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Monjes en el corazón del mundo

by en 5 febrero, 2010

Nuevas formas urbanas de vida religiosa

La Fraternidad de San Pablo de Marsella intenta insertar los ideales del monaquismo original en un contexto actual de frontera, en zonas de la ciudad en las que existen problemas de exclusión social, fuerte presencia extranjera y diversas culturas y religiones en convivencia.

A menudo, religiosidad (o espiritualidad) -no entraremos a distinguir aquí entre los dos conceptos, que en Occidente presentan matices y diferencias que sin embargo no hay que olvidar- y vida urbana se han visto presentadas como dos realidades aparentemente difíciles de compatibilizar. Existe la idea, ampliamente extendida, de que el origen y despliegue de las grandes tradiciones religiosas, por ejemplo, tiene más que ver con la ruralidad y con las tradiciones de pequeñas comunidades humanas que con la realidad de los grandes entramados urbanos. Esto no ha sido exactamente así. Algunos estudiosos han puesto de manifiesto, por ejemplo, que las primeras comunidades cristianas paulinas, las primeras células cristianas formadas por san Pablo -un judío de cultura griega-, no se desplegaron a través de las regiones más remotas y rurales de Palestina, aparente centro neurálgico del cristianismo, sino en las principales ciudades estratégicamente situadas en la cuenca nororiental del Mediterráneo.

Algunos de los principales sociólogos que elaboraron las teorías de la modernidad -Durkheim, Weber, etc.- pronosticaron que una de las características propias de las sociedades modernas, acaso la más significativa, consistía en la retirada definitiva de la religión como fundamento cohesionador en colectividades caracterizadas por la eclosión del capitalismo, la aparición de las grandes concentraciones urbanas y el conocimiento científico. No les faltaba razón. El paso a un mundo desencantado -en palabras de Max Weber- ha sido la pauta dominante de un mundo centrado en el dominio de la racionalidad práctica.

Con todo, hoy, paradójicamente, algunas dinámicas propias de este mismo mundo -la secularización, la desaparición de determinadas formas de expresar la espiritualidad difícilmente compatibles con la mentalidad actual o el creciente pluralismo religioso de nuestras sociedades complejas y las demandas de reconocimiento público que exigen algunas tradiciones religiosas a las sociedades laicas- implican que la ciudad, el mundo urbano, se convierta en el campo de pruebas por excelencia de nuevas experiencias e iniciativas de vida religiosa en ciudades que beben de la experiencia, y enlazan con ella, pero que se esfuerzan por encontrar nuevas vías de expresión.

Experiencias, por ejemplo, como las de Simple Way en Estados Unidos o, más cercana, la de la Fraternité Saint Paul de Marsella responden a esta dinámica. En este artículo daré un breve apunte sobre la experiencia de intentar crear un nuevo monaquismo en los quartiers nord de la ciudad de Marsella, que pude conocer en persona hace unos meses.

“Banlieues”, “quartiers” y “cités”: Hace pocos meses, el Gobierno francés aprobó un importante plan de choque -Espérance banlieue- para hacer frente y paliar una parte de las carencias estructurales que afectan a más de 250 barrios marginales de las grandes concentraciones urbanas del país. Era la materialización de una promesa que, en el año 2005, el entonces ministro del Interior y actual presidente de la República, Nicolas Sarkozy, hizo a raíz del estallido de los graves episodios de violencia urbana que inflamaron algunas de las banlieues más importantes de Francia. El análisis de las causas de aquellos hechos dio pie a varias interpretaciones: consecuencia de la marginación, en especial de los más jóvenes; el paro clamoroso; la falta de expectativas y la imposibilidad de definir un proyecto personal con futuro por parte de muchos de sus habitantes; el bloqueo del ascensor social en uno de los Estados del bienestar más sólidos de Europa y, en última instancia, un modelo de integración de la inmigración que se ha demostrado poco eficaz a largo plazo.

Que los barrios periféricos de Marsella resistiesen el efecto mimético de aquella espiral de violencia de hace casi tres años es una paradoja si nos atenemos al hecho de que la segunda mayor ciudad de Francia después de París cuenta con importantes núcleos urbanos con desequilibrios y carencias muy complejos y de gran calado. Lo curioso de todo ello es que varios actos vandálicos de otoño del año 2006 registraron más dramatismo y más gravedad -quema de varios autocares interurbanos- que los sucesos que allí ocurrieron el año anterior. Sociólogos y urbanistas lo justifican aduciendo la diferencia existente entre lo que es propiamente una banlieue y un quartier o una cité, mucho más conectados estos últimos -pese a su realidad periférica- al resto de la trama urbana. Existe otra razón que tal vez habría que considerar: Marsella es una ciudad con un índice de inmigración muy elevado y con una prolongadísima experiencia en cultura de acogida de recién llegados, en especial del Magreb. Y ello ha provocado -como me explicabain situ un argelino oriundo de Orán y habitante de un barrio del norte de la ciudad- que en algunos aspectos y en determinados espacios, el estilo de vida que allí se desarrolla no diste mucho del que se puede encontrar en algunas ciudades más o menos occidentalizadas de la ribera sur del Mediterráneo. Hablábamos de todo ello en su piso HLM (vivienda de protección social y de promoción municipal) mientras su hija de dieciséis años, nacida en Francia, miraba embobada la teleserie de un canal en lengua árabe que no fui capaz de identificar. La particularidad de Marsella, pues, ha favorecido un clima de convivencia e integración más positivo y consolidado que en otras ciudades en los que la fuerte oleada inmigratoria de los últimos cuarenta años ha provocado tensiones importantes. Pese a ello, conviene no olvidar dos datos importantes: Marsella es una ciudad de 820.000 habitantes con casi un 25% de inmigración y una de las ciudades de Francia con una media de paro más elevada: un 12%, frente al 8% de la media estatal.

Monjes en el corazón de los “quartiers-nord” de Marsella: ¿Es posible, en el contexto social y cultural de estos barrios, marcado también por una presencia hegemónica de familias de confesión musulmana, imaginar el arraigo de una comunidad con vocación de seguir encarnando de modo nuevo la intuición monástica del ora et labora? Pues sí. No hablamos de una comunidad religiosa de vida activa en el ámbito social o educativo, sino de una fraternidad monástica directamente inspirada -como recoge su propia regla de vida (Chemin d’Incarnation. Pour une vie monastique en cité, publicada en 2003)- en la regla de san Benito y la de san Basilio… Y es que, en la tradición monástica -dice el prólogo del texto-, «las comunidades han intercambiado y compartido sus formas y estilos de vida, igual que los cocineros se han transmitido unos a otros sus más preciadas recetas».

Según el propio Henry C. Quinson, uno de los iniciadores y fundadores de este proyecto junto con Karim De Broucker en 1997, lo más característico del monaquismo desde sus orígenes no es la opción por desarrollar una función o una actividad determinada dentro de la Iglesia, sino sobre todo la opción y la elección de un lugar concreto en el que desplegar una vida de oración, de trabajo, y en comunidad. «Actualmente conviven -dice Henry- tres “lugares monásticos”: el mundo rural (los monasterios tradicionales), el centro de las ciudades (las fraternidades de Jerusalén nacidas en París son ejemplo de ello) y la periferia urbana… Nuestro deseo es estar presentes y hacer presente el espíritu monástico en los barrios desfavorecidos y en los suburbios de las grandes ciudades donde se encuentran muy presentes las religiones no cristianas, en especial el islam». Es ciertamente palpable de inmediato que aquí el cristianismo -muy minoritario- y el Islam -mayoritario- viven cara a cara y día a día. Uno de los grandes desafíos que afronta la Fraternidad de San Pablo es la proximidad de vecindad con el mundo musulmán en el corazón mismo de una ciudad europea. «Así como el desierto tuvo una carga simbólica determinante en el nacimiento del monaquismo, hoy la ciudad, con todas sus contradicciones y complejidades, puede convertirse en un lugar monástico por excelencia». Por otra parte, recuerda, «las primeras comunidades cristianas fundadas por san Pablo estuvieron muy marcadas por un mundo dividido religiosamente (judíos y no judíos), culturalmente (griegos y bárbaros), socialmente (esclavos y hombres libres) y económicamente (ricos y pobres)… ¡y la realidad del tercer milenio en los barrios periféricos de una gran ciudad como Marsella no dista mucho de aquello!».

Hace poco más de diez años, Henry y Karim se instalaron en un piso HLM con un objetivo bastante sorprendente: seguir las huellas de la tradición monástica de los Padres del desierto en pleno quartier del norte de Marsella. Más tarde llegaría Jean Michel, que tras unos años pasados en el monasterio trapense de Tamié se integraría a la Fraternidad de San Pablo de Marsella para exportar más tarde la experiencia al corazón mismo de Argelia, instalándose en Buduaw, una banlieue de Argel. Posteriormente se sumarían a la Fraternidad también Gautier y Jean Paul, sacerdote de la diócesis de Namur, en Bélgica, que llegó a la fraternidad hace tan sólo unos meses.

Los siete monjes del monasterio Thibirine asesinados a manos del GIA en 1996 son un referente importante para la Fraternidad. Jean Michel, junto con otros monjes trapenses, entre ellos Ventura Puigdomènech, actualmente hermanito de Jesús en el Assekrem, punto central del itinerario espiritual y personal de Carlos de Foucauld, ya vivieron un periodo relativamente largo de tiempo en Thibirine después de la tragedia.

¿Y por qué el nombre de “Fraternidad de San Pablo”? “El nombre no es ocioso -explica Henry-. De entrada es el nombre de la cité donde estamos; tomar su nombre es poner de manifiesto nuestra voluntad de arraigar en ella y de nuestra presencia prioritaria en el barrio, un barrio construido a principios de los años sesenta para albergar con cierta urgencia a los repatriados de Argelia. Hoy, aquellos pied-noirs han sido sustituidos por los numerosos argelinos llegados después de la independencia, por tunecinos, comorianos y gitanos. Saint Paul es un barrio con más de un cuarenta por ciento de paro. ¡Por otra parte, fraternité es un concepto con una carga y unas connotaciones que no pasan desapercibidas para el espíritu republicano francés…! Pero, más allá de esto, recalca nuestra voluntad de establecer una alianza, de llegar a ser hermanos de nuestros vecinos, de formar parte de esta familia».

La Fraternidad de San Pablo es hoy, en definitiva, una experiencia que intenta insertar y vivir los ideales del monaquismo original en un contexto original de frontera, una comunidad católica de inspiración monástica cuyos miembros viven una presencia cristiana de “vecindad evangélica” en zonas urbanas o barrios en los que el encuentro entre nativos y extranjeros, entre personas excluidas y otras con mejor suerte, entre culturas de procedencia diversa, o entre religiones dispares -especialmente entre cristianos y musulmanes- es hoy una realidad abierta. Siguiendo la línea del movimiento de renovación monástica manifestada en las doce columnas del nuevo monaquismo expresadas en Durham en el año 2004, sus miembros apuestan por una opción de vida monástica hecha realidad y encarnada en los barrios pobres de las grandes ciudades, en comunión con sus obispos y formando parte de sus diócesis. En la Declaración escrita el 2 de noviembre de 2001 del cardenal arzobispo de Marsella, Mon. Panafieu, fue reconocida como “comunidad católica que trabaja en estrecha colaboración con él y bajo su responsabilidad”. Su estilo de vida se concreta en lo que ellos denominan los siete pilares: 1. celibato; 2. oración común tres veces al día (“es esencial -dice Henry- porque es la que ritma nuestra jornada”); 3. vida en ciudad o en barrios y zonas urbanas periféricas; 4. trabajo a tiempo parcial (media jornada); 5. hospitalidad; 6. convivencia fraternal y atención a los vecinos, y 7. participación en la comunidad parroquial local.

Son las siete de la tarde. Comenzamos la oración de vísperas en el espacio del piso habilitado como oratorio. Hace poco menos de veinte minutos, este lugar y la adjunta sala de estar-comedor estaban ocupados por numerosos niños y niñas de la cité Saint Paul, que dos o tres tardes por semana vienen para recibir clases de apoyo escolar por parte de Henry, Karim, Gautier, Jean Paul y algunos voluntarios amigos de la Fraternidad. “Este servicio no nos lo propusimos desde el comienzo -dice Karim-, fueron los propios vecinos quienes nos lo pidieron… Fue fruto de la proximidad y las relaciones normales entre vecinos”. Después de las vísperas, empezamos a cenar. Llaman a la puerta… Un vecino de ocho o nueve años del piso de arriba nos trae un cuenco con la especialidad argelina que cenará él con su familia, y que su madre ha tenido el detalle de prepararnos. La frugalidad de la cena monástica quedará, por un día, en segundo plano. Después de la cena, hacia las diez, nos retiraremos cada uno a su habitación. A la mañana siguiente, a las seis, los cantos y la recitación de los salmos de laudes acompañarán rítmicamente los ruidos de cualquier barrio que despierta. La hora larga de lectio individual dará paso al desayuno rápido que precede a una jornada laboral concentrada en la mañana. Henry y Karim irán al instituto en el que imparten clase; Gautier, a la entidad estatal de protección de la infancia donde ejerce de abogado, y Jean Paul, recién llegado de Bélgica, seguirá buscando trabajo. Al mediodía regresarán a casa para la oración y la comida. Por la tarde… los encontraréis a los cuatro en la cité Saint Paul, en el discreto monasterio HLM de la travesía de La Palud, número 40, edificio B1, apartamento 28.

Experiencias como la de la Fraternidad de San Pablo de Marsella ponen de manifiesto, en definitiva, la irrupción de nuevas formas monásticas como consecuencia de las profundas transformaciones de las sociedades occidentales actuales, entre las cuales destacan la preeminencia del mundo urbano, la secularización, la aparición masiva de nuevas comunidades étnicas, culturales y religiosas que plantean nuevos retos a los que también tiene que poder dar respuesta el nuevo monaquismo desde lo más esencial que representa la Iglesia. Uno se pregunta si en Cataluña, en Barcelona, no sería necesario también, hoy, una presencia monástica de rostro nuevo.

Texto de Miquel Calsina

Profesor de Ciencia Política en la UAB

Extraído de:

Contemplativos en la ciudad

Fraternidad de San Pablo

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