Skip to content

Elías y nosotros

Capítulo VIII

Elías y nosotros

Entre todos los hombres de Dios que figuran en la Biblia, muchos son para nosotros simples siluetas, esfumadas tras el mensaje que tienen que ofrecernos.

Pero, con relación a alguno de ellos, con relación a los más grandes, nos es dado acercarnos a ellos y conocerlos mejor. Y podemos entrever un poco su vida profunda a través de los gestos de una historia en ocasiones llena de colorido, y percibir, más allá de su carisma y misión, el latido de su gracia personal, de su santidad.

Revelación de la intimidad divina

En una época muy áspera todavía, Elías ha sido encargado de misiones terribles: desencadena una sequía impresionante, hace caer la cólera divina, degüella a los sacerdotes de Baal, debe “pronunciar unas sentencias de venganza”. Pero parece que lo esencial de su mensaje está en otra parte: en una revelación de orden espiritual, en el descubrimiento de la intimidad divina que el profeta ha conocido en el monte Horeb (1 Re 19, 1-18): Yavé no está en las manifestaciones violentas, en el fuego o en el huracán, sino que revela su presencia en una brisa impalpable que expresa, en cuanto puede hacerlo un símbolo, la espiritualidad de Dios y su dulzura.

Querríamos intentar acercarnos, con espíritu de discípulos, al secreto de la vida íntima de Elías 1. Su historia nos muestra qué condescendencia tiene con los discípulos empeñados en seguirle, incluso cuando él quiere estar solo (2 Re 2, 2.4.6). Y aquí él mismo, el gran solitario es el que nos invita a seguirle, pues nos ha dejado su experiencia más intensa y más elevada, en esta noche, allá en la altura, en el hueco de la roca, donde Dios ha encendido para su profeta, y por su medio para todo su pueblo, una nueva luz.

En este mismo lugar había revelado su Nombre a Moisés, ese Nombre que dice algo de su naturaleza. Después había concertado la alianza con su pueblo y le había dado la Ley en medio de esa terrible tempestad de la montaña, que debía grabar para siempre en el alma del pueblo el temor de su Dios. Un Dios que manifiesta su trascendencia por todo ese cortejo terrorífico de truenos y relámpagos.

A Elías se le ha concedido, dentro de un encuentro vivo, una revelación complementaria sobre el ser de Dios. Dios no es solamente el Altísimo, el Omnipotente, cuyo paso hace temblar los cimientos de la tierra, que toca las montañas y humean. Dios es también el que se hace presente en la intimidad propia del Espíritu. Sólo la plenitud de la revelación nos dirá hasta dónde llega esa interioridad: dentro de la Santísima Trinidad es la circuminsesión*, el Hijo eternamente en el seno del Padre, la inmanencia de las Tres Personas tan compleja que no son más que un solo Ser. Y su presencia, su mansión en nosotros, en la que se resume para San Juan la comunicación de los secretos de Dios.

En cuanto a nosotros, estamos aislados por nuestros cuerpos opacos, impenetrables; no podemos intercambiar lo espiritual más que con palabras. Afortunadamente, el intercambio llega en ocasiones más lejos, cuando la amistad alcanza el nivel del silencio. “Dichosos dos amigos que se aman lo bastante como para saber callarse juntos”, decía Péguy. Pero ¡qué exterioridad, que impenetrabilidad demasiado real hace todavía de pantalla!

Dios está en mí, más íntimo a mí que yo mismo, más próximo y presente sin cesar. “Dios está aquí, ¡y yo no lo sabía!” (Gen 29, 16). Todo nuestro esfuerzo debe ponerse en que también nosotros sepamos estar, lo más frecuentemente posible, presentes a Dios.

Dios, en cuya presencia estoy

Sobre este punto es iluminadora la palabra con la que Elías declara que sirve al Dios vivo. Dice Elías:

En cuya presencia estoy (amadhti lephanau) (1 Re 17, 1; 18, 15).

