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Colattiones

Juan Casiano

Colaciones

(Digitalización no revisada, en período de corrección)

PRESENTACIÓN[1]

Las Colaciones constituyen la obra principal del abad de Marsella y la más original, tanto por su estructura coma por su contenido. Por eso alcanzaron un éxito de proyección universal. Si en la primera obra, las Instituciones, Casiano ha­bía tenido ya predecesores-como San Basilio, San Jerónimo, etc.[2] 1-,no así en esta segunda, que no tiene modelo en la literatura cristiana precedente. Además, en ella se adivinan todas las facetas-de las plurales que hay en el monje pro­venzal-de su carácter y recia fisonomía morad. El amante de los clásicos, el virtuoso de la prosa oratoria, es en ella grandilocuente y a la vez sencillo. La palabra de los solitarios, que aquí toma cauce en su pluma, cautiva al lector al sentirse tan cerca de aquellos hombres de vida venerable.

Casiano la intitula Seniorum Conlationes, «Co­laciones o conferencias de los ancianos»’, y en otro lugar, Conlationes spirituales, «Colaciones es­pirituales»[3]‘. Son-según afirma él mismo-como el complemento indispensable y el coronamiento de las Instituciones’. En el prefacio precisa: «Del aspecto exterior y visible de la vida de los mon­jes, de que nos ocupamos en nuestros primeros escritos (es decir, en las Instituciones), pasemos a tratar ahora de las disposiciones del hombre in­terior, que, por ser invisibles, se ocultan a la mi­rada»’.

Como se ve, el objeto del autor es darnos en esta obra una visión panorámica, lo más com­pleta posible, de la vida interior del monje. Es­tas conversaciones habidas por él con los solita­rios de Egipto se ordenan a establecer toda la doctrina monástica por la que se ha de regir la vida de los monjes de Occidente.

 

INTÉRPRETE DE LOS PADRES DEL YERMO

La obra casianense es como un legado de la doctrina de los Padres. Este es uno de los va­lores más sustantivos de sus conferencias. Casiano nos dice cómo se siente, cómo se vive en el desierto. Desde luego, no hay que apurar tan­to el valor de este aspecto que descartemos en absoluto de sus conferencias las ideas propias que ha ido barajando con las de los monjes. Casiano introduce, a no dudarlo, conceptos de su propia cosecha; pero aun éstos aparecen sugeridos y, por lo mismo, subordinados a los que van expo­niendo los ancianos.

 

Por otra parte, lo que da más calor y viveza a su obra es precisamente este diálogo que en­tabla con los monjes. Sus conferencias son el fru­to dt su contacto personal con ellos. Cierto que el papel de discípulo que interroga va a cargo de Germán, su amigo entrañable y compañero de peregrinación, paro también alguna que otra vez lo desempeña el mismo Casiano[4]‘. Las respuestas de los quince maestros que responden están con­densadas en las veinticuatro conferencias. El lec­tor ve desfilar ante sus ojos las figuras de Moisés, Serapión, Abraham, Yosé, Nesteros… Casi siempre nos describe los rasgos personales de estos héroes al principio o al final de su exposición, trazándonos con una pincelada maestra las pre­ferencias de cada uno de ellos, su idiosincrasia, sus virtudes más características. Así, por ejemplo, de Pafnucio nos dice: «Entre aquella pléyade de santos vimos brillar al abad Pafnucio con el res­plandor de una ciencia singular, semejante a la (p. 10) claridad de una luz deslumbradora» 7. Al abad Daniel le llama «paladín de la filosofía cristia­na» a. Del abad Sereno escribe bellamente: «Su vida era un fiel trasunto de la serenidad que ex­presaba su nombre» s. Del centenario Cheremón afirma que «se traslucía en él toda la candidez de la infancia»[5] 14.Y así, de cada uno de ellos nos va dando una idea, sucinta, sí, pero global, que pone al lector en conocimiento de aquellos ancia­nos venerables. Nos hacemos a la idea–a medi­da que vamos leyendo la obra de Casiano-de que estamos oyendo de los mismos labios de es­tos varones espirituales la doctrina monástica que han vivido de antemano era el desierto.

Si a ello se unen las descripciones topográficas que prodiga el autor-como cuando nos pinta la vastedad del desierta egipcio, el ambiente de paz de Escete, la soledad inhóspita de la Tebaida, que es, al mismo tiempo, cuna y tumba de aque­llos solitarios-, tenemos la grata impresión de revivir las circunstancias y situaciones de aquel mundo monástico en que se hallaron un día los dos monjes peregrinos. Y es que Casiano tiene el don de hacerse interesante, de insinuarse en el alma de los lectores e inocularles, merced a sus dotes de escritor, las ideas madres que bebe di­rectamente (p. 11) de sus interlocutores. En este sen­tido puede llamársele con justo título intérprete de los Padres del yermo.

ESQUEMA IDEOLÓGICO

Las Colaciones constan de tres partes, al f ren­te de las cuales figura su respectivo prefacio, ori­ginal de Casiano. Los tres grupos de conferen­cias están estrechamente coordinados.

Como se componen de veinticuatro, en la úl­tima el autor subraya el carácter simbólico de este número, que evoca a los veinticuatro ancla` nos del Apocalipsis. Es que redacta la obra como en homenaje ofrecido al Cordero Salvador[6] 11. Ca­siano vuelve reiteradamente sobre los mismos te­mas y toca a menudo los puntos de vista de los sucesivos Padres. Y ahí estriba tal vez el defecto que podría achacársele: que repite una y otra vez las mismas ideas, insistiendo hasta la sacie dad en ciertos puntos de doctrina, como si temie­ra no haberlos esclarecido suficientemente. No obstante, a pesar del aparente desorden a que dan lugar tales repeticiones, las tres partes-que comprenden respectivamente, diez, siete y siete colaciones-forman un todo cuyo esquema ideo­lógico es:

Primera parte: Consta de diez conferencias (I-X), escritas, como las Instituciones, a instancias (p. 12)   del obispo Cástor. No obstante, como éste, en el ínterin, había fallecido, van dedicadas al obispo Leoncio, hermano de Cástor; y al solitario He­ladio. Estas conferencias corresponden al largo período que pasó el autor en el desierto de Es­cete[7]”`.

  • Fin del monje y medios de alcanzarlo (Col. I-III):
    • objeto de la vida monástica: la per­fección cristiana (Col. I);
    • actitud fundamental del alma: la dis­creción (Col. I-II);
    • premisa indispensable: la gracia de la vocación (Col. III);
    • correspondencia a la gracia: la renun­cia (Col. III).
  • Obstáculos que empecen a la consecución del fin (Col. IV-VI):
    • la concupiscencia humana (Col. iv); 2) los vicios de la carne (Col. v);­
    • el pecado, obstáculo de toda vida de espíritu (Col. vi).
  • El combate espiritual que libra el alma (Col., vII-x).
    • papel que incumbe a la voluntad (Col. vII);
    • táctica seguida por los demonios (Col. vIi);
    • tratado de los espíritus o demonolo­gía (Col. vIII);
    • la oración en sus distintas formas y la vida contemplativa (Col. ix-x).
  •  Segunda parte: Comprende siete conferencias (xI-XVII), dirigidas a los hermanos Honorato y Euquerio. Esta segunda serie de conferencias co­rresponde a los principios de la permanencia de Casiano en Egipto y se sitúan en Panéfesis [8] 13.

 

  • Complemento y aclaración de lo dicho so­bre la perfección (Col. xi-xiv):
    • la virtud de la caridad (Col. xi);
    • la «apatheia» o la castidad. (Col. xII): 3) la verdadera ciencia espiritual (Col. XIV).
  • .La perfección consumada y sus indicios (Col. xv-XVII):
    • sobre los carismas y milagros (Col. xv);
    • la amistad entre las almas perfectas (Col. xvI);
    • lo esencial y lo accesorio en la vida espiritual (Col. XVII).
  • Tercera parte: Consta también de otras siete conferencias (xvIII-xxIv), destinadas a los cuatro abades de la isla de Hyeres, Joviniano, Minervio, Leoncio y Teodoro. Las tres primeras datan de su permanencia en Diolcos; las otras cuatro, que se sitúan generalmente en Panéfesis, pertenecen, en realidad, al tiempo transcurrido en el yermo de Escete.
  • Sobre los monjes y diversas modalidades de la vida monástica (Col. xvIii-xix):
    • de los tres géneros de monjes (Col. xvIII); (p. 14)
    • las dos vidas: cenobítica y anacoréti­ca (Col. XIX).
  • Adiciones y suplementos sobre la vida es­piritual (Col. XX-XXIV):
    • la vida purgativa o de purificación (Col. xx);
    • la libertad’ y el ideal de la perfección evangélica (Col. XXI);
    • conflicto entre la carne y el espíritu (Col. xxII);
    • la impecabilidad, patrimonio de ultra­tumba (Col. xxIII);
    • prerrogativas y exigencias de la vida eremítica (Col. XXIV).

LA DOCTRINA: DOBLE FIN EN LA ASCENSIÓN ESPIRITUAL

Casiano concibe dos fines en la búsqueda y posesión de Dios: el inmediato o skopoj; y el mediato o teloj. El inmediato es lo que él lla­ma «la pureza de corazón». Implica la purifi­cación total del espíritu y el desprendimiento com­pleto de todas las cosas. Este fin inmediato tie­ne su valor sólo en razón del teloj, fin último o «reino de Dios», que es la vida eterna poseída en el cielo[9] 14.

A estos dos fines -próximo y supremo- corresponden dos aspectos o grados de vida espi­ritual: la pracij, praktikh scientia o vita ac­tualis, que es sinónimo de «vida ascética”, y la (p. 15) qeworia, qewretikh, scientia o vita theoretica, que es lo mismo que «vida contemplativa».

Para alcanzar el fin próximo o «pureza de co­razón», que es caridad[10], santidad”, el monje renuncia a todo y abraza una vida de total con­sagración a Dios. El conjunto de estas renuncias y prácticas religiosas constituyen la vita actualis o practica, o sea, el ascetismo monástico 17. El conocimiento de los vicios y el modo de curarlos, y el de las virtudes y manera de adquirirlas, son los dos jalones de esta scientia preliminar de ascesis.

Esta ciencia le lleva como de la mano a la vita theoretica o contemplación, que le pone en po­sesión del fin último de su vida: el reino de Dios 18. Por la ascesis, pues, camina el monje ha­cia la unión con Cristo; por la «ciencia práctica», a la «ciencia teorética»; por el ascetismo, a la contemplación, que es, para Casiano, la realiza­ción incipiente del quehacer eterno del cielo.

Ahora bien, para vivir la vita actualis y la vita contemplativa es de capital importancia la «dis­creción» 19. Esta virtud distingue lo que favore­ce el bien, lo que fomenta el mal, lo que viene del hombre y lo que procede del demonio 2°. (p.16) Además, para obrar el bien precisa de continuo la gracia de Dios. Es éste un aspecto en que Ca­siano insiste enérgicamente. Pero, por desgracia, yerra en un punto notable. Al contrario de San Agustín, cree Casiano que para salvaguardar la libertad de la voluntad se debe admitir en el li­bre albedrío un mínimum de iniciativa personal del todo independiente. Este desliz fue parte para que se le considerara como fautor del semipela­gianismo. No obstante, en hecho de verdad, Casiano no es quien inventó esta teoría. Los orígenes de tal doctrina se remontan más allá en la his­toria de la teología y de la ascesis. Orígenes y San Juan Crisóstomo, entre otros, trazaron ya inconscientemente los primeros esbozos doctri­nales de la misma,[11]“.

LA CONTEMPLACIÓN

La ascesis no es el fin de la vida espiritual; nos suministra solamente los medios para llegar a la contemplación.

De ella, en cuanto constituye la esencia de la vida eremítica, trata Casiano en la Colación IX: la oración pura, las formas de la plegaria, el sentido del Pater Noster, la oración ígnea, cons­tituyen para él el más alto grado de oración. La compunción y el don de lágrimas son las seña­les por las cuales sabemos que hemos sido oídos. Por otra parte, la Colación X está dedicada al tema de la contemplación perpetua. Casiano se revela aquí, como en otros puntos, seguidor de la espiritualidad alejandrina. El medio más eficaz para fomentar ese clima espiritual de contem­plación nos lo ofrece Casiano en la Conferen­cia XIV, que versa sobre la ciencia del espíritu desde el punto de vista de la gnosis. En el fondo, se trata de un más profundo conocimiento «pneumático» de las Sagradas Escrituras, con apli­caciones a la vida moral. Condición de esta es­piritual comprensión-cuyas formas principales son la tipología y alegoría-es también la vita actualis.

LA «APATHEIA», PRESUPUESTO DE LA ORACIÓN PURA

Para llegar el monje a esa plegaria «ígnea» -que constituye el más alto grado de oración, ha de estar dotado de la impasibilidad, o sea, de la «apatheia». Para él es lo mismo que «pureza y tranquilidad del alma»[12] 22. Constituye el ideal del asceta oriental, y Casiano lo propone como (p. 18) objetivo y fin de todo el ascetismo monástico y cristiano[13] 23. Se caracteriza por la ausencia de pasiones y turbación de la sensibilidad. Deja al monje en una serenidad y paz sin eclipse. Además, afecta también al cuerpo, y es como una inmu­nización de la carne que logra el alma frente a los efectos de las leyes fisiológicas 24.Esta perfecta integridad de cuerpo y alma es como una especie de imitación del estado angélico 25 que precede a la «oración pura».

Así llama Casiano la oración gratuita, don de Dios, superior a todo esfuerzo humano. La de­nomina transitoria 26 y ocasional 27, por lo mismo que es breve y fugitiva. Constituye, en realidad, el ápice de la perfección, pues en ella se conju­gan la elevación más sublime de la plegaria con el fuego encendido de la caridad 26. La oración pura es propia del alma pura.

Tul es, en bosquejo, la doctrina espiritual contenida en la obra de Casiano.

INFLUENCIA PÓSTUMA

De lo dicho hasta aquí se desprende que las Conferencias casianenses no son propiamente una (p, 19) relación de sus viajes. Han sido redactadas mucho tiempo después, y arguyen otras influencias además de las de los Padres del desierto. No obs­tante, los pormenores e incidencias que contie­nen, son bastante exactos para permitirnos recons­truir las vicisitudes de la estancia de Casiano en Egipto. Y ello desde el desembarque hasta que abandona el país del Nilo, al cabo de veinte años, expulsado por el arzobispo Teófilo de Ale­jandría.

En esta obra, el lector sigue, año tras año, los avatares de la vida que lleva un monje pere­grino, a través de celdas y monasterios, pero de un monje que es un escritor excepcional.

Las Colaciones son la prolongación, en un pla­no hondamente espiritual y místico, de su obra anterior. Y en cuanto reflejan una parte de las reacciones de su vida íntima, son como la auto­biografía de su alma. Alma enamorada de Cristo y de la vida monástica que se centra en Cris­to. Porque la doctrina que entrañan sus confe­rencias ha de verse bajo esa luz de ambivalen­cias, de interrogantes personales, de ansias de sublimación que le acucian a lo largo de sus co­rrerías.

En Casiano se encuentran descritas todas las fases de la vida mística que describen nuestros más modernos tratados de espiritualidad. Sólo que no se hallan sintetizadas ni expuestas en un orden sistemático.

Distinguiendo bien los medios de adquirir la (p. 20) perfección de la perfección misma, no la hace consistir Casiano ni en las austeridades ni en las obras de misericordia, ni siquiera en los carismas o dones preternaturales, sino en la cari­dad que nos une a Dios[14]29.

Podría afirmarse que la espiritualidad del monje de Marsella, como la de todos los auto­res antiguos, es, sobre todo, una espiritualidad de combate: es un ejercicio, un ascetismo. Ca­siano quiere, no obstante, que la mortificación exterior sea siempre moderada: «Valdría más tomar todos los días-dice-una comida razona­ble que ayunar largamente y con exceso» a.

En Casiano apunta ya la idea de las tres vías, purgativa, iluminativa y unitiva. Baste citar, entre otros, el pasaje siguiente: «Cheremón nos dijo: hay tres cosas que alejan a los hombres del vicio: el temor del infierno y de la ley, la esperanza y el deseo del cielo, el atractivo del bien y el amor de la virtud» 3`.Y más clara­mente distingue en el trabajo un doble aspecto: uno, negativo, que es la renuncia por la cual nos alejamos del mal, y otro, positivo, que es la ora­ción y la contemplación, por la cual practicamos el bien y nos unimos a Dios.

Tomadas, pues, en su conjunto, las Colaciones constituyen un directorio completo y de los más (p. 21) autorizados de la vida monástica o simplemente ascética.

Por lo demás, con su obra Casiano da a la vida monástica una nueva vigencia. El monaca­to occidental le parecía desquiciado, lánguido. Por eso concibió el plan de reformarlo. Para ello introduce las observancias del cenobitismo egip­cio, mitigadas por las de Palestina y Mesopota­mia 32, e integra en la vida del cenobio-por una transposición que representa el gran hallazgo de Casiano—lo esencial de la anacoresis[15] 33.

Digamos, en fin, que sus experiencias, las fuen­tes en que bebe el oro puro de su doctrina, la índole y trascendencia de los temas y aun la for­ma documentada y sagaz en que los pone de re­lieve, le colocan en la línea de los grandes auto­res espirituales. Por eso, al mentar a Casiano -dice un esclarecido investigador de su doctri­na-hemos nombrado al gran maestro de la es­piritualidad monástica en Occidente, al más leí­do de los antiguos escritores ascéticos y a uno de los tres o cuatro Padres latinos que han mar­cado con un cuño original la vida de la Igle­sia 34.

Quiera el Señor bendecir esta nueva versión de sus obras, para que se difunda en círculos cada   (p. 22) vez más amplios el conocimiento de la antigua espiritualidad, y las almas ansiosas de perfec­ción encuentren en .ellas pábulo de verdadera y sólida piedad.

 

Monasterio de Santa María de la Asunción, 15 de agosto de 1957.

Dom LEON Mª y Dom PROSPERO M.° SANSEGUNDO

 Monjes Benedictinos

MEDELLÍN – COLOMBIA

PREFACIO DEL PRESBITERO JUAN CA­SIANO A LAS DIEZ CONFERENCIAS DE LOS PADRES QUE MORAN EN EL YERMO DE ESCETE

Al obispo Leoncio y a Heladio.

El prefacio a mis volúmenes precedentes con­tenía una promesa que hice al venerable obispo Cástor[16] 1,de quien, por lo mismo, me hice deu­dor. Los doce libros que con la ayuda de Dios he consagrado a las instituciones de los cenobi­tas y a los remedios de los ocho vicios capita­les, han satisfecho más o menos esa deuda, se­gún la medida que yo podía pretender, dados (p. 24) mis cortos alcances. Resta ahora saber el con­cepto que os han merecido, y si en materia tan profunda como sublime-sobre la cual nadie aún, que yo sepa, había escrito-he dicho algo digno que mereciera vuestra aprobación y colmara los deseos de los monjes.

El mismo pontífice Cástor, inflamada en an­sias de santidad, me había rogada también que pusiera por escrita estas diez conferencias de los más esclarecidos Padres del yermo. Quiero de­cir de los anacoretas que vivían en el desierto de Escete. El amor que me profesaba no le dejó ver con claridad el peso ingente que ponía so­bre mis hombros, demasiado débiles de suyo. Ahora, cuando nos ha dejado ya para reunirse con Cristo, he proyectado dedicarlas a vosotros, bienaventurado obispo Leoncio y venerable her­mano Heladio. Me ha inducido a ello el ver que uno de vosotros está unido a él por el amor fra­terno, la dignidad del sacerdocio y, lo que es más, por la afinidad de unos mismos deseos e ideales. Se hace, pues, acreedor, por derecho de herencia, al bien debida a su hermano. En cuan­to al otro, no ha ambicionado otra cosa que imi­tar de cerca la vida sublime de los anacoretas, sin dejarse guiar en eso-como han hecho algu­nos-por su antojo o inspiración personal. Mo­vido interiormente por el Espíritu Santa, ha penetrado por los cauces de la doctrina auténtica, ejercitándose en ella casi antes de haberla apren­dido. Es que ha preferido forjarse en el yunque de las enseñanzas de los solitarios antes que fiarse de su propio criterio.

Por mi parte, establecido al presente en el puerto del silencio, veo abrirse ante mis ojos un océano sin fin. Voy a escribir para la posteridad algo sobre la vida y doctrina de varones emi­nentes. Siendo más ardua la navegación, corro tanto mayor peligro cuanto mayores son las ven­tajas de la vida solitaria sobre la cenobítica, o los de la contemplación de Dios – en que casi siempre se emplean aquellos varones – sobre la vida activa que se vive en los monasterios.

Vuestro deber es secundar mis esfuerzos con vuestras fervientes plegarias. Así no quedará menoscabado por la impericia de mi lenguaje un tema tan santo y subido. Mi expresión, aunque deficiente, debe ser por lo menos fiel. Vuestra oración, además, hará también que la rusticidad Iría no sea en perjuicio de la hondura e impor­tancia del asunto.

Del aspecto exterior y visible de la vida de los monjes, sobre que versaron mis primeros es­critos [17]2, pasamos ahora a tratar de las disposi­ciones del hombre interior, que son invisibles a la mirada. Que nuestro discursa se eleve de la descripción de las horas canónicas’ a esta (p.25) ple­garia ininterrumpida que nos aconseja el Após­tol[18] 4.Si alguien ha merecido, merced a la lectu­ra de la obra anterior, el nombre de Jacob según el espíritu, aniquilando los vicios de la carne, que al abrazar ahora no tanto mis enseñanzas como las de los Padres del yermo, pueda llegar, por la contemplación de la pureza divina, al ti­tulo glorioso y, si puedo expresarme así, a la dig­nidad de Israel5. Que en lo sucesivo se instruya en los deberes que incumben a este tal, al ha­llarse ante las cimas de la perfección.

Rogad por mí al Señor. A aquel que me ha juzgado digno de conocer a estos grandes varo­nes y me ha hecho la gracia de haberles tenido por maestros y compartir su vida. Pedidle por mí una memoria feliz para recordar lo que vi entre ellos, y un estilo fácil para poder expre­sarlo dignamente. Quisiera confiaron su doctri­na con la misma exactitud y calor espiritual con que salía de sus labios. Quisiera representaros al vivo sus ideas, situadas en el marco de sus mis­mos coloquios. En fin, y esto es lo que más im­porta, quisiera exponerlo con claridad en la in­teligible lengua latina.

Ante todo, que el lector que va a leer mis Co­laciones como leyó mi obra precedente, no ol­vide esta advertencia: si algunas cosas le pare­cen imposibles o difíciles de observar, por el estado y costumbre que ha abrazado, o también con relación al estilo de la vida cotidiana, que sepa cotejarlas no con su debilidad, sino con el mérito y perfección de mis interlocutores. Que piense en el deseo que a éstos les anima, el ideal que persiguen, y cómo, muertos en verdad a la vida de este mundo, están libres de toda depen­dencia de sus padres y de toda ocupación secu­lar. Que considere el lugar donde viven. Esta­blecidos en una soledad inaccesible, segregados enteramente del consorcio de los hombres, están dotados de grandes luces sobrenaturales. Se les ha dado ver y decir cosas que aquellos que no tienen ciencia ni experiencia de ello considera­rán tal vez como inverosímiles, comparándolas con los principios de vida por que se rige habi­tualmente su existencia mediocre.

No obstante, si alguien quiere formarse una (p 28) idea exacta de este modo de vivir y desea com­probar prácticamente hasta qué punto es ello posible, que abrace sin tardanza la vida de los solitarios, imitando su fervor y su santa conducta; y verá que aquello que a primera vista parecía exceder las fuerzas humanas, lejos de ser inase­quible, es de una suavidad extrema que garantiza su realización.

Pero ya es hora de abordar sus Colaciones y exponer su doctrina.

I PRIMERA CONFERENCIA DEL ABAD MOISES

DEL OBJETIVO Y FIN DEL MONJE

Capítulos: I. Del yermo de Escete y de la santa vida del abad Moisés.-II. Pregunta del abad Moisés sobre el objetivo y fin del monje.-III. Nuestra respuesta.-IV. Nueva pregunta del abad Moisés sobre el mismo tema.-V. Analogía del arquero que apunta al blanco.-VI. De los que renunciando al mundo van a la perfección faltos de caridad.­VII. Que es necesario buscar la tranquilidad del alma.-VIII. Que nuestro principal esfuerzo debe orientarse hacia la contemplación de las cosas divinas. Del ejemplo de Marta y María.-IX. Se pregunta por qué los actos de virtud no permane­cen con los hombres que los han realizado.­X. Respuesta del abad Moisés: que no cesará la recompensa de la virtud, sino el acto primordial de ella.-XI. Perpetuidad de la caridad.-XII. Pre­gunta de Germán sobre la perseverancia en la con­templación.-XIII. Respuesta sobre el modo de enderezar la intención a Dios; y del reino de Dios y del diablo.-XIV. De la inmortalidad del alma.­XV. De la contemplación de Dios.-XVI. Pregun­ta sobre la movilidad de nuestros pensamientos.­XVII. Respuesta: Qué puede o no puede el alma tocante a sus pensamientos, XVIII. Comparación del asma con una muela de molino movida por el agua.-XIX. Los tres principios de nuestros pen­samientos.-XX. Sobre el modo de discernir los’ pensamientos comparándolo con el arte del hábil cambista.-XXI. Ilusión del abad Juan.-XXII. De cuatro maneras de discernimiento.-XXIII. Que la doctrina del maestro responde al mérito de su discípulo.

EN EL YERMO DE ESCETE

1.   El desierto de Escete[19]1 fue la morada de los más esclarecidos Padres de la vida monástica y el hogar de la más encumbrada perfección. Pero entre tantas flores de consumada santidad que allí moraban, el abad Moisés se distinguía por el perfume más suave afín de su vida activa y de su contemplación 2.

Con ánimo de instruirme y fundar mi vida en su enseñanza, fui a su encuentro con el santo abad Germán’. Ambos, ya desde los primeros (p. 32) tiempos de nuestra conversión, cuando abrazamos las armas de la milicia espiritual, habíamos vi­vido en comunidad, tanto en el cenobio como en el desierto; y solía decirse, para expresar en qué grado de íntima unión estábamos solidari­zados en el servicio de Dios, que no formábamos en dos cuerpos más que un sólo espíritu y un solo corazón.

De consuno pedimos con lágrimas al venera­ble abad una entrevista para nuestra edificación. Conocíamos de sobra la inflexibilidad de su ca­rácter. No se resolvía fácilmente a franquear las puertas de la perfección, sino a aquellos que sus­piraban por ella con fe sincera y la buscaban con un corazón contrito. Si él hubiese hablado de ella sin distinción a gentes que o no querían tal perfección o la deseaban con tibieza, hubiese temido-al descubrirla a hombres indignos que habían de acogerla con displicencia-revelar secretos que solamente tienen derecho a conocer aquellos a quienes anima la sed de perfección. Caso de proceder así, le hubiese parecido incurrir en culpa, obrando a impulsos de la jactancia y dando motivo a los reproches que suele acarrear la traición.

Mas, al fin, vencido por nuestras instancias, empezó así.

OBJETIVO Y FIN DEL MONJE

II. Todo arte-dijo—, toda profesión tiene su blanco y objetivo, es decir, su destinación particular o, lo que es lo mismo, el fin que le es propio[20] `. Todo el que quiera conseguir seria­mente ese fin, se lo pone de continuo ante sus ojos. En esta visión sobrelleva todos los trabajos, peligros y pérdidas con gusto y ánimo igual.

Ahí tenéis, por ejemplo, al labrador. Desafía constantemente los rayos de un sol tórrido, hace caso omiso de la escarcha y el hielo, rompe infa­tigablemente la tierra, y da una y otra vez con la azada sobre la gleba indócil. Fiel a su divisa, corta las zarzas y abrojos, hace desaparecer las malas hierbas y vuelve la tierra, a fuerza de in­sistir, tan fina y muelle como la arena. A cam­bio del sudor de su trabajo, espera alcanzar su fin, que es una cosecha abundante, una mies fecunda, que le permitirá vivir en un futuro próximo al abrigo de toda necesidad, aumentan­do así sus haberes. Se le ve también vaciar go­zoso sus trojes llenas de grano, y tras un trabajo incansable, encomendar la semilla a los surcos (p. 34) de mullida tierra. Y es que la perspectiva de la futura recolección le hace olvidar la pérdida pre­sente.

Mirad también a los comerciantes. No temen arrostrar los azares y riesgos del mar incierto. No se arredran ante ningún peligro En alas de la esperanza, corren en pos de sus lucros y ga­nancias: es su fin.

Parejamente, los que siguen la carrera de las armas se sienten movidos por la ambición. El brillo lejano de honor y de poderío-que es el fin que se proponen-les hace insensibles a los peligros y a mil muertes que pudieran hallar en su carrera. Ni los sufrimientos ni las guerras del presente son parte para abatirles, puesta la mira en su objetivo, que no es otro que las grandezas que esperan conquistar.

Pues bien, lo mismo acontece en nuestra pro­fesión monástica. También ella tiene su blanco, su objetivo, su fin particular. Para llegar a él sufrimos con tesón los trabajos que encontramos a lo largo del camino, y aún los llevamos con alegría. Ni los ayunos ni el hambre nos fatigan; nos deleita el cansancio de las vigilias; no nos bastan la asiduidad de la lectura y la meditación de las Escrituras, pues constituyen un placer para nosotros; la labor incesante, la desnudez, la pri­vación de todo, el mismo horror que inspira esta vasta soledad, no son motivo para amedrentarnos.

Indudablemente, este fin es el que os ha hecho menospreciar el amor de vuestros padres, el suelo patrio, las delicias del mundo, y cruzar tantos países. Todo ello para poneros en contacto con gente ruda e ignorante, como somos nosotros, perdida en la ruda aspereza del desierto. Y si no, ¿cuál es, decidme, la intención, cuál el de­signio que os ha inducido a arrostrar de buen grado todas estas privaciones?

III. Persistiendo él en conocer nuestros sen­timientos, acabamos nosotros por contestar a su pregunta, diciendo que habíamos consentido en sufrir todas estas cosas con miras a alcanzar el reino de los cielos.

IV.    Perfectamente-contestó él-. Habéis res­pondido muy bien por lo que atañe al fin. Sin embargo, es preciso que sepáis, ante todo, cuál es el medio que nos permitirá alcanzar ese fin, caso de que nos adhiramos a él constante­mente. ¿Cuál es?

Aquí confesamos nosotros ingenuamente nues­tra ignorancia.

Y prosiguió: en todo arte, repito, en toda profesión existe, como condición previa, un blan­co, esto es, una constante aplicación del alma, una como tensión del espíritu que no nos aban­dona jamás. Si el hombre no es fiel a ella y no la sigue con todo el ardor y perseverancia de que es capaz, no podrá llegar al fin que desea, ni cosechar el fruto apetecido.

Porque aunque el fin del labrador, como hemos (p. 36) dicho, es el de vivir tranquilamente en la abundancia, gracias a su copiosa cosecha, por eso, precisamente, se le ve de continuo aplicado a su objetivo inmediato, que es el de tener lim­pio su campo de zarzas y hierbas inútiles. Está persuadido de que no obtendrá la abundancia y el reposo en el bienestar-que es el término de sus afanes—, si no posee de antemano y como en germen, con la esperanza de su trabajo, aquello de que espera él un día gozar realmente.

Lo mismo sucede al comerciante. No se toma punto de reposo en su afán de amontonar rique­zas. Este deseo constante es el medio de aumen­tar su hacienda y forjarse una fortuna. Y en vano pretendería este fin, codiciando pingües ganan­cias, si antes no apelara a los medios que a ello conducen.

Finalmente, quienes ambicionan los honores del mundo se proponen, en primera línea, cargos y carreras, a los que deberán consagrarse por en­tero. Así podrán labrarse un porvenir y acari­ciar la esperanza de llegar un día a la dig­nidad suspirada, esta es, al logro de sus ambi­ciones.

De igual suerte, nuestra vida se endereza a un fin último, y este fin es el reino de Dios. Pera ¿cuál es el medio que nos lleva a ese fin?

Es éste un punto que reclama toda nuestra atención. Porque si no logramos conocerlo, nos fatigaremos inútilmente. Quien emprende un via­je y no conoce a punto fijo la trayectoria, tiene (p. 37) el trabajo del camino, pero no adelanta un paso en su marcha hacia la meta.

Viendo el anciano la admiración que nos cau­saban estas palabras, prosiguió, diciendo: el fin último de nuestra profesión es el reino de Dios o reino de los cielos, es cierto; pero nuestro blan­co, o sea, nuestro objetivo inmediato es la pu­reza del corazón. Sin ella es imposible alcanzar ese fin. Concentrando, pues, la mirada en ese objetivo primario, corremos derechamente hacia aquel fin último, como por una línea recta neta­mente determinada. Y si nuestro pensamiento se aparta de esta finalidad previa, aunque no sea más que por unos instantes, debemos volver de nuevo a ella y corregir por ella nuestros des­víos, como por medio de una regla rectísima. Así, conjugando todos nuestros esfuerzos y ha­ciéndolos converger en ese punto único, no deja­remos de advertir al instante nuestro olvido, por poco que nuestro espíritu haya perdido la direc­ción que se había propuesto.

ANALOGÍA DEL ARQUERO QUE APUNTA AL BLANCO

V. Ocurre le que con los arqueros cuando quieren hacer alarde de su pericia en presencia de un rey de la tierra. Los premios están des­critas sobre pequeños blancos o escudos; todos procuran lanzar contra ellos sus dardos o sus flechas, Saben muy bien que a no dar en el (p. 38) blanco no habrán obtenido su objetivo, que es el premio establecido de antemano; y se harán con él si pueden dar en su centro.

Pero supongamos que quitáramos de su vista el blanco. Si, tirando al azar, su mirada se pierde lejos de la buena dirección, no adver­tirán el desvío de su mano, faltos de un punto de referencia que les advierta de la justeza de su tiro o de su deficiencia. Azotarán el aire inútil­mente con sus flechas, sin que les sea posible discernir su error-por falta de blanco o de fin–, ni pueda su mirada indecisa[21]‘ ayudarles a rec­tificar el disparo.

Pues bien, aplicad esto a vuestra profesión. Su fin, según el Apóstol, es la vida eterna, en con­formidad con aquellas palabras: «Tenéis por fruta la santidad y por fin la vida eterna» 6. Ese fruto u objetivo inmediato es la pureza de cora­zón, llamada por él, muy justamente, la santi­dad, y sin la cual sería imposible lograr ese fin. Dicho de otra manera: «Vuestro objetivo es la pureza de corazón, y tenéis por fin la vida eterna.» Hablando en otra parte de esta finali­dad primera, el Apóstol emplea, de una manera muy significativa, la palabra «scopus», es decir, blanco u objetivo, y dice: «Dando al olvido lo que queda atrás, me lanzo en persecución de lo que tengo delante y corro hacia la meta, hacia el galardón de la soberana vocación del Señor»[22] 7. El griego es más claro todavía. Dice: kata skopon diwkw «Yo corro con miras a alcanzar el blanco.» Como si dijera: «Siguiendo este obje­tivo, echando en olvido lo que queda atrás-es decir, los vicios del hombre viejo–, me esfuerzo por llegar al fin, que es la recompensa celestial.»

Abracémonos, pues, con todas nuestras ener­gías a lo que puede encaminamos a lograr el objetivo de la pureza del corazón; evitemos, por el contraria, como funesto y malsano, lo que nos apartaría de él. Esta pureza es cabalmente la razón de ser de todas nuestras acciones y de todos nuestros sacrificios. Por ella, y para poder con­servarla siempre intacta, hemos dejado a los pa­dres, la patria, los honores, las riquezas. Todas las delicias y placeres del mundo nos parecen cosa deleznable.

Si nos proponemos esta meta, nuestros actos y nuestros pensamientos irán constantemente de­rechos a alcanzarla. Pero si no es ésta nuestra constante intención, nuestros esfuerzos, vanos e inciertos, se malograrán lamentablemente sin po­der cosechar fruto alguno. Además, veremos sur­gir en nosotros un mundo de pensamientos que luchan entre sí. Porque es inevitable que el alma, que no tiene un lugar a donde ir y fijarse en él con preferencia, cambie a todas horas, a mer­ced de las circunstancias, y viva al albur de los pensamientos que cruzan par ella. Así, convertida en juguete de las influencias del ambiente, cede a la primera impresión, variando de continuo según el sesgo que toman los acontecimientos.

VI. De ahí resulta que muchos que han me­nospreciado considerables riquezas, y no sólo enormes sumas de oro y plata, sino incluso mag­níficos latifundios, después de tanto sacrificio han ido perdiendo paulatinamente su paz, y se inquietan a lo mejor por un raspador, un esti­lete[23]8, una aguja, una pluma. Si se hubiesen aplicado constantemente a conservar la pureza de la cerrazón, nunca la hubieran perdido por cosas tan baladíes. Máxime después de haber preferi­do despojarse en absoluto de bienes de tanto precio y valor antes que encontrar en ellos mo­tivo para semejantes faltas.

Porque con frecuencia los hay que son tan celosos de un manuscrito, que no pueden sufrir que otro pose siquiera los ojos sobre él o lo coja con la mano. Con lo que, en lugar de apro­vechar una ocasión que podría granjearles fru­tos de dulzura y caridad, les es motivo de impaciencia y de muerte. Después de haber distribuido todas sus riquezas por amor de Cristo, (p. 41) retienen el antiguo afecto de su corazón y lo ponen en semejantes naderías, prontos a montar en cólera por conservarlas. Son como los que carecen del amor de que habla San Pablo, y por lo mismo, su vida discurre sin fruto, en una total esterilidad. El Apóstol preveía en es­píritu este mal: «Si yo distribuyera todos mis bienes a las pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tuviera caridad, de nada me ser­viría todo esto»[24] 9, decía él. Prueba evidente de que no se alcanza en seguida y como de un golpe la perfección por el solo hecho de despo­jarse, de renunciar a toda riqueza y menospre­ciar los honores, si no se une a todo esa esta caridad integral y perfecta, cuyas manifestacio­nes describe el Apóstol. Tal caridad no consiste más que en la pureza del corazón. Parque no conocer la envidia, ni la hinchazón, ni la cólera, no obrar por frivolidad, no buscar su propio in­terés, no contemporizar con la injusticia, no pen­sar mal de los demás, ¿qué otra cosa es sino ofrecer continuamente a Dios un corazón puro y sin mancilla y guardarlo intacto de toda pasión?

 

LA PUREZA DE CORAZÓN, FIN PRINCIPAL DEL MONJE

VII. La pureza del corazón será, pues, la piedra de toque y el término de nuestras acciones y de nuestros deseos. Por ella debemos abra­zar la soledad, sufrir los ayunos, las vigilias, el trabajo, la desnudez, darnos a la lectura y a la práctica de las demás virtudes. Nuestro designio ha de ser guardar, merced a ellas, puro nuestro corazón de todas las malas pasiones y subir, como por otros tantos grados, hasta la perfec­ción de la caridad.

Si una ocupación honesta y necesaria nos im­pide practicar los ejercicios acostumbrados de nuestra vida austera, no sucumbamos, por el amor desmedido a nuestras observancias, a la tristeza, a la cólera o a la indignación[25] 1°. Y ello porque precisamente para contrarrestar esos vicios ha­cíamos nosotros todo eso que nos vemos ahora obligados a omitir. No es tanto lo que se gana por la práctica de un ayuno como lo que se pier­de por un momento de cólera; y el fruto que sacamos de la lectura, no iguala al daño que nos causamos por el menosprecio de un hermano.

Conviene, por consiguiente, supeditar las cosas que están en un plano secundario, como, por ejemplo, los ayunos, vigilias, retiros y medita­ción de las Escrituras, a nuestro fin principal, esto es, a la pureza del corazón, que es la cari­dad, y no menoscabar, merced a cosas que tienen un valor puramente relativo, la virtud primordial que es reina de todas las almas. Preciso es que, permaneciendo ésta intacta, nada sea capaz de perjudicarla en lo más mínimo, aun cuando la necesidad nos obligue a omitir alguna práctica accesoria. Porque de nada nos serviría una fide­lidad meticulosa en todas las cosas si echára­mos en olvido lo que es primero y a lo que está ordenado todo lo demás.

Por igual razón, un artesano se dispone a procurarse los instrumentos propios de su oficio. Pero no con el designio de tenerlos solamente, sin hacer uso de ellos. El fruto que espera sacar de esos utensilios no lo hace consistir sola­mente en su mera posesión, sino en lograr por su medio la pericia del arte a que conducen, y por ende, el fin de su profesión.

Así, los ayunos y vigilias, la meditación de las Escrituras, la desnudez, el estar despojado de toda riqueza, no constituye de suyo la perfec­ción, sino los instrumentos de la perfección. Por­que no consiste en esas cosas el fin de este gran arte, sino que obran en función de medios para llegar al fin. Luego sería vano empeño aplicarse a estas prácticas si uno pusiera en ellas el afecto de su corazón como podría ponerlo en un sobe­rano bien. En tal caso, satisfecho ya con esto, no daría mayor elevación a su celo ni tendría más altas aspiraciones para llegar a obtener el fin, al cual deben enderezarse todos aquellos ejer­cicios. Este tal poseería, ciertamente, los instrumentos de su arte; pero ignoraría su objeto; en el cual consiste todo el fruto que se desea.

En consecuencia: lo que puede ser parte para empañar la pureza y tranquilidad de nuestra al­ma, debe, pues, evitarse a todo trance como pernicioso, aun cuando parezca muy útil y nece­sario. Esta norma nos permitirá escapar a la disipación producida por el error y a las divaga­ciones que nos hacen caminar a la ventura. Y así es como llegaremos a la meta deseada, guia­dos por la línea recta de nuestra buena inten­ción.

VIII. Por tanto, éste debe ser nuestro prin­cipal objetivo y el designio constante de nuestro corazón: que nuestra alma esté continuamente adherida a Dios y a las cosas divinas. Todo lo que la aparte de esto, por grande que pueda parecemos, ha de tener en nosotros un lugar pu­ramente secundario o, por mejor decir, el último de todos. Inclusive debemos considerarlo como un daña positivo.

El Evangelio nos proporciona, en las personas de Marta y María, una hermosa imagen de esta actitud del alma siempre aplicada a las cosas celestiales, así como de las actividades que de ellas pueden apartarla.

Era un oficio muy santo el que desempeñaba Marta, puesto que servía al mismo Señor y a sus discípulos. Sin embargo, María, atenta solamente a la doctrina espiritual, permanecía a los pies de Jesús, cubriéndoselos de besos y los ungía con el perfume de su generosa compasión. Ahora bien, es ella a quien el Señor prefiere. Ha es­cogido la mejor parte, que, por cierto, no le será quitada. Marta, por lo demás, ocupada por com­pleto en su piadoso oficio de ama de casa, se da cuenta de que no podrá desempeñar por sí sola un servicio tan absorbente. Y pide al Señor la ayuda de su hermana: « ¿No te importa que mi hermana me deje a mí sola en el servicio? Dile, pues, que me ayude»“. No solicita a Ma­ría para una obra humilde, sino para nobles quehaceres. Y, sin embargo, ¿cuál es la respuesta del Señor?: «Marta, Marta, te inquietas y te turbas por muchas cosas; pero pocas son nece­sarias, o más bien una sola. María ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada»[26] 12.

Ya veis que el Señor coloca el bien principal en la «teoría», es decir, en la contemplación divina. De donde se sigue que las otras virtudes, par buenas y útiles que nos parezcan, deben, no obstante, ser relegadas a segundo término, supuesto que todas ellas se alcanzan por media­ción de ésta. Porque al decir el Señor: «Andas muy solicita y te turbas por muchas cosas; pera pocas son necesarias, o más bien una sola», si­túa el bien soberano, no en la acción, por lau­dable y fecunda que parezca en resultados, sino en la contemplación de El misma, contempla­ción que es en verdad simple y pura. Bastan muy pocas cosas, dice, para la perfecta felici­dad; esto es, para aquella «teoría» que se ocupa en meditar los ejemplos de un pequeño número de santos. Aquel que por la consideración de tales ejemplos va aprovechando en la contempla­ción, irá elevándose de aquí hasta el único necesario, hasta la visión de sólo Dios, por medio de su gracia. Y aun sobrepujando entonces las acciones de estos santos y sus prodigios, el alma no se nutrirá en adelante de otra alimento que de la hermosura de la contemplación y conoci­miento de Dios.

«María, pues, ha escogido la mejor parte y no le será quitada.» Estas palabras requieren que las consideremos con mayor atención. Por­que al afirmar que «María ha escogido la mejor, parte», el Señor nada dice en realidad sobre el proceder de Marta, de modo que no parece vi­tuperarla en absoluto. Sin embargo, por el mis­mo hecha de encomiar a la primera, declara a la segunda inferior a ella. Además, al añadir «que no le será arrebatada», da a entender que Marta puede verse privada de su parte; toda vez que los servicios de la vida activa, en que el cuerpo se ocupa exclusivamente, no pueden perdurar para siempre con el hombre, siseo que terminan con su existencia; en cambia, el que­hacer de María jamás tendrá fin.

POR QUÉ LOS ACTOS DE VIRTUD NO PERMANECEN

CON LOS HOMBRES QUE LOS HAN REALIZADO

IX. GERMÁN. Estas palabras nos causa­ron honda impresión. ¿Por qué-nos pregunta­mos-los ayunos, la asiduidad en la lectura, las obras de misericordia y de justicia, la prestación personal que hacemos de nosotros mismos a nues­tros hermanos, la hospitalidad, todos los actos, en fin, de virtud, nos serán un día arrebatados y no podrán subsistir con nosotros que los hemos puesto por obra? Más: si el mismo Señor pro­mete como recompensa a todas estas obras el reino de los cielos al decir: «Venid, benditas de mi Padre, tomad posesión del reino prepa­rado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber»[27]3,etc., ¿cómo es posible que nos veamos privados precisamen­te de aquello que nos introduce en el reino de los cielos?

X. Moisés. No he dicho que el mereci­miento de las buenas abras se nos haya de quitar, cuando el Señor dice: «El que diere de beber a uno de estos pequeños sólo un vaso de agua fresca, por razón de ser mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa»“. Lo (p. 48) que digo es que terminará el acto material, que es necesario se dé en la actualidad por las exi­gencias ineludibles del cuerpo, los asaltos de la carne que hay que reprimir y la diversidad de condiciones que existen en este mundo.

La lectura asidua y las maceraciones del ayu­no, en tanto son de utilidad para purificar el corazón y castigar la carne en la vida presente, en cuanto «que la carne lucha contra el espíri­tu» [28]15. Y aún vemos que esas mismas prácticas de virtud cesan a veces, incluso en esta vida, para aquellos que se sienten agotados por un tra­bajo excesivo o por la enfermedad o la vejez, y no pueden, por tanto, ejercitarse en ellas de una manera habitual. Pues ¿con cuánto mayor motivo cesarán en la vida futura cuando «este cuerpo corruptible será revestido de incorrupti­bilidad» 16, y este cuerpo «animal» resucitará «espiritual» 17;y la carne transfigurada no luche ya contra el espíritu? El Apóstol lo afirma cla­ramente: «La gimnasia corporal es de poco pro­vecho; pero la piedad-la caridad, sin duda al­guna, hay que entender aquí-es útil para todo y tiene promesas para la vida presente y para la futura» 18. Decir que la utilidad del ejercicio corporal es de una duración limitada, equivale a proclamar paladinamente que no podemos en­tregarnos de continuo a él y que por si sólo no puede darnos la perfección, por mas que lo prac­tiquemos. En efecto, esta expresión de « limitación» puede tener doble sentido. O significar la brevedad de la duración, y que el ejercicio corporal no puede ser coeterno con el hombre, es decir, ser compañero inseparable de él durante el tiempo ni durante la eternidad; o significar el mínimo de provecho que sacamos del ejercicio corporal, ya que, en realidad de verdad, las ma­ceraciones de la carne marcan un mero princi­pio en la vida de progreso espiritual, pero no engendran la caridad perfecta, a la que se pro­meten los bienes de la vida presente y de la futura. Sin embargo, juzgamos como necesarios estos ejercicios exteriores porque sin ellos es im­posible escalar las cumbres del amor.

Habéis hablado, además, de las obras de ca­ridad y de misericordia. También son necesarias en esta vida, mientras haya en el mundo tanta variedad de estarlos y condiciones sociales. Pero no repararíamos en ellas ni aun aquí abajo, de no existir ese número incontable de pobres, me­nesterosos y enfermos a que ha dado lugar la injusticia de los hombres. Me refiero a esos hom­bres que han monopolizado para su uso privado —pero sin servirse de ello-lo que el común Hacedor quiso conceder a todos. Así, pues, mien­tras reine en este mundo la diferencia de esos rangos sociales, tales obras serán necesarias y de provecho a quien las realice; la herencia eterna será el premio a su bondad y a su caridad. Pero en el siglo futuro reinará la igualdad. Ce­sarán entonces las obras de misericordia, pues no habrá ya diferencia que pueda hacerlas necesa­rias ni justificar por lo mismo su existencia. Los que las ejercitaban pasarán de la multiplicidad de la vida activa a la caridad de Dios y a la contemplación de las cosas divinas en una eterna pureza de corazón. A esta virtud se han dado por entero en este mundo – reuniendo todas sus energías y conjugándolas en un único esfuerzo -­ aquellos que arden en deseos de conocer la cien­cia de Dios y purificar su alma. Consagrándose de lleno, mientras vivían en esta carne mortal, al oficio sublime en que se emplearán después de terminada esta vida corruptible, vendrán a gozar de la realidad de aquella promesa de nues­tro Salvador, que dice: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»

XI. Y ¿por qué os admiráis de que las obras susodichas han de pasar, cuando el Apóstol afir­ma que hasta los carismas más sublimes del Espíritu Santo son pasajeros y que sólo la cari­dad permanecerá sin fin? «Las profecías – dice – ­tienen su fin, las lenguas cesarán, la ciencia se desvanecerá» =”. Mas en cuanto a la caridad, ase ara: «La caridad no pasa jamás»[29] 21.

Los dones, en efecto, se nos dan en este mun­do para que usemos de ellos según la necesi­dad y por un tiempo. Terminada la presente economía espiritual, dejarán de ser. La caridad, en cambio, no cesará con el tiempo. Porque no solamente obra aquí abajo nuestra salvación, sino también permanecerá en la vida futura de una manera mucho más eficaz y excelente, cuando, libre del peso de las necesidades del cuerpo y al abrigo de toda corrupción, se unirá el alma a Dios en la eterna incorruptibilidad. Entonces subsistirá con una llama más viva y una adhe­sión mucho más íntima.

SOBRE LA PERSEVERANCIA EN LA CONTEMPLACIÓN

XII. GERMÁN. Según esto, ¿quién podrá, vi­viendo en esta carne frágil, estar tan aplicado a esta divina contemplación, que su pensamiento viva siempre al margen de lo que ocurre en torno suyo? Así, por ejemplo, ¿cómo podrá per­manecer en la contemplación prescindiendo de la llegada de un hermano, de la visita de un enfermo, del trabajo manual, de las exigencias de la hospitalidad para con los peregrinos o para con cualesquiera personas que visitan su morada? ¿Quien, en fin, podrá dejar de interrumpir su contemplación ante el deber ineludible de aten­der a su propia subsistencia y a las necesidades más elementales que el cuerpo reclama? Quisié­ramos nos enseñaras de qué manera y en qué (p. 52) medida puede el alma unirse inseparablemente al Dios invisible e incomprensible.

XIII. Moisés. Adherirse a Dios sin cesar y permanecer unido a El por la contempla­ción en la forma que tú dices, ciertamente es imposible al hombre en la fragilidad de la carne. Pero es necesario que sepamos dónde hemos de tener siempre fijo nuestro espíritu, y hacia qué objeto tenemos que dirigir constantemente la in­tención del alma. Si hemos tenido la dicha de lograr este ideal, alegrémonos. Lloremos, por el contrario, y suspiremos, si nos hemos abando­nado a sabiendas a la distracción. Comprenda­mos que nos hemos apartado del sumo bien cuantas veces nos percatemos de que nuestro espíritu anda envuelto en otros pensamientos. Debemos considerar como una infidelidad a nues­tros ojos el alejarnos, aunque no sea más que un instante, de la contemplación de Cristo. Luego que la mirada del alma se haya desviado de este divino objeto, volvámosla de nuevo hacia él y dirijámosle, como a norma rectísima de nuestra vida, los ojos del espíritu.

Toda consiste en recogernos, en sumergirnos en ese santuario profundo del alma. Cuando el diablo ha sido arrojado de él y los vicios no tie­nen ya dominio alguno en ese santuario, se es­tablece en nosotros el reino de Dios. «El reino de Dios, dice el Evangelista, no vendrá osten­siblemente. Ni podrá decirse: Helo aquí, o allí, porque el reino de Dios está dentro de vos­otros;>[30] 22. Ahora bien, en nosotros no puede exis­tir más que el conocimiento o la ignorancia de la verdad, el amor al vicio o a la virtud. De ahí que demos la realeza de nuestro corazón o al diablo, o a Cristo. El Apóstol, por su parte, describe así la naturaleza de este reino: «El rei­no de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, y paz, y gozo en el Espíritu Santo» 23.

Si, pues, el reino de Dios está dentro de nos­otros, y consiste en la justicia, la paz y la ale­gría, todo aquel que posee estas virtudes está, sin duda alguna, en el reino de Dios; y, al con­trario, todo el que vive en la injusticia, la dis­cordia y la tristeza que produce la muerte, es miembro del reino del diablo, del infierno, de la muerte; puesto que por estas señales se reco­nocen y distinguen ambos reinos.

Consideremos, por tanto, con los ojos del alma el estado en que viven las potestades celestes. ¡Ah, ellas sí que están realmente en el reino de Dios! ¿Qué pensar de esta vida bienaventurada? Verdaderamente es un gozo sin solución de con­tinuidad, una alegría sin fin. ¿Y hay nada tan propio de la verdadera beatitud y más confor­me con ella que la constante tranquilidad y la eterna alegría?

Pero más que mi opinión personal, más que (p. 54) meras conjeturas, quiero que tengáis de la ver­dad de mis palabras otra garantía mejor: la autoridad del mismo Señor. Escuchad cómo pin­ta con trazos de luz la calidad y condiciones de ese mundo que ha de venir: «He aquí, dice, que voy a crear cielos nuevos y una tierra nueva, y ya no se recordará lo pasado ni habrá ya me­moria de ello; sino que gustaréis un gozo y una alegría eternos en lo que yo voy a crear»[31] 24. Y de nuevo: «Habrá allí gozo y alegría, acción de gracias con cantos de alabanza, de novilunio en novilunio y de sábado en sábado» 2S Y aún: «El gozo y la alegría serán su herencia, y hui­rán el dolor y el llanto» 26. Si deseáis todavía más luz sobre lo que son la vida y la ciudad de los santos, oíd lo que dice la voz del Señor, dirigiéndose a la Jerusalén celestial: «Te daré por magistrado la paz, y por soberano la justi­cia. No se hablará ya de injusticia en tu tierra, ni de saqueo y ruina en tu territorio. La salud estará sobre tus muros, y la alabanza a tus puer­tas. Ya no será el sol tu lumbrera, ni te alum­brará la luz de la luna. El Señor será tu eterna claridad, y tu Dios será tu gloria. Tu sol no se pondrá jamás, y tu luna no se esconderá, porque será el Señor tu eterna luz y se acabarán los días de tu luto»“.

El sentir del Apóstol sintoniza perfectamente con estos textos. Porque no dijo San Pablo que el reino de Dios consistía en la alegría de una manera general y absoluta, sino que precisa y especifica que se trata de una alegría o gozo en el Espíritu Santo. El sabía de sobra que existe otra alegría, una alegría reprensible de la cual está escrito: «El mundo se alegrará» 11.«Ay de vosotros los que ahora reís, porque llo­raréis»`.

Notemos, finalmente, que el reino de los cielos puede tomarse en tres sentidos diferentes; o que los cielos, es decir, los santos reinarán sobre los demás hombres, sometidos a su imperio, según esta palabra: «Tú recibe el gobierno de cinco ciudades, y tú de diez»[32] 39; y esta otra dirigida a los discípulos: «Os sentaréis sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» 11;o bien, que los mismos cielos vendrán a ser el reino de Cristo, cuando, estándole todo sujeto, llegará la hora en que Dios será «todo en todos» 12; o, en fin, que los santos reinarán en los cielos con el Señor.

 

DE LA INMORTALIDAD DEL ALMA

XIV. Que lo sepan todos los que viven en este cuerpo mortal: a cada uno le destinará Dios en la otra vida la mansión y ministerio que habrá escogido en este mundo como heren­cia suya y al cual se habrá consagrado; y en la eternidad estará en compañía de aquel de quien se preció ser ministro y seguidor.’ Así lo expresa aquella sentencia del Señor que dice: «Si alguno me sirve, que me siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor» 33.

Así como el hombre, contemporizando con el vicio, se hace acreedor al reino del diablo, así el reino de Dios se alcanza por la práctica de la virtud, la pureza del corazón y la ciencia es­piritual. Ahora bien, donde está el reino de Dios se encuentra también la vida eterna. Mas donde reina el diablo, se halla, sin duda, la muerte, el infierno; y el desventurado que mora en él, se ve, quiera o no, en la impotencia de alabar a Dios, según la palabra del Profeta: «No son los muertos los que te alabarán, Señor, ni cuan­tos bajan al infierno-al infierno del pecado, sin duda alguna-, sino nosotros, dice, que vi­vimos-no para el vicio ni para este mundo, sino para Dios–, somos los que alabamos al Señor ahora y por toda la eternidad» 3`. «Pues no hay nadie en la muerte que haya memoria de Dios; en el infierno-del pecado-, ¿quién alabará al Señor?» [33]35 Esto es: nadie. En efecto, nadie alaba a Dios si peca, aunque mil veces haga profesión de ser cristiano o se precie de ser monje; nadie puede jactarse de pensar en Dios y tenerle pre­sente si hace lo que es abominable a la divina majestad; ni puede decirse con verdad servidor de aquel cuyos mandamientos desprecia con se­mejante temeridad y petulancia.

Muerta está con esta muerte la viuda que vive en las delicias, nos declara el Apóstol: «La que lleva vida libre, viviendo, está muerta»“. Hay también muchos que viven, y que, sin embargo, están muertos. Estos tales yacen en el infierno, puesto que lo merecen, no pudiendo alabar a Dios. En cambio, muchos están muertos a la vida del cuerpo, y con el espíritu bendicen y alaban a Dios, según aquello: «Bendecid espí­ritus y almas de los justos al Señor» 37, y: «Que todo espíritu alabe al Señor» ‘8. Se dice asimis­mo en el Apocalipsis que las almas de los que han sido inmolados, es decir, de los mártires no solamente dan gloria a Dios, sino que ruegan por los suyos” Y nuestro Señor habla más claramente aún a los saduceos, en el Evangelio: « ¿No habéis leído lo que Dios os ha dicho: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos» [34]4°. Todos, efectivamente, viven para Dios. Y el Apóstol dice de estos misma patriarcas: «Por eso Dios no se avergüenza de llamarse Dios suyo., porque les ha preparado una ciudad » °’.

Que las almas separadas de sus cuerpos no permanecen inactivas ni privadas de senti­miento, lo muestra claramente la parábola del mendigo Lázaro y del rico vestido de púrpura. El primero merece la más honrosa y feliz de las condiciones, esto es, el descanso en el seno de Abraham; el otro es presa de las intolerables llamas del infierno’. Y si consideramos las pa­labras dirigidas al buen ladrón: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso» [35]43, ¿qué otra cosa signi­fican sino que en las almas queda la noticia de las cosas de aquí abajo, y, además, guardan una especie de armonía con sus méritos, de suerte que se les da el lugar a que se hicieron acreedo­ras en la tierra? Jamás el Señor le hubiera hecho al ladrón semejante promesa si su alma, una vez separada de su cuerpo, hubiera tenido que verse privada de todo afecto o sentimiento, o quedar reducida a la nada. Porque no era su cuerpo, sino su alma, la que debía entrar con Cristo en el paraíso.

Es menester aquí ponerse en guardia contra la puntuación torcida que han dado algunos he­rejes a este pasaje. Hay que rechazarla de pla­no, pues es un error a todas luces evidente. No queriendo creer que Cristo pudo encontrarse en el cielo el mismo día que bajó a los infiernos, leen así la frase: «En verdad te lo digo hoy.» Aquí separan el texto; luego prosiguen: «Tú estarás conmigo en el Paraíso.» Con ello preten­den explicar que esta promesa no se cumplió in­mediatamente después de la muerte del Señor, sino sólo después de su resurrección. Y no comprenden que mucho antes del día de su resurrección decía Jesús a los judíos, que le creían sujeto como ellos a las miserias y estrecheces de la carne: «Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo»“.

Todo esto muestra bien a las claras que las almas de los difuntos no sólo no están privadas de sus facultades intelectuales, sino que inclu­so puede experimentar el sentimiento de la esperanza y de la tristeza, de la alegría y del temor; que antes del juicio universal empiezan ya a pregustar algo de lo que les está reservado (p. 60) para después[36] *. En fin, no es cierto—como querían algunos infieles-que las almas queden reduci­das a la nada al salir de este mundo; al contra­rio, entonces es cuando viven una vida más intensa y se emplean más activamente en la ala­banza divina.

Pero prescindamos ahora por un instante de los testimonios de la Escritura, para razonar un poco sobre la naturaleza del alma, en cuanto es posible a la mediocridad de mi inteligencia. ¿No será el colmo, no digo ya de la necedad, sino de la demencia, suponer que la porción más preciosa del hombre, la que lleva en si, según el Apóstol, la imagen de Dios y su semejanza”, pueda, una vez libre de la carga de este cuerpo mortal que la debilita, llegar a ser insensible, ella que, poseyendo en sí misma toda la vitali­dad de la razón, da por participación la sensi­bilidad a la misma materia inanimada e in­sensible? ¿Por ventura no exigen más bien la lógica y la razón que, libertada del peso de esta carne grosera que ahora entorpece su vida, el alma halle de nuevo y con ventaja sus faculta­des intelectuales, y, lejos de perderlas, cobren más pureza, haciéndose más límpidas y delicadas?

El Apóstol estaba tan firmemente persuadido de esta verdad, que llegó hasta desear salir de esta carne, para que, separado de ella, pudiera unirse más íntimamente a Dios: «Tengo­ – dice – deseo de verme libre de las ataduras de este cuerpo y estar con Cristo, lo cual es mucho mejor» 46, porque «mientras moramos en este cuerpo, estamos distantes del Señor»[37]“. Y tam­bién: «Llenas de una intrepidez confiada, prefe­rimos más ser separados del cuerpo, a fin de gozar de la vista del Señor. Por esta razón todo nuestro conato consiste en hacernos agradables a El, ora habitemos en el cuerpo, ora salgamos de él» 4g. Así declara que la permanencia del alma en la carne es como un destierro que la mantiene alejada del Señor, una separación o ausencia de Cristo. Tiene, por lo demás, toda la confianza, de que salir de este cuerpo es un acercarse, un ir a juntarse con Cristo. Con más evidencia aún, hace hincapié, en otro pasaje, so­bre el estado de vida intensa propio de las almas: «Pero vosotros, dice, os habéis allegado al monte de Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusa­lén celestial y a las miríadas de ángeles, a la asamblea de los primogénitos que_ están escritos en los cielos, y a los espíritus de los justos per­fectos» °’. Aludiendo aún a los espíritus bien­aventurados, afirma: «Por otra parte, hemos te­nido a nuestros padres carnales, que nos corregían y nosotros los respetábamos; ¿no hemos de so­meternos mucho más al Padre de los espíritus para alcanzar la vida?» [38]“‘

LA CONTEMPLACIÓN DE DIOS

La contemplación de Dios puede enten­derse de muchas maneras. No sólo conocemos a Dios por la admiración de su esencia incom­prensible-felicidad escondida que tenemos espe­ranza de alcanzar en la otra vida-, sino, tam­bién, por las grandezas de sus criaturas, por la consideración de su justicia, por su providencia que aparece diariamente en el gobierno del mun­do. Asimismo, cuando con atención y pureza de alma vamos recorriendo la conducta observada (p 63) por Dios sobre sus santos de generación en gene­ración, y cuando admiramos con un corazón temeroso el poder con que gobierna, modera y rige todas las cosas, su ciencia sin límites y esa mirada suya a que no puede sustraerse el secreto del corazón humano. Cuando pensamos que ha contado las arenas del mar y el número de sus olas, y al considerar que cada gotita de lluvia, cada uno de los días y de las horas de que se forman los siglos, todo lo que fue y lo que será está presente en su conocimiento. Cuando, llenos de estupor, reflexionamos sobre la inefable clemencia que le hace soportar los crímenes sin nú­mero cometidos a cada instante ante sus ojos, sin que su longanimidad se agote jamás. Cuando recapacitamos en la vocación que nos ha dado gratuitamente con anterioridad a todo mérito de nuestra parte y por un efecto de su infinita mi­sericordia. Cuando reparamos en las ocasiones de salud que nos ha proporcionado para realizar en nosotros su plan de filiación divina, pues El ha querido que naciéramos en momentos y cir­cunstancias en que fuera posible que alguien, ya desde la cuna, nos diera noticia de su gracia y de su ley. No sólo eso, sino que, después de haber triunfado El mismo en nosotros del adversario, únicamente a trueque del asentimien­to de nuestra buena voluntad, nos recompensa con tina felicidad y premio eternos. Cuando, en fin, le vemos emprender por nuestra salud la gran obra de su encarnación, y hacer extensivos (p, 64) por igual a todos los pueblos los beneficios de sus admirables misterios.

Otras maneras hay, casi innumerables, de con­templar las cosas divinas. Nacen en nuestra men­te, según la perfección de nuestra vida y la pureza de nuestro corazón. Merced a ellas, una mirada pura basta para ver a Dios o, por lo menos, mantenerse junto a El. Pero nadie podrá rete­nerlas largo tiempo, ni perseverar en esta con­templación, si queda en su alma algún vestigio de afectos carnales: «No podrás ver mi faz, dice el Señor, pues no puede verme el hombre y continuar viviendo»[39] 51:el hombre se entiende que vive para el mundo y está envuelto en sus afectos terrenos.

SOBRE LA MOVILIDAD DE NUESTROS PENSAMIENTOS

XVI. GERMÁN. ¿Cómo explicar, pues, que, aun a pesar nuestro, y lo que es más, sin advertirlo, los pensamientos inútiles se deslizan en nosotros de una manera tan sutil y solapada, que no sólo constituye una gran dificultad re­chazarlos, sino incluso tener conciencia de ellos y reconocerlos? ¿Es posible que nuestra mente pueda algún día hallarse libre de estas miserias y no verse sorprendida jamás por esta especie de ilusiones?

XVII. Moisés. Es ciertamente imposible que la mente no se vea envuelta en múltiples pensamientos; pero aceptarlos o rechazarlos sí que es posible al que se lo propone. Aunque su nacimiento no depende enteramente de nosotros, está desde luego en nuestra mano el darles aco­gida o soslayarlos[40] 32.

Sin embargo, aunque hemos dicho que es im­posible que la mente no se vea asaltada por múltiples pensamientos, no hay que achacarlo todo de una manera absoluta a la violencia de sus asaltos, ni a los malos espíritus que inten­tan introducirlos en nosotros. Si así fuera, no quedaría en el hombre libre albedrío ni habría en nosotros poder alguno para reformarnos. Por el contrario, digo que depende en gran parte de nosotros el corre ir y aquilatar nuestros pensa­mientos y hacer que crezcan en nuestro corazón los santos y espirituales a que prevalezcan los te­rrenos y carnales.

Por eso nos valemos de ordinario de la lec­tura asidua y de la meditación de las Escritu­ras, para brindarnos la ocasión de procurar a nuestra memoria pensamientos divinos. De ahí también el canto repetido de los salmos para que se nos dé materia de constante compunción. De ahí, finalmente, la asiduidad de las vigilias, ayunos y oraciones, para que la mente así puri­ficada pierda el gusto de las cesas terrenas y (p. 66) contemple las celestiales. En cambio, si por nues­tra negligencia echamos en olvido estos ejercicios, preciso es que nuestra alma se vea envuelta en las tinieblas de los vicios e, inclinándose del lado de la carne, se precipite al cabo en sus abismos.

XVIII.   Esta tarea del corazón puede compa­rarse, no sin motivo, a la muela del molino que gira veloz a impulsos de una rápida corriente. Bajo la acción incesante del agua, no puede estar queda ni dejar de accionar en su labor. Sin em­bargo, está en manos del molinero hacer que molture a su placer el trigo, centeno o cebada. Y es lo cierto, que la rueda no triturará sino lo que tendrá a bien introducir aquel a quien in­cumbe este cometido.

Así, también el alma se siente como prensada en la vida presente. De todas partes los torrentes de la tentación se precipitan sobre ella y le im­primen un movimiento, que no es otra cosa que un flujo incesante de pensamientos de que no puede sustraerse. Pero qué pensamientos le será lícito aceptar y cuáles deberá procurarse, esto depende de su celo y de su diligencia.

Pues si, como dijimos, recurrimos a la medita­ción constante de las Escrituras, y evocamos en nuestra mente el recuerdo de las realidades so­brenaturales, así como el deseo de la perfección y la esperanza de la futura bienaventuranza, ne­cesariamente los pensamientos que nacerán de ahí no podrán menos de ser espirituales y mantendrán al alma en las alturas en que habrá vivido por la meditación. Pero si, cediendo a la desidia y a la negligencia, nos distraemos en conversaciones inú­tiles o culpables, y nos derramamos en los cui­dados de este mundo y en preocupaciones su­perfluas, es lógico entonces que se origine coro» una especie de cizaña que aportará a nuestra alma un trabajo de trituración sumamente per­nicioso. Y entonces se realizará en nosotros la sentencia del Salvador: donde estuviere el tesoro de nuestras obras y de nuestros pensamientos, allí estará nuestro corazón[41] “.

LOS TRES PRINCIPIOS DE NUESTROS PENSAMIENTOS

XIX.    Nos importa saber, ante todo, que son tres los principios de que se originan nuestros pensamientos: Dios, el demonio y nosotros mis­mos.

En primer lugar, son de Dios aquellos pensa­mientos que El se digna infundirnos cuando nos visita por una iluminación del Espíritu Santo, elevándonos a un estado de mayor perfección, o al castigarnos can una saludable compunción por las ocasiones en que hemos dejado de pro­gresar, o por las caídas debidas a nuestra indo­lencia y cobardía. Lo mismo hace cuando nos descubre los misterios del cielo e inclina nuestra voluntad a mejores acciones y propósitos. Ejemplo de ello lo tenemos en el rey Asuero. Casti­gado por el Señor, se siente movido a ojear los anales de su reino; éstos le hacen recordar los servicios de Mardoqueo. El le otorga entonces los cargos más honoríficos, y al instante revoca la cruel sentencia de muerte fulminada por él contra el pueblo judío [42]5‘.

Esto mismo confirma el Profeta cuando dice: «Oiré lo que habla en mi el Señor Dios» 55. Y este otro, que declarar «Y el ángel que ha­blaba en mí dijo» 56. Y también cuando el Hijo de Dios promete venir con su Padre y establecer en nosotros su morada 57. Y cuando dice: «No sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros» 58. Lo mismo afirma San Pablo, el vaso de elec­ción: «Buscáis experimentar que en mí habla Cristo» 59.

La trama de nuestros pensamientos nace del diablo, cuando se esfuerza por provocar nuestra caída. Para ello se sirve de la atracción que ejer­ce en nosotros el vicio, o bien pone en juego toda su habilidad para urdir secretas estratagemas y presentarnos con sutil artificio el mal bajo apa­riencia de bien, transformándose a nuestros ojos en ángel de luz [43]6°. Nos ofrece un ejemplo de ello este pasaje del Evangelio: «Y comenzada la cena, cuando ya el diablo había sugerido al corazón de judas, hijo de Simón Iscariote, el propósito de entregar al Señor» 61. Y aun: «Des­pués del bocado entró en él Satanás» 62. Tam­bién Pedro dice, en igual sentido, a Ananías: «Par qué se ha apoderado Satanás de tu cora­zón, moviéndote a engañar al Espíritu San­to» 63. Asimismo, estas palabras que leemos en el Evangelio y que mucho antes habían sido pronunciadas por el Eclesiastés: «Cuando el es­píritu del poderoso se enfurece contra ti, no abandones tu puesta» 6 `. Y estas otras que el espíritu inmundo dice a Dios contra Acab, en el tercer libro de los Reyes: «Saldré y seré un espíritu mentiroso en la boca de todos los pro­fetas» 65.

Finalmente, de nosotros proceden los pensa­mientos cuando por el ejercicio de nuestras fa­cultades pensamos lo que hacemos y nos acorda­mos de lo que hemos hecho u oído. De tales pensamientos se trata en aquellas palabras de David: «He pensado en los días antiguos, he recordado los años lejanos; durante la noche he meditado en mi corazón ejercitando y escudri­ñando mi espíritu» 6°. Y también: «El Señor co­noce cuán vanos son los pensamientos de los hombres» 67. Y: «Los pensamientos de los jus­tos son la equidad»[44] 66. No de otro modo se expresa el Señor a los fariseos en el Evange­lio: « ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazo­nes?»

XX. Conviene, pues, que estemos sobre aviso v observemos de continuo estas tres causas de nuestros pensamientos, examinando con discreta sagacidad todos los que sobrevengan a nuestro corazón. Debemos indagar, ante todo, su origen, la causa y el autor de que proceden para darles el crédito que se merecen y saber cómo condu­cirnos con ellos. Así llegaremos a ser, según el precepto del Señor, hábiles cambistas 70.

La habilidad y la ciencia de los cambistas consisten en distinguir el oro puro del que no ha sido purificado de igual suerte en el crisol; en no dejarse engañar y saber apreciar una mo­neda de cobre en un denario vil que tuviera en aparienciael brillo del metal precioso. Pero no sólo deben reconocer las piezas que ostentan la efigie del emperador. Su sagacidad va más le­jos. Distinguen, inclusa, aquellas que, aunque llevan la impronta del rey legítimo, no son en realidad más que mera falsificación de la ver­dadera moneda. A ellos incumbe, en fin, com­probar can la balanza la gravedad del metal y justipreciar el peso debido.

Nuestro deber es llevar espiritualmente en las cosas de Dios todas estas precauciones, como sugiere el mismo nombre de cambistas que el Evangelio nos propone por ejemplo. Y ante todo, cualquier pensamiento que se desliza en nuestro corazón, cualquier máxima que se nos sugiere, examinémoslos con suma diligencia. Debemos considerar si está en plena consonancia con la norma suprema del Espíritu Santo y resiste la prueba del fuego divino, o si tiene, por el con­trario, relación, aunque lejana, con la supers­tición judaica. 0 si proviene de la pedantería e hinchazón propias de la filosofía del siglo, aunque en lo exterior se nos proponga con capa de piedad. Llenaremos este deber si nos confor­mamos con la palabra del Apóstol: «No creáis a cualquier espíritu; sino examinad los espíritus, si son de Dios» 71.

Dieron en este escolla muchos que, tras de haber hecho profesión de vida monástica, se dejaron seducir por el brillo de un lenguaje (p, 72) acicalada y por ciertas máximas de los filósofos. Estas, a primera vista, no parecían estar en pugna con nuestros sentimientos religiosos ni en desacuerdo con nuestra santa fe. Tenían el brillo del oro; pero en realidad era un brillo falso, postizo. Por eso, después de haberse dejado engañar con esta apariencia de doctrina, que, en la superficie, parecía innocua y verdadera, se encontraron de pronto en la miseria más abso­luta, como quienes se han provisto sólo de mo­neda falsa. Ello fue causa de que algunos vol­vieran a mezclarse en los negocios del mundo y cayeran, incluso, en herejías formales[45] 72, o, cuando menos, en presunciones arrogantes frente a la doctrina tradicional. Esta fue cabalmente la desgracia de Acán, según leemos en el libro de Jesús, hijo de Nave. Codicioso de un lingote de oro que procedía del campo enemigo, lo hurtó de las tiendas de los filisteos; pero se hizo reo de anatema[46] 73, mereciendo ser condenado a la muerte eterna.

Convendrá, en segundo lugar, examinar cuida­dosamente si no somos víctimas del engaño debido a una falsa interpretación de la Escritura, que, deslizándose en el oro puro de la palabra inspirada, nos seduce por la sola preciosidad del metal, es decir, por la misma dignidad de la materia. En este aspecto, el diablo, maestro astu­to, intentó engañar al mismo Salvador cual si se tratara de un simple hombre. Palabras de sentido genérica, que deben entenderse en abs­tracto de la persona de los justos, supo él alte­rarlas, dándoles una interpretación maliciosa, intentando aplicarlas de una manera exclusiva a aquel precisamente que no necesitaba de la guarda de los ángeles; «Porque encargará a sus ángeles que te tomen en sus manos para que no tropiece tu pie contra piedra alguna» 74. De esta suerte desnaturaliza, por un empleo abusivo y artifi­cioso, las preciosas palabras de la Escritura, dándoles un sentido pernicioso y ciertamente contrario al que tienen en realidad. Así es como nos ofrece, bajo la envoltura engañosa del oro, la imagen del tirano y usurpador.

Intenta, además, engañarnos por medio de moneda subrepticia[47] 75, incitándonos a emprender una obra pía y laudable, pero que no lleva el cuño o señal auténtica de los ancianos, es decir, que no está regulada por sus ordenanzas, y su color de virtud nos empuja al vicio. Unas veces son ayunos inmoderados y a deshora, vigilias excesivas, oraciones, cuyo número sobrepuja nuestras fuerzas, o lecturas inoportunas y fuera de propósito, y así nos engaña miserablemente, llevándonos hacia un fin desgraciado. Otras, nos persuade, por motivos de caridad, a entrome­ternos en vidas ajenas y prodigar visitas a nues­tros prójimos, para hacernos salir de la clausura del monasterio y abandonar la paz de nuestra retiro. Asimismo nos sugiere tomar el cuidado de mujeres religiosas consagradas a Dios, faltas de apoyo y protección, para tener al monje prendido en estos lazos inextricables y distraerle con mil preocupaciones nocivas. Inclusive, le mueve a desear las sagradas funciones del sacerdocio bajo pretexto de edificar a muchas almas y hacer conquistas para Dios, arrancándole así a la hu­mildad y austeridad de nuestra vida.

Por muy contrarias que sean estas obras a nuestra vida espiritual y a nuestra profesión, como se presentan cubiertas con el velo de misericordia y religión, fácilmente seducen a los can­dorosos e incautos. Como piezas espurias que imitan la moneda del rey legítimo, parecen estas obras, a primera vista, impresas con el troquel de la piedad o acuñadas con ella. Pero en reali­dad no llevan la impronta de la moneda autori­zada, quiero decir, de los Padres católicos, reco­nocidos universalmente, ni proceden de la oficina legal de los antepasados, ya que no forman parte del genuino legado de sus enseñanzas. Al con­trario, son piezas fabricadas clandestinamente y en forma fraudulenta por los mismos demonios, que las hacen circular en seguida para engatusar a los ingenuos e ignorantes.

