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de las Ermitas de Montserrat

by en 2 noviembre, 2009

El año 2003, el P. Basili María fue llamado a lo que él sin duda habría dado también el nombre de su propio “mahasamadhi”. Esa unión total y definitiva con Dios a la que todos hemos sido llamados desde el primer instante de nuestra concepción como “hijos del hombre” y que, con más o menos claridad, buscamos por el camino de la vida desde lo más profundo de nuestro corazón, ya que a todos se nos ha llamado, buenos o malos, ricos o pobres; solo hemos de aceptar el vestido de la Bodas del Cordero para ser admitidos al Banquete del Amor.

Las ermitas de Montserrat han tenido una larga historia. Se cree que son previas al comienzo de la vida cenobítica en Montserrat, comenzada posteriormente a la existencia de la pequeña Capilla dedicada a la Virgen y otra a San Onofre. La de la Virgen se hizo el centro de la vida monástica y centro de atracción de los peregrinos que sin cesar la visitan desde entonces en su santuario. La capilla de S. Onofre sigue en su original arquitectura románica, en el interior del jardín del Monasterio, restaurada hacia el año 1930 por los jovenes aspirantes a la vida monástica, dirigidos por su prefecto, Dom Ricard Maria Sans. En la misma época construyeron también el nuevo cementerio de los monjes, exterior a los recintos del Santuario.

Paralelamente al desarrollo de la vida monástica y de la devoción mariana, la vida eremítica siguió su curso paralela a la del Monasterio. Hasta que las guerras napoleónicas destruyeron la vida monástica, se consideraban parte integrante de Montserrat a los monjes, los ermitaños, los hermanos legos, los presbíteros y los niños ofrecidos a la Virgen por sus padres, y que constituían uno de los más antiguos coros de niños cantores y que ha continuado hasta hoy día, adaptado a los cambios culturales.

Las ermitas de Montserrat era una de las formas de la vida monástica en Montserrat, de manera que los aspirantes a la vida eremítica se formaban en el Monasterio y allí esperaban hasta el momento en que una ermita quedara libre. La Laus Perenne de Montserrat era mantenida día y noche. Siempre habían quienes estaban dedicados a la oración y la alabanza.

Las guerras nopoleónicas causaron irrecuperables destrozos en la cultura y en las instituciones de Europa, de los que no se libró la Iglesia, ni sus edificios e instituciones. Las nuevas corrientes laicistas venidas de Francia provocaron la prohibición de la vida religiosa en España, por lo que el Monasterio quedó oficialmente vacío durante unas decenas de años. Los restos de vida monástica exiliada de la montaña, lograron finalmente retornar bajo la consideración oficial de ser una especie de escuela para misioneros der ultramar. Poco quedaba de Montserrat entonces, la imagen de la Virgen había sido salvaguardada aunque muy maltratada por los soldados napoleónicos, y fue restaurada. Ya obtenida la posibilidad de la vida monástica en Montserrat, con inmensos esfuerzos se fue haciendo su restauración. La Coronación de la Virgen y proclamación como patrona de las Diócesis de Cataluña fue un hito importante en esta recuperación sostenida por la fe cristiana del pueblo.

La primera mitad del siglo XX, hasta el exilio provocado por la persecución paralela a la guerra civil del 1936, fue un tiempo de gran crecimiento del Monasterio, que llegó a alcanzar los doscientos monjes, bajo la paternal dirección del Abad Antoni Maria Marcet, fallecido en olor de santidad, ya después de la postguerra.

la restauraciòn del Monasterio y del Santuario en los siglos XIX y XX no tuvo su paralelo en la restauración de las ermitas. El Abad Marcet soñó con su restauración, pero no pudo realizarse en vida suya. Un joven monje, que hizo su profesión solemne el 1939, Dom Estanislau Maria Llopart, le pidió entonces poder realizar su vocación de ermitaño. Así fue el comienzo de una nueva etapa eremítica en Montserrat. El P. Estanislau M., después de largos años de espera, pudo finalmente comenzarla en la Santa Montaña. Primeramente en la Santa Cueva de la Virgen, y unos cuatro años y medio más tarde en la reconstruída ermita de la Santa Creu, una de las doce tradicionales, y la más cercana al Cenobio.

Hacia el año 1961 la Santa Cova de la Virgen se convirtió en la primera ermita de la nueva etapa del eremitismo montserratino. En el 1965, en las Visperas de la Fiesta de la Santa Cruz, el 13 de Septiembre por la noche, la celebración solemne de la Vigilia Eucarística de rito bizantino, inauguró la estancia del P. Estanislau Maria en su nueva ermita, construída con sencillez, adosada a la Cueva de una sola roca que constituía el techo y la pared del fondo de la ermita. En esa celebración le acompañó Dom Basili María Girbau, gran conocedor de la Liturgia bizantina, monje de gran cultura y curiosidad inagotable, con alma de niño.

El P. Estanislau María pidió a su Abad, Dom Gabriel M. el permiso de poder quedar siempre en silencio. Pero el Abad le adujo que sería un gesto con poca significación en el ambiente occidental. Además, en lugar tan agreste serían muy pocas sus visitas. El P. Estanislau M., siempre dócil, aceptó la indicación del Abad, diciéndole que sobre las visitas, ya le informaría en su momento. Solo registró las de los tres primeros años, que fueron los más tranquilos, en el que miles de personas lo visitaron; después la afluencia fue creciendo de tal manera que hasta le privaban en ocasiones de sus cortas horas de sueño. Solo una persona con el corazón silencioso como el suyo podía llevar tal peso sin romperse con el agotamiento que suponía la atención a toda clase de gentes que llamaban a su puerta.

Durante los años que estuvo en la Santa Creu, un monje portugués y varios jóvenes, varones y mujeres, quisieron seguir su ejemplo viviendo en las diversas ermitas de la montaña, es decir, en las cuevas reconstruídas de la forma más pobre y sencilla, con las mismas piedras de la montaña, siguiendo su guía espiritual.

El ermitaño de la Santa Creu tenía una vieja vocación a realizar: su vocación misionera en Oriente, entre los no cristianos como vocación de premisión, de presencia crístiana, de preparación para la evangelización, en el silencio y la oración. Por ello, obtenido finalmente el permiso de su Abad, salió de Montserrat en dirección hacia Oriente en el año 1972, en el dia 14 de Diciembre, día de S. Juan de la Cruz. Habitó en una pobre cueva cerca de Belén durante un año y medio, y después salió hacia su destino en una región olvidada del Japón, hasta el año 2003, en que regresó a Montserrat a encontrar su descanso final a los pies de la Moreneta. Entregó su alma a Dios a las cinco semanas de su regreso.

Días antes de partir de Sta. Creu hacia Tierra Santa, el ermitaño contó a una joven discípula el desconcierto del P. Basili María, recién llegado de Tierra Santa, donde había trabajado como bibliotecario en el Instituto ecuménico pontificio de Tantur. Regresó con el deseo de estar cerca del ermitaño y su sorpresa fue ver que el ermitaño, el P. Estanislau M., partía precisamente entonces hacia Tierra Santa. Después de contarle esto, le añadió: “Cuando me haya marchado de la Ermita de la Sta. Creu, podrías decir al P. Basili M. que en lugar de lamentar que la ermita haya quedado vacía, ¿por qué no la ocupa él mismo?”

La joven no dudó en seguir la palabra de su Maestro espiritual y transmitió al P. Basili M. las palabras del P. Estanislau M. imediatamente después de su partida hacia Oriente. Y el P. Basili M. con su alma sencilla de niño y su entusiasmoo siempre joven, no se lo pensó mucho… Pronto obtuvo el permiso para ser el nuevo ocupante de la ermita de la Santa Creu, que excepto el intervalo de unos años en que estuvo en Mallorca para cumplir con una labor encomendada, ocupó siempre, hasta que su enfermedad le obligó a quedarse en su celda del monasterio.

Su estilo fue muy diferente del anterior ermitaño. Dios no crea seres humanos clonados. Por supuesto los monjes tampoco responden todos a una uniformidad. Incluso en una comunidad siguiendo todos un mismo ritmo de vida, una misma formación; los carismas recibidos, y la respuesta a la gracia y la acción del Espíritu Santo, en cada uno es particular y única. Y eso es una gran riqueza para toda vida comunitaria. El P. Basili M. amaba la amistad, tenía especial carisma para el trato con todo un estilo juvenil muy particular en él. Era transparente, exuberante, un poco teatral a veces, por simple buen humor. Y muy sensible.

Durante años ha acogido con un corazón abierto a cuantos han llamado a su puerta. En un tiempo como el nuestro, en que la gente en general ya no tiene tiempo para atender a su próximo, el P. Basili M. como ya lo había hecho el P. Estanislau M. vivió totalmente entregado a Dios y, precisamente por ello, totalmente entregado a cada persona que venía a él. Un buen monje, y un buen amigo.

M.A.
(texto y fotos)

Extraído de:

catequetica

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  1. Eremitas | Hesiquía blog

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