Sin duda alguna, la expresión hebrea es corriente para expresar el servicio y se emplea con frecuencia aplicada a los servidores, en un sentido vulgar. Pero no es indiferente el que Elías haya elegido esta palabra 2. Se palpa aquí la fragilidad de todas las traducciones, que no pueden dar a la vez el sentido normal de una expresión: “a quien sirvo”, y su labor, su sentido original, cuya coloración aflora bajo el uso semántico: “en cuya presencia estoy”. Cuando Elías quiere manifestar que sirve al Dios vivo, no nos es indiferente hacer constar que, entre tantas maneras posibles, hay preferido expresarlo diciendo simplemente que “está en presencia de Él”.

Dios no tiene necesidad de nuestros servicios ni de los de Elías. Ciertamente, puede dejar caer su cólera sin nosotros, y si hubiera necesidad de algo, ¿no tiene al instante doce legiones de ángeles? El único servicio que Dios espera de nosotros es la atención, la presencia: que “estemos delante de Él”. Y cuando avanza la revelación, nos encontramos con esta palabra asombrosa: “tiene sus delicias en estar con los hijos de los hombres” (Pr 8, 31). ¿Por qué no intentamos ofrecerle un poco más frecuentemente esta alegría de estar con Él? Si el Señor nos hiciera la gracia de hacernos sentir esa presencia, sería una gracia. Pero si no lo hace, no está por ello menos presente en este momento. Y, en este ahora, todo nuestro esfuerzo debe consistir en hacer incesantemente más viva, más actual, nuestra fe en esta presencia, por la cual la creatura inteligente rencuentra su centro de gravedad ontológica, y el Hijo de Dios la intimidad con el Padre.

Pero esta presencia es una brisa silenciosa, tan imperceptible que cualquier ruido la tapa. Y es preciso, por eso, que el alma esté enseñada a distinguirla de todo lo que no sea Él.

El desierto

Por eso principalmente ha tenido Elías que atravesar el desierto.

¿Os habéis fijado en la predilección de Dios por el desierto, a lo largo de toda la Biblia?

Es que el desierto es árido, claro y difícil, vacío y capaz de vaciarnos. Es indispensable pasar por el desierto para espiritualizarnos, para llegar a las comunicaciones más elevadas. La tierra sin camino es el camino de Horeb.

Al entrar en el desierto, Elías deja a su criado. Para pasar por las grandes experiencias no se puede estar más que solo. Cuanto más profundo es el sonido, de dolor o de alegría, más aísla. Y esta soledad es necesaria a la misma purificación, y tan necesaria que, si Dios no tiene un desierto a la mano para meteros en él, lo crea expresamente para vosotros. Le basta con cortar las comunicaciones en torno al alma que quiere purificar. Entonces, aun en el seno de una familia, de una comunidad religiosa, de un buen equipo fraternal, puede estar tanto más aislada cuanto más rodeada aparezca. Es necesario que esté sola. Ya el encuentro misterioso de Jacob con Yavé tuvo solamente lugar una vez que se quedó él solo en el campamento e hizo pasar al otro lado del torrente sus presentes, sus mujeres, sus hijos, sus rebaños y equipajes. Jacob se quedó solo (Gn 32, 25). Y entonces comienza la lucha.

También para Elías, desde la primera jornada de camino, surge la gran prueba: una tentación de cansancio y descorazonamiento.

Deseó morir y dijo: “¡Basta, Yavé! Lleva ya mi alma, que no soy mejor que mis padres”. Y, echándose, se quedó dormido.