Por útiles y necesarias que, por el pronto, puedan parecer estas acciones, no obstante, son contrarias a la integridad de nuestra profesión y pueden poner en peligro nuestra vida monás­tica. Ellas deben prestarnos la misma ayuda que pudiera proporcionarnos un miembro necesario, por ejemplo, la mano o el pie derecho, pero los intereses de nuestra alma exigen que—como miembro que nos escandaliza-lo rechacemos lejos de nosotros. Es preferible tener un miem­bro menos-es decir, renunciar a la ventaja de cumplir un precepto-y permanecer sano en lo demás, entrando inválido en el reino de los cie­los, que incurrir en cierto escándalo por el deseo de guardarlo todo cumplidamente. Pues de ahí podría surgir una funesta costumbre que nos ale­jara de la austeridad de nuestra regla y nos hi­ciera claudicar en los principios de la vida que hemos abrazado. Ello nos precipitaría, en defi­nitiva, en una tal ruina que, incapaces en ade­lante de remediar las pérdidas que íbamos a sufrir en el futuro, viéramos todos nuestras mé­ritos pasados, y aun el cuerpo entero de nuestras obras, convertidos en pasto de las llamas del infierno, (p. 76)

De este linaje de ilusiones se ha dicho elegan­temente en el libro de los Proverbios: «Hay ca­minos que al hombre le parecen rectos, cuya fin, no obstante, conduce a lo profundo del infier­no» 76; y también: «El maligno daña cuando se une al justo» 77.Como si dijera: el diablo, cuan­do se cubre con capa de santidad, engaña al hombre. Y añade: «Detesta la sombra del tu­tor»'”, es decir, la fuerza de la discreción, que procede de escuchar y poner por obra las pala­bras y avisos de los ancianos.

ILUSIÓN DEL ABAD JUAN Y DE CUATRO MANERAS DE DISCERNIMIENTO

XXI. Es sabido que de una de estas ilusio­nes fue víctima, no ha mucho, el abad Juan[48] 79, que vive en el desierto de Lyco. Agotado ya su cuerpo y exhausto de fuerzas, había prolongado su ayuno por espacio de dos días consecutivos. Al día siguiente, cuando se disponía a tomar su refección, se le apareció el diablo bajo la figura de un horrible etíope, y, echándose a sus plantas, le dijo: «Perdóname, porque yo he sido quien te ha impuesto esos ayunos excesivos». Y así, este varón admirable que había llegado a una perfección consumada en la virtud de la dis­creción, reconoció que, bajo pretexto de absti­nencia-practicada sin moderación–, había sido inducido por la astucia del diablo a imponer a su cuerpo ya cansado un ayuno semejante, y con ello una fatiga, que en modo alguno era necesaria y sí nociva a su espíritu. Es decir, que, ilusionado por una moneda falsa, venerando en ella la presunta efigie de un rey verdadero, no examinó si estaba legítimamente acuñada.

Pero queda la postrera operación que ha de hacer el hábil cambista. Dijimos que consistía en verificar el peso. Ahora bien, he aquí cómo hay que proceder. Si se nos ocurre algún plan o proyecto que realizar, debemos deliberar la cosa maduramente y ponerla, por decirlo así, en la balanza de nuestro corazón, sopesándola con la mayor exactitud. Hay que fijarse si está en perfecta armonía con la regla común; si su razón de ser es de gran peso, regulándola con el temor de Dios; si es buena en cuanto al sentimiento que la inspira; o bien, si una ostentación pura­mente humana o la presuntuosa novedad la con­vierte en idea caprichosa; en suma: si la vana­gloria no disminuye el peso de su merecimiento o la corroe la vanidad. Además, esta prueba ini­cial hay que verificarla con arreglo a las normas públicas, es decir, que debemos poner nuestras iniciativas en parangón con la vida y enseñanzas de los profetas y apóstoles. (p. 78)

XXII. Así, el discernimiento nos será nece­sario en las cuatro formas que hemos apuntado. Esto es, la primera para saber can certeza la materia de que se trata: si es oro puro, fingido o falso. Segunda, para rechazar los pensamientos que nos sobrevienen bajo las apariencias de pie­dad, cual moneda falsa que, aunque ostenta la efigie real, no está legítimamente sellada. Ter­cera, para que podamos asimismo reconocer y rechazar aquellas cosas que imprimen en el oro precioso de las Escrituras una interpretación vi­ciosa y herética: no es la imagen del rey ver­dadero lo que se halla grabado allí, silfo la del usurpador. En fin, para que podamos rehusar como piezas sin valor y dañinas, que carecen de la gravedad debida, los pensamientos que han perdido, por la herrumbre de la vanidad, su peso y su valor, y no pueden, par lo mismo, confor­marse con el patrón monetario de los antiguos.

Todo esto se endereza a evitar aquel peligro contra el que nos advierte el Señor, y no per­damos el mérito ni la recompensa de nuestros trabajos: «No queráis allegar para vosotros te­soros en la tierra, donde la polilla y orín los corroen, y donde los ladrones horadan y ro­ban»[49]80. En efecto, todo cuanto hacemos, pues­ta la mira en la gloria humana, constituye un tesoro que allegamos en la tierra, según la sen­tencia del Señor. Y consecuentemente escon­dido y sepultada en la tierra, donde los demonios lo robarán o el moho de la vanagloria lo con­sumirá o lo devorará la polilla de la soberbia, no siendo de ningún provecho para aquel que lo ha reunido.

Tenemos, pues, que escudriñar constantemente el fondo de nuestro corazón y considerar con suma atención las especies que penetran en él, no sea que acaso algún monstruo espiritual, león o dragón transeúnte, haya dejado secretamente, al pasar, huellas funestas, que podrían poner en la pista a los demás vicios y franquearles el paso en el santuario íntimo de nuestra alma. Tal su­cedería si dejáramos de velar sobre nuestros pen­samientos.

Así, labrando a todas horas, a cada instante, la tierra de nuestro corazón, con el arado del Evangelio, esto es, surcándolo de continuo con el recuerdo incesante de la cruz del Señor, po­dremos destruir las madrigueras de las fieras que nos hostilizan, y exterminar las guaridas de las serpientes venenosas.

LA DOCTRINA DEL MAESTRO RESPONDE AL MÉRITO DE SU DISCÍPULO

XXIII. Al oír estas cosas, viéndonos el an­ciano estupefactos y encendidos de un ardor insaciable por sus palabras, se detuvo un poco, presa también él de admiración ante nuestro entusiasma. Luego añadió: Hijos míos, el interés que habéis mostrado en escucharme me ha inducido a extenderme, y siento como que un fuego misterioso da más vida y calor a mis pa­labras, según ` es el deseo que os anima. Señal clara y evidente de que sentís verdadera sed de la doctrina de perfección. Por eso quiero to­davía deciros algo sobre la excelencia y belleza de la discreción.

Entre todas las virtudes, ostenta el cetro y la primacía, y pretendo demostraros su excepcional importancia y su utilidad. Pero no tanto con ejemplos de la vida cotidiana, cuanto con la luz y autoridad que proyectan las sentencias y orácu­los antiguos de los Padres. Con frecuencia viene a mi pensamiento lo que me ocurría a veces. Se me pedía con lágrimas y gemidos que hablara yo de este punto, y aunque bien quería yo dis­tribuir la doctrina a les que lo solicitaban, en modo alguno podía hacerlo: no sólo me sentía desprovisto de ideas, sino incluso de palabras. Tanto, que me veía obligado, muy a pesar mío, a despedirlos sin el más leve consuelo. De donde colijo con evidencia que es la gracia de Dios la que inspira al que habla, según el mérito y el deseo de los que escuchan.

Pero el breve tiempo que nos queda de la no-che no nos permitiría terminar la conferencia. Será, pues, preferible dedicar este tiempo al des­canso. Porque el cuerpo suele ser tan inexorable en sus exigencias, que es preciso, después, dár­selo todo si se le ha negado lo poco a que tenía derecho. Vamos, por tanto, a diferir hasta ma­ñana o hasta la noche siguiente el estudio y la exposición integral de nuestro tema. Porque con­viene que los buenos maestros en discreción den ante todo prueba de su sabiduría, mostrando que son capaces de practicar lo que enseñan con el ejemplo y la paciencia, y no caigan, al tratar de esta virtud, que es madre de toda medida, en el vicio del exceso, que le es contrario: esta sería conculcar de hecho y con las obras la naturaleza y eficacia de la discreción que se encarece con las palabras. Bueno será que use yo también aquí de la discreción, de la que pienso hablar aún con el favor divino. Y, puesto que tratamos de su excelencia y de la justa medida, que es su primer fruto, razón será que no exceda ya esa medida en la duración y prolijidad del discurso.

Con estas palabras puso fin el santo abad Moisés a la conversación. Ávidos todavía, estábamos pendientes de sus labios; pero él nos exhortó a gustar algunos instantes del sueño, tendiéndonos sobre las mismas esteras [50]81 en que estábamos sentados. Para apoyar la cabeza, nos dio, a guisa de almohada, lo que llaman «embrimia». Están hechos con el papiro más grueso, que se reúne en largos y finos manojos, entretejidos a inter­valos de pie y medio. Son, a la vez, banquillos muy bajos, y de ellos se sirven los hermanos como de escaños para la sinaxis, y, al mismo tiempo, de cabezal donde reclinar la cabeza para dormir. En este caso, cuando se utiliza como almohadilla, no resulta demasiado dura, sino ma­nejable y cómoda. En realidad se presta admi­rablemente a estos diversos usos monásticos, pues, además de ser bastante flexible, tiene to­davía la ventaja de ser económico y exigir poco trabajo, ya que los papiros crecen por doquier en las riberas del Nilo. Asimismo, son fáciles de transportar de una a otra parte por ser materia ligera y dúctil.

De este modo, siguiendo el consejo del an­ciano, nos dispusimos, mal de nuestro grado, a descansar. Pero, ¡cuánto nos costaba este des­canso! Por una parte, el entusiasmo que sen­tíamos por la conferencia oída, y por otra, la expectación en que nos hallábamos por la que nos había prometido, nos tenía como en sus­penso.

SEGUNDA CONFERENCIA DEL ABAD MOISES

DE LA DISCRECION

Capítulos: I. Exordio del abad Moisés sobre la gra­cia de la discreción:-II. De cuánto provecho es para el monje la discreción. Discurso del santo abad Antonio sobre esta virtud.-III. Saúl y Acab incurren en un error por falta de discreción. IV. Testimonios de la Escritura sobre la virtud de la discreción.-V. Muerte de un anciano llamado Herón.-VI. De la caída de dos monjes por falta de discreción.-VII. Ilusión de otro solitario, de­bida igualmente a falta de discreción.-VIII. Caída e ilusión de un monje de Mesopotamia.-IX. Pre­gunta de Germán sobre el modo de adquirir la verdadera discreción.-X. Respuesta sobre el modo de adquirir la verdadera discreción:-XI. Palabras del abad Serapión. De la impotencia de los malos pensamientos una vez manifestados y del peligro de confiar en sí mismo.-XII. Del sentimiento de vergüenza que se apodera de nosotros al tener que revelar a los ancianos nuestros pensamientos. XIII. Respuesta: Que se debe menospreciar la falsa vergüenza, y del peligro que se corre por falta de compasión.-XIV. De la vocación de Samuel. XV. De la vocación del apóstol Pablo.-XVI. Hay que tender a la discreción.-XVII. De las vigilias y ayunos excesivos.-XVIII. Pregunta de Germán so­bre la abstinencia y tasa de la comida.-XIX. Sobre el justo medio para la refección diaria.-XX. Ob­jeción sobre la escasa dificultad que ofrecería un régimen de vida semejante.-XXI. Respuesta sobre el rigor de esta observancia cuando se sigue fiel­mente.-XXII. Cuál debe ser la norma de la abs­tinencia y de la comida en general.-XXIII. Del modo de obviar los inconvenientes que se originan de una alimentación excesiva.-XXIV. De la mor­tificación que supone esta uniformidad en ‘a re­fección, y de la gula del hermano Benjamín.-XXV. Pregunta de Germán acerca del modo cómo puede guardarse siempre la misma medida.-XXVI. Que no es necesario exceder la medida señalada.

CUÁN PROVECHOSA ES AL MONJE LA DISCRECIÓN

I. Después de consagrar al sueño las horas de la madrugada, vimos, por fin, con gozo, apuntar las primeras claridades del día. Y no bien solicitamos la conferencia prometida, el santo abad Moisés empezó, diciendo: «Al ver el ardor que os anima, dudo que incluso los breves instantes que he querido cercenar a nuestra conversación espiritual para dedicarlos al des­canso, hayan sido, en realidad, de solaz para vuestro cuerpo. Mas al considerar ese mismo fervor vuestro, siento mayor responsabilidad so­bre mí. No sería justo que demorara yo la promesa, viendo que me lo pedís con tanto afán. Lo dice la sentencia de la Escritura: «Cuando te sentares a la mesa de un príncipe, repara con (p.86) atención lo que te ponen delante, y aplica tu mano a tu garganta pensando que tendrás que aparejar un festín semejante»[51] 1.

Vamos a hablar de la virtud de la discreción v de su eficacia. Este era el tema que empeza­mos a tratar esta noche y que dejamos hilva­nado al poner fin a nuestra conversación. Ante todo creo oportuno encarecer su excelencia por los testimonios de los Padres. Conocido su pen­samiento y la opinión que de ella tuvieron, ci­taré el ejemplo de muchos solitarios, cuya la­mentable caída, ocurrida antaño o recientemente, no tuvo otra causa que el no haber adquirido antes esta virtud. De este modo podremos des­pués más fácilmente, persuadidos como estamos de su importancia, instruirnos con más fruto sobre la manera de tender a ella y consolidarnos en su posesión.

Porque la discreción no es una virtud cual­quiera que pueda alcanzarse con solas las fuerzas humanas. No podemos adquirirla sin el don y la gracia divinos. De ahí que el Apóstol la enu­mere entre los dones más nobles del Espíritu Santo: «A uno le es dada por el Espíritu la palabra de sabiduría; a otro, la palabra de cien­cia, según el mismo Espíritu; a otro, fe en el mismo Espíritu; a otro, don de curaciones en el mismo Espíritu» 2. Y poco después: “A otro, la discreción de espiritas» [52]3.En fin, al terminar la lista de los carismas espirituales, añade: «To­das estas cosas las obra el único y mismo Es­píritu, que distribuye a cada uno según quie­re»‘.

Ya veis, pues, cómo la discreción no es un don terreno o de relativa importancia, sino un gran premio de la gracia divina. Si el monje no pone todo su empeño para alcanzarla y dis­cernir con su ayuda los espíritus que penetran por las puertas de su alma, se seguirá una con­secuencia fatal: como un hombre que camina a tientas en una noche cerrada, envuelto en ti­nieblas, será víctima de los lazos que le tiende el enemigo y de los precipicios que se abren a su paso. Incluso en caminos llanos y derechos, tropezará su pie con harta frecuencia.

II. Recuerdo que hallándome, cuando niño, en la Tebaida, donde moraba el bienaventurado Antonio, los antiguos monjes venían a porfía a visitarle para hablar con él sobre temas de per­fección.

La conferencia se prolongó un día desde la hora de vísperas hasta la madrugada, y el punto que nos ocupa se trató allí durante la mayor parte de la noche. Por largo tiempo anduvieron preguntando qué virtud o qué observancia puede (p, 88) siempre mantener al monje al abrigo de las asechanzas e ilusiones diabólicas, v llevarle con seguridad y sin tropiezo hasta las cumbres de la perfección. Cada uno daba su parecer según sus propios alcances. Unos lo hacían consistir todo en la práctica de ayunos y vigilias, ya que el alma, espiritualizada por ellos y reinando so­bre un corazón y una carne ya purificados, pue­de unirse más estrechamente a Dios. Otros eran de opinión que consistía en el menosprecio de todas las cosas, porque si el alma logra despo­jarse enteramente de ellas, libre en adelante de todo afecta, se halla más expedita para llegar a Dios. Quiénes, en cambio, juzgaban necesaria la vida anacorética, es decir, el retiro y la soledad del desierto, en donde la conversación con Dios se hace más familiar, y la unión, más íntima. Algunos, finalmente, se inclinaban por la prác­tica de la caridad, o sea, por los deberes de mutua hospitalidad, porque a los que la prac­tican ha prometido Dios más especialmente en el Evangelio el reino de Dios: «Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Por­que tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber»[53] 5; y lo que sigue.

De esta suerte, cada cual dio su preferencia a virtudes distintas, poniendo de relieve una en­tre todas corno más conducente para unir el (p. 89) alma con Dios. Había ya transcurrido gran parte de la noche en estos razonamientos. Por fin, el bienaventurado Antonio tomó la palabra, y dijo: «Todas las prácticas a que, os habéis referido son ciertamente útiles y necesarias para quien tiene sed de Dios y desea llegar a El. Pero las deplorables experiencias y las defecciones sin número que hemos conocido de tantos solitarios, no nos permiten, en modo alguno, darles un valor exclusivo. ¡A cuántos de ellos vimos en­tregarse a los ayunos y vigilias más rigurosos; excitar la admiración ajena por su amor a la so­ledad; abrazarse a un despojamiento tan abso­luto, que no se atrevían a reservarse el alimento un solo día, ni quedarse con un solo denario, y llenar con toda solicitud los deberes de la hos­pitalidad! Y sin embargo de ello, les vimos caer de pronto en la ilusión. Y es que no supieron coronar la obra comenzada. Todo su fervor y toda su vida, digna por otra parte de elogio, vinieron al traste, teniendo un fin desgraciado.

»Pero podremos reconocer con claridad la vir­tud más eficaz para conducirnos a Dios si mi­ramos atentamente la causa de su ilusión y su ruina. Ahora bien, es innegable que las obras de virtud a que os habéis referido sobreabundaban en aquéllos. Sólo la ausencia de la discreción hizo que no pudieran perseverar hasta el fin. No vemos, en efecto, otra razón de ser de su caída que el hecho de no haber querido formarse se­gún el dictamen de los ancianos para adquirir (p. 90) esta virtud esencial. La discreción, manteniéndose igualmente alejada de los dos extremos contrarios, enseña al monje a caminar por una senda real, y no le permite apartarse ni a la derecha, en pos de una virtud orgullosa y un fervor exagerado que rebasan los límites de la justa templanza, ni a izquierda, tras de la relajación y el vicio, so pre­texto de mirar excesivamente por la salud del cuerpo, en una perezosa y mortal desidia.»

Esta es la prudencia a la que llama el Salva­dor en el Evangelio el ojo y la lámpara del cuer­po: «La lámpara de tu cuerpo es el ojo. Si, pues, tu ojo estuviere sano, todo tu cuerpo estará lumi­noso; pero si tu ojo estuviere enfermo, todo tu cuerpo estará en tinieblas»[54]6. Ella discierne, en efecto, todos los pensamientos del hombre y sus actos, examinando y viendo en la luz lo que debemos hacer. Si este ojo interior es malo, es decir, si estamos desprovistos de ciencia o de un criterio seguro, y nos dejamos engañar por el error y la suficiencia, todo nuestro cuerpo será tenebroso. En otras palabras: todo en nosotros, inteligencia y acción, quedará como envuelto en la oscuridad más incierta, porque el vicio es ciego y la pasión es madre de tinieblas. «Si lo que debe ser luz en ti-dice todavía el Señor-es tinieblas, ¡las mismas tinieblas cuán grandes se­rán!»’ Es indudable que si tenemos un criterio falso y andamos a ciegas en la noche de la ignorancia, también nuestros pensamientos y nuestros actos, que derivan de ellos como de su fuente, estarán envueltos con las tinieblas del pecado.

TESTIMONIOS DE LA ESCRITURA SOBRE LA VIRTUD

DE LA DISCRECIÓN

III. Tal ocurrió al rey Saúl, quien, por or­den de Dios, obtuvo el primero la realeza en Israel. Porque carecía de este ojo de la discre­ción, y tenía, por decirlo así, todo su cuerpo tenebroso, acabó por ser arrojado del trono. Su «lámpara» no era más que una fuente de tinie­blas y un foco de errores deplorables: par eso, en lugar de alumbrarle, le ofuscó totalmente. Creyó que sus sacrificios eran más agradables a Dios que la obediencia que debía prestar a Samuel, y encontró la desgracia allí donde pen­saba hallar el medio para hacerse propicia la majestad divina 8.

Así también, el no conocer la discreción llevó a Acab, rey de Israel, después de la victoria conseguida por el favor divino, a creer que la misericordia vale más que la severa ejecución de una orden divina, a su parecer demasiado cruel. Este pensamiento le ablanda el corazón; templa con la clemencia el poder de la victoria y evita la efusión de sangre. Pero su piedad in­discreta le entrega enteramente a las tinieblas, condenándole a una muerte irrevocable 9.

IV. No sólo llama el Apóstol a la discreción lámpara de nuestro cuerpo, sino que la designa también con el nombre de sol, según aquello: «El sol no se ponga sobre vuestra iracundia» 1°. También se dice de ella que es el gobernalle de nuestra vida: «Quienes no tienen dirección, caen como hojas» 11. Se la llama asimismo, con razón, el consejo, Sin el cual nos prohíbe la Es­critura hacer nada absolutamente, hasta el punto de que, incluso al beber el vino espiritual, «que alegra el corazón del hombre» 12, quiere que lo hagamos con la mesura de la discreción: «Hazlo todo con consejo, con consejo bebe el vino» 18. Y en otro lugar: «Coma ciudad destruida en sus muros y sin defensa, así es el hombre que obra sin consejo» .Este último texto nos dice cla­ramente en el símil que nos ofrece, hasta qué punto resulta perjudicial al monje la falta de esta prudencia, puesto que se le compara a una ciudad devastada y sin murallas.

En ella radican la sabiduría, la inteligencia y el juicio, sin los cuales nos será imposible edi­ficar nuestra morada interior y amontonar las riquezas espirituales, según aquellas palabras: «Con la sabiduría se edifica la casa, y con la prudencia se consolida; con la ciencia se hinchen sus despensas de toda lo más preciado y delei­toso» 15. Ella es el alimento sólido y sustancial reservado únicamente a los hombres hechos y ro­bustos: «El manjar sólido es para los perfectos, los que, en virtud de la costumbre, tienen los sentidos ejercitados en discernir lo bueno de lo malo» 16. Tan necesaria es y de tal precio, que la compara la Escritura a la palabra y poder del mismo Dios. Lo dice San Pablo: «La palabra de Dios es viva, eficaz y tajante, más que una espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y la medula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» 17. De todos estos pa­sajes se desprende claramente que sin la gracia de la discreción no puede la virtud ser estable ni perfeccionarse.

Por todo lo que antecede, decidieron de común acuerdo el santo abad Antonio y todos los que habían ido a verle, que la discreción es lo que conduce al monje con paso firme y sin vacilación hacia Dios, y conserva para siempre intactas las  mismas virtudes a que se habían referido. Pues, gracias a ella, se sube con menos fatiga la cuesta arriba de la perfección, a donde, sin su concurso, muchos no hubiesen podido llegar a pesar de sus continuos esfuerzos. En consecuencia, quedó confirmado que la discreción es la madre, guarda y moderadora de todas las virtudes.

 

CAÍDAS DE ALGUNOS MONJES POR FALTA DE DISCRECIÓN

V.       Y para cumplir mi promesa de confirmar con ejemplos recientes la doctrina aprobada ya de antiguo por San Antonio y los otros Padres, acordaos de lo que no ha mucho visteis con vues­tros propios ojos: cómo el anciano Herón fué víctima de una ilusión diabólica y precipitado de un estado de gran penitencia hasta el más profundo abismo. El había permanecido cin­cuenta años en este desierto-lo recuerdo per­fectamente-, conservando de continuo una fi­delidad a toda prueba, y había amado como nadie el retiro de la soledad con un fervor ad­mirable. ¿Cómo, -pues, sufridas tantas penalida­des, pudo él dejarse alucinar por el tentador y tener esta grave caída, que nos ha llenado a todos en el desierto de profundo dolor? ¿No fue eso debido a que, falto de discreción, prefirió guiarse por su propio juicio antes que seguir los consejos y prácticas de sus hermanos y obedecer a las reglas de nuestros Padres?

Siendo joven se había forjado una ley tan rígida y absoluta, mostrándose tan celoso de su soledad y del retiro de su celda, que ni siquiera la solemnidad de la Pascua pudo jamás conse­guir de él que compartiera la comida de sus her­manos. Año tras año,.esta festividad les congre­gaba a todos en la iglesia; sólo faltaba él. Y ello por temor a que no pareciera que, tomando con ellos ciertas legumbres durante la comida, se relajaba un tanto en el ideal de abstinencia que había abrazado.

Este orgullo fue el lazo en que cayó prendido. Porque engañado con tal presunción, dio acogida al ángel de Satanás cual si fuera un ángel de luz, y hospedóle con la más profunda veneración. Y, poniéndose a su servicio, obedecía en todo a sus órdenes. Con esta persuasión se echó de cabeza en un pozo. Tal era su profundidad, que los ojos no podían divisar el fondo desde el bro­cal. Estaba firmemente persuadido de la promesa que le había hecho de que, por el mérito de su virtud y de sus trabajos, saldría en adelante ileso de todo peligro. Quiso saber por experiencia que se hallaba inmunizado contra todo mal. Así, pues, a medianoche se precipitó en el pozo, pen­sando probar el extraordinario mérito de su vida cuando se le viera salir de él sano y salvo. Pero los hermanos tuvieron que sacarle luego a duras penas, estando ya medio muerto. Expiró dos días después.

Lo peor del caso es que se obstinó en su ilusión. Ni siquiera aquella dolorosa experiencia que iba a costarle la vida pudo persuadirle que había sido juguete del demonio. Por eso, los monjes, movidos a compasión, a vista de tantas privaciones y de los largos años pasados en el desierto, no obtuvieron sino con trabajo que el sacerdote y abad Pafnucio 18 no le reputara entre los suicidas, ni fuera juzgado indigno de la me­moria y oblación que suele hacerse por los difun­tos [55]19

VI.        ¿Qué decir de aquellos dos hermanos que habitaban más allá del desierto de la Tebaida, donde en otro tiempo había morado San Anto­nio? Inducidos por un espíritu de temeridad e indiscreción, decidieron no tomar, al cruzar aque­llas vastas soledades, más que el alimento que Dios mismo milagrosamente les ofreciera.

Iban errantes por el desierto, ya medio muer­tos de hambre, cuando los Macices les divisaron a lo lejos. Este pueblo sobrepuja en salvajismo a todas. las tribus bárbaras, pues dicen que es el más sanguinario de todos. No vierten sangre hu­mana por afán de botín, como hacen otros, sino movidosúnicamente por sus feroces instintos.

Contrariamente a su natural salvaje, he aquí que aquellos forajidos les salen al paso provistos de panes que ofrecieron a los solitarios. Uno de éstos, animado de la virtud de la discreción, recibe este alimento corno venido de la mano del Señor, con sentimientos de alegría y acción de gracias. Es realmente una comida servida por el mismo Dios, dice para sus adentros. Y discu­rría bien. Porque ¿cómo explicar, sin un mila­gro del cielo, que estas gentes, sedientas siempre de sangre, den liberalmente con qué sostener sus vidas a hombres casi ya desfallecidos? En cam­bio, el otro rechazó rotundamente aquel manjar ofrecido por mano de hombres, y murió de ham­bre.

Ambos parten de un principio igualmente re­prensible, al pensar que Dios mismo acudirá per­sonalmente en su ayuda. Pero el primero reme­dia con la discreción su yerro, renunciando a su proyecto temerario. El segundo, a la inversa, per­severa en su necia presunción y permanece recal­citrante, cerrándose a toda idea «de prudencia. El mismo se dió la muerte, de que Dios quería librarle. No quiso creer que era milagro de Dios que aquellos salvajes olvidaran por un momento su feroz natural, y que, en vez de matarles al filo de la espada, les ofrecieran sustento.

VIL       ¿Y qué decir de ese otro, cuyo nombre debo silenciar porque todavía vive? Durante mu­cho tiempo el demonio se le aparecía aureolado 7

de una gloria angélica. Deslumbrado por las in­numerables revelaciones que tenía por su medio, le tomó por un mensajero de justicia. Y ello tan­to más cuanto que cada noche iluminaba su celda sin necesidad de encender lámpara alguna.

A la postre, el demonio le ordena inmolar a Dios un hijo que tenía y vivía junto con él en el monasterio, para que con este sacrificio pu­diese asemejarse’ en los merecimientos al patriar­ca Abraham. Le fue tan fácil dejarse engañar, que hubiera perpetrado el parricidio a no ser que el niño hubiera sospechado el crimen que tra­maba. Viendo que afilaba su padre el cuchillo de una manera insólita y disponía unas cuerdas con las que parecía querer atar sus miembros para inmolarle, emprendió, asustado, la fuga.

VIII. Sería prolijo explicar con todos los pormenores el engaño sufrido por este monje bien conocido en Mesopotamia. Era tan rígida su abs­tinencia, que muy pocos en esta provincia se sentían con fuerzas para imitarle. Oculto en su celda, había permanecido fiel a su observancia durante largos años. Pero al fin el diablo le en­gañó lamentablemente por medio de falsos sue­ños y revelaciones. Así, después de tantos traba­jas y ejercicios de virtudes, con que, al parecer, aventajaba a los demás monjes que allí residían, fue resbalando por una pendiente desgraciada, hasta abrazar el judaísmo y la circuncisión.

A principio, y por largo tiempo, no le hizo el diablo más que revelaciones verídicas, aparen­tando ser un verdadero ángel de luz. De este modo, acostumbrándole insensiblemente a ellas, le disponía para que en lo sucesivo le diese crédito en otras falsas y pudiera inducirle más fácil­mente a engaño. Por fin, un día, le mostró, de una parte, al pueblo cristiano y los príncipes de nuestra fe y de nuestra religión, a los apóstoles y a los mártires, a la manera de espectros horri­bles que accionaban entre las tinieblas, con sem­blantes escuálidos y descarnados. De otra parte, al pueblo judío, con Moisés, los patriarcas y los profetas, rebosando de un gozo sin límites y resplandeciendo en una luz deslumbradora. Al mismo tiempo, el seductor le propuso que si que­ría formar parte de los méritos de éstos y gozar de su bienaventuranza se apresurara a recibir cuanto antes la circuncisión.

Ahora bien, ninguno de estos monjes hubiera sucumbido tan tristemente a la ilusión diabóli­ca si se hubieran afanado por adquirir la discre­ción. Tantas caídas y ejemplos deplorables nos hacen ver claramente cuánto importa poseerla para hacer frente a tamaña desgracia.

SOBRE EL MODO DE ADQUIRIR LA VERDADERA DISCRECIÓN

IX.            A esto respondió Germán: Con ejem­plos recientes, unidos a la autoridad de los anti­guos, has puesto a plena luz el hecho de que la discreción es en cierta manera la fuente y la raíz de todas las virtudes. Quisiéramos ahora apren­der la manera de adquirirla, y saber reconocer cuándo es de Dios y verdadera, y cuándo falsa y diabólica.

Según la parábola evangélica que has expues­to en tu conferencia precedente, en la que nos aconseja el Señor que seamos como hábiles cam­bistas, desearíamos saber distinguir, al ver la efigie del rey legítimo en una moneda, si está o no legalmente acuñada, y en este último caso, poder rechazarla como de mala ley; y quisié­ramos hacer esto según esa pericia y habilidad que tú has proclamado como la herencia del cambista espiritual, del cambista según el Evan­gelio. Porque, ¿de qué nos serviría conocer la excelencia de la discreción y el valor de esta vir­tud si ignorásemos la manera de buscarla y ha­cernos con ella?

X. A lo que respondió Moisés: La verdade­ra discreción no se adquiere más que a cambio de una verdadera humildad. Y la primera prue­ba de ésta será que todo cuanto uno hace y piensa lo someta al juicio de los ancianos, de suerte que no se fíe para nada de su propio cri­terio, sino que en todas las cosas se conforme a sus decisiones para saber juzgar por bueno o malo lo que ellos hubieren juzgado por tal.

Esta disciplina no solamente le enseñará al principiante a andar derechamente por la senda de la discreción, sino que le hará adquirir una especie de inmunidad frente a los ardides y ase­chanzas del enemigo. En modo alguno podrá caer en la ilusión quien no se deje llevar de su propio criterio; antes bien, hace de los ejemplos de los mayores norma de su vida. Toda la astucia del demonio no prevalecerá contra la ignorancia de este hombre que no sabe encubrir por falsa vergüenza los pensamientos que nacen en su co­razón, sino que se abandona sin más a la sabi­duría de los ancianos, para saber si los debe admitir o rechazar.

No bien se ha manifestado un mal pensamien­to, se desvanece al punto su ponzoña. Incluso an­tes de que la discreción haya dado su juicio so­bre él, reprobándole, la horrible serpiente, a la cual esta declaración ha arrancado de su caverna tenebrosa, sacándole a la luz y poniendo de ma­nifiesto su vergüenza, queda vencida y se bate en retirada. Y es que sus pérfidas sugestiones sólo nos dominan cuando permanecen ocultas en el fondo del corazón.

Pero, para que podáis comprender mejor la verdad y sentido de mis palabras, os contaré un episodio de la vida del abad Serapión 20, que él

20 Este abad parece ser el autor de la Cola­ción V. Célebre por su santidad, se dice haber go­bernado un monasterio de 10.000 monjes. Por lo demás, esta manifestación de los propios pensamientos y tentaciones la recomiendan de consuno los más es­clarecidos maestros de la vida ascética.

mismo solía referir muchas veces a los herma­nos más jóvenes para instrucción de sus almas.

DE LA IMPOTENCIA DE LOS MALOS PENSAMIENTOS UNA VEZ MANIFESTADOS

XI. «No era yo entonces más que un niño -decía-y vivía en compañía del abad Teón. El enemigo hízome tantas violencias, que acabé por contraer la costumbre de que voy a hablaros.

Todos los días, después de la refección de nona que tomaba con el buen anciano, yo robaba un pan[56] 21 y me lo escondía en mi pecho. Al lle­gar la tarde, me lo comía furtivamente, sin ser visto de él. Arraigada poco a poco esta pasión, no fui ya pronto dueño de mí; los hurtos se suce­dían unos a otros.

Sin embargo, cuando después de haber sacia­do mi apetito, entraba en mí mismo, mayor era el tormento que sentía por haber hurtado el pan que el placer que había tenido en comerle. Ale encontraba en una situación parecida a la de los hebreos en otro tiempo, bajo la severa auto­ridad de los ministros de Faraón. Así coma éste les forzaba que hicieran más y más ladrillos, por difícil y penoso que les fuese, así mi pasión me

imponía esta pesada carga a la cual me sentía constreñido, haciéndome sufrir hasta el extremo. La verdad es que me sentía incapaz de sustraer­me a esta cruel tiranía; y, por otra parte, me daba vergüenza el descubrir al santo anciano mis hurtos clandestinos 22. Un día quiso la Providen­cia librarme del yugo de esta servidumbre, y he aquí que vinieron ciertos hermanos a su celda con el deseo de edificarse con sus palabras. Una vez terminada la comida, dio el abad una con­ferencia espiritual.

Para responder a las cuestiones que se le pro­ponían, empezó Teón a hablar del vicio de la gula y de los pensamientos ocultas. Declaró su naturaleza y la cruel tiranía que ejercen en el alma mientras se les pretende encubrir. La fuer­za de sus palabras causó en mí honda impresión. Sentíme compungido, al paso que la voz de la conciencia pregonaba mi falta y me aterrori­zaba. Pensé que si el anciano hablaba de tal suer­te era porque el Señor le había revelado el secreto de mi corazón. Al principio daba gemi­dos, que hacía lo posible. por disimular. Mas des­pués, aumentando la compunción, prorrumpí en sollozos y lágrimas. Extraje de mi seno–cóm­plice y encubridor de mi latrocinio-el pan que, según mi costumbre, había sustraído para comer­lo a ocultas, y lo arrojé en presencia de todos. Postrado en tierra, confesé, pidiendo perdón,  cómo a diario lo comía a hurtadillas. Imploré ane­gado en lágrimas, que rogaran al Señor para que me librara de aquella dura esclavitud.

Entonces dijo el anciano: «Ten confianza, hijo mío. Tu liberación se ha cumplido. Sin decir yo palabra, la confesión que acabas de hacer basta por sí sola. Has triunfado hoy sobre tu adver­sario. Con tu propia acusación le has confundi­do mucho más de lo que te había abatido él a ti con tu silencio. La causa de haberte dominado él hasta ahora fue porque ni tu palabra ni la de otro por ti le opuso la menor resistencia. Por eso le dabas la posibilidad de subyugarte, según aquel pensamiento de Salomón: «Porque la sentencia contra los que hacen el mal no se ejecuta pronta­mente, por, esto el corazón de los hijos de los hombres se llena de deseos de hacer el mal» 23. Pero ahora, al denunciar a tu enemigo y sacarle a plaza, has anulado su poder de inquietarte en lo sucesivo. Esta terrible serpiente no podrá en­contrar en ti acogida para ocultarse de nuevo en tu pecho, pues por tus palabras la has sacado de las tinieblas de tu corazón poniéndola a la luz del día.»

No había terminado aún de hablar el anciano, cuando un tizón encendido salió de mi seno y llenó la celda de un detestable olor de azufre. Era tan intenso, que apenas podíamos permane­cer allí A raíz de esto, el anciano prosiguió su admonición: «He aquí que el Señor te ha dado a entender visiblemente la verdad de mis pala­bras. Ha querido que vieras con tus mismos ojos al autor de esta pasión oculta que has arrojado de tu alma, merced a tu saludable confesión, y reconocieras, ante esta huída manifiesta, que el enemigo, una vez descubierto, no tendrá en ade­lante lugar en ti.»

Decía verdad. Por virtud de mi confesión ha­bía cesado para siempre esta tiranía diabólica. El demonio no intentó siquiera tocar ya en mí el recuerdo de aquella glotonería, y jamás me sentí aguijoneado por el deseo de un hurto se­mejante.

El Eclesiastés expresa felizmente la misma verdad: «Si muerde una serpiente no encanta­da, de nada valen los conjuros del encantador» “. Advierte de esta manera el manifiesto peligro de la mordedura de la serpiente, máxime si inocu­la el veneno de improviso y a escondidas. Si no manifestamos las sugestiones diabólicas al en­cantador, esto es, a un hombre espiritual que sabe encontrar en las palabras mágicas y todo­poderosas de las Escrituras un remedio inmediato y eficaz a estos mordiscos de la serpiente y el medio de extraer del corazón el fatal veneno, no  podrá él socorrernos en el peligro ni defendernos contra la muerte.

El medio de alcanzar fácilmente la ciencia de 24  la verdadera discreción es, pues, seguir siempre las huellas de los ancianos. No tengamos la pre­sunción de innovar nada ni remitirnos a nuestro propio criterio, sino sigamos siempre el camino que nos trazan sus enseñanzas y su vida santa. Esta sólida disciplina nos llevará a la perfecta discreción y nos pondrá también al abriga de to­das las emboscadas del enemigo.

Por lo demás, no hay vicio por donde le sea más fácil al demonio insinuarse en el monje y arrastrarle a la muerte que el desdén por los consejos de sus ancianos y la confianza en su propio juicio o en los puntos de vista personales.

Y ¡qué necedad! Todas las artes, todas las pro­fesiones inventadas por el genio humano, que, al fin y al’ cabo, sólo sirven para las comodidades de la existencia y quedan en el dominio de lo palpable y lo visible, reclaman necesariamente un maestro para ser bien conocidas. ¡Y esta dis­ciplina invisible y escondida, que puede única­mente captar un corazón verdaderamente puro, en la que el error no ocasiona desgracias tem­porales que puedan remediarse fácilmente, sino la pérdida del alma y la muerte eterna, esta dis­ciplina, repito, será la única en la cual podrá prescindirse de guía! ¡Qué locura!, repito. Por­que es preciso convencerse de ello: no son me­ros enemigos visibles los que nos hostilizan, sino invisibles, y, además, enemigos sin piedad. Es un combate que hay que librar sin tregua, no­che y día, y no ciertamente contra uno o dos adversarios, sino contra innumerables legiones; un combate, en fin, en que la suerte es tanto más temible cuanto más alevoso es el ataque y más encarnizada el rival. Por eso hemos de seguir con sumo empeño y cautela las huellas de los ancianos y darles a conocer los pensamientos que sobrevienen a nuestro corazón, descorriendo sin rebozo el velo con que la falsa vergüenza querría ocultarlos.

PELIGRO QUE SE CORRE POR FALTA DE COMPASIÓN

XII. GERMÁN. La causa principal que da pie a esta peligrosa vergüenza y nos mueve a man­tener ocultos nuestros malos pensamientos, pro­viene de hechos como esté que nos contaron. Ha­bía en Siria un monje que era reputado como el primero entre los demás ancianos. Habiendo ve­nido un hermano a confesarle con simplicidad los pensamientos que turbaban su corazón, más tar­de, en un momento de cólera, le dio en rostro con ellos, reprochándole ásperamente. La conse­cuencia es inevitable: ante tales ejemplos no po­demos menos de ocultar nuestros malos pensa­mientos y sonrojarnos al tener que descubrirlos a los ancianos. Pero, desde luego, con esto perde­mos una ocasión propicia para obtener el reme­dio seguro.

XIII.       MOISÉS.   Así como no todos los jóve­nes son igualmente fervorosos, sabios y de buenos costumbres, así tampoco en todos los ancia­nos se halla el mismo grado de perfección y la misma virtud consumada. Por esto, lo que cons­tituye su verdadera riqueza no son precisamente sus cabellos blancos, sino el celo que han des­plegado en su juventud y el merecimiento de sus virtudes y trabajos a lo largo de su mocedad. «Lo que no cosechaste en la juventud, ¿cómo lo hallarás en la vejez» 25 «La honrada vejez no es la de muchos años ni se mide por el número de días. La prudencia es la verdadera madurez del hombre, y la verdadera ancianidad es una vida inmaculada» ‘I.

No debemos seguir las huellas ni abrazar la doctrina y consejos de aquellos cuya única re­putación estriba en las canas y en los años que han vivido. Sí, en cambio, debemos guiarnos por aquellos que llevaron durante su juventud una vida irreprochable y digna de elogio y se for­maron no según sus propias luces y criterio, sino de acuerdo con las enseñanzas y doctrina de les mayores. Algunos, ¿qué digo?, muchos hay que envejecen en la tibieza y relajación que han contraído en su adolescencia, intentando gran­jearse autoridad no por  la madurez de su vida, sino por su edad avanzada. A éstos se endereza con razón el apóstrofe que lanza el Señor por boca del Profeta: «Los extraños devoran su fuerza sin que él se dé cuenta; ya tiene canas sin que él lo haya advertido» 27.

A estos tales, hay que repetirlo, lo que les in­duce a presentarse como dechado de los jóve­nes no es ni la probidad de su vida ni el celo por realizar su ideal monástico–que mueve de suyo a los demás a la imitación-, sino única­mente su longevidad. El artificioso enemigo se vale de su canicie para engañar a los novicios, presentándola como señal inequívoca de un pres­tigio que han adquirido con los años. Con su do­losa habilidad se apresura a proponer tales ejem­plos a aquellos que, a impulsos de una exigencia personal o invitados por sus hermanos, han em­prendido el camino de la perfección. Su doctri­na y su vida se convierten en sus manos en ins­trumento para arrastrar a estas pobres almas a una funesta tibieza o a una mortal desespera­ción.

Y ahora voy a probaros con un ejemplo lo que os estoy diciendo. Callaré el nombre, por no incurrir en el defecto de ese solitario de quien hablabais, que publicó las faltas de su hermano, tras habérselas manifestado en confidencia. Me limito, pues, al hecho que puede proporcionar­nos una lección oportuna.

Un anciano muy conocido mío acogió un día a un joven monje, y no de los menos fervorosos. Vino a él con el deseo de progresar en la vida  atormentado por el aguijón de la carne y del espíritu de fornicación. Creía encontrar en la plegaria del anciano un consuelo en sus trabajos y una medicina para sus llagas. Al oírle el viejo, prorrumpió en in­jurias y dicterios, diciéndole que era un infame y miserable, que era indigno de llevar el nombre de monje, y que nadie podía prestar oídos a los daños que acarreaba un vicio como aquél.

Estos reproches hirieron el corazón del joven y salió de la celda presa de la desesperación. Es­taba consternado y le embargaba una tristeza mortal. Por eso, abrumado por la aflicción, no pensó ya en curar su mal, sino en saciar la pa­sión que hervía en su interior. Iba absorto en este pensamiento, cuando he aquí que le salió al encuentro casualmente el abad Apolo[57] 28, el más consumado en santidad entre todos los ancianos.

En el decaimiento que aparecía en el semblan­te del joven, el abad adivinó su sufrimiento y el violento combate que se libraba en su alma. Le preguntó la causa de aquella turbación, insis­tiendo con blandura, pero el novicio no podía articular palabra. Apolo iba comprendiendo cada vez mejor. Imposible querer velar con el silencio lo que no podían disimular las facciones de su rostro. Multiplicó, pues, sus preguntas, porfian­do por saber el motivo de su congoja. Al fin, co­gido como en una red, el joven lo confesó todo. Puesto que, según el anciano a quien había con­sultado no podía ser monje, y era incapaz de refrenar los ardores de su carne y obtener reme­dio a su tentación, se disponía a tomar mujer. Abandonaría, por tanto, el monasterio y se vol­vería al mundo.

Apolo empezó entonces a consolarle dulcemen­te, con palabras llenas de benignidad. Díjole que a él, con ser viejo, le ocurría lo mismo; que tam­bién sentía aquellos incentivos y aquellas tem­pestades interiores. Que no era razón que él des­esperara, ni había de maravillarle la violencia de la tentación. Que no eran tanto nuestros es­fuerzos los que triunfaban sobre ella, cuanto la misericordia de Dios y su gracia. Pidió, pues, al joven solamente el plazo de un día y le dijo que regresara a su celda, mientras que él se di­rigía apresuradamente al monasterio del otro an­ciano.

Al acercarse Apolo a la celda de éste, se puso a rogar con lágrimas y con los brazos extendi­dos, diciendo: «¡Señor, tú solo consideras con tu mirada compasiva las fuerzas de cada uno y la debilidad de nuestra naturaleza. Tú solo eres el médico que sabes aplicar el remedio con mano invisible. Haz pasar la tentación de aquel joven al alma de este anciano, a fin de que si­quiera en su vejez aprenda a ser condescendiente con las debilidades de los afligidos y compartir la fragilidad de su juventud!»

Apenas había terminado esta oración con ge­midos, cuando vio a un horrible etíope de pie frente a la celda del otro monje, lanzando contra él dardos de fuego. Tan pronto como las sae­tas hicieron mella en el ánimo del viejo, salió éste precipitadamente de su celda y comenzó a correr en todas direcciones como un beodo o como si hubiese perdido el juicio. Entraba en la celda y volvía a salir de nuevo. Incapaz de per­manecer allí, anduvo vertiginosamente por el mis­mo camino que había seguido antes el joven.

El abad Apolo le vio como un hombre fuera de sí, presa del delirio. Comprendió que los dar­dos encendidos del demonio se habían clavado en su corazón: de ahí la ofuscación y el torbe­llino en que se revolvía su alma. Y acercándose a él, le dijo: «¿A dónde vas tan de prisa? ¿Pero es que te has olvidado de la gravedad que con­viene a tus años? ¿Qué es lo que te agita como un niño y te hace corretear de una a otra parte?»

Confuso por los remordimientos de concien­cia y por la vergonzosa pasión que le agitaba, decirse para si el infeliz que Apolo había adi­vinado la llama que abrasaba su corazón. Viendo descubierto su secreto, no osaba responder.

Entonces, Apolo le dice: «Vuélvete a tu cel­da, y siquiera en tu vejez convéncete de que el demonio, o no ha querido conocerte hasta aho­ra o no hacía ningún caso de ti. Ciertamente, no te había contado entre aquellos cuyos progresos y santos deseos le provocan a hacerles guerra con­tinua; ya que después de tantos años transcurri­dos en la profesión monástica no has sido capaz, ante el único dardo que te ha disparado el ene­migo, no digo ya de rechazarlo, pero ni siquie­ra diferir un solo día el rendirte a la tentación.

»El Señor ha permitido que fueras herida aho­ra, a fin de que, escarmentando no en cabeza aje­na, sino en la tuya propia, aprendieras por lo menos en tu avanzada edad a compadecerte de las debilidades ajenas y a condescender con la fragilidad de tus prójimos. Un joven monje se había acogido a tu amparo; un joven que se ha­llaba expuesto a los rudos asaltos del enemigo. Y, lejos de confortarle con palabras de consuelo, le has exasperado, entregándole en manos del adversario, sin impedir que fuera devorado por él. Sepas, sin embargo, que no le hubiera so­metido el enemigo a tan recia tentación, cual no la has experimentado tú hasta hoy, si no hubiera presentido con envidia sus futuros progresos, an­ticipándose en su camino para atajar los gérme­nes de virtud que adivinaba. Indudablemente, al emprender con tanta violencia la guerra contra él, le ha juzgado más fuerte que a ti.

»Aprende, pues, por propia experiencia a com­padecerte de los afligidos y a no rechazar a aque­llos que están en peligro. Guárdate de sumirles en la desesperación, y procura no confundirlos con la dureza de tus palabras. Al contrario, aplí­cate más bien a confortarles con palabras de dul­zura y consuelo. Así seguirás el consejo del sa­pientísimo Salomón de «librar a los que han sido arrastrados a la muerte y salvar a los que van a ser degollados» 29. A ejemplo de nuestro Sal­vador, no quebrarás la caña hendida y no apa­garás la mecha humeante» 8°. Pedirás al Señor aquella gracia can que puedas poner por obra y cantar con confianza y verdad: «El Señor me ha dado lengua de sabio, para saber sostener con mi palabra al abatido» “. Nadie podría evitar las asechanzas del enemigo ni extinguir los ardores de la carne, que hierven en nosotros como un fuego que nutre la misma naturaleza, si la gracia de Dios no viniera en ayuda de nuestra flaque­za, ofreciéndonos su amparo y su protección.

»Entre tanto, se han realizado los designios saludables que el Señor se proponía: él ha li­brado a este joven de una prueba terrible, y te ha procurado una lección a ti, al darte a conocer la violencia que a veces puede alcanzar la ten­tación y, consiguientemente, el deber que tene­mos de compadecernos de nuestros semejantes. Roguemos, pues, los dos juntos para que se digne poner fin a este azote que ha querido experimen­taras para tu bien, «pues El es el que hace la herida y quien la venda; quien hiere y cura con su mano 32; El, quien abate y ensalza, da la muerte y la vida, el que conduce al sepulcro y libra de él» 33. Que El se digne, con el suave rocío de su Espíritu, extinguir el fuego de esos dardos encendidos con los cuales ha permitido, escuchando mi oración, que te persiguiera Sa­tanás.»

Un solo ruego del anciano bastó para poner fin a la tentación. El Señor hizo cesar aquella prueba tan prontamente como la había permi­tido. El hecho no puede ser más elocuente. No sólo no debemos reprochar a los hermanos las faltas que nos descubren ni darles en rostro con sus flaquezas, pero ni siquiera debemos menos­preciar o tener en poco sus penas, por insignifi­cantes que sean. Cuidado, pues, con que la im­pericia o ligereza de uno solo o de algunos de éstos, cuyas canas sirven al enemigo para enga­ñar a los jóvenes, nos desvíe de la senda de la salvación o nos aparte de la enseñanza de nues­tros padres. Rasgando el velo con que la falsa vergüenza querría cubrirlos, manifestemos a nues­tros ancianos todos los secretos de nuestra alma, y vayamos con confianza a buscar en ellos el re­medio a nuestras heridas y el ejemplo de una vida santa. Y si nos resolvemos a no emprender cosa alguna por nuestro propio, juicio e inspiración personal, encontraremos en recompensa el mismo socorro y provecho que encontró este novicio cerca de su anciano.

EJEMPLOS DE SAMUEL Y DEL APÓSTOL PABLO XIV.

Dios se complace tanto en esta actitud de deferencia y respeto a los ancianos, que no en vano ha querido aleccionarnos sobre ella, en­cerrando de intento su enseñanza en las Sagra­das Escrituras.

Por un juicio de su Providencia escogió al jo­ven Samuel. Pero en lugar de instruirlo por si mismo y entablar directamente coloquio con él, hizo que recurriera una y dos veces al anciano Helí 34. Quiso que este niño a quien había lla­mado para vivir en su intimidad fuera formado por un hombre que le había ofendido, por la úni­ca razón de ser éste un anciano. Y tras haberle juzgado digno de una vocación tan alta, prefi­rió someterle a la dirección del sacerdote. Es decir, que la vocación de Samuel se la reservó Dios para sí; su formación, en cambio, quiso confiarla al sacerdote Helí. De este modo pro­baba la humildad de aquel a quien destinaba a un ministerio tan divino, y daba a la juventud en su persona un modelo de sumisión.

XV. También a San Pablo le llamó Cristo por sí mismo y le habló. Mas, pudiendo revelarle en el acto el camino de la perfección, prefirió encaminarlo a Ananías y le ordenó que apren­diera de sus labios la verdad: «Levántate y en­tra en la ciudad, y se te dirá lo que has de ha­cer; 35. Le confía; pues, también a un anciano, juzgando preferible que aprenda de su doctrina, antes que enseñarle El personalmente. Y ello para evitar que lo que hubiera sido justo en el Após­tol no fuera en el porvenir motivo de mal ejemplo para algunos. Pues podría fomentar su arro­gancia y pensar que no debían reconocer por maestro y doctor más que a Dios, sin necesi­dad de sujetarse a la enseñanza de los mayores.

El Apóstol nos muestra en sus cartas, no me­nos que con sus hechos y ejemplos, la repugnan­cia que debe inspirarnos semejante presunción. Y nos dice que subió a Jerusalén sólo con áni­mo de examinar y cotejar con sus hermanos y predecesores en el apostolado, en una especie de examen privado y fraternal, la doctrina del Evan­gelio que él anunciaba a los gentiles, y esto des­pués de verse asistido por la gracia del Espíri­tu Santo, que acompañaba su predicación con señales y prodigios. «Y yo les expuse—dice-el Evangelio que predico entre los gentiles…, por temor de correr o haber corrido en vano» 3°.

¿Quién será tan presuntuoso y ciego que ose fiarse de su solo juicio y parecer, cuando este es vaso de elección atestigua que tuvo necesidad de consultar con sus hermanos de apostolado? Tenemos aquí una prueba fehaciente de que el Señor no muestra a nadie directamente la senda de la perfección, si, teniendo ancianos que se la enseñen, menosprecia su doctrina y magisterio. Este tal no hace caso de aquella palabra de la Escritura que querría el Señor se observara con celo: «Pregunta a tu padre, y te enseñará; a tus ancianos, y te dirán» “.

HAY QUE TENDER A LA DISCRECIÓN

XVI. Hemos de procurar, pues, con empe­ño, adquirir el bien de la discreción, mediante la virtud de la humildad. Es la única que pue­de preservarnos de las extralimitaciones, tanto en el vicio como en la virtud, o, lo que es lo mismo, librarnos de las faltas, tanto por exceso como por defecto. No es nuevo el :proverbio: akrothtej isothtej -los excesos son iguales-. Dicho de otra manera: los extremos se tocan. El ayunar demasiado y el comer más de lo justo tie­nen, en definitiva, el mismo resultado y condu­cen a un misma fin. Las vigilias inmoderadas no son menos desastrosas para el monje que la pesadez de un sueño prolongado. Y es que las privaciones inmódicas debilitan al hombre hasta sumirle en un estado de total postración y apatía. He visto con frecuencia a algunos que, ha­biendo salido victoriosos ante las seducciones de la gula, cayeron fatalmente a consecuencia de ayunos desmedidos. Volvieron al vicio que ha­bían vencido de regalarse en demasía, al darse cuenta de la extrema debilidad a que les había reducido la abstinencia. Otros han caído por haberse entregado más de lo debido a las vigilias indiscretas, pasando noches enteras sin pegar los ojos, cuando el mismo sueño no había po­dido antes triunfar de su constancia.

Por tanto, según dice el Apóstol, «con las armas de la justicia a, diestra y a siniestra»[58] 38, guardemos las formas y actitudes razonables. Tomando por norma de vida la discreción, man­tengámonos siempre a igual distancia de ambos extremos, sin decantarnos a derecha ni a izquier­da. De modo que no abandonando por una parte la práctica de la abstinencia, establecida por nuestros Padres, no caigamos por otra, víctimas de una funesta relajación, en los vicios de la gula y la intemperancia.

XVII. De mí sé decir, que a menudo sentía tal inapetencia en la comida, que después de dos o tres días transcurridos sin probar alimento, apenas si me pasaba por la mientes el deseo de los manjares. También me acontecía tenerme el

enemigo desvelado y hacerme tan imposible el sueño, que me obligaba a implorar noche y día al Señor la gracia de algunos instantes de reposo. Ahora bien, he podido comprobar que esta re­pugnancia respecto al alimento y el sueño me exponía a un peligro mayor que el que me cau­saban los asaltos de la pereza y de la gula.

Y así, por un lado, hemos de precavernos para no resbalar por la pendiente de una apetencia voluptuosa en la comida hasta dar en una rela­jación que podría ser fatal, ni anticipar la hora fijada, ni abandonarnos al placer de los man­jares extralimitándonos en ellos. Pero conviene, por otro, tornar el alimento y sueño debidos al tiempo establecido, cualquiera que sea la repug­nancia que sintamos. No olvidemos que uno y otro extremo son tentaciones del enemigo. Pero la caída suele ser más grave por un ayuno inmo­derada que por un apetito satisfecho. Porque con éste se puede llevar, con la ayuda de la com­punción, una vida moderadamente austera; con el otro, es imposible.

SOBRE LA ABSTINENCIA Y TASA DE LA COMIDA

XVIII. GERMÁN. ¿Cuál es, pues, el justo medio en punto a abstinencia? ¿Qué proporción debemos guardar para mantenernos a igual dis­tancia de ambos extremos, evitando así el peli­gro que nos amenaza ante esos dos escollos?

XIX. MOISÉS. Sé que este punto fué con frecuencia objeto de discusión entre nuestros ma­yores. Después de haber considerado la práctica de algunos solitarios, que se sustentaban sólo con legumbres, hortalizas o fruta, prefirieron susti­tuir esto por el uso del pan a solas. En conse­cuencia, determinaron que la medida prudencial que podía guardarse era la de dos panecillos, que juntos pesaban sobre una libra, aproximada­mente.

XX. Acogimos con una sonrisa irónica esta solución y respondimos que no juzgábamos aque­lla abstinencia muy rigurosa, toda vez que nos­otros mismos no podíamos consumir tal canti­dad [59]36.

XXI. MOISÉS. Si queréis probar el rigor de esta costumbre, observadla constantemente. No añadáis los domingos y los sábados ningún man­jar cocido, ni siquiera con ocasión de la visita de un huésped. Porque si el monje se permite estas mitigaciones, no sólo podrá contentarse con menos de los dos panecillos, sino que le será fácil diferir la refección sin la menor fatiga, por tener más que suficiente con los aditamentos que se han tomada En cambio, no podrá hacer tal cosa ni dejar de permanecer dos días sin comer esa cantidad de pan, si se atiene a la ración indicada.

Recuerdo que a nuestros antepasados-y l a propio nos ha sucedido a nosotros más de una vez-les era tan difícil observar esta prescripción y no exceder aquella medida frugal, que ; tenían que hacerse gran violencia para ello, no levantándose de la mesa sino con disgusto, y sintiendo amargura y pesar.

NORMA DE LA ABSTINENCIA Y COMIDA EN GENERAL

XXII. En línea general, el criterio que hay que seguir respecto a la abstinencia consiste en concederse, según las fuerzas, la edad y comple­xión física de cada cual, el alimento necesario para sustentar el cuerpo, no lo que desea el ape­tito para llegar hasta la saciedad.

Porque igual perjuicio-y no pequeño encontrará en uno y otro exceso el monje que, viviendo  con arreglo a un régimen caprichoso y desigual, unas veces ayuna con extremo rigor y otra abusa j de los manjares. El espíritu, abatido por falta; de sustento, pierde su vigor y se mantiene con l languidez en la oración, pues la excesiva fatiga condena al cuerpo a la somnolencia. Por otra  parte, la hartura de los manjares le agrava y le hace imposible elevarse a Dios esponjándose en puras y tiernas plegarias. Tampoco podrá guardarse intacta la pureza y la castidad, ya que precisamente en los días en que la carne parecerá más extenuada por el ayuno, la intem­perancia de la víspera dará materia a la tenta­ción; atizando el fuego de la concupiscencia.

XXIII. Lo que se ha acumulado una vez en el organismo por la abundancia de alimen­tos se despide necesariamente a su tiempo. Es la misma ley de la naturaleza quien lo exige, pues no sufre se mantenga la exuberancia de humores superfluos por ser contraproducentes. De ahí la necesidad de guardar siempre, en punto a alimentos, una medida razonable y discreta. Pues si, permaneciendo en esta carne nos es im­posible inhibirnos del todo de esta necesidad na­tural y evitar tales ilusiones entre sueños, por lo menos que no sobrevengan en el curso del año sino muy raramente. Conviene, además, que esto se produzca sin ninguna anomalía, dentro de un sueño tranquilo, y no sea provocado por lúbricas imaginaciones. Sería indicio de oculta pasión des­ordenada.

Nuestros Padres lo sabían. Por eso aprobaron por decisión unánime este régimen de vida, adoptando la medida y uniformidad de que habla­mos. Una comida al día consistente en sólo pan, no sacia el hambre del todo. Al propio tiempo el apetito sazona la refección. Por este media. el alma y el cuerpo, permaneciendo constante­mente en la misma disposición, ni se sienten abatidos por el ayuno indiscreto ni cargados por la demasiada comida. La jornada queda así en­vuelta en una atmósfera tal de frugalidad, que al llegar a la noche no percibe el monje la pe­sadez ni se acuerda siquiera de lo que ha co­mido al mediodía.

XXIV. Es tan cierto que esta norma cons­tante en la comida lleva consigo su dosis de mortificación, que los monjes que no se propo­nen seriamente la perfecta sobriedad, prefieren prolongar su ayuno y reservarse la ración coti­diana para el día siguiente. Llegada la hora de la refección, prescindiendo de la medida fijada, puedes comer y saciarse a su gusto

Tal fue no hace mucho, como sabéis, la prác­tica obstinada de vuestro compatriota Benjamín. Para sustraerse a esta penitencia diaria y eludir una sobriedad continua, prefería ayunar dos días consecutivos, a trueque de satisfacer después, me­diante la doble ración, su glotonería. Los cuatro panes que se había reservado le ofrecían ocasión de contentar sus deseos y saciar el hambre a placer. De esta suerte compensaba el ayuno de la víspera comiendo luego a sus anchas, y se resarcía con creces de la abstinencia pasada. Guiándose por esta obstinación y pertinacia, qui­so vivir a su talante antes que someterse a los usos de nuestros mayores.

Ya sabéis el fin que tuvo yendo por este ca­mino, y cómo abandonó el desierto para correr tras la huera filosofía de este mundo y la va­nidad del siglo. Valga este ejemplo para probar la bondad de esa regla establecida por los an­cianos. Y que nos enseñe a todos que aquel que obedece a su inspiración personal y fía demasiado en su propio juicio no podrá alcanzar las cimas de la perfección. Más, es imposible que no su­cumba a las peligrosas ilusiones que urde el de­monio por doquier.

DEL MODO COMO PUEDE GUARDARSE SIEMPRE LA MISMA MEDIDA

XXV. GERMÁN. ¿Y cuál es el medio de guardar constantemente esta uniformidad que dices? Porque a veces es preciso quebrantar el ayuno[60]40 a la hora de nona para obsequiar a los huéspedes que llegan. En cuyo caso es forzoso, para agasajarles, añadir algo a esa cantidad de pan establecida. De lo contrario, nos vemos obli­gados a faltar al deber de la hospitalidad, que nos obliga a todos por igual.

XXVI. MOISÉS. Conviene observar con la misma solicitud uno y otro precepto: abstinencia y hospitalidad. Por un lado, debemos guardar escrupulosamente la discreción en el comer, por amor a la pureza y a la templanza. Por otro, hay que llenar con caridad los deberes de cor­tesía respecto a los hermanos que nos visitan.

Porque sería a todas luces un absurdo que, recibiendo a un huésped, o mejor dicho, a Cristo, que es a quien recibimos en la persona del hués­ped, no participáramos en su comida y le dejára­mos sólo en la mesa.

Pero he aquí un procedimiento fácil, por el que podremos satisfacer cumplidamente con am­bas exigencias escapando a toda censura. A la hora nona no comamos más que uno de los panes que nos permite la regla, reservando el otro para la tarde, con miras a la visita que podamos reci­bir. Si llega, en efecto, algún hermano, comamos en su compañía esta única porción, sin necesi­dad de añadir nada a nuestra refección acos­tumbrada. Si así lo hacemos, no nos dará pena la llegada de un huésped, que siempre debe cons­tituir para nosotros un acontecimiento grato. Así habremos cumplido con los deberes ineludibles de la urbanidad sin faltar un ápice al rigor de nuestro ayuno. Caso de que no tengamos que re­cibir ninguna visita, podemos todavía comer con entera libertad el panecillo a que nos da derecho la misma regla. Como habremos tomado ya uno a la hora nona, nuestro estómago no se sentirá insatisfecho al comer el único que nos queda. Esto nos evitará el inconveniente que experimen­tan habitualmente aquellos que, a título de mayor abstinencia, difieren hasta la noche tomar toda la comida. Esta especie de sobrealimen­tación que acaban de permitirse les arrebata la libertad de espíritu y esa agilidad interior que es tan necesaria para recitar las plegarias vespertinas y nocturnas.

En orden a esto, se dispuso ya antiguamente la hora de nona[61] ” como la mas a propósito para la refección. En verdad, ofrece no pocas ventajas. Porque, sobre sentirse el espíritu más libre y la cabeza despejada para las vigilias nocturnas, nos hallamos ya perfectamente dispuestos para cele­brar el oficio de Vísperas, pues se ha hecho ya la digestión.

***

Tales son los manjares exquisitos con que, por decirlo así, nos regaló Moisés al darnos estas dos conferencias. En la segunda nos había reve­lado con elocuencia fácil la hermosura y pres­tancia de la discreción. En la primera había pues­to de relieve el verdadero carácter de nuestra renuncia, la meta y fin de la vida monástica. Lo que antes perseguíamos a ciegas, casi sin sa­berlo, a impulsos sólo del fervor y del celo que nos animaba, nos lo había hecho ver ahora más claro que la luz. Caíamos en la cuenta de que había­mos corrido hasta entonces a la ventura, un tanto apartados de la verdadera dirección, lejos de la pureza de corazón. Y este sentimiento se avivaba aún más en nosotros cuando pensábamos que las mismas artes y ciencias humanas, por mate­riales que sean, exigen siempre un blanco preciso, y que no se las posee perfectamente sino a con­dición de apuntar con decisión constante al obje­tivo que conduce a ellas.

III

CONFERENCIA DEL ABAD PAFNUCIO

DE LAS TRES RENUNCIAS

Capítulos: I. De la vida y costumbre del abad Paf­nucio.-II. Discurso del anciano, y nuestra res­puesta.-III. Proposición del abad Pafnucio: de tres géneros de vocación y de otras tantas renun­cias.-IV. Se exponen los tres géneros de voca­ción.-V. Que de nada aprovecha al perezoso la vocación relevante, y que la menos noble no es obstáculo para el alma de temple.-VI. Las tres renuncias.-VII. Cómo es necesario practicar a la perfección estas tres renuncias.-VIII. De las ri­quezas que constituyen la verdadera belleza o feal­dad del alma.-IX. De tres géneros de riqueza.­X. Que el primer grado de renuncia no basta para llegar a la perfección.-XI. Pregunta sobre la gra­cia de Dios y el libre albedrío del hombre, XII. Que la economía de la gracia no excluye la libertad.-XIII. Que debemos a Dios el poder se­guir nuestro recto camino.-XIV. Que la ciencia de la ley se nos da merced al magisterio e ilumi­nación de Dios.-XV. Que tanto la inteligencia por la que conocemos los mandamientos de Dios, como los efectos de una buena voluntad son dádivas del Señor.-XVI. Que la misma fe constituye un don de Dios,XVII. Que Dios modera la violencia de la tentación y da la fuerza para soportarla.­XVIII. Que la perseverancia en el temor de Dios es también gracia suya.-XIX. Que la buena volun­tad procede de Dios y se consuma en El.-XX. Na­da de este mundo se hace. sin el beneplácito divino. XXI. Objeción a que da lugar la fuerza de nuestro libre albedrío.-XXII. Que nuestra libertad nece­sita de continuo del auxilio de Dios.

VIDA Y COSTUMBRES DEL ABAD PAFNUCIO

1. Entre esta pléyade de santos, que eran como astros resplandecientes que iluminaban en­tonces la noche de este mundo, vimos brillar al bienaventurado Pafnucio[62]1 con el resplandor de una ciencia singular, semejante a la claridad de una luz deslumbradora.

Era el sacerdote de nuestra comunidad mo­nástica, en el desierto de Escete. Vivió allí hasta una edad muy avanzada, y no quiso mudar jamás de celda. Había empezado a ocuparla desde jo­ven y se hallaba a cinco millas de la iglesia. Otra más cercana le hubiera ahorrado, a sus años, la fatiga de un camino tan largo los sábados y do­mingos. El lunes, cuando volvía, no tomaba con las manos vacías, pues le veíamos cargar sobre sus hombros, llevándola hasta la celda, el agua que debía beber durante la semana. Con haber rebasado ya la edad de noventa años, jamás quiso consentir que alguno de los hermanos jóvenes le relevara de esta tarea.

En su adolescencia había tomado tan a pechos la vida cenobítica, que una breve estancia en el monasterio le bastó para enriquecerse del espíri­tu de sumisión y adquirir la ciencia de la virtud. Mortificando los movimientos de su corazón con la humildad y la obediencia, supo subyugar los vicios y perfeccionarse en todas las virtudes que se practican en los monasterios, según la doctri­na de los más antiguos Padres. Entonces se sin­tió movido a mayor perfección, deseando inter­narse en lo más escondido del desierto. Viviendo en comunidad entre sus hermanos, sentía una sed insaciable de unirse a Dios inseparablemente, sin que nadie pudiera distraerle.

El yermo y su soledad le llamaban. Y corrió a él a fin de encontrar más fácilmente la unión divina, lejos del consorcio humano que pudiera impedírselo. Aun allí, su admirable fervor fue superior a las mismas virtudes de los anacoretas. Con todas sus fuerzas se entregaba incesantemen­te a la contemplación divina, huyendo de las miradas de los hombres y buscando los lugares más solitarios e inaccesibles. Permanecía escon­dido días enteros, de suerte que rarísimas veces se hacía encontradizo a los mismos anacoretas. Creíase que gozaba diariamente de la compañía de los ángeles, y a causa de su amor al retiro, se le había denominado Búbalo[63] 2, es decir, el buey salvaje.

TI. Deseosos nosotros de instruirnos con un maestro semejante, y aguijoneados por este pen­samiento, llegamos a su celda al caer de la tarde. Al principio permaneció unos instantes en silen­cio. Luego empezó a hablar con elogio de nues­tro propósito, pues habiendo abandonado nuestra patria-decía él-, atravesando por amor de Dios tantas provincias, nos disponíamos con tan buen ánimo a soportar la pobreza del desierto y su inmensa soledad y a imitar la dura vida de los anacoretas. Esta-agregó-, incluso a aquellos que han nacido y se han educado en la estrechez e indigencia que aquí se vive, les cuesta trabajo soportarla.

Le respondimos que nuestro propósito, al venir en busca de su doctrina y magisterio, era pene­trarnos de las enseñanzas de un hombre tan no­table, e imbuirnos de su ejemplo y perfección, pues nos constaba por un sinnúmero de pruebas que las poseía. Que no era nuestro deseo oír elogios infundados de nosotros mismos. Ni era razón que sus palabras despertaran en nosotros brotes de vanidad. Bastante había con que el enemigo tratara de alimentar con sus sugestiones esa vanidad, incluso en nuestras mismas celdas. En fin, que lo que necesitábamos eran palabras que nos inspirasen sentimientos de humildad y compunción, no que diesen en nosotros pábulo a la vana complacencia.

DE TRES GÉNEROS DE VOCACIÓN

III. Entonces dijo el santo abad Pafnucio: Hay tres géneros de vocación y hay asimismo tres modos de renuncia. Las tres son necesarias al monje, sea cual fuere el rango de su vocación.

En primer lugar, digo, hay tres géneros de llamamiento. Uno, cuando nos llama Dios di­rectamente; otro, cuando nos llama por medio de los hombres, y el tercero, cuando lo hace por medio de la necesidad. Examinemos esto con de­tención.

Si reconocemos que fuimos llamados directa­mente por El a su culto, tendremos que ordenar toda nuestra vida de modo que esté en conso­nancia con la alteza de esa vocación. Porque de nada servirían los bellos comienzos si el fin no respondiera a los principios.

Supongamos, en cambio, que Dios nos ha segregado del mundo por una vocación de ran­go más humilde, llamados par los hombres o por la necesidad. En tal caso, cuanto menos glorio­sos sean los comienzos con que inauguramos la vida monástica, tanto más deberemos avivar nues­tro fervor para consolidarnos en ella y tener un buen fin en nuestra carrera.

Por lo que atañe a las tres renuncias, conviene que las conozcamos también a fondo. La per­fección nos sería en un todo inaccesible, si igno­rásemos la índole de esas renuncias, o si, cono­ciéndolas, no intentáramos en realidad ponerlas por obra.

IV. Para poner en claro estos tres modos de vocación y sus notas distintivas, repitamos que el primero es de Dios, el segundo se produce por intermediaria humano y el tercero es hijo de la necesidad.

La vocación viene directamente de Dios, siem­pre que envía a nuestro corazón alguna inspi­ración. Esta nos sorprende a veces sumidos como en un profundo sueño. Nos sacude, despierta en nosotros el desea de la vida y de la salvación eternas, y nos empuja, merced a la compunción saludable que origina en el alma, a seguirla, manteniéndonos adheridos a sus preceptos. Así leemos en las Sagradas Escrituras que Abraham fue llamado por la voz divina lejos de su patria natal, de sus deudos y de la casa de su padre: «Sal de tu tierra, le dice el Señor, y de tu pa­rentela, y de la casa de tu padre» [64]

Sabemos que tal fue la vocación del bienaven­turado Antonio. Sólo a Dios era deudor de su conversión. Pues habiendo entrado un día en el templo, oyó estas palabras del Señor en el Evan­gelio: «Aquel que no aborrece a su padre, a su madre, a sus hijos, a su mujer, sus campos y su propia vida, éste tal no puede ser mi discí­pulo»[65] `. Y: «Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» s. Le pareció como si este consejo fuera dirigido per­sonalmente a él. Penetrado de este sentimiento, abrazó el consejo con gran compunción de cora­zón, e inmediatamente renunció a todo y se fue en pos de Cristo. Como se ve, ningún consejo, ninguna enseñanza humana tuvo el menor influjo en su decisión, sino sólo la palabra divina oída en el Evangelio.

La segunda clase de vocación es aquella en que, según hemos dicho, media la intervención de los hombres. En tal caso nos sentimos mo­vidos por las exhortaciones y ejemplos de los santos, y se enciende en nosotros el deseo de sal­vación. De esta manera me acuerdo haber sido yo llamado, por gracia del Señor. Movido por los consejos del santo abad Antonio y vivamente impresionado por sus virtudes, me incliné a se­guir este estilo de vida consagrándome a la profesión monástica. De este modo, como nos dice la Escritura, libró Dios a los hijos de Israel de la cautividad de Egipto, por ministerio de Moisés[66] 6.

El tercer género de vocación nace de la ne­cesidad. Sucede cuando, cautivos en las riquezas y en los placeres de este mundo, sobreviene de pronto la tentación y se cierne sobre nosotros. Unas veces será cuando nos amenaza el peligro de muerte, otras cuando la pérdida de los bienes o la proscripción asesta un duro golpe a nuestra existencia, y otras cuando nos atenaza el dolor de ver morir a los que amamos. Entonces la desgracia nos obliga, tal vez a pesar nuestro, a echarnos en los brazos de Aquel a quien no qui­simos seguir en la prosperidad.

De esta vocación que motiva la necesidad, en­contramos también frecuentes ejemplos en la Escritura. Así, cuando el Señor entregaba en manos de sus enemigos en castigo de sus pecados a los hijos de Israel, bajo la cautividad y cruel tiranía que los oprimía, se volvían clamando ha­cia Dios. «Y el Señor-se nos dice- les suscitó un libertador, llamado Aod, hijo de Guera, hijo de la tribu de Benjamín, el cual era zurdo»[67]7. Y de nuevo-afirma-«clamaron al Señor, quien les suscitó un salvador que los libertó; a saber, Otoniel, hijo de Quenaz, el hermano menor de Caleb» 8. He aquí las palabras de los salmos que hacen alusión a casos semejantes: «Cuando los hería de muerte, le buscaban, se convertían y se volvían a Dios. Y se acordaban que era Dios su amparo, y el Dios altísimo, su Reden­tor»9. Y también: «Y clamaron al Señor en sus peligros, y los libró de sus angustias» lo.

V. De estas tres vocaciones, las dos primeras parecen fundarse en un principio y origen más noble. No obstante, hemos visto a algunos que, partiendo de ese tercer llamamiento-que es en apariencia de menos estima y propio de los ti­bios–, se mostraron perfectos y excitaron nues­tra admiración por su fervor y gran espíritu. Incluso llegaron a equipararse a aquellos que, ha­biendo tenido mejores principios en su vocación, perseveraron en este fervor lo restante de su vida. Muchos, al contrario, después de haber sido fa­vorecidos por más alto llamamiento, se enfria­ron poco a poco bajo la desidia y la tibieza y tuvieron un fin desgraciado. Así como a los pri­meros, convertidos por la necesidad más que por propia iniciativa, no perdieron nada, pues vemos que el Señor, en su bondad, les dió igualmente ocasión de arrepentirse, así también de nada les sirvió a los segundos el haber tenido tan hermosos comienzos, por no haber conformado con ellos. el resto de su vida.

Nada faltó al abad Moisés, que vivió en este desierto, en la zona llamada Cálamo, para ser un gran santo. Bien es verdad que por el temor de la pena de muerte, a que había sido condenado por homicidio, se refugió en el monasterio. Pero supo sacar provecho de esta conversión forzosa, convirtiéndola con su entusiasmo en una do­nación voluntaria, que le llevó a las más altas cumbres de la perfección. ¡Cuántos, al contrario, cuyo nombre no puedo aducir aquí, no han apro­vechado en la santidad, a pesar de haber tenido comienzos más honrosos en el servicio de Dios! Una vida anquilosada en la tibieza fue suplan­tando las buenas disposiciones, y les vimos caer en una indiferencia fatal hasta precipitarse en el abismo de la muerte.

Cosa pareja vemos que aconteció en la vo­cación de los apóstoles. ¿De qué le sirvió a Judas el haber abrazado voluntariamente aquella subli­me dignidad, al igual que Pedro y los demás discípulos? Porque, dando a tan esclarecidos principios un fin abominable, se entregó a la pasión de la avaricia [68]11 y llegó hasta la traición de su Maestro, perpetrando el más cruel de los parricidios.

Y he aquí a San Pablo. Cegado súbitamente por el Señor, es como arrastrado a su pesar al camino de salvación. ¿Dónde está aquí la des­ventaja? Sigue desde luego al Señor con un amor y una fe insobornables. Y trocando la coacción primera por un sacrificio libre y espontáneo de sí mismo, corona con un fin incomparable una vida gloriosa, cuajada de ejemplos de virtud.

Todo estriba, pues, en el fin. Es posible que después de haber uno comenzado su conversión de la manera más laudable, descienda por su negligencia al más bajo nivel de vida. Y no es menos posible que, arrastrado a la vida monástica acuciado por la necesidad, vaya elevándose, mer­ced al temor de Dios y a un celo santo, hasta la perfección.

LAS TRES RENUNCIAS

VI. Hablemos ahora de las tres renuncias. La tradición unánime de los Padres se junta a la autoridad de las Escrituras para mostrar que son tres, en efecto. Debemos trabajar con ahínco en ponerlas por obra.

La primera consiste en despreciar todas las ri­quezas y bienes de este mundo. Por la’ segunda, renunciamos a nuestra vida pasada, a nuestros vicios y a nuestras afecciones del espíritu y de la carne. La tercera tiene por objeto apartar nuestra mente de las cosas presentes y visibles,

para contemplar únicamente las cosas futuras y no desear más que las invisibles. Que es menes­ter cumplir con las tres, es el mandamiento que el Señor hizo ya a Abraham, cuando le dijo: «Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre»[69] “­

«Sal de tu patria», es decir, de los bienes de este mundo y de las riquezas de esta tierra. «Abandona a tu parentela», esto es, la vida y las costumbres dé antaño, tan estrechamente uni­das a nosotros desde nuestro nacimiento, que hemos contraído con ellas como una especie de afinidad y parentesco natural, cual si fuera nues­tra propia sangre. «Aléjate de la casa de tu pa­dre», o sea, aparta tus ojos del recuerdo del mundo presente.

Tenemos, efectivamente, dos padres: uno que es necesario abandonar; otro, que es preciso se­guir. David los señala a ambos en un mismo pasaje de los salmos, cuando pone en labios de Dios aquellas palabras: «Oye, hija, considera y presta atento oído. Olvídate de tu pueblo y de la casa de tu padre» 13.Al decir Dios al alma: «Escucha, hija mía», supone que su Majestad es su padre. Y, por otra parte, afirma que es también su padre aquel cuya casa y pueblo debe echarse en olvido.

Este olvido tiene lugar cuando, muertos con Cristo a los elementos de este mundo, no con­templamos ya, según la palabra del Apóstol, «las cosas visibles, sino las invisibles; pues las visi­bles son temporales, las invisibles, eternas» [70]14. Se realiza asimismo cuando, renunciando de co­razón a esta morada temporal y visible, diri­gimos la mirada del alma hacia aquélla, donde habitaremos eternamente.

Este estado será el nuestro desde el momento en que, a pesar de vivir en la carne, no obrare­mos ya según la carne, pues empezaremos a mi­litar en las filas del Señor. Entonces podremos con toda verdad realizar aquella palabra de San Pablo: «Somos ya ciudadanos del cielo», 15.

***

A estas tres renuncias corresponden exacta­mente los tres libros de Salomón. A la primera convienen los Proverbios, que nos enseñan a des­echar los bienes terrenos y los vicios de la carne. A la segunda, el Eclesiastés, donde se afirma que todo cuanto se hace en el haz de la tierra es vanidad. A la tercera, el Cántico de los Cánti­cos, en el cual el alma, trascendiendo las cosas visibles, se une ya, por la contemplación de las celestiales, al Verbo de Dios.

VII.  Mal podríamos hacer la primera renuncia, aunque fuera con una fe a toda prueba, si no pusiéramos por obra la segunda con igual ardor e intensidad. El cumplimiento de ésta nos dará la posibilidad de llevar a cabo la tercera.

Esta tercera consiste, como he dicho, en aban­donar la morada de nuestro primer padre-nues­tro padre lo fue, como sabemos, según el hom­bre viejo, desde nuestro nacimiento, cuando «éramos por naturaleza hijos de ira, como el resto de los hombres» [71]16°.Entonces, despojados de este afecto, nuestra mirada se concentrará únicamente en el cielo.

De este padre habla Dios a Jerusalén, que ha­bía despreciado a su verdadero Padre celestial: «Tu padre es un amorreo y tu madre una je­tea» 17.Y también en el Evangelio: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» 1g.

Dejando, pues, a ese primer padre, y salvan­do la distancia de las realidades visibles a las invisibles, podremos decir con el Apóstol: «Sa­bemos que si la tienda de nuestra mansión te­rrena se deshace, tenemos de Dios una sólida casa, no hecha por mano de hombres, eterna en los cielos» 19. Y lo que poco ha hemos citado: «Somos ciudadanos del cielo, de donde espera­mos al Salvador y Señor Jesucristo, que refor­mará el cuerpo de nuestra vileza conforme a su cuerpo glorioso»[72] 2°. Y todavía estas palabras de David: «Soy peregrino en la tierra, un advene­dizo, como todos mis padres» 21. Para que sea­mos semejantes a aquellos de quienes el Señor, en el Evangelio, dice a su Padre: «Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo» 22. Y otra vez a sus mismos apóstoles: «Si fuéseis del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, sino que yo os escogí del mundo, por esto el mundo os aborrece» 2 3.

Cuando no quede ya en nuestra alma vestigio alguno de esa especie de crasitud propia de la vida animal con que se sentía agravada, merece­remos llegar realmente a la perfección de esta tercera renuncia. Es señal entonces de que una mano hábil ha desbastado y limado en ella todas las disposiciones y afectos terrenos.

Por los demás, la meditación constante de las cosas de Dios y el ejercicio de la contemplación la fijan de tal manera en la esfera de lo invisible, que, atenta sólo a las realidades celestiales e in­corpóreas, olvida el efímero ropaje de su carne frágil y no tiene ya conciencia del lugar que ocu­pa su cuerpo en el espacio. Siguen ahora arroba­mientos y transportes inefables. El oído perma­nece insensible a la voz de lo que ocurre en  torno. Ni la imagen fugaz de los que pasan y discurren ante ella solicitan siquiera su aten­ción. ¿Qué digo? Junto a ella, frente a ella, se levantan los mismos objetos y aun masas im­ponentes, sin que pueda percatarse de ello con los ojos de la carne.

La verdad y grandeza de estas sublimidades sólo podrá captarlas quien tenga experiencia de ello. A este tal el Señor le ha apartado los ojos del corazón de todas las cosas de la tierra. Tan­to es así que las juzga no sólo perecederas, sino como carentes de existencia, desvanecidas en la nada como vana humareda. Íntimamente unido a Dios, al igual que Enoc, vive abstraído de la vida y ajeno a cuanto le rodea. Sólo media una diferencia: que en el personaje bíblico la elevación fue también física, como nos lo enseña el pasaje del Génesis: «Y anduvo Enoc en la presencia de Dios, y había desaparecido; no se le encontraba, porque se lo llevó Dios»[73] 2′. Y el Apóstol dice a su vez: «Por la fe fue trasladado Enoc, sin pasar por la muerte» 25. Esta muerte de la cual el Señor dice en el Evangelio: «Quien vive y cree en mí, no morirá eternamente» 2°.

Apresurémonos, pues, si queremos alcanzar la verdadera perfección, a abandonar de veras -como lo hemos hecho físicamente-a los padres, la patria, las riquezas y los deleites de este mundo. Y no se nos ocurra desandar después el ca­mino, ambicionando de nuevo lo que hemos de­jado, como hicieron otrora los hebreos. Moisés les había sacado de Egipto. Y ellos retrocedieron, no materialmente, es cierto, pero sí con el cora­zón. Dios les había librado de la esclavitud prodigando para ello sus signos y prodigios, y en retorno le abandonaron para adorar otra vez los ídolos egipcios que habían despreciado. Así se expresa la Escritura: «Y con sus corazones se volvieron a Egipto, diciendo a Aarón: haznos dioses que vayan delante de nosotros»[74] 2r. Tam­bién nosotros nos haríamos reos de la misma con­denación que Dios fulminó contra ellos cuando, después de haber gustado el maná, deploraron la falta de aquellos viles manjares, cayendo en los repugnantes vicios a que allí se habían aban­donado. Y nos haríamos asimismo solidarios de su murmuración: «Mejor ciertamente nos iba cuando estábamos en Egipto, cuando nos sentába­mos junto a las ollas de carne, y comíamos ce­bollas, ajos, cohombros y melones» 28.

Aunque todo esto sucedió en figura en aquel pueblo, no obstante, vemos que la realidad se cumple a diario en nuestra vida y profesión. Cualquiera que, habiendo renunciado al mundo, vuelve a sus gustos y tendencias pasadas, yendo otra vez en pos de sus deseos y apetitos, repite tácitamente con sus obras y sus pensamientos lo que dijeron entonces los israelitas: «Mucha mejor me iba a mí en Egipto». Me temo que los monjes de tal laya no sean menos en número que aquella multitud que prevaricó en tiempo de Moisés. Porque de los seiscientos tres mil hom­bres que se contaron, dispuestos a tomar las ar­mas, al salir de Egipto [75]29, sólo dos entraron en la tierra prometida I’. Razón por la cual debe­mos apresurarnos a seguir los ejemplos de virtud del pequeño número, de esa minoría escogida que sobresale entre los leales. El mismo Evan­gelio sintoniza también con esa figura de que hablábamos del pueblo judío, al decir que «mu­chos son los llamados y pocos los escogidos» 31.

De nada, pues, nos servirá una renuncia cor­poral y local. Significaría tanto como salir de Egipto tan sólo exteriormente. Es preciso aso­ciar la renuncia del corazón, que es la más ele­vada de las dos, y ciertamente la más útil y esencial. He aquí lo que opina de la primera el Apóstol: «Si repartiere toda mi hacienda para sustento de los pobres y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprove­cha» 32. El santo Apóstol no hubiera hablado así, de no haber presentido en espíritu que mu­chos, después de haber distribuido a los pobres  todos sus bienes, serían impotentes para esca­lar las arduas cimas de la perfección evangélica y de la caridad. Sabía que se dejarían sobornar por la soberbia y la impaciencia, y mantendrían en su corazón, sin afán de purificarse, los vicios y costumbres inmortificadas contraídos en su vida primera. Estas cosas constituyen un grave obs­táculo que les impide arribar, a aquella caridad que permanece para siempre. Ahora bien, si so­mos incapaces de llevar a cabo la segunda renun­cia, más difícil nos será practicar la tercera, que es muy superior a aquélla.

Considerad asimismo el hecho de que el Após­tol no ha dicho simplemente: «Si repartiere mi hacienda». Podría creerse en este caso que ha­bla de aquellos que, no cumpliendo el precepto evangélico, se reservan una parte de su fortuna, como hacen algunos tibios. Pero dice: «Si repar­tiere todos mis bienes para sustento de los po­bres», es decir, aunque renunciara perfectamente a los bienes de la tierra. A esta renuncia total añade otra de más quilates, al decir: «Aunque yo entregare mi cuerpo a las llamas, no teniendo caridad, nada me aprovecha.» Como si dijera: «Aunque distribuyera todos mis bienes para sus­tentar a los pobres»-según el precepto del Evan­gelio que dice: «Si quieres ser perfecto, ve, ven­de cuanto tienes, dalo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos»[76] “-hasta no reservarme

nada de ellos, todo eso es inútil sin la caridad. Y si a esta liberalidad añadiera yo el martirio de fuego, dando mi vida por Cristo; pero sigo siendo impaciente, irascible, envidioso o sober­bio; o si la injuria me indigna y hace montar en cólera; si busco mi interés, si soy mal intencio­nado o peor sufrido; la renuncia y el martirio del hombre exterior no me reportarán ventaja alguna, porque el hombre interior quedará aún cautivo en los vicios pasados. En vano habré des­preciado-movido por los primeros fervores de mi conversación-los bienes inocentes de este mundo que de suyo ni son buenos ni malos, sino indiferentes, si no he despreciado al mismo tiempo las riquezas de un corazón vicioso, que de por sí son malas. Por eso no llegaré nunca a aquella divina caridad, que es paciente y benigna, que no es envidiosa ni arrogante, que no se irrita, ni es descortés ni interesada, que no piensa mal; antes bien, todo lo sufre, todo lo tolera [77]34, que, en fin, no permite que los que la buscan fiel­mente sean suplantados por la astucia del pe­cado.

EL PRIMER GRADO DE RENUNCIA NO BASTA PARA LLEGAR A LA PERFECCIÓN

VIII. Debemos desplegar la mayor diligencia para que nuestro hombre interior sepa deshacerse y arrojar de sí esas riquezas nefastas de los vicios, que ha adquirido a lo largo de su vida pasada. Por estar adheridas constantemente a nuestro cuerpo y a nuestra alma, podemos decir en reali­dad de verdad, que son nuestras. Y si no sabe­mos despegarnos de ellas y desterrarlas, mientras estamos en esta vida, no dejarán de acompañar­nos también después de la muerte Porque del mismo modo que las virtudes adquiridas en la tierra, y particularmente la caridad, que es su fuente, revisten de belleza espléndida a aquel que las amó, y ello, incluso, más allá de la muerte, así también los vicios oscurecen y afean al alma de no sé que horrible colorido, que le acompaña asimismo hacia la eterna mo­rada.

La belleza o fealdad de las almas nace de la virtud o del vicio, respectivamente. Viene a ser carro un tinte especial que las matiza y abri­llanta. Pegándose a ellas, las hace resplandecer con un fulgor tal que merecen oír del Profeta: «Prendado está el rey de tu hermosura»[78] 35. 0 bien las deturpa, volviéndolas tan tenebrosas, re­pugnantes y horribles, que ellas mismas se ven obligadas a confesar la causa de su monstruosi­dad y desventura: «Hedionda podre supuran mis llagas, a causa de mi locura»   36. Y el Señor, a su vez, les dice: «¿Por qué no fue vendada la herida de la hija de mi pueblo?» [79]37.

Tales son, hablando con propiedad, nuestras verdaderas riquezas. Viven de continuo en el alma. Jamás la abandonan, y no hay rey ni enemigo que nos las puedan dar o arrebatar. Ni la misma muerte podrá desvincularnos de ellas. Quien sepa renunciar a las falsas riquezas que amontonan los vicios llegará a la perfección. En cambio, quien permanezca preso en sus cadenas, se verá condenado a la muerte eterna.

IX. El término «riquezas» reviste en las Sa­gradas Escrituras tres acepciones distintas: las hay malas, buenas e indiferentes. Las malas son aquellas de las cuales se dice: «Se empobre­cieron los ricos y en la penuria sufrieron ham­bre» 38. Y: «Ay de vosotros, ricos, porque ha­béis recibido vuestro consuelo» 39. Renunciar a  ellas es la cifra y compendio de la perfec­ción.

En contraste con ellos, aduce el Señor a los pobres, a quienes alaba en el Evangelio: «Bien­aventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» ‘°. Y también el Salmista: «Clamó este pobre, y el Señor le escuchó»[80] 41.Y otra vez: «El pobre y el menes­teroso alabarán tu nombre» 42..

Las hay también buenas. Haberlas adquirido es indicio de gran virtud y mayor mérito. David encomia al varón justo que las posee: «La ge­neración de los rectos-dice-será bendecida. Habrá en su casa hacienda y riquezas, y su jus­ticia permanecerá por los siglos» 43. Se ha escri­to aún: «Las riquezas del hombre son el rescate de su vida» “. De ellas se habla asimismo en el Apocalipsis, echando en cara a quien no las po­see su culpable miseria y desnudez: «Estoy para vomitarte de mi boca. Porque dices: «Yo soy rico, me he enriquecido y de nada tengo necesi­dad, y no sabes que eres un desdichado, un mi­serable, un indigente, un ciego y un desnudo. Te aconsejo que compres de mi oro acrisolado por el fuego, para que te enriquezcas, y vestiduras blancas, para que te vistas, y no aparezca la ver­güenza de tu desnudez»45.

Hay, finalmente, riquezas indiferentes, esto es, que pueden ser buenas o malas. Son, en efecto, susceptibles de ambas cosas, según la’ voluntad de quien las usa o el modo y fin en que las in­vierte. El santo Apóstol declara a este propósito:

«A los ricos de este mundo encárgales que no sean altivos ni pongan su confianza en la incer­tidumbre de las riquezas, sino en Dios, que abun­dantemente nos provee de todo, para que lo dis­frutemos. Exhórtales a practicar el bien, a en­riquecerse de buenas obras, siendo liberales y dadivosos, y atesorando un buen fondo para lo venidero, a fin de alcanzar la verdadera vida» [81]`°. Estas riquezas son las que retenía celosamente el rico del Evangelio, sin querer aliviar a los indi­gentes, en tanto que el pobre Lázaro, tendido ante su puerta, deseaba saciarse de las migas que caían de su mesa. Pero su dureza le hunde en el fuego intolerable de la gehenna y en el ardor que no se extingue jamás ‘ 7.

De este modo, cuando dejamos de mano las riquezas materiales, no son bienes nuestros los que abandonamos, sino bienes ajenos. Y esta, aun cuando podamos gloriarnos de haberlos ad­quirido por nuestro trabajo o de haberlos recibi­do en herencia de nuestros padres. Porque, como ya dije, nada nos pertenece, salvo lo que tiene su raigambre en el corazón y forma como un nexo indisoluble con nuestra alma, hasta el pun­to que nadie nos lo puede arrebatar. A los que guardan con egoísmo estas riquezas visibles, como si fuera de su exclusiva propiedad, y rehúsan hacer partícipes de ellas a los menesterosos, el Señor les increpa, diciendo: «Si en lo ajeno no sois fieles, ¿quién os dará lo vuestro?»[82] 48 Evi­dentemente, no es sólo, como veis, la experiencia cotidiana la que nos muestra que estas riquezas son ajenas, si que también la sentencia del Se­ñor que las califica de tales, en términos contun­dentes.

Por lo que atañe a las riquezas malas e invi­sibles, San Pedro se expresa así al decirle al Se­ñor: «Nosotros lo hemos abandonado todo y te hemos seguido. ¿Cuál será nuestra recompen­sa?» 49. En realidad, no dejan más que unas re­des viles y remendadas. De tal manera que si no entendemos esta palabra «todo» de la re­nuncia de los vicios, que es en verdad la más honda y trascendental, veremos que lo que aban­donaron no era nada precioso y carecía de valor. Por lo mismo no tenía el Señor motivo de otor­garles un grado de gloria y beatitud tan elevado como el que merecieron oír de sus labios: «En la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente sobre el trono de su gloria, os sentaréis también vosotros sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» 50.

Si los que se han desprendido totalmente de estas riquezas visibles se sienten, sin embargo, in­capaces-por los motivos que sea-de alcanzar la caridad de los apóstoles, y escalar can esa agilidad que da el desprendimiento total el ter­cer grado de renuncia, que es de pocos, ¿qué de­berán pensar de sí mismos aquellos que ni si­quiera se deciden a abrazar la primera, que es la más fácil, y conservan con la infidelidad de su vida pasada sus funestas riquezas, pretendien­do ser religiosos y alardeando de llevar el nombre de monje, pero sólo el nombre?

Así, pues, la primera renuncia no es más que el desprendimiento de un bien exterior, y he aquí la razón por la cual no basta para consti­tuir la perfección. Es menester llegar hasta la segunda, por la cual abandonamos verdadera­mente lo que en realidad poseemos. Una vez rea­lizada ésta y purificados de todo vicio, subire­mos hasta las cimas de la tercera. Un desprecio soberano que brotará de nuestro corazón y de nues­tra inteligencia nos hará trascender no sólo por encima de los acontecimientos humanos y aun de lo que está bajo el dominio de los hombres, sino también de la plenitud de todos los elemen­tos criados. Y ello por magníficos que sean, pues están sujetos a la vanidad y son deleznables y transeúntes.

Entonces contemplaremos únicamente, según la palabra del Apóstol, «no las cosas visibles, sino las invisibles, pues las visibles son temporales; las invisibles, eternas»[83] 51.Tanto, que al fin mereceremos oír la suprema invitación que se hizo un día al patriarca Abraham: «Ven a la tierra que te mostraré» 52.

Esto nos inculca claramente que a menos de realizar desde un principio, con todo el ardor de nuestra alma, las tres renuncias, es imposible que el Señor nos conceda, en pago y premio a un total desprendimiento, entrar en la tierra pro­metida. Esta no produce ya los cardos y las es­pinas de los vicios. Se posee desde aquí abajo, después de ahuyentar las pasiones y lograr la pureza del corazón. Porque ni la virtud del hom­bre, ni todo su ambicioso trabajo podrían des­cubrirla. Sólo el Señor es quien nos promete revelárnosla: «Ven a la tierra que te mostraré.»

Estas palabras son todavía una prueba eviden­te de que el principio de nuestra salvación arran­ca de la vocación divina, al decir: «Sal de tu pa­tria» 53. El es también quien consuma la obra de perfección y purificación: «Y ven a la tierra que te mostraré,» Ni por ti mismo podrías conocer­la, ni por tu industria podrías descubrirla. Soy yo quien, compadecido de tu ignorancia, te la daré a conocer.

Por donde se deduce con claridad que así como nos ha movido por su inspiración a correr por la senda de la salvación, así también nos guía con su luz y magisterio hasta llevarnos al tér­mino de la suprema bienaventuranza.

SOBRE LA GRACIA Y EL LIBRE ALBEDRÍO

XI, GERMÁN. Entonces, ¿en qué consiste el libre albedrío? ¿Hasta qué punto es digno de alabanza nuestro esfuerzo personal? ¿Cómo se hace acreedor al mérito, si es Dios quien co­mienza y termina todas las cosas en lo tocante a la obra de nuestra perfección?

XII.    PAFNUCIOVuestra inquietud sería jus­tificada si sólo hubiese en toda obra o disciplina el principio y el fin, sin un ámbito intermedio que los separara[84] 54.Sabemos que Dios propor­ciona a cada cual ocasión de salvarse: a unos, de una manera, y a otros, de otra. Pero el respon­der esforzada o remisamente a esa voluntad de salvación depende de nosotros [85]55.

Dios llama a Abraham y le dice: «Sal de tu tierra.» Abraham sale, en efecto, de su patria. La obediencia es suya. Estas palabras: «Ven a la tierra», se cumplen: es el fruto de la obedien­cia. Pero las que siguen: «Que yo te mostraré», arguyen la gracia de Dios, que ha expresado el mandato y promete la recompensa. Estemos cier­tos, no obstante, que aunque pongamos a contri­bución todos nuestros esfuerzos, no alcanzaremos, pese a nuestra diligencia y actividad personal, la perfección. Y por mucho trabajo que se tome el hombre, será insuficiente para ganar el precio sublime de la bienaventuranza. Es necesaria la cooperación del Señor; es menester que él dirija nuestro corazón al bien. Por eso debemos orar continuamente con David: «Asegura mis pasos por tus senderos, a fin de que mis pies no res­balen» 56. Y: «Afirmó mis pies sobre piedra e hizo seguros mis pasos» 5′.

Por la ignorancia del bien o por la insurrec­ción de las pasiones, nuestro libre albedrío tien­de a despeñarse en los vicios. Pero aquel que go­bierna invisiblemente el espíritu del hombre se dignará reducirle de nuevo al gusto de la virtud. El Profeta nos hace ver muy atinadamente en el mismo versículo esta doble verdad: «Fui fuer­temente empujado para que cayera» [86]58: aquí se designa la flaqueza del libre albedrío. «Mas el Señor me sostuvo» 59: aquí se declara la conti­nua asistencia del Señor junto a nuestra libertad, para que no nos veamos arrastrados por ésta a una ruina completa. El nos tiende su mano, cuan­do nos ve vacilar, para sostenernos y establecer­nos en el bien.

Dice aún el Salmista: «Apenas decía yo: Va­cilan mis pies-por el poder resbaladizo del al­bedrío-, tu gracia, Señor, me sostenía» .De nuevo, junto a su movilidad e inconstancia el so­corro divino, confesando que si su fe no ha titu­beado, no es ello debido a su propia diligencia, sino gracias a la misericordia del Señor. Y otra vez: «En las grandes angustias de mi corazón -cuya causa era el libre albedrío-, alegraban mi alma tus consuelos» 81. Como una inspiración tuya, han penetrado en mi alma, y, descubrién­dome la visión de los bienes futuros que has preparado a los que sufren por tu nombre, no sólo han desvanecido la ansiedad de mi cora­zón, sino que la han llenado de una alegría soberana. Y, además: «Si el Señor no me hubie­ra ayudado, ya habitaría mi alma en el infier­no» [87]62. Confiesa, por tanto, que su libertad le hubiera conducido al infierno si la ayuda y pro­tección divinas no le hubieran salvado.

«El Señor-y no esa libertad-guía los pa­sos del hombre,» Y «si cayere el justo-por obra, claro es, de su libre albedrío-, no yacerá pos­trado». ¿Por qué? «Porque el Señor le tiende la mano» 63. Esto equivale a decir netamente que ningún justo se basta a sí mismo para obtener la justicia. No sólo esto, sino que la divina cle­mencia debe ayudarle a la continua para que no desfallezca, y sostener con su mano sus pasos vacilantes. Así evitará que la inconsistencia de su libertad le ponga en trance de perder el equi­librio y que, si tiene la desgracia de caer, no pe­rezca irrevocablemente.

TODO LO QUE SE REFIERE A LA SALVACIÓN ES PURO DON DE DIOS

XIII.   Nunca afirmaron los santos que habían encontrado por sí solos el camino que anduvieron para aprovechar en la virtud y garantizar su po­sesión. Antes bien, imploraban del Señor les pu­siera en la verdadera trayectoria, diciendo: «Guía­me en tu verdad»[88] 64; y: «Haz que sea recto ante tus ojos mi camino» 65; o también: «Dame a sa­ber el camino por donde ir» 66. Otro confiesa que conoció esta verdad no sólo por la fe, sino tam­bién por la experiencia, y aun por la misma rea­lidad de las cosas: «Bien sé, Señor, que no está en mano del hombre trazarse su camino; que no es dueño el hombre de caminar ni de dirigir sus pasos» 6′. Y el mismo Señor dice a Israel: «Yo le haré crecer como un verde abeto; de mí pro­cederán tus frutos» 68.

XIV. Inclusive cuando se trata de aprender la ciencia de la ley, no se fían en la eficacia de la lectura que puedan hacer sobre ella. Imploran diariamente del Señor que sea su maestro y alum­bre sus ojos para poder alcanzarla. Por eso dicen: «Muéstrame, Señor, tus caminos; adiéstrame en tus sendas» 69. «Abre mis ojos para que pueda ver las maravillas de tu ley» ‘°. «Enséñame a ha­cer tu voluntad, pues eres mi Dios» 71. «Tú eres el que da la sabiduría a los hombres»72.

XV. El santo rey David conocía los manda­mientos divinos escritos en el libro de la Ley, y, sin embargo de ello, pide al Señor que le dé inte­ligencia para poder penetrarlos: «Soy tu siervo: dame inteligencia para conocer tus mandatos»[89] 73. Tenía asimismo la noticia que, gracias a su ta­lento natural, podía forjarse de esos mandamien­tos, y, no obstante, pide a Dios poder abarcarla con más hondura y perfección. Sabía muy bien que la naturaleza por sí sola es insuficiente para penetrar el espíritu de la Ley, si la luz divina, avivando los sentidos e iluminando la razón, no le permite ver en una claridad trascendente lo que esa Ley prescribe. Esto que decimos lo atestigua aún con más fuerza aquel vaso de elección, San Pablo, cuando dice: «Pues Dios es el que obra en vosotros el querer y el obrar según su be­neplácitos `. Y en otra parte: «Entiende bien lo que quiero decir, porque el Señor te dará la inteligencia de todo» `S. ¿Podía afirmarse algo más terminante y claro al decir que tanto nuestra buena voluntad como la consumación de la obra las realiza Dios en nosotros?

Pero puntualiza más: «Porque os ha sido otor­gado no sólo creer en Cristo, sino también pade­cer por El» `. Aquí observa nuevamente que el principio de nuestra conversión y de nuestra fe, así corno la paciencia en sufrir, son dones de Dios. David, por su parte, abunda en idénticos senti­mientos, implorando asimismo de la misericordia de Dios dones semejantes: «Confirma, oh Señor, lo que has obrado en nosotros»[90] “. Muestra con ello que la gracia de Dios no ha hecho bastante con habernos otorgado las primicias de nuestra sa­lud; hace falta que su misericordia vaya obrando cada día su plena eclosión mediante esa misma gracia.

Porque no es el libre albedrío, sino «el Señor quien desata las cadenas de los cautivos». No es nuestra propia virtud, sino «el Señor quien yergue a los encorvados»; no es la aplicación a la lectura, sino «el Señor quien da luz a los cie­gos»; el texto griego dice Kurioj sofot tuflouj», «el Señor hace sabios a los ciegos» II. No es nuestra vigilancia, sino «el Señor quien guarda a los extranjeros» 79. En fin, no es nuestra fuerza, sino «el Señor quien levanta y sostiene a los que caen» II. Al decir esto, no es mi intención, na­turalmente, preconizar la inutilidad de nuestros esfuerzos ni decir que son vanos y superfluos nuestro celo y diligencia. Mi único propósito es que nos persuadamos que sin la ayuda de Dios

no podemos dar un paso, y que nuestra acucia y nuestro afán no son eficaces, ni con mucho, para conquistar e! precio inestimable de la pu­reza. El Señor debe contribuir con su ayuda y su misericordia a procurárnosla. Porque «al ca­ballo se le enjaeza para el día del combate, pero la victoria es del Señor» [91]81,porque «el ahombre no es poderoso para llevarlo por la fuerza» 8a. Se­gún esto, debemos cantar siempre con el profe­ta David: «Mi fortaleza y mi alabanza no es mi libre albedrío, sino el Señor: El se ha hecho mi salud» 83.

No es otra la doctrina del Doctor de las Gen­tes. San Pablo, en efecto, sabe perfectamente que no es el mérito personal ni el sudor de sus tra­bajos lo que le han hecho idóneo para el minis­terio de la nueva Alianza, sino la misericordia de. Dios. «No que de nosotros-dice-seamos capaces de pensar algo como de nosotros mis­mos, que nuestra suficiencia viene de Dios»

Lo cual puede decirse con un latín menos puro, pero acaso más expresivo, así: «Idoneitas nostra ex Deo est» («nuestra idoneidad viene de Dios»). Luego sigue: «el cual nos hizo también ministros idóneos del Nuevo Testamento» 8 5.

LA MISMA FE CONSTITUYE UN DON DE DIOS

XVI.    Estaban tan íntimamente convencidos los apóstoles de que todo lo que se refiere a la sal­vación era en ellos don gratuito de Dios, que im­ploraban de El les concediera incluso la fe: «Acreciéntanos—decían–la fe»[92] 86.La perfec­ción de esta virtud no la hacía derivar de su libre albedrío, sino de la generosa donación de Dios. Pero el mismo autor de nuestra salvación nos enseña cuán resbaladiza y débil es nuestra fe, y cuán insuficiente, sobre todo, si no está fortale­cida con su propia ayuda. Por eso le dice a Pe­dro: «Simón, Simón, he aquí que Satanás os busca para zarandearos como trigo, pero yo he rogado a mi Padre para que no desfallezca tu fe» g’.

También aquel padre de que habla el Evan­gelio tenía experiencia de ello. Viendo que al empuje de las olas iba a naufragar su fe contra los arrecifes de la incredulidad, llamó en su auxilie, al Señor con aquellas palabras: «Señor, ayuda a mi incredulidad» .

Loa personajes evangélicos y los apóstoles te­nían tan arraigada la idea de que todo bien se consuma en nosotros por el auxilio de Dios, que no fiaban para nada de sí mismos. Ni siquiera se preciaban de poder conservar intacta su fe gra­cias a su libre albedrío: pedían al Señor que se la concediera o se la aumentara. Pues bien, si la fe de Pedro tenía necesidad del socorro de Dios para mantenerse firme y no sucumbir, ¿quién será tan presuntuoso y ciego que se crea con fuerzas suficientes para guardar la suya sin ser continuamente sostenido por la gracia divina? Máxime teniendo en cuenta que el Señor decla­ra lo contrario en el Evangelio: «Coma el sar­miento no puede dar fruto de sí mismo si no permaneciere en la vid, tampoco vosotros si no permaneciereis en mí.» Y añade inmediatamen­te: «Porque sin mí no podéis hacer nada»[93] “.

En fin, cuán necio, y aun sacrílego, sea jactar­se de las buenas obras, en lugar de atribuirlas a la gracia y protección divinas, lo dice el mis­mo Señor al afirmar que nadie puede, sin coope­ración e inspiración suya, producir frutos espi­rituales: «Toda bien y todo don perfecto vierte de arriba y desciende del Padre de las luces» 9°. Lo mismo afirma Zacarías: «Si hay algún bien, es de El, y si existe algo excelente, procede de El» 31.Por eso, el Apóstol se mantiene siempre en la misma tónica, al decir: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por  qué te glorias, como si no la hubieras recibi­do?» [94]92.

XVII. También la fortaleza con que resisti­mos a las tentaciones depende más de la miseri­cordia con que Dios las suaviza que de nuestra propia virtud. Acerca de ello se pronuncia así el Apóstol: «No os ha sobrevenido tentación que no fuera humana; y fiel es Dios, que no permi­tirá que seáis tentados sobre vuestras fuerzas; antes bien dispondrá con la tentación el éxito para que podáis resistirla» 93. Y enseña también que Dios es quien dispone y fortalece nuestras almas para poder realizar toda acción buena, y obra en nosotros lo que le place: «Y el Dios de la paz, que sacó de entré, los muertos, por la sangre de la alianza eterna, al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesús, os haga aptos para toda obra buena, haciendo en vosotros lo que le place en su presencia» “. Y eleva luego esta plegaria para que se conceda un favor se­mejante a los tesalonicenses: «El mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios nuestro Padre, que de gracia os amó y os otorgó una consolación eter­na, una buena esperanza, consuele vuestros co­razones y los confirme en toda obra y palabra buena» 9“.

XVIII.             En fin; el mismo temor de Dios, por cuyo medio nos mantenemos con tesón en su ser­vicio, nos lo infunde también el Señor. El profeta Jeremías lo atestigua claramente cuan­do nos dice en persona del mismo Dios: «Yo les daré un solo corazón, un solo camino, para que siempre me teman, y siempre les vaya bien, a ellos y a sus hijos después de ellos. Y haré can ellos una alianza eterna de no dejarles nunca de hacerles bien, y pondré mi temor en su cora­zón, para que no se aparten de mí» [95]’96.Y Eze­quiel habla así: «Y les daré otro corazón, y pon­dré en ellos un espíritu nuevo; quitaré de su cuerpo su corazón de piedra, y les daré un cora­zón de carne, para que sigan mis mandamientos y observen y practiquen mis leyes, y sean mi pueblo y sea yo su Dios» 9′.

QUE LA BUENA VOLUNTAD PROCEDE DE DIOS Y SE CONSUMA POR ÉL

XIX. Ice todo esto fluye espontánea una lec­ción notoria: v es que el primer movimiento de buena voluntad nos lo concede Dios mismo por inspiración suya. Esta nos atrae al camino de salvación, ya sea por impulso inmediato de El, o por las exhortaciones de un hombre, o por la  fuerza de las circunstancias. Y también es un don de su mano la perfección de las virtudes. Lo que de nosotros depende es corresponder con frialdad o con entusiasmo a ese impulso de la gracia[96] 98.

Según esto, merecemos el premio o el su­plicio, en la medida que hayamos cooperado o no, con nuestra fidelidad o infidelidad, a ese plan divino que su dignación y paternal providen­cia había concebido sobre nosotros.

Es lo que describe el Deuteronomio con cla­ridad meridiana: «Cuando el Señor tu Dios te introdujere en la tierra que vas a poseer, y des­truyere a tu vista muchas naciones, al Heteo, al Gergezeo, al Amorreo, al Cananeo, al Ferezeo, al Heveo y al Jebuseo, siete naciones mucho más numerosas y robustas que tú, te las entregará el Señor Dios tuyo; has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No contraerás amistad con ellas, ni te emparentarás con ellas dando a tus hijas a sus hijos» 99. Que el pueblo de Israel entre en la tierra prometida, aniquile ante él numerosas tribus, entregue en sus manos naciones enteras, más populosas y más fuertes que él; todo esto, dice la Escritura, es obra indiscutible de la gra­cia. Pero que Israel castigue o no a esas nacio­nes, o que las perdone y las deje vivir, que ajus­te con ellas una alianza o deje de hacerlo, que se junte o no con ellas por el matrimonio, atestigua la Escritura que esto es obra de Israel.

Este testimonio no deja lugar a dudas sobre lo que debemos atribuir al libre albedrío o a la obra de la gracia. Ofrecernos la ocasión de sal­varnos, proporcionarnos un éxito feliz en la vic­toria final, he aquí lo que corresponde a la gra­cia divina. Lo que nos compete a nosotros es responder—con la ayuda también del favor de Dios-, con celo o con indiferencia, a sus gracias y beneficios.

Idéntica línea de conducta observamos en la curación de los dos ciegos del Evangelio. El que Jesús pase por donde ellos estaban es gracia de su dignación y providencia. El dar voces los cie­gos y decir: «¡Ten piedad de nosotros, Señor, Hijo de David!» [97]100,es obra de su fe y confianza en El. Y el hecho de que la luz vuelva a sus ojos y vean, es don exclusivo de la misericordia divina.

Cabe observar que aun después de haber reci­bido alguna merced de Dios, subsiste la fuerza de la gracia divina y la libertad humana. Lo patentiza el episodio de los diez leproso que fueron curados por el Señor a la vez`. Uno sólo de ellos, por obra de su libre albedrío-se­cundando, claro es, la moción divina-, vuelve a dar las gracias. El Señor elogia la iniciativa.

Pero al mismo tiempo requiere y pregunta por los otros nueve. Con esto pone de manifiesto que su solicitud sigue ejerciéndose en favor de los hombres, aun a despecho de su ingratitud, que olvida sus beneficios. Ambas cosas son igualrnente un don de su visita: acoger y honestar al agradecido, y buscar ~~ reprender a los ingratos.

XX. Por lo demás, conviene que creamos con una fe incondicional que nada acontece en el mundo sin la intervención de Dios. Debemos reconocer, en efecto, que todo sucede o por su voluntad o por su permisión. El bien, por su voluntad y mediante su ayuda; el mal, por su permisión, cuando, para castigar nuestro crí­menes o la dureza de nuestro corazón, nos aban­dona a la tiranía del demonio o a las vergonzo­sas pasiones de la carne. El Apóstol nos lo enseña con evidencia en estas palabras: «Por esto Dios les ha abandonado a pasiones ignominiosas» [98]102, y también: «Porque no se preocuparon de cono­cer a Dios, los entregó a su réprobo sentir, para que hicieran aquello `que no conviene» 101. Y el mismo Señor dice por boca del Profeta: «Y no oyó mi pueblo mi voz, y no obedeció Israel a mis mandatos. Por esto les abandoné dice- a los pensamientos de su corazón y andarán se­gún. sus propios caprichos» 104.

NUESTRA LIBERTAD NECESITA DE CONTINUO DEL AUXILIO DE DIOS

XXI. GERMÁN. He aquí un testimonio bíblico que prueba de modo incontrovertible la existencia de nuestro libre albedrío. Dícese: «Si mi pueblo me hubiese oído» [99]105; y en otra parte «Y no oyó mi pueblo mi voz» 105. Al decir: «si me, hubiese oído», muestra la Escritura que la op­ción, de acceder o no está en el pueblo. Si ello es así, por qué, pregunto, no considerar la salva­ción como algo que depende de nosotros, su­puesto, que el mismo Dios ha dejado en nuestra mano la facultad de escucharle o no escucharle?

XXII. PAFNUCIO. Hay que confesar que habéis penetrado con agudeza el significado de las palabras «si mi  pueblo me hubiese oído». Sin embargo, no habéis advertido quién es el que habla ni quién el que escucha o no, ni tampoco lo que dice a continuación: «Yo hubiera humilla­do a sus enemigos reduciéndolos a la nada; y hubiera extendido mi mano sobre aquellos que le oprimían» 1°’.Preciso es no torcer, por una falsa interpretación del su sentido, los pasajes que he aducido para establecer que nada se hace sin el Señor. Ni debemos tampoco empeñarnos

en esgrimir textos en defensa del libre albedrío, hasta pretender anular la gracia de Dios y su continua asistencia por esas palabras: «y no oyó mi pueblo mi voz», y «si mi pueblo me hubiese escuchado, si Israel hubiera seguido mis cami­nos», etc. No hay que proceder así. Antes bien, debemos considerar que si la libertad se pone de relieve en la desobediencia del pueblo, no es menos evidente, por otra parte, la continua provi­dencia que Dios tiene sobre los suyos. De hecho no deja de enderezarles diariamente sus avisos, clamando, por decirlo así, a Israel. Cuando afir­ma: «Si mi pueblo me hubiese oído», muestra bien a las claras que El le ha hablado a Israel el primero. Y no solamente por la ley escrita le habla Dios así, sino también por continuas y diarias amonestaciones, según aquella que dice Isaías «Todo el día extendí mis manos al pueblo que no creía en mí y me contradecía»[100] 108 .

En suma, nuestro texto puede probar, a mi juicio, la coexistencia de la libertad y la gracia: «Si mi pueblo me hubiera escuchado, si Israel hubiese seguido mis caminas, ciertamente hubiera yo humillado a sus enemigos reduciéndoles a la nada, y hubiera extendido mi mano sobre sus opresores» 1°9.Porque así como el libre albedrío es notorio por la desobediencia del pueblo, la Providencia y la gracia aparecen can el principio  y fin del pasaje. Aquí es donde Dios recuerda que se ha anticipado a hablarles, y que hubiera humillado al punto a los enemigos de Israel, si éste le hubiera prestado oídos.

Finalmente, al sacar yo a colación esos pasajes bíblicos no he pretendido, desde luego, eliminar el libre albedrío del hombre He intentado pro­bar simplemente que cada día y a todas horas nos es absolutamente necesario el auxilio de la gracia.

***

Tal fue la conferencia con que nos instruyó el abad Pafnucio. Antes de media noche se despe­día de nosotros. Por nuestra parte, nos sentíamos más compungidos que alegres al abandonar su celda.

Sobre todo, lo que nos había llamado la aten­ción y fue realmente como un presente que nos hizo el anciano era esto: nosotros creíamos hasta entonces que gracias a la primera renuncia, que habíamos hecho con toda el alma, podíamos al­canzar ya la cumbre de la perfección. Y ahora empezábamos a darnos cuenta de que no había­mos entrevisto todavía, ni aun en sueños, las ci­mas de la vida monástica. Verdad es que se nos había dicho algo, en los monasterios, de esta se­gunda renuncia, pero de la tercera, que, por su hondura y perfección, sobrepuja en muchos as­pectos a las otras dos, no habíamos oído hablar nunca hasta entonces.

 

IV

CONFERENCIA DEL ABAD DANIEL

DE LA CONCUPISCENCIA DE LA CARNE Y DEL ESPIRITU

Capítulos: I. Vida del abad Daniel.-II. A qué obedecen esos cambios repentinos que experimentan las almas, pasando de una alegría inefable a una profunda depresión.-III. Respuesta de Daniel a la cuestión propuesta.-IV. Que son dos los mo­tivos por los cuales nos somete Dios a esta prue­ba.-V. Que nada pueden sin la ayuda de Dios nuestro celo y nuestra industria.-VI. Es prove­choso que nos sintamos de vez en cuando aban­donados de Dios.-VII. De la utilidad de este combate que el Apóstol define como una lucha en­tre la carne y el espíritu.-VIII. Por qué el Após­tol, tras haber aducido en este pasaje la lucha entre la carne y el espíritu, nos habla en tercer lugar de la voluntad.-IX. Respuesta: que el saber pre­guntar es claro indicio de inteligencia.-X. Que la palabra «carne» no está usada en una sola acep­ción en la Escritura.-XI. Qué entiende el Apóstol con el nombre de «carne» en este lugar, y qué es la concupiscencia de la carne.-XII. Cuál es la voluntad que ocupa un punto medio entre la carne y el espíritu.-XIII. Ventajas que se origi­nan de cierta dilación, al entablarse esa lucha entre la carne y el espíritu.-XIV. De la malicia incorregible de los espíritus del mal.-XV. Qué ventajas nos reporta la concupiscencia de la carne contra el espíritu.-XVI. Nuestras caídas serían más profundas si no nos viéramos humillados por el aguijón de la carne.-XVII. De la tibieza deaquellos que son castos por necesidad.-XVIII. Pre­gunta sobre la diferencia entre el hombre carnal y el hombre espiritual.-XIX. De los tres estados de las almas.-XX. D e los que renuncian mal al mun­do.-XXI. De aquellos que habiendo despreciado las cosas grandes se embarazan en las pequeñas.

VIDA DEL ABAD DANIEL

I. Entre estos paladines de la filosofía cris­tiana, tuvimos la dicha de visitar también al abad Daniel.

Este hombre igualaba, en toda suerte de vir­tudes, a los solitarios que moraban en el desierto de Escete. Pero tenía algo peculiar, y era la vir­tud de la humildad que resplandecía en él con un brillo especial. El mérito de su pureza y de su mansedumbre fue parte para que el santo abad Pafnucio, sacerdote de esta soledad, le prefiriera entre otros muchos para desempeñar el oficio de diácono, aunque, en realidad, era de menor celad que ellos. El venerable Pafnucio, se gozaba tanto en sus virtudes, que, apreciándole igual a sí por el mérito y gracia de su vida, se apresuró a 12

elevarle a la dignidad sacerdotal. Así, pues, no consintiendo que permaneciera por más tiempo en un ministerio inferior al suyo, y deseoso tam­bién de procurarse en su persona un sucesor dig­no, no dudó en promoverle, ya en vida suya, al honor del sacerdocio. A pesar de esto, Daniel no olvidó un momento su humildad proverbial, y jamás, en presencia de su maestro, se apro­vechó de la dignidad de que había sido investido, para hacer prevalecer sus derechos. Mientras Paf­nucio ofrecía el santo Sacrificio, permanecía él invariablemente junto al abad, cumpliendo su primer ministerio, como si fuera aún un diácono.

Sin embargo, a pesar de ser Pafnucio un varón eminente en santidad-tanto que predijo en varias ocasiones ¡os acontecimientos futuros-, esta vez le resultaron fallidas las esperanzas en la elección de Daniel. Porque el sucesor que se había elegido le precedió, no mucho después, en la muerte yéndose antes que él a gozar de la visión de Dios.

DE LOS CAMBIOS REPENTINOS QUE EXPERIMENTA EL ALMA

11. En cierta ocasión le preguntamos a este bienaventurado Daniel: ¿A qué es debido que a veces, hallándonos en nuestras celdas, sintamos nuestro corazón henchido de inmensa alegría, y, en medio de un gozo inefable, nos sintamos como invadidos por una oleada de sentimientos y luces espirituales? Es un fenómeno de tal naturaleza que no puede traducirse con palabras. Incluso la mente se siente incapaz de concebirlo. En estas circunstancias, nuestra oración es pura y suma­mente fácil. El alma, colmada de frutos espi­rituales, conoce como por instinto que su plega­ria, prolongada aun durante el sueño, se eleva con gran facilidad y eficacia hasta la presencia de Dios.

Pero acontece también que, de pronto, y sin mediar causa alguna-de la que seamos al menos conscientes—, nos sentimos presa de la más pro­funda congoja. Es una tristeza que nos abruma y cuyo motivo en vano intentamos indagar. La fuente de las experiencias místicas queda súbita­mente como restañada. Inclusive la celda se nos hace poco menos que insoportable. La lectura nos causa disgusto, y la oración anda errante, desquiciada, como si fuéramos víctimas de la embriaguez. Ahí vienen los lamentos. Ensayamos dar marcha atrás e imprimir a nuestro espíritu la primera dirección, pero inútilmente. Cuanto más nos esforzamos en conducirle de nuevo a la contemplación, tanto más parece que se nos escapa de las manos y corre a deslizarse  por la senda de la veleidad y la inconstancia. La mente queda desprovista de todo fruto espiritual, y tal es su esterilidad, que ni el deseo del cielo ni el temor del infierno bastan para despertarla de este sueño mortal y sacudirla de su letargo.

III. A nuestras palabras respondió el abad en esta forma

Nuestros mayores nos enseñaran que eran tres las causas que podían dar lugar a esa esterilidad espiritual de que habláis.

Unas veces podrá ser consecuencia inevitable de nuestra negligencia; otras, una tentación del demonio; y en fin, podrá constituir también una prueba a que tendrá a bien someternos el Señor. Será una secuela de nuestra negligencia cuando, a sabiendas, damos paso libre a la tibieza en nuestra alma. Obrando a la ventura y sin cir­cunspección, procedemos en todo a la ligera. A ello se añaden la ignavia y la desidia, a cuyo ampzro se engendran los malos pensamientos que nutren nuestra mente. A partir de este momento nuestro corazón es como una tierra desnuda en la que no germinan más que abrojos y espinas. Y cuando empieza a brotar esta maleza, claro es que nos volvemos estériles. Inútil entonces querer cosechar nuevos frutos espirituales, ni mu­cho menos aspirar a la contemplación.

Pero cabe también en lo posible que el moti­vo de esa aridez del alma responda a una ten­tación, en cuyo caso el enemigo se desliza con destreza en nuestro espíritu sin que podamos ad­vertirlo. No importa que estemos ocupados en buenos deseos o en santos quehaceres: solicita nuestra atención y nos aleja insensiblemente, sin complicidad alguna de nuestro querer, de los más excelentes pensamientos e intenciones.

IV. Finalmente, esta sequedad del alma pue­de proceder de Dios, y entonces puede ser doble el motivo.

En primer lugar, conviene que nos sintamos abandonados por El por algún tiempo para tener ocasión de experimentar nuestra natural flaqueza. Entonces, concibiendo sentimientos de humildad no, nos sentimos engreídos por la pureza de co­razón con que anteriormente habíamos sido agra­ciados por la visita del Señor. En este estado de aislamiento en quo: Dios nos deja, comprobamos que ni los gemidos ni nuestra habilidad pueden hacernos recobrar aquella primera situa­ción de optimismo y pureza. Comprendemos, al propio tiempo, que nuestro fervor no era fruto de nuestro esfuerzo, sino don gratuito de la dignación divina. Por lo mismo, nos es necesario implorar todavía, al presente, su gracia v su luz.

En segundo lugar, hay que buscar la razón de este desamparo de Dios en el hecho de que El desea probar por este medio nuestra perseve­rancia Debemos darle una prueba del afán y entereza de nuestra alma. Intenta asimismo con ello manifestarnos con qué anhelo y con qué tenacidad debemos pedirle en la oración la vi­sita del Espíritu Santo, cuando nos ha abando­nado a nuestra miseria. Quiere, en fin, que reconozcamos por experiencia cuán difícil es reconquistar, una vez se ha perdido, el gozo espiritual y la alegría que lleva consigo la pu­reza del corazón. De ahí la solicitud con que debemos conservarla, cuando la hayamos en­contrado de nuevo. Porque de ordinario so­mos muy negligentes en custodiar lo que cree­mos se puede recobrar fácilmente.

V.       Todo esto nos ofrece una prueba palmaria de que son la gracia y la misericordia divinas !as que operan en nosotros todo bien, y que sin ellas es inútil nuestra diligencia. Si no contamos con su ayuda, todo esfuerzo de nuestra parte para instalarnos de nuevo en aquel estado es inane. La palabra de la Escritura se cumple en nosotros incesantemente: «No es obra del que quiere, ni del que corre, sino de la misericordia de Dios» [101]1.

No obstante, a veces es en un todo distinto lo que ocurre. Y es que Dios no se desdeña de visitarnos con su gracia, aun a pesar de la ne­gligencia y relajamiento en que ve sumido nuestro corazón. Y lo hace mediante esa inspiración santa de que hablabais. Como tampoco tiene a menos hacer brotar en nosotros abundancia de pensamientos espirituales. Por indignos que seamos, suscita en nuestra alma santas inspira­ciones, nos despierta de nuestro sopor, nos alum­bra en la ceguedad en que nos tiene envueltos la ignorancia, y nos reprende y castiga con cle­mencia. Pero hace más: se difunde en nuestros corazones, para que siquiera su toque divino nos mueva a compunción y nos haga sacudir la inercia que nos paraliza.

Finalmente, no es cosa excepcional que en sus visitas nos sintamos inundados súbitamente de ciertos perfumes, cuya suavidad sobrepuja todo lo que el arte y composición humanos pueden concebir y realizar. Entonces el alma, sumergida en este océano de felicidad, queda como arro­bada y fuera de sí, hasta perder la noción de la existencia y olvidar que habita en la carne.

ES PROVECHOSO QUE NOS SINTAMOS DE VEZ EN CUANDO ABANDONADOS DE DIOS

VI. Hasta tal punto conocía el santo rey David la utilidad que supone para nosotros este alejamiento, y, por decirlo así, esta ausencia de Dios, que no quiso pedirle le privara en absoluto de una prueba semejante. Sabía de sobra que el no sufrir alguna vez estas desolaciones no era de provecho ni a él ni a los demás hombres, cualquiera que fuese el grado de perfección a que hubieren llegado. Por eso le pedía al Señor se dignara solamente temperar tales desamparos «No me abandones, Señor-dice—, enteramen­te»[102]. Dicho de otra manera: «sé que sueles abandonar a tus santos para su bien y para probarles en su vida. Que el enemigo no podría tentarlos, si Tú no te alejaras de ellos por algún tiempo. Por eso no te pido que no me abandones nunca, porque vio me reportaría ninguna ventaja el no verme obligado a decir nunca por mi fla­queza: «Bueno es que me hayas humillado»[103] 3, o que jamás tuviera ocasión de ejercitarme en el combate. Esta ocasión me faltaría sin duda, si tu divina protección me asistiera de continuo y no me abandonara un solo instante. Porque el demonio no osaría acometerme si me viera por todas partes rodeado y sostenido por tu bra­zo. Entonces te iría repitiendo a Ti y a mí, como un reproche y una calumnia, la palabra ve­nenosa que suele proferir él contra tus atletas más esclarecidos: «¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has rodeado de un vallado pro­tector a él, a su casa y a todo cuanto tiene?» Por eso te pido que no me abandones del todo -el griego dice esto es, en demasía. Porque, si me es útil que te alejes un poco para probar la constancia de mis deseos, también me sería perjudicial que, tratándome según merecen mis pecados, me abandonaras por completo. Ninguna virtud humana permanecería firme si le retiras Tú el auxilio de tu gracia por mucho tiempo durante la tentación. En cam­bio, cedería al instante ante el empuje y la as­tucia del enemigo, si Tú, Señor, que mides nues­tras fuerzas y moderas nuestros combates, «no impidieras que fuéramos tentados más de lo que pueden nuestras fuerzas, y no nos depararas con la tentación un feliz término para que pudiéra­mos soportarla» 5.

Todo esto vemos que se realiza místicamente en el libro de los jueces, a propósito del exter­minio de los pueblos enemigos de Israel. Estos, en sentido místico, simbolizan nuestros enemigos espirituales: «Estas son las naciones que dejó el Señor para probar por ellas a Israel, para que tuvieran costumbre de luchar con los enemi­gos»[104] 6. Y poco después: «El Señor les dejó para probar por ellos a Israel y ver si éste obedecía los mandamientos que había dado a sus padres por medio de Moisés.»

Si Dios consintió que su pueblo librara estas batallas, no fue ciertamente porque sintiera enojo ante su tranquilidad, ni siquiera porque abri­gara contra él cierta ojeriza, sino porque sabía que iba a serle de provecho. Por eso permitió que fuera humillado constantemente por la opre­sión de estos pueblos gentiles, para que recono­ciera Israel que no podía prescindir nunca del auxilio divino, y se mantuviera siempre fiel al culto y servicio de su Dios. Al propio tiempo, ni la tranquilidad enervante haría disminuir su coraje, ni echaría en olvido el arte de la guerra y el ejercicio de la virtud. Y es que, con frecuencia, la paz y la tranquilidad han postrado a aquellos que la adversidad no había podido vencer.

VII. Esta contienda tiene su más honda raíz en nuestros miembros, y ello, sin duda, para nuestro bien. Nos lo dice el Apóstol: «Parque la carne tiene tendencias contrarias a las del es­píritu, y el espíritu, a su vez, las tiene contra la carne, pues uno y otro se oponen de manera que no hagáis lo que queréis»[105] ‘. Ahí tenéis una lucha a muerte, que ha invadido, por disposición de Dios, hasta los repliegues más íntimos de nuestro ser.

Parque, cuando una misma tendencia es pa­trimonio común de todos los hombres sin excep­ción, ¿cómo podemos definirla sino como una disposición que se ha convertido, en cierto modo, en algo connatural al ser humano después de su caída? Y en este carácter innato, ¿no es lícito reconocer la libre voluntad de Dios aquí obra siempre con miras a nuestro bien, y no cierta­mente como el designio de menoscabar nuestra felicidad? Por eso, la causa final de esta rivali­dad entre la carne y el espíritu dice el Apóstol que es «para que no hagáis lo que queréis» e.

Ahora bien, si lo que Dios ha querido evitar-es decir, esa posibilidad de hacer cuanto que­ramos-llegara con todo a producirse, ¿no sería esto sumamente funesto para nosotros? Así, la lu­cha que por disposición del Creador se entabla en nuestra alma, entraña, en cierta modo, una gran utilidad. Porque constituye un acicate, pues­to que nos empuja, nos fuerza a subir a un es­tado mejor y más perfecto. Si esa lucha cesara, se seguiría para nosotros una paz sobremanera perniciosa.

POR QUÉ SAN PABLO, EN EL PASAJE ADUCIDO,

NOS HABLA EN TERCER LUGAR DE LA VOLUNTAD

VIII. GERMÁN.  Aunque nos parece vis­lumbrar ya algo de lo que nos vas diciendo, no podemos todavía comprender perfectamente esa frase del Apóstol_. Por eso te rogamos nos la expliques con más claridad.

“Tres cosas parecen indicarse en el pasaje de referencia: en primer lugar, ese conflicto entre la carne y el espíritu; segunda., la apetencia del espíritu contra la carne; tercera, nuestra volun­tad, que ocupa un lugar intermedio entre ambos y de la cual se dice: «De manera que no hagáis lo que queréis». Aunque sospechamos, repito, cuál puede ser la inteligencia de esta frase bí­blica, te suplicamos, puesto que se nos ha ofre­cido ocasión en esta conferencia, proyectes más luz sobre su verdadero sentido.

IX. DANIEL. Saber discernir la trama de una cuestión y sus líneas principales, es señal de tener ya alguna inteligencia de ella. Y es punto de capital importancia en el campo de la ciencia conocer bien lo que se ignora para salir así de la ignorancia. Por eso se ha escrito: «El necio que pregunta será considerado como sabio»[106]9. Porque aunque el que pregunta ignora el alcance de la cuestión propuesta, no obstante, como tiene la inteligencia para indagar e informarse, se da cuenta de lo que no entiende. Y esto de saber siquiera discernir lo que ignora, es sabiduría.

Según esa división que habéis propuesto; el Apóstol parece aludir aquí a tres cosas: la con­cupiscencia de la carne contra el espíritu, la del espíritu contra la carne, y la causa de ese anta­gonismo que es, según sus propias palabras (y que no podemos decir de otra manera), «el no poder hacer todo lo que queremos».

Pero tiene aún esta lucha otra consecuencia, y es la cuarta cosa que no habéis advertido, que nos obliga a hacer lo que no queremos.

Es menester, pues, que conozcamos, ante todo, la naturaleza de estas dos apetencias, la de la carne y la del espíritu. Después examinaremos cuál es esta voluntad que se halla como confinada entre ambas; y terminaremos explicando qué es lo que no está al alcance de nuestra vo­luntad.

X. La palabra «carne» que leemos en la Sa­grada Escritura ofrece una gama amplísima de significados. Designa a veces al hombre completo, que consta de cuerpo y alma, como cuando se dices «Y el Verbo se hizo carne»[107] 1°; o también: «Y verá toda cree la salud de nuestro Dios» 11. Otras veces significa los hombres pecadores y carnales, como en este pasaje: «No permanecerá mí espíritu en estos hombres, porque son car­ne,> 12.En circunstancias se toma por los mismos pecados, por ejemplo: «.Alas vosotros no estáis en la carne sino en el espíritu» 13; y en otra parte: «La carne y la sangre no poseerán el rei­no de Dios>> 1′; 3 a renglón seguido añade: «Y la corrupción no poseerá la incorruptibilidad» 15. Algunas veces se toma para denotar la afinidad y parentesco, como cuando se dice: «He aquí que somos tus huesos y tu carne» 16; y el Após­tol: «por ver si despierto la emulación de los de mi linaje-,-esto es, de los de mi sangre–y salvo a algunos de ellos» 1′.

La cuestión que se plantea es la siguiente: ¿cuál de las acepciones de esta palabra, usadas por la Escritura, debemos adoptar ahora? Claro es que la primera, «y el Verbo se hizo carne» o «toda carne verá la salud de Dios», no es posible en manera alguna. Tampoco la segun­da, «no, permanecerá mi espíritu en estos hom­bres, porque son carne» hace al caso, porque si se trata aquí en concreto del hombre pecador, este significado no sintoniza con las palabras del Apóstol: «la carne tiene tendencias contrarias a las del espíritu y el espíritu las tiene contra la carne»[108]“. Fijémonos que no habla de sus­tancias, sino de actividades que están en pugna en un solo hombre, ya sea que se encuentren en él a un mismo tiempo, o bien se sucedan v cam­bien alternativamente.

XI. Por lo tanto, hay que considerar la palabra en cuestión, no como significativa de hombre-quiero decir de su naturaleza o sustan­cia-, sino como designando la voluntad de la carne y los apetitos desordenados. De igual mo­do, el espíritu no significa nada sustancial, sino las aspiraciones buenas y espirituales. Este es asi­mismo el sentido que el Apóstol da con toda evidencia del litigar citado, al decir: «Os digo, pues: andad en espíritu y no deis satisfacción a la concupiscencia de la carne. Porque la caree tiene tendencias contrarias a las del espíritu, y el  espíritu, tendencias contrarias a las de la carne, pues uno y otra se oponen, de manera que no hagáis lo que queréis»[109] 19.Y como quiera que estas dos especies de deseos-los de la carne y los del espíritu-se encuentran a la vez en un mismo hombre, de ahí esa guerra intestina que se libra continuamente en la entraña misma de su ser.

La concupiscencia de la carne corre vertigi­nosa hacia el vicio y se complace en las delicias de un descanso rastrero. En la concupiscencia del espíritu ocurre a la inversa: arde en deseos de consagrarse por entero a las cosas espirituales, tanto, que quisiera eliminar, si ello fuera posi­ble, las mismas necesidades del cuerpo. Anda solícita en no interrumpir un punto los que­haceres del espíritu, que estaría dispuesta a ne­gar a su cuerpo los cuidados más indispensables que reclama su flaqueza.

La carne se satisface en los deleites lúbricos y sensuales; el espíritu, ni siquiera transige con las exigencias de la naturaleza. La una apetece el sueño y la comida hasta la saciedad; el otro se nutre de vigilias y ayunos, hasta el punto de rehusar al organismo los menesteres ineludibles para conservar la existencia. Aquélla ambiciona la opulencia y la exuberancia; éste juzga una riqueza excesiva disponer cada día de una mó­dica ración de pan para el sustento. Aquélla.

ama la delicadeza de los baños y el verse ro­deada de gentes que la acaricien con la adu­lación y la lisonja; éste gózase en cierta incuria y desaliño, y tiene sus delicias en la soledad de un desierto inaccesible, hurtándose a la vista de los hombres. Aquélla se siente complacida entre los honores y aplausos humanos; éste se gloría en las injurias y persecuciones que le inflige el adversario.

CUÁL ES ESA VOLUNTAD QUE OCUPA UN PUNTO MEDIO ENTRE LA CARNE Y EL ESPÍRITU

 XII. Entre estas dos apetencias del alma, la voluntad ocupa un campo o zona intermedia, que es de todo punto la peor.

Por una parte, la deformidad del vicio no le proporciona atracción alguna; por otra, no quiere plegarse al sacrificio que supone la adquisición de la virtud. Pretende mantenerse al margen de las pasiones de la carne, pero no se decide a arrostrar el sufrimiento, sin el cual no cabe rea­lizar los deseos del espíritu. Sueña en poseer la castidad corporal, pero sin crucificar la carne; en obtener la pureza del corazón, mas sin tole­rar la penalidad de las vigilias; en atesorar vir­tudes, quedándose, no obstante, en la inacción y en el quietismo. Por otra parte desearía sin­ceramente la gracia de la paciencia, pero man­teniéndose a cubierto de las afrentas y humilla­ciones. Aspira a practicar la humildad de Cristo, pero salvando el honor del mundo; y mostrán­dose pronta a abrazar la simplicidad de la vida religiosa, deja a buen recaudo sus ambiciones humanas.- ¿Qué más? A veces parece resuelta a darse y servir sin trabas a Cristo, pero quiere contar al propio tiempo con el aplauso y favor de los hombres. Incluso diríase que, en ocasio­nes, está dispuesta a confesar la verdad, a des­pecho de las consecuencias, mas se inhibe luego ante: el compromiso, y sólo lo hace cuando no causa disgusto a nadie. En suma, se muestra so­lícita en ganar los bienes futuros, pero en reali­dad no se resigna a perder los temporales.

Indudablemente, una voluntad así no nos per­mitiría llegar nunca a la verdadera perfección. Nos arrastraría más bien a la tibieza más la­mentable, haciéndonos semejantes a aquellos a quienes increpa el Señor en el Apocalipsis: « Co­nozco tus obras–dice–y que no eres ni frío ni caliente. Ojalá fueras fría o caliente. Mas por­que eres tibio, estoy para vomitarte de mi boca»[110] 2°. Por fortuna, estos combates que tienen lugar entre la carne y el espíritu son parte para disipar este estado de tibieza en que nos vemos sumergidos.

Si, por dar gusto a nuestra voluntad, nos abandonamos paulatinamente a la relajación, al instante se insurrecciona y nos hiere el aguijón  de la carne. Los vicios y las pasiones no nos per­miten permanecer ya en el estado de pureza, que por otra parte nos fascina, y, en cambio, nos arrastran por un camino erizado de espinas hacia la sensualidad y la indiferencia. Y al contrario, lle­nos del fervor del espíritu y resueltos a aniqui­lar las obras del hombre viejo, nos entregamos, movidos por la soberbia del corazón, a una prác­tica indiscreta de la virtud, sin atender a la fra­gilidad humana. Entonces la endeblez de la carne nos impone un freno que amortigua ese ímpetu excesivo, ese arranque vituperable del corazón.

En esta lucha de ambas concupiscencias, en la que una se opone a la otra, la voluntad del alma -a quien repugna abandonarse por completo a los deseos de la carne y quiere sustraerse a la fatiga del trabajo que exige la virtud-llega a es­tablecerse en una justa moderación. Y es que la lucha de esas dos influencias rivales aniquila cuanto en ella hay de pernicioso. Establece en nosotros como una balanza, que fija a cada una de las partes beligerantes-la carne y el espí­ritu–el límite de sus respectivos derechos. Ni permite que los ardores intemperantes del espí­ritu inclinen el fiel a la derecha, ni que las ten­taciones de la carne lo impulsen hacia la iz­quierda.

Al propio tiempo esta lucha intestina que se desarrolla de continuo en nosotros- tiene por efec­to saludable el encaminarnos a aquel cuarto es­tado de que hablamos arriba, a saber, que somos inducidos a hacer lo que no, queremos. En otras palabras: que adquirimos la pureza de corazón, no en el ocio y la tranquilidad, sino en el es­fuerzo constante y la contradicción del espíritu; que guardamos la castidad con ayunos rigurosos, con el hambre, la sed y la vigilancia sobre. nos­otros mismos. Que enderezamos nuestro corazón hacia Dios por la lectura, las vigilias, la plegaria ininterrumpida y la aspereza del desierto; que conservamos la .paciencia, soportando las tribu­laciones; que servimos a nuestro Creador en me­dio de las difamaciones y afrentas; que confe­samos la verdad, aun a trueque de acarrear­nos, si es preciso, la envidia y enemistad del mundo.

Así, gracias a este antagonismo que nos pre­serva de una falsa seguridadpues nos excita al trabajo que no queremos y al celo por la vir­tud-, se establece en nosotros un justo equili­brio. El fervor del espíritu, par una parte, y el entumecimiento y displicencia de la carne, por otra, envuelven la tibieza de nuestra libre vo­luntad en una atmósfera favorable, templada por la discreción y la vigilancia. La concupiscen­cia del espíritu se opone rotundamente a que el alma se entregue al desenfreno de los vicios. Y, a su vez, la fragilidad de la carne no sufre que el espíritu obedezca sin más al impulso de sus ansias indiscretas de virtud. Imposible ya que pululen los vicios, cualquiera que sea su natu­raleza. No cabe tampoco que la soberbia, nuestro morbo nativo, levante cabeza y nos hiera aún más gravemente.

De este combate entre las dos tendencias re­sulta el equilibrio. Entre ambos extremos se abre, anchurosa, la senda de la virtud, escoltada por la prudencia y la moderación: camino real por donde discurre siempre el soldado de Cristo. Si la tibieza de nuestra débil voluntad nos precipita por una pendiente demasiado rápida hacia los apetitos de la carne, la concupiscencia del espí­ritu le impone un dique y contiene su marcha. Porque no le es posible al espíritu transigir con el vicio. Mas si el fervor desmedido de un cora­zón ardiente induce al espíritu a prácticas impo­sibles e inconsideradas, la inconsistencia de la carne le hará encontrar una medida prudencial. Superando el espíritu el estado de tibieza de la voluntad, y observando fielmente una misma línea de conducta, va en lo sucesivo por el camino igual de la perfección a través del trabajo y el esfuerzo.

Semejante proceder del Señor se advierte en el libro del Génesis[111]`, a propósito de la cons­trucción de la torre de Babel. De repente surge la confusión de lenguas, que pone término a las intenciones impías de aquellos hombres. Se ha­bían puesto de acuerdo contra Dios, o mejor, contra sí mismos. Y esta posición hostil contra la majestad divina se hubiera mantenido y reforzado, a no ser que el Señor hubiera puesto fin a su arrogancia. El conflicto que surgió a causa de la diversidad de lenguas y la diso­nancia de las voces, les obligó, mal de su grado, a adoptar una solución más aceptable. Así, un desacuerdo beneficioso y útil a la par, pudo en­cauzar por la senda de salvación a los que una fatal unanimidad había animado a causarse su propia ruina. Comenzaron a sentir, gracias a la división que se introdujo entre ellos, la fragili­dad humana. Esa fragilidad que pasó inadvertida a su orgullo, al asociarse antes en aquella unión desdichada.

XIII. Esta contienda de fuerzas contrarias entre sí da lugar a una especie de dilación, que es, en último término, ventajosa para nosotros. La resistencia y pesadez del cuerpo no nos permiten realizar en el acto nuestros ruines desig­nios. Ello da margen en nosotros a que recti­fiquemos nuestra conducta, debido al arrepenti­miento que sentimos en aquellos momentos de dilación y a la enmienda que nos proponemos, que son efecto ordinario de haber dilatado la ejecución de la obra y haber reflexionado con madurez.

Aquéllos, en cambio, a quienes el obstáculo de la carne no les impide poner por obra los deseos de su voluntad-me refiero a los demonios v espíritus del mal-, a pesar de pertenecer a un orden angélico, los tenemos por más detestables que a los hombres. Y es que ellos tienen a su alcance el poder de satisfacer sus malvados de­signios, y, como les es imposible demorar la ejecución, irrevocablemente, quieran o no, hacen el mal. La agilidad y libertad de su naturaleza en el obrar corre parejas con la prontitud de su espíritu en concebir sus propósitos. Y esta faci­lidad, que se traduce en una rapidez fulminante en cumplir su voluntad, no les da tiempo para intervenir favorablemente y poder corregir o rec­tificar con la deliberación el mal que está ur­diendo su mente malvada.

XIV. Por lo demás, la sustancia espiritual, por el hecho de no verse trabada por el pesado lastre de la carne, no puede refugiarse en palia­tivos, escudándose en los malos deseos que nacen de ella. Su malicia no admite tampoco remisión alguna, porque no ha sido, como en nosotros, exci­tada al pecado por los embates de la carne, sino que es movida únicamente por su perversa volun­tad. Por lo mismo, su pecado no alcanzará per­dón, ni su mal tiene remedio. Así como su ruina ro :na sido provocada por las solicitaciones de una materia terrena, del mismo modo no existe para ella indulgencia, ni puede haber lugar al arrepentimiento. De todo lo cual se colige evi­dentemente que el combate que libran en nosotros la carne y el espíritu, lejos de sernos funesto, origina no pocas ventajas.

QUÉ VENTAJAS NOS REPORTA LA CONCUPISCENCIA DE LA CARNE CONTRA EL ESPÍRITU

XV. La primera de ellas es que enmienda al instante nuestra desidia y nuestra negligencia. Como haría el más diligente pedagogo, no nos permite desviarnos de la línea recta de la obser­vancia y regularidad. Una paz indolente tiende a relajamos y rebasar los límites de austeridad en que debe mantenerse nuestra vida. Entonces, el azote de la tentación sensual actúa sobre nos­otros como un estimulante y nos reprende hasta conducirnos de nuevo a la austeridad debida.

Hay todavía una segunda ventaja a nuestro favor. Cuando la gracia divina ha permitido que nuestra integridad física haya permanecido largo tiempo intacta, confiados en esta integridad, co­menzamos a creernos en seguida inmunizados contra los movimientos de la carne, incluso los más irresponsables. Y como si estuviéramos ya libres de esta carne corruptible, concebimos en nuestro fuero interno un secreto sentimiento de vanagloria.

Pero he aquí que se presenta el desengaño ante una nueva manifestación de nuestras bajas tendencias. Dios permite que entre sueños seamos víctimas de la ilusión. Y por inocente que ésta haya sido, nos derriba y nos hace recordar de nuevo la realidad de lo que somos. De ordinario nos comportamos ante las demás faltas con mayor indiferencia, aunque sean más graves y fu­nestas, olvidándonos más fácilmente de haberlas cometido. Pero este vicio tiene la particularidad de humillarnos en mayor grado. Más : una ilu­sión de este género despierta súbitamente en nosotros remordimientos de ciertas pasiones que nuestra negligencia había relegado al olvido. Al verse mancillada con estas inmundicias físicas, el alma comprende que se contaminaba mucho más con aquellos vicios del espíritu que, por estar encubiertos, ignoraba.

Entonces echa de ver que las apetencias de la carne la vuelven impura; por eso se entrega sin tardanza a remediar su dejadez. Al mismo tiempo conoce que no debe fiarse de la dicha de su pureza pasada, pues basta que el alma se aleje un instante del Señor para perderla. Ni puede poseer este don de la castidad si no es por la asistencia de la gracia divina. La expe­riencia cotidiana nos enseña que si queremos go­zar de una constante integridad de corazón es menester aplicarse sin cesar a la virtud de la humildad.

XVI. El sentimiento de altivez que podría nacer en nosotros a causa de nuestra pureza, se­ria irás pernicioso que todos los crímenes y todas las ignominias. Y cualquiera que fuere el grado de perfección en este aspecto, esa soberbia sería causa de que perdiésemos todo el merecimiento de nuestra castidad. Testigo de ello son las po­testades del mal, de que hicimos mención ante­riormente. Las tentaciones de la carne les eran desconocidas, pero la sola elación de su corazón les precipitó desde el lugar sublime que ocupa­ban en el cielo a una eterna ruina.

Nos veríamos condenados irremediablemente a la tibieza si, no teniendo en nuestro cuerpo ni en nuestra mente ningún indicio revelador de nuestra negligencia, nos afanáramos por llegar al fervor de la perfección. No seríamos tampoco fieles en la estricta observancia de la sobriedad y de la abstinencia si la carne levantisca no se sublevara en nosotros. Esto es lo que nos humilla a ras de tierra y, al propio tiempo, nos hace vivir atentos y solícitos, purificándonos de los vicios del espíritu.

XVII. Finalmente, los que son castos por necesidad, como, por ejemplo, los eunucos, par lo común son víctimas de esta tibieza del alma.

Libres de las exigencias de la carne, creen que pueden prescindir de la abstinencia y de la contrición del corazón. Su seguridad les torna negligentes y no se les ve nunca apresurarse por alcanzar !a perfección del corazón, ni siquiera por purificarse de los vicios del espíritu.

Esta condición que se aleja del estado carnal viene a degenerar en una actitud animal, que es, sin duda alguna, más detestable. Porque es un tránsito de la frialdad a la tibieza, y ésta, según la palabra del Señor, es más abominable aún.

DIFERENCIA ENTRE EL HOMBRE CARNAL Y EL HOMBRE ESPIRITUAL

XVIII. GERMÁN. A nuestro juicio, has hablado con lucidez sobre la utilidad de la lucha entre la carne y el espíritu, tanto que casi hemos podido palpar con la mano la verdad de tus palabras. Lo que ahora te pedimos es que nos muestres asimismo la diferencia que media entre el hombre carnal y el hombre animal, y cómo es posible que el segundo sea peor que el pri­mero.

XIX. DANIEL. Según enseña la Escritura, tres son los estados del alma: el primero es el estado carnal, el segundo, el animal; el tercero, el espiritual. Así los designa el Apóstol.

De los hombres carnales dice: «Os di a beber leche; no os di comida porque aún no lo admi­tíais. Y ni aun ahora lo admitís, porque sois to­davía carnales»[112] 22. Y de nuevo: «Si, pues, hay entre vosotros envidias y discordias, ¿no prueba esto que sois carnales?» 23

Del hombre animal habla en estos términos «El hombre animal no percibe las cosas del Es­píritu de Dios, pues son para él locura» 2 4. Y en cuanto al hombre espiritual, se expresa así: «El espiritual, en cambio, juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle» 2 5. Y en otro lugar: «Vos­otros, los que sois espirituales, instruid a las per­sonas de esta clase con espíritu de mansedumbre» [113]25.

Pues bien, merced a nuestra renuncia, hemos dejado de ser carnales. Quiero decir que nos hemos alejado de la vida del siglo, rechazando en absoluto los deleites de la carne. Pero, ani­mados de santa diligencia, debemos procurar con todo empeño situarnos en el estado espiritual, no sea que, confiados en este desprendimiento exterior de las cosas del mundo o en la renuncia de los placeres sensuales, creamos erróneamente haber alcanzado de un golpe la mas alta per­fección; y seamos más reacios y negligentes en purificarnos de las otras pasiones. De esta ma­nera nos quedaríamos a medio camino entre el estado carnal y el espiritual, incapaces de, ele­varnos hasta éste, por estimar que basta y sobra, para ser perfectos, el haber sido segregados, se­gún el hombre exterior, del mundo y sus delei­tes, y no tener ya parte en la corrupción ni en las obras de la carne. Sumidos en este estado de tibieza, que es el peor de todos, no nos cabría otra desgracia que ser vomitados de la boca del Señor, según que El mismo afirma: «Ojalá fue ras frío o caliente. Mas porque eres tibio, estoy para vomitarte de mi boca»[114] `. Y no sin razón, porque aquellos a quienes había acogido en las entrañas de su caridad, andan envueltos en una tibieza detestable; por eso se indigna su corazón para vomitarlos.

Podríamos decir que estaba en su mano – en la de ellos – poder ofrecer al Señor un alimen­to sano. Pero han preferido verse arrojados por El de su corazón, viniendo a ser peores que los alimentos que no se acerca nunca el Señor a sus labios. Son objeto de una repulsión se­mejante a la que experimentamos al comer cier­tos manjares que nos provocan náuseas y que nos es forzoso rehusar. Lo que está frío vuelve a calentarse en nuestra boca y lo ingerimos con gusto y aun nos es de provecho. Mas lo que hemos rechazado por su repulsiva tibieza, no pedemos, sin sublevarnos, no sólo acercarlo a nuestros labios, pero ni siquiera atisbarlo de lejos por la repugnancia que nos inspira. Esto explica por qué el tibio es considerado como el peor de los hombres.

El hombre carnal, es decir, el seglar o el gen­til, se convertirá más fácilmente, para elevarse en seguida a las cimas de la santidad, que aquel otro que, habiendo hecho profesión de vida mo­nástica, no ha entrado con voluntad firme y decidida por la senda de la perfección. Y es que este tal se ha contentado con observar sin más las leyes de la disciplina monástica, sin alimen­tar en sí mimo el fuego de su primitivo fervor. Por lc menos, el primero, el seglar, se reconoce impuro y acepta humildemente el estado a que le reducen sus pasiones vergonzosas. Herido al­gún día por el arrepentimiento, correrá a la fuen­te de la verdadera purificación, y se elevará hasta las cumbres de la vida perfecta. El mismo horror que experimentará de su infidelidad y del estado de frialdad en que se encuentra, le llenará de un santo entusiasmo que le hará volar más fácilmente hacia la perfección.

En cambio, el religioso que abusa desde un principio, por su tibieza, del nombre de monje, y no aporta la humildad y celo que debería, en orden a su profesión, una vez inficionado de esta enfermedad pestilencial y abatido en su dolencia, es incapaz en adelante de sentir gusto por la per­fección y aprovecharse de los consejos de los demás. Pues dice en su corazón, como nos lo indica aquella sentencia del Señor: «Soy rico, mee he enriquecido, y de nada tengo necesidad» [115]28. Y también pueden aplicarse las palabras que si­guen.: «Eres un desdichado, un miserable, un indigente, un ciego y un desnudo» 29. Peor que el seglar, por cuanto no se da cuenta de su mi­seria, de su ceguera, de su desnudez. A sus ojos no tiene nada que enmendar ni corregir. No tiene necesidad de las amonestaciones ni de las enseñanzas de los demás. Por es(, no admite corrección ni consejo saludable. El infeliz no se da cuenta de que el mismo nombre de monje, de que se precia, constituye para él una afrenta, y la universal reputación de que goza es un peso insoportable Por el mismo hecho de que todos le tienen por santo y le honran como a siervo de Dios, más riguroso será algún día su juicio y su castigo.

Pero ¿a qué entretenernos tanto en cosas que la misma experiencia prueba a diario y nos pone continuamente de manifiesto? Hemos visto a me­nudo a Seglares y paganos que de fríos y car­nales que eran, se han convertido a una fervoro­sa vida espiritual. En cambio, nunca hemos visto tal cosa en hombres tibios que se encuentran es­tacionados en ese grado de indiferencia animal. Más aun : leemos que el Señor, hablando por boca del Profeta, siente tal repugnancia por ellos, que ordena a los hombres espirituales y a los doctores que cesen de advertirlos y enseñarles. Que no siembren ya más la semilla de la pala­bra de vida en esa tierra estéril e infructuosa, cubierta de zarzas y espinas. Que, menosprecián­dola, cultiven más bien una tierra nueva; esto es, que proporcionen a los paganos y seglares la enseñanza de la doctrina, desplegando su celo en predicar la palabra que lleva en pos de sí la salvación. Es lo que se lee en lb. Escritura: «Así dice el Señor a los varones de Judá y a los habitantes de Jerusalén: «Roturad vuestro campo v no sembréis en cardizales» [116]30.

DE LOS QUE RENUNCIAN MAL AL MUNDO

XX. Me sonroja el decirlo, pero vemos que la mayor parte de los monjes renuncian de tal manera al mundo, que parece que, salvo la con­dición y el hábito secular, no han cambiado nada en cuanto a sus vicios y malas costumbres pa­sadas.

Porque ambicionan riquezas que ni siquiera an­tes habían poseído. O, cuando menos, persisten en guardar las que tenían, e incluso – lo cual es aún más lamentable – se preocupan en aumentar sus haberes, bajo el pretexto de que es un deber de justicia el sustentar en adelante a los criados que habían tenido o a sus hermanos. O bien se los reservan so color de reunir una comunidad que pretenden gobernar un día en calidad de abades.

Si buscasen en verdad la senda de la perfec­ción, cifrarían más bien todos sus afanes en des­hacerse no solamente de su dinero, mas también de sus aficiones pasadas, para verse libres de toda preocupación. Así, solos y despojados de todo, se someterían a la autoridad de los ancia­nos, sin tener ya cuidado de los demás ni de sí mismos. Pero ocurre todo lo contrario. Como aspiran a presidir, y mandar a sus hermanos, se guardan muy bien de plegarse a la obediencia de los ancianos. Con esto no hacen más que ci­mentar su vida sobre la soberbia. Deseosos como están de formar a los demás, no logran apren­der, ni mucho menos practicar por su cuenta lo que convendría enseñarles. De ellos hay que de­cir lo que afirma el Señor: «Siendo ciegos y he­chos guías de ciegos, necesariamente han de estar juntos en la fosa»[117]“.

Este linaje de soberbia, aunque sea único en su género, presenta dos matices diferentes. La una afecta en todo severidad y gravedad exterior; la otra se abandona con una libertad increíble a las chanzas, burlas y risas destempladas. Aqué­lla gusta del silencio; ésta, haciendo caso omiso de él, no se avergüenza en desahogarse en ha­bladurías e inepcias, y uno procede así por no parecer inferior o menos docto que los demás. La primera ambiciona la dignidad sacerdotal por instinto de elevación y vanagloria; la segunda, la desprecia como indigna del rango que tenía en el mundo, o por no responder a los méritos de su vida o de su cuna. Cuál de las dos sea la peor, es cosa que cada cual puede juzgar por sí.

En el fondo, es una misma falta la que se co­mete desobedeciendo al mandato de su anciano por ocuparse en algún menester, que por cru­zarse de brazos. Tan dañoso es faltar a la regla del monasterio durmiendo que permaneciendo en vigilia. La misma culpabilidad existe en des­obedecer a los preceptos del abad leyendo que durmiendo. En fin, despreciar a un hermano por su ayuno o por su refección, parte de un mismo foco de orgullo y suficiencia.

En realidad, no hay más diferencia que ésta que son más peligrosos y más difíciles de reme­diar los vicios que tienen apariencia de virtud y se cubren con el antifaz de las cosas espiritua­les, que los que tienen claramente por fin el placer sensual. A éstos, en efecto, como las enfer­medades que se manifiestan claras e indudables, puede atacárseles de frente y se les cura al ins­tante. Los otros vicios, en cambio, paliados con el velo de la virtud, permanecen incurables, agravando el estado de los pacientes y haciendo desesperar de su remedio.

XXI. ¿Cómo explicar tamaña ridiculez? Los hay que al abandonar la milicia del mundo dejaron todo su patrimonio con fortunas conside­rables y se refugiaron en el monasterio. Y luego, decaído el fervor incipiente de su renuncia, se aficionan con pasión a las cosas más baladíes, de las cuales, sin embargo, no podemos, ni aun nos­otros mismos, prescindir, pues hemos de usar de ellas. Tal es el efecto que cobran por estas cosas, que sobrepuja al cuidado que tuvieron antes por sus riquezas en el mundo. Poco les aprovechará haber despreciado tantos bienes y posesiones, puesto que el amor que tuvieron a ellos, y que les movió a despreciarlos, lo han puesto ahora en estas naderías. Cifrando en objetos viles la codicia que no pueden ejercer sobre objetos de valor, ponen de manifiesto que no han desarrai­gado la antigua pasión, sino únicamente que han mudado el objeto de ella.

Esclavos de una estúpida solicitud por una esterilla, un cesto, una bolsa, un manuscrito y otras cosas semejantes, se lo adueñan, por vilísimo que sea, con la misma pasión que antes se aferraban a las riquezas que dejaron. Guardan y defienden estos objetos con tanta emulación, que llegan incluso a enojarse si alguno se atreve a tocarlos, y, lo que es más vergonzoso, a mon­tar en cólera y entablar una acalorada dispu­ta. Enfermos aún de su antigua codicia, no se contentan con tener las cosas y objetos de uso común en la medida en que el monje está obli­gado a usarlas para sus necesidades ineludibles. De este modo ponen al descubierto la avaricia de su corazón: quieren disponer con más am­plitud y holgura que sus hermanos de los obje­tos indispensables, y al mismo tiempo los re­tienen con un espíritu de propiedad y celo que rebasa los límites de una solicitud razonable. Además, lo que debería ser común a todos, se lo apropian de tal modo que ni siquiera permiten que nadie ponga en ellos sus manos.

Como si el mal de la codicia sólo estuviera  en la plata y el oro, y no en el deseo desordenado de poseerlo; y como si no fuera peor airar­se por pequeñeces que por cosas de importancia, Hemos dejado bienes de gran valor con el fin de hallarnos mejor dispuestos para despreciar los objetos insignificantes. ¿En qué consiste la diferencia de apasionarse por magníficas rique­zas o por simples nimiedades, sino en que es más reprensible hacerse esclavo de cosas míni­mas cuando se han menospreciado las grandes? Concluyamos diciendo que la perfección del co­razón no es patrimonio de aquellos que com­prenden así la renuncia, porque, aunque han abrazado la profesión de pobres, sus almas con­servan el efecto propio de los ricos.

V

CONFERENCIA DEL ABAD SERAPION

DE LOS OCHO VICIOS CAPITALES

Capítulos: I. Nuestra llegada a la celda del abad Serapión. Pregunta sobre los distintos géneros de vicios y sus embates.-II. Exposición del abad Se­rapión sobre los ocho vicios capitales.-III. De dos géneros de vicios y cómo actúan en el alma.-IV. Re­capitulación sobre las pasiones de la gula y de la lujuria, y de su tratamiento.-V. Cómo nuestro Señor Jesucristo fué el único que fué tentado sin culpa.-VI. Naturaleza de la tentación con que fué acometido el Señor por parte del demonio.­VII. Que la vanagloria y la soberbia se consuman sin concurso de la carne.-VIII. Que el amor al dinero es vicio que no se basa en la naturaleza, y de la diferencia que existe entre él y los vicios naturales:-IX. Que la tristeza y la acidia no se hallan, por lo común, entre los vicios que son provocados por causas extrínsecas.-X. De la co­nexión que guardan entre sí los seis primeros vicios, y de la afinidad que existe entre los dos últimos.­XI. Origen y naturaleza de cada uno de estos vi­cios.-XII. En qué nos es provechosa la vanaglo­ria.-XIII. De múltiples formas con que nos tira­nizan los vicios.- -XIV. Que la lucha contra los vicios debe entablarse en conformidad, con la na­turaleza de sus asaltos.-XV. Que nada podemos contra los vicios sin el auxilio de Dios, y que no debemos sentir altivez al triunfar sobre ellos.­XVI. Del sentido místico de las siete naciones cuyo territorio tomó Israel en posesión; y por qué en un lugar se dice que fueron siete y en otro que fueron muchas más.-XVII. Pregunta de Germán    sobre la comparación de las siete naciones con los ocho vicios capitales.-XVIII. Cómo a los ocho vicios corresponden cabalmente las ocho nacio­nes.-XIX. Por qué se ordena al pueblo escogido abandonar una sola nación y destruir las otras siete. XX. De la naturaleza de la gula comparada con la del águila.-XXI. Disputa habida entré un anciano y ciertos filósofos acerca de la irreductibi­lidad de la gula.-XXII. Por qué dijo Dios a Abra­ham que el pueblo de Israel había de vencer a diez naciones.-XXIII. De la utilidad de poseer las tie­rras ocupadas por los vicios.-XXIV. Que las tie­rras de- donde fueron expulsados los pueblos de Ca­naán habían sido asignadas a los hijos de Sem.­X.XV. Diversos testimonios de la Escritura relati­vos a la significación de los ocho vicios capitales.­XXVI. Una vez vencida la pasión de la gula, debe­rnos esforzarnos por adquirir las otras virtudes.­XXVII. Que el orden que debemos seguir en la lu­cha contra los vicios no es el mismo que el que guardan ellos entre sí.

SOBRE LOS DISTINTOS GÉNEROS DE VICIOS

1. Entre aquel enjambre de varones insignes, a cual más venerable por su ancianidad, se en­contraba un solitario por nombre Serapión[118] 1,que se distinguía entre todos por la virtud de !a dis­creción y la prudencia. Juzgo de utilidad dar por escrito aquí la conferencia que con él sos­tuvimos.

Le abordamos un día y le suplicamos con vi­vas instancias nos explicara algo sobre la naturaleza de los vicios que nos hostilizan, y nos des­cubriera sus orígenes y sus causas. Y empezó así.

II. Ocho son los vicios capitales que afligen al género humano[119] 2. El primero es la gula o glotonería; el segundo, la lujuria; el tercero, la avaricia o amor al dinero; el cuarto, la ira; el. quinto, la tristeza; el sexto, la acidia, esto es, el desabrimiento o tedio del corazón; el séptimo, la jactancia o vanagloria; el octavo, la soberbia..

III. Estos vicios se dividen en dos catego­rías: naturales, como, por ejemplo, la gula, y extranaturales, como la avaricia. El modo como se consuman en nosotros es cuádruplo.

Algunos necesitan para ello de la complicidad del cuerpo, como la gula y la lujuria; otros no exigen esa cooperación física, así la soberbia y la vanagloria. Los hay que reciben su impulso de un factor e,,arínseco, como la avaricia y la ira; otros, en cambio, nacen de movimientos internos; es el caso de la acidia y la tristeza.

RECAPITULACIÓN SOBRE LAS PASIONES DE LA GULA Y DE LA LUJURIA

IV.      Y para tratar este tema en la forma más sucinta posible y proyectar más claridad sobre él con testimonios de la Escritura, digamos algo a título de recapitulación.

La gula y la lujuria, por muy innatas que sean en nosotros-DUCS a. veces sin delincuencia al­guna de la voluntad se avivan por la sola in­citación y prurito de la carne-, con todo nece­sitan, para la consumación de sus actos, de un objeto externo, llegando así. mediante una acción corporal, a alcanzar su fin. Porque «cada uno es tentado por sus propias concupiscencias, que le atraen y seducen. Luego la concupiscencia, cuan­do ha concebido, pare el pecado, v el pecado, una vez consumado, engendra la muerte»[120] ‘. El primer Adán no hubiera podido ser seducido por la gula de no haber tenido a su alcance el fruto prohibido que comió ilícitamente. Y ni siquiera en la tentación del segundo Adán faltó la pre­sencia de un objeto a propósito para seducirle, pues se le dice: «Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan» 4.

En cuanto a la lujuria, es a todas luces evi­dente que se consuma por mediación del cuerpo. He aquí con qué términos habla Dios de ello al santo Job: «Su fuerza está en los lomos, y su poder, sobre las entrañas» `. Por donde, como estos vicios no llegan a perpetrarse sino con la complicidad de la carne, exigen más especial­mente, junto con los remedios espirituales, la práctica constante de la abstinencia corporal.

Para reprimir sus estímulos no basta la apli­cación del espíritu, como acontece de ordinario cuando se trata de poner coto a la ira, la tris­teza y otras pasiones. En éstas, la sola inter­vención del espíritu es suficiente para vencerlas, sin que la carne tenga que imponerse mortifi­cación alguna. En aquéllas, en cambio, precisa la privación corporal, que consiste en las vigi­lias, el ayuno y la penalidad del trabajo. Con ello convendrá conjugar el retiro de la soledad, o, lo que es lo mismo, el evitar las ocasiones. Y la razón es obvia. Así como el alma y el cuerpo concurren a su origen y consumación, así tam­bién será menester que para vencerlos y triunfar de ellos intervengan ambos de consuno.

Cabe advertir que el Apóstol llama carnales todos los vicios en general, ya que la enemistad, por ejemplo, el odio y la herejía los incluye en las demás obras de la carne. No obstante, sien­do mi objeto determinar exactamente la natu­raleza de estos vicios v el tratamiento que hay que darles, me importa mantener la doble di­visión que he establecido, a saber, que hay unos vicios que son carnales y otros de tipo espiritual.

Por carnales entendemos aquellos que están relacionados especialmente con los sentidos y se fomentan v consuman en la carne. Esta encuentra en ellos su pábulo y deleite- Tanto, que incluso excitan a las almas puras y morigera­das, y aun a veces les hace violencia, movién­dolas a consentir en sus deseos. De ellas dice el Apóstol: «Entre los cuales todos nosotros fuimos también contados en otro tiempo y seguimos los deseos de nuestra carne, cumpliendo la volun­tad de ella y sus depravados deseos, siendo por nuestra conducta hijos de ira como los de­más»[121] 6.

Llamamos, empero, espirituales a los que se originan sólo por impulso del alma. Lejos de proporcionar al cuerpo el más mínimo placer, le abruman con grave desazón y pesadumbre, sien­do pasto del alma enfermiza, a quien nutren con el alimento de misérrimas satisfacciones. Por lo mismo, éstos no necesitan más que de la simple medicina del alma, al paso que los de la carne no se curan sino merced a un doble tratamiento, como dejamos dicho arriba. Por eso deben, aque­llo, que aspiran a la pureza del corazón, apar­tar de sí, desde el principio, los objetos que pue­den dar ocasión de fomentar la pasión natural que hay en nosotros o avivar su recuerdo en nuestras almas aún enfermizas. Es preciso que a doble mal se aplique doble remedio. En efecto por un lado hay que sustraer a la concupiscen­cia los objetos que naturalmente la seducen, para que no se vea atraída hacia ellos; por otro, el alma ha de echar mano, para no concebir si­quiera un mal pensamiento, de la meditación atenta de las Escrituras, de una esmerada vigilancia y de la soledad.

Mas para los otros vicios, la sociedad y con­vivencia con los demás no daña en modo alguno al alma. Al contrario, le es de suma utilidad, si quiere carecer de estas pasiones, pues se descubren mejor alternando con los hombres. Al rozarse, en efecto, con ellos, se da ocasión a que se manifies­ten con más frecuencia, dando lugar a un reme­dio más rápido y. eficaz.

NATURALEZA DL LA TENTACIÓN

CON QUE FUE ACOMETIDO EL SEÑOR POR PARTE DEL DEMONIO

V. Por eso Nuestro Señor Jesucristo, según la sentencia del Apóstol, fue tentado «en todo a semejanza nuestra»[122] `. Pero agrega: «salvo en el pecado»; es decir, estando exento de todo resabio de pasión sin la impureza del vicio del que estamos hablando. No experimentó, en ab­soluto, el aguijón le la concupiscencia. Ese aguijón que nos aflige fatalmente a nosotros, aun sin percatarnos de ello y contra nuestra voluntad. Es que no hubo en su nacimiento semejanza alguna de la generación humana, ya que el Arcángel ha­bía anunciado que su concepción tendría lugar así: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, v la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso lo santo que de ti nacerá será llamado Hilo de Dios»

VI. Puesto que conservaba en su Humani­dad la imagen y semejanza más pura de Dios, sólo debió ser tentado en aquellas pasiones en que lo fue Adán cuando aún conservaba intacta la imagen de Dios, esto es, en la gula, en la va­nagloria y en la soberbia. No en aquellas en que Adán había caído por su propia culpa, después de haber mancillado, por la trasgresión del man­damiento recibido, la imagen y semejanza di­vinas.

I.a tentación de gula tiene lugar cuando Adán se decide a comer del fruto del árbol prohibido. Por lo que se refiere a la de la vanagloria, se advierte en estas palabras: «Se abrirán vuestros ojos”[123]. Y estas otras: «Seréis como dioses, sa­biendo el bien y el mal» , ponen de manifies­to la tentación de soberbia. Pues bien, leemos que nuestro Salvador fue también tentado en estas materias. De gula, cuando el diablo le dijo: «Di que astas piedras se conviertan en pan» 11. De vanagloria: «Si eres el Hijo de Dios, échate de aquí abajo» 12. De soberbia, cuando, mostrán­dole todos los reinos de la tierra y su gloria, le dijo: «Todas estas cosas te daré si, postrándote, me adorares» 13.

El designio del Señor al permitir ser acometido en las mismas tentaciones que nuestro pri­mer padre era enseñarnos, con su ejemplo, cómo debíamos nosotros vencer al tentador. Por eso aquél fue llamado Adán, y El también Adán. Uno es primero por la ruina y la muerte; el otro es primero por la resurrección y la vida. Por aquél, todo el género humano se condena; por éste, todo el género humano encuentra la liberación. El primero es formado de una tierra nueva e incul­ta; el segundo nace de María, la Virgen sin man­cilla.

Pero aunque convenía que el Señor padecie­ra estas tentaciones, no era necesario que exce­diera su medida. Habiendo vencido la gula, no podía ser tentado de sensualidad, que se nutre de aquélla como de su raíz. Y así, si el primer Adán no hubiera sucumbido a la tentación pri­mera de la gula, no se hubiera visto sumergido, ni él ni su descendencia, en los incentivos de la lujuria, cuya fuente y origen es aquélla. Razón por la cual no se dice que el Hijo de Dios vinie­ra simplemente en carne de pecado, sino «en sustancia de carne de pecado» [124]14. Porque, aunque su carne era verdadera, pues comía, bebía y dor­mía como los demás hombres, y los clavos tras­pasaron realmente sus miembros, no obstante, el pecado que contrae el hombre por la tras­gresión no fue en El real, sino aparente.

Porque no experimentó los estímulos de la con­cupiscencia que se subleva en nosotros por efecto de la naturaleza v contra nuestra voluntad. So­lamente recibió de ellos una cierta semejanza, en cuanto que participó de nuestra humanidad. Viendo que cumplía en realidad todos los actos de nuestra naturaleza v sobrellevaba todas las debilidades humanas, se le juzgó igual a nos­otros, sujeto a la pasión. Y es que sus flaquezas, que quiso compartir con los hombres, parecían una señal inconfundible de que llevaba en su carne, corno los humanos, la condición del vicio y del pecado.

En una palabra, el diablo le acomete únicamen­te en aquellos vicios con que había soliviantado al primer Adán. Creía habérselas con un hombre como los demás, a quien sería fácil hacer caer en los otros vicios, si sucumbía en aquellas en que había seducido a nuestro primer padre. Pero vencido en el primer encuentro, no pudo ya ino­cularle- el veneno[125] 15 que tiene su raíz en el pri­mer pecado. Veía que la gula, germen y causa inicial de la impureza, no hacía mella en el Señor, pues la rechazaba con decisión rotunda. Inútil esperar que, cortada la raíz, diese el árbol los frutos y semillas del pecado.

San Lucas coloca en tercer lugar aquella ten­tación en que se dice: «Si eres el Hijo de Dios, arrójate de aquí abajo»[126]“, palabras que pueden interpretarse del vicio de la soberbia. Pero, des­de luego, la precedente, o sea, la que San ¡Ma­teo presenta como la tercera, y en la cual nos dice San Lucas que el diablo muestra al Se­ñor, en un instante, todos los reinos del mundo, deberá entenderse del vicio de la avaricia.

Viendo el enemigo que no había podido ven­cer al Señor en la tentación de la gula, y reco­nociendo su impotencia para tentarle en la lu­juria, optó ahora por la avaricia, que sabía era la sentina de todos los males. Vencido también en ésta, no se atrevió ya a sugerirle ninguno de los vicios que proceden de ella como de su tron­co, común. Recurrió, pues, en última instancia, a la soberbia. No ignoraba que aun los perfectos después de haber salido triunfantes de todos los vicios, no dejan de ser vulnerables en esta pa­sión. Sabia, asimismo, que solamente la soberbia había pedido derribarle a él, Lucifer, y a sus secuaces desde lo más alto de los cielos, sin ha­ber experimentado antes el desorden de las pa­siones.

Advirtamos, finalmente, si es que nos atenemos al orden de la exposición de San Lucas, la fe­liz coincidencia que se observa en la seducción y modo como tentó el enemigo al primero y luego al segundo Adán. A aquél le dice: «Se abrirán vuestros ojos.» A éste «le mostró todos los reinos del mundo y su gloria». A Adán le promete: «Seréis como dioses.» A Cristo: «Si eres Hijo de Dios.»

EXPOSICIÓN DE LOS DEMÁS VICIOS CAPITALES

VII. La exposición del vicio de la gula y la tentación del Señor ha hecho que nos apartá­ramos un tanto del tema que empezamos a tra­tar. Reanudémoslo ahora, fieles al orden que nos propusimos, y sigamos hablando del modo como se producen en nosotros les demás vicios.

La vanagloria y la soberbia se consuenan, por lo común, sin concurso alguno del cuerpo. Y a la verdad, ¿cómo podrían tener necesidad de una acción física cuando, en lugar de la concupis­cencia carnal, sólo por el afán que despiertan en el alma fascinada de conquistar el honor y la glo­ria causan ya por sí solas su ruina? O ¿qué efec­to corporal tuvo la antigua soberbia de Lucifer? ¿No fue simplemente el fruto de su corazón y de su pensamiento? He aquí cómo se expresa el Profeta: «Tú que decías en tu corazón: subiré a los cielos; en lo alto, sobre las estrellas de Dios, elevaré mi trono; me instalaré sobre la cumbre de las nubes y seré igual al Altísimo»[127]17.Así como no tuvo quién le solicitara a esta soberbia, así con sólo el pensamiento consumó su crimen y su eterna ruina. Por eso no se siguió efecto al­guno a su ambiciosa pretensión de una soberanía excelsa.

VIII. La avaricia y la ira, aunque no son de igual condición (pues la primera es extrana­tural y la segunda parece tener en nosotros su fuente originaria)[128] 18, no obstante, tienen puntos de contacto en cuanto a su procedencia, como quiera que la causa inicial suele ser extrínseca a ellas.

Con frecuencia, los más débiles, cuando han sucumbido en estos vicios, se lamentan de haber sido solicitados o movidos por tal o cual mo­tivo, y pretextan que su enojo o su avaricia son debidos a la instigación de otros.

La avaricia es, a ojos vistas, extranatural. Se desprende del hecho de que no tiene en nosotros su principal origen, y que el objeto sobre el que se apoya, cual es el dinero y los bienes de orden material, no están unidos al cuerpo o al alma, ni hacen falta para sustentar sus necesidades. En realidad, y apurando un tanto las cosas, la na­turaleza no exige para su subsistencia más que la comida y bebida cotidianas. Todo lo demás, por mucho que hagamos por obtenerlo y conservarlo, siempre será ajeno a la necesidad, como lo prue­ba la experiencia de la vida. Pero por lo mismo que no es indispensable sino superfluo, sólo pre­ocupa a los monjes tibios y vacilantes en su vo­cación; al paso que lo que es de veras natural no deja de ser motivo de tentación, aun para los monjes más perfectos, a pesar de que su vida transcurra en la soledad del desierto.

Es esto tan verdad, que conocemos incluso a algunos pueblos paganos que están totalmente exentos de esta pasión de la avaricia. No han permitido que este morbo pestilencial contami­nara nunca sus costumbres. Y tengo para mí que el mundo antiguo que vivió antes del diluvio ignoró durante largo tiempo este loco frenesí.

También nosotros podemos vernos fácilmente libres de él, si nuestra renuncia es perfecta, esto es, si después de haber abandonado nuestros bienes nos consagramos sin reservas a la discipli­na cenobítica y no nos reservamos un solo de­nario. Testimonios de ello podríamos encon­trarlos a millares. Estos monjes, distribuyendo todos sus bienes, desarraigaron de una vez para siempre esta pasión y en adelante no sintieron la más leve acometida. Y, sin embargo de ello, han de luchar sin tregua contra el vicio de la gula, de que no pueden triunfar con tanta fa­cilidad. Sólo un gran tesón, y una abstinencia heroica son capaces de triunfar de él.

IX. La tristeza y la acidia no suelen ori­ginarse por causas exteriores, como acontece con los vicios precedentes. Es sabido que con fre­cuencia afligen con una violencia extrema a los mismos solitarios que viven en el yermo, lejos del concurso de los hombres. Quien ha vivido en la soledad y se ha avezado a los combates del hombre interior podrá comprobar la verdad de lo que digo.

CONEXIÓN QUE GUARDAN ENTRE SÍ LOS VICIOS

 X. Por notable que sea la diversidad de estos vicios en su origen y modo de consumarse, es notorio que los seis primeros, es a saber, la gula, la lujuria, la avaricia, la ira, la tristeza y la pereza, están unidos por un cierto parentesco, y, por decirlo así, existe entre ellos una cierta tra­bazón, en cuanto que la sobreabundancia de uno suele dar lugar a la existencia del siguiente. En efecto, el exceso de la gula produce necesa­riamente la lujuria; el de la lujuria, la avaricia; el de la avaricia, la ira; el de la ira, la tristeza; el de la tristeza, la acidia o pereza.

Convendrá, pues, adoptar contra estos vicios una actitud constante y poner en juego una tác­tica siempre igual. O sea, que por el precedente hay que emprender la lucha contra el subsiguien­te. Es como cuando se desea cortar un árbol al­tísimo, cuya sombra, más bien contraproducente, domina una gran extensión. El medio más sen­cillo es dejar al descubierto, ante todo, las raíces, y luego cortarlas. De igual modo, las aguas que llevan consigo alguna infección, quedan al ins­tante restañadas si con habilidad y tino se obs­truye el manantial de donde nacen y se ciegan sus venas.

Consecuencia: si se quiere vencer la pereza, es menester dominar de antemano la tristeza; para vernos libres de ésta, debemos reprimir antes la ira; la extinción de la ira exige como condi­ción previa pisotear la avaricia; para extirpar la avaricia hay que refrenar con anterioridad la lujuria; y mal se podrá contener en la lujuria quien no corrija primera el vicio de la gula.

En cuanto a los dos últimos vicios, la vana­gloria y la soberbia, están asimismo relaciona­dos entre sí en la forma que acabamos de in­dicar. El incremento del primero da origen al segundo, porque el exceso de la vanidad engendra la soberbia. No obstante, difieren totalmente de los seis primeros, como quiera que estos dos vi­cios, lejos de originarse de aquéllos, se manifiesten siguiendo un orden y trayectoria distintos. Cuando aquéllos quedan extirpados, éstos dos brotan de nuevo y con más violencia; cuando aquéllos mueren, pululan éstos y crecen con más vitalidad. También es diferente la forma como nos atacan. En los seis primeros vicios; el que nos precipitemos en cada uno de ellos depende de la victoria que ha obtenido sobre nosotros su inmediato’ precedente; en cambio, en estos dos de la soberbia y vanagloria corremos el riesgo  229   de perecer al vernos vencedores de los demás.

Réstanos tan sólo hacer hincapié sobre lo que hemos insinuado ya: así como todos estos vicios se originan por el incremento de su precedente respectivo, así, el menguar en fuerza el anterior, se sigue una purificación en el siguiente. De este principio fluye natural una conclusión clara: para aniquilar la soberbia hay que eliminar, ante todo, la vanidad. Y así sucesivamente; superado el primero, se mitiga el segundo; vencido aquél, éste languidece y se anula sin dificultad.

Y aunque estos ocho vicios capitales, repito, están íntimamente unidos y trabados entre sí, esto no impide que puedan dividirse también, desde otro ángulo moral, en cuatro dualidades que guardan a su vez estrecha relación. Entre la gula y la lujuria existe un parentesco y una analogía peculiares; del mismo modo, la avaricia y la ira, la tristeza y la pereza, la vanagloria y la sober­bia tienen entre sí una acusada afinidad.

ORIGEN Y NATURALEZA DE CADA UNO DEESTOS VICIOS

XI.- Y para abordar ya las diversas espe­cies que se encuentran en cada vicio, digamos que hay tres clases de gula. La primera induce al monje a anticipar la hora establecida para la refección. La segunda le mueve a saturarse de cualquier manjar, sea el que sea; poco le importa   231   la calidad de los alimentos. La tercera le hace apetecer los manjares exquisitos y bien adereza­dos. Los tres causan al monje notable perjuicio, a menos que procure librarse de ellas con em­peño.

Así como el monje no debe autorizarse a sí mismo a quebrantar jamás el ayuno antes de la hora regular, de igual modo tiene que combatir esa voracidad y menospreciar la suntuosidad y exquisitez en el aderezo de la comida.

De estos tres focos derivan para el alma diversas cuanto gravísimas dolencias. La pri­mera engendra el odio al monasterio, haciéndose la permanencia en él cada vez más triste e inso­portable. No cabe duda que al fastidio se seguirá muy pronto la deserción o la huida. La segunda atiza el fuego de la lujuria y estimula el agui­jón de la carne. En fin, la última prende a sus víctimas en los lazos inextricables de la avaricia. Esto, como secuela inevitable, hace imposible al monje fundarse en la desnudez de Cristo.

Podremos reconocer los síntomas de esta pa­sión por una señal característica. Supongamos que un hermano nos ha invitado a su mesa. Nos sentimos descontentos porque los manjares que ha preparado tienen un sabor que no es de nues­tro agrado, Sin sospechar que vamos a ser in­oportunos, le pedimos con excesiva libertad aña­da algún condimento suplementario. Ni qué decir tiene que esta postura nuestra hay que evi­tarla a toda costa. Por tres razones. En primer  232

lugar, porque el monje debe ejercitarse sin cesar en toda paciencia y ha de vivir siempre pobre­mente. Como afirma San Pablo, es preciso que aprenda a contentarse con lo que hay [129]11.Además, difícilmente refrenará las pasiones ocultas y más violentas de la carne- si, contrariado su gusto por un insignificante sinsabor, es incapaz de mor­tificar siquiera un instante las delicias del paladar. En segundo lugar, puede ocurrir que nuestro huésped no tenga en aquel momento lo que so­licitamos, en cuyo caso inferimos una afrenta a la necesidad y frugalidad de quien nos recibe, al hacer pública una pobreza que él quería fuese conocida sólo de Dios. En fin, es posible que el condimento que nosotros deseamos desagrade a otros. Entonces, por haber querido satisfacer nuestro apetito personal, habremos mortificado a los demás. Por todos estos motivos debemos refrenar sin miramientos nuestra inoportuna li­bertad.

Por lo que a la lujuria se refiere, reviste tam­bién tres formas diferenciadas. La primera con­siste en la unión indebida de ambos sexos. La segunda, es la que se comete sin cómplice alguno, es decir, sin contacto físico 2°. Por este pecado castigó el Señor a Onam, hijo del patriarca Judas. La Escritura la llama impureza y el Após­tol habla de ella así: «Sin- embargo, a los   233

No-casados y a las viudas les digo que les es mejor permanecer como yo. Pero si no pueden guardar continencia, cásense, que mejor es casarse que abrasarse» [130]21.

La tercera se comete con el pensamiento y deseo. A este propósito dice el Señor en el Evan­gelio: «Todo el que mirare a una mujer deseán­dola, ya adulteró con ella en su corazón»22 .San Pablo afirma vigorosamente que es preciso ani­quilar este vicio en sus tres manifestaciones: «Mortificad—dice—vuestros miembros terrenos, la fornicación, la impureza, la liviandad» 23,etc. Y de nuevo les intima a los efesios, aludiendo sólo a dos especies: «Cuanto a la fornicación y la inmundicia, ni siquiera se nombre entre vos­otros» 2 4.Y aun: «Habéis de saber que ningún fornicario, o impuro, o avaro, que es como ado­rador de ídolos, tendrá parte en la heredad del reino de Cristo y de Dios» 25.Para que nos guar­demos de ellas nos amenaza con la exclusión del reino de Cristo.

La avaricia tiene también tres facetas distin­tas. La primera no le deja al monje despojarse enteramente de su fortuna y sus bienes. La se­gunda nos persuade a que sustraigamos con más pasión que nunca lo que hemos invertido en los 234   demás o distribuido entre los indigentes. La ter­cera nos induce a desear o adquirir cosas que ni siquiera antes poseíamos.

La ira se presenta igualmente bajo tres as­pectos. La una es corno un fuego que se mantie­ne latente en el interior; en griego se la lla­ma qumój . La otra es la que estalla en palabras, obras y afectos; se la denomina orgh . San Pa­blo dice de estas dos formas de ira: «Pero ahora deponed también todas estas cosas: ira, animo­sidad»[131] 2 6.La tercera no consiste, como las pre­cedentes, en esa indignación que no dura más que una hora, sino que persiste durante días enteros y aun durante largo tiempo. Se le da el nombre de mhnij. Las tres deben inspirarnos igual horror y hay que anatematizarlas sin reparo alguno.

Dos grados divergentes hay en la tristeza. Unas veces se origina al contener los brotes de la ira, y es consecuencia de un daño que alguien nos ha inferido o, también, de un deseo contra­riado. La segunda surge de una irracional ansie­dad o abatimiento del espíritu.

La pereza tiene parejamente una doble causa. La una nos provoca al sueño cuando somos presa del malhumor y del fastidio. La otra nos empuja a huir de la celda y abandonar el retiro.

Con respecto a la vanagloria, a pesar de tener múltiples manifestaciones y dividirse en varias   235   especies, puede reducirse a dos principales. Por la primera tendemos a la altivez por motivos externos y tangibles. La segunda nos inflama en deseos de vanagloria por cosas espirituales y ocultas.

XII. Sólo en un caso puede ser útil la va­nidad: en los principiantes. Por lo menos en aquellos que todavía se ven atormentados por los vicios de la carne. En el momento en que el espí­ritu de fornicación les tortura con más vehemencia, el recuerdo de la dignidad sacerdotal que ambi­cionan, o la misma opinión común que los ve­nera como santos y sin pecado, les hará ver cuán infames son aquellos ardores impuros de la con­cupiscencia y cuán indignos de que se les tenga en estima y del honor del sacerdocio. Al menos este pensamiento anula en ellos la vanidad. Por donde un mal menor les servirá para reprimir otro mayor 2 7.

27 Puede entenderse esto de dos maneras. O bien que la vanidad se toma aquí como vicio propiamente, de modo que con un vicio menor se anule el mayor; o bien que se considera la vanidad como impropia­mente dicha, es decir, no como vicio o pecado, sino como falta aparente, como cuando alguno, por miedo a la infamia o deshonra, máxime siendo sacerdote .0 religioso—y no por un motivo perfecto, cual sería el amor de Dios—se abstuviera del pecado carnal. Este proceder puede ser útil a los adolescentes, quienes, a veces, se apartan del mal más por motivos humanos, que por causas de más peso que suponen mayor per­fección.   236

Porque es más tolerable sucumbir ante esta especie de vanagloria que claudicar ante los ardo­res de la lujuria, donde la ruina es poco menos que irreparable o lo es totalmente. Isaías lo ha expresado fielmente al poner en labios del Señor estas palabras: «Yo por la honra de mi nombre contengo mi ira; por amor de mi gloria te pon­dré como un freno para que no perezcas» [132]28. Esto es, para que mientras te hallas aprisionado en la lisonja siempre placentera de la vanidad, no caigas en el abismo del infierno y te veas sumergido irremisiblemente en el pecado.

No debe maravillarnos que la vanagloria tenga un poder tal que sea capaz de frenarle a uno y contenerle en mitad de la pendiente, para que no siga por ella hasta el abismo de la fornica­ción. La experiencia enseña que el que está in­ficionado del virus de la vanidad es hasta tal punto infatigable en sus ejercicios y prácticas espirituales, que puede incluso ayunar dos o tres días consecutivos sin desmayo. Algunos de los que habitan en este desierto lo han confesado paladinamente. Durante el tiempo que vivieron en los cenobios de Siria soportaban sin pena no tomar alimento más que cada cinco días. Ahora, en cambio, les acosa el hambre tan vivamente ya desde la tercera hora, que con dificultad pue­den diferir la refección cotidiana hasta la hora nona.28     237

Sobre el particular tenemos el hermoso testi­monio del abad Macario. Alguien le preguntó por qué en el desierto echaba de menos el sus­tento ya desde tercia, cuando en el monasterio llegaba a pasar semanas enteras en ayunas, sin experimentar la necesidad de tomar alimento. El abad le respondió: «Porque aquí tu ayuno transcurre sin testigos que puedan sustentarte con sus alabanzas, al paso que allí el dedo de los hombres te designaba con admiración y el pasto de la vanagloria te alimentaba.»

Contiene el libro de los Reyes una hermosa figura [133] 29,muy gráfica y expresiva, por cierto, de esta verdad que podríamos enunciar así: al presentarse la vanagloria, queda excluida la lu­juria. Necao, rey de Egipto, tenía cautivo al pue­blo de Israel. Pero Nabucodonosor, soberano de Asiria, entró en Egipto y trasladó a los hebreos del suelo egipcio a su reino. No les devolvió la libertad ni les condujo a su tierra natal, sino que los llevó a territorios mucho más apartados de su patria que lo estaba Egipto. Esta figura se adapta perfectamente a lo que decimos. Aun­que la esclavitud de la vanidad es sin duda más tolerable que la de la lujuria, no obstante, es más difícil sustraerse a ella. Ocurre lo que con un cautivo que, conducido a regiones más le­janas, le es más difícil volver al suelo natal y a la libertad de la patria. Con razón sobrada merece   238   la reprensión del Profeta: « ¿Por qué has envejecido en tierra extranjera?»[134] 30 Bien se dice que ha envejecido en tierra extraña quien no se corrige de los vicios terrenos.

Hay asimismo dos clases de orgullo. El pri­mero es carnal, el segundo espiritual. Este es también más peligroso, por cuanto inquieta más especialmente a los que han progresado en alguna virtud.

NUESTRA ACTITUD EN LA LUCHA CONTRA ESTOS VICIOS

  1. Como se advierte, estos ocho vicios hostilizan al género humano, pero no a todos les afligen del mismo modo. Porque en unos ob­tiene el primer puesto el espíritu de fornicación; en otros, predomina la cólera. A éste le carcome la vanidad, vindicando sus derechos. En aquél levanta la soberbia su alcázar. Y aunque todos somos víctimas de las vejaciones del vicio, no a todos nos oprimen del mismo modo y con orden idéntico.
  2. Frente a estos vicios no cabe otra acti­tud que la de una ofensiva a rajatabla. Ante todo, cada cual debe observar el vicio que más le acucia y entablar contra él singular batalla.   239

Fije la atención en el cariz que toman sus ata­ques, dirigiendo contra él las saetas de los ayunos cotidianos. Debe asestarle a todas horas los sus­piros del corazón y los dardos continuos de los gemidos. Dispare contra él la penalidad de las vigilias y las meditaciones de su corazón. Debe, además, ofrecer a Dios sin cesar su oración con lágrimas, pidiéndole se digne neutralizar las opresiones del enemigo. Es imposible conseguir la victoria contra cualquier pasión si no esta­mos penetrados de esta idea madre: que nuestra industria y propio trabajo no pueden por sí solos obtener el triunfo sobre ella. Y esto, a pesar de que por nuestra parte la obra de purificación reclama noche y día un cuidado y solicitud in­cesantes.

Cuando se vea libre de este vicio, se impone una nueva labor de exploración. Deberá sondear con la misma mirada atenta los íntimos replie­gues de su alma y ver cuál es ahora, entre los demás, el vicio más hondamente arraigado. Mo­vilice entonces contra él todas las armas de su es­píritu. De esta forma, tras de haber vencido los más irreductibles, alcanzará pronta y fácilmente la victoria sobre los demás. La fuerza del alma se acrece con sus triunfos, y cobra ánimo ante unos adversarios cada vez más febles y abatidos. La lucha va tomando un sesgo de optimismo hasta cristalizar en una victoria total.

Así se conducen los gladiadores del circo ante los reyes de la tierra. El afán de recompensa les   240    mueve a enfrentarse contra las fieras más temi­bles en ese espectáculo que llaman vulgarmente «pancarpo». Arremeten, ante todo, contra las bes­tias de mayor corpulencia y contra las más terri­bles por su ferocidad. Una vez las han abatido, dan muerte más fácilmente a las otras que son menos sanguinarias y feroces. Siguiendo, pues, un procedimiento semejante, hagamos por reprimir antes las pasiones más impetuosas y ardientes, para aniquilar después gradualmente las más dé­biles. Así, soslayando los peligros, obtendremos una victoria completa.

Por lo demás, no creamos que al concentrar nuestras fuerzas y dirigirlas contra un objetivo único y concreto—como haciendo caso omiso de los asaltos que pueden amenazarnos por otro flanco—corremos el riesgo de ser heridos de im­proviso. Tal cosa no puede suceder. Porque es imposible que un monje que pone en juego toda su solicitud para extirpar de él un vicio determi­nado, no envuelva asimismo a los demás en un odio común y se ponga de igual modo en guardia contra todos ellos. De no ser así, ¿cómo merecerá obtener la victoria de la pasión de que desea li­brarse quien se muestre indigno del premio de los corazones puros, afeando su alma con las man­chas de los otros vicios?

Pero cuando hayamos combatido un vicio de­terminado y hayamos hecho de ello nuestra prin­cipal preocupación, rogaremos con más ardor para merecer la gracia de una vigilancia más   241 atenta sobre él, en orden a obtener una fácil victoria. Esta es cabalmente la táctica que nos aconseja adoptar el Legislador de los hebreos, al recomendamos al mismo tiempo que no confiemos en nuestras propias fuerzas: «No los temas —dice—, porque en medio de ti está el Señor tu Dios, Dios grande y terrible. El expulsará poco a poco y por partes a estas naciones de tu presencia. No las podrás exterminar todas a un mismo tiempo, no sea que las fieras salvajes se multipliquen contra ti. El Señor Dios tuyo te los entregará en tu presencia, y los matará hasta que desaparezcan por completo» [135]31.

XV. Pero también nos amonesta que no de­bemos enaltecernos por nuestros éxitos: «No sea que cuando comas y te hartes, cuando edifiques y habites hermosas casas, y veas multiplicarse tus bueyes y tus ovejas y acrecentarse tu plata, tu oro y todo tus bienes, te ensoberbezcas en tu corazón y te olvides del Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de la servidumbre, y te ha conducido a través de vasto y horrible desierto» 32.También Salomón en los Proverbios: «No te goces en la ruina de tu ene­migo, no se alegre tu corazón al verle sucumbir. No lo vea Dios y le desagrade y aparte de sobre él su ira» 33; esto es: No sea que el Señor, viendo ‑ 242            la altivez de tu corazón, cese de impugnar a tu enemigo, y abandonado de Dios, seas de nuevo velado por la pasión de la cual triunfabas mer­ced a su gracia. Pues el Profeta no hubiera dicho en su plegaria: «No entregues, Señor, a las fie­ras el alma que te confiesa» [136]34,si no hubiera sabido que a muchos, por la hinchazón de su corazón, se les abandona de nuevo a los mismos vicios que habían vencido, para que sean humi­llados.

Debemos, pues, convencernos, como nos per­suaden a porfía la experiencia y los innumerables testimonios de la Escritura, que no podemos pre­valecer contra tan poderosos enemigos con solas nuestras fuerzas. Es menester para ello afianzar­nos en el auxilio de Dios, a quien debemos atri­buir siempre el éxito de nuestros triunfos. Así nos lo advierte el Señor por labios de Moisés: «No digas luego en tu corazón, cuando el Señor, tu Dios, los haya deshecho en tu presencia: Por mi justicia me ha puesto el Señor en posesión de esta tierra. Siendo cierto que por sus impie­dades son asoladas estas naciones. Porque no por tu justicia ni por la rectitud de tu corazón vas a entrar en posesión de sus tierras, sino por­que aquellas naciones obraron impíamente, por eso al entrar tú han sido destruidas» 35.Pudo decirse algo más claro contra la funesta opinión 243 en  contra esa presunción que nos hace atribuir todas nuestras obras a nuestra industria y a la acción de nuestro libre albedrío? «No digas en tu corazón, cuando el Señor, tu Dios, las haya deshecho en tu presencia: Por mi justicia me ha introducido el Señor en la posesión de esta tie­rra.» ¿Acaso no es bien manifiesto para aquellos que tienen abiertos los ojos del alma y dispuestos los oídos para oír? Cuando la victoria habrá coronado tus combates contra los vicios carnales y te veas libre de su cieno y sustraído al modo de vivir de este mundo, no lo atribuyas a tu virtud y sabiduría, infatuado por el feliz éxito de la lucha. Ni creas que has logrado la victoria sobre las potestades del mal y de los vicios de la carne gracias a tus esfuerzos, a tu coraje y a tu libertad. Porque es indudable que no hubieras podido prevalecer contra ellos si el auxilio de Dios no te hubiera fortalecido y am­parado.

DEL SENTIDO MÍSTICO DE LAS SIETE NACIONES CUYO TERRITORIO TOMÓ ISRAEL EN POSESIÓN

XVI. Estos vicios están significados en las siete naciones cuya posesión promete Dios dar a los hijos de Israel, salidos de Egipto. Habién­doles acaecido, al decir de San Pablo, todas las cosas en figura, debemos considerar esos aconte­cimientos como escritos para nuestra enseñanza [137]3‑   244, pues, se dice: «Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que vas a poseer, y destruya delante de ti a muchos pueblos, a jeteos, guergueseos, amorreos, cananeos, fereceos, jeveos y jebuseos, siete naciones más numerosas y más poderosas que tú; y el Señor, tu Dios, te las entregue, has de acabar con ellas sin dejar alma viviente» 37. La razón porque se afirma que son mucho más numerosas, es porque es mayor el número de los vicios que el de las virtudes.

En la lista figuran siete naciones; pero cuando se trate de su destrucción, no se especifica el número. Por eso se dice: «Y destruya en tu pre­sencia a muchas naciones.» Y es que el pueblo de las pasiones carnales, que tiene su principal foco y raíz en estos siete vicios, es más nume­roso que Israel. De ahí nacen los homicidios, las contenciones, la herejía, los robos, los falsos testimonios, la blasfemia, la intemperancia, la embriaguez, las detracciones, la chocarrería, las palabras obscenas, la mentira, el perjurio, las necedades, las bufonadas, la inquietud, la rapaci­dad, la amargura, la ira, la indignación, el me­nosprecio, la murmuración, el tentar a Dios, la desesperación y otros muchos vicios que sería interminable enumerar.

Estos vicios nos parecerán cosa leve y de poca 45 monta. Oigamos, sin embargo, lo que opina San Pablo y el concepto que le merecen: «Ni mur­muréis, como algunos de ellos murmuraron, aca­bando a manos del exterminador»[138] 38.Sobre el tentar a Dios se expresa así: «Ni tentéis al Señor, como algunos de ellos le tentaron y perecieron por las serpientes» 31. En cuanto a la detrac­ción: «No te complazcas en decir mal de los demás, no sea que el Señor te extermine de raíz» 4°. Por lo que se refiere a la desesperación, dice: «Habiendo perdido toda esperanza, se en­tregaron a la lascivia, derramándose ávidamente con todo género de impureza» 41.Que los gritos de indignación, al igual que la ira y la blasfemia, sean también condenados, nos lo muestran clara­mente estas palabras del mismo Apóstol: «Alejad de vosotros toda amargura, arrebato, cólera, indig­nación, blasfemia y toda malignidad» 42.Y del mismo modo muchos otros vicios parecidos.

Su número—repetimos—sobrepuja en mucho al de las virtudes. No obstante, como arrancan de los ocho vicios capitales, una vez vencidos éstos, se aquietan al instante y desaparecen con ellos para siempre. De la gula nacen los excesos de la mesa y la embriaguez. De la lujuria, las con­versaciones deshonestas, las bufonadas, las chanzas  246  y las palabras vanas. De la avaricia, la men­tira, el fraude, los hurtos, los falsos juramentos, el afán de sórdido lucro, los falsos testimonios, la violencia, las crueldades y la rapacidad. De la ira, los homicidios, la animosidad y la indig­nación. De la tristeza, el rencor, la pusilanimi­dad, la importunidad, la inquietud, la holgaza­nería, la versatilidad del espíritu y del cuerpo, la verbosidad y la curiosidad. De la vanagloria, las disputas, las herejías, la jactancia y el afán de novedades. De la soberbia, el desprecio, la envidia, la desobediencia, la blasfemia, la mur­muración y la detracción.

Estos vicios son asimismo más fuertes que las virtudes. Ello se comprende por el combate que libra en nosotros la misma naturaleza. El placer que lleva consigo la pasión milita en nuestros miembros con una vitalidad y una pujanza su­perior al gusto que sentimos por la virtud. Ade­más, este gusto de la virtud no se adquiere sino a trueque de una profunda contrición del cora­zón y una perfecta mortificación de los sentidos.

Consideremos, por fin, con los ojos de la fe las innumerables legiones de enemigos que nos oprimen y que San Pablo enumera al decir: «No es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» [139]43.Pensemos ‑247  en lo que se afirma del justo en el salmo no­venta: «Caerán a tu lado mil y a tu derecha diez mil» 44. Es indiscutible, pues, que los enemigos nos sobrepujan singularmente en número y po­der, a nosotros, pobres criaturas amasadas con carne y arcilla, y que debemos enfrentarnos con ellos, que están dotados de una naturaleza es­piritual sutil como el aire.

DIFICULTAD SOBRE LA COMPARACIÓN DE LAS SIETE NACIONES CON LOS OCHO VICIOS CAPITALES

  1. GERMÁN. ¿Cómo se explica que sean ocho los vicios que nos tiranizan, cuando Moisés enumera sólo siete naciones que luchan contra el pueblo de Israel? ¿Cómo constitu­ye para nosotros una ventaja poseer las tierras ocupadas por esos vicios capitales
  2. SERAPIÓN. Es sentir unánime de los Padres que son ocho los vicios principales que hostilizan al monje. Si no se hallan todos figurados en la Escritura bajo el nombre de esos pueblos, es porque los hebreos habían salido ya de Egipto al ser librados de la esclavitud, cuando Moisés, o mejor dicho, el Señor por medio de él, les hablaba en el Deuteronomio.

Esta figura se nos aplica muy bien a nosotros ‑[140]44   248     los monjes. En efecto, libres de los lazos del mundo, no tenemos que preocuparnos ya de ese vicio de la gula, es decir, de la intemperan­cia del estómago y del paladar. No nos queda más que luchar contra las otras siete naciones, pues la primera ha sido superada y no cuenta ya entre nuestros enemigos.

Notemos que el territorio que correspondía a esta nación no fue dado a Israel, antes bien, el Señor le ordenó explícitamente salir de él y abandonarle para siempre. Esto entraña para nosotros una lección fundamental: tenemos que regular de tal manera nuestros ayunos, que no nos obliguen a volver a Egipto, esto es, a la concupiscencia de la gula o de la carne, debido a una abstinencia excesiva que cause en nosotros la debilidad o el desfallecimiento. Sería justa­mente la desgracia figurada en la historia de los hebreos, quienes habiendo salido de Egipto para entrar en la soledad de las virtudes, echaron de menos las marmitas de carne ante las cuales se sentaban antaño.

XIX. Al tratarse del pueblo en que nacieron los hijos de Israel, no se les ordena que lo ani­quilen, sino tan sólo que abandonen su suelo. En cambio, se manda sean exterminados los otros siete. La razón salta a la vista: cualquiera que sea el ardor con que penetremos en el desierto de las virtudes no odiemos a sustraernos totalmente       249 al contacto y compañía de la gula, cuyos servi­cios y comercio cotidiano, queramos o no, nos son indispensables. Siempre restará en nosotros, como algo ingénito y natural, la afición y tendencia a la comida y bebida; y esto, por más que procuremos cercenar sus apetitos. No pu­diendo eliminarlos completamente, debemos, por lo menos, declinar su pernicioso influjo. De’ esta constante evasiva que hay que tomar por norma de conducta, se ha dicho: «No tengáis solicitud de vuestra carne, de suerte que contentéis todos sus deseos»[141] ‘.

Luego no podemos prescindir del todo de este cuidado corporal; pero no debe traducirse en un desasosiego y zozobra que inquiete nuestro corazón. Y claro es que, haciéndolo así, no extin­guimos la nación egipcia; porque no hacemos más que mantenernos a media distancia de ella, rechazando el pensamiento de manjares superfluos y delicados, contentándonos, al decir del Apóstol, con tener de qué sustentamos y cubrirnos 46.

Tal es el mandato que da figuradamente la Lev: «No abominarás del egipcio, puesto que ha­bitaste un día en su tierra» ‘ Negar al cuerpo el alimento necesario equivaldría a condenarle a morir, y a la par cargaríamos la conciencia con un crimen.   250

Por lo que atañe a los movimientos de los otros siete vicios, de todo punto conocidos, hay que desarraigarlos de plano de las reconditeces más íntimas del alma. De ellos se ha dicho en la Escritura: «Alejad de vosotros toda amar­gura, arrebato, cólera, indignación, blasfemia y toda malignidad»[142] 48.Y además: «Cuanto a la fornicación y cualquier género de impureza o avaricia, que ni siquiera se nombre entre vos­otros, ni palabras torpes, ni groserías, ni bu­fonadas» 49

Podemos, por lo tanto, extirpar en su raíz los vicios, que parecen como sobreañadidos a la naturaleza. Pero prescindir de los cuidados que lleva consigo la necesidad ineludible del propio sustento, es del todo imposible. Porque por mu­cho que hayamos progresado en la virtud, no podemos dejar de ser lo que hemos sido desde que nacimos. Que esto es así y que no cabe otra alternativa, lo demuestra tanto la vida y modo de ser de los que somos todavía imper­fectos, como la de los más aprovechados. Estos tales, a pesar de haber vencido los estímulos de las otras pasiones y haberse encaminado al de­sierto con todo el fervor de su alma y entera desnudez del cuerpo, sin embargo, no pueden olvidar esa necesidad perentoria de la propia  251  subsistencia ni desatender la provisión que ne­cesitan a lo largo del año.

IRREDUCTIBILIDAD DE LA GULA

XX. Símbolo de esta pasión de la gula que necesariamente acecha al monje, por espiritual y perfecto que sea, puede ser con propiedad el águila.

Esta ave se eleva en raudo vuelo más allá de las nubes, y desaparece a la faz del mundo, hurtándose a les ojos de los hombres. Mas, de pronto, acuciada por el hambre, desciende a la tierra, penetra hasta lo más profundo de los valles y se mezcla entre cadáveres nauseabundos.

Todo esto nos prueba claramente que el es­píritu de la gula no puede extirparse radicalmen­te ni hacérsele desaparecer como los demás vi­cios. Lo único que puede hacer la virtud es refrenar sus impulsos y combatir sus apetitos superfluos.

XX!. En cierta ocasión, un anciano discutía con ciertos filósofos sobre la pertinacia y ca­rácter indomable de la gula. Creían éstos que por su simplicidad cristiana iban fácilmente a confundir al anciano con sus argucias. Pero él les propuso este enigma, que expresa a maravilla la naturaleza de este vicio: «Mi padre—díjole dejó cargado de deudas. Hasta ahora he satisfecho ‑252 plenamente a todos los acreedores, li­brándome de sus importunas reclamaciones. Sólo a uno no he podido satisfacer a pesar de estar pagándole a diario.»

Ignorando ellos el sentido de estas palabras, y el acreedor que se ocultaba tras ellas, le pi­dieron la solución. El les respondió: «A causa de mi condición natural vime preso en los lazos de los vicios. Pero el Señor me inspiró luego el deseo incoercible de libertad. Renuncié al mun­do y a las riquezas que me había dejado en herencia mi padre. Con ello pude satisfacer a to­dos estos acreedores insolentes, y estoy comple­tamente a salvo de sus exigencias. Pero en cuan­to a la gula, no he podido aún verme libre de sus estímulos. Por más que la someto a dura prueba y a un régimen riguroso, todo es en vano: no hace sino vindicar sus derechos. Me es ne­cesario acceder a sus continuas instancias, Cual si se tratara de una pretensión constante que me obliga a satisfacer una deuda imposible de saldar.

Entonces, aquellos filósofos que antes le ha­bían despreciado como a un necio rústico, con­vinieron en que había comprendido mejor que todas las verdades más esenciales de la filoso­fía, como son las que se refieren a la ética. Se admiraron de que; sin haber estudiado en e] mundo, y sólo por deducción natural, hubiese conseguido esta sabiduría que ellos, con gran sudor y fatiga, tras prolongados estudios, no ha­bían podido alcanzar.  253

Baste con lo dicho acerca de la gula. Reanude­mos el tema que habíamos empezado sobre la trabazón que, en línea general, tienen los vicios entre sí.

DE LA UTILIDAD DE POSEER LAS TIERRAS
OCUPADAS POR LOS VICIOS

XXII. Queda en pie una dificultad sobre la cual no habéis llamado la atención.

Cuando el Señor le habla a Abraham sobre el futuro, no enumera siete naciones, sino diez: son las que promete dar a su descendencia [143]5°.

Es fácil, sin embargo, llenar este número si se agregan a los vicios mencionados la idolatría y la blasfemia. De éstos son esclavos los innu­merables gentiles antes de conocer a Dios, y los judíos blasfemos antes de ser bautizados. Unos y otros permanecían en el Egipto espiritual 51, símbolo de la infidelidad.

Pero si ha salido uno de Egipto por la gracia de Dios, renuncia al mundo y penetra en el desierto ‑   254         espiritual después de triunfar de la gula, libre ya de las tres naciones, no le queda más que emprender la guerra contra las siete enun­ciadas por Moisés.

XXIII. Por lo que mira a la orden dada por Dios de entrar en posesión de las tierras ocu­padas por estas naciones nefastas, hay que en­tenderlo así: cada vicio tiene su asiento en lo más íntimo de nuestro corazón. Al vindicar así el retiro de nuestra alma, extermina a Israel, es decir, anula la contemplación de las cosas santas y sublimes, y no cesa nunca de contra­decirla. Porque las virtudes no pueden coexistir con los vicios. « ¿Qué consorcio hay entre la jus­ticia y la iniquidad? Qué comunidad entre la luz y las tinieblas?»

Pero cuando los vicios han sido superados por el pueblo de Israel, es decir, por las virtudes que luchan contra ellos, el lugar que había ocu­pado en nuestro corazón el espíritu de concu­piscencia y fornicación, lo obtendrá la castidad; el que había tomado la ira, lo reivindicará la paciencia; el que había invadido la tristeza que obra la muerte, lo poseerá la tristeza saludable y llena de verdadera alegría; el que había devastado la acidia, empezará a cultivarlo la fortaleza, el que había conculcado la soberbia, lo embellecerá la humildad. De esta suerte, pues, a cada vicio expulsado le suplanta la virtud con­traria, ocupando el lugar de sus movimientos desordenados.

Estas virtudes merecen, con razón, el nombre de «hijos de Israel», esto es, de almas que ven a Dios. Porque cuando han ahuyentado las pa­siones del corazón, no es que hayan invadido posesiones ajenas, sino que han reconquistado las propias.

XXIV. Porque, según enseña una antigua tra­dición, estas mismas tierras de Canaán, donde entraron después los hijos de Israel, habían caído en suerte a los hijos de Sem, cuando la distri­bución del mundo. Después, la posterioridad de Cam entró por la violencia y por la fuerza de las armas, estableciéndose allí por derecho de invasión.

En esto aparece el justo juicio de Dios, que arrojó a los cananeos de la tierra que habían conquistado por la fuerza, y restituyó al pueblo de Israel el antiguo dominio de sus padres, a quienes había sido asignada en la división de las diferentes partes de la tierra.

Esta figura cúmplese certeramente en nosotros. Porque la voluntad de Dios ha dado por dere­cho natural la posesión de nuestro corazón, no a los vicios, sino a las virtudes. Después de la prevaricación de Adán, los cananeos, es decir, los vicios insolentes se han adueñado del cora­zón humano, arrojando de él a las virtudes. Pero    256          restablecidas éstas en sus derechos merced a la gracia divina, secundada por nuestra industria y diligencia, más que ocupar las posiciones ajenas, no hacen sino recobrar las suyas propias que habían perdido.

XXV. De estos ocho vicios habla así el Evan­gelio: «Cuando el espíritu impuro sale de un hombre, discurre por lugares áridos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces se dice: Me vol­veré a mi casa de donde salí. Y va y la en­cuentra vacía, barrida y compuesta. Entonces va, toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrando habitan allí, viniendo a ser las pos­trimerías de aquel hombre peores que sus prin­cipios» 5 3.Así como en el Deuteronomio se nos hablaba de siete naciones, exceptuada la de Egip­to, de la que habían salido los hijos de Israel, aquí se nos habla de siete espíritus inmundos, exceptuando también aquel que antes había sa­lido de aquel hombre.

De estos siete vicios, origen de todos los pe­cados, nos dice también Salomón en los Prover­bios: «Si tu enemigo te suplicare a voz en grito, no des oídos a sus palabras, porque tiene siete injusticias en su alma» [144]5 4.Dicho de otra ma­nera: si has superado el vicio de la gula, y ello no obstante empieza a lisonjearte desde el fondo53 de su humillación, moviéndote a condescender con él y rogándote que le des algo de lo que reba­sa los límites de una austeridad razonable, no clau­diques ante ese gesto de sumisión. Ni cedas tampoco ante la propia seguridad, que te sonríe corno si estuvieras por un tiempo al abrigo de los incentivos de tu carne, no sea que vuelvas a tu antiguo relajamiento y a sentir las pasadas apetencias. Porque por eso dice aquel espíritu a quien habías vencido: «Me volveré a la casa de donde me salí». Y saliendo de él, en seguida los otros siete vicios te embestirán con más vio­lencia que aquella pasión que había sido al prin­cipio superada. Y entonces te arrastrarán a pe­cados mucho más graves que el primero.

ORDEN QUE DEBEMOS SEGUIR EN LA LUCHA CONTRA LOS VICIOS

XXVI. Sin dejar de aplicarnos a los ayunos y a la abstinencia, debemos apresurarnos—una vez vencido el vicio de la gula—a no dejar nues­tra alma vacía de las virtudes que deben ador­narla. Antes sondeemos con mayor empeño las pro­fundidades de nuestro corazón para que, al pre­sentarse de nuevo el espíritu de concupiscencia, no nos encuentre desprevenidos y como mani­vacíos. No sea que, no contento con franquearse la entrada, introduzca consigo en nuestra alma estos siete gérmenes de los vicios, viniendo a ser nuestro postrer estado peor que el primero. 258

Quien se precia de haber renunciado al mun­do, tiene más motivos de sonrojarse al reinar en él esas pasiones. Su alma deturpada y llena de inmundicias, se hace acreedora a un suplicio más grave que el que merecía cuando se hallaba en el mundo, donde no había hecho profesión de vida monástica ni llevaba el nombre de monje.

Se ha dicho que estos siete espíritus son peo­res que el primero, porque la gula, o mejor, la necesidad de sustento sería de suyo innocua, de no aliarse con otros vicios más graves. Y es in­cuestionable que la lujuria, la avaricia, la ira, la tristeza, la soberbia, son de por sí peligrosas y mortales al alma.

Por ende, no alcanzará nunca la pureza de los perfectos quien sólo se preocupa de la mortifi­cación o ayuno corporales. Es menester que sepa mirar más allá y dar un enfoque más amplio a su vida. Porque si humilla la carne con ayunos, es precisamente para que pueda con mayor faci­lidad empeñar singular batalla contra los otros vicios, viéndose libre de los bríos e insolencia de una carne satisfecha.

XXVII. Sepamos, sin embargo, que la tác­tica que debemos adoptar en este combate espi­ritual no es idéntica en cada uno de nosotros. Como ya dijimos, la lucha no se ofrece en todos con los mismos lances ni en igualdad de circuns­tancias. Por eso conviene que cada cual ordene259

de antemano la ofensiva, según la calidad del enemigo que le acosa. Quien, por ejemplo, de­berá, ante todo, hacer frente contra el vicio que pusimos en tercer lugar; quien, contra el cuarto; otro, contra el quinto, etc.

Así, pues, hay que organizar la batalla y adop­tar una estrategia de acuerdo con el vicio de que nos sentimos más tentados, afrontándole, desde luego, según ordena él el ataque. Gracias a esta táctica, cosecharemos el éxito y la victoria, lle­gando a la pureza del corazón y a la plenitud de la perfección.

Hasta aquí el abad Serapión. Este hombre ex­cepcional nos había hablado de la naturaleza de los ocho vicios capitales, haciéndonos compren­der la diversidad de pasiones que hierven ocul­tas en nuestro corazón. Por más que nos sen­tíamos a diario víctimas de sus efectos, la verdad es que habíamos sido incapaces hasta entonces de captar sus principios y afinidades. Ahora, al proyectar él tanta luz sobre ellas, nos parecía verlas, en cierto modo, ante los ojos como en un espejo.

VI CONFERENCIA DEL ABAD TEODORO
DE LA MUERTE DE LOS SANTOS

Capítulos: I. Descripción del desierto. Pregunta so­bre la muerte de los santos.—II. Respuesta del abad Teodoro a la cuestión propuesta.—III. De tres ca­tegorías de cosas que hay en el mundo: las bue­nas, las malas y las indiferentes.—IV. Que no se puede causar daño a nadie contra su voluntad. V. Objeción: por qué se dice que Dios crea los males.—VI. Respuesta a la cuestión formulada. VII. Sobre si es reo de culpa quien dio muerte al justo, como quiera que éste es recompensado des­pués de la muerte.—VIII. Respuesta a la pregunta precedente.—IX. Ejemplo de Job, tentado por el diablo, y del Señor, traicionado por Judas. Tamo la prosperidad como la desgracia aprovechan al justo en orden a su salvación.—X. De la virtud del varón perfecto, a quien se llama metafóricamente ambi­dextro.—XI. Que ambas tentaciones se presentan bajo tres aspectos.—XII. Que el justo no debe pa­recerse a la cera blanda, sino a un sello de dia­mante.—XIII. Si puede nuestra alma mantenerse continuamente en igual estado.—XIV. Respuesta a esta proposición.—XV. De los daños a que se ex­pone quien se aleja de la celda.—XVI. De la mu­tabilidad, que afecta también a las virtudes ce­lestes.—XVII. Que nadie cae súbitamente.

SOBRE LA MUERTE DE LOS SANTOS

I. En Palestina, cerca del caserío de Tecue, patria del profeta Amós[145] 1,se abre una vastísima soledad, que se extiende, por una parte, hasta la zona arábiga, y por otra, hasta el mar Muer­to. En éste desembocan las aguas del Jordán, y en sus abismos descansan, ocupando una gran ex­tensión, las cenizas de Sodoma. En este desier­to habitaban, desde tiempos lejanos, unos monjes   264    de vida muy ajustada y de gran santidad. Pero un día cayó sobre ellos una facción de bandi­dos sarracenos, y murieron al filo de la espada’[146].

Los obispos y fieles de Arabia tuvieron en tan­ta veneración sus despojos, que decidieron, de común acuerdo, colocarlos entre las reliquias de los santos mártires. Pero he aquí que, habiendo acudido una gran muchedumbre de los pueblos circunvecinos, rivales entre sí, suscitóse entre ellos una grave disputa sobre la posesión de los sagrados restos, llegando incluso a apelar a la fuerza de las armas.

En su piadoso celo, cada una de las partes ale­gaba los mejores títulos para la posesión de la tumba y de las reliquias. Los unos invocaban como argumento decisivo la vecindad del lugar; los otros se fundaban en el parentesco que les unía con las víctimas, gloriándose cada cual en los motivos que le asistían en el litigio.

El hecho no dejó de impresionarnos hondamen­te. A nuestra perplejidad sumóse el escándalo producido en varios de nuestros hermanos por el atropella de aquellos forajidos,

Entre tanto, empezamos a discurrir 265 y preguntarnos por qué varones de tantos mereci­mientos y tan acrisolada virtud habían acabado su vida en manos de malhechores. ¿Cómo—nos decíamos—pudo permitir el Señor se cometie­ra tal atrocidad en la persona de sus siervos, y abandonara en manos de malvados a varones tan queridos y admirados de todos?

Bajo esta impresión de pesadumbre nos di­rigimos al santo abad Teodoro[147] 3,varón esclare­cido sobre todo por la vida activa. Moraba éste en el desierto de Cellis 4,lugar situado entre Ni­tria y Escete. Distaba de los monasterios de Ni­tria sobre unas cinco millas, y unas ochenta del yermo de Escete—donde vivíamos nosotros.

Una vez allí, le participamos los sentimientos que embargaban nuestro corazón, a raíz de la muerte de aquellos solitarios. Nos admiraba la gran paciencia de Dios al permitir que hom­bres de tal mérito hubieran sido víctimas de una muerte tan ignominiosa. Aquellos cuya san­tidad hubiera debido preservar a otros de una prueba semejante, no habían podido librarse de la crueldad de hombres impíos. ¿Por qué Dios había dejado perpetrar crimen tan atroz contra sus siervos?

El santo abad Teodoro nos respondió así.

II. Esta cuestión suele inquietar a las almas faltas de fe y conocimiento. Los santos no re­ciben en la tierra el premio a sus méritos. Dios se lo reserva para el futuro, esto es, para la eternidad. Y esas almas pusilánimes creen erró­neamente que deben recibir la recompensa en el corto espacio de esta vida transeúnte.

Mas nosotros «no esperamos en Cristo sólo mirando a esta vida», no sea que, al decir de San Pablo, seamos «los más miserables de to­dos los hombres»[148] 5,esto es, que por no ver aquí abajo el cumplimiento de las promesas, perda­mos por nuestra incredulidad la eterna recom­pensa. No debemos, por tanto, incidir nosotros en esas opiniones erróneas. La tentación podría hallarnos vacilantes en la verdadera doctrina, y   267 nos veríamos en trance de caer, al sentirnos za­randeados por ella.

Aunque es cosa nefanda, pues causa horror el decirlo, puede suceder que atribuyamos a Dios la injusticia y esa especie de incuria que echa­mos de ver a veces en las cosas humanas. Tanto más cuanto que parece que no sale en defensa de los suyos en el momento de la adversidad ni protege a aquellos que viven rectamente. Inclu­sive parece no premiar en esta vida con el bien a los justos ni castigar con el mal a los pecadores.

Pero discurriendo así, nos haríamos acreedo­res a la condenación, como aquellos a quienes fustiga el profeta Sofonías, cuando afirma: «Los que dicen en su corazón: No hace el Señor ni bien ni mal»[149] 6.0 seríamos reputados entre los que blasfeman de Dios y profieren quejas como estas: «Los que hacen el mal son gratos al Se-flor y en ellos se complace. Si no, ¿dónde está el Dios justo?» ‘. Haríamos, asimismo, nuestra esta blasfemia que se dice poco después: «Por demás es servir a Dios: ¿Qué aprovecha servirle y guardar sus preceptos y afligimos en presencia del Señor? Bien dichosos son los soberbios y son prosperados los impíos, y aunque tientan a Dios, escapan» 8.

Mas para evitar esta crasa ignorancia, que e    268     la causa y raíz de errores tan lamentables, he­mos de tener, ante todo, ideas claras sobre qué cosas son realmente buenas y qué cosas son ver­daderamente malas. De esta suerte, rechazando los falsos prejuicios del vulgo y ateniéndonos a la auténtica doctrina de las Escrituras, el error de los hombres sin fe no hará mella en nosotros.

TODAS LAS COSAS PUEDEN REDUCIRSE A TRES CATEGORÍAS:
BUENAS, MALAS E INDIFERENTES

III. En este mundo, todas las cosas pueden reducirse a las tres clases siguientes: buenas, malas e indiferentes. En consecuencia, nos impor­ta saber qué es propiamente lo bueno, qué lo malo y qué lo indiferente, para que nuestra fe, sostenida por la verdadera ciencia, permanezca inconmovible frente a todas las pruebas.

Pues bien, en las cosas humanas lo único que merece ser tenido por bueno, en el pleno sentido de la palabra, es la virtud. Sólo ella nos con­duce con lealtad y nobleza a las cosas divinas y nos adhiere sin cesar al bien inmutable. Y a la inversa, nada hay que reputar por malo como tal, es decir intrínsecamente, más que el pecado. Es el único que nos separa de Dios, que es el bien supremo, y nos une al demonio, que es el mal por antonomasia.

Indiferentes son aquellas cosas que pueden de­cantarse hacia esas dos partes divergentes, según     269    el afecto y libre albedrío de quien las usa. Tales son, pongo por caso, las riquezas, el poder, el honor, la fuerza física, la salud, la belleza, la misma vida o la muerte, la pobreza, las enfer­medades, las injurias y otras cosas semejantes que, según las disposiciones y sentimientos de quien se vale de ellas, pueden aprovechar ya para el bien, ya para el mal.

No cabe duda de que las riquezas sirven a me­nudo para practicar el bien, según el Apóstol, ya que recomienda «a los ricos de este mundo que sean liberales y dadivosos y atesoren para lo venidero un buen fondo con que alcanzar la verdadera vida» 9.El Evangelio atestigua, asi­mismo, que son buenas para aquellos «que se granjean amigos con las riquezas injustas»[150] 10.Pe­ro no es menos cierto que conducen al mal, cuan­do se acumulan sólo por afán de atesorarlas o invertirlas en los placeres, y no para distribuir­las a los pobres.

Que el poder, el honor, la fuerza y la salud son cosas indiferentes y capaces por sí solas de secundar tanto el bien como el mal, es también un hecho incontestable. Sabido es que muchos santos del Antiguo Testamento gozaron de to­das estas ventajas, poseyendo fortunas inmensas, grandes dignidades, fuerza física, y, no obstante, fueron muy agradables a Dios. En cambio, los   que abusaron de ellas, malversándolas a su an­tojo, en provecho propio o de su perversidad, fueron justamente castigados y perecieron vícti­mas de su ambición, como nos lo muestra rei­teradamente el libro de los Reyes.

Hasta qué punto la misma vida y aun la muer­te sean indiferentes, lo patentiza el nacimiento de San Juan Bautista y el de Judas. La vida del primero fue tan provechosa, que su venida al mundo fue acogida con gran alegría, incluso por los demás, según está escrito: «Y todos se go­zarán en su nacimiento» 11.Mas de la vida de Judas se afirma: «Mejor le hubiera sido a este hombre no haber nacido» [151]12.En otro lugar se dice de la muerte de Juan y de todos los otros santos: Preciosa es en presencia del Señor la muerte de sus santos» 13.De la de Judas, en cambio, y de la de sus semejantes: «Funestísima es la muerte de los pecadores» 14.

Por lo que a la enfermedad se refiere, es tam­bién cosa averiguada que a veces puede sernos de provecho. Es un hecho palpable en la bienaven­turanza que alcanza Lázaro, el pobre ulceroso. Y como la Escritura no menciona, en concreto, de él ninguna otra virtud, cabe presumir que por el solo hecho de haber soportado su inopia y haber tolerado con tanta paciencia la dolencia que  cubría    271  su cuerpo, mereció ser admitido en el seno de Abraham[152] .

La opinión común registra como males la in­digencia, las persecuciones, las afrentas. Y, sin embargo de ello, la vida de los santos nos está diciendo cuán útiles y aun necesarias pueden sernos a todos. Estos hombres extraordinarios, lejos de inhibirse de ellas, las buscaban a porfía, y su virtud heroica les llevaba a sufrirlas sin des­fallecer. Así es corno llegaron a ser amigos de Dios, ganando a pulso el premio de la vida eter­na. Oigamos el canto triunfal del Apóstol: «Por lo cual me complazco en las enfermedades, en los oprobios, en las necesidades, en las persecu­ciones, en las angustias, por Cristo; pues cuan­do parezco débil, entonces es cuando soy fuerte, porque en la flaqueza llega al colmo el poder» 18

No vayamos a creer, sin embargo, que aque­llos que han sido elevados en este mundo al vértice de las riquezas, del poderío, y los hono­res hayan alcanzado con ello el bien por ex­celencia, pues éste consiste únicamente en la virtud. Esas cosas son meramente indiferentes. Son útiles y provechosas para los justos que usan de ella con recta intención y para cumplir sus menesteres ineludibles—pues les brindan la ocasión de hacer una obra buena y producir fru­tos para la vida eterna—. Son lesivas y dañosas  272     para aquellos que abusan de ellas, proporcionan- les ocasión de pecado y de muerte.

IV. Mantengamos firme e inconcusa la dis­tinción que hemos establecido antes de ahora. Sepamos que no hay otro bien que la virtud que procede del temor de Dios y de la dilección, y que no existe otro mal que el pecado y la sepa­ración de Dios.

Examinemos ahora atentamente y veamos si alguna vez ha permitido Dios que los suyos su­friesen algún mal–en concreto, el del pecado—, ya sea de su parte, ya por otras causas. No en­contraréis, ciertamente, un solo ejemplo. Porque es imposible que pueda nadie causar el mal del pecado a otro que no transige ni da el brazo a torcer. El pecado sólo penetra en aquellos que le franquean la entrada del corazón, merced a su ignavia y a una voluntad sobornada.

Así el demonio pone en juego todos sus artilu­gios para derribar a Job e inducirle a pecado. Le despoja de todos sus bienes, y cuando le ve sumergido, por la muerte de sus hijos, en un duelo aciago cuanto inesperado, le aflige aún con una lepra repugnante que cubre su carne desde la cabeza hasta la planta de los pies. Pero a pe­sar de atormentarle con esas calamidades inau­ditas, se ve impotente para mancillarle con el pecado. Job lo sufre todo con entereza y se man­tiene inflexible, sin dar el menor asenso a la blasfemia.    273

POR QUÉ SE DICE QUE DIOS CREA LOS MALES

  1. GERMÁN. Con frecuencia leemos en la Sagrada Escritura que Dios creó el mal o lo in­trodujo entre los hombres. Y así se dice: «No hay nadie fuera de mí. Yo soy el Señor, no hay ningún otro. Yo formo la luz y creo las tinieblas; yo doy la paz y creo los males» 17.Y también: «¿Hay algún mal en la ciudad que no lo haya hecho el Señor?» [153]‘8.
  2. TEODORO. A veces suele la Escritura emplear la palabra «mal» en lugar de «aflicción», en un sentido que no es del todo exacto[154] 19.Por­que en rigor la aflicción no es, por naturaleza, un mal, sino que lo parece a aquellos que son afli­gidos para su bien. Cuando Dios habla a los hom­bres, es necesario que descienda a su plano y lo haga en forma asequible, es decir, al modo de hablar y pensar humanos. De hecho, por muy saludables que puedan ser para una llaga gan­grenada la amputación o el cauterio, y por caritativa ‑   274      que se muestre la mano del médico que los aplica, el paciente no puede menos de con­siderarlos como un mal. La espuela jamás pare­ció suave al alazán, ni la corrección agradable al delincuente.

Todo castigo parece amargo al principio a quienes están en período de formación. Así lo dice San Pablo: «Ninguna corrección parece, por el momento, agradable, sino dolorosa; pero, al fin, ofrece frutos apacibles de justicia a los ejer­citados por ella»[155] 20.Y: «El Señor, a quien ama le reprende, y azota a todo el que recibe por hijo. Pues ¿qué hijo hay a quien su padre no corri­ja?» 2 1 .De aquí que se acostumbre a emplear la locución «males» en lugar de «aflicciones», como se advierte asimismo en este texto: «Dios se arrepintió del mal que les dijo había de ha­cerles, y no lo hizo»[156] 22.Y en este otro: «Tú, Señor, eres clemente y misericordioso, tardo a la ira y grande tu misericordia, pronto a arre­pentirte del mal que nos haces» 2 3,es decir, de las tribulaciones y calamidades que por nuestros pecados te ves obligado a infligimos. Conscien­te de la utilidad que estas pruebas reportan a algunos, Isaías, no por envidia de su salvación, sino precisamente para encauzarla, prorrumpe   275   en estas imprecaciones: «Envíales males, Seriar; envía males a los soberbios de la tierra» 2 `.Y el mismo Señor exclama: «Yo traeré sobre ellos males» 2 5,esto es, dolores y devastaciones, a fin de que, castigados ahora saludablemente,  tras haberme despreciado en la prosperidad, se vean obligados a desandar el camino y correr de nue­vo hacia mí. Por tanto, no podemos decir, sin más, que éstos sean males en absoluto, puesto que aprovechan a muchos en orden a practicar el bien, y les ponen en ocasión de alcanzar los goces eternos.

Pero volviendo al tema propuesto, es preciso no olvidar que los presuntos males que nos causan nuestros enemigos o quienquiera que sea no son todos males verdaderos, por ser, las más de las veces, cosas indiferentes. Y es que, en definitiva, no hay que estimarlos tal como los conceptúa el sujeto que en un transporte de ira los infiere, sino como los imagina el paciente que es víctima de ellos. Así, cuando se inflige la muerte a un varón santo, no debemos pensar en seguida que se le ha ocasionado un daño, sino más bien algo que de suyo es indiferente. Porque lo que al pe­cador se le antoja un mal positivo, para el justo es un bien, pues señala la hora del descanso y la liberación de todos los males: «La muerte es un descanso para el hombre cuyas sendas están   216      ocultas» [157]26.Consecuentemente, el varón justo no su­fre por ella detrimento alguno. En realidad, no le ha ocurrido nada nuevo, sino lo que le había de sobrevenir por exigencia de la misma natu­raleza. Con la particularidad de que la malicia del adversario, al darle la muerte, le da posi­bilidad de conseguir el premio de la vida eter­na. Satisfizo la deuda de la muerte humana, que por ley indeclinable había de pagar, cosechando, merced a sus sufrimientos, frutos ubérrimos, más el galardón de un valor inestimable.

  1. VII.     GERMÁN. Luego, si el justo que mue­re no ha sufrido ningún mal, sino que, además, ha logrado la recompensa de sus trabajos, ¿cómo podrá ser reo de culpa quien, al darle la muerte, en lugar de causarle un mal le hizo un bien?
  2. TEODORO. Hablamos aquí de las cosas que son en sí buenas, malas o indiferentes, no de la intención de quienes obran estas cosas. Pero es cierto que el hombre impío o injusto no quedará impune por no haber podido con su ma­licia dañar al justo. La recompensa a que se hace acreedora la constancia y la virtud del ino­cente no constituye ningún paliativo para quien le inflige la muerte o el suplicio, por lo mismo que no le aprovecha a él, sino al que los sopor­ta con paciencia. El uno será castigado justamente por su crueldad, puesto que quiso hacer realmente el mal. El otro, sin embargo, no ha su­frido detrimento alguno, porque, al arrostrar con paciencia la tentación y el dolor, ha hecho que esas vejaciones de que ha sido objeto con inten­ción aviesa por parte del enemigo, se convirtie­ran en un medio para granjearse un estado mejor y luego la bienaventuranza eterna.

TANTO LA PROSPERIDAD COMO LA ADVERSIDAD
APROVECHAN AL JUSTO PARA SU SALVACIÓN

IX La paciencia de Job no proporcionó al demonio recompensa alguna, por más que con sus tentaciones le ofreciera ocasión de adquirir mayor gloria. El galardón estaba reservado so­lamente a Job, por haber resistido virilmente sus asaltos. Del mismo modo, Judas no se verá libre del suplicio eterno porque su traición se convir­tiera en un motivo ocasional -de la salvación del género humano.

En toda acción debemos considerar no el re­sultado, sino la intención del que obra. Por eso es imposible hacer el mal a nadie, si éste no procede por cobardía o por pusilanimidad. Con­firma esta doctrina un versículo de San Pablo: «Sabernos que para los que aman a Dios todas las cosas cooperan para el bien»[158] 2 7.Porque al  278     decir «todas las cosas concurren para el bien», su pensamiento se fija en los aconteceres favo­rables y a la par en los que se consideran ad­versos. En otro lugar, el mismo Apóstol atestigua que ha pasado por estos lances encontrados: Con armas de justicia a diestra y a siniestra, es de­cir, en honra y deshonra, en mala o buena fama; cual seductores, siendo veraces; cual tris­tes, estando, en realidad, siempre alegres; como mendigos, pero enriqueciendo a muchos» [159]2 8,etc.

Todas las cosas, por consiguiente, tanto las que se consideran propicias, por estar polarizadas ha­cia la derecha—y son las que el Apóstol desig­na por la gloria y buena fama—, como las repu­tadas por adversas, por estar orientadas hacia la izquierda—y se expresan claramente por la ig­nominia y la infamia—, todas, repito, se truecan para el varón perfecto en armas de justicia, si las acepta con corazón magnánimo. Todo se trans­forma en sus manos en instrumentos de comba­te. Las mismas calamidades que parece habrían de abrumarle se convierten en verdaderas ar­mas de lucha. Pertrechándose con ellas cual si fueran un arco, una espada y un escudo fortísi­mo, se defiende contra aquellos mismos que se las proporcionan. De este modo progresa en pa­ciencia y virtud y alcanza el glorioso triunfo de la constancia gracias a los mismos dardos que sus enemigos le asestan mortalmente. Ni la prosperidad    279   le altivece ni la adversidad le amilana. Discurre siempre por un camino’ llano, por una senda real. Cobra estabilidad aquel estado de perfecta quietud, en que ni las alegrías logran desviarle hacia la derecha, ni las penas le im­pulsan hacia la izquierda. Pues: «Mucha paz tienen los que aman tu ley; no hay para ellos tropiezo» [160]` 9.

De aquellos, en cambio, que viven siempre a merced de los avatares humanos y cambian se­gún el sesgo que toman los acontecimientos, se dice: «El necio muda como la luna» 30.Y si de los perfectos está escrito: «Todas las cosas con­curren al bien de los que aman a Dios», de los débiles e insensatos se afirma: «Al necio todas las cosas son contrarias» 31.Porque ni avanza en la ventura, ni se enmienda cuando se cierne so­bre él la desgracia. Tolerar con ‘fortaleza el in­fortunio y moderar la euforia que inspira la bien­andanza, son efectos que arrancan de una misma virtud. Y huelga decir que quien es vencido en una de estas situaciones muestra su incapacidad en sostener cualquiera de las dos pruebas.

No obstante, es más fácil sucumbir ante el éxito que ante la adversidad. Esta a menudo frena y humilla a los recalcitrantes, y por la saludable compunción que inspira, les hace evitar  el pecado o los corrige por completo. La otra, in­versamente, halagando al alma con caricias tan blandas como perniciosas, les precipita en una ruina tanto más profunda cuanto más garantías les infunde su felicidad.

DE LA VIRTUD DEL VARÓN PERFECTO

X. Estos son los que la Sagrada Escritura llama en figura ambidextros. Así se describe en el libro de los Jueces a aquel famoso Aod, «que se servía de ambas manos como si fuera la de­recha» [161]3 2.Poseeremos también nosotros esta vir­tud, pero en un sentido espiritual, si por el recto uso de las cosas venturosas, significadas por la derecha, y de las adversas, figuradas por la iz­quierda, procuramos volverlas a buena parte. Así, todo lo que nos acontezca en la vida se convertirá, para nosotros, según la sentencia de San Pablo, «en armas de justicia».

Vemos, en efecto, que nuestro hombre inte­rior está compuesto de dos elementos esenciales, o, si se quiere—para seguir hablando en metáfo­ra—, tiene esencialmente dos manos. Ningún justo puede carecer de la izquierda. Precisamen­te en esto se distingue la virtud perfecta, en que, usando bien de ambas manos, se sirva de ellas como si una y otra fueran la derecha.   281

Para darme a entender mejor, diré que el jus­to tiene su mano derecha, es decir, lo que podríamos llamar sus éxitos espirituales. En el fervor de su espíritu domina entonces todas sus pasiones y concupiscencias. Al abrigo de toda impugnación- diabólica, reprime y anula sin difi­cultad los vicios de la carne. Se remonta tan alto en su vuelo sobre la tierra, que las cosas presen­tes y rastreras le parecen como humo inconscien­te y sombra vana. Por eso las desprecia como efímeras y pasajeras. Su alma, en medio de sus arrobamientos, suspira ardientemente por los bie­nes futuros, que presiente con clarividencia. Sus­penso en la contemplación de las cosas del es­píritu, se le revelan los secretos del cielo en proyección clara y atrayente. Sus plegarias se elevan a Dios más puras y confiadas. En suma, encendido de amor divino y en alas de un ardor entusiasta, emigra hacia las cosas invisibles y eternas, hasta parecerle que no vive encerrado en los estrechos límites de la carne.

Pero tiene asimismo su mano izquierda. Cuan­do se ve envuelto en el torbellino de las pasio­nes y los incentivos de la concupiscencia inflaman su carne. Cuando el fuego de la pasión desata en él la ira y el coraje. Cuando sufre los asaltos de la soberbia y de la vanagloria. Cuando le oprime una tristeza de muerte. Cuando la acidia y la indolencia movilizan sus resortes bélicos y le reducen a la impotencia. En fin, cuando per­diendo el fervor del espíritu se siente coma entumecido   282          por el tedio o paralizado por una ti­bieza desconcertante. En esta situación, los buenos pensamientos le abandonan. Incluso la salmodia, la lectura, la soledad de la celda le causan fas­tidio, y los medios conducentes a la virtud le inspiran una repugnancia invencible Cuando el monje se siente acometido por estas oleadas de pasión e iniquidad, piense que entonces prevalece en él la mano izquierda.

Es menester, pues, que el alma, en medio de aquellos goces espirituales que provienen de la mano derecha, no se engría. Al contrario, debe atajar el camino a esa sutil ponzoña que es la vanagloria. Pero debe contrarrestar al propio tiempo con decisión el empuje arrollador de esa mano izquierda que le acosa. De esta suerte, lejos de descorazonarse, la adversidad deviene para él, merced a la paciencia, un arma que esgrime para ejercitarse en la virtud. Y por eso puede decirse de él que se sirve de ambas manos como si fuera la derecha. Vencedor en uno y otro combate, se hace acreedor por ambas partes, derecha e izquierda, a la victoria

El bienaventurado Job, como leernos en la Escritura, mereció esta victoria. Triunfa en su de­recha. Padre de siete hijos, su existencia discurre en la opulencia y bienestar. No obstante, en su afán de hacerlos más aceptos y gratos a Dios que a sí, le vemos a diario ofrecer por ellos al Señor sacrificios expiatorios. Las puertas de su casa están abiertas de par en par a todo advenedizo.   283

Es el sostén de los cojos y el guía de los ciegos. El vellón de sus ovejas abriga los cuer­pos desnudos de los dolientes. Es el padre de los huérfanos y el apoyo de las viudas. No se alegra jamás, ni siquiera en lo más oculto de su corazón, ante el descalabro de sus enemigos.

Pero triunfa asimismo a izquierda, desplegan­do en la adversidad una virtud más sublime si cabe. En un instante, sin previo aviso, le arre­batan de un golpe a sus siete hijos. Y con todo, más que el padre que se rinde bajo el peso de una acerba tristeza, aparece en él el verdadero servidor de Dios que se goza en la voluntad de su Criador. Del vértice de la opulencia se ve reducido a la extrema pobreza, de la riqueza a la desnudez. Su cuerpo, que gozaba de una in­quebrantable salud, se convierte en sentina de putrefacción. Al honor y la gloria les suceden la abyección y el desprecio. Y a pesar de ello mantiene intacta su fortaleza de alma. Privado finalmente de todos sus bienes y riquezas, tiene por morada un muladar. Más: llega a convertirse en verdugo de sus carnes y rae con una teja la podredumbre que brota de sus miembros, y extrae los gusanos que hierven en sus llagas hincando los dedos en ellas.

Y entre tantas calamidades, ni se adivina en él la menor señal de desesperación, ni profieren sus labios blasfemia ni murmuración alguna con­tra su Criador. No se desazona ante el peso y dureza de estos azotes. Inclusive, el vestido con   284     que cubre su cuerpo, lo único que ha podido escapar, por llevarlo encima, al furor de Satanás, lo desgarra y lo arroja lejos de sí, añadiendo a la desnudez en que le había dejado el cruel de­predador la desnudez voluntaria. La misma ca­bellera, que había quedado indemne como último vestigio de su pasada nobleza, se la arranca y la arroja a la faz de su enemigo. Y en tanto que desprecia lo que el adversario había respe­tado, se lo echa en rostro con estas palabras de triunfo que arguyen la alegría del vencedor: « ¿No recibimos de Dios los bienes? ¿Por qué no vamos a recibir también los males? Desnudo salí del seno de mi madre y desnudo tornaré allá. El Señor me lo dio, el Señor me lo ha quitado. ¡Sea bendito el nombre del Señor!» [162]33

Con toda propiedad podría colocarse también en el rango de los ambidextros el patriarca José. Merece las preferencias de su padre y es un dechado de piedad para con sus hermanos. Es acepto a Dios en la dicha, y en el infortunio es el hombre casto, fiel a su Señor. Dulce con los cautivos, echa en olvido las injurias y hace bien a sus enemigos. Con una ternura sin igual, se muestra munífico con sus hermanos envidiosos que atentaron un día contra su vida.

Con razón, pues, se llama a estos varones y a sus semejantes ambidextros, es decir, que saben accionar con ambas manos como si fueran una    285    y otra la derecha. Hallándose en situaciones pa­recidas a las del Apóstol, exclaman con él: «Con las armas de justicia a diestra y a siniestra, en medio de honra y deshonra, en infamia o buena fama…»[163] 34

Salomón, en el Cantar de los Cantares, habla asimismo de la derecha y de la izquierda por boca de la espc3a: «Reposa su izquierda bajo mi cabeza, y con su diestra me abraza amoro­so» ”. Con estas palabras, aunque la esposa ates­tigua que una y otra son útiles, coloca la izquier­da bajo la cabeza, significando que todo aquello que es contrario en nosotros debe estar sujeto al órgano principal que ejerce su soberanía sobre los demás: el alma. De hecho, la adversidad solamente es útil accidentalmente, para ejercitar­nos en el tiempo, instruirnos en orden a la sal­vación: y hacernos perfectos por la paciencia. Pero en cuanto a la derecha, desea ser estrechada en el indisoluble vínculo que la mantiene para siempre unida a su esposo en apretado abrazo.

Por nuestra parte seremos ambidextros cuando la abundancia o escasez de las cosas presentes no logren hacernos cambiar de rumbo en nuestra vida, es decir, que ni la primera nos empuje a la veleidad de la relajación, ni la segunda nos induzca a la desconfianza o a quejamos del plan divino sobre nosotros. Antes, dando a Dios gracias ‑   286              en una y otra coyuntura, reportemos el ma­yor fruto posible de la prosperidad y de la des­gracia. Así lo hizo aquel verdadero ambidextro el Doctor de las Gentes, como él mismo nos dice: «Sé pasar necesidad y sé vivir en la abundancia; a todo y por todo estoy bien enseñado: a la hartura y al hambre, a abundar y a carecer. Todo lo puedo en aquel que me conforta»[164] 36.

LA TENTACIÓN SE PRESENTA BAJO TRES ASPECTOS DISTINTOS

XI. Aunque hemos dicho que la tentación reviste una doble forma: la prosperidad y la desgracia, no obstante, hay que advertir que al­canza además a los hombres por tres caminos o tres fines diferentes. En línea general, su primer objeto es probarlos; a menudo intenta purificar­los; en ocasiones se presenta como el castigo que merecen sus pecados.

Ante toda, la tentación es una prueba. Hay que recordar lo que se lee acerca de Abraham y Job y muchos otros justos que tuvieron que soportar tribulaciones sin cuento. El Deuterono­mio expresa la misma idea en estas palabras dirigidas al pueblo por ministerio de Moisés: «Acuérdate de todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos cuarenta años   287   por el desierto, para castigarte y probarte, para conocer los sentimientos de tu corazón y saber si guardas o no sus mandamientos» 37. Igual sentido se refleja en esta frase del salmo: «Yo te probé en las aguas de la contradicción» 38. Y en esta otra dirigida a Job: «¿Crees que yo he hablado por otro motivo que por el de poner de manifiesto tu justicia?» 39

Es asimismo una purificación. Al ver Dios en sus justos ciertas faltas leves, o también la altivez que deturpa la belleza de su alma, les humilla abandonándoles a diversas tentaciones, con el propósito de eliminar, ya en esta vida, todas las impurezas o, para decirlo con las palabras del Profeta, todas las escorias de sus pensamientos que su mirada descubre en lo inte­rior de su corazón 4 0.Quiere que comparezcan un día puros corno el oro ante su tribunal, sin que nada subsista en ellos- que precise después una purificación en la penosa prueba del fuego. Por eso dice: «duchas son las aflicciones del justo» [165]41. Y en otra parte: «Hijo mío, no des­precies la corrección del Señor y no desmayes cuando seas reprendido por El. Porque el Señor, a quien ama, le reprende, y azota a todo el que   288     recibe por hijo. ¿Pues qué hijo hay a quien su padre no corrija? Pero si no os alcanzare la corrección de la cual todos han participado, ar­gumento sería de que erais bastardos y no legí­timos» `Z.Y aún en el Apocalipsis: «Yo repren­do y corrijo a cuantos amo» 4‘.A estos justos, representados figuradamente por Jerusalén, les dirige Jeremías, en la persona de Dios, estas palabras: «Yo llevaré la ruina a todos los pue­blos entre los que te dispersaré; pero a ti no te arruinaré, sino que te castigaré con moderación. Impune no quedarás» “. Para lograr esta sa­ludable purificación eleva David sus plegarias, diciendo: «Ponme a prueba, oh Señor, y exa­míname, acrisola mis entrañas y mi corazón» 45 E Isaías, conociendo la utilidad que traen con­sigo estas pruebas, escribe: «Corrígeme, Señor, con suavidad, no con ira.» Y luego: «Yo te alabaré, Señor, porque te irritaste contra mí, pero se aplacó ni ira, y me has consolado» 4 e

Por lo demás, la tentación tiene por objeto la expiación de nuestros pecados. Así vemos al Señor que amenaza con enviar las plagas al pue­blo de Israel: «Mandaré contra ellos los dientes de las fieras. Y el veneno de los reptiles que se   289   arrastran por el polvo»[166] 47.Y en Jeremías: «En vano os he reprendido en vuestros hijos; no ha­béis querido aprender» 48.Y también en el Sal­terio: «Muchos son los dolores del impío» 49. Igualmente el Evangelio se hace eco de ello al decir: «Mira que has sido curado; no vuelvas a pecar, no te suceda algo peor» 5°.

Podemos distinguir todavía una cuarta razón de estas tentaciones. Por el testimonio de las Es­crituras advertimos que a algunos se les infiere un mal para que ae manifieste la gloria de Dios y sus obras, según estas palabras del Evangelio: «Ni pecó éste ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios» 51. Y estas otras: «Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella» 5 2.

Hay aún otras especies de castigos con que son afligidos en vida los que han excedido la medida de su malicia. De este modo fueron condenados Datán, Abirón y Coré y, sobre todo, aquellos de los cuales dice San Pablo: «Por lo cual los entregó Dios a las pasiones vergonzosas y a su réprobo sentir» 5 3.Esta hay que reputarla como   290   la más temible de las penas. De los mismos afir­ma el Salmista: «No tienen parte en las huma­nas aflicciones, y no son atribulados como los otros hombres»[167] 5 `. Pues no merecen ser salvados por la visita del Señor ni ser objeto de la me­dicina que cura las llagas temporales aquellos que, «embrutecidos, se entregaron a la lascivia, derramándose ávidamente con todo género de impureza» 55.Por otra parte, debido a la dureza de su corazón y a la facilidad con que reinciden en los mismos pecados, desconfían de la posibili­dad de purificarse en la brevedad de esta vida por los sufrimientos que les proporciona la exis­tencia. La palabra divina les increpa así por me­dio del Profeta: «Os trastorné como cuando tras­torné a Sodoma y Gomorra, fuisteis como tizón sacado del fuego, pero no os convertisteis a mí, dice el Señor» 58.Y Jeremías: «Destruí y perdí a mi pueblo, y, sin embargo, no se ha convertido al buen camino» 5 7.Y en otro lugar: «Los has castigado y no se han dolido, los has corregido con azotes, pero no han querido escarmentar; tie­nen la cara más dura que una piedra; no quieren convertirse» 58.Viendo el Profeta que todos los remedios temporales han sido vanos para curarles, desesperando en cierta manera de su salvación, 291 exclama: «Se enciende el fuego, se hace soplar el fuelle. En vano fundió el orífice, no hay nada de oro. Serán llamados plata de desecho, por­que el Señor los ha desechado» [168]59.

Prestemos todavía atención a las palabras del Señor en que se queja de haber aplicado inútil­mente a los pecadores endurecidos en el crimen esta purificación del fuego. Están representados por Jerusalén, totalmente impregnada de la herrumbre del pecado: «Déjala vacía sobre las bra­sas—dice el Señor—, que se ponga al rojo y se liquide el cobre, se funda con su sordidez y se consuma su herrumbre. En vano me fatigué, no desapareció su orín; sólo con el fuego podrá qui­tarse. Es execrable tu suciedad. Yo he querido purificarte, pero tú no has querido librarte de tu inmundicia» 80.Como un hábil médico, ha aplicado todos los remedios saludables, y no en­cuentra ya medicamento que pueda adaptarse a su enfermedad. Por lo mismo, vencido hasta cier­to punto por la magnitud de sus iniquidades se ve obligado a renunciar a los castigos que le inspira su clemencia. Así lo advierte con estas palabras: «Saciaré en ti mi ira y se apartará de ti mi celo» 81.Muy otro es su lenguaje cuando se refiere a aquellos cuyo corazón no se ha en­durecido poi la abundancia de los pecados, y  292   no necesitan de un tratamiento riguroso, y, por así decirlo, del cauterio del fuego, sino que les basta para su salud la admonición de una palabra saludable: «Les corregiré—dice–con palabras ,que les aflijan»[169] 6 2.

No ignoráis que existen todavía otros moti­vos que dan lugar a los castigos y venganzas di­vinas. Se infieren a veces a grandes pecadores, no para expiar sus crímenes o para cancelar la pena debida a sus pecados, sino con miras a la corrección de los otros hombres, inspirándoles el temor. Así fue el castigo de Jeroboam, hijo de Nabat, como también el de Basa, hijo de Ajiya, y el de Ajab y de Jezabel, según atestigua la mis­ma Escritura: «Yo haré venir el mal sobre ti, yo te barreré, yo exterminaré a cuantos pertenecen a Ajab, esclavo y libre en Israel, y haré tu casa semejante a la de Jeroboam, hijo de Nabat, y a la casa de Basa, hijo de Ajiya, porque tú me has provocado y has hecho pecar a Israel. Los pe­rros comerán a Jezabel cerca del muro de Jezrael. El que de la casa de Ajab muera en la ciudad, será comido por los perros, y el que muera en el campo, será comido por las aves del cielo» [170]63

Entre estos castigos merece colocarse también aquella terrible amenaza dirigida a Jeroboam: «Tu cadáver no entrará en la sepultura de tus   293   padres» 5°. Estas palabras están proferidas a propósito de las invenciones idolátricas del mo­narca, que fue el primero en instituir los bece­rros de oro. Con ello arrastró al pueblo a una apostasía, dando ocasión a innumerables sacri­legios. Pero no quiso el Señor con ellas dar a en­tender que bastaba esta pena insignificante y mo­mentánea para satisfacer por los pecados de este soberano. Su designio era inculcar sentimientos de terror a aquellos hombres negligentes que no creen en la realidad de las penas eternas, que no tiemblan más que ante las desgracias presentes. Con ello puso ante sus ojos un ejemplo de las venganzas que temían. Este rigor, por lo de­más, debía inducirles a reconocer por experiencia que la majestad divina no mira con indiferencia los acontecimientos humanos, ni abandona al azar el curso del mundo y del tiempo. Debían com­probar, ante el espectáculo de estas penas que les horrorizaban, que Dios es el remunerador de to­dos nuestros actos.

Vemos también que algunos, por culpas más leves, sufrieron en el acto la misma sentencia de muerte de que fueron objeto los autores de esas prevaricaciones sacrílegas. Así sucedió con aquel que recogía leña en sábado, o con Ananías y Safira, que, seducidos por su infidelidad, se habían apropiado algo de sus riquezas. Y no es que su pecado igualara la culpabilidad moral de los primeros,   294   sino que su trasgresión revestía un carácter nuevo. Así como habían dado ejemplo en el pecado, habían de ser también como un modelo en la pena, y un modelo que inspirara terror. Para que el que intentara imitarlos supiera que sería condenado de igual suerte, y que el suplicio, aunque se difiriera al presente, le esperaba en el juicio final.

Mas he aquí que al intentar recorrer las di­versas especies de tentación y venganza divina nos hemos apartado un tanto de nuestro propósi­to. Decíamos que los varones perfectos permanecen siempre impertérritos frente a la prueba, ya se presente bajo el cariz de la buena fortuna, ya de la adversa. Volvamos, pues, a esa cuestión que dejamos antes empezada.

XII. El alma del justo no debe parecerse a la cera ni a cualquier otra sustancia muelle. Esta cede siempre al sello que se le imprime, tomando su impronta y conservándola hasta que la graba­ción de un carácter nuevo le da una forma nue­va. Así no persevera nunca en su manera de ser propia, sino que cambia incesantemente, adoptando la figura de los diversos objetos que se gra­ban en ella.

Más bien debe ser el alma del justo como un sello de diamante que guarda inviolable su fisonomía propia, marcándola en los diversos acontecimientos de su vida sin aceptar él la impresión de los mismos.   295

SI PUEDE NUESTRA ALMA MANTENERSE CONTINUAMENTE EN IGUAL ESTADO

XIII. GERMAN. ¿Puede nuestra alma con­servar siempre idéntica postura y perseverar de continuo en la misma disposición?

XIV. TEODORO. Es necesario, como dice el Apóstol, que el varón «renovado en el espíri­tu» 6 5 se lance día tras día en pos «de aquellas cosas que tiene ante él» [171]6 6,o bien se deje vencer por la negligencia. En este caso, como consecuen­cia lógica, volverá atrás para precipitarse en un mal peor. No es posible, por tanto, que el alma permanezca en un mismo estado.

Es algo parecido a lo que sucede al que va a bordo de una nave y surca un río de impetuosa corriente. Se esfuerza, impulsando los remos, por salvar el curso de las aguas. Pero he aquí la alternativa: o bien logrará orillar el empuje de las olas accionando vivamente, y subirá cauce arriba; o bien, cediendo la fuerza de su brazo, la riada le arrebatará inexorable, llevándole rápi­do a la deriva.

Es, por tanto, indicio evidente de nuestro de­trimento el que no hayamos progresado ni ad­quirido nada nuevo. Es indudable: cuando nos    296   percatamos de no haber avanzado es que hemos retrocedido. Porque, como he dicho, es imposible al alma permanecer siempre estacionada en el mismo sitio. No hay santo alguno, mientras mora en esta carne, que pueda alcanzar de tal modo el ápice de la virtud, que permanezca en él ‘de un modo estable. Es preciso que crezca sin cesar  que disminuya.

No puede haber en las criaturas perfección alguna que no esté vinculada a la ley de la mu­tación, según aquello del libro de Job: «¿Qué es el hombre para creerse puro, para decirse ino­cente el nacido de mujer? Si ni sus santos gozan de inmutabilidad, y los mismos cielos no son bastante puros a sus ojos» 67. Confesamos que sólo Dios es inmutable. Únicamente a El le de­signa así el Profeta al decir: «Tú siempre eres el mismo»[172] 68.Y sólo Dios puede decir de sí mismo: «Porque yo soy el Señor, y soy inmu­table» 6 9.Y, en efecto, El sólo por naturaleza es siempre bueno, siempre goza de una plenitud colmada, siempre es perfecto. Nada puede agre­gársele, ni en nada puede disminuir.

Debemos, por consiguiente, tender a la virtud con la mayor solicitud y empeño, ocupándonos en sus santos ejercicios, no sea que, dejando de progresar, se siga automáticamente la mengua .y   297   menoscabo en ella. Repitámoslo: el alma no puede permanecer inalterable en una misma postura, sin crecer ni disminuir en perfección. Por eso, no adquirir virtudes equivale a decrecer en ellas. Y es que cesando el deseo de progresar, no nos veremos libres del peligro inmediato de retro­ceder.

XV. Es menester para ello permanecer lo más posible en la celda. Siempre que uno se aleja de ella para vagar por el exterior, al volver le parecerá algo nuevo y desabrido. Más: se en­contrará como descentrado y lleno de turbación, como si comenzara a habitarla. No podrá reco­brar sin trabajo y dolor aquella aplicación de espíritu que había conseguido morando con fide­lidad en su recinto, pues ha dado rienda suelta a la relajación.

Por lo demás, una vez haya vuelto atrás, no pensará ya en el provecho que pudo haber sacado si no hubiera abandonado su aposento. Se dará luego por satisfecho si ve que ha vuelto a re­cuperar aquel estado en que se hallaba Porque así como el tiempo pasado no puede resarcirse de nuevo, del mismo modo el provecho que se ha malogrado queda para siempre en saco roto. Por­que por más que se empeñe en ganar lo perdido, esta aplicación del espíritu no lograr í ya más que un progreso actual, un aprovechamiento del mo­mento, pero no podrá recuperar los frutos que no llegaron a sazón.,   298

XVI. Como hemos insinuado ya, incluso las potestades del cielo están sujetas a mudanza [173]7° 0. Prueba de ello son los ángeles que se despeñaron en el mal debido a su voluntad corrompida. Par lo mismo, aquellos que perseveran en la bienaventuranza en que fueron creados, no hay que considerarlos como dotados de una esencia inmu­table porque no hicieran causa común con los caídos. Pues una cosa es gozar de la inmutabilidad por naturaleza y otra no cambiar lo más mínimo de actitud en la fidelidad, que es fruto de la gracia del Dios que no cambia.

Todo lo que adquiere y consolida la diligen­cia lo echa a perder la flojedad. Par eso está escrito: «No beatifiques al hombre antes de su muerte» ‘ 1.Porque un hombre que permanece en la liza de este mundo y aun en el fragor del combate, por más que consiga con frecuencia la victoria, no puede con todo estar libre de te­mor ni del recelo que inspira un fin desdichado.

Sólo Dios es el inmutable y bueno, porque poseyendo la bondad no por adquisición, sino por esencia, no puede ser sino bueno. El hombre, en   299   cambio, es incapaz de poseer ninguna virtud con carácter inmutable. Para conservarla una vez ad­quirida, precisa tanto más aplicación y celo cuan­to han sido necesarios para alcanzarla.

NADIE CAE SÚBITAMENTE

XVII. Cuando alguien sucumbe en su vida espiritual y mide el suelo en su calda, no hay que creer que ello obedezca a una causa repen­tina. Porque, una de dos: o la formación defectuosa recibida en el principio de su carrera le ha conducido por una falsa senda, o bien una negligencia persistente ha minado poco a poco su virtud, y, dejando crecer los vicios, le ha pre­cipitado en una lamentable ruina. Pues: «A la contrición precede la insolencia y a la ruina el mal pensamiento»[174] 7 2.

Una casa no se hunde por un impulso mo­mentáneo. Las más de las veces es un viejo de­fecto de construcción. En ocasiones es la prolon­gada incuria de los moradores lo que motiva la penetración del agua. Al principio se infiltra gota a gota y va insensiblemente carcomiendo el maderaje y pudriendo el armazón. Con el tiempo el pequeño orificio va tomando mayores propor­ciones, originándose hendiduras y desplomes con­siderables. Al cabo, la lluvia procelosa penetra   300   a torrentes: «Por la negligencia se cae la techum­bre y por la pereza se dan goteras en la casa» “.

Es, ni más ni menos, lo que acontece en sen­tido espiritual al alma, como lo indican estas pa­labras de Salomón: «El gotear del agua echa al hombre de su casa en día invernal» [175]4.Como se advierte, establece una feliz analogía entre el alma negligente y la casa descuidada. Con oca­sión de esta incuria inicial se dejan sentir en ella, a los comienzos, los leves efectos de la pa­sión, a modo de imperceptibles gotitas. Pero si, por ser insignificantes o por parecer que no han de tener consecuencias graves, se las descuida, van corrompiendo gradualmente las pilastras de las virtudes, que forman como el maderamen del edificio espiritual. Luego penetran como un di­luvio los vicios. Se echa encima el invierno, es decir, el momento de la tentación: el diablo se abalanza furioso sobre el alma y la ahuyenta de la morada de las virtudes, donde en otro tiempo, gracias a una diligencia atenta, habitaba tranquila como en su propio techo.

* * *

Todo esto que nos dijo el anciano nos supo a una refección espiritual que nos hizo sa­borear una dulzura infinita. A la verdad, fue mayor el gozo que sentimos por esta conferencia que la tristeza que antes nos había causado la muerte de los santos. Ante esta nueva perspec­tiva, no sólo se desvanecieron por completo todas nuestras dudas, sino muchas otras cosas que nuestros cortos alcances no se atrevían siquiera a preguntar.

VII

PRIMERA CONFERENCIA DEL ABAD SERENO

DE LA MOVILIDAD DEL ALMA Y DELOS ESPÍRITUS DEL MAL

Capítulos: I. Castidad del abad Sereno.—II. Pre­gunta del anciano sobre el estado de nuestros pen­samientos.—III. Nuestra respuesta sobre la volubi­lidad del alma.–IV. Exposición del anciano refe­rente al estado del alma y su poder.—V. La per­fección del alma según la figura del centurión evangélico.—VI. De la perseverancia en la guarda de los pensamientos.—VIL Pregunta sobre la mo­vilidad del alma y los asaltos de las potencias del mal.—VIII. Respuesta sobre la ayuda de Dios y el poder del libre albedrío.—IX. Pregunta sobre la unión del alma con los demonios.—X. Respues­ta: Cómo los espíritus inmundos se unen al alma, humana.—XL Objeción: Si pueden lo espíritus in­mundos penetrar en el alma de sus posesos y unirse a ellos.—XII. Respuesta: Manera cómo los espí­ritus inmundos dominan a los energúmenos.—XIII. Que no pueden los espíritus penetrarse mutuamen­te, y que tal cosa conviene sólo a Dios.—XIV. Objeción que inclina o creer que los demonios conocen los pensamientos de los hombres.-XV. Respuesta: De lo que los demonios pueden o no pueden sobre los pensamientos de los hombres. XVI   Comparación que muestra cómo los demo­nios conocen los pensamientos de los hombres. XVII   Que cada uno de los demonios no sugiere todos los vicios a los hombres. XVIII. Si entre los demonios existe un orden en sus asaltos o un plan premeditado en su lucha contra el hombre. XIX. Respuesta: Cómo los demonios se coaligan   306        durante el sueño, por los incentivos naturales de la carne.

Y como quiera que esta virtud parezca superior a la condición humana, estimo necesario explicar previamente cómo pudo llegar, apoyado en la gracia de Dios, a una pureza semejante.

II. Alcanzar la castidad interior del corazón y del espíritu era toda su ambición. Para ello noche y día se aplicaba infatigable a la plegaria, juntando a ella los ayunos y vigilias. Una vez al­canzado su propósito, le pareció como si el ardor de la concupiscencia se hubiera extinguido en él. Mas entonces el gusto suavísimo de la pu­reza avivó de tal modo su sed, que se sintió devorado por un celo insaciable de castidad. Re­dobló sus ayunos y plegarias. Por un don gra­tuito de Dios, la impureza había muerto en el hombre interior. Su deseo ahora era que esta muerte alcanzara también a su cuerpo. Quería penetrarlo de una- pureza tan acendrada, que en adelante no estuviera sujeto ni siquiera a aque­llos impulsos naturales que se manifiestan incluso en los párvulos y niños de pecho.

Consciente de que este don lo debía a la gra­cia divina y no a su esfuerzo, crecía más y más en él la confianza de lograr este nuevo beneficio. De este modo decía para sí: «¿Qué más fácil para Dios que destruir de raíz el aguijón de la carne Tanto más cuanto que la industria y el arte humanos son capaces de aniquilar estos estímulos      307    con ciertos antídotos y medicinas y aun con el hierro de la amputación.» Además, Dios, en su munificencia, le había concedido ya la pureza del espíritu, que es mucho más sublime, puesto que todo el ahínco y empeño humanos son in­capaces de llegar a ella. Uniendo a la oración las lágrimas, persistía incansable en su petición.

Un día se le apareció un ángel en visión noc­turna. Hizo ademán de abrirle las entrañas, y sacando del fondo como una encendida landre, curó su herida y le dijo: «He aquí que han sido arrancados los incentivos de tu carne. De hoy más poseerás la perfecta pureza física que con fe sincera has pedido.» Baste con esto para ex­plicar la gracia maravillosa que concedió Dios a este hombre privilegiado.

Por lo demás, me parece superfluo traer aquí a colación las virtudes que le eran comunes con los otros monjes más eminentes. Temo que lo que dijera en su alabanza podría restar prestigio a los demás, como si éstos no las poseyeran en tal grado.

Inflamados, pues, en deseos de hablarle y es­cuchar sus enseñanzas, hicimos por verle durante los días de Cuaresma.

Con palabra cálida, impregnada de la más tierna amabilidad y placidez de espíritu, nos hizo algunas preguntas respecto a la calidad de nues­tros pensamientos y al estado de nuestro hombre interior. Mostró asimismo interés en saber el provecho que habíamos reportado en la pureza  de nuestra alma durante el largo tiempo transcu­rrido en el desierto. Contestamos doliéndonos de nuestra imperfección, y empezamos así:

III  Al contar los años vividos en la soledad, imaginas por ventura que deberíamos haber lle­gado ya a la perfección del hombre interior. Pero desgraciadamente no es así. Nuestros pro­gresos se reducen únicamente hasta ahora a vis­lumbrar la meta de la cual permanecemos aún a gran distancia por amor de nuestra impotencia. La verdad es que no hemos logrado alcanzar todavía lo que intentamos ser. Este conocimiento no ha conseguido establecernos de una manera definitiva en la pureza y solidez que tanto am­bicionamos, sino que ha acrecentado solamente nuestra vergüenza y confusión.

En toda disciplina el fin inmediato del estu­dio cotidiano es conducirnos de los simples ru­dimentos del aprendizaje a una pericia y ciencia profesionales. Lo que al principio estaba cubierto con la duda o la completa ignorancia comienza a no tener ya secretos para nosotros. El monje avanza con paso firme en el conocimiento de la disciplina que ha escogido, aplicándose a ella fácilmente y sin tropiezo.

Pero es diametralmente opuesto lo que a mí me acontece al buscar la pureza de corazón. No descubro en mi tarea más progreso que el de conocer lo que no alcanzo a ser. Por eso me parece que no cosecho otro fruto de esta pena pungente que una gran contrición de corazón. Tanto que no me han faltado a la continua mo­tivos de verter lágrimas, sin dejar por eso de ser el que no debo ser. Por tal razón digo para mis adentras: ¿De qué me sirve haber descubierto la cima de la perfección, si me siento incapaz de alcanzarla?

A veces sentimos que la mirada de nuestro espíritu se remonta ágil al objeto de su contem­plación; pero luego desciende insensiblemente de esas alturas, para resbalar de nuevo vertiginosa en la enajenación primera. Envuelta así la mente en el tropel de vanos pensamientos y cautiva en mil quimeras, pensamos que no cabe ya enmien­da en nuestra vida. Toda nuestra observancia empieza a parecernos superflua y sin sentido. A veces intentamos hurtar el ánimo a la realidad circundante cuajada de distracciones, queriendo hacer revivir en él el sentimiento del temor de Dios y encauzarlo hacia la contemplación. Mas antes que logremos afianzarle en esa postura es­table, se aleja fugaz. Como despertados de un profundo sueño, nos damos cuenta de que ha torcido su rumbo, apartándose del objetivo que le habíamos fijado. Cierto que intentamos redu­cirle de nuevo a la contemplación y desearíamos sujetarle como con cadenas merced a una apli­cación constante del corazón. Vano empeño. Cuando mayor es nuestro afán, se escapa del fondo del alma mucho más furtiva que una an­guila escurridiza se desliza de entre las manos.  310

Por eso nuestra existencia discurre en medio de continuas oscilaciones y vaivenes, sin que nuestro corazón cobre por ello mayor solidez y constancia. A la postre cunde la desconfianza y nos rinde. En suma: llegamos a la convicción de que tales divagaciones no son tanto un de­fecto personal como un vicio inherente a la na­turaleza humana.

ESTADO DEL ALMA Y SU PODER

IV. SERENO. Es una presunción peligrosa decidir de la naturaleza de una cosa por su exa­men periférico, sin poseer de ella un conoci­miento cabal. No tiene duda que es un error sentar un juicio respecto a una profesión con­ceptuándola desde el ángulo de la propia fragili­dad, en lugar de considerarla en función de lo que es en sí misma o siguiendo el parecer de quienes han atesorado ya experiencia.

Imaginemos a un hombre que ignora el arte de la natación. Porque ve que no puede flotar sobre la superficie del agua, deduce de este hecho—que en realidad es fruto de su imperi­cia—que es imposible a todo ser humano mante­nerse a flote sobre el líquido elemento. Ni que de­cir tiene que no daríamos crédito a su opinión, formada en su fuero interno, partiendo sólo de su ensayo personal, por cuanto la razón dicta y la observación ocular confirma que la natación, lejos   311  de ser imposible para muchos, es cosa sumamente fácil.

Por lo que se refiere a la nouj, esto es, la mente, se define aeikínhtoj kai ploki/nhtoj, es de­cir, que está sujeta a una constante y superlativa movilidad. Lo cual se halla expresado igualmen­te, aunque con términos distintos, en el libro de la Sabiduría, dicho de Salomón: :«La morada terrena gravita como un peso sobre el alma a quien agitan muchos pensamientos» Esta, por la condición de su naturaleza, no puede perma­necer nunca ociosa. Si no tiene al alcance un objeto preparado de antemano sobre el cual pue­da ejercer su móvil actividad y en el cual esté incesantemente ocupada, su ligereza congénita le lleva necesariamente a discurrir de una parte a otra, como revoloteando sobre todo lo que halla a su paso. Sólo a trueque de un prolongado y diario ejercicio—en el que vosotros decís que habéis trabajado en vano—conocerá de un modo tangible las materias que debe preparar para en­tretener su memoria. En ellas deberá ejercitar su vuelo incansable y alcanzar la robustez con que poder consolidarse en la consideración. Así podrá sortear los peligros y sugestiones del ene­migo y perdurar indeclinable en el estado y dis­posiciones que desea.

Este continuo oscilar del corazón no debe, por   312      tanto, atribuirse a nuestra naturaleza[176] 2 ni a Dios, supuesto que la Escritura sentencia: «Dios hizo recto al hombre, mas ellos se buscaron muchas perversiones» 3.En consecuencia, la calidad de nuestros pensamientos depende de nosotros: «El buen pensamiento—se ha dicho–se acerca a aque­llos que le conocen, y el hombre prudente lo encontrará» 4.Pero, desde el preciso momento en que una cosa cae bajo el ámbito de nuestra prudencia y de nuestra industria, si no logramos encontrarla, es notorio que hay que imputarlo a nuestra desidia e inercia, y no a un vicio de la naturaleza. Sintoniza con ello el Salmista al decir: «Bienaventurado el varón que tiene en ti su fortaleza y ha dispuesto en su corazón los grados para subir al Lugar santo» 5.Luego, vos­otros mismos veis perfectamente que está en nues­tras manos disponer en nuestro corazón los gra­dos ascendentes, esto es, los pensamientos que   313   jalonan la subida hacia Dios, como los grados descendentes, es decir, los pensamientos que se proyectan sobre el área de las cosas terrestres y carnales.

Si no gozáramos de esta potestad, el Señor no hubiera dirigido a los fariseos este dicterio: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?» Ni nos hubiera enderezado por medio del Profeta esta amonestación: «Quitad de ante mis ojos la iniquidad de vuestros pensamientos» 1.Y en otra parte: «¿Hasta cuándo guardarás en tu pecho tus culpables pensamientos?»[177] 8 Tampoco se exami­naría, el día del juicio, la índole de nuestros pen­samientos como la de nuestras obras, al lanzar el Señor esta amenaza por Isaías: «He aquí que yo vengo a recoger sus obras y sus pensamientos y para reunirlos con todas las naciones de cual­quier país o lengua» 9.Su testimonio, en fin, no intervendría en este juicio terrible e inquietante para condenarnos o defendemos, según esta pa­labra del Apóstol: «Y las diferentes reflexiones con que entre sí unos y otros se acusan o excu­san se verán el día en que Dios juzgará las ac­ciones secretas de los hombres, según la doctrina de mi Evangelio».    314

A PROPÓSITO DEL CENTURIÓN DEL EVANGELIO

V. El centurión del Evangelio bosqueja una hermosa figura del alma elevada a esta perfec­ción. Tal alegoría pone de manifiesto de qué vir­tud y temple estaba dotado aquel hombre, y cómo, lejos de dejarse zarandear por cualquier pensa­miento que le asediara, acogía los buenos y re­chazaba sin dificultad los malos, según el juicio de su prudencia. Este proceder lo describe figu­radamente, al decir: «Porque yo, aunque no soy más que un hombre sujeto a otros, como tengo soldados a mi mando, digo al uno: ve, y va; y al otro: ven, y viene; y a mi criado: haz esto, y lo hace»[178]11.

Si por nuestra parte luchamos también viril­mente contra los movimientos desordenados del alma y contra los vicios, y logramos someterlos a nuestra autoridad y discreción; si bregando, ex­tinguimos en nuestra carne las pasiones y sojuzgamos al imperio de la razón la veleidad de nues­tros pensamientos, y con el estandarte salutífero de la cruz del Señor alejamos de las fronteras de nuestro corazón las turbas de las, potestades enemigas, por los méritos de tan señalados triun­fos seremos elevados al rango de este centurión espiritual, que Moisés ha designado también místicamente en el Éxodo: «Establece tribunos, cen­turiones, jefes de cincuentena y decanos» 12.

Situados también nosotros en el ápice de esta dignidad, poseeremos el poder[179] 37 la fuerza de mandar. Los pensamientos que no queramos ali­mentar en nosotros no nos arrastrarán en pos de sí, y en cambio nos cabrá la posibilidad de adherirnos con firmeza a aquellos que nos harán saborear las delicias del espíritu. A las sugestio­nes malas les diremos con gesto imperativo: «idos», y se irán; a las buenas: «venid», y ven­drán al punto. A nuestro esclavo, es decir, a nues­tro cuerpo, le prescribiremos la guarda de la castidad y de la abstinencia, y obedecerá sin re­pugnancia. No suscitará en nosotros los estímulos contrarios de la concupiscencia, sino que se suje­tará en todas las cosas al mando del espíritu.

Por lo que atañe a las armas del centurión espiritual, oíd cómo San Pablo os dice cuáles son y para qué combates están aparejadas: «Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas por Dios» “. En razón de estas pala­bras advertimos cuáles son: ni carnales ni débiles, sino espirituales y poderosas en Dios. Y a ren­glón seguido insinúa como consecuencia lógica en qué luchas hay que utilizarlas: «Para derribar fortalezas, destruyendo consejos y toda altanería que se levante contra la ciencia de Dios, y    316   doblegando todo pensamiento a la obediencia de Cristo, prontos a castigar toda desobediencia y a reduciros a perfecta obediencia» [180]14.

Sería oportuno examinar aquí minuciosamen­te cada una de estas palabras; pero ya encon­traremos en su lugar tiempo propicio para ello. Mi designio ahora es explicaras el género y pro­piedad de las armas con que debemos estar cons­tantemente revestidos, si queremos luchar en las batallas del Señor y militar en las filas de los centuriones evangélicos. «Embrazad—dice el Apóstol—en todo momento el escudo de la fe, con que podáis hacer inútiles los encendidos dar­dos del maligno» 15. Es, pues, el segundo escu­do de la fe quien, recibiendo los dardos inflama­dos de las pasiones, las reduce a la impotencia con el temor del juicio venidero y la creencia en el reino celestial.

«Y—continúa San Pablo—la coraza de la ca­ridad» “16. Efectivamente, la caridad que circun­da y protege nuestro corazón nos pone a cubier­to de las heridas mortales que nos causarían las pasiones, rechaza los golpes enemigos e impide que penetren hasta el hombre interior los dardos del demonio, pues «todo lo excusa, todo lo su­fre, todo lo tolera» “.

«Y por yelmo o celada, la esperanza de la     317   salvación»[181]8.El yelmo protege la cabeza. Ahora bien: nuestra cabeza es Cristo. Debemos, por tanto, cubrirla y defenderla siempre con la espe­ranza de los bienes futuros a modo de un yelmo inexpugnable en todas las tentaciones y persecu­ciones, procurando, ante todo, guardar inalterable y sin mácula nuestra fe. Es posible que el hom­bre carezca de los otros miembros y conserve, sin embargo, más o menos oscilante, una vida en­deble; pero sin la cabeza es imposible vivir.

«Y la espada del espíritu, que es la palabra de Dios» “19, pues «esta palabra es más viva, efi­caz y tajante que una espada de dos filos, y pene­tra hasta la división del alma y del espíritu, has­ta las coyunturas y la medula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» “, dividiendo y cercenando todo lo que sabe en nos­otros a terreno y carnal.

Todo aquel que se pertrecha con estas armas está para siempre al abrigo de los dardos y ata­ques del enemigo. No se dejará vencer por sus expoliadores, ni conducir cautivo y esclavo hacia la tierra hostil de los pensamientos nocivos. Ni oirá tampoco el denuesto del Profeta: «¿Por qué languideces en tierra extraña?» 21 Antes bien, li­bre y vencedor, fijará su morada en la región de los pensamientos que habrá escogido.   318   

¿Queréis conocer el coraje y la fortaleza que permiten a este centurión revestir esas armas no meramente humanas, sino templadas por el po­der de Dios? Escuchad al rey todopoderoso que llama a los hombres esforzados a esta milicia es­piritual, y que escoge y señala a sus elegidos: «Diga el flaco: Yo soy fuerte», y «El que es pa­ciente, sea soldado»[182] 22.

Como veis, sólo los débiles y pacientes pueden combatir los combates del Señor. San Pablo, el centurión evangélico por excelencia, se refiere a esta debilidad cuando afirma lleno de confian­za: «Cuando parezco débil, entonces es cuando soy fuerte» “. Y de nuevo: «En la flaqueza lle­ga al colirio el poder» 24. Uno de los profetas ha­bla también de esta flaqueza, al decir: «Los más débiles entre ellos serán como David» 25. El que es paciente combatirá también estas luchas con aquella paciencia de la que se ha escrito: «Tenéis necesidad de paciencia, para que, cumpliendo la voluntad de Dios, alcancéis la promesa» “.

VI. Reconoceremos por nuestra propia ex­periencia que debemos y podemos unirnos inse­parablemente al Señor si mortificamos nuestras apetencias y si alejamos todo lo que excita nuestros   319 deseos mundanos. Seremos instruidos por el testimonio de aquellos que con plena confian­za dicen en íntimo coloquio al Señor: «Mi alma está apegada a ti»[183] 27.«Estoy adherido a tus mandamientos, Señor» . «Mi bien es estar jun­to a mi Dios» “. Y «El que se allega al Señor se hace un espíritu con El» 30.

Es menester, pues, que las distracciones y di­sipación del espíritu no nos hagan desistir de este santo ejercicio, puesto que «el que labra la tierra tendrá pan abundante, mas el que va tras del ocio se hartará de pobreza» 31.No nos aban­donemos nunca a un pernicioso desaliento, que pondría en contingencia nuestra aplicación a se­guir la observancia, porque «todo el que se afa­na en el trabajo conocerá la abundancia, pero el que vive en la dulzura y sin sufrimiento acabará en la indigencia» “. Y otra vez: «El hombre trabaja para sí en medio del dolor, e impide con el esfuerzo su propia perdición» 33.Y asimismo: «El reino de los cielos se alcanza a viva fuerza, y los violentos lo arrebatan» 34.

Ninguna virtud se adquiere sin trabajo, y nadie  310   puede alcanzar esta estabilidad que desea en su pensamiento sin una gran contrición de corazón. Porque «el hombre nace para el trabajo»[184] 35. Aho­ra bien, para que pueda «llegar al estado de un varón perfecto, a la medida de la edad de la ple­nitud de Cristo» 36, es preciso que esté de con­tinuo muy sobre sí, desplegando una solicitud que no conozca tregua ni relajación. Nadie llegará en la otra vida a esta medida perfecta, si no se es­fuerza en la presente por imbuirse del pensamien­to de ella, pregustándola ya, en cuanto cabe, en este mundo. Destinado para ser un miembro pre­cioso de Cristo, poseerá en esta carne mortal las señales de aquella unión que le harán digno de ser asociado un día al cuerpo divino del Se­ñor. Todos sus deseos, todo su ardor, todas sus acciones e incluso todos sus pensamientos deben converger en un solo fin y objetivo: gustar ya en este mundo las primicias de la felicidad eter­na que se promete a los santos en el cielo; es de­cir: que para él «Dios sea todo en todas las co­sas» 37.

MOVILIDAD DEL ALMA Y ASALTOS DE LAS POTENCIAS DEL MAL

VII. GERMÁN. Tal vez sería posible opo­ner un muro de contención a esta volubilidad del   321   alma, si no estuviera circunvalada por tan gran número de adversarios. Estos la fuerzan sin ce­sar a hacer lo que no quiere o mejor a lo que le empuja ya la versatilidad de su propia naturale­za. Rodeada de enemigos innumerables, tan po­derosos como terribles, no podríamos creer que le fuera posible resistir a ellos, máxime en esta carne frágil, si tus palabras—que oímos como si fueran oráculos celestiales—no nos animaran a abrigar tal confianza.

VIII. SERENO. Quienes han experimentado los combates del hombre interior saben perfec­tamente que nos envuelven por doquier enemi­gos ocupados en prepararnos asechanzas. Pero al afirmar que estos enemigos se oponen a nuestro progreso, lo decimos solamente en cuanto nos exci­tan al mal, no que creamos que nos determinen efectivamente a él.

Por lo demás, ningún hombre podría en ab­soluto evitar cualquier pecado, si tuvieran tanto poder para vencernos como lo tienen para ten­tarnos. Si por una parte es verdad que tienen el poder de incitarnos al mal, por otra es también cierto que se nos ha dado a nosotros la fuerza de rechazar sus sugestiones y la libertad de con­sentir en ellas. Pero si su poder y sus ataques engendran en nosotros el temor, no perdamos de vista que contamos con la protección y la ayuda del Señor, de quien se ha escrito: «Porque mayor   322     es quien está en nosotros que quien está en este mundo» “.

Su gracia combate a nuestro favor con un po­der incomparablemente superior al de toda esa multitud de adversarios que nos acosan. Dios no se limita únicamente a inspirarnos el bien. Nos secunda y nos empuja a cumplirlo. Y más de una vez, sin percatamos de ello y a pesar nues­tro, nos atrae a la salvación. Es, pues, un hecho incontestable que el demonio no puede seducir a nadie, si no es a aquel que libremente le pres­ta el consentimiento de su voluntad. El Eclesias­tés lo dice claramente con estas palabras: «Su­cede que los hijos de los hombres, viendo que no se pronuncia luego la sentencia contra los ma­los, cometen la maldad en su corazón» 39. Es in­dudable que cada uno peca porque no opone resistencia a los pensamientos perversos que so­brevienen a su corazón. Se ha dicho: «Resistid al diablo, y huirá de vosotros» [185]40.

IX. GERMÁN. ¿Qué especie de consorcio hay entre el alma y los espíritus del mal tan es­trecho, tan íntimo, que puedan, no digo ya jun­tarse, pero sí unirse a ella? Porque le hablan de una manera insensible, se introducen en su inte­rior, le inspiran cuanto quieren, le arrastran a tal o cual acto que les place, ven y conocen de una   323   manera circunstanciada sus pensamientos e im­pulsos; en una palabra, es de tal naturaleza la unidad que existe entre ellos y nuestro espíritu, que es casi imposible, sin la gracia de Dios, dis­cernir lo que procede de sus incitaciones y lo que parte de nuestra voluntad.

  1. SERENO. No es maravilla que un espí­ritu pueda unirse insensiblemente a otro espíritu y ejercer sobre éste, por los fines que a él le plaz­can, una fuerza secreta de persuasión. Hay, en efecto, entre ellos, como entre los hombres, cierta semejanza de naturaleza y parentesco. Prueba de ello es que la definición que se da de la esencia del alma conviene parejamente a la suya [186]41. Pero compenetrarse y unirse mutuamente hasta el punto de que uno contenga al otro, es cosa abso­lutamente imposible. Tal prerrogativa es patri­monio exclusivo de la Divinidad, supuesto que sólo ella es una naturaleza incorpórea y simplicí­sima.

GERMÁN. Este razonamiento nos pare­ce estar en pugna con lo que vemos que ocurre en los arrepticios y posesos. Bajo la influencia de los espíritus inmundos dicen y hacen cosas de las que ellos mismos no son plenamente conscientes  324    ¿Cómo no creer que su alma se une a estos espíritus, cuando en realidad vemos que en cier­to modo es su instrumento? Abandonando su es­tado natural, adoptan sus mismas pasiones e im­pulsos, hasta el punto de que las palabras, los gestos y las voluntades inclusive son ya de ellos y no de ella.

XII. SERENO. No, lo que hemos dicho antes no se opone a lo que decís de que los ener­gúmenos, bajo la influencia de los espíritus in­mundos, hablan y gesticulan involuntariamente, o se ven constreñidos a proferir cosas que ignoran Evidentemente, la acción de los espíritus sobre ellos no es siempre idéntica. Así vemos cómo al­gunos posesos no tienen la menor idea ni, por lo mismo, conciencia de lo que dicen y hacen; otros, en cambio, se dan cuenta de ello y lo recuerdan al instante.

No vayáis a creer que estos fenómenos obe­dezcan a una especie de infusión del espíritu im­puro, merced a la cual penetre hasta la misma sustancia del alma y le esté de tal forma unido, que venga, como quien dice, a revestirla, profi­riendo él mismo, por boca del paciente, tales discursos y expresiones. De ningún modo puede admitirse que tengan tal poder. El que sucedan tales cosas no es debido a un menoscabo del alma, sino simplemente a una debilitación del cuerpo. Un simple razonamiento nos lo pon­drá de manifiesto.   325

El espíritu inmundo, en efecto, se adueña de aquellas partes del cuerpo donde reside la vita­lidad del alma. Hace gravitar sobre ellas un peso inmensa e insoportable, y sumerge y asfixia en las más densas tinieblas sus facultades inte­lectuales. A menudo, el vino, la fiebre, el frío ex­cesivo u otras enfermedades exteriores que nos sobrevienen, ocasionan semejantes efectos. El de­monio, a pesar de haber recibido poder sobre el cuerpo de Job, el Señor le ordena respetar su alma: «He aquí—dice—que entrego en tus ma­nos su cuerpo; deja tranquila su alma»[187] “. Como si dijera: te prohíbo que debilites el órgano que constituye la morada del alma, y que oscu­rezcas su inteligencia y su razón—de las que ha menester para resistirte—, al oprimir con tu pe­so la parte más elevada de su corazón.

XIII. No porque un espíritu pueda unirse a una materia compacta y sólida, cual es nuestra carne—cosa sobremanera fácil—, hay que creer que pueda unirse también al alma, que es espíritu como él, de modo que formen una sola naturaleza. Esto sólo es posible a la augusta Tri­nidad. Sólo ella penetra de tal forma las natu­ralezas intelectuales, que no sólo las abarca y las ciñe por completo, sino que se desliza y se ex­pande en ellas como en un cuerpo una esencia incorpórea.    326   Decimos, es verdad, que existen naturalezas espirituales, como son los ángeles, los arcánge­les y las demás virtudes celestes, como también nuestras almas y este aire sutil que nos circunda. Mas no debemos creer que sean incorpóreas[188] 43. Tienen de ellas un cuerpo por el cual subsisten, bien que mucho más sutil que el nuestro. Tal es la sentencia del Apóstol, al decir: «Hay cuerpos celestes y cuerpos terrestres» 44. Y también: «Se siembra cuerpo animal y se levanta un cuerpo espiritual» 45.

De donde se concluye con claridad que nada hay incorpóreo sino Dios. Sólo El puede introdu­cirse en las sustancias espirituales e intelectuales, por cuanto sólo El vive en todas partes y subsiste en todas las cosas. Únicamente El cala hasta el fondo los pensamientos del hombre, sus movi­mientos interiores, penetrando hasta el santuario más íntimo de su alma. De sólo Dios dijo el Apóstol   327   estas palabras: «La palabra de Dios es viva, eficaz y tajante, más que una espada de dos filos, y penetra hasta la división del alma y del espíri­tu, hasta las coyunturas y la medula, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. Y no hay cosa creada que no sea manifiesta en su presencia, antes son todas desnudas y manifies­tas a sus ojos»[189] “. Y David afirma asimismo: «Es El quien ha hecho todos los corazones» 47. Y también: «El conoce los secretos del cora­zón» “. Y Job, por su parte: «Sólo tú conoces el corazón de los hijos de los hombres» 49.

XIV. GERMÁN. Según esto, no pueden los espíritus conocer siquiera muchos pensamientos. Mas esta opinión nos parece de todo en todo absurda, como quiera que dice la Escritura: «Si el espíritu del poderoso se alzare contra ti» 50. Y: «Como el diablo hubiese ya puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle» . En su consecuencia, ¿cómo es creíble que no les son patentes nuestros pensamientos, cuando sentimos que por lo común    328           se originan en nosotros por su presión y estímulo?

INFLUJO QUE PUEDE EJERCER EL ENEMIGO SOBRE NUESTROS PENSAMIENTOS

XV. SERENO. A nadie se le oculta que los espíritus inmundos no pueden conocer la natu­raleza de nuestros pensamientos. Únicamente les es dado columbrarlos merced a indicios sensibles o bien examinando nuestras disposiciones, nuestras palabras o las cosas hacia las cuales advier­ten una propensión por nuestra parte. En cam­bio, lo que no hemos exteriorizado y perma­nece oculto en nuestras almas les es totalmente inaccesible.

Inclusive los mismos pensamientos que ellos nos sugieren, la acogida que les damos, la reac­ción que causan en nosotros, todo esto no lo co­nocen por la misma esencia del alma, es decir, por el movimiento interior, que está como laten­te, por así decirlo, en su ser, antes bien, por los movimientos y manifestaciones del hombre ex­terior.

Así, por ejemplo, cuando sugieren la gula, si ven que el monje, acuciado por la curiosidad, levanta sus ojos hacia la ventana por la parte del sol o requiere la hora con gran solicitud, ba­rruntan por estos síntomas exteriores que la tentación de la gula ha hecho mella en él. Cuando,    329tras la sugerencia de la lujuria, presumen que el monje ha recibido con cierta indiferencia el impacto de la pasión, si advierten que la carne está agitada, o que su corazón no suspira, como era procedente, al verse envuelto por la suges­tión de la lascivia, comprenden que el dardo li­bidinoso ha hecho blanco en lo íntimo de su alma. Cosa pareja hay que decir respecto a las tentaciones de tristeza, de ira, de furor. Infie­ren por el gesto corporal o por una conmoción sensible que estas tentaciones han penetrado en el corazón. Si atisban en el monje señales de un enojo silencioso o perciben suspiros de pura in­dignación, o bien notan alguna mutación en el aspecto, ya sea de palidez o de rubor, descubren con sutileza de qué vicio ha sido víctima.

Gracias a nosotros mismos conocen a ciencia cierta las cosas que nos son placenteras. Al pri­mer aliciente reaccionamos en uno u otro senti­do, y ello determina en nuestro cuerpo un visa­je, un movimiento que deviene para ellos la señal inequívoca de nuestra aquiescencia o de nues­tra complicidad.

Por lo demás, no debe asombramos el que es­tos espíritus que merodean por los aires posean tal penetración. Vemos ejemplos de ello todos los días en hombres dotados de cierta perspica­cia. El aspecto, la mirada, las manifestaciones ex­teriores son para ellos una proyección del estado del hombre interior. ¡Cuánto más fácilmente po­drán hacer esto los demonios, quienes, por su   330    naturaleza espiritual, son indudablemente mucho más sutiles y sagaces que los hombres!

  1. Ocurre lo que con ciertos ladrones que tienen costumbre de explorar previamente, en las casas que desean saquear sin ruido, los ob­jetos que la oscuridad les oculta. En medio de las tinieblas de la noche arrojan con tiento puñados de arena muy fina, y por el sonido particu­lar que produce al chocar con los enseres, adivi­nan los tesoros ocultos que no puede percibir su mirada. Sobre todo, el sonido les pone con seguridad en la pista de los objetos y metales diversos.

De forma parecida, los demonios, para ex­plorar los tesoros de nuestro corazón, arrojan la arena fina de sus sugestiones malvadas. El soni­do que, según los casos, perciben al contacto con nuestra sensibilidad, les da a conocer, como un eco que se produce en lo profundo de una es­tancia, lo que se halla oculto en el santuario del hombre interior.

Una cosa, no obstante, debemos sub­rayar, y es que no todos los demonios inspiran por igual todos los vicios de los hombres, Cada pasión tiene los suyos, que la fomentan especial­mente. Así, los unos se recrean en la inmundicia y en el cieno de la impureza. Otros se inflaman de preferencia en las blasfemias. Otros, en la có­lera y en la vesania del odio y del furor. Estos   331   se nutren de la tristeza; aquéllos se envician en la vanagloria y el orgullo. Cada uno de ellos tien­de a introducir en el corazón de los hombres el vicio de que se jacta y que constituye su gozo. No obstante, no sugieren al mismo tiempo y a la vez tales infamias, sino alternativamente, según se las provocan las circunstancias de tiempo y lugar o las disposiciones peculiares del sujeto.

  1. GERMÁN. Luego hay que creer que su perversidad es sistemática y disciplinada; que se consuma con arreglo a un orden que ob­servan de común acuerdo y que sus asaltos se realizan según un plan preconcebido por la razón. Y, sin embargo, hay constancia de que la medida y la razón son cosas que no pueden coexistir más que con el bien y la virtud. Tal se deduce de la sentencia aquella de la Escritura: «Buscas la sabiduría entre los malos y no la hallarás» [190]“. Y: «Nuestros enemigos son insensa­tos» 53. Y aun: «No hay sabiduría, no hay for­taleza, no hay consejo entre los impíos» 54.

CÓMO LOS DEMONIOS SE COALIGAN ENTRE SÍ

  1. SERENO. Es un hecho de certeza ab­soluta que no puede existir entre los malvados   332      una perpetua connivencia en todas las cosas. Ni es posible que reine entre ellos una perfecta con­cordia en los vicios que de consuno patrocinan. Y es que—como habéis dicho muy bien—es im­posible que la disciplina y el orden se involucren dentro de la anarquía y el desorden. Ello no obstante, en ciertas ocasiones, y en concreto cuan­do la acción común y la necesidad lo exigen, o también cuando invita a ello la comunidad de intereses, no les cabe a los malos otro remedio que ponerse de acuerdo siquiera momentánea­mente.

Tal es la armonía que observamos con claridad en la milicia de los espíritus del mal. Aparte de que observan entre ellos el tiempo y orden de rango y sucesión, se les ve también escoger­se lugares determinados para perpetrar sus malas acciones y morar en ellos de forma habitual. Se ven precisados a dar variedad a sus tentaciones y apelar asimismo en sus asaltos a ciertos vicios y circunstancias determinadas. Prueba evidente de ello es el hecho de que es imposible ser ju­guete a un tiempo de la vanagloria y sucumbir a la flama impura, de engreírse en la soberbia espiritual y agostarse bajo los instintos de la gula, de derramarse en estrepitosas carcajadas y enfurecerse bajo el aguijón de la ira o zozobrar en una tristeza abrumadora.

Es, pues, menester que cada demonio tenga su momento y emprenda la tentación que le in­cumbe. Si es vencido por el alma y se ve obligado   333   a retirarse, cede su lugar a su adlátere, quien cuidará a su vez de atacarla con mayor violencia. Y aun si sale victorioso, la entrega, no obstante, a otro espíritu, que se cebará de modo semejante en ella.

  1. No debemos ignorar, además, que la crueldad y fiereza no es idéntica en todos esos espíritus, del mismo modo que no tienen todos la misma fuerza ni igual malicia.

A los principiantes y febles les atacan espíri­tus menos poderosos. Mas una vez el atleta de Cristo ha triunfado de estos primeros adversarios, tiene que enfrentarse con enemigos más temibles. La dificultad de la lucha está en proporción di­recta de nuestras fuerzas y progresos.

Por otra parte, nadie, por santo que sea, es capaz de soportar la malicia de tantos y tan gran­des enemigos, arrostrar sus asechanzas y hacer frente a su crueldad. Para ello, es preciso que Cristo, que preside nuestros combates como juez y árbitro de ellos, establezca un equilibrio entre nuestras fuerzas y las de nuestros enemigos, re­prima o modere el ímpetu desmedido de sus embates y disponga junto con la tentación el éxito feliz que nos ayude a soportarla[191] 55.

En esta contienda, los demonios no es­tán exentos de trabajo y sufrimiento. Han de   334     soportar también la inquietud y la tristeza, es­pecialmente cuando han de presentar batalla a adversarios más poderosos: me refiero a los va­rones santos y perfectos. De lo contrario, si no se les opusiera ninguna resistencia, no sería ni una lucha ni un combate. Se reduciría simple­mente a una especie de licencia que se les habría dado de seducirnos con la más absoluta seguri­dad de su parte.

Siendo esto así, ¿cómo serían verdaderas las palabras de San Pablo cuando dice: «No es nues­tra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires?»[192] ” Y en otro lugar: «Así lucho, no como quien azota al aire» 57. Y aun: «He luchado en buena lid» 58.

Cuando se habla de lucha, guerra y combate entre dos partes beligerantes, hay, necesariamen­te, de una y otra esfuerzo, trabajo e inquietud. Por ambos lados el desastre lleva consigo el dolor y la confusión, al paso que la victoria engendra la alegría. Pero si mientras uno se fatiga en el campo de batalla, su émulo combate sin trabajo ni peligro y no tiene que apelar, para rendir a su adversario, más que a su propia voluntad, no se puede en rigor hablar de contienda, de lucha   335   ni combate, sino de una opresión inicua, contraria a toda razón. Pero no sucede así en esta con­tienda. Los demonios, al entablar la guerra con los hombres, no escatiman en lo más mínimo el trabajo ni la fatiga para obtener sobre ellos la victoria apetecida. En el supuesto de un fra­caso, les alcanzan la afrenta y la ignominia que nos estaban reservadas a nosotros en el caso de haber sido vencidos, según aquello: «Alzan su cabeza los que me cercan, la malicia de sus labios los aplaste» 59. O también: «Recaerá so­bre su cabeza su maldad»[193] “. Y asimismo: «Cójalos inesperadamente la ruina, y enrédense en la red misma que tendieron, y caigan en la fosa que cavaron» 61 para engañar a los hombres. Ellos, pues, tienen que sufrir tanto como nos­otros. Si alguna vez nos abaten, también a nos­otros nos llega la ocasión de vencerlos; y cuando se ven víctimas del desastre no tienen más re­medio que batirse en retirada, presa de la con­fusión.

Dotado de una visión clara del hombre interior, David podía ser testigo todos los días de las derrotas y combates a que estaban sujetos los hombres. Contemplaba al enemigo alegrarse ante nuestros descalabros y nuestras caídas, y, temien­do no se congratulase también algún día de verle   336      envuelto en el pecado, suplicaba de esta suerte al Señor: «Alumbra mis ojos, no me duerma en la muerte. Que no pueda decir mi enemigo: Le vencí. Mis adversarios se regocijarán si yo ca­yese» [194]62. «Dios mío, no triunfen contra mí. Que no puedan decir en su corazón: Lo conseguimos, le hemos devorado» 63.«Rechinan sus dientes contra mí, ¿hasta cuándo, Señor, estarás viendo esto?» “Pues «acechan en lo escondido, como león en la madriguera, e insidian para apode­rarse del pobre, pidiendo así a Dios su alimen­to» “.

De igual suerte, cuando, a pesar de todo su empeño, no han podido engañarnos, es menester que sobre la inutilidad de sus esfuerzos «sean confundidos y avergonzados los que buscan arre­batar nuestras almas. Sean puestos en fuga y cubiertos de ignominia aquellos que se alegran de nuestro mal» “. Y Jeremías exclama: «Sean confundidos mis perseguidores, no yo. Sean ellos los que tiemblen, no yo. Haz venir sobre ellos el día de la ira. Y tritúralos con doble tritura­ción» 67.

Es evidente que cada vez que triunfamos so­bre ellos se ven humillados por una doble    337   confusión. En primer lugar, porque mientras los hombres van en pos de la santidad o procuran alcanzarla, ellos, que la poseían, la perdieron, siendo causa poco después de la perdición de la raza humana. Luego, porque, siendo criaturas espirituales, son vencidos por seres de carne y sangre. Por eso los santos, al considerar el fra­caso de sus enemigos y sus propias victorias, exclaman en un transporte de alegría: «Perse­guiré a mis enemigos y los alcanzaré, y no me volveré sin haberlos desbaratado. Los machacaré sin que puedan resurgir; caerán bajo mis pies» “. El Profeta ruega también contra ellos, cuando dice: «Juzga, Señor, a cuantos a mí se oponen, bate a los que pelean contra mí. Echa mano al escudo y a la adarga, y álzate en ayuda mía. Enristra la lanza y cierra contra mis enemigos. Di a mi alma: «Yo soy tu salvación» [195]“. Y después de haber obtenido la victoria sobre los demonios, una vez hayamos sometido y extin­guido las pasiones, merecemos oír estas palabras: «Se alzará tu mano sobre tus enemigos y todos tus contrarios serán exterminados» 70.

Todos estos pasajes y otros semejantes inser­tos en los sagrados libros, que leemos o canta­mos, debemos entenderlos como escritos única­mente contra los espíritus del mal que nos asedian   336     envuelto en el pecado, suplicaba de esta suerte al Señor: «Alumbra mis ojos, no me duerma en la muerte. Que no pueda decir mi enemigo: Le vencí. Mis adversarios se regocijarán si yo ca­yese»[196] fi 2.«Dios mío, no triunfen contra mí. Que no puedan decir en su corazón: Lo conseguimos, le hemos devorado» 6 3.«Rechinan sus dientes contra mí, ¿hasta cuándo, Señor, estarás viendo esto?» ” Pues «acechan en lo escondido, como león en la madriguera, e insidian para apode­rarse del pobre, pidiendo así a Dios su alimento» 65.

De igual suerte, cuando, a pesar de todo su empeño, no han podido engañarnos, es menester que sobre la inutilidad de sus esfuerzos «sean confundidos y avergonzados los que buscan arre­batar nuestras almas. Sean puestos en fuga y cubiertos de ignominia aquellos que se alegran de nuestro mal» “. Y Jeremías exclama: «Sean confundidos mis perseguidores, no yo. Sean ellos los que tiemblen, no yo. Haz venir sobre ellos el día de la ira. Y tritúralos con doble tritura­ción» 67.

Es evidente que cada vez que triunfamos so­bre ellos se ven humillados por una doble  confusión. En primer lugar, porque mientras los hombres van en pos de la santidad o procuran alcanzarla, ellos, que la poseían, la perdieron, siendo causa poco después de la perdición de la raza humana. Luego, porque, siendo criaturas espirituales, son vencidos por seres de carne y sangre. Por eso los santos, al considerar el fra­caso de sus enemigos y sus propias victorias, exclaman en un transporte de alegría: «Perse­guiré a mis enemigos y los alcanzaré, y no me volveré sin haberlos desbaratado. Los machacaré sin que puedan resurgir; caerán bajo mis pies» 68. El Profeta ruega también contra ellos, cuando dice: «Juzga, Señor, a cuantos a mí se oponen, bate a los que pelean contra mí. Echa mano al escudo y a la adarga, y álzate en ayuda mía. Enristra la lanza y cierra contra mis enemigos. Di a mi alma: «Yo soy tu salvación»[197] 69.Y después de haber obtenido la victoria sobre los demonios, una vez hayamos sometido y extin­guido las pasiones, merecemos oír estas palabras: «Se alzará tu mano sobre tus enemigos y todos tus contrarios serán exterminados» 7°.

Todos estos pasajes y otros semejantes inser­tos en los sagrados libros, que leemos o canta­mos, debemos entenderlos como escritos única­mente contra los espíritus del mal que nos asedian   338       día y noche. De lo contrario, lejos de ser motivo de edificación para nuestras almas y llevarnos a una mayor paciencia y dulzura, engendrarían en nosotros sentimientos de acritud incompatibles con la perfección evangélica. De no ser así, no solamente no aprenderemos a rogar por nuestros enemigos, y mucho menos a amarles, antes bien, nos harán concebir un odio implacable, a malde­cirles y a desahogarnos sin cesar contra ellos en nuestras plegarias.

Sería un crimen e incluso un sacrilegio pensar que varones santos y amigos de Dios hayan ha­blado a impulsos de este espíritu. Tanto más cuanto que la Ley, antes de la venida de Cristo, no estaba establecida para ellos; puesto que se elevaban por encima de sus prescripciones obe­deciendo a los preceptos del Evangelio. Se anticipaban al tiempo y procuraban practicar la per­fección apostólica.

QUE EL DEMONIO NO DISPONE A PLACER DE SU PODER DE DAÑAR

XXII. Que los malos espíritus no tienen po­der absoluto de causar el mal a quienquiera, nos lo atestigua el ejemplo de Job. El enemigo no se atreve a tentarle más de lo que le permite el beneplácito divino. Además, el deseo de los mis­mos espíritus inmundos que leemos en el Evan­gelio es índice expresivo de ello: «Si nos echas      339    de aquí, envíanos a esa piara de cerdos» [198]71. ¿Cuánto más tendremos que creer que no pueden entrar a su capricho en el hombre, creado a ima­gen de Dios, quienes sin previa permisión divi­na carecen de la facultad de penetrar en animales inmundos?

Nadie—no digo ya entre los jóvenes, a quienes vemos permanecer con singular constancia en la soledad, sino entre los mismos perfectos—osaría habitar sólo en el desierto, cercado de tantos y tan temibles enemigos, si tuvieran éstos poder de dañarnos y tentarnos a voluntad. En fin, la evidencia resulta aún más palmaria por la pa­labra que Nuestro Señor y Salvador, en la hu­mildad de su naturaleza humana, endereza a Pilatos: «Ninguna potestad tendrías sobre mí si no se te hubiese dado de arriba» 72.

XXIII. No obstante, la propia experiencia y el testimonio de los ancianos, nos dicen que los demonios no tienen en la actualidad la misma fuerza que poseían antaño, al establecerse por primera vez los anacoretas, cuando eran rarísi­mos los solitarios que moraban en el yermo. Entonces llegaba a tal punto su fiereza, que eran muy pocos—incluso siendo de edad avanzada y afianzados en la virtud—los que podían perma­necer en la soledad.  340      

En los mismos monasterios donde moraban de ocho a diez monjes, su violencia se desenca­denaba con tal desenfreno y eran tan frecuentes sus asaltos, que los monjes no osaban dormir to­dos a un mismo tiempo por la noche, sino que se iban relevando, sucediéndose unos a otros. Mientras unos descansaban, otros permanecían en vela, perseverando sin tregua en la plegaria, la lectura o el canto de los salmos. Y cuando la naturaleza les forzaba a tomar el descanso, desper­taban a sus hermanos para que les suplieran a su vez y guardaran a los que iban a conciliar el sueño.

A no dudarlo hay que atribuir a dos causas esta seguridad y confianza en que vivimos ahora, no sólo nosotros los ancianos, a quienes ha cur­tido la experiencia de los años, más también los jóvenes. Una de dos: o la virtud de la cruz, al penetrar en los ámbitos del desierto y hacer brillar su gracia por doquiera ha encadenado la malicia de los espíritus; o bien, hay que pen­sar que nuestra negligencia mitiga su ardor en atacarnos. Así es como se desdeñan de usar con­tra nosotros de la misma vehemencia con que se ensañaban otrora contra aquellos generosos atletas de Cristo.

Pero si no nos acosan ya con sus ataques bajo formas visibles, nos engañan por otros medios y nos infligen más lamentables derrotas. De hecho, algunos solitarios han caído en tal relajación y tibieza que es menester encarecerles con blandura   341   y aun contemporizar con ellos, a trueque de que por lo menos no abandonen sus celdas, entregándose a pensamientos y acciones que po­drían traer en pos de sí funestas consecuencias. Errantes de una a otra parte, bien pronto, al amparo de una vida andariega, se precipitarían en faltas más groseras. Podemos darnos por satis­fechos si logramos retenerles en la soledad, sea cual fuere su apatía. Los ancianos, como remedio adecuado y único que puede ser eficaz, suelen decirles: «Permaneced en vuestras celdas; comed, bebed, dormid cuanto os plazca, con tal de que perseveréis en ellas.»

XXIVConsta, por otra parte, que los espí­ritus inmundos no pueden penetrar en aquellos cuyos cuerpos quieren poseer, si no es haciéndose antes dueños de sus almas y de sus pensamientos. Empiezan a despojarles del temor y recuerdo de Dios, así como de la meditación espiritual. Luego, una vez desarmados del socorro y protec­ción divinos, se abalanzan osados sobre sus víc­timas como sobre una presa fácil. Y así acaban por establecer allí su morada, cual si fuera una posesión que ha sido entregada en sus manos.

QUE LOS POSEÍDOS POR EL VICIO SON MÁS DIGNOS
DE COMPASIÓN QUE LOS POSEÍDOS POR SATANÁS

XXVI  Sin embargo, es más grave y terrible el estado de aquellos que, libres en su cuerpo,    342   son, no obstante, poseídos en su alma, cautivos de los vicios y pasiones diabólicas. Porque según la sentencia de San Pablo, «cada cual es esclavo de aquel por quien es vencido» 73. Su mal es tanto más deplorable y atroz cuanto que siendo esclavos del demonio, no advierten su agresividad ni el yugo que les tiraniza.

Sabemos que aun los cuerpos de los santos han sido entregados a Satanás o sometidos á grandes enfermedades por las faltas más insig­nificantes. Es que, en su clemencia, Dios no quiere encontrar en ellos, el gran día del juicio, el menor defecto ni la más leve mancilla.

Dios—según la palabra de su Profeta, o me­jor, según la suya propia—quiere acrisolar sus almas vaciándolas de la escoria de sus pecados, para llevarlas en seguida a la eterna bienaventuranza. Hace con ellas como con el oro o la plata incandescentes, para que no tengan necesidad de otra purificación: «Y purificaré en la hornaza tus escorias, y separaré el metal impuro. Y té llamarán entonces ciudad de justicia, ciu

fiel» 74. Y también: «Como la plata se prueba en la fragua y el oro en el crisol, así elige Señor los corazones» 75. Y en otro lugar: «El oro y la plata se prueban en el fuego y los hombres en el crisol de la tribulación»              343. Y aun: «El Señor, a quien ama le reprende, y azota a todo el que recibe por hijo» [199]“.

XXVI. Es lo que vemos claramente que acaeció a ese Profeta, a ese hombre de Dios de quien se habla en el libro tercero de los Reyes. Por una sola falta de desobediencia, cometida sin previa advertencia y sin mala voluntad—ya que fue seducido por otro—, un león le estran­guló al instante. Veamos lo que dice de él la Es­critura: «Es el hombre de Dios, que ha sido re­belde a la orden de Dios, y por eso le ha entregado el Señor al león, que le ha destrozado, conforme a la palabra que el Señor le había dicho» “.

Este episodio nos revela que Dios libra a un castigo temporal al Profeta para resarcir el pe­cado cometido y cancelar el error de que se hizo culpable en un momento de inconsciencia. Pero al propio tiempo, en atención a sus méritos y a su justicia, ordena que su cadáver sea respe­tado: el león, con una sobriedad y abstinencia impropias de su instinto, no se atreve, pese a su ferocidad, a tocar siquiera el cadáver que yace bajo el dominio de sus garras.

Otra señal clara y evidente de la verdad de este aserto ha tenido lugar en nuestros días, en la persona de los abades Pablo y Moisés. Habi­taba éste en la zona de este desierto llamada   344   Cálamo, al paso que el primero vivía en el yermo vecino a la ciudad de Panéfesis. Esta soledad, cuyo origen es bastante reciente, es debida a inundaciones de agua muy salada. Siempre que soplaba el viento de tramontana, el agua de los estanques, impulsada por él, se extendía por la tierra circundante, cubriendo toda la superficie del país. De esta suerte, los antiguos caseríos; abandonados desde antiguo por sus habitantes debido a tales inundaciones, emergen ahora como islotes en medio de las aguas.

Pues bien, aquí, en la paz y el silencio de la soledad, vivía el abad Pablo. Estaba tan aventa­jado en la pureza de corazón, que no sólo no podía mirar el rostro de una mujer, pero ni si­quiera posar la mirada en sus vestidos. Quiso el azar que un día, al dirigirse a la celda de un anciano en compañía del abad Arquebio [200]79, que vivía, al igual que él, en el yermo de Panéfesis; se cruzara por el camino con una mujer. Este encuentro le sobrecogió de tal modo, que intenté al punto desandar el camino y renunciar a si deber de caridad. Volvió la espalda y emprendió la fuga hacia el monasterio, cual si fuera huyendo de un león o de un dragón terrible. En vano le llamaba a voz en cuello el abad Arquebio desde lejos. Los gritos y las súplicas fueron    345    incapaces de hacerle desistir en su carrera. No pudo, pues, convencerle a continuar el ca­mino hasta la celda del anciano cuya visita había proyectado. Y es que su celo por la castidad y su amor a la pureza eran los únicos móviles de su vida.

Esta conducta, no obstante, estaba muy lejos de inspirarse en la verdadera ciencia. Como se ve, rebasaba los límites de la observancia y de una justa discreción. A su juicio no sólo debía evitarse la familiaridad de las mujeres, que es, en efecto, peligrosa, sino que era como un deber el cobrar horror a su sexo y abominar de su figura.

El castigo no se hizo esperar. Una parálisis redujo a una total postración todo su cuerpo, privándole casi por entero del uso de sus miem­bros. Los pies y las manos se negaron a cumplir su cometido; su lengua, inmóvil en su boca, era incapaz de articular palabra; sus oídos permane­cían obstruidos a todo sonido exterior. No que­daba de él más que un cuerpo inerte e insensible que sólo tenía la apariencia de hombre. Llegó a tal estado de gravedad, que los cuidados y ca­ridad de los hombres fueron muy pronto insu­ficientes para aliviar sus achaques. Se hicieron imprescindibles la solicitud y delicadeza de las mujeres. Fue llevado, por tanto, a un monasterio de religiosas. Y manos femeninas fueron las que depositaban en su boca la comida y bebida, que por lo demás le era imposible pedir incluso con el más leve movimiento de cabeza. Y fueron ellas,  346     asimismo, quienes velaban solícitas en todos los servicios y menesteres que exigía su dolencia.

Así transcurrieron sobre unos cuatro años, has­ta que llegó el fin de su vida. No obstante, es digno de notarse que, a pesar de que la enferme­dad había entumecido sus miembros y le había quitado la sensibilidad, sin embargo, emanaba de este varón una virtud milagrosa. El aceite que había tocado su cuerpo, o más bien su ca­dáver, sanaba al instante a los enfermos de cual­quier mal al ser ungidos con él. Por donde apa­rece con luz meridiana—aun a los ojos de loe mismos infieles—que esta parálisis general obe­decía a un designio de la Providencia y a un amor de predilección del Señor para con su sier­vo. Este don de milagros le había sido concedido por la virtud del Espíritu Santo para dar tes­timonio de la pureza de su vida y de sus merecimientos.

XXVII. El segundo de quien dijimos que vivió también en este desierto—me refiero al abad Moisés “—, fue una figura prócer, un hombre realmente incomparable. En castigo de una palabra un tanto desabrida que había pro­ferido discutiendo con el abad Macario, fue li­brado a un demonio tan asqueroso y repugnante que llevaba a su boca excrementos humanos. Mas el Señor mostró en seguida, por la prontitud de   347   su curación y por el que fue su autor, cuál había sido su propósito al castigarle: el de purificar su alma para que no quedara en él, ni siquiera un instante, la mancha que deturpara su pureza. Púsose en oración el abad Macario, y en menos tiempo en que se dice, se retiró el maligno ahu­yentado por su plegaria.

QUE NO DEBEMOS MENOSPRECIAR A LOS QUE SON
LIBRADOS A LOS ESPÍRITUS DEL MAL

XXVIII. De esto se deduce claramente que no debemos rechazar ni despreciar a aquellos que vemos afligidos en graves tentaciones o entre­gados a los espíritus del mal.

Porque debemos creer- firmemente dos cosas. Ante todo, que nadie es tentado sin permisión de Dios. Luego, que todo cuanto nos viene de parte de Dios y que al pronto nos parece prós­pero o adverso, nos es enviado por un padre lleno de ternura y por el más sabio de los mé­dicos, con miras a nuestro propio bien.

Tales almas, así vejadas, son como niños en manos del pedagogo. Se les humilla para que estén del todo purificadas al poner el pie en el umbral de la otra vida, o por lo menos no ten­gan que sufrir más que una pena muy leve. Como dice San Pablo, son entregadas ahora a «Satanás para muerte de la carne, para que el espíritu sea salvo en el día de Nuestro Señor Jesucristo.»   348

XXIX GERMÁN. Y ¿cómo se explica que en sus provincias no solamente son los posesos objeto de menosprecio y horror para todos, sino que la costumbre les hace mantener alejados de la sagrada Comunión, según la palabra del Evangelio: «No deis lo que es santo a los perros, ni arrojéis vuestras perlas a los puer­cos»?[201] 81 ¿Es que hay que creer—como tú dices—que Dios, con objeto de purificarles, les humilla con semejantes pruebas para su bien?

SERENO. Si estamos en posesión de esta ciencia, o mejor dicho, de esta fe de que hablábamos antes de ahora, es decir, que todo procede de la mano providente de Dios y está orientado al bien de nuestras almas, en lugar de despreciar a los posesos, rogaremos incesantemente por ellos, como miembros que son de un mismo cuerpo. Sentiremos por su estado una gran conmiseración, porque cuando «un miembro sufre, todos los miembros del cuerpo sufren con él». Además, si son miembros nuestros, es in dudable que no podemos ser consumados en la perfección sin ellos, del mismo modo que los santos que fueron antes que nosotros no pudieron obtener sin nosotros el pleno cumplimiento de la promesa. San Pablo, en efecto, dice a este propósito: «Y todos éstos, con ser recomendables por su fe, no alcanzaron la promesa, porque   349

Dios tenía previsto algo mejor sobre nosotros, para que sin nosotros no llegasen ellos a la per­fección» “. Por lo que se refiere a la sagrada Comunión, no recuerdo haber oído nunca que les fuera denegada alguna vez por nuestros an­cianos[202] 83.Creían, al contrario, que, a ser po­sible, debían acercarse a ella cada día. Esta pa­labra que habéis aducido del Evangelio «no deis lo santo a los perros» no tiene aquí el sentido ni la aplicación que vosotros le dais. Porque la sagrada Comunión no tiene por objeto, en estos casos, servir de alimento al demonio, sino puri­ficar y proteger el cuerpo y el alma del poseso. Al recibirla éste, viene a ser para el enemigo que reside en él, o se esfuerza por enseñorearse de su alma, como una llama ardiente que le abrasa y le obliga a abandonarle.

Una curación de esta índole hemos podido comprobarla recientemente en el abad Andrónico, y otro tanto podríamos decir de muchos otros. A la inversa, el enemigo atormentará más y más al poseso si ve que se le tiene alejado de esta celestial medicina. Sus ataques serán tanto más frecuentes y violentos cuanto más tiempo le halle privado de este remedio espiritual.

XXXI. Los que son verdaderamente desgraciados    350   y dignos de compasión son aquellos que, manchados con toda suerte de crímenes y des­honras, lejos de dejar al descubierto algún sig­no de esta esclavitud diabólica, ni siquiera se ven sometidos a tentación alguna que corresponda a sus delitos, ni sufren el más mínimo castigo en orden a su corrección. Estos tales no son dignos de los remedios tan rápidos cuanto eficaces de esta vida transitoria. Es que «la dureza. e impenitencia de su corazón» exceden los cas­tigos del tiempo presente, y van «atesorando cólera para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de Dios», día en que «su gusano nunca morirá y su fuego no se extinguirá ja­más» “[203].

A ellos se refiere Isaías cuando se siente tur­bado por las aflicciones de los santos a quienes abruman tantas tentaciones e infortunios, al paso que los pecadores avanzan por la existencia sin, experimentar el azote de la humillación. Al columbrar la vida de estos que viven sumergi­dos en la abundancia de las riquezas y llegan hasta el ápice de los favores de la fortuna, ex-dama a impulsos del celo que abrasa su alma: «Estaban ya deslizándose mis pies, estuve a pi­que de resbalar. Porque miré con envidia a los impíos, viendo la prosperidad de los pecadores., Ellos no tienen miedo a la muerte: sus penas son de corta duración. No tienen parte en las   351   humanas aflicciones, y no son atribulados como los otros hombres» [204]8 5.

Es decir, serán castigados en la eternidad jun­to con los demonios aquellos que no se han hecho acreedores aquí abajo del trato de los hijos, ni han sido dignos de ser afligidos como los demás hombres.

También Jeremías contiende con el Señor a propósito de la prosperidad y bienestar de los impíos, si bien confiesa que no pone en tela de juicio su justicia soberana: «Muy justo eres tú, Señor, para que yo vaya a contender contigo» 86. No obstante, no deja por eso de inquirir la causa de una tal disparidad, y añade: «Pero déjame decirte sólo una cosa: ¿por qué es prós­pero el camino de los impíos y son afortunados los perdidos y los malvados? Tú los plantas y ellos echan raíces, crecen y fructifican; te tienen a ti en la boca, pero está muy lejos de ti su corazón» 87.

A pesar de ello, el Señor derrama lágrimas sobre su ruina en la persona del Profeta. Lleno de solicitud por ellos, les envía, con el fin de curarles, médicos y doctores y en cierto modo les incita al mismo llanto, diciéndoles: «De re­pente Babel ha caído y se ha roto; gemid por ella. Id en busca de bálsamo para su herida, a   352           ver si sana» [205]“. Desesperada es la respuesta de los ángeles a quienes se les ha dado la incumbencia de velar por los hombres, o por mejor decir, la respuesta del Profeta en nombre de los apóstoles, o de los hombres espirituales y doctores, que advierten el endurecimiento de estos infelices y su corazón impenitente: «Hemos que.rido curar a Babel—dicen—, pero no se ha cu­rado. Dejémosla, vámonos cada uno a nuestra tierra, porque sube su maldad hasta los cielos y se eleva hasta las nubes» “. También Isaías en presencia de este mal arrollador, pone en labios de Dios estas palabras dirigidas a Jeru­salén: «Desde la planta de los pies hasta la cabeza, no hay en ella nada sano. Heridas, hinchazones, llagas entumecidas que no han sido curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite» “.

DIVERSIDAD DE TENDENCIAS QUE SE ADVIERTEN
EN LAS POTESTADES DEL AIRE

XXXII. Se encuentra entre los espíritus in mundos la misma complejidad y diversidad de inclinaciones que se hallan en los hombres. Es éste un hecho probado, que no ofrece duda. Hay algunos de estos espíritus a quienes   353 el vulgo ha dado en llamar Faunos, que son seduc­tores y bufones. Permanecen de continuo en determinados lugares o junto a la vera de los caminos. Su propósito no es atormentar a los transeúntes que logran engañar. Se contentan en reírse y burlarse, procurando fatigarles más que causarles daño alguno. Otros se emplean en pro­ducir pesadillas a los hombres entre sueños, pero sin hacerles ningún mal.

Los hay, en cambio, de una crueldad y atro­cidad sumas. No satisfechos con vejar horrible­mente a sus posesos, se lanzan desde lejos encima de los viandantes para infligirles la más cruel de las muertes. Tales son los que nos describe el Evangelio. Era tal el terror que infundían, que nadie osaba pasar por el camino que ocu­paban. Estos y otros semejantes a ellos son, sin duda, los que con insaciable ferocidad se com­placen en encender las guerras que asolan al mundo y en el derramamiento de sangre.

Se encuentran otros a quienes el vulgo llama Babuceos, que saben infiltrar una vana hinchazón en las almas de aquellos de quienes se han adue­ñado. Así se les ve a éstos empeñarse por apa­rentar una talla superior a su natural, adoptando posturas arrogantes y jactanciosas. En ocasiones se inclinan simulando toda suerte de actitudes afables y cortesas para aparecer a los ojos de todos simples y buenos a la vez. A veces tam­bién la fantasía forja en su imaginación la idea de que son grandes personajes, y que las miradas   355

El Evangelio atestigua que hay otras clases de demonios, esto es, mudos y sordos[206] 94. Por otro lado, el Profeta asegura la existencia de espíritus que se entregan con preferencia al li­bertinaje y a la lujuria, al decir: «El espíritu de fornicación les ha descarriado, y fornicaron ale­jándose de su Dios» 95. La autoridad de la Escritura nos enseña además que hay demonios nocturnos, diurnos y del mediodía 96.

Pero sería prolijo compulsar uno por uno los volúmenes de la Biblia para descubrir en con­creto las diferentes especies, como los onocentauros, los sátiros, las sirenas, los búhos, las avestruces, las lamias y los erizos de que nos habla. En el Salterio se menciona también al áspid y al basilisco, al león y al dragón “; en el Evangelio, a los escorpiones y al príncipe de este mundo “. En fin, San Pablo nombra a «los adalides de este mundo tenebroso y a los espíritus malos de los aires» 99.

Todos estos nombres no les han sido dados al azar. Estas bestias feroces, que son para nosotros más o menos peligrosas, son exponente de los diversos grados de crueldad que existe entre      356  estos espíritus. Se les ha dado estas apelativos por analogía con su nequicia y maldad, o tam­bién por compararles con esa especie de realeza que les confiere entre las demás fieras salvajes la grandeza extraordinaria de su malicia. Se ha escogido para uno el denominativo de león, de acuerdo con la vehemencia de su ferocidad; a otro se le ha denominado basilisco por razón de su virus mortal, que produce la muerte antes de que se perciban sus efectos, y a otros se ha convenido en llamarles onocentauro, erizo o avestruz por engañar más disimuladamente e inocular con más lentitud su ponzoña.

  1. GERMÁN. No dudamos que las categorías enumeradas por el Apóstol se refieren también a éstos: «Porque no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los prin­cipados, contra las potestades, contra los domi­nadores de este mundo tenebroso, contra los es­píritus malos de los aires» 1“.No obstante, quisiéramos saber de dónde procede una tan gran diversidad entre ellos y cómo existen tantos grados de malicia. ¿Es que tal vez fueron creados para que obtuvieran el rango que ocupan y mi­litaran, por decirlo así, en tal o cual grado de malicia?
  2. SERENO. Aunque vuestras reiteradas preguntas nos han quitado todo el tiempo de descanso de la noche, nos encontramos ya cerca de la aurora, sin que sintamos por ello que se aproxima. Y, sin embargo, todo nos invita a continuar hasta la salida del sol esta colación, sin que podamos quedar saciados y sentirnos satisfechos.

Pero si comenzamos a ventilar la cuestión que acabáis de proponerme, vamos a engolfamos en un amplio y profundo océano de problemas, que la brevedad del tiempo no nos permitiría cruzar. Creo, por tanto, que lo mejor es demorar la solución de este punto hasta la noche siguiente. Entonces tendré ocasión de conversar con más desahogo con vosotros y podremos departir con más alegría y provecho espiritual. Por lo demás, ese viento a favor, que es el soplo del Espíritu Santo, nos ayudará a penetrar en el ancho golfo de las cuestiones propuestas.

Gustemos, pues, ahora un poco del sueño y sacudamos el peso que, al aproximarse el día, empiezan a sentir nuestros párpados. Luego nos iremos juntos a la iglesia; a ello nos invita la solemnidad del día del Señor. De regreso, des­pués de la sinaxis, una doble alegría llenará nuestro corazón. Entonces podremos comunicar­nos lo que el Señor, en su largueza y en atención a vuestros deseos, habrá querido inspirarnos para nuestro común aprovechamiento.

VIII

SEGUNDA CONFERENCIA DEL ABAD SERENO

DE LOS PRINCIPADOS

Capítulos: I. Hospitalidad del abad Sereno.—II. Pre­gunta sobre la diversidad que se observa entre los espíritus del mal.—III. Respuesta: múltiples man­jares que ofrecen las Sagradas Escrituras.—IV. Pue­den darse dos opiniones sobre el sentido de ciertos pasajes escriturísticos.—V. La respuesta a la cues­tión planteada hay que clasificarla en el número de las opiniones indiferentes.—VI. Dios no ha creado nada malo.—VII. Origen de los principados y po­testades.—VIII. De la caída del diablo y de sus se­cuaces.—IX. Objeción: La caída del diablo tuyo principio cuando la seducción de Eva.—X. Res­puesta sobre el origen de la caída del diablo.

  1. Del castigo del engañador y del engañado.
  2. De la multitud y movimiento de los demo­nios que se agitan por los aires.—XIII. Las po­testades adversas fomentan entre ellas la misma hostilidad que las anima contra los hombres.—XIV. De dónde proviene a los espíritus malos el nombre de potestades o de principados.—XV. No es tampoco sin motivo el que las santas y celes­tiales virtudes han recibido los nombres de ánge­les y arcángeles.—XVI. La sujeción que los demo­nios testimonian a sus príncipes, puesta de manifies­to por la visión de un hermano.—XVII. Que todo hombre tiene dos ángeles junto a él.—XVIII. Prue­ba de los filósofos sobre la diferencia que existe en la malicia de los espíritus malos.—XIX. Que los demonios nada pueden contra los hombres si des­de un principio no se apoderan de su espíritu.— XX. Pregunta acerca de los ángeles apóstatas, de    360    los cuales se dice en el libro del Génesis que ha­brían tenido comercio con las hijas de los hombres. XXI. Solución a la pregunta formulada.—XXII. Pregunta sobre cómo puede reprocharse a los hijos de Set su unión con las hijas de Caín, cuan­do ninguna ley lo prohibía.—XXIII. Desde el prin­cipio, la ley natural sujetaba a los hombres al jui­cio y a la pena.—XXIV. Los que pecaron antes del diluvio fueron castigados justamente.—XXV. Cómo hay que interpretar lo que se dice en el Evangelio referente al demonio, de que «es mendaz y padre de la mentira».

HOSPITALIDAD DEL ABAD SERENO

I. No bien hubimos concluido con las obli­gaciones él.

El objeto de este uso es muy otro: poner coto a la vanidad. Porque a menudo las abstinencias extraordinarias—si bien de una manera insensi­ble—van abriendo brecha anejas a la solemnidad del día, y la despedida litúrgica puso término a la sinaxis, nos volvimos a la .celda del anciano. Este nos preparó entre tanto un opíparo festín.

En lugar de la salmuera, a la que añadía una gota de aceite, y que constituía su comida habi­tual, aderezó aquel día una salsita y vertió un poco más de aceite que de ordinario. A este propósito debo advertir que jamás ningún soli­tario deja de condimentar con esta gota de aceite su comida. Pero la intención de estos monjes no es dar un placer a su gusto. Como se ve, una cantidad tan exigua es más que insuficiente para     362   aromatizar el paladar, pues se ha volatilizado antes de llegar en el espíritu para dar paso a los atractivos de la vanagloria. Para evi­tar esta posible insinuación de altivez, juzgan ser aquél un medio muy adecuado. Cuanto más secreta y oculta es la abstinencia, cuanto más a cubierto está de toda mirada humana, más sutil es también la tentación, que no cesa de per­seguir al que intenta ocultarla.

Sereno nos sirvió además tres aceitunas fritas con sal[207]. Luego nos presentó un canastillo donde habla algunos garbanzos cocidos. Esto es para ellos algo así como productos de repostería. Nos­otros no tomamos más que cinco cada uno, con dos ciruelas y sendos higos. Exceder este número sería un crimen en el desierto.

Una vez terminado el banquete, demandamos a nuestro huésped tuviera a bien dar cumplimiento  363    su promesa, poniendo fin a la expo­sición de su tema. «Formulad la pregunta—repu­so el anciano—cuyo examen hemos demorado hasta ahora.»

PREGUNTA SOBRE LA DIVERSIDAD QUE SE OBSERVA
ENTRE LOS ESPÍRITUS DEL MAL

  1. Preguntábamos—dijo Germán—a qué es debido esa gran variedad de potestades adversas que se ciernen sobre el hombre y que San Pablo enumera así: «No es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires»[208] 2.Y aún: «Ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo venidero, ni las virtudes, ni la altura, ni la profundidad, ni nin­guna otra criatura podrá arrancarnos al amor de Dios en Cristo Jesús nuestro Señor» S.

¿De dónde provienen tantos enemigos, cuyo objeto es cebarse contra nosotros? ¿Es que el Señor ha creado estas potestades con una gama tan rica en rango y dignidad precisamente con miras a entablar la guerra más atroz con el hombre?

SERENO. Entre las verdades consignadas     364    en las divinas Escrituras para nuestra en­señanza, las hay de una claridad tan evidente, que los espíritus menos penetrantes fácilmente pueden captarlas. No están paliadas por un sen­tido profundo y oculto. Por eso no se precisa recurrir a la exégesis para desentrañar su con­tenido. A veces se vislumbra a primera vista en las palabras, y aun en las letras, toda su luz e inteligencia. Otras, en cambio, laten ocultas en una arcana oscuridad. Entonces ofrecen una perspectiva inmensa a los que, con esfuerzo y solicitud, procuran esclarecerlas y penetrar su misterioso sentido.

Las razones de esta economía divina son múl­tiples. La primera estriba en que, si los secretos de Dios no estuvieran celados por el velo de un sentido espiritual, todos, sin distinción, fieles y profanos, las conocerían por igual. Y entonces no mediaría diferencia alguna entre los negligen­tes y los estudiosos, entre la indolencia y el es­fuerzo. Además, la Escritura, al invitamos a discurrir por los inmensos campos de doctrina que encierra, nos da motivo, incluso a los cris­tianos, de sonrojarnos por nuestra pereza, y al propio tiempo pone de relieve el ardor y entu­siasmo de los fervorosos.

Podría muy bien compararse la Escritura a una tierra exuberante y fértil. En ella nacen y se desarrollan gran copia de frutos que han de sustentar y nutrir la vida humana sin necesidad de previa cocción. Otros manjares han menester         365   del fuego para mitigar su dureza nativa y po­der ser digeridos; de lo contrario, al mismo tiem­po que incomestibles podrían ser perjudiciales. Los hay, en cambio, que gozan de ambas cuali­dades: puede que no se les aderece con el fuego, y, sin embargo, aunque se tomen crudos, su sa­bor no es desagradable ni producen mal alguno. No obstante, es claro que con la cocción adquie­ren ciertas cualidades muy apreciables. En fin, muchos otros alimentos no son en modo algu­no adecuados para el hombre: tales son los des­tinados a los animales irracionales, a las bestias de carga, a las fieras salvajes y a las aves. A pe­sar de conservar su aspereza natural y no ser pre­parados con el fuego, son muy a propósito para todos estos usos.

Semejante economía puede apreciarse en el ubérrimo paraíso de la Sagrada Escritura. Ciertos pasajes tomados en su sentido literal brillan con meridiana claridad. Sin necesidad de apelar a una interpretación más elevada, considerando simplemente las palabras tal como suenan, ofre­cen a los oyentes un alimento abundante y sus­tancial. Así, por ejemplo, esta frase: «Oye, Is­rael: el Señor Dios tuyo es un solo Señor»[209] 4.Y ésta: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu co­razón, con toda tu alma y con todas tus fuer­zas» 6.    366

Hay, por el contrario, otros lugares bíblicos que necesitan espiritualizarse merced a la in­terpretación alegórica, suavizándolos con el fuego espiritual del espíritu. De lo contrario, en lu­gar de proporcionar al hombre interior un ali­mento saludable y de fácil asimilación, limpio de todo germen lesivo, vienen a convertirse en un manjar perjudicial. Entre estos textos cabe men­cionar el de San Lucas: «Estén ceñidos vuestros lomos y encendidas vuestras lámparas» [210]6;y aquel otro: «Quien no tenga espada, venda su túnica y cómpresela» 7;y: «Quien no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí» 8.

Hubo antaño monjes—por lo demás, de gran austeridad, que estaban poseídos del celo de Dios, si bien «no según la sabiduría» 9—que inter­pretaban estas palabras con una ingenuidad su­perlativa; tanto, que llevaban sobre sus hombros cruces que se habían fabricado con madera. Con ello daban a sus prójimos más materia de risa que de edificación.

Asimismo, se encuentran pasajes que es indi­ferente tomarlos en sentido literal o alegórico; en ambos casos, sus efectos son igualmente pro­vechosos, pues nos proporcionan manjares nutritivas. Así, verbigracia: «Si alguno te abofetea en    367   la mejilla derecha, dale también la otra» [211]10. Y: «Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra» 11. Y también: Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y ten­drás un tesoro en el cielo y ven y sígueme»

Finalmente, el vasto campo de las Escrituras ofrece también hierba en abundancia con que los animales se sustentan 13. Es éste un alimento di­seminado en todas direcciones. Entendemos por él la relación simple y elevada del sentido his­tórico. Las almas más sencillas e incapaces de aprehender la doctrina en toda su perfección e integridad—por ellas se ha dicho: «Salvarás a los hombres y a los jumentos, Señor» “—encuen­tran aquí un manjar adaptado a su estado y capa­cidad. De él extraen el vigor y robustez que ne­cesitan para llevar a cabo las tareas y labores de la vida activa.

PUEDEN DARSE DOS OPINIONES SOBRE EL SENTIDO
DE CIERTOS PASAJES ESCRITURÍSTICOS

IV. Cuando la Escritura no ofrece dificul­tad alguna por la claridad del texto, no hay por qué temer en pronunciamos con decisión en uno     368       u otro sentido y sostener con firmeza nuestros sentimientos. Pero no debemos proceder del mis­mo modo en otros lugares sobre los que el Es­píritu Santo ha tendido un velo, como queriendo estimular nuestra reflexión y nuestro trabajo. No nos ha permitido juzgar acerca de ellos por sim­ples indicios, sino que nos ha obligado a avanzar paulatinamente, iniciándonos en su contenido con precaución. Por lo mismo, si en estos casos el que habla es libre de proponer o no su punto de vista, está también en su derecho de dar o de­negar su asentimiento.

Porque ocurre a veces que se dan dos opinio­nes divergentes acerca de un punto determinado, pudiéndose aducir razones de peso en favor de ambas. En cuyo caso es muy loable adoptar, sin detrimento de la fe, una actitud definida o, por lo menos, intermedia; es decir, ni dar el pleno asentimiento a ninguna de las partes ni rechazar tampoco una u otra de un modo absoluto. En otras palabras: obrar de suerte que mutuamente no se causen perjuicio alguno, ya que ninguna de las dos está en abierta oposición con la fe.

Así, por ejemplo, Elías, ¿vino en la persona de Juan o debe preceder al segundo advenimiento? La abominación de la desolación, ¿penetró en el lugar santo al ser colocado el símbolo de Jú­piter en el templo de Jerusalén o debe todavía entrar en la Iglesia por la venida del anticristo? Análogamente, todo lo que sigue en el relato evangélico puede considerarse desde un ángulo     369   de vista distinto: o como cumplido ya en el ase­dio de Jerusalén o como acontecimientos que ten­drán lugar al fin del mundo. Esta diversidad de opiniones sobre un mismo punto ni se oponen ni se excluyen. Es decir, que ambas son probables, y no por adoptarse la una se sigue la condena­ción de la otra.

  1. Esto advertido, como la cuestión que aca­báis de plantearme no ha sido con frecuencia ven­tilada entre los hombres y queda oscura para la mayoría, lo que vamos a decir ahora podrá pa­recer ambiguo a muchos. Ello nos obliga a hacer con ciertas reservas una afirmación. La fe tri­nitaria no quedará menoscabada si nuestra reso­lución es tenida por simplemente probable. Mas no se trata aquí de esa probabilidad que se funda en meras hipótesis. Estriba en testimonios muy claros de la Escritura.
  2. Lejos de nosotros afirmar que haya Dios creado alguna cosa sustancialmente mala cuan­do la Escritura nos dice: «Todas las cosas que Dios hizo eran muy buenas»[212] 15.Ahora bien, ad­mitir que los demonios han sido creados por Dios tales como son en la actualidad, provistos de los mismos grados de malicia que les afean, para en­gañar y perder a los hombres, sería contradecir en un todo a dicho texto de la Escritura e infamar     370    a Dios como creador e inventor del mal. Pues en tal caso tendría que admitirse que El habría hecho estas naturalezas, estas voluntades tan ma­las con el designio de que perseveraran en su ma­licia, sin poder nunca llegar a tener buenos sen­timientos. En cuanto a la razón de la diversidad que caracteriza a estos espíritus, vamos a expo­nerla según nos ha enseñado a leer en la Escri­tura la tradición de los Padres

 

ORIGEN DE LOS PRINCIPADOS Y POTESTADES

VII. Dios, antes de traer a la existencia este mundo visible, creó las virtudes espirituales del cielo [213]“. Y ello para que, conscientes de que ha­bían salido de la nada, y por don gratuito de Dios habían sido destinadas a una gloria feliz, le rindieran sin cesar acciones de gracias y se con­sagraran de continuo a su alabanza. De esto ja­más dudaron los cristianos.

No debemos pensar que Dios comenzara la obra de la creación al establecer este mundo en que vivimos. Como si durante las miríadas de siglos   ‑       371   que precedieron al nacimiento del universo su providencia y su gobierno hubieran perma­necido inactivos, sin tener sobre quién derramar los beneficios de su bondad. Esto equivaldría a decir que se mantuvo solitario en su vida ínti­ma y, recluido en su soledad, no pudo ejercer su munificencia. Lo cual sería tener un concepto muy poco digno e impropio de esta infinita, eter­na e incomprensible majestad. Tanto más cuan­to que el mismo Señor nos dice de estas potesta­des: «Cuando al mismo tiempo fueron hechos los astros, me alabaron con gran voz todos mis ángeles»[214] 17. Si estuvieron presentes en la crea­ción de los astros, si al ver salir de la nada a las criaturas sensibles prorrumpieron en jocundas vo­ces de admiración y de alabanza, es un testimo­nio incontestable de que fueron creados antes de que el cielo y la tierra vinieran a la vida.

Por consiguiente, antes_ de este principio de los tiempos del cual habla Moisés, y que, según el sentido literal y aun judaico 18, señala la edad del mundo—hecha la debida salvedad de que Cristo es el principio de todas las cosas, pues    372    en El el Padre las ha creado, según esta palabra: «Todo ha sido hecho por El, y sin El nada se ha hecho»—antes de este principio de los tiempos, digo, indicado por el Génesis, es indudable que Dios creó todas las potestades y virtudes, que San Pablo enumera en este orden: «Porque en Cris­to fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades; todo fué creado por El y en El»[215] 9.

VIII. De entre ellas cayeron muchas que ha­bían ocupado el lugar más excelso en la gloria celeste. Ello consta claramente de las lamenta­ciones de Ezequiel y de Isaías 20,en las cuales vemos gemir y llorar sobre el príncipe de Tiro o sobre Lucifer, que nacía por la mañana en el horizonte. Del primero, así habla el Señor a Ezequiel: «Hijo del hombre, canta una elegía  373    al príncipe de Tiro y dile: Así habla el se­ñor Yahvé: eras el sello de la perfección, lle­no de sabiduría y acabado de belleza. Habitabas en el Edén, en el jardín de Dios, vestido de to­das las preciosidades. El rubí, el topacio, el dia­mante, el crisolito, el ónice, el berilo, el zafiro, el carbunclo, la esmeralda y el oro te cubrían; llenaste tus tesoros y tus almacenes. El día en que fuiste creado te pusieron junto al querubín colocado en el monte de Dios y andabas en me­dio de los hijos de Dios. Fuiste perfecto en tus caminos desde que fuiste creado hasta el día en que fue hallada en ti la iniquidad. Por la mu­chedumbre de tus contrataciones se llenaron tus estancias de violencia; y pecaste, y te arrojé del monte santo y te eché de entre los hijos de Dios, ¡oh querubín protector! Ensoberbecióse tu cora­zón de tu hermosura, y se corrompió tu sabidu­ría, y a pesar de tu esplendor, por tus muchos y graves delitos, yo te eché por tierra; y te doy en espectáculo a los reyes por la muchedumbre de tus iniquidades. Por las injusticias de tu co­mercio profanaste tus santuarios»[216] 21.

E Isaías dice del segundo: «¿Cómo caíste del cielo, lucero brillante hijo de la aurora? ¿Echa­do por tierra el dominador de las naciones? Tú, que decías en tu corazón: Subiré a los cielos; en lo alto, sobre las estrellas de Dios, elevaré mi trono; me instalaré en el monte santo, en las     374    profundidades del aquilón. Subiré sobre la cumbre de las nubes y seré igual al Altísimo» [217]2 2.

Según testifica la Escritura, no fueron sólo aquéllos los que cayeron de la cúspide de la glo­ria. El dragón nos hace saber que arrastró en pos de sí una tercera parte de las estrellas”. Uno de los apóstoles usa un lenguaje más claro, al de­cir: «Los ángeles que no guardaron su dignidad y abandonaron su propio domicilio, los tiene reser­vados, en perpetua prisión, en el orco, para el juicio del gran día» “. Y estas palabras que el Salmista nos dirige: «Mas vosotros, como hom­bres, moriréis, caeréis como uno de los prín­cipes» 2 5,¿qué otra cosa significan, sino que muchos de los ángeles más encumbrados sucum­bieron?

Por estas señales podemos llegar a descubrir la razón de la diversidad que reina entre las po­testades adversas: o han conservado del grado en que fueron creadas las diferencias de rango que se dice existe entre ellas, a la manera de los ángeles buenos, o bien, precipitadas de la alto de los cielos, han vindicado para sí, en sentido pe­yorativo—según su malicia—, las dignidades y los nombres de los ángeles que permanecieron fieles.         375

LA CAÍDA DEL DIABLO TUVO PRINCIPIO CUANDO LA
SEDUCCIÓN DE ADÁN

  1. GERMÁN. Hasta aquí habíamos creído que la causa y el principio de la” ruina o de­fección del diablo que le hizo caer de su digni­dad angélica había sido principalmente la envi­dia, cuando sus celos y astucia sedujeron a Eva y Adán.
  2. SERENO. Del pasaje del Génesis se de­duce que no fué éste el origen de su prevarica­ción y caída.

Antes de que les hubiera engañado, el hagió­grafo creyó deber de infligirle una deshonra: la de darle el denominativo de serpiente: «Mas la serpiente era más sabia» [218]. O, como dice el texto hebreo: «El más astuto de los animales de la tierra que hizo Dios». De ahí podréis com­prender que, incluso antes de engañar al primer hombre, se había alejado ya de la santidad an­gélica. Por lo que no sólo merece ser señalada con este nombre infamante, sino ser declarada superior a todas las demás bestias de la tierra por la habilidad de su nequicia.

En verdad, la Biblia no hubiera podido jamás designar con tal vocablo a un ángel bueno. No di­ría de los que han perseverado en su beatitud:    376    «La serpiente era el más sabio de todos los ani­males de la tierra.» Este apelativo, no sólo no puede ser aplicado a los arcángeles Gabriel y Mi­guel, pero ni siquiera puede decirse de un hombre bueno sin mengua de su reputación. En suma: es manifiesto que el vocablo serpiente y su pa­rangón con los demás animales no conviene a la dignidad del ángel y, en cambio, está en con­sonancia con la infamia del prevaricador.

Hay más. La envidia que movió al maligno a engañar con sus argucias al hombre tiene su raíz en su anterior caída. Para él, que era uno de los príncipes de la milicia angélica, consti­tuye una humillación insoportable ver llamado a la gloria—que fué la suya y que perdió—al hombre que acababa de ser formado del polvo de la tierra. Su primer pecado fué de soberbia, y esto le ha merecido su perdición y el nombre de serpiente; la envidia vino en segundo lugar, como una secuela inevitable de aquél. Este le hizo todavía capaz de erguirse, de conservar y tener cierto consorcio con el hombre. Mas la sentencia del Señor le abatió en seguida hasta lo más ínfimo. Y ello para que no anduviera con tanta arrogancia ni pudiera como antes di­rigir a lo alto su mirada. Así, condenado a arras­trarse por el suelo, postrado sobre su vientre, se nutriera con el alimento humillante de las obras de los vicios. Además, hasta entonces era para el hombre un enemigo oculto. Dios le de­nuncia ahora y establece entre ambos una         377   enemistad cordial y al mismo tiempo provechosa, una discordia profunda y saludable, para que en lo sucesivo, esquivándole como a un enemigo capital, no pueda dañar al hombre so pretexto de falsas amistades.

 

NI ENGAÑADOR NI ENGAÑADO ESCAPAN AL CASTIGO

XI. Un aspecto de esta historia nos debe en­señar especialmente a huir de los malos con­sejos.

El engañador, sin duda, es condenado y casti­gado como se merece. Pero el engañado no escapa tampoco al castigo, aun cuando éste sea menos riguroso que aquél. La lección es manifiesta en el pasaje de referencia.

Adán, que ha sido seducido, o mejor—hablan­do con frase del Apóstol—, que «no ha sido seducido» [219]“, pero ha dado su aquiescencia a Eva, seducida por el demonio, es condenado úni­camente a trabajar con el sudor de su frente. En realidad, estos males no son el erecto de una maldición que pesa sobre él, sino la maldición de la tierra y de su esterilidad.

La mujer, que le ha inducido a cometer el mal, incurre en el castigo de la tristeza, de los gemidos y dolores innumerables. Además, estará siempre sometida al varón. La serpiente, que    378    fue el primer autor del pecado, es castigada con una maldición eterna. Preciso es, por consiguien­te, guardarse con gran solicitud y circunspección de los malos consejos. Porque, sobre causar el cas­tigo de su autor, paga también la pena de su culpa quien les presta oídos.

XII. Tan densa y numerosa es la multitud de los espíritus malos que merodean por los aires entre cielos y tierra, agitándose en ellos en cons­tante actividad, que fue una feliz disposición de la Providencia el ocultarlos y sustraerlos a las miradas humanas.

Su horrible concurso, o la monstruosidad de sus formas, que revisten según sus grados, hu­bieran consternado a los hombres y les hubieran hecho morir bajo el peso de un temor intole­rable. Los ojos de carne no están hechos para una visión semejante.

A más de esto, su constante ejemplo, pro­vocándoles a la imitación, les hubiera contami­nado, tornándoles cada día más ruines. De ahí hubiera surgido una familiaridad peligrosísima, un comercio entre los hombres y las potestades del aire que hubiera tenido consecuencias mons­truosas.

Es innegable que se cometen muchos crímenes vergonzosos, inconfesables, entre los humanos. El secreto de nuestros aposentos, la distancia de los lugares y la misma confusión y vergüenza los ocultan a las miradas de la gente y hacen que         379   no se publiquen entre los hombres. Pero si se viera cometerlos a plena luz por los demonios, cundiría entre nosotros el desenfreno y el liber­tinaje. Porque no existe instante alguno en que no se entreguen ellos a tamañas aberraciones. Tanto más cuanto que no están sujetos, como nosotros, a la flaqueza y desgaste de la carne, a los cuidados que reclama el bien de la familia ni a la solicitud que lleva consigo el tener que procurarse el pan cotidiano. Todo esto nos ata a menudo, muy a pesar nuestro, obligándonos a renunciar al mal que quisiéramos hacer.

XIII. Es incuestionable, además, que las po­testades diabólicas fomentan contra sí las mis­mas hostilidades que las animan con respecto a los hombres. Toman bajo su vigilancia y amparo algunos pueblos, que han contraído con ellas, en la perversidad, estrechos lazos de servidumbre. Y ahí radica el origen de las discordias, de los conflictos y de las guerras sin fin.

Una visión del profeta Daniel nos ofrece un ejemplo tangible. Habla el arcángel Gabriel: «Nada temas, Daniel, pues desde el primer día en que diste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus pa­labras y por ellas he venido yo a ti; pero el príncipe del reino de Persia se me opuso vein­tiún días; mas Miguel, uno de los príncipes supremos, vino en mi ayuda, y yo me quedé allí junto al rey de Persia. Vengo ahora para darte    380   a conocer lo que sucederá a tu pueblo en los tiem­pos venideros» [220]“.

Este príncipe del reino de Persia es una po­testad adversa, favorable, por supuesto, a la na­ción persa y enemiga del pueblo de Dios. De esto no cabe la menor duda. Viendo que por ministerio del arcángel va a tener un desenlace favorable la dificultad por la cual Daniel ha rogado al Señor, hace lo posible por impedir el éxito. Se apresura a interceptar el camino, temeroso de que la palabra de consolación de que Gabriel es mensajero llegue pronto a Daniel y conforte al pueblo de Dios, que el arcángel preside.

Por eso le dice éste al Profeta que ha sido tan violento el ataque, que no hubiera podido venir hasta él, inclusive a esa hora tardía, si el arcángel Miguel no le hubiera prestado su ayuda. Miguel ha venido ante el príncipe del reino de Persia para tomar parte en el combate y protegerle ante los golpes del enemigo. Ello le ha permitido traer el mensaje que se le había dado, transcurridos veinte días.

Unas líneas después, el Profeta vuelve sobre el mismo tema: «¿Sabes por qué he venido a ti? Porque tengo que volverme luego a luchar con el príncipe de Persia, y, en saliendo yo, vendrá el príncipe de Grecia. Pero yo te daré a conocer lo que está escrito en el libro de la verdad. Nadie             381   me ayuda contra ellos, si no es Miguel, vuestro príncipe» Y otra vez: «En aquel tiempo se levantará Miguel, el gran príncipe, que lucha en favor de los hijos de tu pueblo» [221]30. Como se ve, aparece aquí otro que es príncipe de Gre­cia. Favorece a este pueblo que le está sujeto, y parece enemigo tanto del pueblo de Dios como de la nación persa.

Todo esto pone de manifiesto que las discor­dias, los conflictos, las rivalidades que las po­tencias del mal originan en los pueblos, tienen viva repercusión en ellas. Y del mismo modo que la victoria de sus aliados les llena de gozo, así también se entristecen de que queden vencidos. Por lo mismo no pueden tener paz entre sí. Como cada una milita en favor del pueblo que preside, es fuerza que se inquiete con emulaciones y con­tiendas contra aquella potestad que ejerce poder sobre el pueblo contrario.

POR QUÉ A LOS ESPÍRITUS MALOS SE LES DA EL
NOMBRE DE PRINCIPADOS Y POTESTADES

XIV. Aparte las opiniones expuestas anterior­mente, observamos que existe otra razón por la cual se les da el nombre de principados y po­testades. Radica en el hecho de que ejercen sobre       382    diversos pueblos su dominio, o porque tienen poder sobre ellos con otros espíritus o demonios de rango inferior, de los cuales se dice en el Evangelio[222] 31—confesándolo ellos mismos—que son legión. No pueden, en efecto, llamarse domi­naciones, a menos que tengan sobre quién ejercer su poder, ni tampoco potestades y principados, si no tienen a nadie sobre quien reivindicar su preeminencia. Lo que el Evangelio nos refiere acerca de la blasfemia de los fariseos, esclarece esta verdad: «En virtud de Beelcebul, príncipe de los demonios, arroja a los demonios» “. Por otra parte, leemos el apelativo de «gobernadores de estas tinieblas» 33,  y cómo se designa a otro espíritu «príncipe de este mundo» 34.

Sin embargo, el Apóstol afirma que estas dig­nidades acabarán un día, cuando todas las cosas sean sometidas a Cristo: «Cuando entregare —dice—el reino a Dios Padre, borrando la me­moria de todo principado y potestad y domi­nación» 35.Lo cual no sucederá sino cuando los demonios vean que aquellos sobre los cuales ejer­cen ahora su tiranía, dominio o principado sean sustraídos a su potestad.

XV. No sin justo título se han aplicado también       383   a los ángeles buenos los mismos vocablos que indican su categoría, teniendo cada cual su nombre apropiado para designar su oficio, mé­rito o dignidad. Es esto indudable. Unos llevan el apelativo de ángeles o mensajeros, por cuanto tienen la misión de anunciar las voluntades di­vinas. El de arcángeles, porque mandan a los ángeles, como el mismo nombre indica. Otros son llamados dominaciones, porque, en realidad, dominan sobre muchos. O principados, porque tienen a otros sujetos a sí, como sucede con los príncipes. En fin, a otros se les designa con el denominativo de tronos, en razón de su familia­ridad e íntimas relaciones con Dios. Merced a esto, la divina Majestad descansa más par­ticularmente en ellos como sobre su trono, y en cierto modo se reclina en ellos con mayor com­placencia.

 

SUJECIÓN QUE UNOS DEMONIOS PRESTAN A OTROS
COMO A SUS PRÍNCIPES
VISIÓN DE UN MONJE QUE PRUEBA TAL DEPENDENCIA

XVI. Que los espíritus malos son gobernados por otras potestades peores, a quienes obedecen, no sólo nos lo muestra la Escritura—al respon­der el Señor en el Evangelio a la calumnia de los fariseos: «Decís que en virtud de Beelzebul, príncipe de los demonios, libro yo a los posesos        384   –, sino que los mismos santos nos pro­porcionan también pruebas de ello con sus visio­nes verídicas y sus múltiples experiencias[223].

Uno de nuestros hermanos iba de camino por esta soledad. Anochecía. En eso encontró una caverna y entró en ella con el designio de rezar el oficio vespertino 37. Recitando los salmos de costumbre transcurrió la media noche. Concluido el oficio, el monje descansó un poco para repa­rar sus fuerzas después de las fatigas del viaje. De pronto, ve que una innumerable caterva de demonios afluye de todas partes. Era una mul­titud inmensa y compacta, que avanzaba como en procesión hacia él. Los unos precedían y los otros seguían a su príncipe. Este pasó también. Su estatura prócer sobresalía entre todos, y su aspecto era más horrible que el de sus satélites. Pusiéronle entonces un dosel y, sentado en un alto tribunal, comenzó a examinar minuciosa­mente la conducta de cada uno. Los que confe­saban que no habían podido aún vencer a sus émulos, los hacía alejar de su presencia como incapaces e indolentes, cargándoles de oprobios e injurias. Lleno de ira y de coraje, les repro­chaba el haber empleado tan largo tiempo en vano. A aquellos, en cambio, que podían jactarse de haber seducido a las almas a ellos confiadas,       385   les llenaba de elogios, coreados por una salva de aplausos. Luego, colmados de honores, volvía a enviarlos como soldados, para ejemplo de sus conmilitones.

Entre aquella muchedumbre se presentó otro más malvado que los demás. Venía con una ale­gría desbordante, ante el pensamiento del triun­fo inaudito que iba a manifestar ante la concu­rrencia. Empezó por mentar el nombre de un monje muy conocido, afirmando que después de quince años de haberle asediado con tentaciones deshonestas, por fin había podido hacerle nau­fragar. Aquella misma noche le había derribado en el pecado de la lujuria. No solamente había conseguido hacerle caer con una virgen consa­grada a Dios, sino que le dio a entender que podía contraer matrimonio con ella. Ante tales aberraciones, un griterío infernal se levantó de todos los espíritus en son de alegría. El vence­dor se retiró cubierto de gloria por el príncipe de las tinieblas.

Sin embargo, al clarear el día la multitud de demonios se esfumó, desapareciendo a los ojos del monje. Este empezó a dudar sobre si sería cierto lo que el diablo había dicho acerca de aquel monje conocido. Se inclinaba a creer que, usando, según su costumbre, de su antigua falacia, había querido engañarle, infamando al monje inocente con aquel crimen abominable. Recordó la pala­bra evangélica: «No estuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando habla mentira habla    386   de sus cosas propias, porque es mendaz y padre de la mentira»[224] 38.Sin más, se dirigió a Pelusa, donde sabía que se hallaba el hermano a quien el espíritu inmundo blasonaba de haber venci­do, pues lo conocía muy bien. Fue en su busca y se enteró que la misma noche en que el de­monio había publicado su caída a toda la cohorte y a su príncipe, el desventurado había abando­nado el monasterio y se había dirigido a la po­blación para pecar miserablemente con la virgen mencionada.

 

QUE TODO HOMBRE TIENE DOS ÁNGELES JUNTO A ÉL

XVII. Todos los hombres tienen junto a sí dos ángeles: uno bueno y otro malo. Así nos lo atestigua la Escritura. Respecto a los ángeles bue­nos, el Salvador nos dice: «No despreciéis a nin­guno de estos pequeñuelos: yo os digo que sus án­geles ven constantemente la faz de mi Padre que está en los cielos» 39. A ellos se refiere asimismo esta palabra: «Enviará el ángel del Señor junto a los que le temen y les salvará» “. Y esta frase de los Actos de los Apóstoles, a propósito de Pe­dro: «Porque es su ángel» 41.   387

El libro del Pastor[225] 42 contiene una doctrina muy completa sobre los ángeles buenos y malos. Si nos fijamos en aquel que tentó a Job, vere­mos que es el mismo que le había tendido ase­chanzas hasta entonces, sin lograr hacerle caer. Y así pedía licencia a Dios para tentarle, con­vencido de que la victoria de Job no era debida a sus fuerzas, sino a la protección de que el Señor le rodeaba sin cesar. Notemos, en fin, lo que se dijo de Judas: «Y el diablo esté junto a su diestra» 43.

PRUEBA DE DOS FILÓSOFOS SOBRE LA DIFERENCIA
QUE EXISTE EN LA MALICIA DE LOS ESPÍRITUS MALOS

XVIII. Arroja mucha luz sobre las diferen­cias que existen entre los demonios el hecho de aquellos dos filósofos que habían experimentado a menudo, por medio de la magia, su impoten­cia o su fuerza.    388

Menospreciando al bienaventurado Antonio ” como a un ignorante y hombre sin letras, viendo que no podían hacerle daño alguno, intentaron por lo menos echarle de su celda, merced a pres­tidigitaciones y engaños diabólicos. Para ello in­trodujeron en su aposento espíritus llenos de malicia. La envidia les inducía a tales impugna­ciones, pues veían que las turbas afluían sin cesar todos los días al siervo de Dios. Mas él empe­zaba a hacer la señal de la cruz en la frente y en el pecho, abismándose después en una hu­milde plegaria. A pesar de su ferocidad, los dia­blos no osaban acercársele, teniendo que volver­se sin haber conseguido efecto alguno. Entonces le introdujeron otros espíritus más formidables. Haciendo inútilmente alarde de sus fuerzas, se rinden también, al no poder obtener ningún re­sultado. Otros más poderosos aún reciben la mi­sión de atacar al victorioso soldado de Cristo, pero no logran tampoco prevalecer contra él[226]

Tantas asechanzas dispuestas con gran aparato de magia, no hicieron más que demostrar la vir­tud y poder singular de la profesión cristiana.         389

Estos espíritus tan crueles y poderosos, a quienes los filósofos estimaban capaces de empañar y oscurecer el sol y la luna, no pudieron hacer mella en la virtud del bienaventurado Antonio. No sólo esto, sino que ni siquiera lograron hacerle abandonar por un instante su monasterio, a pe­sar de la fuerza combativa de estos espíritus.

XIX. Nuestros filósofos quedaron maravilla­dos. Al punto se entrevistaron con el abad An­tonio, manifestándole los violentos ataques que habían dirigido contra él, confesando la causa de sus asechanzas y de sus secretos celos. Al instante le pidieron que les iniciara en la fe cristiana. Averiguando él entonces qué día se habían pro­ducido aquellos asaltos, les reveló que realmente entonces había sido combatido con gravísimas ten­taciones de pensamiento.

Este episodio del venerable Antonio prueba claramente la opinión que hemos sostenido en nuestra conferencia de ayer, de que los demonios no pueden apoderarse del espíritu ni del cuerpo de nadie. De igual modo, no pueden entrar tam­poco en el alma, a no ser que la hayan despro­visto de antemano de los santos pensamientos y despojado del poder espiritual.

Esto nos muestra todavía que los espíritus in­mundos obedecen al hombre de dos maneras: la primera, cuando por gracia y virtud de Dios se sujetan a la santidad de ellos. La segunda, cuando, aplacados por los sacrificios de los malos o con   390    sus encantaciones mágicas, se les hacen familiares. Engañados por esta opinión, los fariseos creían que nuestro Señor y Salvador ordenaba a los demonios por medio de semejantes artificios, y así dijeron: «Este no echa a los demonios sino por el poder de Beelzebul, príncipe de los de­monios»[227] “. Tal era, en efecto, la costumbre —para ellos muy sabida—de sus magos y encan­tadores de invocar el nombre de Beelzebul y ofrecerle los sacrificios que sabían le eran agra­dables, para poder así penetrar en su intimidad y tener poder sobre los demonios sometidos a él.

  1. GERMÁN. Providencialmente acabas de aducir un pasaje del Génesis que me sugiere preguntarte una cosa que hemos deseado siempre saber:

¿Qué debemos pensar de esos ángeles após­tatas, de quienes se ha dicho que habrían tenido comercio can las hijas de los hombres? 46 ¿Pue­den estas palabras convenir, en el sentido lite­ral, a naturalezas espirituales?

Asimismo nos gustaría oír tus explicaciones sobre este texto del Evangelio que acabas de citar hace un momento, a propósito del demonio: «Porque es mendaz y padre de la mentira» “.

  1. SERENO. Me proponéis de una sola   391   vez dos cuestiones a cuál más difícil. Respon­deré, no obstante, a ellas según mis posibilidades y siguiendo el orden que vosotros mismos habéis trazado al exponerlas.

En modo alguno hay que creer que las natu­ralezas espirituales hayan podido tener comercio con criaturas humanas. Si eso, en rigor, pudo darse alguna vez, ¿por qué no podría repetirse también hoy? No olvidemos que los demonios se complacen en las pasiones vergonzosas. Sin duda preferirían hacer ellos mismos el mal, si fuera posible, que empujar a él a los hombres y ha­cerlo por medio de ellos. Atended aún a la pa­labra del Eclesiastés: «¿Qué es lo que fué? Lo mismo que es. ¿Qué es lo que ya se hizo? Lo mismo que se hará. No se hace nada nuevo bajo el sol. Una cosa de que dicen: «Mira esto, esto es nuevo», aun ésa fué ya en los siglos anterio­res a nosotros»[228] “.

La solución al problema es ésta:

Tras la muerte del justo Abel, Dios no quiso que el género humano tuviera su origen de un fratricida, de un impío. En lugar del hermano extinto, nació Set para sucederle en el hogar paterno, pero especialmente para tener por he­rencia su justicia y su piedad.

Los hijos de Set siguieron su ejemplo y se guardaron de toda sociedad con la línea del sacrílego Caín. Prueba de ello nos la ofrece la     392   diversidad, de analogías: «Adán engendró a Set, Set engendró a Enós, Enós a Cainán, Cainán a Malabeel, éste engendró a Jared, Jared a Enoc, Enoc a Matusalén, Matusalén a Lamec y éste a Noé» [229]49. La genealogía de Caín figura aparte y se describe así: «Caín engendró a Enoc, Enoc a Irad, Irad a Maviael, Maviael a Matusael, Matusael a Lamec y Lamec a Jobel» 50.

Según esto, las generaciones procedentes de Set hacen sólo alianza con su estirpe y su linaje, permaneciendo por mucho tiempo fieles a la san­tidad de sus padres y a su común tradición an­cestral. Se mantienen a distancia de los sacrí­legos y no se contaminan con la perversidad de aquella raza que guarda en sí la semilla de la impiedad como una herencia transmitida por sus padres.

Mientras duró la separación de razas, los hi­jos de Set, dignos del noble tronco de que pro­cedían, merecieron por su santidad el nombre de ángeles de Dios, o como reza en algunos ejemplares, de hijos de Dios. Los hijos de Caín, con signo inverso, son llamados hijos de los hom­bres, en razón de su impiedad y la de sus pa­dres, no menos que por sus obras terrenas.

Pero vino lo imprevisto. Un día terminó esta feliz separación en que hasta entonces habían vivido. He aquí que los hijos de Set, que eran    393   también los hijos de Dios, vieron a las hijas del linaje de Caín. Prendados de su hermosura, las tomaron por esposas. Estas transmitieron a sus hijos los vicios de sus padres y les hicieron caer de aquella santidad ingénita de su raza y de la simplicidad de sus antepasados. Sintoniza a maravilla con estas caídas la palabra del salmo: «Yo dije: dioses sois todos, e hijos del excelso. Mas vosotros moriréis como hombres y cae­réis como uno de los príncipes» [230]51.

Olvidaron esta filosofía de la naturaleza que habían recibido de sus padres. Filosofía que el primer hombre, aparecido inmediatamente des­pués de la creación de los demás seres, había podido contemplar sin velos y transmitir a su posteridad. Pues él había visto la infancia del mundo cuando palpitaba en su juventud prime­ra. Además, estaba dotado de una gran plenitud de sabiduría. El soplo divino le había infundido en tan alto grado el don de profecía, que, a pesar de no haber vivido más que un instante en la tierra, daba el nombre a cada uno de los ani­males, discernía la ferocidad de las bestias sal­vajes y el veneno de las serpientes. Sabía cuáles eran las virtudes de las plantas y de los árboles, la naturaleza de las piedras, y conocía sin tener experiencia de ello, la evolución periódica de los tiempos. Con toda verdad podía atestiguar: «Dios me dio la ciencia verdadera de aquellas   394    cosas que existen, para que conociera las dispo­siciones del orbe de la tierra, y las virtudes de los elementos, el principio, medio y fin de los tiempos, el curso de los años y de los astros, la naturaleza de los animales y la cólera de las bestias, la fuerza de los espíritus y los pensa­mientos de los hombres, la diversidad de los árboles y el vigor de sus raíces; y conocí las cosas que están ocultas y las que aparecen»[231] 52.

Esta ciencia del universo se transmitió de ge­neración en generación en la estirpe de Set mien­tras se mantuvo separada de la raza sacrílega. La recibía santamente y santamente hacía uso de ella para el culto divino y para las necesi­dades ordinarias de la vida. Mas después de su alianza con la raza impía, cambió de proceder, derivando a usos profanos—bajo la instigación de los demonios—lo que había aprendido en un espíritu de religión. Fue entonces cuando, por una audacia sin límites, apareció el arte de los maleficios, las prestidigitaciones y las prácticas su­persticiosas de la magia. Y sus descendientes aprendieron de ella a renunciar al culto santo de la majestad divina, para adorar los elemen­tos, el fuego y los demonios que andan dispersos por el aire.

Ahora bien, ¿cómo estas ciencias ocultas no perecieron con el diluvio y pudieron transmitir­se a los siglos posteriores? La solución del problema      395   que nos ocupa no exige de suyo que res­pondamos a esta nueva cuestión. No obstante, hablaré de ello someramente, ya que se ofrece oportunidad.

Según antiguas tradiciones, Cam, hijo de Noé, había sido iniciado en estas supersticiones y artes sacrílegas. Sabiendo que no podría introducir en el arca—donde debía entrar con su padre, que era justo, y sus virtuosos hermanos—algún libro que conservara la memoria de tales cosas, grabó sus fórmulas e invenciones supersticiosas sobre láminas de metal, que no pudiera borrar la inun­dación de las aguas, y sobre piedras muy duras. Pasado el diluvio, buscó su tesoro con la misma solicitud con que lo había escondido. De esta suerte pudo legar a su posteridad una perpetua semilla de sacrilegios y maldades.

Con esto se acreditó aquella falsa creencia popular, según la cual fueron los ángeles quienes enseñaron a los hombres los maleficios y las ar­tes ocultas.

De la unión de los hijos de Set con las hijas de Caín nacieron hijos peores que sus padres. Fueron robustos cazadores, hombres violentos y forajidos. Por la corpulencia de su cuerpo, no menos que por la enormidad de su malicia, se les denominó gigantes. Fueron éstos los primeros que empezaron a robar a sus vecinos y ejercieron la rapiña, prefiriendo vivir del fruto de sus vio­lencias que del sudor y trabajo de sus manos. Perpetraron tantos crímenes, que no hubo más     396    remedio que el diluvio purificara con sus aguas aquel mundo que habían corrompido.

Así, pues, obedeciendo a la voz de la pasión, los hijos de Set habían violado el mandamiento que un instinto natural había hecho observar des­de el origen del inundo. Fue necesario restituirlo en lo sucesivo por la Ley escrita: «No contrai­gas matrimonio con ellas, no des tus hijas a sus hijos ni tomes sus hijas para tus hijos, porque ellas les desviarían de en pos de mí y los arras­trarían a servir a otros dioses» [232]53.

CÓMO PUEDE REPROCHARSE A LOS HIJOS DE SET
SU UNIÓN CON LAS HIJAS DE CAÍN CUANDO
NINGUNA LEY LO PROHIBÍA

  1. GERMÁN. Hubiera sido justo repro­char a los hijos de Set aquella presunción de unirse con las hijas de Caín, si se les hubiera dado el precepto de que acabas de hablar. Pero desde el momento que ninguna ley les prescri­bía la observancia de esta separación, ¿cómo considerar un crimen aquella unión a la cual nada se oponía legítimamente? La ley no condena los pecados pasados, sino los futuros.
  2. SERENO. Dios, al crear al hombre, infundió en su corazón toda la ciencia de la ley.   397   Y si la hubiera observado siempre, como era la voluntad de Dios, y corno había comenzado ya a hacer, no hubiera habido en modo alguno necesidad de promulgar otra ley, como la que después se escribió. Hubiera sido superfluo bus­car fuera el remedio que tenía dentro de su alma.

Mas, después que el libertinaje y la costumbre inveterada de pecar desquiciaron la armonía de la ley natural, se estableció la severa disciplina de la ley mosaica. Su finalidad era ejecutar y salvaguardar sus derechos o, usando el modus loquendi de la Escritura, «serle su ayuda», a fin de que por lo menos el temor del castigo pre­sente impidiera a los hombres extinguir en sí mismos la luz que tenían de la ciencia natural. Así dice el Profeta: «Dio la ley como ayuda» 54. Y San Pablo, por su parte, nos la presenta bajo la figura de un pedagogo que formaba a los hombres y los guardaba, por temor de que el olvido los alejara de los principios que la natu­raleza les había enseñado» [233]“.

Tenemos una prueba manifiesta de que el hombre había recibido, desde el principio de la creación, un conocimiento infuso de toda la ley. Está en el hecho de que todos los santos, antes de la ley escrita, e incluso antes del diluvio, observaron, sin código, los mandamientos.

¿Cómo podía Abel saber, cuando aún no existía     398    una ley que lo prescribiera, que debía ofrecer a Dios un sacrificio de las primicias de sus rebaños y de la grasa de sus ovejas, si por una    ley natural, ínsita en él, no hubiera sido instruido sobre ello? ¿Cómo Moisés hubiera podido    distinguir, antes de existir un código ceremonial,    los animales puros de los impuros, si no hubiera    tenido de ello noticia por la ciencia natural? Y    ¿dónde aprendería Enoc a caminar en la pre­sencia de Dios, ajustando su conducta a sus man­datos, si nadie le hubiera comunicado las luces de la ley? ¿Dónde habían leído Sem y Jafet la palabra «no descubrirás la desnudez de tu padre», para ir de espaldas, vuelto el rostro y cubrir la desnudez de Noé? [234]” ¿Quién persua­dió a Abraham a que rehusara la porción de los despojos que se le ofrecían y no recibir la re­compensa de sus trabajos? ” Y ¿por qué pagó a Melquisedec los diezmos, prescritos más tarde por la ley de Moisés? ¿Quién le había enseñado a él, y también a Lot a cumplir con tanta corte­sía los deberes de hospitalidad para con los via­jeros y peregrinos y a lavarles los pies, cuando no había brillado aún el precepto evangélico? ¿Dónde bebió Job aquel ardor de su fe, aquella pureza de costumbres, aquella ciencia de la hu­mildad, de la mansedumbre, de la misericordia, de la hospitalidad, que apenas puede apreciarse en tan alto grado en aquellos que saben de memoria el Evangelio? ¿Qué santo dejó de obser­var, antes de la promulgación de la ley, un pre­cepto de esa ley? ¿Cuál de ellos no ha guardado este precepto: «Oye, Israel, el Señor Dios tuyo es un solo Señor»? 58 no ha cumplido con esta prescripción: «No te harás imágenes talladas, ni figuración alguna de lo que hay en lo alto de los cielos, ni de lo que hay abajo sobre la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra»? ¿Quién no ha sido fiel a este mandato: «Honra a tu padre y a tu ma­dre»? “¿O a estos otros que siguen en el de­cálogo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falsos testimonios, no desea­rás la mujer de tu prójimo»? ” Y otro tanto podríamos decir de muchos otros que entraña­ban mayor dificultad y, con los cuales, no sólo guardaron los hombres lo que se escribió des­pués de la ley, pero aun lo que se predicó en el Evangelio.

 

LOS QUE PECARON ANTES DEL DILUVIO FUERON
CASTIGADOS JUSTAMENTE

XXIV. Por donde vemos que Dios creó, des­de el principio, todas las cosas perfectas. Ni   400   hubiera sido necesario añadir nada a esta dis­posición inicial, tachándola de imprevisión o de imperfección, si las cosas hubieran permanecido en el estado y en la armonía en que fueron creadas.

Por eso reconocemos que ha castigado con justo juicio a aquellos que pecaron antes de la ley—antes, incluso, que el mismo diluvio—por­que habiendo conculcado la ley natural, su falta no admite excusa y merece sanción. No caere­mos ya en la calumnia—que es al mismo tiempo una blasfemia—de aquellos que, desconociendo esta verdad, murmuran del Dios del Antiguo Testamento, y exclaman en tono burlón, despre­ciando nuestra fe: «¡Qué caprichoso es vuestro Dios al promulgar una ley, después de tantos mi­lenios de haber dejado abandonados a los hom­bres! Si, en efecto, halló después alguna ley mejor, señal clara y evidente que tuvo al prin­cipio del mundo pensamientos menos elevados y menos felices, y que ha sido menester que la experiencia viniera a instruirle para formarse concepciones más justas y modificar sus dispo­siciones primeras.»

Esta doctrina repugna a la infinita prescien­cia de Dios y constituye una blasfemia enorme. Porque así razonan los herejes en su inaudita locura. Dice el Eclesiastés: «Conocí que cuanto hizo Dios desde el principio permanecerá eter­namente. Nada se le puede añadir, nada quitar»   401

“. Y por esto: «la ley no es para los justos, sino para los inicuos, para los rebeldes, para los impíos y pecadores, para los criminales y malvados» [235]“. Porque los justos, gozando de una doctrina pura e íntegra, por la ley natural infun­dida en su corazón, no tenían necesidad de una ley dictada exteriormente y puesta por escrito. Esta no fue dada sino como ayuda para guardar la natural.

De donde se sigue claramente que la ley es­crita no debía ser dada desde el principio, pues hubiera sido superflua, toda vez que la ley na­tural estaba en vigor y no se había alterado enteramente.

Otra consecuencia de lo que decimos es que la perfección del Evangelio no podía ser revela­da antes de que se hubiera aprendido a observar la ley. No hubieran sido capaces de entender estas palabras: «Quien te golpeare en tu meji­lla derecha, ofrécele la otra» “, aquellos hombres que, no contentos con medir sus venganzas con la ley del talión, respondían con duros golpes a la más ligera bofetada o herían con saetas en­herboladas, y hasta por un diente que les qui­taran daban la muerte a su rival. Ni hubiera sido posible decir: «Amad a vuestros enemi­gos» 65, a hombres de quienes se consideraba    402    como virtud singular el amar a sus amigos, y que respecto de sus enemigos se limitaban sola­mente a evitar su consorcio, a no saciar en ellos el odio y a no acometerles y quitarles la vida.

CÓMO DEBEMOS INTERPRETAR LO QUE SE DICE EN
EL EVANGELIO REFERENTE AL DEMONIO, DE
QUE ES MENDAZ Y PADRE DE LA MENTIRA

XXV. Vengamos ahora a la sentencia que ha­béis aducido a propósito del demonio: «porque es mentiroso y padre de la mentira»[236] “. Ni por asomo puede entenderse que el Señor quiera de­cir que el demonio y su padre sean igualmente falaces. Sería absurdo. Lo hemos dicho ya antes de ahora: ni el espíritu engendra al espíritu, ni el alma al alma. Sin embargo, no dudamos en afirmar que la formación del organismo humano es debida al hombre.

El Apóstol distingue perfectamente entre una y otra sustancia, es decir, entre el cuerpo y el alma. Además, precisa a quién debe su origen cada una de ellas: «Hemos tenido—dice—a nuestros padres carnales que nos corregían y nos­otros los respetábamos: ¿no hemos de someter­nos mucho más al Padre de los espíritus para alcanzar la vida»? ” ¿Pudo hablarse más claro         403   sobre tal distinción? Los hombres son padres de nuestra carne, y sólo Dios es padre de nuestras almas.

Y aún cabe indicar que en la formación del cuerpo el hombre desempeña un papel de simple instrumento. Nuestro nacimiento es esencialmen­te obra exclusiva del Dios creador de todas las cosas. Por eso dice David: «Tus manos me hi­cieron y me plasmaron» 68. Y Job afirma: «¿No me exprimiste como leche, no me cuajaste como queso? Con huesos y nervios me consolidaste» [237]69. Y el Señor a Jeremías: «Antes de que te for­mara en el seno de tu madre, te conocí» 70.

El Eclesiastés examina asimismo la naturale­za y origen de ambas sustancias y luego el fin a donde convergen, concluyendo con propiedad sobre su naturaleza propia. Hablando de su re­cíproca separación, dice así: «Antes de que se convierta el polvo en la tierra que fue, y vuelva el espíritu al Dios que se lo dio» 71. ¿Pudo ha­blarse con más claridad? La carne—que llama él polvo, porque tiene su origen en el hombre y viene a la vida por su concurso—se convierte en tierra, como que ha sido tomada de ella. El espíritu, en cambio, como la acción del hombre no ha tenido parte alguna en su nacimiento, sino     404   que procede de sólo Dios, vuelve de nuevo a su autor.

Es cabalmente lo que significa el soplo divino con el que animó Dios el cuerpo de Adán.

Merced a estos testimonios aparece con evi­dencia que nadie puede llamarse padre de los espíritus, sino únicamente Dios, que les dió la existencia cuando quiso. Mientras que los hom­bres no pueden arrogarse otro título que el ser padres de nuestra carne.

El demonio, por ende, en cuanto fue criatura espiritual, angélica y buena en su origen, no tuvo más padre que Dios, su Creador. Mas, infa­tuado por la soberbia, dijo en su corazón: «Su­biré sobre la cumbre de las nubes y seré igual al Altísimo»[238] “. En este preciso instante se con­virtió en mendaz, pues no supo mantenerse en la verdad. Forjando la mentira del propio tesoro de su malicia, no sólo fué mentiroso, sino pa­dre de la mentira. Al prometer al primer hombre la divinidad y decirle «seréis como dioses» 73, no se mantuvo en la verdad. Y por si esto fuera poco, viene a ser homicida desde el principio, al poner a Adán bajo el yugo de la muerte o cuando coloca en las manos de Caín el arma fratricida que arrebata la vida a Abel.

* * *   405

Pero he aquí que nuestro coloquio se ha pro­longado ya durante dos noches consecutivas. Sólo la aurora ha podido darle fin. Y es que estos temas son de suyo tan profundos como la in­mensidad del mar. Por eso, mi ignorancia, que no ha podido bucear en esa hondura, me lleva al silencio como a un puerto tranquilo y seguro. Cuanto más el soplo divino nos sumerja en estas profundidades, más se abrirán a nuestros ojos horizontes desconocidos. Según la palabra de Salomón, el término nos parecerá más alejado de lo que estaba en realidad, y «esta profun­didad infinita ¿quién podrá alcanzarla»?[239]‘`

Roguemos, pues, al Señor, para que su temor y su caridad, que no se marchitan jamás, perduren en nosotros sin desfallecer. Nos harán sa­bios en todas las cosas y además nos harán salir ilesos de los golpes que descarga sobre nosotros Satanás. Con tales custodios es imposible caer en los lazos de la muerte.

Esta es precisamente la diferencia que existe entre los perfectos y los imperfectos. En los pri­meros, la caridad, profundamente enraizada, ha llegado, por decirlo así, a su total madurez, gozando de una constancia a toda prueba. Ello les mantiene más firmes en la fe y en la santidad. En cambio, en los segundos, siendo esa fe más endeble, con más facilidad también se en‑

PRIMERA CONFERENCIA DEL ABAD ISAAC

DE LA ORACIÓN

Capítulos: I. Introducción.—II. Exposición del abad Isaac sobre la oración.—III. De dónde nace la pureza y sinceridad de la oración.—IV. De la in­estabilidad del alma comparable a la pelusa o a una pluma ligera.—V. Causas del entorpecimien­to del alma.—VI. Visión de un anciano sobre el trabajo febril de un hermano.—VII. Sobre si es más difícil la guarda de los buenos pensamientos que el excitarlos.—VIII. Respuesta acerca de las diferentes formas de oración.—IX. De cuatro es­pecies de oración.—X. Orden de estas diversas clases de oración.—XI. De la petición.—XII. De la oración.—XIII. De la intercesión.—XIV. De la acción de gracias.—XV. Si estas cuatro clases de oración son necesarias a todos simultáneamente, o bien separada y alternativamente.—XVI. En qué modos de oración debemos ejercitamos con prefe­rencia.—XVII. Cristo nos dio ejemplo de estos cuatro modos de plegaria—XVIII. Sobre la ora­ción del Señor.—XIX. Sobre estas palabras: «Ven­ga a nos el tu reino».—XX. Sobre estas palabras: «Hágase tu voluntad».—XXI. Del pan sobresustancial o de cada día.—XXII. Sobre las palabras: «Perdónanos nuestras deudas». — XXIII. Sobre aquellas palabras: «Y no nos dejes caer en la ten­tación».—XXIV. No debemos pedir más que lo que se halla expresado en esta breve plegaria.

  1. Xxv De otra forma de oración más elevada. XXVI De diversas maneras como el alma se in­cita a la oración.—XXVII. De las diversas formas que reviste la compunción,—XXVIII. Por qué no tenemos a nuestra disposición el don de lágrimas. XXIX. Respuesta acerca de la diversidad  de sentimientos que se traducen por las lágrimas. XXX. No hay que hacer esfuerzo alguno para procurar las lagrimas. XXXI Sentencia del abad Antonio sobre la oración. XXXII. Señal de que es oída nuestra oración. XXXIII. Objeción: la seguridad de ser oídos sólo conviene a los santos. XXXIV. Respuesta: Diversas causas que dan favorable acogida a nuestras plegarias. XXXV. Que debemos orar en nuestro aposento a puerta cerrada. XXXVI. Utilidad de la oración breve y silenciosa.

EXPOSICIÓN DEL ABAD ISAAC SOBRE LA ORACIÓN

I. Con el favor divino espero cumplir lo pro­metido en el libro segundo de las Instituciones[240]1, en torno a la oración perseverante y continua. Para ello voy a traer a colación al abad Isaac 2, aduciendo aquí sus conferencias. Confío satis­facer así al mandato del santo obispo Cástor     410    de feliz memoria, no menos que a tus deseos, venerable obispo Leoncio, y a los tuyos, vene­rable hermano Heladio.

Pero ante todo, te ruego excuses la amplitud de la obra. A pesar de que mi intención había sido ser conciso, silenciando muchas cosas acce­sorias, no obstante, reconozco haber colmado la medida y aun haber excedido los límites que me había fijado. El bienaventurado Isaac expuso muchos usos y costumbres y se entretuvo en la exposición de un sinnúmero de pormenores que yo, en gracia a la brevedad, he debido cercenar.

Hacia el final dijo Isaac estas palabras:

II. El fin del monje y la más alta perfec­ción del corazón tienden a establecerle en una continua e ininterrumpida atmósfera de oración. De esta suerte llega a poseer, en cuanto es po­sible a nuestra fragilidad humana, una tranquili­dad inmóvil en la mente y una inviolable pureza de alma. Constituye éste un bien tan preciado, que tratamos de procurárnoslo al precio de un trabajo físico incansable y a trueque de una con­tinua contrición de espíritu. Media una relación recíproca entre estas das cosas que están inse­parablemente unidas. Porque todo el edificio de las virtudes se levanta en orden a alcanzar la per­fección de la oración. Y es que si la oración no mantiene este edificio y sostiene todas sus partes conjugándolas y uniéndolas entre sí, no podrá ser éste firme y sólido? sin subsistir por   411    mucho tiempo. Esta tranquilidad estable y esta oración continua de que tratamos no pueden adquirirse sin estas virtudes; y estas virtudes, a su vez, que son como los cimientos, no pueden lograrse sin aquélla.

Sería una quimera querer tratar con precipi­tación y a la ligera de los efectos de la oración, e incluso estudiarla en aquel grado sumo que implica la práctica de todas las virtudes. Impor­ta, ante todo, examinar gradualmente las difi­cultades que es menester conjurar y los prepa­rativos que se imponen para llegar a su feliz término. Como que la parábola del Evangelio nos enseña a calcular con diligencia y hacer acopio de los materiales que son necesarios para la construcción de esta ingente torre espiritual.

Pero también estos materiales ensamblados serían de muy poco provecho e incapaces de sustentar la techumbre sublime de la perfección sin contar con un requisito previo. Esto es: des­arraigar en primera línea nuestros vicios y arran­car de nuestra alma los tallos de las pasiones, poniendo al desnudo las raíces muertas. Luego, echar sobre la tierra firme de nuestro corazón, o mejor, sobre la piedra de que nos habla el Evangelio, las sólidas bases de la simplicidad y de la humildad. Merced a ellas, esta torre que intentamos levantar podrá asentarse inconmo­vible, rodeada de nuestras virtudes, y erguirse segura en su propia solidez hasta los cielos.

Quien construye sobre tales fundamentos no    412         tiene nada que temer. Aunque irrumpan contra ella las tempestades de las pasiones y azote sus murallas el torrente furioso de la persecución; por más que las potestades enemigas se levan­ten cual huracán proceloso y embistan su mole, ésta se mantendrá firme contra viento y marea, no sufriendo la más leve sacudida.

SOBRE LA PUREZA Y SINCERIDAD DE LA ORACIÓN

III. Por consiguiente, para llegar a aquel fer­vor y pureza que exige la oración, es menester una fidelidad a toda prueba.

Ante todo, hay que suprimir a rajatabla toda solicitud por las cosas temporales. Eliminar. en seguida no sólo el cuidado, sino también el re­cuerdo de asuntos y negocios que nos solicitan. Debemos renunciar asimismo a la detracción, a las palabras vanas, habladurías y chanzas. Ata­jar todo movimiento de cólera o de tristeza. En fin, tenemos que exterminar radicalmente el forres pernicioso de la concupiscencia y de la avaricia.

Una vez destruidos estos vicios y sus seme­jantes, que no puede menos de advertir la mi­rada humana, y tras de habernos empleado en esta purificación del alma que alcanza su cima en la pureza y simplicidad de la inocencia, se impone una labor positiva: debemos cimentar­nos, ante todo, en una humildad profunda que     413 sea capaz de sostener la torre que debe intro­ducir su cúspide en los cielos; en seguida es necesario levantar el edificio espiritual de las vir­tudes; y, finalmente, inhibir nuestra mente de toda divagación, de todo pensamiento lúbrico. Así se irá el alma elevando paulatinamente hasta la contemplación de Dios y de las realidades so­brenaturales.

Porque no es dudoso que todo cuanto ocupe nuestro espíritu antes de la plegaria, la memoria lo evoca, queramos o no, mientras oramos. Con­viene, pues, prepararnos de antemano para ser luego en la oración lo que deseamos ser. Las disposiciones del alma en la oración dependen, a no dudarlo, del estado que le ha precedido. Nos postramos para la plegaria: al punto se pro­yectan, idénticos, en la imaginación los actos, las palabras y los sentimientos que la han ali­mentado con anterioridad. Y según fué su natu­raleza, suscitan en nosotros reacciones diversas. Así, unas veces renace la ira o la tristeza; otras, se despiertan nuestras apetencias y deleites; otras, en fin, estallamos en una risotada necia, al recordar—causa vergüenza el decirlo—una pala­bra o acción jocosa. Y es que nuestra fantasía, como en un vuelo rápido e incoercible, torna a la divagación fugaz en que antes de la oración había consentido.

Si no queremos ser víctimas, mientras oramos, de ideas ajenas e importunas, es indispensable que antes de la plegaria las desechemos con     414   rotunda decisión. Entonces, sí, podremos poner en práctica el precepto de San Pablo: «Orad sin cesar»[241] 3.Y: «Oren en todo lugar, levantando las manos puras, sin ira ni discusiones» 4.Pero no olvidemos que seremos incapaces de ello si nuestra alma no se purifica antes de todo vicio y no se consagra al ejercicio de la virtud como a su bien propio, para nutrirse de la contempla­ción del Dios omnipotente.

*

IV. Al alma se la compara, no sin justo título, a la fina pelusa o a una pluma ligera. Si la humedad no las penetra, es tal la movilidad de su sustancia, que el menor soplo las eleva naturalmente y las empuja hacia lo alto. Si, por el contrario, llega el agua a rozarlas o impreg­nadas levemente, se tornan grávidas y pesadas. Ha desaparecido el vuelo ágil a que daba lugar su natural ligereza. El peso del líquido absorbido las abisma hasta el polvo.

Cosa pareja acontece con nuestra alma. Si los vicios y cuidados del mundo no llegan a abrumarla o la pasión culpable no la mancilla, se alzará por encima de sí misma, gracias al pri­vilegio innato de su pureza. Entonces el más ligero soplo de los pensamientos de la fe le será       415   suficiente para remontarse hasta las cumbres. Menospreciando las cosas perecederas, se verá como transportada a las celestiales e invisibles. Por eso nos dirige el Señor estas palabras en el Evangelio: «Estad atentos, no sea que se graven vuestros corazones por la crápula, la embriaguez y las preocupaciones de la vida» [242]5.

Si deseamos que nuestras oraciones penetren los cielos y suban todavía más alto, hagamos por libertar nuestra alma de toda escoria y pu­rificarla del lastre de las pasiones, devolviéndole su agilidad natural. Sólo así su plegaria, libre del peso muerto de los vicios, se elevará sin trabas hacia. Dios.

V. Son de notar las causas que, al decir del Señor, motivan la pesadez del alma. No ha que­rido mentar el adulterio, la fornicación, el ho­micidio, la blasfemia ni el robo, porque todo el mundo sabe que estas cosas causan de suyo la muerte y la condenación. En cambio, ha hablado de la intemperancia, de la embriaguez y de los cuidados o solicitudes de la vida. Cosas que no sólo la gente del mundo son remisos en evi­tar, sino que muchos que se precian del nom­bre de monjes—sonroja hablar así—se lían en tales negocios y cuidados, cual si fueran inocuos y hasta provechosos.

Estos tres vicios, aunque en rigor y tomados   416   a la letra entorpecen el alma, la separan de Díos y la humillan a ras de tierra, es fácil orillarlos. Máxime a nosotros que estamos tan alejados del mundo y de su estilo de vida. En efecto, no tenemos ocasiones para dejarnos seducir por se­mejantes desvelos ni por el [243]exceso en el comer y beber.

Pero existe otra clase de gula, de efectos no menos perjudiciales; una embriaguez espiritual, mucho más difícil de soslayar; otra especie de cuidados y solicitudes temporales. Tan cierto es esto, que a pesar de haber renunciado totalmente a nuestros bienes, y vivir en el yermo en la abs­tinencia completa de bebidas y manjares, estas pasiones no dejan, con frecuencia, de cogernos en sus redes.

De ellas dice el Profeta: «Despertaos los que estáis ebrios, y no por el vino» 6.E Isaías dice: «Espantaos, asombraos, ofuscaos, cegad. Embria­gaos, pero no de vino» 7.El vino que provoca esta embriaguez no puede ser otro, al decir del Profeta, que «el veneno de dragones» 8.Y ved de qué raíz proviene: «De cierto, su vid es de los vi­ñedos de Sodoma; de los campos de Gomorra sus sarmientos» 9.¿Queréis conocer el fruto de esta viña y el producto de sus vides? Escuchad:    417    «Sus uvas son uvas ponzoñosas, sus racimos son racimos amarguísimos»[244] lo.

En efecto, si no estamos purificados de todo vicio y libres de las pasiones, haciendo de la sobriedad nuestra virtud, mal podemos renunciar al exceso del vino y a la intemperancia de los manjares. El peso de una ebriedad y de una saciedad más nocivas todavía gravará inexorable nuestro corazón.

Lo cual prueba con evidencia que los cuida­dos de la vida presente pueden ejercer un po­deroso influjo sobre nosotros, aun cuando nos mantengamos ajenos a los actos del mundo. De ahí la regla establecida por los ancianos, quie­nes aseguraban que todo cuanto excede las ne­cesidades de la vida cotidiana y los menesteres de la carne sabe a cuidados y solicitudes del mundo.

Supongamos, verbigracia, que nos basta para satisfacer a nuestras necesidades una simple mo­neda, que ha sido producto de nuestro trabajo razonable. Pero he aquí que nos empeñamos en ganar dos o más a trueque de imponemos una tarea más grave y prolongada. Nos bastarían asimismo, para cubrirnos, dos túnicas: una para la noche y otra para el día; y, sin embargo, ambicionamos tres o cuatro. Una o dos habita­ciones serían más que suficientes para alber­gamos, pero el afán de poseer y desenvolvemos       4 1 8   como hace el mundo nos induce a construirnos cuatro y hasta cinco celdas; y por si esto fuera poco, procuramos que estén lo mejor amuebladas posible y que sean más espaciosas de lo que exige en realidad nuestro provecho.

De este modo, en cuanto nos es dado, vamos siempre en pos de las pasiones y apetitos del siglo.

VISIÓN DE UN ANCIANO SOBRE EL TRABAJO FEBRIL
DE UN MONJE

VI. Una experiencia a todas luces manifiesta nos enseña que son los demonios quienes nos impulsan a tales excesos.

Un anciano que gozaba entre los demás de gran reputación por su prudencia, pasaba cierto día junto a la celda de un hermano. Este, con­tagiado de esa fiebre morbosa de que hablábamos, se afanaba a diario en construir y reparar habi­taciones innecesarias. Constituía para él una ver­dadera inquietud. El anciano vio desde lejos que intentaba desmenuzar una roca muy dura ma­nejando un pesado martillo. Junto a él divisó una especie de etíope que tenía sus manos en­lazadas con las del monje, y golpeando a una con él la roca, le estimulaba a realizar esta tarea ímproba como con tizones encendidos.

El anciano se detuvo a cierta distancia y con­templó largo tiempo la escena. Veía cómo el   419    cruel enemigo, asociado a su trabajo, le apre­miaba en aquella imaginaria ilusión. El pobre monje, jadeante, intentó hacer una pausa en su labor para cobrar aliento y dar fin a su tarea. Pero al punto el antiguo enemigo le espoleaba de nuevo. Había que asir otra vez el martillo y continuar con ritmo igual la labor comenzada. Incitado de esta suerte, sin darse un punto de reposo, el hermano no reparaba en el abuso de que era objeto.

Entretanto, esta vejación conmovió profunda­mente al anciano, que atisbaba desde lejos. Por fin anduvo hasta la celda del monje. Le saludó y le dijo: «¿Qué obra es esa que estás haciendo, hermano?» A lo que respondió él: «Este peñasco es realmente durísimo y nos da mucho que hacer. Apenas si hemos podido hasta ahora romperle.» «Dices bien: no hemos podido. Porque no eras tú sólo quien daba tan recios golpes sobre esa roca. Estaba contigo otro a quien tú no veías y permanecía junto a ti, no tanto para prestarte su ayuda, cuanto para excitarte con sus violen­cias.»

No basta para conocer que no somos ambi­ciosos ni amigos de ostentación el que vivamos al margen de aquellos negocios que, aunque que­ramos, no están a nuestro alcance y por lo mis­mo no somos capaces de tratar. Ni es suficiente tampoco menospreciar aquellas cosas a que no podríamos aficionamos sin incurrir en la cen­sura de hombres espirituales y de la gente del   420         mundo. Antes bien, demostraremos que estamos libres de esa codicia mundana si rechazamos con firmeza todo aquello que parece lícito y que, por ende, podríamos hacer cubriéndolo con cierto pretexto decoroso.

Podrá objetarse que esto son naderías sin con­secuencia. Y por eso varones que profesan vida monástica no tienen reparo alguno en entrete­nerse en ellas. Pero en realidad de verdad, estas pequeñeces gravan más nuestro espíritu que los asuntos de mayor monta que suelen ocupar a las gentes del siglo hasta enajenarse por ellos. Por­que impiden al monje, limpio de las heces del mundo, remontarse libremente hacia Dios. En definitiva, aquí es a donde debe tender él con toda la fuerza de su ser, de tal forma que el apartarse de este bien soberano—aunque no sea más que un ápice—debe reputarlo como una auténtica muerte y como el peor de todos los males.

Cuando el monje, después de verse libre de los lazos de las pasiones, permanezca fijo en esta paz, cuando su corazón sea arrebatado hacia el único Bien supremo, habrá cumplido en sí mismo la palabra del Apóstol: «Orad sin ce­sar» 11; y: «Orad en todo lugar, levantando las manos puras, sin ira ni discusiones» “.

Efectivamente, el alma queda como abismada    421   y absorbida, si vale la expresión, en esta pureza. De la condición terrena a que su natural pro­pende, surge y se muda en otra semejanza espi­ritual y angélica. En lo sucesivo, todos sus sentimientos, sus palabras y sus actos son una ora­ción purísima y aquilatada, sin mezcla de sen­timientos bastardos.

 

QUE ES MÁS DIFÍCIL LA GUARDA DE LOS BUENOS
PENSAMIENTOS QUE EXCITARLOS

VII. GERMÁN. Ojalá tuviéramos la mis­ma facilidad en conservar los pensamientos san­tos, que tenemos, por lo común, en concebirlos. Porque apenas se insinúa en nosotros el recuerdo de una palabra de la Escritura o de una buena acción, o la contemplación de los misterios sobre­naturales, en el mismo instante se hacen huidizas y se desvanecen como por ensalmo. Descubrir una fuente nueva e introducirse en seguida la distracción es una misma cosa. Y aun con oca­sión de otros pensamientos espirituales, los que había logrado guardar al principio nuestra mente, se esfuman tarde o temprano, cuando la incons­tancia les depara la fuga.

El alma es incapaz de concentrar su atención. Ni • depende de su albedrío dar consistencia a sus buenos pensamientos. Inclusive, cuando pa­rece retenerlos con más o menos fortuna, es creíble que no son fruto de su industria, sino   422         que los ha captado al azar[245] 13. Y ¿cómo atribuir su origen a nuestra libre voluntad, cuando de hecho el conservarlos no depende de nosotros?

Pero me temo que el examen de este aspecto nos lleve demasiado lejos. Con lo cual no ha-riamos más que demorar la elucidación que nos has prometido sobre la naturaleza de la plegaria. Será, pues, mejor que lo reservemos para estu­diarlo a su debido tiempo.

Por el pronto, te pedimos encarecidamente que nos digas en qué consiste la oración. Tene­mos una razón de peso para hacerlo así en la admonición que nos hace San Pablo al decirnos que no debemos interrumpirla jamás: «Orad —dice—sin intermisión.» De ahí nuestro deseo de que nos instruyas sobre su naturaleza y sobre las cualidades que deben adornarla. Y también, por supuesto, sobre el medio de perseverar en ella hasta devenir continua y habitual.

Estamos persuadidos de que no llegará nunca a la oración perfecta quien no se aplique a ella con íntima tensión del corazón. Es éste un hecho que atestigua la experiencia cotidiana, no menos que tus palabras autorizadas. Has dicho que el   423   fin y la más alta perfección del monje radica en la oración perfecta.

VIII. ISAAC. Es poco menos que imposi­ble distinguir todas las formas de oración. A no ser, claro está, que se goce de una pureza de corazón consumada y nos ilumine la luz del Espíritu Santo. Su número corresponde a los diferentes estados o disposiciones en que se halla un alma, o mejor dicho, todas las almas. Pero, aunque soy incapaz de columbrarlas todas, debi­do a la insensibilidad de mi corazón, procuraré, sin embargo, describirlas en la medida que me lo permita mi escasa experiencia.

La oración es correlativa del grado de pureza a que ha llegado el alma. Sigue, por lo mismo, cauces distintos, aun cuando ello sea debido a influencias extrañas o espontáneas, es decir, a impresiones de cosas exteriores que le acontecen o de fenómenos interiores que la modifican. Es indudable que nadie permanece idéntico a sí mismo en todo tiempo. Por tal razón, la oración es varia según el clima espiritual en que vivimos. Se ora muy diferentemente cuando se está alegre que cuando se está triste, bajo la impresión del desánimo. Oramos de una manera cuando nos acarician los éxitos espirituales, y de otra cuando nos aplasta el peso de la tentación; cuando im­ploramos el perdón de los pecados y cuando pe­dimos una gracia, una virtud o la extinción de un vicio cualquiera. Uno es el modo de orar    424         cuando nos animan sentimientos de compunción que excita el pensamiento del infierno y el temor de la justicia, y otro, cuando flagramos en deseos de la esperanza de los bienes futuros. Oramos de una manera cuando nos hallamos frente a frente con la adversidad y el peligro, y de otra cuando nos sentimos en medio de la paz y la seguridad. En fin, no es igual nuestra oración cuando nos sentimos inundados de luz por la revelación de los misterios celestes, que cuando nos vemos paralizados por la esterilidad y las sequedades del espíritu.

DE CUATRO ESPECIES DE ORACIÓN

IX. He expuesto los diversos modos de ora­ción. Aunque no según exige la amplitud de la materia, sino en cuanto lo consiente la premura del tiempo y mi obtusa inteligencia. Nos sale ahora al paso una dificultad mayor: analizar en particular los diversos géneros de oración.

El Apóstol distingue cuatro: «Ante todo ruego que se hagan peticiones, oraciones, súplicas y acciones de gracias»[246] “. Indudablemente, esta di­visión no es arbitraria. Primero, procede inda­gar lo que significan los términos «suplicación», «oración», «intercesión» y «acción de gracias». De seguida estudiaremos si en la plegaria hay que adoptar a un tiempo estas cuatro especies           425   de oración o si será mejor hacer uso de ellas alternativamente. Es decir, si es menester unas veces detenerse en la súplica y otras en la ora­ción; insistir unos días en la plegaria de inter­cesión y otros en la acción de gracias. O bien, si es mejor invertir el tiempo ofreciendo unas veces a Dios súplicas y otras oraciones, ahora inter­cesiones, después acciones de gracias. Y todo ello, si debe practicarse en función de la edad o del grado de perfección a que ha llegado cada cual, siguiendo los impulsos de su corazón.

X. La primera cuestión que hay que ventilar versa sobre el sentido exacto de los términos. Ante todo debemos subrayar la diferencia que hay entre orar, suplicar, interceder. Luego, im­porta discriminar si estos actos se realizan sepa­radamente o todos a la vez; y según esto, ave­riguar si el orden establecido por el Apóstol encierra alguna enseñanza especial para los fie­les, o más bien hay que interpretar esa gra­dación de forma más simple, o si es admisible que San Pablo la estableciera al desgaire y sin atención especial [247]15.       426       

Esta última hipótesis es, a mi juicio, poco menos que absurda. No cabe que el Espíritu Santo haya hablado por boca del Apóstol a la ligera y sin motivo.

Volvamos, pues, sobre cada una de estas for­mas de oración, tratándolas con el favor de Dios, según el orden indicado.

DE LA PETICIÓN Y ORACIÓN

  1. «Te ruego ante todo que se hagan pe­ticiones.» La petición es el grito, la plegaria que pide perdón por los propios pecados. Es el ruego apremiante con que, compungidos, imploramos el perdón de todos ellos, tanto presentes como pretéritos.
  2. La oración, en cambio, es el acto por el cual ofrecemos o dedicamos alguna cosa a Dios. Los griegos la llaman euxh, es decir, «voto», Donde el griego escribe tas euxas mou tw kuriw) apodwsw en el latín se lee: Vota me Domino reddam, «cumpliré los votos que he hecha al Señor»[248] 1°. Lo que en rigor podría expresarse así: «Cumpliré las oraciones que he prometido al Señor.» Se encuentra todavía en el Eclesias­tés: «Si haces voto a Dios, no tardes en cum­plirlo» 17. En griego, en cambio, se dice como      427   en el texto arriba aducido: ean euxh euxj kuriw O sea: «Si prometes una oración al Señor, no difieras su cumplimiento.»

Por lo que a nosotros toca, he aquí cómo cumpliremos este precepto. Oramos cuando re­nunciamos al mundo y nos comprometemos so­lemnemente a morir a sus actos y a sus máximas, para servir al Señor con todo el ardor de nuestra alma. Oramos cuando prometemos renunciar a la gloria del mundo y pisotear las riquezas de la tierra, con el propósito de adherirnos al Señor por la contrición y pobreza de espíritu. Oramos cuando hacemos voto perpetuo de castidad per­fecta y guardar una paciencia inalterable, y cuando nos resolvemos a desarraigar por com­pleto de nuestro corazón las raíces de la ira y de esta tristeza que engendra la muerte.

Si, infieles a nuestra promesa, la relajación nos enerva y volvemos a nuestro antiguo modo de vivir, nos haremos reos de nuestra oración y de nuestros votos, y podrá decirse de nosotros: «Mejor es no prometer que dejar de cumplir lo prometido.» Palabras que, según el griego, podrían expresarse así: «Mejor es no orar, que hacerlo y ser infiel.»

 

DE LA INTERCESIÓN Y ACCIÓN DE GRACIAS

XIII. En tercer lugar figura la intercesión. Es la plegaria que solemos elevar a Dios en    428               favor de los demás, movidos por el entusiasmo del fervor que anima y caldea el alma. Y ello, ya sea que nuestros ruegos se refieran solamente a aquellos que nos son caros, ya sea que tengan por objeto la paz del mundo o—para usar el lenguaje de San Pablo—comprendan «la huma­nidad entera y los reyes y personajes constituí-dos en dignidad» 18.

  1. En cuarto lugar están las acciones de gracias. Cuando el alma recorre con la imagi­nación los beneficios que antaño recibió de Dios y considera aquellas gracias de que la colma en el presente, o cuando endereza su mirada hacia el porvenir sobre la infinita recompensa que prepara el Señor a quienes le aman, le da gracias en medio de indecibles transportes de alegría. Incluso acontece a veces que este pen­samiento la invita a rogar con más íntima efusión del corazón. Porque al contemplar con una vi­sión aquilatada y pura el galardón reservado a los santos en el cielo, se siente movida a entonar a Dios un himno de acción de gracias a impulsos de una alegría sin límites.
  2. He ahí, pues, cuatro veneros inagotables de oración, que son causa de muy devotas         429   consideraciones y plegarias[249] 19. Porque la súplica es origen del arrepentimiento y compunción de los propios pecados; el estado de oración que deriva de una conciencia pura es hijo de la lealtad en las ofrendas y de la fidelidad en las promesas; la intercesión nace del ardor de la caridad, y la acción de gracias—que es producida por la visión de los beneficios de Dios—procede de su bondad y grandeza. Y las cuatro cristalizan en plegarias fervientes y afectos acendrados de ca­ridad

.Ahora bien: no es dudoso que todas pueden ser útiles y hasta indispensables a cada cual en particular. Y cabe en lo posible que una misma alma, habida cuenta de las diversas alternativas por las que pasa su vida, ofrezca las más fer­vientes súplicas, oraciones e intercesiones. No obstante, la primera forma parece más en con­sonancia con los principiantes que viven a mer­ced todavía de los embates de los vicios y a quienes asedia aún el remordimiento. La se­gunda se armoniza muy bien con aquellos que han progresado ya en la búsqueda de la virtud, columbrando ya sus cimas. La tercera conviene   430   a aquellos cuya vida está de acuerdo con sus promesas. La fragilidad del prójimo aviva en ellos el ardor de su caridad y ‘les mueve a interceder por sus semejantes. La cuarta es pa­trimonio de aquellos que han desarraigado de su corazón la espina pungente que hundía en él su conciencia intranquila. Sumidos en una calma perdurable, su alma pura va desgranando la suma de misericordias que ha derramado sobre ellos el Señor en el pasado, las que al presente les depara y las que seguirá prodigándoles en el futuro. Su corazón se inflama y es arrebatado en esta oración por un fuego que el lenguaje hu­mano no puede explicar.

A veces, al llegar el alma a este estado de verdadera pureza, y a medida que se arraiga en él, afloran al mismo tiempo en su más honda intimidad todas las formas de plegaria. Como una llama imperceptible y devoradora, va de una a otra con una velocidad asombrosa. Se desahoga en preces vivas y puras, que el mismo Espíritu Santo—sin darnos cuenta—dirige en mística exhalación a Dios con gemidos inenarra­bles. En este solo instante de inefable oración concibe y al propio tiempo deja desbordar de la entraña misma de su ser tantos sentimientos, que le es imposible en otro momento, no digo ya expresarlos, pero ni siquiera recordar.

Cabe también en lo posible que llegue el alma a la oración intensa y pura, cualquiera que sea el estado en que se encuentra, incluso en el primero     431   y más humilde, cual es la meditación del juicio. Mientras tiembla de horror y espanto ante la idea del terrible examen y del castigo reservado a los culpables, se siente de pronto profundamente compungida y galvanizada. Al humilde ejercicio de rogar por sus pecados su­ceden oleadas de alegría y entusiasmo. Al igual que aquélla, que en la pureza de su corazón considera las grandezas de Dios y se derrite a un tiempo en la alegría y gozo inefables que inundan todo su ser. Según la palabra del Se­ñor, comienza a amar más porque ve que se le ha perdonado más [250]“.

XVI. Debemos, no obstante, tener nuestras preferencias. Nos conducirán por nuevos cauces de vida interior y hacia la práctica perfecta de las virtudes aquellas formas de oración que tienen su raigambre en la contemplación de los bienes eternos y en el ardor de la caridad, O bien, para adaptarnos a la capacidad de los principiantes, aquellos modos de plegaria que tienen su origen en el deseo de adquirir una virtud o de extirpar una pasión.

Efectivamente, no podríamos llegar a aquella oración sublime de que hablamos al principio si no pasáramos antes por estas peticiones previas, que tienen la virtud de elevarnos paulatinamente y por grados hasta ella.   432

EL EJEMPLO DEL SEÑOR

XVII. El mismo Señor se ha dignado ini­ciarnos en estas cuatro especies de oración, dán­donos ejemplo de ello. También aquí se ha cum­plido lo que se dijo de El: «Todo lo que Jesús hizo y enseñó desde su principio» “.

Adopta la oración de súplica en estas pala­bras: «Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz» “. Y en estas otras que el Salmista pone en sus labios: «¡Oh Dios, Dios mío, vuelve a mí tus ojos. ¿Por qué me has desamparado?»  Y así, en muchas otras.

Modelo de oración lo encontramos en este pasaje: «Yo te he glorificado sobre la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar». Y aun en este que leemos poco des­pués: «Y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados de verdad» “.

El Señor intercede cuando dice: «Padre, aque­llos que tú me has dado, quiero que donde esté yo estén ellos también conmigo, para que vean mi gloria, que tú me has dado» . Y asimismo   433   en otro lugar: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» [251]27.

Y he aquí un ejemplo de acción de gracias: «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y discretos y las revelaste a los pequeñuelos. Sí, Padre, porque así te plugo» 28. O también cuando exclama: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; bien es verdad que yo sé que siempre me oyes» “.

Pero aun admitiendo, como hemos indicado, que era lícito separar estas cuatro especies de oración para hacerlas en distintos momentos, el Señor, con su conducta, nos ha enseñado que podían barajarse en una sola plegaria perfecta. Me refiero a la que leemos al final del Evan­gelio de San Juan 30. En ella vuelca el Señor toda la efusión de su corazón. El pasaje es de­masiado extenso para aducirlo aquí íntegro. Mas quien lo analice con cuidado reconocerá por la misma trama del texto que es así como decimos.

San Pablo, en la epístola a los filipenses, ex­presa evidentemente la misma idea, al mentar, aunque en un orden un tanto diverso, estos cuatro géneros de oración. Muestra bien a las claras que deben alguna que otra vez fundirse en una      434         misma e idéntica súplica: «En todo presentad a Dios vuestras peticiones por medio de la ora­ción y de la plegaria, acompañadas de acción de gracias»[252] 31. Con ello ha querido enseñarnos de un modo particular que en la oración y la sú­plica, la acción de gracias debe conjugarse con la petición.

XVIII. A estos diversos géneros de oración seguirá un estado más sublime y más excelso todavía, que consiste en la contemplación de sólo Dios. Parte del ardor de la caridad. El alma se esponja y se abisma en la santa dilec­ción, dialogando con piedad y familiaridad sumas con Dios como con su propio Padre.

Es para nosotros una obligación tender a ese sublime estado. La fórmula de la plegaria del Señor nos lo enseña al decir: «Padre nuestro». Confesamos que el Dios y Señor del universo es nuestro Padre. Con ello proclamamos que he­mos sido llamados de la servil condición de es­clavos a la de hijos adoptivos.

Añadimos: «Que estás en los cielos». El tiem­po de nuestra vida no es más que un destierro, y esta tierra, una mansión extraña, que nos se­para de nuestro Padre. Debemos odiar cordial­mente esta separación, suspirando por llegar a aquella región celeste en donde confesamos que vive nuestro Padre. Que nada en nuestra 435   conducta nos haga indignos de la profesión que ha­cemos de ser sus hijos y de la nobleza de seme­jante adopción. No suceda que, como a hijos infieles, nos prive de su herencia, incurriendo en su ira y en la severidad de su justicia.

Una vez arribados a esta alta dignidad de hijos de Dios, sentiremos consumirnos en esa piedad y ternura que reside en el corazón de todo hijo bien nacido. Entonces, sin pensar ya más en nuestros intereses, nuestro único an­helo será la gloria de nuestro Padre, y diremos: «Santificado sea el tu nombre». Con lo cual testificamos que su gloria es todo nuestro gozo y todo nuestro afán, imitando a aquel que ha di­cho: «El que de sí mismo habla, busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que le ha enviado, ése es veraz, y no hay en él injusticia» [253]32.

Lleno de tales sentimientos, San Pablo, ese gran vaso de elección, llega incluso a suspirar por ser anatema de Cristo 33, con tal de poder ganar un día una familia numerosa y aumentar la gloria de su Padre por la salvación de Israel. Puede desear morir por Cristo quien sabe muy bien que es imposible perderse por aquel que es la Vida. Y añade aún: «Nos gozamos siendo nosotros débiles y vosotros fuertes» 34.    436

Por lo demás, ¿de qué maravillarse que San Pablo desee ser anatema por la gloria de Cristo, para la conversión de sus hermanos y la salva­ción de su gente? ¿Por ventura el profeta Mi­queas no deseaba también aparecer mentiroso y aun verse privado de la inspiración divina con tal que la nación judía pudiera escapar a los su­frimientos y a los desastres de la cautividad que él mismo había predicho con sus oráculos? «Plu­guiera a Dios—exclama—que no fuera yo un hombre que tiene el espíritu profético, sino que fuera falso lo que digo»[254] 35. Y paso en silencio el hermoso gesto del gran legislador Moisés. Si sus hermanos han de morir, no rehúsa sufrir la mis­ma suerte: «Señor—afirma—, cometió este pue­blo un gran pecado. O perdónale este crimen, o si no lo haces, bórrame del libro tuyo que escri­biste.»

Las palabras «Santificado sea el tu nombre» podrían, asimismo, entenderse en el sentido de que Dios es santificado por nuestra perfección. Decirle, pues, «Santificado sea el tu nombre» equivaldría, en otros términos, a decirle: «Padre, hacednos tales que merezcamos conocer, captar la grandeza de tu santidad, probando que e santo en nuestro modo de proceder, y que santidad tenga su eclosión y aparezca en nuestra vida.» Esto es lo que se cumple en nosotros de una manera eficaz cuando «los hombres   437   en nosotros nuestras buenas obras y glorifican a nuestro Padre que está en los cielos»[255] 36.

XIX. La segunda petición de un alma pura es desear que llegue cuanto antes el reino de su Padre. Con estas palabras pone la mira en pri­mer término en el reino establecido cada día por Cristo en el alma de los santos.

Una vez el demonio ha sido expulsado de nuestro corazón con los vicios que en él impe­raban, Dios establece su soberanía en nosotros, al tiempo que se difunde en nuestro interior la mística fragancia de las virtudes. A la fornica­ción vencida sucede la castidad; superada la ira, asienta la paz sus reales; sobre las ruinas de la soberbia se cierne el reino de la humildad.

Puede asimismo interpretarse del reino que ha sido prometido con anticipación a todos los perfectos y en general a todos los hijos de Dios. Un día les dirá Cristo: «Venid, benditos de mi Padre; poseed el reino que se os ha pre­parado desde la creación del mundo» 37.El alma tiene fijas sus pupilas en ese término feliz y arde en deseos de alcanzarle, diciendo, mientras espera: «Venga a nos el tu reino». Sabe perfec­tamente, por el testimonio de su conciencia, que cuando suene la hora y aparezca, entrará a for­mar parte de este reino.    438

Por lo demás, ningún pecador se atreverá ja­más a pronunciar estas palabras ni a desear con eficacia su cumplimiento. Es que la vista del tri­bunal es odiosa para quien presume que no habrá palma ni corona para recompensar sus mé­ritos al llegar el juez, sino un castigo que ven­gará, fulminante, sus delitos.

XX. La tercera petición de los hijos es ésta: «Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo». No cabe oración más alta que desear que la tierra merezca igualarse al cielo. Porque, ¿qué otra cosa es decir «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo», sino que los hom­bres sean semejantes a los ángeles, y que, como éstos hacen en el cielo la voluntad divina, así los hombres cumplan también sobre la tierra no su propia voluntad, sino la de Dios?

Nadie podrá pronunciar del fondo de su co­razón estas palabras, sino sólo quien crea que Dios dispone todas las cosas en este mundo para nuestro bien, ya sean alegrías o infortunios; que se muestra más próvido y solícito por la salud e interés de aquellos que le pertenecemos, que nosotros mismos podemos tener.

También puede entenderse esta petición en 4 sentido de que la voluntad de Dios es que todos. se salven, según aquella sentencia de San Pablo: «Quiere que todos los hombres sean sal­vos y vengan al conocimiento de la verdad» [256]36.      439

El profeta Isaías habla asimismo de esta volun­tad divina, cuando hace decir a Dios Padre: «Se hará siempre y en todo mi voluntad»[257] 39. Al de­cir, pues, «hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo», equivale a formular, en otros términos, esta petición: «Como son bienaventu­rados y se salvaron los que hoy están en el cielo, así, oh Padre, lo sean también, por medio de tu conocimiento, los que moran en la tierra.»

DEL PAN SOBRESUSTANCIAL O DE CADA DÍA

XXXI. A continuación, decimos: «Danos hoy el pan nuestro sobresustancial», que, según otro evangelista, es: «Nuestro pan de cada día.»

El primer calificativo señala la nobleza de su sustancia, que le eleva por encima de cualquier otra criatura, y hace que exceda por su sublime grandeza y santidad a todo lo creado 40. El se­gundo caracteriza el uso que hacemos de él y su   440     utilidad. La palabra «cotidiano» indica que sin pan nos es imposible vivir un solo día en la vida sobrenatural. En cuanto al término «hoy», mues­tra que debemos alimentarnos con él diariamen­te, y que no será suficiente haberlo recibido ayer si no se nos da igualmente hoy. Que la ne­cesidad cotidiana que de él tenemos nos advierta que debemos hacer en todo tiempo esta plegaria. Porque no hay día en que este pan no nos sea necesario para afianzarnos en nuestro hombre interior.

Sin embargo de ello, la palabra «hoy» puede entenderse también de la vida presente, como si dijera: «Mientras moramos en este mundo, da­nos este pan. Seguros estamos de que lo darás por toda la eternidad a los que lo habrán mere­cido. Pero te rogarnos que nos lo concedas desde hoy, porque quien no haya procurado merecerlo en esta vida no tendrá parte en él en la otra.»

 

SOBRE ESTAS PALABRAS «PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS»

XXII. «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» ¡Oh bondad inefable de Dios, que no solamente nos brinda con esto un modelo de plegaria, sino también instituye la regla de vida por la cual podemos ser agradables a sus ojos! Además, por la exhortación tan apremiante que nos hace de        441   usar constantemente de esa fórmula de oración, arranca de raíz la íra y la tristeza.

Más aún. Al rogarle nos conceda lo que pe- dimos, nos da ocasión y nos abre camino para in­ducirle a ejercer sobre nosotros un juicio indul­gente y compasivo. En cierto modo nos da el poder de templar el rigor de nuestro juez y ate­nuar nuestra sentencia, puesto que le movemos al perdón, alegando el ejemplo de nuestra propia indulgencia, al decirle: «Ρerdónanos como nosotros perdonamos».

Apoyándose en esta plegaria podrá con fiducia implorar el perdón de sus culpas aquel que se haya mostrado misericordioso con sus deu­dores. Digo indulgente con sus deudores, no con los de Dios. Porque se echa de ver en muchos una conducta censurable: solemos mostrarnos llenos de benignidad e indulgencia cuando se trata de perdonar las injurias hechas a Dios, por enor­mes que sean; y, en cambio, con un rigor inape­lable, exigimos reparación cuando se tata de una ofensa que nos afecta directamente a nosotros, por insignificante que sea.

Según esto, a todo aquel que no haya per­donado del fondo de su corazón los agravios que le ha hecho su hermano, esta plegaria no le ob­tendrá el perdón, sino su condenación. Es lógico. Porque al obrar así pedirá que le juzguen con mayor rigor, pues es como si dijera: «Perdóname como yo perdono.» Si se le tata como él pide, ¿qué otra cosa puede sobrevenirle, sino que,    442   a ejemplo suyo, Dios se muestre inexorable en su ira y pronuncie contra él una sentencia irre­misible? Si deseamos ser juzgados con clemencia es preciso que seamos clementes con aquellos que nos han hecho alguna afrenta. Se nos per­donará en la medida en que perdonáremos a los que nos han hecho algún mal, sea cual fuere su malicia[258] 41.

Muchos tiemblan al pensar en esto. Y así, cuando en la sinaxis el pueblo recita de consuno el «Padre nuestro», dejan de pronunciar estas palabras a sabiendas, por temor a conde­narse a sí mismos con sus propios labios, en lu­gar de granjearse el perdón. Pero no (dan cuenta de que eso no es más que un ναno artificio, una vana sutileza, que no puede ocultar su con­ducta a los ojos del soberano juez, que de antemano ha querido mostrar a aquellos que le invocan la manera como les ha de juzgar. Como no quiere que le encontremos un día severo e in­abordable, nos ha indicado la regla de sus juicios, para que, de la manera que deseamos que El nos juzgue, juzguemos también a nuestros hermanos. «Porque sin misericordia será juzgado el que no hace misericordia» 42    443

 

SOBRE ESTAS PALABRAS: «Υ ΝΟ NOS DEJES CAER
EN LA TENTACIÓN»

XXIII. La petición que sigue después, «Y no nos dejes caer en la tentación», plantea un difícil problema. Si rogamos a Dios que no permita seamos tentados, ¿qué prueba daremos de nuestra constancia? Porque está escrito: «Todo hombre que no ha sido tentado, no ha sido por lo mismo probado»[259] 43.Υ también: «Feliz el hombre que sufre la tentación» “.

Sin embargo, y a decir verdad, la frase en cuestión no significa «no permitas que seamos tentados jamás», sino más bien «no permitas que al ser tentados seamos vencidos». Job fue tentado, pero no fue inducido a la tentación. De hecho, no acusó a la Sabiduría divina, ni dirigió sus pasos por la senda de la impiedad y de la blasfemia, hacia la cual quería empujarle el tentador. Abraham fue tentado; lo fue asimismo José. Νi uno ni otro fue inducido a ‘tentación, porque ninguno de los dos dio su asentimiento al tentador.

Finalmente, la última petición, «Μas líbranos de mal», equivale a decir: «No permitas que seamos tentados por encima de lo que podemos     444    resistir, sino que con la tentación danos también favor para que podamos sufrirla y vencerla.»

* * *

  1. Tal es la breve fórmula de oración que nuestro juez nos ha dado, y que debemos adoptar a pie juntillas Para rogar en su presencia. No se nos dice que pidamos riquezas; no se hace en ella mención alguna de dignida­des, fortaleza, potencia. Νi por asomo se habla en ella de la salud física o larga vida. Quien ha hecho la eternidad no quiere que se le pida nada perecedero, nada vil, nada que pase con el tiem­po. Y sería una injuria sin precedentes a su ge­nerosidad y munificencia omitir esas peticiones que nos hablan de perennidad, para solicitas más bien de él algún bien vano y transeúnte. Seme­jante ligereza de alma en la plegaria atraería la cólera de nuestro juez, más bien que granjear nos su amor.

DE UNA ORACIÓN MÁS SUBLIME QUE EL ΡΑDRΕ ΝUESTRΟ

  1. Aunque esta plegaria entraña en sí to­da la plenitud de la perfección, pues es el mismo Señor quien nos ha dado el ejemplo y el precepto a la par, no obstante, todavía puede elevar a un rango de Vida más sublime a aquellos

α    quienes deviene familiar. Les encumbre, en   445    efecto, hasta aquel estado supereminente de que hablábamos antes, hasta aquella oración de fue­go, de pocos conocida y ejercitada, y que, hablando con propiedad, podríamos calificar de inefable. Sobrepuja todo sentimiento humano. Porque no consiste ni en sonidos de la voz, ni en movimientos de la lengua, ni en palabras articuladas. El alma, sumergida en la luz de lo alto, no se sirve ya del lenguaje humano, siempre efímero y limitado. Τoda su plegaria se des­envuelve en afectos del alma Esta oración viene a ser en ella como un hontanar inagotable de donde el afecto y la oración fluyen a raudales y se precipitan de una manera inenarrable en Dios. Dice tantas cosas en un breve instante, que no podría en modo alguno expresarlas, ni siquiera recorrerlas después en su memoria cuando vuelve sobre sí.

Nuestro Señor nos muestra en sí mismo este estado de oración cuando se retira a la soledad de la montaña para orar en silencio. Y también cuando en la agonía del huerto derrama gotas  sangrientas de sudor, dándonos un ejemplo inimitable del ardor intenso que informaba su al­tísima oración.

 

DE DIVERSAS MANERAS CÓMO EL ALMA SE EXCITA
A LA ORACIÓN Notas

XXVI. ¿Quién podrá, por grande que sea su experiencia, describir las múltiples formas que    446    reviste la comρunciόn? ¿Quién podrá analizar a satisfacción el origen γ las causas de ese sentimiento capaz de arrebatar el corazón de encendido ardor y hacerle suspirar en plegarias tan puras como fervientes? Voy a decir alguna cosa a guisa de ejemplo, según la luz que el Señor quiera darme para acordarme de ello.

En ocasiones, salmodiando, un simple versículo de un salmo ha bastado para situarme en esa oración de fuego. A veces la voz melodiosa de un hermano ha despertado a las almas de su letargo y ha sido parte para encender en ellas una ardiente plegaria. Μe consta, asimismo, que una salmodia imponente y grave ha excitado alguna vez el fervor, incluso en aquellos que no hacían sino escucharla pasivamente. De igual modo, las exhortaciones γ conversaciones espirituales de un hombre consumado en peτfecciόn han motivado una sacudida en espíritus abatidos γ han hecho brotar en ellos un venero de oración. Por lo de- más, la muerte de un monje o de una persona cara ha sido un motivo poderoso para despertar. en mí asentimientos de verdadera compunción Parejamente he comprobado que el recuerdo de mi tibieza γ de mis negligencias enciende a veces en mi corazón un ardor saludable. Por eso, no cabe duda de que no faltan ocasiones innúmeras para salir de nuestra tibieza, mediante la gracia de Dios, sacudir así la somnolencia.

XXVII. No es menos difícil indagar el modo    447   cómo brotan del santuario íntimo del alma los diversos géneros de compunción. Α menudo se revela su presencia por un gozo imponderable y por una intima alacridad de espíritu. Tanto es así, que esa alegría, por ser tan vehemente y cá­lida, se hace insufrible. Entonces prorrumpe el alma en gritos de puro gozo, llegando hasta la celda vecina la noticia de su dichosa embriaguez.

A veces, por el contrario, el alma desciende a los abismos del silencio y se mantiene en una actitud callada y silenciosa. De pronto, la súbita ilustración de lo alto la llena de estupor y corta su palabra. Todos sus sentidos permanecen ató­nitos en el fondo de sí misma o completamente suspendidos, desahogándose entonces en gemidos inenarrables en la presencia de su Dios.

Otras veces, en fin, la inundan tales afluen­cias de compunción y dolor, que sólo las lágri­mas son un sedante capaz de mitigar su senti­miento.

XXXVIII. GERΜÁΝ. No desconozco del todo, a ρesar de mi pequeñez, cierta experiencia de estos efectos de compunción. Con frecuencia he derramado lágrimas al recordar mis peca­dos. Y la visita del Señor me ha llenado de tal manera de esta alegría inefable de que hablas, que su misma inmensidad me hacía confiar en que Dios me había perdonado esas culpas por­que lloraba. Yo creo que nada sería más sublime   448   que este estado, si pudiéramos renovarlo a vo­luntad.

En circunstancias, movido del deseo de verter de nuevo estas lágrimas de comρunción, pongo en juego todas mis fuerzas. Traigo a mi memoria mis yerros y delitos. Pero todo es inútil. Im­posible encontrar otra vez la fuente de mi llanto. Mis ojos permanecen secos, duros como el pedernal: ni una sola lágrima asoma a ellos. Y así como me produce una alegría sin igual la abundancia de ellas, del mismo modo sufro des­pués al no poder derramarlas cuando quisiera.

XXIX. ISAAC. Las lágrimas no son siem­pre fruto de un mismo sentimiento, ni son algo privativo de una sola virtud. A veces bro­tan de los ojos cuando el recuerdo de nuestros pecados, como una espina lacerante, hiere el corazón. De estas lágrimas se ha dicho: «Consumi­do estoy a fuerza de gemir; todas las noches inundo mi lecho, y con mis lágrimas humedezco mi estrado»[260] 45. Y también: «Derrama día y noche lágrimas torrentes; ¡no te des reposo, no des­cansen las niñas de tus ojos!» 48.Algunas son efecto de la contemplación de los bienes eternos y del afán de sublimación que nos mueve a desear la posesión de la gloria celestial. Εntonces es cuando manan con más abundancia, merced    449   a la dicha inefable y a la alegría sin límites que experimentamos. Nuestra alma siente una sed devoradora cuanto insaciable del Dios vivo, y le hace exclamar: «¿Cuándo vendré y veré la faz de Dios? Mis lágrimas son día y noche mi pan» “. Y prorrumpe día tras día entre gemi­dos: «¡Ay de mí!, que se ha prolongado mi des­tierro; mucho anduvo mi alma en el exilio» [261]48.

En ocasiones, aunque nuestra consciencia no se reprocha falta alguna mortal, sin embargo, el temor del infierno y el pensamiento del juicio provocan en nosotros lágrimas de compunción. Lleno de este asentimiento de terror, el Profeta dirige a Dios esta plegaria: «No entres en juicio con tu siervo, pues ante ti no hay nadie justο» 49.

Hay todavía otro género de lágrimas. Son las que fluyen espontáneas, no por los pecados propios, sino por la malicia y dureza de los ajenos. Así Samuel llorando sobre Saúl. Así el Señor en el Evangelio al llorar sobre Jerusalén. Y retrοcediendo a épocas anteriores, vemos a Jere­mías, de quien son estas palabras: «¡Quién me diera que mi cabeza se hiciera agua, y mis ojos fuentes de lágrimas, para llorar día. y noche a los muertos de la hija de mi pueblo!» 50 Fruto del mismo pesar son las lágrimas de que se     450   habla en el salmo ciento uno: «Como el pan cual si comiera cenizas, y mi bebida se mezcla con lágrimas»[262] 51

Consecuencia de un sentimiento diametralmente opuesto son las que hacen estallar en gemidos, en el salmo sexto, al Salmista peni­tente. Τales son las lágrimas del justo oprimido bajo el peso de las congojas y aflicciones de este mundo. Lo cual queda de manifiesto no única­mente en el texto, sino, incluso, en el mismo título del salmo, que dice: «Oración de un pobre afligido que eleva a Dios sus plega­rias» 52.Α este pobre alude el Evangelio cuando afirma : «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» 5 3

XXX. Entre estas lágrimas que brotan con naturalidad y las que se procuran cuando el corazón permanece duro y los ojos secos, media un abismo. No hay que creer, sin embargo, que sean del todo inútiles. Ρueden, en efecto, buscarse, con buena intención, sobre todo por aquellos que no han podido alcanzar aún la ciencia perfecta ni están ρurificados de sus vicios ρasados o actuales. Μas aquellos que han llegado al amor de la virtud, no deben torturarse así, ni   451   aficionarse bajo ningún pretexto a las lágrimas del hombre exterior.

Por más que se consigan, no tienen, ni con mucho, punto de comparación con la efusión natural de las lágrimas. Antes bien, el esfuerzo que reclaman distrae al alma de la oración, haciéndola resbalar en pensamientos humanos. La desalojarán después de la cumbre sublime en que debe permanecer invariablemente fija, precipitándola en un relajamiento de su misma oración. Así se fatigará inútilmente hasta enfermar a cansa de esas lagrimitas forzadas y estériles.

SENTENCIA DEL ABAD ANTONIO SOBRE LA ORACIÓN

XXXI. Pero para que tengáis una visión clara de lo que es la verdadera oración, voy a citar una sentencia que no es de mi propia cosecha, sino del bienaventurado Antonio.

Le vi permanecer mucho tiempo en la plegaria. Y con tal ardor que a menudo los primeros rayos del sol naciente le sorprendían en sus éxtasis. Y en una de esas ocasiones le oí exclamar en el fervor de su espíritu: «¡Oh sol!, ¿por qué vienes a turbarme? ¡Te levantas tan temprano únicamente para arrancarme las claridades de la verdadera luz!»

Suya es también esta palabra, más divina que humana, sobre el grado más elevado de la plegaria: «La oración—decía—no es perfecta mientras el monje tiene conciencia de sí mismo y    452    se da cuenta de que ora» [263]. Y si aun, a pesar de mi cortedad, y a trueque de parecer audaz, se me permite agregar alguna cosa a esta sen­tencia admirable, diré lo que la experiencia me ha revelado sobre las señales por las cuales se conoce que una oración ha sido acogida por el Señor.

XXXII. Si ninguna duda asalta nuestra oración, y ningún pensamiento de desconfianza se apodera de nosotros; antes, al contrario, te­nemos el sentimiento íntimo de haber obtenido lo que solicitamos en la efusión misma de nuestra plegaria, entonces ésta—no lo dudemos—ha sido eficaz cerca de Dios.

Porque lo que hace que seamos oídos y ob­tengamos lo que deseamos es la fe en la mirada de Dios sobre nosotros y la confianza de que tiene poder de concedernos lo que pedimos. Nuestro Señor no puede retractar 55 el contenido         453   nido de aquella sentencia suya: «Todo lo que pidáis al orar, creed que lo tendréis y se os dará»[264] 56.

GERMÁN. Esta confianza de ser oídos deriva, creo yo, de la pureza de conciencia. Según esto, nosotros, que sentimos aún el aguijón del pecado, ¿cómo podremos tener esa confianza? ¿Qué méritos nos autorizan a presumir que nuestras oraciones van a ser oídas?

ISAAC. Las diversas causas por las que se nos oye en la oración responden de sólito a la variedad de almas y a sus dispares disposiciones. Testigo de ello es el Evangelio y los profetas.

Basta que dos se unan en su plegaria y pidan de común acuerdo una gracia para alcanzarla. Efectivamente, según sentencia el Señor: «Si dos de vosotros conviniereis sobre la tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre, que está en los cielos» 57.

La misma eficacia tiene una fe firme e inquebrantable, que se compara al grano de mostaza: «Si tuviereis fe como un grano de mostaza, diríais a este monte: Vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible» 58. Lo propio se ofrece a esa asiduidad en la oración, es decir,    454   a esa demanda constante y pertinaz que el Señor ha calificado de importuna: «Yo os digo que si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, a lo menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite» [265]59. El mismo efecto surte el mérito de la limosna: «Deposita—dice la Escritura—la limosna en el corazón del po­bre, y ella rogará por ti en el tiempo de la tribulación» “. Eficaces son asimismo la enmienda de la vida y las obras de misericordia, según aquello: «Rompe las ataduras de la iniquidad y trata de deshacer los haces opresores» 61.Y tras algunas frases en que el Profeta fustiga la esterilidad de un ayuno ineficaz, añade: «Entonces llamarás, y el Señor te oirá; clamarás, y El dirá: Heme aquí» “. En fin, a veces es el exceso de la tribulación lo que hace seamos oídos, a tenor de estas palabras: «En la tribulación clamé al Señor, y me oyó» 63.Y en otro lugar: «No mal­tratarás al extranjero, porque si clamare a mí, le oiré, porque soy compasivo» 64.

Por lo dicho hasta aquí podéis comprobar los múltiples medios de obtener la gracia de ser escuchados. Nadie, pues, por graves que sean los remordimientos de su conciencia, debe por      455   eso descorazonarse cuando se trata de la salvación y de los bienes eternos. Convencido estoy de nuestras miserias, y quiero, incluso, admitir que estamos completamente desprovistos de las virtudes de que hemos hablado antes. Ni existe entre nosotros esa inefable unión de dos almas, ni nuestra fe llega a la pequeñez del grano de mostaza. Concedo también que nos son ajenas las obras de caridad y misericordia que describe el Profeta. Pero ¿no podemos usar de esa importunidad que está al alcance de todos? A ella ha vinculado el Señor la concesión de lo que le pedimos. Rechacemos con firmeza las inútiles vacilaciones que pugnan contra la fe. Persistamos a toda costa en la plegaria. No dudemos que si perseveramos en nuestro empeño mereceremos ser oídos en todo aquello que solicitamos según el espíritu de Dios.

Porque es el mismo Señor quien, deseoso de otorgarnos los bienes celestiales, nos mueve en cierta manera a hacerle violencia con nuestra importunidad. Por eso, lejos de ahuyentar a los importunos, les infunde alientos y les encomia, alentándoles con la dulce promesa de concederles todo cuanto habrán esperado con constancia: «Pedid, y recibiréis; buscad, y encontraréis; llamad, y se os abrirá. Porque todo el que pide recibe, quien busca halla y al que llama se le abre»[266] 65.Y aun: «Todo cuanto pidiereis en la    456    oración, creyendo que vais a conseguirlo, lo recibiréis, y nada será imposible para vosotros»[267] “.

Pero si nuestra indigencia es tal que no po­demos alegar ninguno de los títulos a que aludíamos para que nuestra plegaria sea atendida, mantengámonos por lo menos en esta importunidad apremiante. Sin exigir ello un gran mérito ni una labor demasiado pesada, está en nuestra mano. Tengamos por cierto, sin embargo, que nuestra oración no será escuchada mientras abriguemos en nuestro interior la menor duda de que será acogida favorablemente.

También nos recuerda este precepto de perseverar infatigables en la plegaria el ejemplo del profeta Daniel. Atendidas sus súplicas desde el primer instante, no consigue el efecto de su oración sino después de veinte días 67.Lo cual constituye un acicate para nosotros en el sentido de que no debe menguar el ardor de nuestra plegaria, aun cuando el Señor parezca atenderla con lentitud o dilación. Tal vez la divina Pro­videncia permite semejantes dilaciones precisa­mente para favorecernos. Quizá también el ángel a quien incumbe aportarnos el beneficio di­vino, después de salir de su presencia, se ve obstaculizado por la resistencia que opone en nosotros el enemigo común. Y desde luego ten­drá que demorarla y aun dejar de concedernos    457   la gracia que hemos pedido y que debe transmitirnos al tropezar con la tibieza de nuestra oración. Lo que indefectiblemente le hubiera acaecido al Profeta, si con su virtud incomparable no hubiera porfiado en la oración durante ese lapso de veintiún días.

Alejemos de nosotros, por consiguiente, los menores atisbos de desesperación capaces de hacer trepidar la firmeza de nuestra fe. Máxime cuando nos parezca que han sido desatendidas nuestras peticiones. No pongamos entonces en tela de juicio aquella promesa del Señor que dice: «Y todo cuanto con fe pidiereis en la oración, lo recibiréis.[268]»

Menester es, pues, que recordemos de continuo estas palabras de Juan el Evangelista, que anulan toda incertidumbre a este respecto: «Esta es la confianza que tenemos puesta en Dios, que en todo lo que le pidiéremos, según su voluntad, nos oye» “. San Juan sólo exige esta plena y firme confianza en aquello que se ajusta a la voluntad divina, no en aquellas cosas que miran sólo y primordialmente a nuestro bienestar o a nuestra satisfacción temporal. Es lo que el Señor nos hace pedir en su oración: «Hágase tu voluntad.» «Tuya», no «nuestra». Recordemos además esta frase de San Pablo: «Nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene» 69. Nos hace    458    comprender por una parte que a menudo solicitamos cosas que contrarían abiertamente los intereses de nuestra salvación, y por otra que Dios, que conoce mejor que nosotros nuestras necesidades, nos hace un bien inmenso en denegar con miras a nuestro provecho lo mismo que postulamos.

Esto es cabalmente lo que le sucedió al Apóstol de los Gentiles. Pedía verse libre del ángel de Satanás. ‘La voluntad bienhechora de Dios le había puesto junto a él para abofetearle. Y así exclama: «Por eso rogué tres veces al Señor que se retirase de mi (Satanás), y El me dijo: Te basta mi gracia, que en la flaqueza llega al colmo el poder» [269]70.Tal es también el pensamiento que el Señor expresaba en su humanidad, para enseñarnos con su ejemplo, entre otras cosas, la forma de orar, cuando dijo: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz, mas no se haga como yo quiero, sino como Tú» “. Y, sin embargo, su voluntad no discrepaba un ápice de la de su Padre. Por­que había venido a salvar lo que había perecido y dar su vida en redención por muchos. De esta vida suya afirma él mismo: «Nadie me la quita; soy yo quien la doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla» “. Acerca de la unión íntima de su Voluntad con         459   la del Padre, el santo profeta David pone en sus labios en el salmo trescientos nueve este pensamiento: «Para hacer tu voluntad, Dios mío, lo quise»[270] 73. Si del Padre leemos que «de tal modo amó Dios al mundo, que le dio su unigé­nito Hijo» 74, también del Hijo se lee que «se dio a sí mismo por nuestros pecados» 75. Y si del Padre se afirma que «no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nos­otros» “, también se dice del Hijo que «se en­tregó a sí mismo porque quiso» “. La unión sustantiva de voluntad entre el Padre y el Hijo se refleja en todas partes, inclusive en el misterio de la resurrección, donde se nos revela que ambos no tuvieron más que una sola y misma operación. Según San Pablo, es el Padre quien ha resucitado el cuerpo de su Hijo, cuando escribe: «Y Dios Padre que le resucitó de entre los muertos» “. Pero también el Hijo asevera que re­edificará el templo de su cuerpo: «Destruid este templo, y yo, en tres días, lo reedificaré» 79.

Siguiendo, pues, el ejemplo del Señor, debe­mos siempre poner fin a nuestra oración expresando un voto semejante al suyo y asociar a todas    460    nuestras peticiones este deseo: «Pero no se haga corno yo quiero, sino como Tú»[271] 80.Es sabido que éste es el sentido de la triple inclinación 81 que se hace en las asambleas litúrgicas de los monjes al concluir la sinaxis. Y ,es evidente que el monje que no esté absorbido entonces en su plegaria, no podrá ser fiel a esta práctica.

QUE DEBEMOS ORAR EN NUESTRO APOSENTO A PUERTA CERRADA

XXXV. Debemos observar con particular fidelidad el precepto evangélico que nos manda permanecer en el recinto de nuestra habitación, cerrada la puerta, para ofrecer la oración a nuestro Padre. Veamos la manera de dar cumplimiento a esta prescripción del Señor.

Oramos en nuestro aposento cuando ponemos a cubierto nuestro corazón de la realidad circundante, apartándole del tumulto y turbación de pensamientos y cuidados que le solicitan. Lue­go, en la soledad de nuestro interior, manifestamos al Señor en secreto y familiarmente nuestras necesidades. Orar con la puerta cerrada es dirigir nuestras súplicas sin mover los labios, en un perfecto silencio, a Aquel que penetra los corazones, no menos que las palabras.

Oramos en secreto cuando hablamos a sólo Dios con el corazón y la aplicación de la mente, no manifestando más que a El nuestras cuitas, de tal suerte que ni siquiera las potestades ene­migas pueden columbrar nuestra plegaria. Esta es la razón del profundo silencio que debemos observar en la oración. Porque no sólo no debemos distraer a los circunstantes con nuestro susurro y clamor, turbando su atención, sino también celar a nuestros enemigos—que multiplican entonces sus asaltos—el fin e intención de nuestras plegarias. Con esto ponemos en práctica el pre­cepto que dice: «Guarda las confidencias de tus labios aun de la esposa que duerme en tu seno» “.

XXXVI. Por lo mismo, debernos orar con frecuencia, pero con brevedad. Porque prolongando la oración corremos el peligro de que el enemigo, que nos espía de continuo, introduzca en nuestra mente alguna distracción. Este es el sacrificio verdadero, porque «el sacrificio grato a Dios es un corazón contrito»[272] 83.Esta, la oblación     462    saludable, la ofrenda pura, el «sacrificio de justicia»[273] 84, el «sacrificio de alabanza» 85. Ahí están las víctimas enjundiosas, «los holocaustos pingües» “, ofrenda de un corazón contrito y humillado. Si las presentamos a Dios con el fer­vor e intención que hemos dicho, podremos cantar con la plena seguridad de ser atendidos: «Séate mi oración como incienso ante ti, y el alzar a ti mis manos, como oblación vespertina» “.

Pero precisamente la hora en que nos hallamos y la proximidad de la noche nos invitan a cumplir esté deber. Nuestra conferencia se ha prolongado sobremanera, y aunque, según mi corto ingenio, parece que os haya expuesto un sin número de cosas en torno a este tema, en realidad es muy poco lo dicho por tratarse de una materia tan sublime como difícil.

* * *

El discurso del venerable abad Isaac nos había enajenado sin llegar a quedar saciados. Después de celebrada la sinaxis de la tarde, nos fuimos a descansar un poco. Al rayar el alba del día siguiente, partíamos. Pero nos llevábamos la pro­mesa del abad. Nos había dicho que nos haría    463   una exposición más completa en la próxima vi­sita que le hiciéramos. La certeza de recibir aún más doctrina venía a acrecentar la alegría que sentíamos por las enseñanzas que habíamos recibido.

Hasta entonces tan sólo se nos había hablado de la excelencia de la oración. Pero por qué procedimiento y virtud íntima podía llegar a ser continua, permanecía siendo para nosotros un enigma, que esta primera entrevista no nos había esclarecido del todo.

I. Entre las sublimes enseñanzas de estos solitarios, que con el favor divino he consignado —aunque con un estilo harto deficiente—, el orden de la narración me obliga a abordar ahora un punto que a primera vista parecerá menos­cabar la importancia del tema propuesto. Tal vez va a aparecer como un lunar en un bello rostro humano.

Sin embargo, abrigo la esperanza de que los sencillos saquen enseñanzas muy provechosas de lo que dice el Génesis acerca de la imagen de Dios omnipotente en nosotros Tanto más cuanto que esta verdad es de tal trascendencia, que el ignorarla entrañaría una grosera blasfemia, y aun podría ser de grave detrimento para la fe católica.    468

 

DE LA COSTUMBRE QUE EXISTE EN EGIPTO DE
ANUNCIAR LA PASCUA

II. Existe en Egipto esta antigua tradición. El día de Epifanía es, al decir de los sacerdotes de la provincia, el del bautismo del Señor y de su nacimiento según la carne. Por eso este doble misterio no se celebra entre ellos, como en Occi­dente, en dos solemnidades distintas, sino en una sola festividad. Pues bien, después de esa fiesta de Epifanía, el obispo de Alejandría envía letras a todas las iglesias y monasterios del país para notificar las fechas en que principian la Cuares­ma y la Pascua.

Habían transcurrido varios días desde la con­ferencia habida con el abad Isaac. Según cos­tumbre, llegaron de Alejandría las cartas ofi­ciales del obispo Teófilo. Pero, no satisfecho éste con anunciar la Pascua, compuso también un tratado dogmático contra la absurda herejía de los antropomorfitas[274] 2,refutándola con gran copia de argumentos. Esto provocó un general des­contento entre los monjes, cuya simplicidad les había inducido con la mayor buena fe a aquel error

Muy pronto, un gran número de ancianos re­cibieron estas letras de tan mal talante, que opusieron   469   resistencia al obispo, declarando que era reo de grave herejía. Decidieron que toda la comunidad de los monjes debía considerarle como a excomulgado, puesto que contradecía abierta­mente a la Sagrada Escritura, negando que el Dios todopoderoso tenía figura humana, cuando el Génesis dice formalmente que Adán fue creado a su imagen. En una palabra: los monjes que moraban en el desierto de Escete, y eran con­siderados tanto en ciencia como en santidad superiores a los de los monasterios egipcios, re­chazaron de común acuerdo la carta episcopal. Entre los sacerdotes hubo una sola excepción: nuestro presbítero, el abad Pafnucio De los de­más que presidían las otras tres iglesias del yer­mo, ninguno en absoluto permitió leerla o reci­tarla en las asambleas.

III. A las víctimas de este error se sumaba un solitario llamado Serapión [275]3,celebrado desde hacía mucho tiempo por la austeridad de su vida y consumada virtud. Pero su ignorancia en este punto era tanto más peligrosa a los que pro­fesaban la verdadera fe cuanto mayor era el prestigio de que gozaba en razón de su edad   470   provecta y su vida ejemplar. Esto le situaba en un lugar relevante entre los monjes.

A pesar de las repetidas instancias del santo presbítero Pafnucio, todo fué en vano; nadie pudo lograr de él que volviera a la verdadera fe. Esta creencia le parecía a él una innovación. Los ancianos—decía—no la habían siquiera co­nocido, y él mismo no la había enseñado jamás.

Pero cierto día se presentó casualmente un diácono, por nombre Fotino, varón de vastos conocimientos. Su deseo de conocer a los monjes que moraban en el yermo de Escete le había conducido allí desde Capadocia. El venerable Pafnucio le acogió con grandes muestras de afec­to y alegría.

Deseoso de dar confirmación a la doctrina de las cartas episcopales, rogóle expusiera en pre­sencia de los hermanos cómo las iglesias católicas de Oriente interpretaban esta frase del Génesis: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y seme­janza.» Fotino explicó que todos los obispos de estas iglesias estaban contestes .en no interpretar a la letra el pasaje bíblico. Esta imagen y seme­janza divinas las tomaban en un sentido espiri­tual. El diácono defendió asimismo esta opinión con palabras ricas de contenido doctrinal y adujo innumerables testimonios escriturísticos.

No era posible sostener que la majestad de Dios, por ser infinita, incomprensible e invisi­ble, pudiera tener algo compuesto como nosotros, algo análogo a la forma humana que le limitara   471   y circunscribiera. Nuestra mirada, al igual que nuestro espíritu, eran totalmente incapaces de captar y comprender esa naturaleza incorpórea, ajena a toda composición, absolutamente simple. La exposición de esta doctrina triunfó al fin. Nuestro venerable anciano cedió ante tantas y tan atinadas razones, adhiriéndose a la fe tradi­cional.

Este cambio repentino llenó al abad Pafnucio, no menos que a nosotros, de una alegría sin límites. Dios no había permitido que un varón de tan avanzada edad y de virtud tan eminente, y a quien sólo su ignorancia y una simplicidad ingenua habían precipitado en aquel error, an­duviera hasta el fin fuera del camino de la ver­dadera fe. Sin más, nos levantamos para ofre­cerle al Señor públicas acciones de gracias.

No obstante, durante nuestra plegaria el buen anciano sintió una turbación extrema al com­probar que se le esfumaban las formas huma­nas[276] 4,bajo las cuales solía representarse a la divinidad en la oración. Súbitamente se deshizo en gemidos y lágrimas, y, prosternado en tierra, se lamentaba con grandes gritos: «¡Desgraciado, desgraciado de mí! ¡Me han arrebatado a mi Dios! No tengo ya nada en qué fijarme y asirme.   472   

No sé a quién adoro, a quién debo enderezarme. ¡No lo sé!»

Nos sentimos profundamente conmovidos ante semejante actitud. Además, conservábamos vivo el recuerdo de la última conferencia. Por eso nos dirigimos de nuevo al abad. Isaac. Al verle, le hablamos así:

IV. Más que el suceso inaudito de estos úl­timos días, lo que nos mueve a venir a verte es el recuerdo imborrable que guardamos de tu conferencia. No obstante, el grosero error del abad Serapión ha hecho crecer más este deseo.

A nuestro juicio, si el anciano ha caído en él, es debido a la astucia del enemigo. Estarnos pro­fundamente consternados al ver los efectos de tal caída: por de pronto, se está malogrando el fruto de tantos y tan penosos trabajos como ha sopor­tado a lo largo de cincuenta años en el desierto con un tesón admirable. Luego—y esto es lo más lamentable—se expone, si persiste en su error, a una muerte eterna.

Quisiéramos saber, ante todo, cuál es el ori­gen y la causa de un yerro tan grave. Por eso te rogamos nos enseñes, cuanto antes, el medio de llegar a esa oración que con tanta elocuencia nos expusiste anteriormente. Tu hermosa conferencia nos llenó de admiración. Sin embargo, no nos trazó aún el camino por el que podemos llegar al término apetecido.   473

ORIGEN DE LA HEREJÍA ANTROPOMORFITA

Y. ISAAC. No debe sorprendernos que un hombre de suyo simplicísimo, que no ha reci­bido instrucción alguna en punto a la doctrina sobre la sustancia y naturaleza divinas, haya sido víctima hasta el presente de su ignorancia, per­maneciendo adherido a este error. En realidad, no ha hecho sino tributar pleitesía a antiguas creencias en boga.

No se trata aquí, tal como vosotros suponéis, de una nueva ilusión de Satanás, sino más bien de ciertas reminiscencias del antiguo paganismo, que se complacía en revestir de forma humana a los demonios que adoraba. En la actualidad hay quienes creen que la majestad incomprensible e inefable del Dios verdadero debe representarse bajo la forma de alguna imagen sensible. Y es­tán convencidos de que es imposible fijar su pen­samiento y consagrarse a la oración si no tienen presente en el espíritu y ante sus ojos una ima­gen a la cual ofrecer sus súplicas. De no ser así, les parece que están en presencia del vacío y de la nada. Este error es el que condena el Apóstol al decir: «Y mudaron la gloria incorruptible de Dios en la semejanza de una imagen corruptible de hombre» 5.Y Jeremías dice asimismo; «Mi   474   pueblo mudó su gloria en un ídolo» 6.Tal es, para muchos, el origen gentílico de esta herejía. Otros, en cambio, que han sabido sustraerse a la superstición pagana incurrían en ella por ig­norancia y rusticidad, tomando pie de aquella frase de la Escritura: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» 7.La herejía antro­pomorfita ha nacido propiamente de la inter­pretación torcida de este texto. Interpretación desde luego detestable. En ella se sostiene con una obstinación diabólica que la sustancia infinita y simplicísima de Dios ofrece los mismos rasgos materiales y la misma forma de nuestro orga­nismo humano.

Todo aquel que esté bien iniciado en los prin­cipios del dogma católico rechazará como una blasfemia gentílica esta concepción absurda. De este modo llegará a aquella oración purísima en que no cabe representación sensible ni admite for­ma corporal en la divinidad. Esa oración que aparta incluso del espíritu el recuerda de toda imagen o idea perniciosa que pueda alterar la verdad.

VI. Os dije en la conferencia precedente 8 que la elevación del alma en la oración está en razón directa de la pureza en que ha vivido antes     475   de ella. Paulatinamente y a medida que avanza por los caminos de la purificación, se aparta de la vista y recuerdo de las cosas terrenas y sen­sibles. Por donde llega a hacerse capaz de ver con sus ojos interiores a Jesús en la humildad de su cuerpo mortal, o glorificado en la majestad y brillo de su gloria. Porque no podrá ver a Je­sús cuando aparezca en el esplendor de su reino quien, estando todavía dentro de esta especie de debilidad de los judíos, no pueda decir con el Apóstol: «Aunque hayamos conocido a Jesucristo según la carne, ya no le conocemos como tal» 9.

Únicamente pueden contemplar su divinidad con ojos muy puros los que, elevándose por en­cima de todas las obras y pensamientos bajos terrenos, se retiran y suben con El a esta mon­taña elevada de la soledad. En ella Jesucristo aparta a las almas del tumulto de las pasiones y las separa de la turbación de los vicios. Y así, sublimadas con la eminencia de las virtudes, les revela la gloria y el esplendor de su rostro. Es que tienen los ojos del corazón bastante puros para contemplarle.

Cierto que Jesús se deja ver también de los que habitan en las ciudades y las aldeas; es decir, de los que están ocupados en la vida ac­tiva y en las obras de caridad. Pero en esta   476    gloria y en esta majestad radiante, sólo se da a conocer a los que pueden subir—como Pedro, Santiago y Juan—a la montaña de las virtudes. Así es cómo en otro tiempo se apareció a Moi­sés 1O y habló a Elías” en el fondo de una so­ledad.

Jesucristo mismo ha querido confirmarnos esto con su ejemplo y trazarnos en su persona el modelo de una perfecta pureza. Siendo El hontanar inagotable de toda santidad, no tenía necesidad, como nosotros, de retiro y soledad para alcanzarla. Además, siendo la misma pureza, no podía contaminarse con el roce de las mu­chedumbres ni con el consorcio de los hombres. Al contrario, cuando le place, su contacto y 3U presencia santifica y aquilata cuanto hay de impuro en los hombres. Y sin embargo de ello, se retira «a la montaña completamente solo para orar» 12.

Quiso enseñarnos con esta actitud que cuando queremos ofrecer a Dios las oraciones perfectas y las puras afecciones de nuestro corazón, debe­mos separarnos como El de la confusión y bu­llicio del mundo. Merced a ello, aun estando en una carne mortal, podremos conformamos de algún modo con esta soberana beatitud que se promete a los santos en la otra vida, y, según   477   la palabra de San Pablo, considerar a «Dios todo en todas las cosas» .

 

EN QUÉ CONSISTE EL FIN Y PERFECCIÓN DE
NUESTRA PLEGARIA

VII. Entonces veremos el pleno cumplimien­to de la oración que nuestro Señor dirigió a su Padre por sus discípulos: «Para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y ellos en nosotros» 14.Y también: «Que todos sean una misma cosa, como Tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros uno» 15 La perfecta dilección por la cual «Dios nos amó el primero» 16, llenará nuestro corazón por la virtud de esta plegaria. Nuestra fe nos anticipa que esa oración no será vana.

Veamos cuáles serán las señales de elle. En nosotros no habrá más amor, deseo, afán, es­fuerzo, ni más pensamiento, vida, palabra ni respiración que no sea para el mismo Dios. La unidad que existe actualmente entre el Padre y el Hijo y entre el Hijo y el Padre se nos comunicará en lo más íntimo del alma. Del mismo modo que Dios nos ama con una caridad verdadera y pura, en la que no cabe defección, también   478   nosotros le estaremos unidos por la indi­soluble unidad de una dilección sin mengua. Estaremos de tal suerte adheridos a El, que todo cuanto esperamos, entendemos, hablamos, será todo por El.

De este modo llegaremos a la meta suspirada que el Señor deseaba para nosotros en su ple­garia: «Que todos sean una misma cosa, como nosotros somos una misma cosa; yo en ellos y tú en mi, para que sean consumados también ellos en la unidad» 17. Y también: «Padre, aque­llos que me diste, quiero que donde yo estoy estén ellos también conmigo» 18.

Tal debe ser la destinación, el ideal del soli­tario[277] 19. Can todas las energías de su ser debe aspirar desde esta vida a merecer la posesión de la futura bienaventuranza, a pregustar en su cuerpo mortal la vida de la gloria celeste. Este, repito, es el fin de toda perfección: que el alma, libre de todo lastre de la carne, como alada, se despegue de las cosas visibles y vuele rauda hacia las alturas del espíritu. Que toda su vida, que todos los movimientos de su corazón no formen en adelante más que una oración única e in­interrumpida.    479

DE QUÉ MEDIOS HEMOS DE ECHAR MANO PARA
LLEGAR AL RECUERDO CONTINUO DE DIOS

VIII. GERMÁN. Tu primera colación nos había admirado sobremanera; por lo que nos hizo desear verte de nuevo. Pero nuestra admi­ración sube de punto después de lo que acabas de decimos. Porque cuanto más alentados nos vemos con tus palabras a desear vivamente ta­maña felicidad, más abatidos nos sentimos tam­bién al ignorar el medio conducente a un estado tan sublime.

No obstante, nuestro espíritu se ha dedicado ampliamente a la meditación en la soledad de nuestras celdas. Permítenos ahora abrirte nuestro corazón y manifestarte nuestros pensamientos, que quisiéramos esclarecer. ‘Ten paciencia para escucharnos, pues es necesario seamos un poco prolijos. Estamos persuadidos de que tu caridad no va a molestarse por las inepcias de los débi­les. Además, bueno es de vez en cuando publi­carlas para rectificar su sinrazón y lo que tienen de absurdo. He aquí nuestro parecer.

Creemos que todo arte o ciencia debe empezar —antes de poder alcanzar la perfección—por ciertos rudimentos o principios axiomáticos, fáci­les y asequibles a la inteligencia. Quiero decir que sus primeras enseñanzas deben ser como una leche racional que nos nutra y fortifique poco a poco, elevándonos, insensible y gradualmente   480   desde los fundamentos a la cima más encumbrada. De esta suerte, captados los primeros principios y franqueando el alma, como quien dice, la puerta de esa nueva vida que abraza, necesa­riamente y sin esfuerzo llega a penetrar sus se­cretos y alcanza la perfección. ¿Cómo es posible, pongo por caso, que un niño pronuncie las síla­bas y forme las palabras si antes no ha apren­dido a conocer bien las letras? O ¿cómo podrá leer de corrido y sin vacilar quien apenas puede leer tres palabras seguidas? ¿Cómo podrá llegar a ser hábil en la retórica o en la filosofía quien no conoce todavía las reglas de la gramática?

Por la misma razón creemos que este arte divino que nos enseña a mantenernos insepara­blemente unidos a Dios, tiene también sus fun­damentos y bases. Y que es menester estable­cerlos primero y consolidarlos después para asentar en seguida sobre ellos este edificio espiritual de la perfección.

En nuestro concepto, estos cimientos se re­ducen a dos. En primer lugar hay que saber buscar algo que llene nuestra mente y nos sirva para pensar en Dios; luego, encontrar el medio de fijar esta idea u objeto de meditación[278] ” para mantenernos en ella constantemente. Nosotros   481   creemos que en estos dos principios estriba toda la perfección.

Por eso deseamos saber cuál puede ser esa fórmula capaz de hacernos concebir la idea de Dios y tenerle sin cesar presente en nuestra mente. De modo que teniéndola siempre ante los ojos, no bien nos damos cuenta de que la hemos dejado escapar, tengamos dónde dirigir en se­guida nuestro pensamiento. Esto puede facilitar­nos el asirla de nuevo, sin perder el tiempo en inútiles ambages y rodeos.

Porque sucede a veces que, después de estar largo tiempo divagando y como perdidos en nuestra oración, intentamos volver a nosotros como de un profundo sopor, despertando de nuestro sueño. Pretendemos entonces renovar el recuerdo de Dios, que estaba ya ahogado en nosotros. Pero el largo esfuerzo que esto supone nos fatiga, y antes de que hayamos recuperado nuestros antiguos pensamientos, la atención ja­dea, sumiéndonos en la disipación y el olvido. Nuestro espíritu no ha podido, replegándose den­tro de sí mismo, concebir una sola idea sobre­natural.

Ahora bien, es evidente que si caemos en esta confusión es porque no tenemos nada concreto —una fórmula, por ejemplo—que nos propon­gamos como un objetivo fijo y podamos de pronto atraer y centrar en él nuestro espíritu. O sea, algo que sea capaz de hacerle salir de esa fuga­cidad que engendra la distracción que le ha    482   llevado largo tiempo a la deriva, para anclarlo seguro en el puerto de la paz.

Así sucede que nuestra alma, sumida en esta ignorancia y en tal multitud de obstáculos y dificultades, anda errabunda y como en una embriaguez continua. Discurre sin brújula, de objeto en objeto, sin detenerse en ninguno.. Si un pensamiento espiritual le sobreviene más por azar que por su propia labor e investigación, se siente incapaz de retenerlo por mucho tiempo. Y es que las ideas se le suceden unas a otras como en un perpetuo flujo y reflujo, aceptán­dolas todas sin seleccionarlas. Y, claro, no puede darse cuenta de su principio ni cuándo se aloja­ron en su mente, como no puede tampoco per­catarse de su fin y cuándo dejaron de perma­necer en ella.

RESPUESTA. FUERZAS QUE LA INTELIGENCIA REPORTA DE LA EXPERIENCIA

IX. ISAAC. La pregunta que me hacéis es tan precisa y sutil, que ello es señal inequívoca de que no andáis muy lejos de la pureza.

Apenas si se puede, no digo ya comprender esta materia, pero ni siquiera apreciar las difi­cultades que aducís, a no ser que se invierta en ello mucho tiempo y se realicen muchos es­fuerzos para penetrarla. Preciso es haber sido amaestrado durante mucho tiempo por la larga experiencia de una vida regulada y exacta para    483   poder tener, al fin, la audacia de llamar a la puerta de esta pureza divina o flagrar en deseos de poseerla.

Pero, según echo de ver por lo que acabáis de decir, no sólo habéis llegado al umbral de una oración tan excelente, sino que habéis pene­trado en su interior, conociendo de una manera tangible una gran parte de lo que oculta como más secreto e impenetrable. Por donde colijo con evidencia que no ha de costarme gran tra­bajo introduciros—en tanto que Dios me conceda su gracia—en los senos más profundos de este santuario, y que no os será difícil intuir las cosas que voy a tratar de enseñaros. Es conocer la mitad de una cosa saber lo que debe hacerse para conocerla; y un hombre es tanto más sabio cuanto mejor conoce lo que ignora.

De ahí que no temo pasar por una persona ligera o que traiciona la verdad que posee, des­cubriéndoos hoy lo que en la conferencia precedente había querido ocultaros acerca de la per­fección y de la excelencia de la plegaria. Y es que en el estado en que os halláis, Dios solo, prescindiendo de mis palabras y aun de mi con­curso, os haría comprender más cosas sobre este punto que las que yo pudiera explicaron.

 

ESCUELA DE LA ORACIÓN CONTINUA

X. El símil que habéis adoptado—con mu­cho tino, por cierto—entre el aprendizaje de la    484   oración continua y la instrucción de los niños, está plenamente justificada. Estos no pueden aprender el alfabeto, ni reconocer sus letras, ni trazarlas con mano firme y segura, si no tienen al efecto signos o caracteres cuidadosamente grabados en el encerado. Llegan a saber escribir a fuerza de fijarse en ellos y ejercitarse diaria­mente en reproducirlos.

Análogamente en la ciencia del espíritu. Es preciso que tengáis un modelo hacia el cual podáis orientar con insistencia vuestro rayo vi­sual. De esta suerte os habituáis a tenerlo sin cesar en vuestro pensamiento, os lo apropiáis gra­cias a esta meditación continua, y así podéis ele­varas a más alta contemplación. Pero veamos cuál es este modelo que ha de serviros de ins­trucción, esta fórmula de oración que buscáis.

Todo monje que tiene la mente fija en el recuerdo constante de Dios, debe habituarse a meditarla constantemente, y con su ayuda, re­chazar los demás pensamientos. Porque no podrá retenerla sino a trueque de inhibirse totalmente de las solicitudes y voliciones camales. Es éste un secreto de incalculable valor. Nos lo han transmitido los contados supervivientes de los Padres de la primera edad, y sólo lo manifes­tamos a ese corto número de almas a quienes acucia la sed de conocerlo.

Si queréis que el pensamiento de Dios more sin cesar en vosotros, debéis proponer continua­mente a vuestra mirada interior esta fórmula   485   de devoción: «Deus in adiutorium meum inten­de, Domine ad adiuvandum me festina»—Ven, oh Dios, en mi ayuda, apresúrate, Señor, a so­correrme— “. No sin razón ha sido preferido este versículo entre todos los de la Escritura. Contiene en cifra todos los sentimientos que puede tener la naturaleza humana. Se adapta felizmente a todos los estados, y ayuda a man­tenerse firme ante las tentaciones que nos soli­citan.

En efecto, entraña la invocación hecha a Dios para sortear los peligros, la humildad de una sincera confesión, la vigilancia de un alma siem­pre alerta y penetrada de un temor perseve­rante, la consideración de nuestra fragilidad. Hace brotar asimismo la esperanza consoladora de ser atendidos y una fe ciega en la bondad divina, siempre pronta a socorrernos. Quien recurre sin cesar a su protector, adquiere la se­guridad de que le asiste a todas horas. Viene a ser como la voz del amor urente, de la caridad acendrada; es como la exclamación del alma cuya mirada se posa medrosa sobre las asechan­zas que la rodean, que tiembla frente a los ene­migos que la asedian día y noche, y de quienes sabe que no puede librarse sin el auxilio de aquel a quien invoca.     486

Este versículo es una muralla inexpugnable y protectora, una coraza impenetrable y un es­cudo firmísimo contra todos los embates del de­monio. El que vive dominado por la acidia, la aflicción de espíritu, la tristeza, o abrumado por algún pensamiento, encuentra en estas pala­bras un remedio saludable. Y es que nos muestra que aquel a quien invocamos es testigo ocular de nuestros combates, y no se aleja nunca de los que en El confían.

Mas, si con signo inverso, todo parece feliz­mente logrado en lo que afecta a nuestra sal­vación, y nuestro corazón rebosa de jocunda euforia, estas palabras santas nos ponen también sobre aviso. Porque nos advierten que no debe­mos engreímos por una dicha en que es impo­sible mantenerse estable sin la protección de Dios, pues confesamos no sólo que tenemos ne­cesidad de su ayuda, sino también que nos es preciso experimentarla cuanto antes.

En una palabra: en cualquier situación en que nos pongan las circunstancias de la vida, esta plegaria nos será siempre útil y necesaria. Porque quien desea que Dios le ayude siempre y le socorra en todos los trances, revela bien a las claras que le es menester este auxilio. Y no únicamente cuando le acaricia la suerte y todo le sonríe, sino también cuando la prueba y la tristeza cunden en su alma; puesto que de Dios depende tanto el libramos de la adversidad como el hacernos vivir en la alegría. Además, debemos    487   abundar en la idea de que la debilidad del hombre no puede, sin la ayuda de Dios, mantenerse a pulso ni frente a los bienes ni frente a los males de la existencia.

Supongamos que me siento combatido por la tentación de la gula. Mi espíritu apetece en el desierto las viandas que el yermo no produce. En las más hondas soledades percibo el olor de los manjares que se sirven a la mesa de los príncipes. ¿Qué mejor entonces que decir: «Dios mío, ven en mi ayuda; apresúrate, Señor, a socorrerme»?

Tengo la tentación de anticipar la hora de la comida, y siento mi corazón taladrado de dolor por la violencia que me es preciso hacerme para guardar la medida fijada por una sobriedad pru­dencial. ¿Qué puedo hacer en esta tribulación sino exclamar con lágrimas y gemidos: «Deus, in adiutorium meum intende»?

Las rebeldías de la carne me obligarán al­guna vez a observar ayunos más rígidos y a una abstinencia más dura que de costum­bre; pero no me siento con fuerzas para ella debido a la debilidad de mi estómago. Con el fin de permanecer firme en mi primera re­solución o para obtener, al menos, que los ar­dores de la carne se extingan sin el remedio violento de ‘una abstinencia tan ruda, suplicaré con fervor: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; apre­súrate, Señor, a socorrerme!»

Ha llegado la hora regular que me invita a     488    tomar la refección. Pero sucede que el pan me causa fastidio, nada me apetece y me veo falto del necesario sustento. Entonces prorrumpiré con gemidos, diciendo: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme!»

Algunas veces, para contener mi corazón, que se disipa, quiero aplicarme a la lectura. Fatal­mente comienzo a sentir un dolor de cabeza que me impide seguir adelante o me vence el sueño a las nueve del día. Si levanto la cabeza y me hago violencia para leer, no tardaré en seguida a caer rendido sobre mi libro. De este modo me siento movido a prolongar o anticipar el tiempo destinado para el descanso. Más aún: la violencia del sueño, que no puedo vencer, me hace entrecortar la recitación de los salmos y oraciones canónicas durante la sinaxis. ¿Qué haré yo en este estado sino clamar a Dios desde el fondo de mi corazón: «Deus, in adiutorium meum intende»?

El sueño permanece alejado de mis pupilas. ‘Me hallo fatigado con insomnios e ilusiones dia­bólicas. Sin poder pegar los párpados, me es imposible tomar el descanso reparador que ne­cesito por la noche. Suspirando acudiré al Señor con esta plegaria: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme!»

Estoy todavía en lucha contra los vicios. Me halagan los deleites de la pasión. La carne me tienta y pretende, a favor del sueño, arrebatar solapadamente mi voluntad, inclinándome al    489    consentimiento. Para impedir que en este trance el ardor del fuego enemigo abrase las flores de­licadas y suaves de la castidad, ¿qué mejor que exclamar: «Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme»?.

Siento en mí extinguidos los dardos encendi­dos de la concupiscencia y como amortiguados los incentivos de la carne. Para que esta virtud que he conseguido, o por mejor decir, para que esta gracia de Dios persevere en mí largo tiempo, diré de continuo: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apresúrate a socorrerme!»

La ira, la concupiscencia, la tristeza, me atormentan y me turban. Una fuerza incoercible me empuja a ceder en la suavidad que me había pro­puesto como ideal. Temeroso de que la ira en­gendre en mí el acíbar y la hiel, con gemidos salidos de lo más profundo del alma exclama­ré: «¡Dios mío, ven en mi ayuda; Señor, apre­súrate a socorrerme!»

Soy presa del tedio, siento la tentación de la vanagloria y del orgullo; la negligencia y la ti­bieza ajenas suscitan en mí, al compararlas con mi aplicación, una secreta y furtiva complacen­cia. Para que esta sugestión del enemigo no pre­valezca, ¿qué mejor entonces que prorrumpir con un corazón contrito y humillado: «Deus, in adiutorium meum intende, Domine ad adiuvan­dum me festina»?

He conseguido la gracia de la humildad y de la simplicidad, y he domeñado, gracias a una   490    continua compunción, la petulancia del orgullo. Mas recelo que el «pie del soberbio y la mano del pecador van a hacerme tambalear» “. La al­tivez del triunfo puede poner en contingencia mi victoria y hacerme sangrar de una herida más profunda. Con el corazón en los labios supli­caré entonces: «¡Dios mío, ven y ayúdame, apre­súrate a socorrerme!»

Pululan en mi mente distracciones sin núme­ro, y los pensamientos más dispares anulan toda estabilidad en mi alma. Me siento falto de fuer­zas para refrenar las tendencias divergentes de mis pensamientos. Me es imposible orar. Me siento vejado por un hervidero de fantasmas y figuras, simple proyección de recuerdos pasados. Unas veces son palabras que yo he pronunciado u oído, otras será efecto de lo que yo mismo he visto y puesto por obra. En tal situación, mi alma, fría y estéril, es incapaz de suscitar en mí el más leve sentimiento de devoción. ¿Qué es lo que me pondrá al abrigo de este estado de­solador, cuando ni las lágrimas ni los suspiros han sido suficientes para ponerme a salvo de él, sino esta plegaria: «Deus, in adiutorium meum intende»?

Mi alma ha encontrado su camino, su direc­ción. Mis pensamientos han cobrado estabilidad, afianzándose en Dios. Aflora a mi corazón la alegría, y mi espíritu se siente transportado de    491   un gozo inexpresable. Todo este cortejo de bie­nes me los ha traído consigo la visita del Espí­ritu Santo. Es un desbordar de sentimientos so­brenaturales. En ellos soy favorecido con las más señaladas revelaciones. Y ante la iluminación sú­bita del Señor, asoman una serie de evidencias hasta entonces totalmente insospechadas, sobre los más profundos misterios. Ahora bien, para que merezca gozar largo tiempo de esta luz, debo decir a menudo y con toda el alma: «¡Oh Dios, ven en mi ayuda; apresúrate, Señor, a soco­rrerme!»

Los demonios me asedian de temores noctur­nos, los espíritus inmundos me hostigan con sus fantasmas. El exceso de espanto ahoga en su fuente toda esperanza de salvación. Buscaré en­tonces un refugio en el contenido de este versícu­lo, como en un puerto de salvación, y exclamaré con todas mis fuerzas: «Deus, in adiutorium meum intende!»

Animado con la venida y consolación del Se­ñor, me siento como circundado de millares de ángeles. Aquellos a quienes temía yo antes más que a la muerte, y cuyo contacto e incluso su simple acercamiento me amedrentaba y hacía correr por todos mis miembros escalofríos de terror, ya no me inspiran la menor desconfian­za. Ahora soy yo quien se atreve a ir a su en­cuentro y provocarles al combate. Para conservar largo tiempo esta intrepidez y vigor sobrenatu­ral, nada más a propósito que clamar con todas  492    las energías de mi ser: «¡Dios mío, ven en mi socorro; Señor, apresúrate a ayudarme!»

Sea, pues, este versículo el alimento cons­tante de nuestra oración. En la adversidad, para vernos libres de ella; en la prosperidad, para mantenernos firmes y precavidos contra la sober­bia. Sí, que sea esta plegaria la ocupación con­tinua de vuestro corazón. En el trabajo, en vues­tros quehaceres, yendo de viaje, no dejéis nunca de repetirla. Ya comáis, ya durmáis, en todos los menesteres de la vida, meditad este pensa­miento. Vendrá a ser para vosotros una fórmula de salvación, que no sólo os pondrá en guardia contra los ataques del enemigo, sino que os pu­rificará de todo vicio y de toda impureza terre­na. Al propio tiempo, os elevará hasta la con­templación más subida de las cosas celestiales e invisibles, a aquel ardor inefable de oración que es de tan pocos conocido.

Que el sueño cierre vuestros ojos pronuncian­do estas palabras. Hasta que, a fuerza de repe­tirlas, adquiráis el hábito de decirlas incluso des­pués de conciliar el sueño. Que sean, asimismo, al despertaras, lo primero que recuerde vues­tro espíritu. Rezadlas de rodillas al dejar el le­cho, y que os acompañen desde entonces a lo largo de vuestras acciones sin que os abandonen jamás. Las meditaréis, según el precepto de Moisés, estando en casa y yendo de camino, dur­miendo y al despertar; las escribiréis sobre vuestros labios, la grabaréis sobre los muros de    493   vuestras celdas y en el santuario de vuestro cora­zón[279] 23.En suma: que estas palabras os acompa­ñen como vuestro único refrán al postraros para la oración; y en seguida que os levantéis, seguid con ellas el ritmo ordinario de la vida, para que sea en todos los quehaceres de vuestra existencia una oración siempre viva y continua.

 

DE LA ORACIÓN A QUE SE ELEVA EL ALMA PRACTICANDO LA ENSEÑANZA QUE PRECEDE

XI. Persista el alma en la rumia constante de estas palabras. Hasta que, meditándolas sin cesar, encuentre el coraje suficiente para recha­zar otros pensamientos, viendo que éstos no son más que riquezas y bienes deleznables. Además, limitándose a esta sola oración y versículo, lle­gará de_ una manera connatural y rápida a aque­lla bienaventuranza de que habla el Evangelio, y que tiene la primacía entre todas: «Bienaven­turados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» 24. Y así, en posesión   494   de esa pobreza eminente, se cumplirá en él la sentencia del Profeta: «El pobre y el indigen­te alabarán tu nombre» 25..En hecho de verdad, ¿qué pobreza puede haber más grande y de ma­yores quilates que la de aquel que se reconoce desprovisto de todo recurso y de toda fuerza y solicita de la largueza ajena el auxilio que cada día necesita? Más aún: que ve que su vida y su ser se conservan a cada instante gracias a la di­vina bondad, y se proclama con razón verdade­ro mendigo del Señor, dirigiéndole .a diario con voz suplicante esta plegaria: «Mas yo soy men­digo y pobre; Dios me ayuda» “.

Por lo demás, el mismo Dios le colmará con su luz para hacerle ascender a la ciencia multifor­me de Dios, saciándole de la visión de los miste­rios más sublimes y ocultos. Así lo afirma el Pro­feta: «Los altos montes, para los ciervos; las piedras, para los erizos» “. Este texto ilustra a maravilla la idea que tratamos de explicar.

Todo aquel que persevera en la simplicidad de la inocencia no causa molestia ni es gravoso a nadie. Satisfecho con su simplicidad, y con ella sola, no ambiciona otra cosa que un abrigo. que le ponga a cubierto del enemigo y le evite ser el blanco de sus adversarios. Semejante al erizo espiritual, guarecido bajo la piedra del    495   Evangelio, que es el recuerdo de la pasión del Señor y la meditación incesante de nuestro ver­sículo, se hace capaz de soslayar todas las em­boscadas del enemigo. De estos erizos espiri­tuales se nos dice en el libro de los Proverbios: «Los erizos son animales inofensivos; sólo saben defenderse haciéndose como un ovillo; se gua­recen en los agujeros de las piedras “. Efectiva­mente, ¿quién más indefenso que un cristiano? ¿Quién más débil que un monje? No solamente le faltan medios de vengar las injurias que se le infieren, sino que ni siquiera tiene el derecho de concebir el menor sentimiento de enojo o ani­mosidad. Y esto aun cuando sea tácitamente o en el secreto de su corazón.

Aquel que ha arribado a este grado y con­tinúa progresando, no sólo posee la simplicidad y la inocencia, sino que, armado de la virtud de la discreción, se convierte en exterminador de las serpientes venenosas y mantiene sojuzgado a Sa­tanás bajo sus plantas. El ardor encendido de su alma le asemeja a un ciervo espiritual que se apacienta sobre las montañas de los profetas y de los apóstoles. Es decir, se sacia de sus celes­tiales y misteriosas enseñanzas.

Vivificado con este alimento, del que no cesa de nutrirse, penetra en el íntimo sentido de los salmos. Y así no es de maravillar que los reci­te no como compuestos por el Profeta, sino como     496   si fuera él mismo el autor. Esto es, como si se tratara de una plegaria personal, sintiéndose mo­vido de la más honda compunción. O también los considera escritos adrede para él, y com­prende que los sentimientos que contienen no se realizaron solamente antaño en la persona del Salmista, sino que se cumplen en él todos los días.

Y es que en realidad los textos bíblicos se nos hacen más asequibles así. Aparece claramente su corazón y su meollo—si vale la expresión—cuan­do no solamente comprendemos su sentido por nuestra experiencia, sino que prevenimos ese mis­mo conocimiento. Entonces lo que nos revela las verdades que contienen no son las palabras, sino la prueba que hemos hecho nosotros personalmente “. Penetrados de los mismos sentimien­tos en los cuales fué compuesto o cantado el sal­mo, venimos a ser, por decirlo así, los autores.

29 En resumidas cuentas, Isaac quiere decir: «Comprendemos bien el sentido de los salinos cuando lo que expresan lo hemos experimentado antes, y lo hemos vivido a lo largo de nuestra vida cotidiana. Esta experiencia personal y tangible arrojará luz so­bre su contenido, de modo que entonces comprende­remos perfectamente qué es lo que sintió el autor ins­pirado al hallarse en circunstancias semejantes a las nuestras y qué quiso significar con sus palabras. De esta suerte recitaremos los salmos, no como palabras oídas, sabidas de memoria o ajenas a nosotros, sino como algo que fluye espontáneo de nuestro corazón, como afectos y sentimientos propios que tenemos ne­cesidad de expresar porque nacen del alma.    497

Nos anticipamos al pensamiento más bien que lo seguimos; captamos el sentido, más que com­prender la letra. Las palabras santas evocan en nosotros recuerdos de cosas vividas.

Así, por ejemplo, los asaltos diarios que hemos soportado o sostenemos todavía, los descala­bros o conquistas de nuestro celo, los beneficios de la divina Providencia, las tretas del ene­migo, las negligencias del olvido tan sutil y pres­to a deslizarse en nuestra alma, las deficiencias debidas a la humana fragilidad, los engaños y pérdidas que sufrimos a causa de nuestra igno­rancia, todos estos sentimientos heterogéneos los encontramos expresados en los salmos. Pero por haberlos vivido antes tenemos una inteligencia mucho más profunda de ellos, hasta ver todo cuanto se nos dice como en un espejo purísimo.

Instruidos por lo que nosotros mismos senti­mos, no los percibimos como cosa meramente oída, sino experimentada y tocada por nuestras manos; no como historia ajena e inaudita, sino como algo que damos a luz desde lo profundo de nuestro corazón, cual si fueran sentimientos que forman parte de nuestro propio ser. Repitá­moslo: no es la lectura quien nos hace pene­trar en el sentido de las palabras que decimos, sino la propia experiencia adquirida de ante­mano en la vida cotidiana.

Por esta senda nuestra alma llegará a la pu­reza de la oración, que fué el blanco a que in­tentó apuntar nuestra colación pasada, según la   498           gracia que Dios se dignó otorgarnos. Esta ora­ción no es entorpecida por ninguna imagen, ni se sirve de frase o voces articuladas. Brota en un arranque de fuego que parte del corazón. Es un transporte inefable, una impetuosidad del espí­ritu, una alegría del alma que sobrepuja todo en­carecimiento. Arrebatada de los sentidos y de todo lo visible, el alma se engolfa en Dios con gemidos y suspiros que el lenguaje no puede tra­ducir.

 

CÓMO FIJAR EN LA MENTE LOS PENSAMIENTOS ESPIRITUALES

XII. GERMÁN. Te habíamos pedido que nos dieras la ciencia espiritual. Has hecho más, pues nos has hablado también de la perfección. Y todo, en términos tan claros y precisos como podíamos desear. ¿Puede haber algo más perfec­to y sublime que poder encontrar a Dios por el más corto camino y por la meditación de un solo versículo franquear las fronteras de lo vi­sible? Porque con él abrazamos en pocas pa­labras todos los sentimientos que puede engen­drar la plegaria.

No nos queda ya más que aprender una cosa. Este versículo que nos brindas como una fórmu­la de oración, ¿cómo podemos retenerlo y fi­jarlo en nuestra mente? Libres, por gracia de Dios, de la vanidad de los pensamientos del   499   mundo, ¿cómo guardar de una manera cons­tante los pensamientos espirituales?

XIII. Porque ocurre con frecuencia que con­cibe la mente la inteligencia de cierto pasaje de un salmo. En seguida se olvida de él sin adver­tirlo, y el alma, en su inconsciencia, fija su aten­ción en otro texto de la Escritura. Se dispone a meditarlo; pero antes de penetrar a fondo su sen­tido, inmediatamente surge en su mente un nue­vo texto, rechazando, «ipso facto», el preceden­te. Entre tanto, sobreviene otro, y nuevo cambio.

De este modo el alma va dando tumbos de salmo en salmo; salta del Evangelio a San Pa­blo, de San Pablo a los profetas, para fijarse después en cierta historia bíblica edificante. In­constante y vagabunda, discurre de acá para allá por los campos de las Escrituras. Ni sabe recha­zar ni sabe retener nada que le plazca. Impo­sible en este plan profundizar ni esclarecer nada hasta el fin. Displicente y veleidosa, no hace más que tocar a la ligera y desflorar los pensa­mientos santos, sin producir ni centrarse en nin­guno en realidad. Siempre en movimiento, siem­pre errante y a la ventura, incluso en el tiempo de la sinaxis, se derrama en todas direcciones. Diríase víctima de la embriaguez. Y claro es que en estas circunstancias no cumple cual conviene con ninguno de sus oficios y deberes. Así, verbi­gracia, es la hora de la oración. Vuelve con el pensamiento sobre algún salmo o alguna lectura.   500

Si canta, piensa en otra cosa de lo que dice el salmo. Si lee en voz alta, empieza a proyectar algo que debe hacer después, o se ocupa en lo que ha hecho con anterioridad.

De esta suerte, ni acoge ni admite con fijeza ningún tema a propósito para detenerse en él o rechazarle. Parece un juguete del azar. Ni si­quiera está en su poder el retener o guardar las ideas en las cuales se complace.

No obstante, es de primera necesidad, para cumplir bien nuestros ejercicios espirituales, guar­dar constantemente en nuestro pensamiento el versículo que nos has dado como una fórmula de vida, para que el principio y fin de los bue­nos pensamientos esté en nuestra mano. Así nuestras ideas, lejos de fluctuar a capricho de la inconstancia, gozarán de plena consistencia bajo el dominio de la razón.

 

RESPUESTA. MEDIO DE FIJAR NUESTRO CORAZÓN Y DAR ESTABILIDAD A NUESTROS PENSAMIENTOS

XIV. ISAAC. Aunque, según creo, he res­pondido antes suficientemente a vuestra pregun­ta, al tratar de la oración, no obstante, puesto que me pedís insista sobre ello, expondré bre­vemente el medio de fijar en Dios nuestro cora­zón.

Tres cosas dan solidez a un espíritu disipado: las vigilias, la meditación, la oración. La asiduidad    501   y la aplicación continua a estos tres ejer­cicios establecen al alma en una firmeza inque­brantable. Esta, con todo, no se adquiere si no se consagra además a un trabajo continuo, ins­pirado no en motivos egoístas de codicia, sino en las necesidades sagradas del monasterio. Pues ahí está el medio de evitar las inquietudes y los cuidados de la vida presente, y hacer posible el cumplimiento del precepto del Apóstol: «Orad sin intermisión» 30.

El que no ora más que cuando está de ro­dillas, ora muy poco. Pero quien, estando de ro­dillas, se abandona a todas las distracciones no ora nada en absoluto. También es preciso antes de la oración ponerse en las disposiciones que se quieren tener cuando se está consagrado a ella. Porque es una ley infalible que la actitud del alma depende entonces de las disposiciones que le han precedido. Y la veremos ora elevándose ha­cia las alturas del cielo, ora abismándose en la tierra, según los pensamientos en los cuales se habrá entretenido antes de la plegaria.

* * *

Aquí terminó la segunda conferencia del abad Isaac sobre la oración, que escuchamos con admi­ración profunda. Estábamos maravillados por .su doctrina sobre el versículo Deus, in adiutorium,   502    que él había aconsejado a los principiantes como fórmula de oración. Deseábamos nosotros viva­mente ponerla en práctica. Habíamos creído que era un método breve y sumamente fácil. Pero la experiencia nos demostró muy pronto que era aún más difícil que el procedimiento seguido por nosotros hasta ahora. Este había consistido en discurrir por la Sagrada Escritura, meditando en distintos textos y saltando de uno a otro sin fijarnos en ninguno.

Hay constancia, sin embargo, de que nadie por ignorancia o pocas letras queda excluido de la vida de perfección. Ni siquiera que la rusticidad es obstáculo para alcanzar la pureza del alma. Todos, sin excepción alguna, tienen un medio a su alcance, breve y eficaz, que consiste en meditar asiduamente este versículo, uniéndose a Dios con la más sincera e íntima intención del corazón.

 

 


[1] Juan Casiano. Colaciones. Vol I – II. Rialp. Madrid. 19982

Nota: hemos insertado las notas de la página bajo el primer número de notas. ¿Alguién tiene ganas y tiempo de colocarlas a todas en su sitio? Falta también corregir la ortografía. Esto vale para las primeras 65 páginas. Luego las hemos dejado en su lugar.

[2] Inst., pref

[3] –   2 Instit                II, 1; II, 9, 1; n, 18, y v, 4, 3.

De Incarnt., pref., 1.

Inst., pref. 5; Col., xviii, pref. 3.

[4] Col., pref.   Col. XIv, 2, y XVII, 3.

[5] Cola iII, 1.

Col. IV, 1.

Col.. VII, 1. 1 o Col.    zi, 4    ss.

[6] 11 Col. xxIV, 1.

[7]2 Cola xi, pref. 2.

[8] 13  Col. xi, pref. 2

[9] 14 Col. I, 1, 4 y 5.

[10] Ade­15 Col. 1,7 y8.

1 r,                    Col. I,    5.

14 Col. I, 7. Cfr. Col. XIX, 8, e Inst., iv, 34-35. 18 Col. 1, 8 y 15.

ls Col., ti. 2 °     Col.      II.

[11] 21            M. CAPPUYNS, Cassien (Jean), en «Dictionnai­re d’Histoire et de Géographie Ecclésiastiques», t. 11, col. 1349.

[12] 22 Casiano pone gran cuidado en evitar el tér­mino apatheia – apaqeia por el uso que hacían de él los pelagianos. Lo traduce por «inmutable tranqui­lidad del alma». Véase M. OLPHE-GALLIARD, Cas­sien (Jean), en «Dictionnaire de Spiritualité», t. 2, col. 247-249; G. BARDY, Apatheia, ibíd., t. 1, col. 727­746.

[13] ” Col. r, 5-8; II, 6 y 7; IX, 2; XVII, 28, y XXI, 12, 14.

24 Col. xII, 11. Cfr. Inst., Iv, 6. 25 Col. xII, 6, y xxII, 3.

26 Col. IX, 15. 27 Col. rx, 26. 26 Col., IX, 18.

[14]29 Col. XXIV, 6.

s° Inst., v, 9. 1 Col., xi, 6

[15] 32 Inst., pref. 9.

33                  Cfr. San Benito, su Vida y su Regla, B. A. C. Introd. pág. 34 ss. Col. XVIII, pref.

3 4                      M. CAPUYNS, 0. C., COI.     1347.

[16]‘ Este era hermano de Leoncio, a quien dedica más abajo estas conferencias. Era obispo, según se colige del título honorífico de papa, que antiguamen­te se daba también a los obispos, no a los clérigos inferiores. Cástor figura entre los obispos de la igle­sia de Apto (+ a. 426). Heladio, a quien nombra des­pués Casiano, no ostentaba la dignidad episcopal en esta época, ni la ostentó seguramente después.

[17] Se refiere a las Instituciones cenobíticas. Véase vol. 15 de esta obra en la presente Colección NEBLI. a Es decir, de las horas regulares o prescritas por la Regla. De ellas habló CASIANO ampliamente en los libros II y III de las Instituciones.

[18] 4 I Thess., v, 17.

5 Pasaje un tanto oscuro, pero de fácil aclaración. Alude Casiano a la historia del patriarca Jacob, que tuvo dos nombres. Primero fué llamado Jacob, o áea, el que suplanta a otro; por eso dice Esaú: «Justa­mente le fué impuesto el nombre de Jacob, porque me suplantó otra vez» (Gen., xxvII, 35). Mas des­pués que luchó contra el ángel, recibió de él la ben­dición y fué llamado Israel (Gen., XXXII, 28), o sea, varón que ve a Dios. De igual manera, el monje que es verdaderamente piadoso, que por la lectura de los libros precedentes ha aprendido a suplantar y supe­rar los vicios carnales, y, por tanto, ha merecido el nombre de Jacob espiritual, esto es, el nombre de «su­plantador»; después, por la lectura de las Colaciones, será elevado a una contemplación más sublime para ser digno de llamarse Israel, es decir, «el que ve a Dios».

[19] Vasta zona desértica de Egipto que adquirió gran fama por la multitud de monjes y ermitaños que moraron en su soledad.

2 Theorica virtute, dice Casiano; es decir, por el don de la contemplación.

a Este Germán fué compañero de Casiano en to­das sus correrías monásticas por los desiertos egip­cios. (Cfr. Inst., Presentación). Casiano le llama abad en sentido lato, como se les llamaba a los monjes y ana­coretas avanzados ya en edad o aureolados por una fama de santidad.

[20] 4 Casiano distingue aquí, intencionadamente, en­tre fin y skopos blanco u objetivo. Este último equivale a disposición, destinación y continua dirección de los medios oportunos para conseguir el fin. No obstante, ambos vocablos aparecen usados a menudo indistintamente.

[21] a Passivus obtutus, dice el texto, usando de un vocablo muy familiar a los escritores africanas y, en particular, a Tertuliano. Passivus es aquí lo mismo que vago, incierto, inconstante.

6 Rom., vi, 22,

[22] Phi/., IIia 13-14,

[23] 8 Graphium, instrumento usado por griegos y ro• manos para escribir sobre las tablillas enceradas,

[24] I Con, XIII, 3,

[25] lo Hermosa y. sólida doctrina espiritual que con­sidera los ejercicios de piedad y prácticas de su­pererogación en función de medios para conseguir el fin. De ella se harán eco los grandes maestros de ospíritu. Cfr. S, Tomás, 2.°, 2.°, q. 184, a, 3,

[26]Lc., x, 40. iz Ibíd., x, 42.

4&

[27] ” Mr., xxv, 34-35. 14 MI., x, 42.

[28] 15 18 17 18

Gal., v, 17.

1 Cor., xv, 53. Ibíd., 54.

1 Tim., IV 8,

[29] __ 10 Mt., v, 8.

:v 1 Cor., XIII, 8. 21 Ibíd.

[30] =’ Lc., XVII, 20-21. -” Rom., xiv, 17.

[31] IS., LXV, 17-18.

IS., LI, 3, y LXVI, 23. IS., xxxv, 10.

Is., xx, 17-20.

[32] Jo., XVI, 20. Lc., vi, 25. Lc., xIx, 19 y 17. .M:., xIx, 28.

1 Cor., xv, 28.

[33] 37 3a as

COLACIONES

Ps. vi, 6.

I Tim., v, 6. Dan., in, 86. Ps. CL, 6. Apoc., vi, 9-10.

[34] Mt., xxii, 31-32. Hebr., xi, 16.. Lc., xvI, 18 ss, Lc., xxIII, 43.

[35] 44 Jo., in, 13.

[36] Esta aserción de CAsIANo no concuerda exacta­mente, sobre este punto concretó, con la doctrina ca­tólica, la cual enseña que las almas de los difuntos, inmediatamente después de la muerte de éstos, com­parecen para el juicio particular, a resultas del cual pasan, según los casos, bien directamente a gozar de la visión beatífica, bien a un estado transitorio de purgación de sus faltas, o bien a la condenación eter­na. No se trata, pues, en el primer caso, de un «pre­gusto», sino de una verdadera visión «facie’» de Dios, sin necesidad de esperar al juicio universal y msurrec­ción de la carne. Así se expone en diversos docu­mentos del Magisterio eclesiástico, sobre todo en la Constitución «Benedictus Deus», dada por el Papa Be~ nedicto XII en el año 1336. Cfr. DENZINGER-UMBER, Enchiridion Symbolorum, nn. 530 y 531. Véase tam­bién el mismo Enchiridion, nn. 464 y 693.

45 1 Cor., xi, 7, y Col., 111, 10.

[37] Phil., 1, 23. 11 Cor., v, 6. Ibíd., B, 9.

[38]9 Hebr., xii, 22-23. Ibíd., 9.

[39] 51 Ex., xxxIII, 20.

[40]az Se entiende con la gracia de Dios, que no ex­cluye, sin embargo, nuestra cooperación e industria.

[41] Mt., vi, 21.

[42] Estba., vi, 1 ss. Ps. LXXXIV, 9. Zach., I, 14. Io., xiv, 23. Mt., x, 20.

II Cor., xIII, 3. II Cor., xi, 14.

[43] Io., xIII, 2. Ibíd., 27. Act., v, 3.

Eccl., x, 4. En algunos manuscritos faltan o han sido suprimidas las palabras in evangelio. De hecho no es fácil dar con esta frase, a no ser que el autor se refiera al versículo de S. Mateo (v, 25): «Muéstrate conciliador con tu adversario mientras vas con él por el camino.»

65 111 Reg., xxII, 22.

[44] Ps. LxxvI, 6-7. [LXX]. Ps. XCIII, 11.

Prov., xii, S. Mt., ix, 4. Mt., xxv, 27, y Lc. xix, 13.

[45] 92 Ciertamente hubo muchos herejes desertores de la vida y disciplina monástica como Pelagio, Jovi­niano, así como también los entignianos, severianos, etcétera.

[46] 73 Anatema significa aquí simplemente execra­ción, maldición o entredicho en que incurrió Acán después de su pecado (cfr. Ios., vII). Lo que dioe el autor que mereció ser condenado a muerte eterna es una afirmación excesivamente dura o, por lo me­nos, hiperbólica, que carece de fundamento en el texto sagrado (vide vers. 20). De éste puede, incluso, colegirse que Acán hizo penitencia.

[47] 74 Mt., iv, 6, y Ps. xc, 11-12.

‘ s            Paracharagm s, dice el texto crítico, es decir, moneda falsa, adulterina, impuesta por falsarios.

[48] Prov., xvi, 25. [LXX]. Prov,, xi, 15. [LXX]. Prov., xi, 15.

7 9           De su virtud y, en especial, de su obediencia nos habla CASiANO en Inst. iv, 23 ss. Cfr. también POSTHUMIUS, Dial., I, 18, en que habla asimismo de este abad al citar un raro ejemplo de obediencia.

[49] Mt.,   vi,        19.

[50] 81 Psiathiis trae el texto: Eran esteras hechas de junco o papiro; servían para sentarse o descansar a modo de lecho.

[51] Prov., XXIII, 1-2 (LXX). I Coj.., XII, 8-9;

[52]3 1 Cor., xii, 10. Ibíd., 11,

[53] 5 A9t., xxv, 34-35,

[54] s 111 Reg., xv,

COLACIONES

91s Mt., VI, 22-23, Ibid., 23,

[55] 19 En lugar de defunctorum o mortuorum, dice Casiano pausantium, de acuerdo con su tendencia a usar una terminología helenizante. La palabra es de origen griego, y significa hacer una pausa, cesar, descansar.

[56] 21 Casiano le denomina paximacium. panecillo de media libra, cocido dos veces. Cfr. esta misma Col., cap. 19 y 20.

[57] Uno de los anacoretas más famosos y escla­recidos del desierto. Vivió en tiempo de Juliano el Apóstata, siendo padre de 500 monjes. Fué celebrado por lo. contemporáneos por su don de milagros.

[58] 38 II Cor., vi, 7.

[59] 39          Esta cantidad, como se ve, constituida por estos dos paximacia o panecillos, equivalía a una libra de pan,

[60] Statione ieiunii, dice el texto. Al igual que otros autores eclesiásticos, CASIANO emplea, a veces, únicamente la palabra statio para significar el ayuno eclesiástico. Cfr. Inst., iv, nota 45.

[61] 41 0 sea, las tres de la tarde.

[62] ‘ Casiano nos hablará también de este varón; fa­moso entre los solitarios egipcios, en Col. XXIII, 15.

[63] Este animal, por ser entre las bestias salvajes la más agreste y solitaria, era para las monjes antiguos símbolo de los anacoretas, pues evocaba entre ellos el afán de retraimiento y soledad que caracterizaba a los ermitaños.

[64] Gen., XII, 1

[65]  4 Lc., XIV, 26.

5 Mr., xix., 21

[66]  6 Ex., v ss.

7 lue., III, 15.

[67] 8 lue., 9.

9 Ps., LXXVII, 34-35. 10 Ps. cvi, 6.

[68] 11. Philargyriae, dice Casiano, usando de la voz griega que expresa gráficamente el amor o apetito des­medido del dinero. Cfr. Inst., VII, nota ,1.

[69] 12 Gen., xII, 1.

PS. XLIV, 11.

[70] 14 11 Cor., iv, 18.

15 Phil., III, 20.

[71] 16 Eph., ir, 3.

17 Ezech., xvi, 3.

18 lo., viii, 44.

19 11 Cor., v, 1.

[72] 20 Phil., ni, 20.

21 Ps. xxxviii, 13.

22 lo., xvii, 16.

2 3       lo.,  XV, 19.

[73] ­24 Gen., v, 24 [LXX].

2 s Hebr.., xi, 5.

2 6 lo.,   xi, 26.

[74] 27 Act., VII, 39-40.

28 Ex., xvi, 3; Num., xi, 5 y 18.

[75] 29 Cfr. Ex., xxxviii, 25.

30 Cfr. Num., xiv, 38.

3 1 Mt., xx, 16.

32 1 Cor., XIII, 3.

[76] 33 Mt., xix, 21.

[77]  34 Cfr. 1 Con, XIII, 4 ss,

[78] 35 Ps. XLIV, 12.

36 Ps. XXXVII, 6.

[79] 3­7 Ier         viii, 22.

38 Ps. XXXIII, 11. “

30 Lc., VI, 24.

4 0      Mt.,        v,         3.

[80] 41 Ps. xxxIII, 7.

42 Ps. LXXII, 21. 43 Ps. CXI, 3.

4 4       Prov.,        XIII,   8.

45 Apoc., III, 16 ss.

[81] 46 1 Tim., vi, 17-19.

47 Cfr. Lc., xvi, 19 ss,

[82] 48 Lc., vi, 12.

49 Mt., XIX, 27.

Ibíd., 28.

[83]  51 11 Cor., iv, 18.

52 Gen., xii, 1.

 53 Ibíd,

[84] so Este ámbito intermedio-Casiano lo llama me­dietas-lo constituyen las obras saludables que me­dian entre la primera vocación, que Dios «abra en nosotros sin nosotros», y la perseverancia final, que el Señor nos concede a la hora de la muerte mientras Memos en gracia. En estas obras saludables-para las cuales se necesita la gracia preveniente y coope­rante-—corresponde al hombre secundar la obra de Dios. Luego el principio y el fin de nuestra justifi­cación tiene a sólo Dios por autor; el «ámbito inter­medio», en cambio, es decir, el progreso y aumento de la gracia, es a la vez obra suya y nuestra. As¡ nuestro libre albedrío tiene su parte en el acto me­ritorio.

[85]55 Supuesto siempre el concurso de la gracia. Así hay que entender este pasaje y otras expresiones aná­logas que ocurren en los capítulos xix y XXII. La doctrina de lo Iglesia es que el hombre no puede, por sus propias fuerzas y sin un auxilio especial y sobre­natural de Dios, responder como conviene al llama­miento divino.

56    Ps.  XVI, 5.

57 Ps. XXXIX, 3.

[86] 58 Ps. CXVII, 13.

59 Ibíd.

60 Ps. XCIII, 18. 61

Ibid., 19.

[87] 62 Ps. XCIII, 17.

63 Ps. xxxvi, 23-24.

[88] 6’4 Ps. XXIV, 5

65 Ps. v, 9.

6 6       PS.     CXLII, ó.

 67 Ier., x, 23.

68 Os., xiv, 9.

69 Ps. xxiv, 4.

70 Ps. CXVIII; 18.

71 PS. CXLII, 10.

72 PS., XCIII, 10.

 

[89] 73 Ps., cxvllr, 125.    74 Phil., II, 13.  75  II Tim., II, 7.  76 Phil., I, 29.

[90]  77 Ps. LXII, 29.

78 Ps. CXLV, 7-8. 79 Ibíd., 9.

80 Ps., CXLIV, 14.

[91] 81′ Prov., xxi, 31.  82 1 Reg., 11, 9. 83 Ps, cxvii, 14. 84 II Cor., III, 5. 85 Ibíd., 4.

[92]  86 Lc., XVII,  5.  8 7 Lc., xxii,  31s. 88 Mc., ix, 23.

[93] 89  lo., xv, 4-5. 90° lac., I, 17.   91′ Zach., IX, 17 [LXX

[94]92 1 Cor., iv, 7.  93 I Cor., x, 13.  94 Hebr., XIII, 20-21. 95 11 Thes., n, 15-16.

[95] 9,6 Ier., xxxii, 39-40.  97 Ezech., xl, 19-20.

[96] 98 No excluída ésta, sino supuesta, naturalmente    99 Deut., VII, 1-3.

[97] 100    Mt., ax,  31.

101 Cfr. Lc., xvii, 11 ss.

[98] 102 Rom., I, 26. 103 Ibíd., 28.   104 Ps. Lxx, 12-13.

[99]  105 Ibíd., xiv.  106 Ps., Lxxx, 12.  107 Ibíd., xv.

[100] 108 Is., Lxv, 2[ LXX ] .  109 Ps,, LXXX, 14.

[101] ‘ 1 Rom., ix, 16.

[102] 2 Ps, CXVII, 8.

[103] Ibid., Lxxi. 4 lob., r, 9-10.

[104] 5 Cfr. I Cor., x, 13.  6 Jue., III, 1 ss,

[105] Gal., v, 17.  8 Ibíd.

[106] Prov., xvii, 28 [LXXI.

[107] 10  lo., i, 14.   11 Lc., ni, 6. 12Gen.,     vi,3[ LXX ] . 13 Rom., VIII, 9. ” I Cor., xv, 50. ‘ Ibíd.  II Re;., v, 1. Rom., xi, 14.

[108] 18     Gal., v, 17

[109] 19 Gal.,       v,         17:

[110] 20 Apoc., in, 15 ss.

[111] ­21 Gen., xr, 4 ss.

[112]  2 I Cor., III, 2 ss.

23 Ibíd.

=24”’ I Cor., II, 14 ss.

[113] 25 I Cor., u, 15.

26 Gal., vi, 1.

[114] Apoc., III , 15 ss.

[115] 28 Apoc., in, 17.  29 Ibíd.

[116] Ier., iv, 3.

[117] 31 Mt., xv, 14

[118] 1 De él nos habló ya Casiano en Col. u, 11, y volverá a hacerlo en Col. x, 3.

[119]2 De los vicios capitales trata Casiano extensa­mente en su obra Instituciones cenobíticas. Dedica a ellos ocho libros-uno a cada vicio-, estudiando su naturaleza y dando el remedio oportuno.

[120]Iac., I, 14-15.

Mt., iv, 3.

Iob, x.., 1 1   [LXX],

[121] 6 Cfr. Gal., v, 19.

[122]Heb., iv, I5. Lc.. I, 35

[123] acome  ­‘° Gen., III, 5.

‘° Ibíd.

1       Mt., iv, 3. 2 Ibíd., 6. 13 Ibíd., 9.

[124] 14 Rom., VIII, 3

[125] i^ En el texto se dice secundum iara morbum: el segundo morbo o enfermedad, que procedía del primer pecado. Se refiere, evidentemente, a la lujuria, que deriva de la intemperancia.

[126] Lc.,  i v,       9

[127] 17 Is., xiv, 13-14.

[128] 18 Así traducimos originale seminarium. Es el apetito irascible que se origina en el hombre espon­táneamente, sobre todo después del pecado original.

[129][129][129] Cfr. Phil., IV, 11.  Cfr. Gen., XXXVIII

[130] 1 Cor V II, 8-9

Mt.,v,28. Col., III, 5. Eph.,v,3. Ibid., 5

[131] 6 Col., III, 8

[132] Is., XLVIII, 9.

[133] Cfr. IV Reg., 23 y 24.

[134] Bar., 111. 14

[135] Deut., VII, 21-23.

Deut., VIII. 12-15.

Prov., XXIV, 17-18 [LXX1.

[136] a4 Ps. LXXIII, 19. 35 Deut., IV, 4-5.

[137] 36         Cfr. I Cor., x, 6.37

Deut., VII, 1-2.

[138] 8 I Cor., x, 10.

39 Ibid., 9.

40 Prov., XX, 13 [LXXI. 41 Eph., iv, 19.

Ibíd., 31.

[139] 4. Eph., VI, 2,

[140] Ps. XC, 7.

[141] Rom., XIII, 14.46

Cfr. Tim., IV, 8.

Dent., XXIII, 7 [LXX].

[142] 48 Eph., Iv, 31. 49Eph., V, 3-4.

[143]5°Cfr. Gen., XV, 18-21.

51 Así como con el nombre de Egipto intelectual designa Casiano el mundo presente, corrompido y malo, así con el nombre de desierto espiritual designa en general la práctica de la virtud y perfección. Para darse a ella con más facilidad y eficacia, muchos de­jaron el mundo y se internaron en la soledad del desierto.

[144] Mt., XI, 43-45.

Prov., XXVI, 25 [LXX].

[145] 1 De esta población escribe SAN JERÓNIMO en el prefacio al comentario del profeta Amós: «Tecue dista seis millas de Belén, donde nació el Salvador, y no se divisa en torno un solo poblado o aldea; ni siquiera se encuentran chozas ni casas rústicas. El desierto se extiende vasto e imponente hasta el mar Rojo y los confines de los persas y etíopes; y corno quiera que el suelo es árido y arenoso, no crece allí vegetación alguna. Sólo los pastores con sus gana­dos llenan los ámbitos del desierto. Del número de estos pastores fué el profeta Amós.»

[146] 2 Su martirio, según BARONIO, se conmemora el 28 de mayo con estas palabras del Martirologio: «En Tecue, Palestina, conmemoración de los monjes mártires, que en tiempo de Teodosio el Joven fueron asesinados por los sarracenos; sus reliquias fueron re­cogidas y custodiadas con gran veneración por los ha­bitantes de los contornos.»

[147] CASIANO nos habla de él en las Instituciones cenobíticas, v, 33, ss., encomiando especialmente su eximia santidad y el profundo conocimiento que le distinguía de la Sagrada Escritura. Cfr. GENADIO, De Script. Eccl. VIII, 2, que le hace discípulo de San Pacomio y sucesor suyo en el gobierno de los monjes de su vasto monasterio.

4 Paraje desértico junto a Nitria. «A este lugar le llaman Nitria—dice Sozómeno, en Hist. Eccle., VI, 31—porque hay un caserío cercano en que se recoge nitro. Gran multitud de solitarios llevan aquí vida monástica. Hay unos 50 monasterios casi con­tiguos. En algunos de estos monasterios los monjes viven en comunidad; en otros, por separado. Andan­do un trecho considerable, penetrando más en la so­ledad, hay otro lugar llamado Cellis (celdas); hay aquí un sinnúmero de celdas monásticas dispersas por el yermo, y de ahí su nombre. Les separa tal distancia de unos a otros, que no pueden verse entre ellos, ni siquiera oírse.»

[148] I Cor., xv, 19

[149] 6 Soph., I, 2.

Mal., II, 17.

a Mal., III, 14-

[150] I Tim., vI, 17-19. ‘ ° Lc., xvi, 9.

[151]  Luc I, 14

Mt., XXVI, 24. Ps. cxv, 15. Ps. xxxm, 22

[152] 15 Cfr. Le. xvi, 20 ss.

16 II Cor., xii, 9-10

[153] 17 Is., xLV, 6-7.

18 Am., III, 6 [LXX].

[154] 19 Abusive, dice Teodoro. Es decir, según el mo­do común de hablar, por el que llamamos «males» a las tribulaciones y sinsabores de la vida, partiendo de la razón del sentimiento más que de la luz de la razón y de la fe. Por donde, al juzgarlas indebi­damente males, las llamamos males abusivamente.

[155] 2U Heb., mi, 11.

21 Ibíd., vi, 7.

22 Ion., III, 10 [LXX].

23 Ioel., u, 13 [LXX].

[156]      ~ Is., xxvi, 15 [LXX .

  • Ier., xI, I L

[157] 26 lob, III, 23 [LXX].

[158] Rom., VIII, 28

[159] 28 II Cor., vi 7.10.

[160] ,y Ps. cxviii, 165.

30 Eccl., xxvII, 12.

31 Prov., xiv, 7 [LXX],

[161] lue., III, 15.

[162] 3 3 lob, II, 10, y 1, 21

[163] – II Cor., vi, 7-8.

Can., rr, 6.

[164] 36               Phil., iv, 12-13.

[165] 42 Heb., xII, 5-8.

Apoc., III, 19.

ler., xxx, 11.

Ps., XXV, 2.

6 El primer texto no es de Isaías, sino de Jere­mías, x, 24. Is., xII, 1.

[166] 47 Deut., XXXII, 24.

48 Ier., ii, 30.

49 Ps. xXi, 10.

50 lo., y,14.

51 lo., Ix, 13.

52 lo., xi, 4.

SS Rom., i, 26 y 28.

[167] 54 Ps. LXX, 5.

55 Eph., iv, 19.

56 Am., Iv, 11.

57 ler., xv, 7.

58       Ier., y,3.

[168] 59 ler., vi, 29-30.

sO Ezech., xxiv, 11-13. 61 Ezech., xvi, 42.

[169] 62 Os., vii, 12 [LXXj.

63 III Reg., XXI, 21-24.

[170]  III Regm 22

[171] 65 Eph., iv, 23. 6 6       Phil., III, .13.

[172] 67 lob, CI, 28. b8 Ps. CI, 28. 69 Mal., III, 6.

[173] 70

 Esto puede aplicarse a los ángeles en cuanto a su naturaleza, que, como criaturas que son, estaban sujetas a cambio antes de que fueran admitidos a la visión beatífica. Cuando se hallaban in statu viae podían pecar, como lo prueba la caída de los malos; mas ahora, confirmados en gracia, no pueden ya in­clinarse al mal.

1 Eccl., XI, 30,

[174] 72 Prov., XVI, 18 [LXX].

[175] 3 Eccl., x, 18 [LXX] .

4 Prov., XXVII, 15 [LXX].

[176] 2 A nuestra naturaleza, se entiende antes del pe­cado, como prueba él mismo valiéndose del texto bí­blico del Eccl., VII, 29 (30 en la Vulgata). En el estado actual, esa movilidad die la mente es una secuela de la fragilidad humana, debido a la concupiscencia y al cuerpo, que agravan el alma. Pero no nos domina de tal forma que no podamos anularla o, por lo me­nos, neutralizar sus efetos con el auxilio de la gracia. Esta gracia no la excluye Sereno, antes la supone al citar el Salmo LXXXIII, 6.

3 Eccl., VII, 29 [LXX].

4 Prov., XIX, 7 [LXX,

Ps, LXXXIII; 6,

[177] 8 Mt., u, 4.

7   Is., I, 16.

ler., iv, 14.

9 ls., LXVI, 18. Rom., II, 15 5s,

[178]   ” Mt., VIII, 9.

[179] 12 Exod., XVIII, 21.

18 II Cor., x, 4.

[180] 1 4  II Coro., x, 5 SS.
15       Eph..        16.

’16.     1 Thes., y,8.

1 7       I Cor., XIII, 7.

[181] 18 I Thes., y,8.

19 Eph., vi, 17. 20 Hebr., IV, 11. 21 Bar.,           11.

[182] loel, ni, 10 [LXX].

23 II Cor., XII, 10.

24                 9.

2 5 Zach., ni, 9 [LXX]. 26 Hebr., x, 36

[183] Ps. LXII, 9.

2,6 Ps. CXVIII, 31.

29 Ps. LXXII, 28.30

I Cor.,              17.

31 Prov., XXVIII, 19.

32 Prov., xiv, 23 [LXX].

33 Prov., XVI, 26 [LXX].

34 Mt.,     12.

[184] 35 lob, y,7.

36 Eph.,  13.

37 I Cor., XV, 28.

[185] 38 I lo.,      4.

9 Eccl., VIII, 11 [ LXX ] . 49 lac.,  7.

[186] 41 En parte, no obstante. O sea, en cuanto el alma es también sustancia espiritual. En cambio, difiere del espíritu angélico en cuanto está destinada a informar el cuerpo humano.

[187] 4 2 lob, u, 6.

[188] 43 La opinión de Casiano sobre la naturaleza de los ángeles y de los demonios—hoy día completamen­te abandonada—no es peculiar suya. Había sido ya patrocinada por algunos Padres. Recuérdese que el mismo San Buenaventura y Duns Scoto, aun cuando propugnan la incorporeidad de los ángeles, afirman que están compuestos de materia y forma. Se ha pen­sado que Sereno y los antiguos sostenían que sólo Dios es perfectamente simple, y que todo otro espíritu nece- sariamente compuesto de esencia y existencia, de po­tencia y acto, de sustancia y accidentes, viene a ser como material si se le compara con el ser de Dios.

44 I Cor., XV, 40 ss.

45 Ibíd., 44.

[189] Hebr.,           12 SS.

47 Ps.                 15.

48 Ps. XLIII, 22.

99 Paral., vi, 30. Como se ve, Casiano cita aquí por error a Job en lugar del segundo libro de los Para­lipómenos.

50 Eccl., x, 4.

51 /o.,   2.

[190] Prov., XIV, 6 [LXX].

53 Deut., XXXII, 31 [LXX].

54 Prov., ni, 30 [LXX].

[191] 55 ICor., x, 13.

[192] 56 Eph., vi, 12.

57 I Cor.,                                           26.

58 II Tim., iv, 7

[193] 59 Ps., CXXXIX, 10. 69 Ps. VII, 17.

61 Ps, XXXIV, 8.

[194] 62 Ps. XII, 4 ss.

63 Ps. XXXIV, 24 ss. y 16.

64 Ps. IX, 8 ss.

65 Ps.. cm, 21.

66 Ps. XXXIX, 15 y 34, 26.

67 ler., XVII, 18.

[195] 68 Ps. XVII, 38.

69 Ps.

XXXIV, 1 ss.

70 Mich., y,9.

[196] 62 Ps. mi, 4 SS.

63 Ps. , 24 ss. y 16.   64 Ps. XI, 8 ss.

65 Ps.. cm, 21.

66 Ps. XXXIX, 15 y 34, 26.

67 Ier, XVII, 18.

[197] 68 Ps. XVII, 38.

89 Ps. XXXIV, 1 ss. 70 Mich., y,9.

[198] 71 Mt., , 31. 7 2 Io., XC, 11.

[199] Hebr.,          6.
78 III Reg., mi, 26.

[200] 9 Véanse las palabras encomiásticas que dedica Casiano a este egregio varón en la Colación xi, 2. De él nos habló ya en Instituciones, v, 37 y 38.

[201] 81 Mi., vil, 6

[202] 82 Hebr.,       39 ss.

83 Santo Tomás sostendrá la misma opinión y echará mano de este pasaje de Casiano para confir­marla. Véase Sum. Teol.,         q. 80, a. 9, ad 2.

[203] 8 4 Cfr. Rom., n, 5. Is., un 24.

[204] 85 Ps. LXXII, 2 SS.

86 ler., XII, 1 SS.

87 Ibí d.

[205] Ier., u, 8.

89 Ibíd., 9 ss.

90 Is., I, 6.

[206] Mc., 16, etc. Se dice «demonios sordos y mudos» por su ‘acción funesta en los hombres que poseen, haciéndoles sordos y mudos.

95 Os., IV, 12.

96 Alusión al pasaje del Salmo xc, 5 ss.

97 Refiérese al mismo Salmo xc, 13.

98 Lc., x, 19.

99 Eph., VI, 12.

[207] 1 En realidad, el texto dice «nos sirvió sal frita», apposuit salem frictum. Pero los comentaristas de Ca­siano están contestes en afirmar que no se sabe qué clase de alimento pueda ser esta «sal frita». Hay que interpretar, pues, el texto crítico en la forma que tra­ducimos. Tanto más cuanto que en ciertos manuscritos antiguos se halla la lección sale frictas olivas ternas, «tres aceitunas fritas con sal». Petschenig, de cuyo tex­to crítico prescindimos en este lugar, no parece ha­ber advertido esta lección.

  1. [208] 2 Eph., vi, 12.

RoM., vi% 33-39.

[209] 4 Deut., vi, 4.

5 Ibíd.

[210] 6 Lc., XII, 35.

7 Lc., XXII, 36. Mt., x, 38. 9 Rom., x, 2.

[211] le Mt., y,39.

11 Mt., x; 23.

12 Mt., XIX, 21

13 Ps. cm, 14.

14 Ps. XXXV, 7.

[212] 15 Gen., I, 31.

[213] 16 Santo Tomás sostiene como más probable que los ángeles fueron creados al mismo tiempo que la naturaleza corpórea: cfr. Sum. Theol., 1.ª, q. 61, a. 3. La opinión de Casiano, sin embargo, está res­paldada por la autoridad de San Gregorio de Nacianzo, junto al cual podría colocarse también a San Basilio, San Ambrosio y San Juan Damasceno.

[214] 17 Job, XXXVIII, 7 [LXX].

18 Analiza aquí Sereno las distintas interpreta­ciones de la locución in principio, y llama judaica la que la explica del comienzo del tiempo. Casiano, al legarnos esta exposición exegética del abad, parece haber preferido, con el común de los Padres, enten­der con el nombre de «principio» a Cristo. No obs­tante, es evidente que la primera interpretación es la literal y más obvia.

[215] 19 Cfr. Io., I, 3. Col., , 16.

29 En lo relativo al dogma de los ángeles, son clásicos y célebres, por citarse a la continua, los dos textos bíblicos que aduce aquí Casiano. El primero se refiere inmediatamente al príncipe de Tiro. Los Padres lo aplican al diablo, de quien era aquel tipo, por figurarse en él la caída de Lucifer. Lo mismo hay que decir del segundo, que se refiere a Nabu­codonosor. Por éste designa también la tradición patrística a Satanás, su antitipo. Así,_ algunos ras­gos convienen tanto a estos reyes como a los demo­nios, si bien algunos de una manera propia e histó­rica, y otros, impropia y figuradamente. Cfr. SAN JERÓNIMO en su comentario a Isaías,       3.

[216] 21 Ez., XXVIII, 11 ss,

[217] 22 L5., my, 12 ss.

23 Apoc., ni, 4.

24 lud., y,6.

25 Ps. LXXXI, 7.

[218] 26 Gen., III, 1.

[219] 27 1 Tim., II, 14.

[220] 2s Dan., x, 12 ss.

[221] 29 Dan., x, 20 ss. ‘9 Dan. XII, 1.

[222] 31 Lc., vil, 30.

32 Lc.,                                 15.

Eph., vi, 12.

34 Is., xiv, 30.

33 I Cor., XV, 24.

[223] 3 6 Mt., ni, 27.

37 Synaxim, dice Sereno. Ya hemos visto usada esta palabra varias veces designando el oficio de la tarde o las vísperas.

[224] 98 Io., IX, 44.

89 Mt., XVIII, 10. 40 Ps. XXXIII, 8.

Act., XII, 15.

[225] 42 El Pastor de Hermas, Mand., vi, 2. Esta obri­ta, aparecida en Roma hacia la mitad del siglo II, gozó de gran prestigio, sobre todo en las iglesias griegas, hasta el punto de considerársela como inspirada.

43 Ps. CVIII, 6. Que todo hombre tiene un ángel custodio junto a él es una enseñanza de la Iglesia. Pero que tenga también un ángel malo para ten­tarle e inducirle al mal es una opinión que no ha encontrado en la tradición de los Padres, sino con­tados partidarios.

[226] 4 4 La misma historia refiere SAN ATANASIO en su Vita Antonii, 44-49, aunque con ciertas varian­tes notables. Así, por ejemplo, nada se dice allí de que los demonios atacaron al santo y se introdu­jeran en su celda, sino sólo que la gente le presen­taba posesos, que él curaba haciendo sobre su frente la señal de la cruz. Ante este espectáculo insólito los filósofos quedan estupefactos y discuten después con él largamente.

[227] 45 Mt., xii, 24.

46 Gen., vi, 2 [LXX]. 47 lo., VIII, 44.

[228] 48 Eccl., I, 9 ss.

[229] 49 Gen., y,4 ss.

59 Gen., iv, 17 ss.

[230] 51 Ps. LXXXI, 6.

[231] 52 Sap., VII, 17 ss. [LXX].

[232] 53 Deut.,            3.

[233] Is., VIII, 20 [LXX]. 5 5 Gal., m, 24.

[234] 56 Lev., XVIII, 7.

57 Gen., xiv, 22.

[235] 62 Eccle., ni, 14.

63 I Tim., I, 9.

64 Mt., y,39.

65 Ibíd., 44.

66 lo.,                      44. 67 Hebr., ni, 9.

[236]

[237] es Ps. CXVIII, 73. 69 lob, X, 10 SS. 70 ler., I, 5.

/ Eccles., XII, 7.

[238]              Is., 14.

3 Gen., in, 5.

[239] Eccles., vil, 24 ss

[240] La obra ya citada varias veces de las Institu­ciones cenobíticas, que Casiano escribió sobre los costumarios y modo de vivir de los monjes en los monasterios egipcios. Cfr. Inst., n, 9, y Praef. a las Colaciones.

2 Dos anacoretas, sobre todo, llevaron este nom­bre: uno, que habitó en la región de la Tebaida, de quien hacen mención con mucha frecuencia las Vitae Patrum y SOPHRONIO, en su Prato Spirituali, 161. Su omónimo, en cambio, vivió en la región de Es- tete. De él se trata aquí. En cuanto a Cástor, Leon¬cio y Heladio, cfr, nota al Prefac., de estas Colacio­nes,

[241] 3 Thess., y,17.

4 I Tim., n, 8.

[242] Lc. III, 43.

[243] 6 loel, I, 5.

13., XXIX, 9.

8 Cfr. Deut., XXXII, 33.

9  Ibíd., 32 [LXX].

[244] 10Deut., XXXII, 32.

[245] 13 De esta inestabilidad de pensamientos en que se mueve el alma nos habló ya Casiano por boca del abad Moisés al tratar de la intención y fin del monje en Col., i, 17-18. Ambas descripciones, si bien di­ferentes, arguyen una misma mentalidad en los au­tores, y sobre todo, la misma pluma de quien nos las ha trazado.

[246] 44 I Tim.,    1.

[247] 15 Isaac dice indifferenter, indiferente, arbitra­riamente. Esto es, sin un orden fijo y determinado por el cual tuvieran que regirse los fieles al ponerse en oración. Por lo demás, aunque en general los Pa­dres convienen con Casiano en asignar a cada uno de estos nombres diversas especies de oración, no obs­tante discrepan un tanto al determinar la especie concreta significada por cada uno de esos nombres.

[248] 16 Ps. CXV, 14.

17 Eccle., y,3.

[249] ” Con la expresión «muy devotas» traducimos la palabras pinguium de Isaac. Son las oraciones devo­tas que antes llamó ferventísimas e Ígneas. Casiano tiene en la mente, a no dudarlo, el Salmo LxII, 6: Sicut adipe et pinguedine repleatur anima mea, et labiis exsultationis laudabit os meum, «llénese mi al­ma de un manjar pingüe y jugoso, y con labios de júbilo cantará mi boca».

[250] 20 Lc., VII, 47.

[251] 27 Lc., XXII, 34.

28 Mt.,                      25-26.

29 lo.,                   41-42.

30 Cfr. /o., XVII.

[252] 31 Phil., vi, 6.

[253] 32 lo., VII, 18. 3 Rom.,        3.

34 I Cor., mi, 9.

[254] 35 Miq., II, 11.

[255] 36 Mt., v, 16.

37 Mt., XXV, 34.

[256] 38 1 Thim., u, 4.

[257] 39 Is.,XLVI, 10.

49Evidentemente, Isaac entiende aquí esta pe­tición del pan eucarístico. Con respectó al «hoy», hodie, le da el sentido literal de «en el día de hoy», y a la vez un sentido lato de la «presente vida». Véanse los puntos de contacto que hay entre esta ex­posición y la que sobre este mismo tema de la oración del Señor dieron. TERTULIANO, De Oratione, cap. 6; SAN CIPRIANO, De Dominica Oratione, cap. 18, y  SANTO TOMÁS, Sum. Theol., II, q. 83, a. 9; In Mat., 6, y Expos. Orat. DominÍcae.

[258] 41 Νο que con sola esta cοndιcίόn nos perdone Dios nuestras deudas, si ρerdοnamos a nuestros deu­dores ; sino que no nos perdona si no les perdοna­mοs. Es ésta condición indisρensable para obtener el perdón de los pecados, pero                                                no basta por sí sola.

42 Ιαc…. II, 13.

[259] 43 Εccli., XXXIV, 11. 4 4 Ζικ., I, 12.

[260] 4 5 Ps.. VI, 7.

4 6 Thren., II, 18.

[261] 47 Ps., XLI, 3 as. 48 Ps. CXIX, 5-6.

49 Ps. CXLII, 2.

50 Ιer., 11, 1.

[262] 5 1 Ps. CΙ, 10.

5 2 Ibíd., 1.

5 3 Mt., V, 3.

[263] 54 Porque si en la oración atiende y se fija en sí mismo y en su modo de orar, ya no está su mente absorta y concentrada en Dios, que es lo que carac­teriza a la oración más excelente y pura, según se desprende de lo que nos dice San Pablo, cfr. II Cor., XII,, 2.

55 No puede retractarla, cierto. Pero sólo en el supuesto de que se pongan las condiciones requeridas, que no siempre sabemos con certeza si las ponemos. No obstante, si el Señor, mientras oramos, nos ins­pira una gran seguridad y confianza de corazón, es de creer que ello es prenda de que nos vi a oír. Esto es lo que quiere decir aquí Isaac.

[264]  Mt 24. 57 Mt., XVIII, 19. 58 Mt., XVII, 19

[265] 59 Lc., XX, 8.

6o Eccl. XXXIX, 15.

61 Is., LVIII, 6.

63 Ibid., 9.

63 Ps.                              1.

64 Ex., un, 21 y 27.

[266] 65 Lc.,     9 ss.

[267] 6 6 Mt., XXI, 22, y XVII, 19,

67 Dan., x, 2,

[268] I Io V, 14; Rom VIII,26

[269] 79II Cor., XII, 8. Mt., xxvi, 39.
      7 2 x, 18.

[270] Io X, 9; 74 Io III, 16; 75 Gal, I, 4; 76 Rom VIII, 32; 77 Is LIII,7; 78 Gal V, 1; 79 Io II, 19

[271]

[272] 82 Mich., VII, 5.

83 Ps. I, 19.

[273] F4 Ps. I, 19, y XLIX, 23 .

85 Ibíd.

88 Ps. LXV, 5. 87 Ps. cm., 2.

[274] 2 Que atribuía a Dios la forma humana.

[275] Seguramente’ éste es el autor de la Col. v, que trata de los ocho vicios capitales. De hecho, Casiano no hace distinción alguna entre él y el abad Sera­pión, del que nos ha hablado hasta ahora. Véase Col.II, 11, en la que se nos refieren ejemplos ‘de su adolescencia, y nota 1 de la Col, V

[276] Anthropomorphon imaginem trae el texto crí­tico. Es decir, forma o imagen humana, bajo la cual, al modo de los antropomorfitas, solía Serapión representarse a Dios al orar

[277] Casiano usa aquí, contra su costumbre, la voz latina solitarius, equivalente de monachus, voz de origen griego ( phvaxoc ), que significa solo, solitario, segregado del consorcio de los hambres.

[278] Materiam, dice el original, y traducimos por objeto o idea capaz de llenar la mente y sustraerla de los pensamientos vanos o ajenos. El monje debe concentrar en ese objeto o materia las facultades del alma para evitar la divagación.

[279] 23 Alusión evidente al pasaje bíblico del Deut., vI, 6 ss., que dice así: «Y estarán estas palabras… muy dentro de tu corazón. Incúlcaselas a tus hijos, y cuando estés en tu casa, cuando viajes, cuando te acuestes, cuando te levantes, habla siempre de. ellas. Átate  a tus manos para que te sirvan de señal; póntelas en la frente, entre tus ojos; escríbelas en los postes de tu casa y en tus puertas.»

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