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La vocación monástica…

by en 24 mayo, 2010

desde la perspectiva antropológica del deseo religioso


La sabiduría inconsciente de la naturaleza nos muestra a veces representaciones y símbolos de otras dimensiones de la realidad, que en aquellas están contenidas o al menos significadas.

Los antiguos les llamarían alegorías naturales, Platón probablemente sombras o reflejos de una verdad más esencial, nosotros quizá solamente evocaciones o remembranzas. Así, la salida del sol cada mañana evoca el nacimiento de la vida, mientras el ocaso nos recuerda el crepúsculo de todo existir. Pero además, esta gran estrella que nos preside está muriendo a chorros a sí misma cada instante, consumiendo cantidades ingentes de energía que le llevan a una lenta extinción. Con ello, paradójica y misteriosamente, puede dar luz y vida a los millones de seres que poblamos el planeta. Un morir que da la vida: un símbolo, una alegoría o una simple evocación de esa generosidad sin límites propia del amor, que vemos inscrita en nuestra estrella y en otros ejemplos del universo físico o animal. ¿No es esa también la naturaleza del Ágape infinito, del Amor de Dios que preside y sostiene nuestro universo y que, desde el punto de vista cristiano, se manifiesta particularmente en el sacrificio de amor de Cristo, Sol y Luz del mundo que muere a sí mismo para dar vida a los que le reciben por la fe?

La historia del Salmón

Pocos ignoran el sorprendente trayecto vital del salmón, ese gran pez de los ríos y de los mares cuya epopeya ascensional evoca sin duda uno de los arquetipos más profundos de la realidad: la orientación y referencia innata de la criatura al Creador, inscrita en la estructura del corazón humano y aun en el inconsciente universal de todas las criaturas.

Había nacido en las fuentes originales de los ríos, situadas en las altas montañas, en un paraíso incontaminado de rocas vírgenes y aguas de cristal. Allí transcurrió la primera etapa de su vida, en la felicidad inconsciente de la infancia, totalmente fusionado con la Madre Naturaleza, que le acogía en su seno cubriendo todas sus necesidades, como una imagen creada de la providencia infinita de Dios. Poco a poco fue creciendo, y su identidad personal empezó a desarrollarse. La vida se le ofrecía entonces como un campo abierto, colmado de futuro y de posibilidades inéditas, sin más límite a las mismas que su capacidad soñadora. Hasta que un día, buscando su propia realización, se lanzó río abajo por la pendiente deslizante, alejándose para siempre de la infancia y del nido que le vio nacer, sumergiéndose en el gran océano, en las anchas aguas del mundo. Hasta aquí, su vida no ofrece ningún misterio y es una ilustración más del paso, que en todos se verifica, de la infancia a la adolescencia, y de ésta a la edad adulta.

En adelante, según dicen, su vida se desarrolla en el mar de los Sargazos, ese inmenso entramado de algas situado en el corazón del Atlántico norte, que evoca la complejidad de nuestro mundo, con su tupida red de relaciones e intereses, a veces confesados y tantas veces inconfesables. Poco importa si su existencia era hasta entonces feliz o desgraciada; poco importa si en su memoria anidaba o no una vaga nostalgia de los días de su niñez. Lo cierto es que, en un momento dado, algo ocurre y hace «clic» en su interior, cambiando de orientación la brújula interna de su alma. Algo se enciende: una luz, un despertar, una toma de conciencia. Algo que se parece mucho a una conversión. Y con ello un impulso irreprimible de partir, de retomar al origen absoluto del que había surgido.

A partir de ese momento inicia una de las aventuras más admirables que podamos hallar en el libro de la naturaleza. Siguiendo un certero instinto, y a través de un viaje de miles de kilómetros, recorre en sentido inverso las aguas del océano hasta encontrar la desembocadura del mismo río por el que años antes se había deslizado alegremente. Sin vacilar, se adentra en él y empieza a remontarlo. Según asciende, la corriente contraria le va oponiendo una mayor resistencia; pero la fuerza de su deseo es más grande que cualquier adversidad. Y este deseo lo tiene clavado en un único fin: las fuentes de las aguas, a las que debe llegar por encima de todo.

Con tenacidad indestructible, sin retroceder jamás ni rendirse un instante, va ganando terreno al río palmo a palmo, en una batalla encarnizada contra la corriente y los obstáculos que van saliendo a su paso. Unas veces son las cascadas de agua, alzándose como muros infranqueables; otras, los pescadores de la ribera lanzando sus anzuelos tentadores, con los que tratan de frustrar su marcha ascensional. 0 los osos del bosque, que en las partes altas del río salen en busca de una presa fácil, aprovechando la escasa profundidad de las aguas y el evidente agotamiento que por entonces muestra el menguado número de ejemplares que va logrando acceder a esos niveles. Muchos dejarán la vida a lo largo del camino. Sólo los que tienen la suerte de alcanzar el fin, poco menos que exhaustos y casi con la mitad de su peso perdida por el tremendo esfuerzo, pueden asistir al último acto que corona la odisea: el baile nupcial, el desposorio y, tras éste último, la muerte… La muerte en el lugar mismo del origen.

El poder simbólico de esta odisea se revela en cada una de sus etapas. En primer lugar, hay que resaltar la fuerza de la llamada interior y la atracción irresistible ejercida por el origen en el fondo del alma. Imposible no escuchar, no partir y volver a las fuentes primordiales, al lugar donde nace y se consuma la vida. Donde nace y se consuma, y no sólo donde nace, porque el retomo al origen que llama y atrae es al mismo tiempo, y de modo misterioso, un viaje hacia la consumación y el destino último de la existencia. El origen: el Origen divino, del que todo surge, es al mismo tiempo el Fin al que todo tiende y aspira a llegar para completar su realización. Todo sale de Dios como Padre y Origen, y a Él retorna como Destino y Fin. Salida y retorno, egresus et regressus, expansión y contracción, constituyen un movimiento fundamental inscrito en la estructura del espíritu humano y, de modo general, en la de todo el cosmos.

Ahora bien, si origen y fin son lo mismo, no lo son de la misma manera. Entre ellos media la distancia que se da entre lo embrionario y lo plenamente desarrollado. En el Origen, el ser es creado; en el Fin es consumado. De hecho, el salmón no aspira en modo alguno a regresar al «paraíso original» de la infancia feliz, ni su objetivo es retroceder en el tiempo buscando introducirse otra vez en aquella placidez inconsciente que, según dicen, todos experimentamos en el claustro materno. Salió como niño, regresa como adulto. La infancia queda atrás para siempre, y en adelante al hombre sólo le es posible completar su ser desarrollando sus estructuras más plenamente humanas de conocimiento y de amor. Y éstas no aspiran, desde luego, a autorrealizarse en una fusión impersonal y difusa con la Madre Tierra, sino que ascienden hacia otra unidad más elevada, de carácter esponsal, con quien ahora es percibido como Esposo, y Amado. Por eso, al llegar a la cumbre, los salmones se aparean, plantan la semilla de una nueva generación… y mueren, después de entregar el último jugo de su ser.

Desposarse y morir. Ése era el objetivo final de] deseo que la voz suscitó en el alma, y el último acto que corona la gran odisea. Una muerte, por supuesto, cargada de fecundidad, que evoca ese morir a sí mismo en el otro característico del amor, y que es la única muerte de la que sale vida, por ser la expresión suprema del don de sí. Muerte mística también, si se quiere, pues morir a sí mismo en Dios es el sacrificio de amor más elevado que la criatura puede realizar. Un amor que es al tiempo cruz desgarradora y crisis de todo el ser, pero en cuyo centro está depositada la semilla de la vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).«El que pierda su vida por mí, la encontrará para siempre» (Mt 10,39). De otro modo, cuando uno no quiere dar su vida, tarde o temprano se la arrancan, y entonces es la debacle del ser. Pero cuando la da, entonces se desposa y recibe la vida de aquel en quien ha muerto.

El deseo arquetípico

Mas el camino hacia las fuentes es largo, y no en vano el retorno tiene la forma de un ascenso, de un desarrollo espiritual poblado de dificultades o, si se quiere, de una larga vía purificativa, en cuyo término el mismo Origen que aspira y atrae se ofrece y se promete como Paraíso y Bien Total de su criatura, como el Unum Necessarium alabado por Jesús en María de Betania, y único que puede colmar las aspiraciones más profundas del insaciable corazón humano. Paraíso divino, escatológico, desproporcionadamente superior al de la tierna infancia y a todos esos otros paraísos artificiales que el ancho mar del mundo nos ofrece cada día con sus anzuelos de pescador o sus voces de sirena. Paraíso entrevisto difusamente en la llamada interior que nos despierta de nuestros sueños y, desde ese momento, también ya ardientemente deseado: «Despierta, despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo» (Ef 5,14). Y he aquí la respuesta del que ha sido herido por la voz: «Oigo en mi corazón: ‘Buscad mi Rostro’. Tu Rostro buscaré, Señor, no me escondas tu Rostro» (Salmo 26 [271,8).

La separación de Dios abre en el centro del corazón humano una distancia insalvable, un espacio de soledad que ninguna compañía, por entrañable que sea, puede llenar. Y en esa soledad un secreto vacío, una oquedad, un sentimiento de carencia de un bien esencial, ausente y no poseído, que ningún otro bien consigue sustituir. Carencia de Dios, Paraíso original y Bien definitivo de toda criatura, de la que brota la indefinible nostalgia, la insatisfacción permanente y la inquietud de un corazón que busca, sin muchas veces saber bien cómo ni dónde, su reposo y su descanso. Es aquí donde encuentra su lugar la tantas veces citada frase de san Agustín: «Nos hiciste para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti». Ésta es la contradicción que anida en el corazón humano: una eterna carencia que busca una eterna plenitud, una soledad irreductible que busca una plena comunión, una distancia insalvable que busca una total unidad, una inquietud sin reposo que busca un paraíso y un descanso.

Dicen, y es así, que el hombre es un ser inacabado. Y precisamente es de este inacabamiento de donde le nace su aspiración, su vocación más primaria de tender al acabamiento y la realización plena en el vivir, en el conocer y en el amar, que constituyen, como hemos dicho, sus estructuras más profundamente humanas. Por ser un viviente, aspira a vivir, y vivir en plenitud; por su capacidad ¡limitada de conocer, aspira a una verdad plena y total; por su capacidad afectiva, igualmente ¡limitada, aspira a unirse y completarse en un Bien infinito. La estructura de su corazón marca el sentido de su ser. De ahí el deseo de autorrealizarse conforme a aquello para lo que está estructurado.

Éste es, pues, el origen del deseo religioso, que se halla presente en todo ser humano. Deseo arquetípico, le llamaríamos en clave de la psicología de Jung, porque pertenece a la estructura espiritual más profunda y propia de nuestra especie. Deseo de Dios como Alfa y Omega, como Bien y Verdad originante y conclusiva. Deseo religioso por antonomasia, raíz arquetípica del amor y brújula interna que nos impulsa secretamente hacia el Absoluto, marcando el sentido de nuestro ser, su referencia estructural básica, y confiriéndole de este modo su vocación primera: amar a Dios sobre todas las cosas.

Sin embargo, no todos identifican la dirección última adonde apunta la flecha del deseo, ni alcanzan a tomar conciencia de éste como anhelo de Dios. Pues la aspiración arquetípica trasciende el nivel de la mera consciencia cotidiana de carácter superficial, que sólo experimenta una aspiración indefinible, una inquietud que no siempre se logra referir a lo divino. Para ello es preciso una toma de conciencia, un despertar, cuyo efecto será la conversión, punto de partida del retomo o regressus. Será entonces cuando el deseo arquetípico se transforme en amor, amor consciente y voluntario, plenamente humano; cuando la voluntad asuma en su libertad y revierta hacia Dios el pulso interior del deseo, convirtiéndolo en intención consciente hacia el Origen.

Aquellos que han arrojado la divinidad lejos del horizonte de su conciencia sienten únicamente ese vago deseo de felicidad que todos llevamos dentro, esa carencia existencial no satisfecha que cada uno intenta colmar como puede dirigiendo la flecha de su deseo hacia los bienes que encuentra más o menos al alcance de su mano, para dar con ellos a su vida un sentido y una realización. Sueños e ideales con los que tantas veces tratamos de llenar nuestra existencia, y que no tienen por qué ser malos, pero sí insuficientes para un corazón que nunca tiene bastante, y por eso tarde o temprano se nos quedan pequeños o en nada. Y es que, detrás de todos los sueños de la vida, nuestro corazón está aspirando siempre a un Sueño Absoluto, a un Sueño Total de conocimiento y amor, que va apareciéndose más claro y preciso a medida que se van desvaneciendo con el tiempo los pequeños y parciales sueños en los que tal vez habíamos depositado la ilusión y la esperanza de nuestra vida. Al final sólo queda el Sueño Divino, el Sueño último, en el que quizá nunca habíamos querido reparar, pero que estaba ocultamente presente al principio de todos nuestros sueños, atrayéndonos como desde lo secreto, como desde detrás de los sueños parciales de la vida que se nos presentaban como absolutos y definitivos, incitándonos a detenemos en ellos como en la meta final.

El último Sueño no es la última ilusión de una vida sin ilusiones, sino la manifestación de la aspiración fundamental del ser a la Verdad y al Bien total, al Misterio último de todo, Origen y Fin, que, para darle un nombre, tradicionalmente llamamos «Dios»: Padre y Madre que nos engendra, Espíritu que nos aspira, Verbo que nos pronuncia en cada instante, Voz que secretamente nos llama, evocándose a sí misma en todos los seres que la reflejan, sobre todo a través de la Escritura. «¡La Voz de mi Amado!», grita la Esposa en el Cantar de los Cantares. «Helo aquí que llega saltando por los montes, brincando por los collados» (Cant 2,8).

Pero ¿quién es consciente de su deseo innato? El polvo del tiempo quizá lo ha ido recubriendo hasta hacerlo irreconocible. Ahora bien, puede que un día despertemos. Puede que un día descubramos de repente aquello que tal vez nunca hubiéramos debido olvidar: que era Dios el secreto Bien con el que siempre habíamos soñado, aquello que desde siempre habíamos amado sin saberlo y que nos llamaba en cada esquina, en cada cosa hermosa que nos hacía vibrar, o detrás de cada herida de nuestro amor propio. Quizá un día percibamos de un modo nuevo su llamada en el centro del ancho mar donde nos hallamos, cual salmones enredados en los sargazos de la vida, y despertemos como de un sueño, exclamando una vez más con san Agustín:

«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí, y yo fuera, y por fuera te buscaba. Desfigurado y maltrecho, me lanzaba, sin embargo, sobre los bienes hermosos que Tú has creado. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me atraían lejos de ti todas esas cosas que no existirían si no tuvieran existencia en ti. Me llamaste y me gritaste hasta romper mi sordera. Brillaste sobre mí y me envolviste en resplandor y disipaste me ceguera. Derramaste tu fragancia, y respiré. Y ahora suspiro por ti. Gusté, y ahora tengo hambre y sed. Me tocaste, y quedé envuelto en las llamas de tu paz» (Confesiones, X, XXVI1,38).

Siempre se ha dicho, y es verdad, que la búsqueda de Dios es la respuesta que el corazón humano da a la llamada del mismo Dios, que llama y aspira todo hacia Sí desde el momento mismo en que lo crea. El deseo arquetípico se corresponde con esta aspiración divina que nos atrae y despierta: el corazón aspira hacia Aquel que lo aspira, busca al que lo atrae, invoca al que lo llama, va hacia el que le dice: ven. Por eso el deseo es una realidad al mismo tiempo humana y divina, natural y sobrenatural. Natural, porque es la brújula interna del corazón; divina, porque, como dice la Escritura, el Amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones, en el centro más profundo de nuestro ser, por el Espíritu Santo que nos ha sido dado y que allí gime con gemidos inefables, haciendo suyo el deseo arquetípico, y tendiendo ambos como una sola cosa hacia el Origen. Espíritu y Aspiración de Dios, que se une a nuestro espíritu y a nuestra aspiración humana, haciéndonos exclamar: ¡Abba, Padre! (Rom 8,15-16).

Padre u Origen, Fin o Paraíso con el que siempre habíamos soñado, pero que sólo ahora, con la llamada, recibe para nosotros un Nombre: ¡era Dios la razón de esa herida oculta que siempre habíamos llevado en el centro de nuestra soledad; Dios la razón de la oscura nostalgia que nos ahogaba interiormente! Nostalgia de Lo Totalmente Otro, como dicen los teólogos, de la Fuente Absoluta de nuestro existir. La llamada aviva en lo profundo de nuestra conciencia el sentido de lo Absoluto, el recuerdo de Dios o Memoria Dei, como le llaman los autores monásticos antiguos. Una memoria herida y sangrante, porque el recuerdo y la nostalgia indican lejanía y escisión, mientras que la tendencia del deseo arquetípico es fundirse en la unidad, donde se halla su descanso. Una memoria cubierta quizá por el olvido, y que ahora resuena con fuerza en nuestra capacidad de amar convocándonos a una larga marcha y a una unión esponsalicia: « ¡Levántate, amada mía, hermosa mía, y ven!» (Cant 2,10).

Esta voz ancestral que nos llama desde las raíces de nuestra conciencia no puede ser otra, para un cristiano, que la Palabra de Dios, el Verbo absoluto que en el Origen de la creación nos suscitó de la nada al ser, convocándonos por puro amor a una realización ¡limitada mediante la participación en su riqueza infinita. Palabra original y originante, pero asimismo Palabra final y última de todo, que, en medio del silencio sagrado de la noche, de la noche del mundo, descendió del seno del Padre como Buen Pastor que sale en busca de su oveja perdida, haciendo humana su voz y llamándonos desde la Encarnación y el Evangelio a nuestra vocación original. El Verbo habló, se hizo carne, se hizo Escritura. Los que creen, los que sienten que esta Palabra colma las aspiraciones más secretas del ser humano, se abren a ella en una respuesta de fe que se identifica, para nosotros, con el mismo cristianismo.

Sustancialmente, la vida cristiana es eso: una respuesta a esa Palabra de Dios que, desde los Profetas hasta la Encarnación, y desde la Encarnación hasta el Evangelio y el tiempo de la Iglesia, ha venido tratando de iluminar nuestras mentes y despertar el deseo religioso que llevamos más o menos adormecido. Un día quizá, por el modo que sea, consigue traspasar un poco la insensibilidad del corazón, y aquello que hasta entonces posiblemente había sido para nosotros palabra muerta se nos empieza a convertir en Palabra viva. Sin saber tal vez muy bien cómo, nos damos cuenta de que la llevamos grabada en el alma y que ya no podemos vivir ajenos a ella: es el inicio de la fe viva, y también el comienzo de una búsqueda de fe que no se detendrá jamás. Un autor moderno lo expresa de este modo:

«Una Palabra divina, la Palabra que anuncia el Evangelio, se clavó un día en nuestro corazón. De repente comprendimos que era a nosotros a quienes llamaba, y partimos a la búsqueda de aquel que llamaba, llamándole nosotros a él, con una llamada en la que todo nuestro corazón y toda nuestra vida estaban puestos en nuestra voz… Esta Palabra que nos busca y nos encuentra para que respondamos a ella buscándola nosotros a su vez, es todo el evangelio, todo el cristianismo. Y la vida monástica no es, ni más ni menos, que una vida cristiana que se abre enteramente… a la Palabra; que se abre y se entrega, siendo ésta la respuesta que la Palabra espera, que espera y que suscita» (L. BOUYER, Le sens de la vie monastique, pp. 21-22).

La vocación que está en toda vocación

He aquí, pues, el fundamento de la vocación monástica, contemplada desde la perspectiva antropológica del deseo de Dios y la aspiración a entrar en comunión con Él. Podemos considerarla como la vocación religiosa natural de todo ser humano, que se halla en todas las tradiciones religiosas y que en el cristianismo es vivida desde las claves de fe que nos ofrece la revelación bíblica. Desde aquí, la búsqueda de Dios revestirá la forma de una escucha progresiva y configuradora con la Palabra Creadora, que se deja sentir al mismo tiempo en el fondo subjetivo del alma y en su revelación objetiva en la Escritura. En tanto que derivada de la apertura a la trascendencia inscrita en nuestra naturaleza, no cabe decir que se trate de una vocación especial o particular, sino universal, como venimos viendo. Podríamos decir que es la vocación que está en el interior de todas las vocaciones sin contraponerse a ninguna de ellas, sino más bien alimentándolas a todas como desde dentro, en la medida en que el amor y la búsqueda de Dios están siempre en la base de cualquier otra vocación religiosa. Todos llevamos un monje en la estructura profunda de nuestro ser, aunque nunca vivamos en un monasterio.

A través de las formas que históricamente ha revestido en la tradición cristiana, cenobíticas o eremíticas, la vida monástica ha intentado dar cauce y expresión más o menos institucionalizada a esta inquietud religiosa fundamental, sin haber pretendido nunca apropiársela ni agotar las posibles expresiones de un carisma que pertenece a todo el género humano. Lo único que cabe decir es que, de hecho, la vida monástica ha surgido y se ha organizado siempre para responder a esa inquietud y dar cauce a la búsqueda de Dios. Así, por ejemplo, en su Regla de los monjes, san Benito coloca como criterio básico de discernimiento vocacional para sus monasterios esta frase: « … si busca verdaderamente a Dios». Y desde el primer momento concibe esta búsqueda como un retorno –regressus o reditio– nacido de la escucha interior de la Palabra evangélica: «Escucha, hijo, los preceptos del Maestro… aplica el oído de tu corazón… para que vuelvas por el camino de la obediencia a Aquel de quien te habías alejado (recessus) por la desidia de la desobediencia».

Vemos aquí diseñado, una vez más, el doble movimiento espiritual: alejamiento y retorno. Retorno a Dios, al Origen: «a Aquel de quien te habías alejado», y que se realiza mediante un camino ascensional que en la Regla benedictina se describe mediante el símbolo de la escala: la escala misteriosa que Jacob vio en sueños (Gn 28,12) y que unía el cielo con la tierra, al Creador con la criatura. Por supuesto, tanto esta imagen de la escala como la del río no son sino figuras físicas de un desarrollo espiritual que la tradición cisterciense a la que pertenezco describe con un triple gradación: hombre animal, hombre racional y hombre espiritual.

Tradicionalmente, se suele también concebir este viaje en una doble dirección: como ascenso a la cima y como descenso al centro. Pero una y otras expresan sólo dos perspectivas de una misma realidad. La cima del alma y su centro, llamado también fondo o corazón, no son zonas distintas de nosotros mismos, sino esa misma simplicidad última y acabada de nuestro ser que siempre está en contacto con Dios, y en la que se establece quien alcanza el final del recorrido. Por eso ambas perspectivas son intercambiables, hasta el punto de que es posible decir que por la cima se llega al fondo, y por el fondo se llega a la cima. Sin embargo, tienen también sus diferencias de matiz: la idea de la subida sugiere un ir remontando niveles y cosas que se dejan atrás, mientras que la imagen del descenso sugiere un proceso de «esencialización», de unificación de todos los niveles del alma en un yo profundo, contrapuesto al yo superficial de nuestra conciencia cotidiana.

En este sentido, la emigración del salmón del mar a los manantiales significa la emigración interior del alma desde su dimensión «carnal» o instintiva hasta su dimensión espiritual, ascendiendo a través de la estructura de las facultades: primero la vida en el instinto, luego la vida en las facultades racionales del yo técnico y filosófico, hasta alcanzar la vida en la mente simple, pura y sin forma, antes de que el yo se trascienda y muera a sí mismo definitivamente en el universal divino del amor. Es decir, antes de unirse y desposarse. Desposarse en el Origen, en la Palabra Primordial donde siempre es pronunciada nuestra existencia: Cristo, cima y meta de todo existir.

Visto desde la perspectiva del descenso, el retorno a las Fuentes se expresa tradicionalmente como un retorno al corazón: reditio ad cor, al centro interior del alma, donde ésta conoce su origen y su unidad, y a Dios, que se halla en ese centro como el Centro del centro y el Origen del origen: interior intimo meo (más interior que lo más íntimo de mí), dirá san Agustín. Aquí no se hablará tanto de ascenso cuanto de integración y unidad. Y la oposición no será entre un arriba y un abajo, sino entre lo exterior y lo interior, lo superficial y lo profundo, la distinción y la unidad. En el centro todo se unifica y armoniza: instinto y consciencia, inteligencia y amor, finito e Infinito, Creador y criatura. El corazón es la armonía de todos los contrarios, que hasta entonces quizá eran percibidos como contradictorios e irreconciliables.

Tanto la subida como el descenso expresan un proceso de purificación que no es cuestión de desarrollar aquí, pero que viene muy bien simbolizado en esa gran cantidad de peso que, como lastre que se deja en el camino, va perdiendo el salmón a medida que asciende y se ve reducido a lo esencial: atrás quedarán todas las falsas imágenes del yo y del mundo; atrás los niveles inferiores de la conciencia y todos los apegos del corazón, desde los más groseros hasta los más delicados. Atrás todo lo que era falsamente suyo y que más bien pertenecía al hombre viejo. Atrás todo, con tal de que no se quede detenido o perezca en las partes bajas y medias del río, apresado por otros bienes ilusorios. En la cima del alma sólo queda la verdad desnuda en la que fuimos creados: la imagen de Dios, la naturaleza humana transfigurada en la divina, el hombre eterno que llevamos en esta pobreza finita y que habrá de salir finalmente a la Luz, bien sea parcialmente en esta vida, como supremo grado de madurez, o después enteramente en la eternidad para todos los salvados.

Un sencillo emplazamiento

Para ello, la vida monástica se ha organizado tradicionalmente como un sistema de vida evangélica que presenta unas características garantizadas por una experiencia de siglos y que se ordenan a favorecer, en la medida de lo humanamente posible, este retorno mediante la escucha exterior e interior de la Palabra. Sin pretender un análisis detallado, y sin menoscabo de otras características igualmente importantes, nos referiremos aquí únicamente a dos, por su relación con el tema específico que nos ocupa: el marco de soledad y el ambiente de silencio, que quizá sean, por otra parte, los rasgos que más saltan a la vista cuando alguien se acerca a un monasterio por primera vez. Los monasterios se han edificado generalmente en lugares solitarios y silenciosos, que son como su espacio natural, hasta el punto de que incluso aquellos que, por diversas circunstancias, se han edificado en las ciudades, tratan de salvaguardar en su interior ese ambiente de la mejor manera posible.

La soledad monástica no es en modo alguno el aislamiento más o menos retraído de quien no puede o no quiere estar con los otros, sino un espacio físico, y sobre todo psicológico y espiritual, ordenado a crear las condiciones más aptas, y con las menos interferencias posibles, para la escucha interior y la apertura de los sentidos espirituales del alma y de la Escritura. Por supuesto que no se trata de una fuga mundi, y menos en el sentido de «huida», automarginación o desentendimiento de un mundo al que se mira negativamente. Menos aún ha de entenderse como encerramiento, idea bastante extendida, sobre todo en relación con las monjas mal llamadas «de clausura», que es la denominación desgraciadamente habitual con que suele designarse a las monjas contemplativas. Cuando la soledad se moraliza y se convierte en obligación de salir o no salir cargada de culpabilidad y penalizaciones, entonces se desvirtúa, se convierte en psicológicamente represiva y pierde todo su valor. En este sentido, a título personal, somos decididos partidarios de que en la Iglesia desaparezca toda legislación sobre cualquier especie de clausura, toda regulación de la soledad monástica, masculina o femenina. Lo que nació libre, libre se ha desarrollar, como toda vocación. Los monjes aman la soledad por motivos espirituales, y así la amarán siempre; pero no serán ellos quienes la conviertan en ley. La fuga mundi no es otra cosa que apartamiento del sistema de pecado que impregna las diversas esferas de la vida y de la civilización, tanto fuera como dentro de nosotros mismos. Y en este sentido pertenece también a todo creyente que simplemente no desee comulgar con el mal.

El emplazamiento monástico no está fuera del mundo; más bien es un trozo de mundo con un espacio propio, como otros pedazos de mundo tienen también sus espacios apropiados. Dicho espacio busca construir un modo de presencia distinto de la presencia extrovertida y desgajada del propio centro en que la mayoría nos hallamos sumergidos. Es claro que el hombre de hoy necesita, más que en cualquier otra época anterior, espacios de silencio que le permitan redimensionarse, encontrarse consigo mismo y recuperar la paz sin agitación, el ritmo y la armonía sin rupturas ni distorsiones y, en definitiva, la propia identidad. Porque el silencio es fundamentalmente personalizador. No, claro está, ese silencio que se reduce al mero cerrar la boca y que puede estar por dentro cargado de negatividades impronunciables, sino ese otro que es escucha de fe, acogida y receptividad de lo divino en el fondo de la conciencia.

En suma, lo que el emplazamiento monástico busca es construir una presencia basada en la interioridad y en la transformación de la persona. Y esto lo hace primeramente creando un ámbito que intenta ser sagrado, espiritual, distinto del espacio urbano marcado por la agitación y el ruido, que le permita acceder a otro modo de conciencia de sí y de la realidad. Cuando la personalidad se transforma, todo el mundo se transforma para ella. Se traspasa la barrera del yo con su particularismo e incomunicabilidad, y el hombre o la mujer se socializa y universaliza en el amor. Y es que no por vivir más apiñados somos necesariamente más amables y sociables. Más de una vez, las afirmaciones más universalistas han procedido de ambientes anacoréticos, mientras que tal vez no haya sido por casualidad que el pesimismo antropológico de la afirmación «el hombre es un lobo para el hombre» proceda de un famoso filósofo y político de la urbe.

El monasterio toma distancias respecto de la ciudad, también, entre otras cosas, para no verse absorbido en la espiral de ruido y estímulos que bombardean las sufridas neuronas de tanta gente. Por eso, aunque sólo fuera a nivel psicológico, se trataría ya de una cuestión de simple higiene mental. Aspecto más marcado en nuestra cultura contemporánea que en las culturas rurales y más o menos arcaicas de otros tiempos, que tenían muchas menos interferencias y estímulos en este sentido que nosotros hoy. Con todo, ya una antigua sentencia monástica afirmaba que «el hombre que habita en soledad y permanece tranquilo se libra de luchar en tres batallas: la del oído, la de la lengua y la de los ojos. Sólo le queda el combate del corazón» (S. Antonio). Combate que no consiste sólo en la lucha contra el pecado, sino además en la pacificación y ordenamiento de nuestra psicología interna, con sus procesos mentales no integrados y más o menos inconscientes, que los antiguos llamaban «pensamientos» y pasiones, y que hemos de transformar en espacio espiritual. Cuando los procesos mentales se acallan, el alma queda dispuesta para la escucha receptiva de la Palabra divina.

Hay que decir, por otro lado, que, en nuestra cultura del sonido y de la acción, la quietud y el silencio son valores cada vez más apreciados, precisamente en razón de su precariedad; y eso tanto a nivel personal como, más aún, de ambiente. El silencio forma con la palabra una de las realidades bipolares más importantes de la vida, sin las cuales no es posible la existencia humana. Ambos se excluyen y se suscitan mutuamente, si bien el silencio es siempre anterior: como el germen y la matriz original del que aquella siempre brota. En efecto, toda palabra nace del silencio, y al silencio retorna para germinar allí nuevamente como el grano en la tierra que lo fecunda y ser pronunciada sin cesar, cada vez como en una nueva creación. Por eso, según sea la profundidad o superficialidad de mi silencio, así será la profundidad o superficialidad de esa palabra mía que lo revela.

Si la palabra es movimiento, comunicación, revelación, aunque siempre incompleta, del ser que la origina, el silencio es el reposo del ser en sí mismo, el estado original y espontáneo de las cosas. La naturaleza es silenciosa; el ruido, en cambio, que es la distorsión del sonido, y el grito, que es la distorsión de la palabra, son obra de la civilización. Se ha escrito con razón que el hombre de nuestro tiempo más que hablar grita, y con no poca frecuencia sus palabras se reducen enteramente a gritos que no tienen densidad ni mensaje, porque tampoco proceden del silencio, sino del ruido, del stress, del nerviosismo y de la histeria de la vida. La soledad le produce miedo, la profundidad le da vértigo, y necesita gritar, gritar sin parar para engañarse a sí mismo, para ahogar y distraer el vacío interior, la nada inmensa que se agazapa en sus profundidades. Y, sin embargo, ese vacío y esa oquedad no son precisamente un abismo devorador, sino la expresión, en el trasfondo del alma, de una carencia esencial no satisfecha: el ansia de ser, en medio de una cultura profundamente despersonalizadora; o, si se quiere, el gemido del amor, del deseo arquetípico en medio de esa soledad negativa que el hombre de nuestros días experimenta tal vez como nunca, diluido como se halla en el anonimato de la masa.

Este sentimiento de soledad y «abandono existencial» hace nacer la inquietud de san Agustín o la angustia de los filósofos de la existencia, y al mismo tiempo el anhelo de superar ambas en una experiencia de plena unidad y comunión. Por eso la soledad misma revela nuestra vocación profunda. Es ahí, en ese monasterio interno que cada uno llevamos en el alma, donde resuena la llamada y se inicia el retomo. ¿0 no es acaso una forma de llamada el propio sentimiento de vivir desgajados? Gemido creatural, pero a la vez gemido del Espíritu de Dios, que pugna por hacer florecer en nuestra patente irrealización una humanidad plena y divinamente realizada, según el modelo de la forma humana y divina de Cristo. Gemido y Voz, Espíritu y Verbo, constituyen el impulso que mueve y la llamada que invita al hijo pródigo a retomar al Origen: «me pondré en camino adonde está mi Padre».

Salmones del mismo río

Ese camino no es sino la aventura religiosa de la humanidad, que los monjes han tratado siempre también de recorrer. En este sentido, la vida monástica no puede ser considerada como una idea o como un proyecto de vida elaborado por la mente de alguien que un día se puso a pensar, a ver qué salía. Ante todo, es una inquietud, una vocación que, entre otras cosas, puede servir de espejo para quienes deseen verse a sí mismos y reconocer en ella tanto su anhelo personal de un bien absoluto como la llamada que en ese anhelo está contenida. Es posible que aquí se sitúe una de las palabras más inteligibles que el monacato podría comunicar hoy a los hombres y mujeres de nuestra cultura, que en medio de la oferta interminable de paraísos artificiales sienten quizá como nunca la soledad y el desgajamiento existenciales. ¿Qué nos queda después de habemos bebido el mundo como una droga? El monacato nunca se ha cansado de proclamar que la naturaleza humana está constitutivamente referida a lo divino, y que no hallará realización fuera de esta referencia o intencionalidad. Que el hombre sólo es plenamente humano cuando está unido a Dios y transformado en él, y que, mientras viva escindido de su Origen, la soledad, el vacío y la carencia reinarán en su ser contingente. Por otro lado, al presentar de modo institucional la dimensión orante y mística de la vida cristiana, el monacato puede ser también un signo legible para aquellos que, en una cultura donde la dimensión sensitiva prima en todos los ámbitos de la existencia, sienten que eso no les basta. En cambio, no será significativo para aquellos que aún sueñan con otros olimpos y tienen puesta su esperanza en otros paraísos.

Un signo nunca es interpretado de igual modo por todos. Los milagros de Jesús eran signo para unos, mas para otros eran anti-signos. Así ocurre siempre, y la vida monástica no es una excepción. De hecho, si en otro tiempo los monjes fueron multitud, como se ve por la cantidad de monasterios que a lo largo de los siglos han ido tapizado el suelo de Europa, hoy podemos decir que es una forma de vida marginal. Incluso hay quienes la inscriben dentro de los fenómenos contraculturales. No en el sentido -al menos así pienso yo- de estar como «a la contra» y en oposición más o menos «guerrillera» al sistema cultural imperante. El monje en modo alguno aspira a ser una especie de «Che» Guevara del espíritu. Sería una pura altanería y una inflación de ese ego que justamente busca trascender. La vida monástica no puede nunca situarse en régimen de oposición militante a nada, porque se destruiría a sí misma en su propia esencia, que es remontarse a la unidad donde se trascienden todas las oposiciones y todos los contrarios: izquierda-derecha, amigo-enemigo, soledad-comunión, instinto-inteligencia, materia-espíritu. En la Unidad divina, todo es visto traspasado por la Gloria. Todo es Palabra de Dios, excepto el mal, que no puede ser pronunciación divina.

A pesar de sus deficiencias y realizaciones históricas más o menos logradas, el monacato se sabe portador de unos valores permanentes y de una verdad sobre el hombre que no pasa: una verdad estructura], arquetípica; un modelo antropológico que puede dialogar dignamente con la multitud de concepciones sobre el hombre que circulan en la actualidad, surgidas a partir de las más diversas ramas del saber filosófico y científico. Tal multitud revela, al mismo tiempo, una intensa y fecunda búsqueda y una gran falta de identidad. El desarrollo científico y técnico ha abierto múltiples campos a la inteligencia humana, de cada uno de los cuales parece derivarse una antropología diferente. Pero falta aún esa visión sintética que estamos convencidos deberá llegar tarde o temprano, aunque no pueda predecirse cómo o en qué momento. Por lo demás, en el contexto mundial del diálogo interreligioso, el monacato se presenta como un camino de realización que, dentro del marco de la fe y de las categorías cristianas, tiene asimismo una palabra que decir, sobre todo ante aquellas religiones en las que lo místico ocupa un lugar preponderante y hasta esencial.

Todos vamos por el mismo camino: creyentes y ateos, santos y pecadores; y en principio no tendríamos por qué estar mordiéndonos unos a otros. La Iglesia con la humanidad, y ésta con el resto de la creación, va ascendiendo por la corriente de la historia hacia el Alfa y la Omega del mundo. Todos remontamos el mismo río, lo veamos con claridad o no, y vamos ascendiendo hacia las cumbres bajo la Sombra del Espíritu, que misteriosamente guía la evolución del universo con una Sabiduría que trasciende nuestra actual capacidad de imaginar. Los salmones avanzan juntos: como humanidad, como Iglesia, como diferentes formas comunitarias. No existe uno sólo que no sea hermano de los otros. Avanzamos como cuerpo -como Cuerpo de Cristo, decimos los cristianos-, aunque al mismo tiempo cada uno permanece irreductiblemente él mismo en el espacio de su conciencia personal, de modo que cada paso que da no podrá darlo nadie en lugar suyo. De ahí que, en ocasiones, uno puede experimentarse incomunicablemente solo, a pesar de ir apiñado con muchos compañeros.

De hecho, el binomio persona-comunidad nunca realiza su complementariedad en esta vida tan armoniosamente que no deje siempre un cierto sabor de irrealización y frustración, que sólo en la comunión divina podrá ser superado, junto con el resto de los pares de opuestos. Ya un antiguo dicho monástico, utilizando el símil de los radios de la rueda que se aproximan más entre sí cuanto más cerca se hallan todos de su centro común, afirma que los seres humanos están más cerca unos de otros cuanto más unidos están a Dios. únicamente en la unidad con Él se realiza la unidad interhumana. El Centro divino es la Armonía de lo múltiple, la Fuente común y la Convergencia de todas las líneas que en la periferia aparecen divergentes y contrarias. De modo más concreto, es la convergencia y armonía de esta doble polaridad de nuestra naturaleza a la que nos hemos referido: lo personal y lo social, lo individual y lo comunitario. Por eso, también aquí nos situamos ante la paradoja: sólo el verdadero místico realizará la fraternidad. Lo cual, entre otras cosas, significa que la llamada «civilización del amor» no es más que una utopía que trasciende enteramente las posibilidades de la historia, dado que para ello es preciso que el ego, el ego del mundo, muera a sí mismo en el Origen. Pero eso sería justamente el final de la historia o, más exactamente, su absorción en la eternidad.

Mientras tanto, vamos todos ascendiendo entre luces y sombras. Arriba está la Luz; abajo arde la nostalgia indefinible. Las aguas torrenciales pretenden extinguirla, pero no pueden, porque el amor es más fuerte que la muerte y tiende hacia arriba, como el fuego hacia lo alto. No pocos suben ya cansados o se sienten rendidos. ¡Cuántos de ellos se irán deteniendo en los diversos grados de la madurez, sin alcanzar la cima donde se celebra el desposorio … ! Pero no importa. Todos han oído la voz, todos suben la corriente, y ninguno volverá al ancho mar. Pues la historia no tiene retroceso, ni tampoco el río de la evolución humana. Y lo que importa, a fin de cuentas, no es tanto la obsesión por saber hasta dónde llegaremos, cuanto escuchar, despertar y estar en camino, con la vida bien orientada en el sentido que apunta la brújula del corazón. Por lo demás, a nadie se nos cierra el acceso, y el Padre nos espera siempre a todos, como al hijo pródigo al final de cualquiera de nuestras rutas. Todos podemos llegar arriba, o bien vemos atrapados por nuestros propios cantos de sirena.

Creemos que al final el poder de la Gracia y del Amor Absoluto será más grande que toda la miseria de la historia. Y los creyentes sabemos además, por la fe, que detrás y delante de todo está Cristo, abriendo paso como Primogénito de una humanidad renovada. Él ya remontó las aguas y consumó su muerte a sí mismo y su desposorio en el Origen, donde recibió la Vida de Aquel en quien la había depositado: «Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46). Ahora llega como el Viviente del Apocalipsis, trayendo en sus manos las llaves de la muerte y del abismo (Ap 1,18), caminando sobre las aguas del mundo y confortando a los que aún remamos fatigosamente: «ánimo, Soy Yo, no ternáis» (Mt 14,27). «Vuestros nombres están inscritos en los Cielos» (Lc 10,20; cf. Hb 12,23), es decir, en las Fuentes eternas de las Aguas.

de JACQUES PHILIPPE

Enviado por Hno. Gabriel

de Frat. Monástica Virtual


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