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Misteriosa llamada

by en 4 diciembre, 2009

Para muchos de nuestros contemporáneos la pregunta tradicional: «Decidme cómo puedo salvarme», ha dejado de tener sentido. ¿De qué habría que salvar a un hombre bien naturalmente bueno o bien «normalmente anormal»?

Las únicas actitudes que se ofrecen al «hombre de hoy» son un optimismo desmentido no obstante por la realidad cotidiana, un pesimismo desengañado, desesperado y desesperante, o la espera utópica en un día en que los hombres imperfectos creen al fin una sociedad perfecta que les haga perfectos a ellos por arte de birlibirloque, triunfando la razón por sí sola sobre las bajezas y las pasiones.

Sin embargo, nuestros contemporáneos sienten a menudo en el fondo de sí mismos, al igual que los hombres de todos los tiempos, una profunda necesidad de verdad absoluta, de belleza perfecta y de beatitud infinita. Ocurre entonces que les llega, como al peregrino ruso y a menudo gracias a él, el llamamiento de San Pablo: ¡Orad sin cesar!, y su corazón se extraña: ¿Qué significa este llamamiento? ¿Qué es la oración?

¿Por qué habría que rezar? ¿Cómo se puede rezar sin cesar? ¿Responde la oración a esta necesidad de verdad, de belleza y de beatitud que se siente como una nostalgia, como una misteriosa llamada?

Para muchos también, la historia de la Iglesia no revela en el fondo más que errores, ilusiones y fracasos; éstos no conocen del cristianismo más que algunas deformaciones o remedos, y se han llenado de calumnias que les impiden desear ver por sí mismos si no habrá acaso en la Iglesia una realidad desconocida.

Ellos desconocen, y a menudo hasta los cristianos practicantes, la historia de los santos, la respuesta dada por los místicos a los llamamientos frecuentes e instantes de la Biblia a la oración y a la práctica de los mandamientos, al conocimiento de la Verdad y a la unión con nuestro Padre que está en los cielos.

Los Relatos de un peregrino ruso nos colocan en presencia, en un contexto no habitual para el europeo occidental, de una tradición que remonta a Cristo y a los Apóstoles, y que es la de la oración continua, de la oración del corazón; de la Iglesia primitiva a Rusia, pasando por el monte Sinaí, el desierto de Egipto y el monte Athos, toda una experiencia precisa, sabrosa, luminosa, santificante de la oración y, por ella, del Amor misericordioso, salvador y unificador de Dios se ha transmitido, enseñada de maestro experimentado a discípulo, vivida por religiosos o laicos.

Una ilustración relativamente reciente de esta tradición se encuentra en la persona, la vida y la enseñanza de San Serafín de Sarov (1759-1833), que muchos en Occidente conocen, y en los célebres startsi de Optino, el gran convento ruso.

En los cuatro primeros Relatos de un peregrino ruso, el lector ha podido conocer al propio peregrino, su vocación, sus experiencias espirituales nutridas de la Biblia y de la Filocalía, que es una recopilación de textos patrísticos que tratan de la oración espiritual y la guarda del corazón. Antes de internarse en la Vía, el peregrino ha recibido de su starets una bendición que ayuda a vivir de las gracias conferidas por los sacramentos y a evitar los peligros del individualismo orgulloso o caprichoso por la sumisión humilde y ferviente a un maestro, que encarna para su discípulo la Voluntad de Dios.

Los tres relatos que aparecen en esta parte permiten volver a encontrar al peregrino. Fueron hallados entre los papeles del starets Ambrosio de Optino y publicados en Rusia en 1911.

El quinto relato muestra el carácter tenebroso e irracional de la naturaleza dejada a ella misma, y la urgente necesidad de la oración para escapar misericordiosamente de la pesantez que arrastra al hombre al abismo; habla de la Providencia, del Amor de Dios, de la intercesión de la Santa Virgen María, de la protección que asegura la oración.

Siguen consejos directos y prácticos sobre la confesión, consideraciones sobre la excelencia y la grandeza de la fórmula Señor Jesucristo, Hijo de Dios, tened piedad de mí, pecador, que constituye lo que se llama la «Oración de Jesús»; es ella la que, en la Ortodoxia, y a veces con una forma simplificada, constituye el «soporte» de la oración continua desde el inicio de su aprendizaje.

Luego, el relato habla de los dones del Espíritu Santo, del amor al prójimo; responde a los temores de los que no se atreven a recurrir a la oración, y da por último un método evangélico de oración, mostrando en el Santo Evangelio una enseñanza progresiva sobre la oración y sus frutos. El sexto relato habla de la función de los Evangelios; da, apoyándose en la enseñanza de los santos, el secreto de la salvación, revelado por la oración continua:

«Estar en Él (Cristo) quiere decir sentir continuamente Su presencia, invocar continuamente Su Nombre»; se trata de la gravedad y poder de la oración, de la posibilidad de rezar en medio de ocupaciones absorbentes o en compañía, de la pereza o de la avidez de goce espiritual; por último, un breve resumen vuelve a examinar algunos puntos importantes.

El séptimo relato habla del eremitismo, de la función del starets, de los peligros de la imaginación, del desaliento, y muestra, para terminar, cómo rezar por los demás. Estos relatos contienen instrucciones precisas, apoyadas en la Tradición e ilustradas por pequeñas anécdotas. Se trata, en particular, de la frecuencia de la oración, que es «el único método de llegar a la oración pura y verdadera…

Para convenceros definitivamente de la necesidad y de la fecundidad de la oración frecuente, reparad en:

Que todo deseo y todo pensamiento de rezar es obra del Espíritu Santo y la voz de nuestro ángel custodio.

—Que el nombre de Jesucristo invocado en la oración contiene en sí mismo un poder salvador que existe y actúa por sí mismo…»

Este carácter de la invocación del Nombre de Jesús tiene origen bíblico; los Apóstoles hablan de él, después de haber sido invitados por Jesucristo a rezar en Su Nombre y vueltos atentos por el Pater Noster: Sea santificado vuestro Nombre y por el Magnificat: Santo es Su Nombre. La Santa Virgen conocía evidentemente el sentido del Nombre de Jesús, que es: Dios salvador, y ella ha invocado este Nombre que resume toda la misericordiosa Revelación del Padre en Su Hijo y toda la historia de la salvación; los Apóstoles lo han invocado, a su vez, como lo muestran los textos bíblicos y la maravillosa historia del discípulo de San Juan, San Ignacio de Antioquía, quien invocaba continuamente el Nombre de Jesús y hasta lo había inscrito en letras de oro en su corazón.

La «Oración de Jesús» de la que habla el peregrino ruso muestra la continuidad de esta invocación a través de los tiempos, asociada con un llamamiento explícito a la Misericordia. Pero los Nombres de «Padre» y de «María» han sido también invocados con frecuencia, al igual que los de «Dios» o de «Señor».

La práctica de la invocación de un Nombre divino puede apoyarse, por ejemplo, en estas citas de los Salmos: Pero yo he invocado el Nombre del Señor; Señor salvad mi alma; Sacrificaré una hostia de alabanza e invocaré el Nombre del Señor; Bienaventurados los que aman Vuestro Nombre.

El santo obispo Ignacio Brianchaninov escribía en el siglo pasado: «El Nombre, por su forma exterior, es limitado, pero representa un objeto ilimitado, Dios, de quien recibe un valor infinito, divino, el poder y las propiedades de Dios». Es la doctrina de la Tradición.

Los católicos se preguntarán acaso si pueden encontrar en su Iglesia una enseñanza parecida a la que encontramos en los Relatos de un peregrino ruso. No es lugar aquí de responder detenidamente a esta pregunta; digamos simplemente que si la Iglesia ortodoxa ha desarrollado y continúa enseñando una doctrina particularmente precisa de la invocación del Nombre de Jesús y de la oración continua, la Iglesia católica también ha respondido a la exhortación de San Pablo: ¡Orad sin cesar!, y predica la devoción al Santo Nombre.

Por una parte, el cristianismo de los santos de la Iglesia de Oriente es de una autenticidad tal que su enseñanza atañe a todos los que quieren ser realmente cristianos; por otra parte, las obras de un San Bernardo de Claraval, de un San Buenaventura, de un San Bernardino de Siena o de un San Alfonso M.ª de Ligorio, que son santos de Occidente, contienen igualmente enseñanzas sobre la invocación del santo Nombre de Jesús así como del de María, del que San Efrén ha escrito: «El Nombre de María es la llave que abre las puertas del cielo.» Y un Frère Laurent de la Résurrection, por ejemplo, ha escrito magistralmente sobre La experiencia de la presencia de Dios.

Si es difícil encontrar actualmente en Occidente un starets, un maestro de la vida de oración, hay que pedir la ayuda del Espíritu Santo. Él suple la ausencia de maestro humano o puede dar ocasión a encontrar uno, pues Él mismo es el Maestro por excelencia y todo maestro humano, cualquiera que sea su grado de santidad, no es más en cierto modo que Su representante y Su encarnación.

Como lo enseña el monje en el sexto relato: «Todo deseo y todo pensamiento de rezar es obra del Espíritu Santo». ¡Que este mismo Espíritu guíe los pasos del que busca la Vía, la Verdad y la Vida!

En la fiesta del Santo Nombre de Jesús.

Charles KRAFFT

Extraído de:

Relatos de Un peregrino Ruso

(Prólogo de la 2ª parte)

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