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Vocación a la vida monástica

by en 26 febrero, 2011

¿Monjes para el tercer milenio? ¿Es que tiene sentido la vida monástica en una era posmoderna y de avanzadas tecnologías? ¿No es un residuo medieval? ¿Este tipo de existencia tiene algo que ver con lo que se vive en la calle?  ¿Es un planteamiento vigoroso, el del monje, que choca con la ideología “light”? ¿O es una evasión para no afrontar los retos que nos plantea la sociedad?

A pesar de que puede aparecer a los ojos de muchos como una vida monótona, quieta, la vida monástica es dinámica.  Más aún, es un combate.  Así la define, por ejemplo, la Regla de San Benito en el capítulo I.  Un combate diario.  Un combate contra muchos elementos que anidan en el propio mundo interior.  Un combate que pone en juego los elementos fundamentales de la existencia: el amor, la propia estima, la soledad, la sexualidad, el uso de la libertad, la relación entre personas o grupos, el cansancio por el trabajo, la limitación en el uso de los bienes materiales y la dificultad de compartirlos.  Un combate que pone en juego, también, la opción de creer, la pregunta por el sentido de la existencia, la oscuridad de la fe.

Un distintivo calificativo de los monjes, ya desde los inicios de la vida monástica, es el de la virginidad o el celibato.  No se trata de una mera continencia soportada estoicamente, sino de abrazar la castidad por el Reino de Dios, como una forma de vida y amor que implica una entrega total a Cristo y una apertura, también total, a los demás.  El monje y la monja, en su itinerario de integración y maduración de la afectividad y la sexualidad expresan la bondad de la dimensión sexual, creada por Dios, pero al mismo tiempo su finitud; y denuncian la absolutización del sexo: Su vida enseña que el hombre o la mujer nunca pueden ser vistos simplemente como un objeto para satisfacer vacíos o buscar satisfacciones egoístas.  La opción evangélica por la castidad supone un profundo respeto por el misterio personal del otro: Además, la castidad por el Reino expresa la convicción profunda de la cercanía de Dios, a pesar muchas veces de su silencio y su ausencia aparente.  El monje, la monja, le ofrece de modo absoluto e indivisible su amor, consciente de que sólo Dios puede llenar profundamente el corazón humano.

Otro gran distintivo de la vida monástica es la obediencia, por medio de la cual los monjes tratan de usar madura y evangélicamente de su libertad.  En efecto, la vivencia monástica de la obediencia está lejos de la superficialidad y de la inmadurez infantilizante; no pretende quitar la responsabilidad de opción y de acción: Todo lo contrario.  Exige una gran madurez, que uno va adquiriendo paulatinamente, y un ejercicio firme de la propia voluntad decidida a liberarse plenamente en lo más profundo de su interior; allí donde se desarrolla el combate  entre la libertad o esclavitud al propio egoísmo:  Por la obediencia, los monjes quieren continuar viviendo aquella actitud fundamental de discernimiento de la voluntad de Dios para ponerla en práctica, que encontramos en los grandes personajes de la Biblia y de la Historia de la Iglesia.

Por medio de la simplicidad de vida y de la comunión de bienes que debe imperar en los monasterios, tanto a nivel individual como comunitario, el monje busca ser interiormente libre frente al uso de bienes materiales, sin ninguna clase de apegos: También esto requiere un combate constante.  Con sus hermanos, presididos por el Abad o la Abadesa –que ha recibido la misión de ser centro de comunión en la fraternidad monástica-, procura formar una comunidad donde cada uno de reciba lo necesario, sin privilegios materiales ni distinciones arbitrarias: Incluso llega a vivir -y uno se pregunta si no debería ser más a menudo- la misma experiencia de los pobres que  no tienen lo suficiente.

Con sus tareas diarias trata de subrayar la dignidad del trabajo, sin buscar la ganancia por la ganancia, sino tratando de ser útil ante las necesidades de los demás con el fruto directo de su labor o con la distribución de parte de los beneficios proporcionados por el trabajo comunitario.  El monasterio, y según la sabiduría transmitida por los Padres y Madres del monacato, debe procurarse en la medida de lo posible que el trabajo, sea del tipo que sea -manual o intelectual-, no esclavice ni resulte excesivamente gravoso ni vaya en detrimento de otros valores, como la oración, la convivencia, la formación, la cultura.

Tampoco el camino de la oración litúrgica o individual esta exento del combate cotidiano.  El monje es un buscador apasionado de Dios y quiere amar totalmente a Cristo.  Pero, como los demás creyentes, en determinadas épocas de su vida se encuentra también con la oscuridad de la fe, el silencio de Dios, la oración aparentemente no escuchada, el cansancio, la “acidia” de que hablan los Padres del monacato.  Y ello experimentado en una opción de vida, como la monástica, que no tiene otro soporte fundamental que la fe misma.  En estas situaciones, trata de perseverar humildemente en la compunción y en el amor; sin desfallecer en la vida de oración a sabiendas de que la pedagogía de Dios no resulta siempre comprensible a la lógica humana.  Es consciente de que la acogida de la Palabra de Dios y la oración lo van purificando de sus pasiones, hacen nacer el amor en su  interior y lo van abriendo a Dios y a los hermanos.  Sabe que, por pura gracia, el Padre, por obra del Espíritu, va transformando –“transfigurando”, dirán los Padres- poco a poco su persona para reproducir en él la imagen y semejanza de Cristo.  El monje, además, en toda situación, tanto cuando está en la plenitud de su vigor espiritual, como cuando experimenta el desaliento, procura no dejar de ejercer el ministerio de intercesión que la Iglesia le ha confiado a favor de sus hermanos en la fe y de la humanidad entera.

A través de este itinerario va avanzando hacia la plenitud de su realización como ser humano y como creyente.  La vida en el monasterio le ayuda al trabajo lento de conocer su mundo interior para unificarlo de la dispersión, pacificarlo y centrarlo en Cristo; le ayuda, asimismo, a encontrar la unidad con los demás.

¿Tiene, pues, sentido la vida monástica en el umbral del tercer milenio?  ¿Puede aportar algo a sus contemporáneos?  ¿O es una opción personal, respetable –cómo no en una época que valora muchísimo las libertades individuales- que no tienen nada que ofrecer a los demás?

Lo dicho hasta ahora permite dar un inicio de respuesta (…).  Realmente, la experiencia espiritual que se recorre a lo largo de la vida monástica no es ajena a la experiencia fundamental que vive todo ser humano si quiere tomar consciencia de su realidad personal y vivirla en profundidad.  Y más todavía cuando se trata de un creyente en Cristo.

A partir, por tanto, de su propia existencia y del conocimiento progresivo de las profundidades de su ser, los monjes pueden prestar  un gran servicio a sus contemporáneos, puesto que están en disposición de acogerlos con sus valores, sus límites, sus interrogantes y sus heridas interiores y de decirles una palabra salida de la profundidad de su experiencia como creyentes.  Una palabra de vida; una palabra de “salvación”, en continuidad fundamental con la que pedían a los Padres del monacato los visitantes de los desiertos monásticos allá por los siglos cuarto, quinto y sexto.

Probablemente el servicio que puede prestar el monje es más necesario ahora que en otras épocas de la historia. En efecto, nuestro tiempo se caracteriza por ser un periodo de crisis de la civilización, de desencanto, de un gran progreso de la tecnología pero que no llega a producir  felicidad plena, de decepción ante los límites de la ciencia, de desmoronamiento de las ideologías que sustentaban la esperanza de tantos, de mucho vacío a pesar de tantas palabras como se oyen y se leen, de consciencia de la brevedad de la vida y de la llegada inexorable de la muerte.  En este contexto, son muchos los que buscan una vivencia  trascendente: Cuando, pues, la posmodernidad ha proclamado el fracaso de tantas cosas y los más lúcidos se preguntan por el sentido de la existencia y de la persona, los monjes pueden portar, desde su opción peculiar, una palabra iluminadora que acoja las inquietudes no siempre explicitadas de sus contemporáneos, puesto que en su vida monástica viven experimentalmente el combate de la existencia y la pregunta por el sentido de la misma.  Su respuesta constituye una parábola para los demás.  Una indicación del camino que conduce a la auténtica felicidad: Esta debe ser su aportación fundamental junto a otras en otros ámbitos concretos.  Y no es algo nuevo; este servicio ya lo prestó el monacato en otras épocas de crisis, como la que vivió San Benito.

(…)

Cuando uno ha entrado en contacto profundo con el monacato, se da cuenta de que continúan manteniendo toda su validez aquellas palabras del papa Pablo VI en Montecasino el año 1964, ante una representación altamente cualificada de toda la Confederación benedictina:  “La Iglesia y el mundo necesitan que el monje salga de la comunidad eclesial y social y se circunde de su recinto de soledad y silencio y desde allí nos haga escuchar el acento encantador de su oración llena de paz, desde allí nos atraiga para ofrecernos el cuadro de una oficina del “servicio divino”, de una pequeña sociedad ideal, donde reina como fin el amor, la obediencia, la libertad frente a las cosas y el arte de su buen empleo, la preeminencia del espíritu, la paz; en una palabra: el Evangelio.  La excitación, el alboroto, la febrilidad, la exterioridad amenazan la interioridad del hombre.  Le falta el silencio con su genuina palabra interior, le falta orden, la oración, la paz, le falta su propio yo.  Para reconquistar el dominio y el gozo espiritual interior necesita restaurarse en el monasterio.  Y una vez recuperado para sí mismo en la disciplina monástica, es recuperado para la Iglesia.  El monje tiene una función más urgente que nunca.  Y cuando se ha reencontrado a sí mismo, puede tener una función también respecto al mundo.  Su misma lejanía viene a crear en él unas nuevas relaciones a través del contraste, de la sorpresa, del ejemplo, de la posible confidencia y el diálogo secreto, de la fraterna complementariedad”.

Esta complementariedad puede y debe seguir en el tercer milenio. (…)

(Tomado del prólogo del libro titulado Monjes para el tercer milenio,

de Mercé Cerezo Rellán. Ediciones Monte Casino. Zamora: 2000)

Enviado por Lic. Pablo Germán Zambroni

 

From → Apuntes

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