ninguna duda una larga historia que contar y, Dios mediante, tenemos también una historia por crear. En el purgatorio hay un rincón gélido reservado para los monjes y monjas, de ayer y de siempre, que pecan por fidelidad servil a la tradición en lugar de arriesgarse y apostar por la creatividad a fin de comunicarla enriquecida. También hay allí un hueco inestable preparado para quienes reforman sin renovar y, peor aún, sin verificar los fundamentos.

Texto extraído de:

Espiritualidad Cisterciense

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