Hace justo veinticuatro horas del triunfo que le daba alas para correr por la ruta de Yizreel. Ayer, solamente ayer, sucedía la victoria aplastante del yavismo en el Carmelo. El fuego devoraba el holocausto y el pueblo todo gritaba a una voz: “¡Yavé es Dios, Yavé es Dios!”, y la raza de los profetas de Baal era exterminada… (1 Re 18). Había creído que alcanzaba así el desquite definitivo de Yavé y el establecimiento de su culto para siempre en la tierra de su heredad…

Pero ha sido suficiente la malicia de una mujer ­–-“no hay peor cólera que la cólera de una mujer” 3–- para hacer fracasar el desagravio lleno de esperanza. Mañana, los sacerdotes de Baal abundarán nuevamente. El pueblo voluble los seguirá. Y Elías tendrá que huir. No es un castigo, como supone San Juan Crisóstomo, ni un “desfallecimiento humano”, el mismo Señor recomendará: “Cuando os persigan en una ciudad, huid a otra” (Mt 10, 23). No merecen alabanza ni la temeridad ni las bravatas. Elías tenía que fugarse por el interés mismo del yavismo, del cual era el último fiel. Pero, después de la gloriosa jornada del Carmelo, siente como mucho más pesada la humillación.

 

Sujeto a las mismas miserias que nosotros

Elías está solo. La inmensa soledad del desierto que lo rodea no es más que una imagen del aislamiento y soledad en su fe. Todo su celo ha sido impotente. Allí conoce ese profundo sentimiento de frustración que habita tan frecuentemente al corazón del hombre. Los más bellos triunfos no “dan resultado”. Y hasta es posible quizá que ahí hallemos nosotros el más agudo conocimiento de nuestra miseria interior. Aunque uno fuera instrumento de milagros prodigiosos, eso no cambia al hombre viejo. Los milagros no son, no hacen santidad. Si a Dios le agrada servirse de nosotros para unas obras exteriores –-sin hablar de milagros, por ejemplo, el apostolado, la predicación–-, nosotros volvemos a encontrarnos con todo el peso de lo que somos, con esa desproporción más sentida todavía entre lo que es de Dios y lo que es nuestro.

Esa es la confesión conmovedora del santo:

No valgo más que mis padres,

A la que hace eco en su carta el apóstol Santiago:

Elías no era más que un hombre, sujeto a las mismas miserias que nosotros 4.

 

El rudo Tesbita vestido de pelo, que tenemos siempre tendencia mirar hierático, lejano, sobre las cumbres en que se crea la luz, está ahí tan parecido a nosotros, tan próximo a la experiencia de nuestra miseria… Yavé le había puesto sobre unas fuertes montañas, y le decía, en su seguridad: “¡Nunca te perturbará nada!” Que esconda Dios su rostro, y ahí lo tienes deshecho (Sal 30, 7-8). La sobriedad del relato nos deja adivinar que Elías ha conocido en el desierto la gran purificación de la fe, que ha pasado por la tiniebla mística: “’Basta, Yavé! Lleva mi alma”. Está agotado, porque “el combate espiritual es tan brutal como una batalla de hombres”.

Oprimido, se durmió. Pero he aquí que se le aparece un ángel para reconfortarle.

Le trae un alimento maravilloso que le da fuerzas para superar las etapas más difíciles. “El hombre se alimenta con pan de ángeles”, como cantará el Libro de la Sabiduría. Elías puede partir de nuevo.

La tierra sin camino

Unas cuantas pisadas, y Elías va a llegar al final… No, todavía no. La prueba debe durar “cuarenta días y cuarenta noches”. Un alma se purifica lentamente. Después del triunfo, después de la angustia, después del consuelo, hay que permanecer largo tiempo en este desierto, uno de los más austeros del mundo. Nada puede sustituir la prueba del tiempo. Es preciso que el alma aprenda a estar permanentemente delante de Dios, a seguir en pie en la fe y en la noche. La larga oración es el mejor camino por el que Dios nos lleva a la alta oración. En este vacío, en esta tierra que no se puede tomar en fotos, sin nada que despierte el interés, el alma se purifica por el hastío. Es una palabra que a veces tenemos miedo a pronunciar, como si no tuviera el hastío un valor de purificación de primerísima categoría.

“¿Dónde está el hombre que sabe aburrirse? ¿El que, cuando no puede escapar al hastío por arriba, no quiere huir de él por abajo? Contra este hombre no puede nada ninguna prueba. La noche de los santos es el hastío sufrido sin desfallecer” (Thibon).

¡Y si solamente fuera el vacío y el tedio! Pero el desierto es una tierra sin camino. Lejos de las sendas de los hombres, fuera de todo camino trazado, hay que aprender a ser guiados directamente por Dios, por sus caminos que no son los nuestros, que con frecuencia nos parecen mucho más largos que los nuestros. Per tuas semitas5. Sólo Él sabe de qué caminos de hormigas tenemos necesidad para llegar al fin que Él solo conoce.

Y la espera, la monotonía, el rigor del desierto tienen un valor educativo irreemplazable: agudizan en nosotros el deseo, despertando nuestros sentidos espirituales. Al aceptar, a ejemplo del profeta, esta marcha indefinida por una tierra desierta, sin camino y sin agua, el alma se suaviza y entiende los caminos de Dios. Así ha adquirido Elías ese discernimiento que le permitirá saber en el primer instante, ante los fenómenos más impresionantes, que “no está allí Yavé”. Los ojos se habitúan a la oscuridad, se afina el oído en el silencio y se torna capaz de escuchar los más ligeros murmullos…

El silencio

Todos los rigores del desierto sirven únicamente para llevar al alma a ese silencio que es la condición misma de toda vida espiritual. Nosotros no podemos ir al desierto, como Elías o como más tarde fueron los eremitas. Quizá no podemos consagrar un tiempo considerable a la oración. Pero todos podemos tender al silencio interior. Nos quejamos muchas veces de que no tenemos tiempo para dar más hondura a nuestra vida espiritual. Para esto no hay necesidad de estar particularmente dotado, no hace falta tener tiempo. El silencio interior es posible aun en la vida más llena de compromisos, cogida por una actividad apremiante. Cuando suena el teléfono y nos interrumpe el trabajo, el momento de ir a contestar es suficiente para hacernos nuevamente conscientes de la intimidad de Dios siempre presente y encontrar otra vez allí la fuerza de vivir, y de hablar, y de ser todo para quien nos llama. Nuestras jornadas están llenas de estos tiempos vacíos, que gastamos distraídamente, a la buena de Dios, como vulgar moneda corriente, cuando podríamos transformarlo en oro puro bajo la mirada de la atención.

Debemos intentar conservar preciosamente esta zona de silencio intacta, esta cima de pura soledad, en la que podamos “mantenernos incesantemente en presencia de Dios vivo”. Esa es, según nos lo ha enseñado Elías, la manera de servirle.

En esta profundidad del silencio podemos estar atentos a los más imperceptibles rumores. Velado el rostro, dentro de la noche de la fe, el alma purificada por el silencio reconoce en sí misma, sin ningún ruido de palabras, la secreta presencia de su Dios.

 

Padre de los contemplativos

Y éste no es un camino que nos aísle, que nos separe. Inmediatamente después de esa experiencia inefable, el profeta recibe la orden de “volver por el mismo camino” (1 Re 19, 15).

Su deber de estado le llama, más fuertemente que en el pasado, para una terrible misión de castigo. Dios le envía de nuevo a su quehacer humano, a su papel de profeta. Pero Elías lleva consigo, inmarchito para siempre, el silencio de Horeb, de esa montaña alta en la que se ha inaugurado, en favor suyo, una de las formas más espirituales de la intimidad divina.

Por ello es Elías el padre de los contemplativos, y una gran orden contemplativa vive de su espíritu 6. Pero también son contemplativos, a veces sin saberlo, todos aquellos que, más o menos veladamente, están sedientos de esa intimidad. Son contemplativos todos aquellos que, aunque sea débilmente, han adquirido conciencia de la intimidad divina y tratan de estar atentos a ella, en silencio.

Esta noche, vivida por el profeta en la cumbre del Horeb, es un primer paso en la revelación del silencio. Todos los contemplativos, hasta el final de los tiempos, vivirán siguiendo las huellas de Elías.

Pertenece al capítulo VIII, “Elías y nosotros” del libro “Caminos a través de la Biblia” de Sor Jeanne D´Arc y publicado por Desclée de Brouwer en 1994.

 Notas

1  Dichosos aquellos a quienes honras con tu amistad (Ecl 48, 11). Sigo aquí la Vulgata: Beati qui… in amicitia tua decorati sunt. El texto griego es dudoso, pero su sentido no es probablemente el que aquí da el latín.

* Los términos latinos circuminsessio y circumincessio fueron utilizados en la Escolástica latina para traducir el término griego perichoresis, y significan con diversos matices el mismo concepto de la      in-existencia mutua de las tres divinas Personas la una en las otras circuminsessio (de circum, en torno, e insidere, sentarse, estar sobre o dentro de otro) de manera más estática, como presencia o inhabitación mutua, o circumincessio (de circum, e incidere, avanzar) de manera más dinámica, como efusión o compenetración mutua.

2  La expresión “estar en presencia de”, “estar delante de”, se encuentra alrededor de ochenta veces en la Biblia hebrea. En la mitad de los casos, conserva su sentido propio: estar delante, presentarse; de aquí el sentido cultural (unas quince veces) atribuido a los sacerdotes, a los levitas, que están delante del arca, delante del altar, delante de Yavé, para hacer el servicio del culto. “Estar delante” tiene a veces el sentido de “resistir”, “ponerse en contra”; de ahí esa significación interesantísima desde el punto de vista religioso de la intercesión: Moisés “estuvo en la brecha delante del rostro de Yavé” (Sal 106, 23; cf. Jer 18, 20).

Unas doce veces tiene el sentido particular de servir a un rey, a un señor. Elías la emplea en esta acepción de servir, pero aplicándola al servicio de Dios. Y, en este sentido preciso, en que no se trata manifiestamente ni de culto, ni de intercesión, casi no se encuentra más que en su boca (1 Re 17, 1; 18, 15), y en la de su discípulo Eliseo (2 Re 3, 14; 5, 16) que la ha aprendido de él (cf. También Jer 15, 19). No es pues tan banal en este sentido; hay ahí algo propio de Elías.

3  Ecl 25, 15. Toda la vida de Jezabel ilustra este proverbio: 1Re 18, 13; 19, 1-2; 21, 5-16, etc.

4  Sant 5, 27. Por haber escrito esta palabra, Santiago debería ser el patrono de la hagiografía.

5  Es la conclusión del himno Sacris solemníís (de donde el Panís angelícus) de Santo Tomás de Aquino:

Per tuas semitas

duc nos quo tendimus

ad lucen quan inhabitas.

(Condúcenos, por los caminos que tú elijas, al término al que tendemos: a la Luz que Tú habitas)

6  Es bastante extraño que el oficio de San Elías, en el propio del Carmelo (20 de julio), no mencione ni el desierto, ni el Horeb, fuera de una fugaz alusión en un himno. El primer nocturno es Sarepta; el segundo, un amasijo de leyendas; el tercero, la Transfiguración. Los capítulos están tomados del Eclesiástico; las antífonas y los responsorios aluden a los milagros, y al fuego del cielo… Hay que esperar al final de la Octava para leer 1 Re 19.

¿Han pensado quizá los liturgistas que su héroe no se encontraba ahí en situación bastante halagüeña, y que su piedad filial debía cubrir su prueba con un manto como a Noé? Se diría que les ha impresionado la palabra del Ecl (48, 7) sobre “el reproche” oído en el Horeb, y les ha hecho eliminar de la historia de Elías precisamente el episodio más rico en valor contemplativo…

Agradecemos el aporte de Hno. Gabriel y Hna. Ofelia quienes han hecho posible que hoy pongamos este capítulo a disposición de ustedes.

Dejar un comentario

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: