Skip to content

La vida monástica

by en 23 julio, 2011

 

La vida monástica aparecerá como la forma de existencia más perfecta. Idea que será ampliamente divulgada por la literatura espiritual de la época, que parte del texto neotestamentario de lo que produce la simiente en la parábola del sembrador y afirma la superioridad de la vida monástica (ciento por uno), sobre el estado clerical (setenta por uno) y el de los laicos (treinta por uno)

A. LA VIDA MONÁSTICA. VALORACIÓN
En el siglo VI Gregorio Magno, inspirándose en un pasaje del profeta Ezequiel l506, había dividido a los cristianos en tres categorías en función de las instituciones eclesiásticas: conjugatis (Ios esposos), continentes (Ios religiosos) y predicatores (Ios clérigos seculares). Poco antes del año 1000, el abad Abbon de Fleury en Apologeticus ad Hugonem et Rodbertum regem francorum escribirá: “Entre los cristianos de ambos sexos, sabemos que existen tres órdenes, mejor dicho, tres grados. El primero es el de los laicos, el segundo el de los clérigos y el tercero el de los monjes. Aunque ninguno de los tres está libre de pecado, el primero es bueno, el segundo mejor y el tercero excelente”1507. Esta división social recuerda a la que en el siglo XI hace el obispo Adalberón de Laón, quien establece un esquema tripartito en el que distingue: oratores, bellatores y laboratores. Clasificación que consagra la utilización social de la plegaria, indispensable para asegurar la supervivencia y la salvación del mundo. El esquema debía favorecer sobre todo a los monjes que, a los ojos de los hombres de esta época, eran quienes oraban más y mejor l508.

La vida monástica aparecerá como la forma de existencia más perfecta. Idea que será ampliamente divulgada por la literatura espiritual de la época, que parte del texto neotestamentario de lo que produce la simiente en la parábola del sembradorl509 y afirma la superioridad de la vida monástica (ciento por uno), sobre el estado clerical (setenta por uno) y el de los laicos (treinta por uno). Esta escala de valores no es universal y existirán a lo largo de toda la Edad Media controversias entre los clérigos y los monjes a propósito del primer puesto. Todos estaban de acuerdo en atribuir a los laicos el último lugar 1510.

En la obra de Gonzalo de Berceo está clara la preeminencia de la vida monástica, tal vez por la propia formación de nuestro autor y porque él se encuentra ligado por estrechos lazos con el monasterio de San Millán. Hay que tener presente que en tres de sus cuatro hagiografías los santos escogen una vida monástica o eremítica, ese es el caso de San Millán, Santo Domingo y Santa Oria. Es en la obra del santo silense donde esta importancia del monacato aparece de un modo más visible, en dos pasajes que a nosotros nos parecen claves. El primero será en la reflexión que realiza Fernando I de Castilla, que es una amplificación del clérigo riojano 1511: “Es por un monesterio un regno captenido,/ ca es días e noches Dios en élli servido; / as sí puede seer un regno maltraído / pora un lugar bono, si es esperdecido”.
Obsérvese cómo se nos dice que es el monasterio el que dirige el reino y si el monasterio está despreciado, arruinado, el reino es maltraído. Gonzalo de Berceo exalta la eficacia de la vida monástica para atraer las bendiciones sobre el reino1S12.No debemos olvidar que Fernando I será el que nombre abad de Silos a Santo Domingo, monasterio que restaurará y transformará, y que el monarca realizará una gran labor a favor del monacato siendo muy beneficiada la orden de Cluny.

La preeminencia de la vida monástica, frente a los otros estados del cristiano, también está perfectamente documentada en el discurso que dice Santo Domingo a su congregación antes de morir. Escribe Berceo1513: “De la obedïencia que a Dios prometiestes, / que por salvar las almas el mundo aburriestes, / e de las dos partidas la mejor escogiestes”. Obsérvese cómo se encuentra un claro desprecio del mundo y cómo la vida religiosa es mejor que la vida mundana. Ambas constituyen las dos partidas, opuestas para la mentalidad medieval. Hay que tener presente que en un principio la palabra monje (del griego monos, solitario) significaba alguien que vive apartado de los demás y en un primer momento se limitaba su uso aplicado a los anacoretas o eremitas, pero inmediatamente después se utiliza para todos los que abandonaban el mundo, tanto si vivían solos como en comunidad1514.

El ideal sacerdotal de la primera generación estaba todavía muy caracterizado por el clima de la reforma gregoriana, con una insistencia particular en la castidad y en la separación del mundo. Después del año 1130 se observa que numerosas congregaciones ponen el acento en la cura animarum, que no se limita ya al servicio litúrgico de las iglesias, sino que se extiende al misterio de la caridad y de la palabra1515. En este contexto se encuadra la obra de Berceo, quien quiere realizar una profunda labor catequética. Los monjes, en el mester poético de nuestro autor, no viven encerrados en la comunidad sino que se relacionan con las personas que van al monasterio, en busca de caridad e intercesión, recibiendo y otorgando bienes. A partir del 1200, el monacato europeo se quedará rezagado apareciendo un nuevo tipo, ante el auge del mundo urbano, a través de las órdenes mendicantes.

La vida comunitaria contribuye a la edificación de la Iglesia. El monasterio se convierte en primer lugar en la sede de la oración colectiva y pública, de la que los hombres y la sociedad están necesitados para su misma supervivencia. El monasterio realiza así la función considerada como fundamental para el interés colectivo: adorar a Dios, obtener su favor y su gracia, combatir la permanente presencia entre los hombres del “antiguo enemigo”, del diablo1516.

El monje medieval está animado por el deseo de Dios y de la patria celestial 1517.

Mediante la plegaria litúrgica trata de unir su voz al coro de los ángeles; mediante la práctica de la ascesis y de la mortificación trata de llevar una vida angelical, lejos de los placeres y de las tentaciones de este mundo. El monasterio, donde se practica la observancia de la regla, se convierte en la antecámara del Paraíso, en un reducto del Cielo en la Tierra. La espera escatológica se concretó también para los monjes en un propósito de purificación espiritual y colectiva. Esto explica que el hecho de morir con el hábito monástico asegurara una total participación de los sufragios, las oraciones y los méritos de los religiosos, con la sola condición de renunciar al matrimonio y despojarse de sus “prerrogativas” y de sus bienes 1518. La costumbre de vestir el hábito monástico al aproximarse a la muerte manifiesta, por tanto, con toda evidencia la búsqueda de una doble garantía en orden al propio destino ultraterreno: la ofrecida por el hábito y por la sepultura monástica, y la que deriva de las oraciones de los monjes 1519.

El hecho anterior se debe completar con la mentalidad de algunos monjes medievales, como Santo Domingo de Silos o San Bernardo de Claraval, quienes no se conforman con su elección individual. San Bernardo trabaja, presiona e insiste para que le sigan todos los suyos: padres, tías, hermanos y primos, y también para sus hermanas el claustro es la meta fijada. Trata como una diabólica embaucadora a la única ya casada, que se le resiste, hasta que la pliega a su voluntad, convenciéndola para que se conduzca de modo que pueda arrancar a su marido el consentimiento que le permita hacerse monja 1520.

Similar es el caso del santo silense, quien, según Berceo, consigue que su padre ingrese en el monasterio de Santa María de Cañas regido por el propio Santo Domingo, siendo infructuosos los intentos para que la madre abrace la vida religiosa. Nuestro autor escribirá unas palabras muy duras contra ella1521: “Convertió a su padre, fíçolo fradrear / ovo ennas sus manos en cabo a finar; / soterrólo el fijo en es mismo fossar, /…/ La madre que non quiso la orden recebir, / non la quiso el fijo a casa aducir, / ovo en su porfidia la vieja a morir; / Dios aya la su alma si lo quiere oír”. Obsérvese cómo el padre descansará en el monasterio y, sin embargo, sólo se hará referencia al alma de la madre. En esto Berceo da muchos menos datos que su fuente, la Vita Dominici Siliensis de Grimaldo. Según Grimaldo los hermanos y el padre de Santo Domingo entran en el monasterio, pero la madre se niega a hacerlo, por lo que el santo no la visitará en su enfermedad pero una vez muerta la lleva al monasterio, ofrece la Eucaristía para la salvación de su alma y le da honrosa sepultura 1522: “At dum migrasset et ad cenobium Sancte Marie ad tumulandum perlata fuisset, pro absolucione anime eius hostiam salutarem et religiose obtulit et hanc honorifice sepulture tradidit”.

Como vemos, es bastante importante el hecho de recibir la sepultura monástica. La comunidad de vida terrenal estrecha lazos con la comunidad de los hermanos ya difuntos. No olvidemos que, para el cristiano, la communio sanctorum se prolonga más allá de la muerte 1523 y que durante toda la Edad Media la liturgia se preocupa por los difuntos así, en Cluny, la primera de las dos misas conventuales es siempre oficiada por ellos 1524. Por eso no debe extrañarnos el mandato de la Gloriosa, en Milagros1525, a los monjes de un monasterio para que entierren con los demás a aquel religioso que habían sepultado fuera de la villa, al haberse encontrado su cadáver lejos del convento y percatarse de su sospechosa muerte -en realidad había sido asesinado por sus enemigos -: “Los omnes de la villa e los sus compañeros /… / defuera de la villa entre unos riberos / allá lo soterraron, non entre los dezmeros./ Peso’l a la Gloriosa con est enterramiento, / que yazié el su siervo fuera de su conviento; /… / dísso’l Sancta María: Fiziestes desguissado, / que yaz el mi notario de vós tan apartado. / Mándote que lo digas: que el mi cancellario / non merecié seer echado del sagrario /… / métanlo con los otros en el buen fossalario”. Adviértase cómo se nos dice que todos los cristianos (para los que se emplea el término “dezmeros”, pues los fieles deben pagar el diezmo a la Iglesia), deben ser enterrados en sagrado, en la fosa del cementerio del monasterio. La misma idea es la que subyace en el entierro de San Millán 1526: “Fue el cuerpo bañado, de sos paños vestido, / encerrado en tablas, de clavos bien cosido; / fue con grand reverencia en la fuessa metido, / de todo so misterio lealmientre servido”.

El cementerio se encuentra a la entrada del convento formando ya parte del mismo. Será por lo tanto el primer lugar que pise Santo Domingo al llegar a Silos1527: “El abad beneíto vino al monesterio; / sólo que de los piedes primió el ciminterio, / oblidaron los monges el pasado lacerio”.

La vida monástica es muy valorada por la sociedad medieval, coincidiendo en el monasterio personas provenientes de todos los órdines. Los laboratores ven en él la posible salida a una situación de penuria, aunque muchas veces también se vive ésta dentro del mismo. Los bellatores lo convierten en refugio para sus hijos menores, encontrando los linajes aristocráticos una solución a sus problemas sucesorios. La Iglesia, en fin, considera que la nobleza de sangre confiere un prestigio social y crea una predisposición natural a la santidad, escribiendo un cronista monástico del siglo XI lo siguiente 1528: “Existen pocas posibilidades de que, aquellos que son de noble origen, degeneren en la vida religiosa”. En el propio siglo XI, Grimaldo escribirá su Vita Dominici Siliensis, en la que también destacará el origen noble del santo, aspecto que será recogido por Berceo 1529: “Señor Sancto Domingo, dizlo la escriptura, / natural fue de Cañas, non de bassa natura, /… / Juhanes avié nomne el su padre ondrado, / de liñage de Mansos, un omne señalado”.

Este contacto entre la nobleza y el monasterio ilustra la consistencia de los vínculos existentes entre el medio señorial y el mundo de los claustros. De esta unión ha nacido una espiritualidad, a la vez monástica y feudal, que ha caracterizado la vida religiosa de la sociedad occidental de manera exclusiva hasta principios del siglo XII, y cuyos efectos se harán sentir hasta finales de la Edad Media 1530.

Los monasterios son lugares venerados por la sociedad medieval que se anuncian, sin embargo, terribles para sus profanadores. Las agresiones, con daño para la vida y los bienes monásticos, por señores ambiciosos y sin escrúpulos, son juzgadas siempre por la cultura monástica como fruto de ciega violencia y de maldad diabólica. Tales hechos acarrean para el culpable, en las crónicas monásticas, desgracias y castigos 1531. Muy significativo será, ejemplificando este punto, el enfrentamiento entre Santo Domingo y el rey Don García III de Nájera1532. El monarca reclama los tesoros que sus antepasados donaron al monasterio de San Millán. Berceo nos dice que en su acción está directamente inspirado por el diablo1533: “Vino a Sant Millán moviólo el pecado, / …/ Reï, por Dios que oyas esto que yo te digo: / en cadena te tiene el mortal enemigo, / por esso te enciende que barages comigo”. Si el rey ha sido hostigado por el demonio, según Berceo, el abad que cede ante las presiones del soberano será excluído del Paraíso como se nos dice en Santa Oria1534: “El obispo don Gómez non es aquí, hermana/ pero que traxo mitra fue cosa mucho llana, / tal fue como el árbol que florez e non grana”.

El monasterio no está libre de los peligros terrenales. En Milagros se nos cuenta un incendio que afecta a San Miguel de la Tumba1535: “Cadió rayo del cielo por los graves pecados, / encendió la eglesia de todos cuatro cabos; / quemó todos los libros e los paños sagrados, / por poco fue los monges que non foron quemados”. Además sufre las presiones de los señores ambiciosos, como García III. Pero tampoco está a salvo de los poderes sobrenaturales (el diablo hostigará continuamente a San Millán, a Santa Oria Silense, …, y también a otros monjes anónimos de Milagros, consiguiendo que éstos caigan en vicios como el de la fornicación, la bebida, etc.); es por lo que Berceo en Loores1536 pedirá a la Gloriosa protección para todos aquéllos que pertenecen a una orden monástica: “Madre, contién´ las órdenes, salva las clerecías, / alarga la credencia, defiende las mongías”.

B. EL MONACATO EREMÍTICO
1. Eremitas
El estado eremítico es de perfección. Encontramos los primeros, en el Oriente mediterráneo, en el siglo III, son los llamados padres del desierto1537 o monjes de Egipto, con San Antonio Abad a la cabeza. Esta vida ya fue practicada por Jesucristo quien se retiró al desierto y, antes que él, por San Juan Bautista e incluso por Elías.

La vida eremítica la encontrarnos documentada en España en época visigoda; en el siglo V la practica el propio San Millán de la Cogolla. La postura doctrinal y canónica de la Iglesia ante ella fue ambivalente. San Isidoro, en el siglo VIl, distingue los buenos, ermitaños o anacoretas, según que hubiesen abrazado directamente la soledad o pasado a ella después de un aprendizaje cenobítico, y los indeseables1538.

En el eremita existe un menosprecio del mundo. A fin de cuentas la existencia terrenal es sólo el status viae pero, además, se rehuye de la compañía de los otros. Ése es el caso de San Millán l539: “Entendió qe el mundo era pleno d’engaño, / qerié partirse d’elli e ferse ermitaño; / de levar non asmava nin conducho nin paño, / …/ metióse por los montes por más se esconder, / …/ levava dura vida, fazié fuert’ abstinencia, / …/ Andava por los montes, por los fuertes logares, / por las cuestas enfiestas e por los espinares”. También en Santo Domingo I540: “El sacerdot precioso, en qui todos fiavan, / desamparó a Cañas, do mucho lo amavan, / parientes e amigos, que mucho li costavan; / alçóse a los yermos, do omnes non moravan. / Quando se vido solo, del pueblo apartado, / folgó como si fuesse de fiebre terminado; / rendié gracias a Christo que lo avié guiado”.

En la soledad del agro castellano nuestros santos eremitas viven con grandes privaciones, comiendo cualquier posible alimento. Así, San Millán 1541: “Paciendo erbeçuelas, aguas frías beviendo”. También Santo Domingo 1542: “Non teníe, bien sepades, pora cena pescado”.

Las condiciones climatológicas son soportadas con gran paciencia, siendo versos muy similares los de ambas obras tal vez porque los del santo silense se inspiraron en los del santo emilianense. Nos dice en San Millán l543: “Nin nieves nin eladas nin ventiscas mortales, / nin cansedat nin famne nin malos temporales, / nin frío nin calura nin estas cosas tales, / sacar no lo podieron d’entre los matarrales”. En Santo Domingo I544: “Porque facié mal tiempo, cayé fría elada, / o facié viento malo oriella destemprada, / o niebla percodida, o pedrisca irada, / él todo est lacerio no lo preciava nada”.

Durante el día realizan una vida de oración y de sacrificios, descansando lo menos que puedan por la noche. Escribe Berceo en San Millán l545: “Reçava bien sus oras, toda su salmodía, / los imnos e los canticos, toda la ledanía; / rezava so salterio por uso cada día, /… / por las montañas yermas las carnes martiriando, /… / allí dava a Dios de sus carnes derecho, / martiriándolas mucho e dándolis mal lecho”. En Santo Domingo l546: “El hermitaño nuevo diose a grand lacerio, / faciendo muchas prieces, reçando su salterio, / diciendo bien sus oras, todo su ministerio, / dávalis a las carnes poco de refrigerio. / Sufriendo vida dura, iaciendo en mal lecho”.

Similar será este tipo de vida con el que llevarán los emparedados incluso el lecho es también bastante incómodo, como se nos dice en Santa Oria1547: “Acostóse un poco, flaca e muy lazrada, / non era la cameña de molsa ablentada. /… / Lecho quiero yo áspero de sedas aguijosas, / non merescen mis carnes yazer tanto viciosas”.

En la obra berceana se nos localizan una gran cantidad de ermitaños. En Santo Domingo 1548 se nos nombra a San Juan Bautista, San Antonio, Santa María Egipciaca, San Millán, San Félix de Bilivio, los monjes de Egipto, …, además del santo silense. En Santa Oria se encuentran en el Paraíso un grupo de eremitas entre los que se hallan Galindo y el propio padre de la santa, García l549: “Vido más adelante, en un apartamiento, / de sanctos hermitaños un precioso conviento, / que sufrieron por Christo mucho amargo viento, / por ganar a las almas vida e guarimiento. /… / y vido a Galindo, en essa compañía, / ladrones lo mataron en la hermitañía, / y vido a su padre que llamavan García, / aquelli que non quiso seguir nulla follía”.

Esta gran cantidad de eremitas, documentados en Santa Oria, responde al hecho del auge que este tipo de vida tuvo en el siglo XI, centuria en la que también vive Santo Domingo quien abrazó este tipo de existencia.

Obsérvese cómo se nos dice que a Galindo lo mataron ladrones pues la soledad y el aislamiento, en un mundo inseguro como el medieval, llevan adheridos una multitud de peligros. En la obra berceana se nos documentan otros ladrones o asesinos que mataron a un caballero que se refugió en una iglesia, contado enMilagros, o que intentarán robarla.

La soledad de la sierra llevará también a encontrarse en medio de animales dañinos y peligrosos como serpientes y culebras, que huirán ante San Millán 1550: “Era en es si tiempo un fiero matarral, / serpientes e culuebras avién en él ostal. / …/ El omne benedicto, por seer escondido, / …/ metióse en las cuevas que avedes oído. / Fueron las bestias fieras con él fuert’ embargadas, / todas fuyén ant’elli, las cabeças colgadas”. Santa Oria Silense sentirá miedo ante las serpientes al ser ésta la apariencia que toma el diablo, mandando llamar en su ayuda a Santo Domingo 1551: “Prendié forma de sierpe el traidor provado, / …/ La reclusa con cueta non sopo ál que fer, / embió al buen padre férgelo entender”.

En Signos1552 se nos nombra a San Jerónimo, quien tambien fue eremita: “Un sermón que fo priso de un santo libriello / que fizo sant Jerónimo, un precioso cabdiello. / Nuestro Padre Jerónimo, pastor de nos e tienda”.

En Santa Oria encontramos un grupo de eremitas que están rezando junto a la santa enferma 1553: “Avié buenas compañas en essi passamiento, / …/ monges e hermitaños, un general conviento”.

En Milagros se nos nombra a un ermitaño, al cual Santa María manda llevar al hijo de la abadesa 1554: “Oíssolis a los ángeles: A bós ambos castigo: / levad esti niñuelo a fulán mi amigo; / …/ plógo’l al ermitaño más que con grand riqueza, / …/ trovaron al bon omne con ábito estraño, / teniendo el niñuelo envuelto en un paño”. Resulta curioso el hecho de que en este texto se nos diga que el ermitaño considera al niño mejor que cualquier riqueza, entre otras causas le ha sido entregado por los ángeles y lo tendrá hasta los siete años, edad en la que será educado por cuenta del obispo que se había enfrentado con la abadesa. Berceo nos dice que el hábito es extraño porque con el tiempo y el uso estaría muy dañado. Esta preocupación por el hábito también la recoge nuestro autor, en San Millán l555, cuando nos cuenta que éste baja a ver al obispo de Tarazona: “Con qual ábito pudo pensóse de mover, / non vos lo sé dezir ónt’lo podió aver”.

(continúa en link, ver infra.)

Leer texto completo: El mundo espiritual de Gonzalo de Berceo

Juan Antonio Ruiz Domínguez
IER, Logroño 1999

PUBLICADO EN LA WEB DE LA BIBLIOTECA GONZALO DE BERCEO

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: