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El Abandono en la Divina Providencia

Jean Pierre de Caussade

Capítulo I

Cómo nos habla Dios y cómo debemos escucharle

Dios habla hoy como ayer

Dios nos sigue hablando hoy como hablaba en otros tiempos a nuestros padres, cuando no había ni directores espirituales ni métodos. El cumplimiento de las órdenes de Dios constituía toda su espiritualidad. Ésta no se reducía a un arte que necesitase explicarse de un modo sublime y detallado, y en el que hubiese tantos preceptos, instrucciones y máximas, como parece exigen hoy nuestras actuales necesidades. No sucedía a así en los primeros tiempos, en que había más rectitud y sencillez.

Entonces se sabía únicamente que cada instante trae consigo un deber, que es preciso cumplir con fidelidad, y esto era suficiente para los hombres espirituales de entonces. Fija su atención en el deber de cada instante, se asemejaban a la aguja que marca las horas, correspondiendo en cada minuto al espacio que debe recorrer. Sus espíritus, movidos sin cesar por el impulso divino, se volvían fácilmente hacia el nuevo objeto que Dios les presentaba en cada hora del día.

María, abandonada en Dios

Éstos eran los ocultos medios de la conducta de María, la más simple de todas las criaturas y la más abandonada a Dios. La respuesta que dio al ángel, contentándose con decirle: Hágase en mí según tu palabra [Lc 1,38], sintetiza toda la teología mística de sus antepasados. Entonces como ahora, todo se reducía al más puro y sencillo abandono del alma a la voluntad de Dios, bajo cualquier forma que se presentase. Esta disposición, tan alta y bella, que constituía el fondo del alma de María, brilla admirablemente en estas sencillísimas palabras: Fiat mihi. Es la misma exactamente que aquellas otras que nuestro Señor quiere que tengamos siempre en nuestro corazón y en nuestros labios: Hágase tu voluntad [Mt 6,10].

Es verdad que lo que se exige de María en este solemne instante es gloriosísimo para ella; pero todo el brillo de esta gloria no la deslumbra: es solamente la voluntad de Dios la que mueve su corazón.

Esta voluntad de Dios es la regla única que María sigue y que en todo ve. Sus ocupaciones todas, sean comunes o elevadas, no son a sus ojos más que sombras, más o menos brillantes, en las que encuentra siempre e igualmente con qué glorificar a Dios, reconociendo en todo la mano del Omnipotente. Su espíritu, lleno de alegría, mira todo lo que debe hacer o padecer en cada momento como un don de la mano de Aquél que llena de bienes un corazón que no se alimenta sino de Él, y no de sus criaturas.

La virtud del Altísimo la cubrirá con su sombra [Lc 1,35], y esta sombra no es sino lo que cada momento presenta en forma de deberes, atracciones y cruces. Las sombras, en efecto, en el orden de la naturaleza, se esparcen sobre los objetos sensibles, como velos que los ocultan. Y del mismo modo, en el orden moral y sobrenatural, bajo sus oscuras apariencias, encubren la verdad de la voluntad divina, la única realidad que merece nuestra atención.

Así es como María se encuentra siempre dispuesta. Y esas sombras, deslizándose sobre sus facultades, muy lejos de producirle ilusiones vanas, llena su fe de Aquél que es siempre el mismo. Retírate ya, arcángel, que eres también una sombra. Pasó tu instante y desapareces. María sigue y va siempre adelante, y tú ya estás muy lejos. Pero el Espíritu Santo, que bajo el aspecto sensible de esa misión ha entrado en ella, ya nunca la abandonará.

Casi no vemos rasgo alguno extraordinario en el exterior de la santísima Virgen. No es, al menos, eso lo que la Escritura subraya. Su vida es presentada como algo muy simple y común en lo exterior. Ella hace y sufre lo que hacen y sufren las personas de su condición. Visita a su prima Isabel, como lo hacen los demás parientes. María va a inscribirse a Belén, con otros más. Su pobreza la obliga a retirarse a un establo. Vuelve a Nazaret, de donde la alejara la persecución de Herodes; y vive con Jesús y José, que trabajan para procurarse el pan cotidiano.

Dejémonos llevar por Dios en cada instante

Pero ¿de qué pan se alimenta la fe de María y de José, cuál es el sacramento de todos sus momentos sagrados? ¿Qué se descubre bajo la apariencia común de los acontecimientos que los llenan? Lo que allí sucede es visible, es lo que ordinariamente vemos en todos los hombres; pero lo invisible que la fe allí descubre y reconoce es nada menos que el mismo Dios realizando obras grandes [Lc 1,49].

¡Oh Pan de los ángeles, maná celeste, perla evangélica, sacramento del momento presente! Tú nos das al mismo Dios bajo las apariencias tan viles del establo y la cuna, la paja y el heno… ¿Pero a quién se lo das? A los hambrientos los colma de bienes [Lc. 1,53]. Dios se revela a los pequeños en las cosas más pequeñas; y los grandes, que solo miran la apariencia, no le reconocen, no lo descubren ni aun en las grandes.

¿Hay algún modo secreto para encontrar este tesoro, este grano de mostaza, esta dracma? En absoluto. Es un tesoro que está en todas partes, y que se ofrece a nosotros en todo tiempo y lugar. Como Dios, las criaturas todas, amigas y enemigas, lo derraman a manos llenas, y lo hacen fluir por todas las facultades de nuestro cuerpo y potencias de nuestra alma, hasta el centro mismo del corazón. Abramos, pues, nuestra boca, y nos será llenada. Sí, la acción divina inunda el universo, penetra y envuelve todas las criaturas, y en cualquier parte que estén ellas, ella está, las adelanta, las acompaña, las sigue. Lo único que hay que hacer es dejarse llevar por su impulso.

Es camino para todos

Quiera Dios que los reyes y sus ministros, los príncipes de la Iglesia y del mundo, sacerdotes, soldados, ciudadanos, todos, en una palabra, se convenzan de la facilidad con que pueden llegar a una santidad eminente. Para conseguirla sólo es necesario cumplir fielmente con los sencillos deberes del cristianismo y del propio estado, abrazar con paciencia las cruces que éstos traen consigo, someterse a los designios de la Providencia, cumpliendo incesantemente todo cuanto el presente nos ofrezca para hacer o padecer

Ésta es toda la espiritualidad que santificó a los Patriarcas y Profetas, cuando todavía no existían tantos métodos y maestros. Ésta es la espiritualidad de todas las edades y de todo estado, que ciertamente no pueden santificarse de un modo más alto, más extraordinario, y al mismo tiempo, más fácil: la práctica sencilla de aquello que Dios, único director de las almas, les da en cada momento para hacer o sufrir, al mismo tiempo que se obedecen las leyes de la Iglesia o las del príncipe.

Si se viviera así, los mismos sacerdotes apenas serían necesarios, más que para los sacramentos. Las demás cosas, sin ellos, resultarían santificantes en todos y en cada uno de los momentos. Y esas almas sencillas, que no se cansan de consultar sobre los medios para ir a Dios, se verían liberadas de fardos pesados y peligrosos, que aquellos que disfrutan gobernándolas les imponen sin necesidad.

Capítulo II

Modo de actuar en el estado de abandono y pasividad,

y antes de que se haya llegado a él

Estado activo y estado pasivo

Hay un tiempo en que el alma vive en Dios, y otro en que Dios vive en el alma. Y lo que es propio de uno de estos tiempos, es contrario al otro. Cuando Dios vive en el alma, ésta debe abandonarse totalmente a su providencia. Cuando el alma vive en Dios, debe proveerse con mucha solicitud y regularidad de todos los medios de los que puede aprovecharse para llegar a esa unión con Dios. En efecto, todos sus caminos están trazados, sus lecturas, sus asuntos todos. Su guía está a su lado, y todo está regulado, hasta las horas de hablar.

Tiempo del abandono

Pero cuando Dios vive en el alma, ella no ha de hacer nada desde sí misma, sino aquello que le es dado hacer en cada momento movida por el principio que la anima. Ya no hay provisiones, ni caminos trazados. Es como un niño a quien se lleva donde se quiere, y que se limita a ver las cosas que se le van presentando. No hay ya libros señalados para esta persona. No raras veces se ve privada de director espiritual, y Dios las deja sin otro apoyo que Él mismo. Permanece así en la tiniebla y el olvido, el abandono, la muerte y la nada.

Esta persona experimenta sus necesidades y miserias sin saber por dónde ni cuándo le vendrá el auxilio. Simplemente, espera en paz y sin inquietud que le venga la asistencia, puestos sólo en el cielo los ojos de su esperanza. Dios, que en esta esposa suya no halla ninguna disposición más pura que esta total dimisión de todo lo que ella es, para solamente ser por gracia y por acción divina, le proporciona oportunamente libros y pensamientos, proyectos y avisos, consejos y ejemplos de sabiduría. Todo lo que las otras almas encuentran con su esfuerzo, ésta lo recibe en su abandono. Todo lo que las otras guardan con precaución, para retomarlo cuando les convenga, ella lo recibe en el momento en que lo necesita, admitiendo precisamente sólo aquello que Dios tiene a bien darle, para así vivir solamente de Él.

Las otras almas emprenden para la gloria de Dios un sin fin de cosas, pero ésta a veces está en un rincón del mundo, como los restos de un vasija rota, que ya no sirva para nada. El alma que se ve en tal estado, desprendida de las criaturas, pero gozando de Dios por un amor muy real, muy verdadero, muy activo, aunque infuso, en el reposo, no se inclina a ninguna cosa por su propio deseo. Ella solamente sabe dejarse llenar por Dios, y ponerse en sus manos para servirle de la manera que Él disponga.

Muchas veces ignora para qué sirve, pero Dios lo sabe bien. Quizá los hombres la estimen inútil, y las apariencias apoyan este juicio; pero la verdad es que, por medios y secretos y canales desconocidos, ella difunde una infinidad de gracias sobre personas que muchas veces la ignoran y en las que ella tampoco piensa.

Es ya Dios quien obra en el alma

En estas almas solitarias, todo es eficacia, todo predica, todo es apostólico. Dios da a su silencio, a su reposo, a su olvido, a su desprendimiento, a sus palabras, a sus gestos, una cierta virtud que opera sin ellas saberlo en las almas. Y como estas almas son dirigidas por las acciones ocasionales de mil criaturas, de las que se sirve la gracia para instruirles sin que ellas de den cuenta, así también sirven ellas de confortación y de dirección a no pocas almas, sin que exista para ello ninguna vinculación o relación expresa.

Es Dios quien obra en estas almas, pero por movimientos imprevistos y muchas veces desconocidos, de manera que son como Jesús, del que manaba una virtud que curaba a otros [Lc 6,19]. La diferencia está en que ellas no sienten la irradiación de esa virtud, a la que no contribuyen por una cooperación activa; son, más bien, como un bálsamo oculto, cuyo perfume se siente sin conocerlo, y que él mismo se ignora.

El estado espiritual que describo se parece sobre todo al estado de Jesús, de la santísima Virgen y de San José.

Voluntad divina ya expresada y voluntad divina providente

Se trata de una plena dependencia respecto a lo que Dios quiera y de una pasividad continua para ser y para obrar, según la libre voluntad de Dios. Y aquí es preciso destacar que ésta es una voluntad desconocida, imprevisible, fortuita o, por así decirlo, casual. Yo le llamaría una voluntad de pura providencia, para distinguirla de aquella voluntad que señala obligaciones precisas, de las que nadie puede dispensarse.

Pues bien, dejando aparte esta voluntad señalada y precisa, digo que estas almas a las que me refiero viven pendientes de esa otra que yo llamo depura providencia. Y así sucede que su vida, aunque muy extraordinaria, no ofrece sin embargo nada que no sea muy común y ordinario. Son personas que cumplen sus deberes religiosos y los de su estado, lo mismo que aparentemente vienen haciendo los demás.

Almas llevadas por Dios providente

Observadles con atención, y no apreciaréis nada impresionante, ni especial. Todas ellas viven el curso de los acontecimientos ordinarios, y aquello que podría distinguirlas no resulta asequible a los sentidos. Lo que parece representar todo para ellas es esa dependencia continua que mantienen respecto de la voluntad de Dios. Esta voluntad de pura providencia las hace siempre señoras de sí mismas, por la continua sumisión de su corazón. Y sea que cooperen ellas expresamente o que obedezcan sin advertirlo, están sirviendo para el bien de las almas.

No hay honores ni salarios para un servicio que, a los ojos del mundo, cumplen estas almas en la mayor desnudez e inutilidad. Libres, por su situación, de casi todas las obligaciones exteriores, estas almas son poco aptas para el trato mundano o para los negocios, lo mismo que para las reflexiones o conductas complicadas. No es fácil servirse de ellas para nada, y más bien dan la imagen de personas débiles de cuerpo y de espíritu, de imaginación y de pasiones. No se les ocurre nada, no piensan en nada, no prevén nada, no se toman a pecho nada. Son, por decirlo así, muy bastas, y no se ve en ellas el adorno que la cultura, el estudio y la reflexión dan al hombre. Se ve en ellas lo que la naturaleza muestra en los niños que no han recibido aún formación alguna de sus maestros. Son en ellas patentes ciertos pequeños defectos, de los que no son más culpables que esos niños sin formación, pero que chocan más vistos en ellas que en éstos. Y es que Dios despoja a estas almas de todo, menos de la inocencia, para que no tengan nada sino a Él mismo.

Parecen despreciables e inútiles

El mundo, que ignora este misterio, y que sólo juzga por las apariencias, no encuentra en estas almas absolutamente nada de lo que a él le agrada y estima. Las rechaza y desprecia. Más aún, vienen a hacerse piedras de escándalo para todos. Cuanto más se las conoce, menos se entienden y más oposición suscitan. En realidad, no se sabe qué decir o pensar de ellas. Hay algo, sin embargo, no se sabe qué, que habla a su favor. Pero en lugar de seguir este instinto, o al menos en lugar de suspender el juicio, se prefiere seguir la malignidad. Y así se espía sus acciones con mala intención, y lo mismo que los fariseos reprobaban las maneras de Jesús, se mira a estas almas con prejuicios negativos, que todo lo hacen parecer ridículo o culpable.

Y a esto se junta que estas pobres almas se ven a sí mismas como inferiores. Unidas simplemente a Dios por la fe y el amor, todo lo sensible que ven en sí mismas les parece un desorden. Y eso les previene aún más contra sí mismas, cuando se comparan con quienes pasan por santos, persona bien capaces de sujetarse a reglas y métodos, que en toda su personas y sus acciones dan un testimonio de vida ordenada. Entonces, la vista de sí mismas les llena de confusión y les resulta insoportable.

De ahí nacen así, del fondo de su corazón, suspiros y gemidos amargos, que no expresan sino ese exceso de dolor y de aflicción que les abruma. Acordémonos de que Jesús era Dios y hombre al mismo tiempo; él estaba aniquilado como hombre, y como Dios, lleno de gloria. Estas almas, sin participar de su gloria, sienten sólo esas aniquilaciones que en ellas producen sus tristes y dolorosas apariencias. A los ojos del mundo vienen a ser lo que era Jesús a los ojos de Herodes y de su corte.

De todo esto, me parece, es fácil concluir que estas almas de abandono no pueden, al contrario de las otras, ocuparse en deseos, búsquedas, cuidados, ni tampoco vincularse a ciertas personas o actividades, ni sujetarse a ciertos métodos o planes bien concertados para hablar, obrar o leer. Todo esto supondría que estaban en condiciones de disponer de sí mismas; pero todo eso viene excluido por el mismo estado de abandono en el que se encuentran.

Desasidas y entregadas a Dios

En este estado -es un estado de vida-, la persona está en Dios por una cesión plena y completa de todos sus derechos sobre sí misma, sobre sus palabras y acciones, pensamientos y proyectos, sobre el empleo de su tiempo y sobre todas las relaciones que pueda tener. Solamente permanece un solo deber que cumplir: tener siempre los ojos fijos sobre el Señor que se ha dado, y mantenerse siempre a la escucha, para adivinar y captar su voluntad, ejecutándola al instante. Ningún ejemplo mejor que el de un servidor que no está junto a su señor sino para obedecer a cada instante todas las órdenes que le pueda dar, y que de ningún modo está para emplear su tiempo en gestionar sus propios asuntos, que debe abandonar, para permanecer al servicio de su Señor en todo momento.

De este modo, estas almas de las que hablamos son, por su estado, solitarias y libres, desasidas de todo, para contentarse con amar en paz a Dios, que las posee, y con cumplir fielmente el deber presente, según la voluntad expresada por Dios, sin permitirse ninguna reflexión, ni andar dando vueltas para examinar consecuencias, causas o motivos. Ha de bastarles ir adelante cumpliendo con sencillez sus deberes, como si no hubiera en el mundo otra cosa que Dios y esta apremiante obligación.

El momento presente

El momento presente es, pues, como un desierto, donde el alma sencilla sólo ve a Dios, y de Él goza, sin ocuparse de nada más que de lo que Él quiera de ella: todo lo demás queda a un lado, olvidado, abandonado a la Providencia. Esta alma, como un instrumento, no recibe ni hace sino en la medida en que la acción íntima de Dios la ocupa pasivamente en ella misma o la aplica a lo exterior. Y esta dedicación a lo exterior va acompañada por su parte con una cooperación libre y activa, aunque infusa y mística. Dios, por tanto, contento de su buena disposición y hallando en ella cuanto es preciso para que actúe en cuanto Él lo ordene, le ahorra trabajos, dándole aquello que de otra manera hubiera sido fruto de sus esfuerzos y del ejercicio de su buena voluntad.

Caminando bajo la guía de un amigo

Es como si alguien, viendo que un amigo va a hacer un viaje, para ayudarle, penetrase al punto en este amigo, y bajo su apariencia, hiciese el camino por su propia actividad, de tal modo que a este amigo no le quedara sino la voluntad de andar, mientras iba caminando llevado por este ajeno impulso. Este caminar sería libre, puesto que sería efecto de la determinación libre del amigo que así era ayudado; sería activo, ya que se trataría de un caminar real; sería infuso, pues se realizaría sin acción propia; y sería místico, puesto que su principio permanecería oculto.

En todo caso, para explicar la clase de cooperación que se da en esta marcha imaginaria, adviértase que es completamente diversa del cumplimiento que ese amigo hace de sus obligaciones. Aquí la acción por la que las cumple no es mística ni infusa, sino libre y activa, como se comprende obviamente. Y así, en la obediencia a la voluntad de Dios que se da en el abandono y la pasividad, el alma no pone nada de su parte, fuera de su habitual buena voluntad general, que quiere todo y no quiere nada, es decir, que se hace un instrumento sin acción propia desde el momento en que se pone en manos del obrero. Por el contrario, la obediencia que se presta a la voluntad de Dios manifestada y determinada se produce en un estado común de advertencia, de solicitud atenta, de prudencia y discreción, según que la gracia actúe sensiblemente o deje a la persona en sus esfuerzos ordinarios.

Vía pura y sencilla

En el abandono, pues, el alma deja que Dios actúe en todo lo demás, guardándose sólo para sí el amor y la obediencia al deber presente, pues en esto el alma actuará siempre. Este amor del alma, infuso en el silencio, es una verdadera acción, a la que ella se obliga perpetuamente. Debe, en efecto, conservarla sin cesar y mantenerse continuamente en estas disposiciones en que el deber la pone, lo cual el alma no puede hacer, evidentemente, sin actuar. Y así esta obediencia al deber presente es al mismo tiempo una acción por la que ella se consagra entera a la voluntad exterior de Dios, sin esperar nada extraordinario.

Ésta es, pues, la regla, el método, la ley, la vía pura, sencilla y segura de esta alma: una ley invariable, que está vigente en todo tiempo, lugar y circunstancia de vida. Es una línea recta, por la que el alma camina valiente y fielmente, sin desviarse a derecha o a izquierda, y sin ocuparse de otra cosa. Y todo lo que vaya más allá de esto es recibido por ella pasivamente y realizado en el abandono. Es decir, es activa en todo lo que viene prescrito por el deber presente, y es, en cambio, pasiva y abandonada en todo lo demás, en lo que no hace nada por sí misma, sino acoger en paz la moción divina.

No hay camino espiritual que sea más seguro que esta sencilla vía, ni que sea tan claro y fácil, tan amable y tan libre de errores e ilusiones. La persona ama a Dios, cumple sus deberes cristianos, frecuenta los sacramentos, practica las obras exteriores de religión que obligan a todos, obedece a sus superiores, cumple sus deberes de estado, resiste continuamente las tentaciones de la carne, la sangre y el demonio. Nadie, en efecto, es más atento y vigilante para cumplir con sus obligaciones que las almas que van por esta vía.

No faltan contradictores

Y si ésta es la verdad, ¿cómo es posible que tantas veces sean objeto de contradicción? Una de las contradicciones que más frecuentemente han de sufrir consiste en que, después de que han cumplido con lo que los doctores más estrictos exigen de todos los cristianos, todavía se pretende imponerles ciertas prácticas enojosas, a las que la Iglesia no obliga en modo alguno. Y si ellas se resisten, son acusadas de espiritualidad ilusoria.

Pero analicemos el asunto. Si un cristiano se limita a los mandamientos de Dios y de la Iglesia, y en todo lo demás, sin meditaciones y contemplaciones, sin lecturas ni dirección espiritual, se entrega al trato mundano o a otros asuntos de la vida civil ¿puede decirse que va descaminado? A nadie se le ocurre ni remotamente acusarle de ello. Pues bien, comprendamos que mientras no se moleste para nada al cristiano que acabo de describir, es de justicia no inquietar a esta alma que, no solamente cumple los preceptos como aquél, e incluso mejor, sino que añade prácticas interiores y exteriores de piedad, que el otro ni siquiera conoce o, si las conoce, las mira con indiferencia.

A pesar de todo, el prejuicio llega a afirmar que esta alma se engaña, se equivoca, pues después de someterse a todo lo que la Iglesia prescribe, se considera libre para entregarse sin trabas a los íntimos impulsos de Dios, y para seguir las mociones de su gracia en todos los momentos en los que no se ve expresamente obligada a nada concreto. En una palabra, se le condena porque se dedica a amar a Dios en el tiempo que otros dedican al juego o a sus asuntos mundanos. ¿No es esto una injusticia manifiesta?

Es preciso insistir en ello. Si uno se mantiene en el nivel y estilo comunes, aunque sólo se confiese una vez al año, nadie tiene nada que decir, y se le deja vivir en paz, contentándose eventualmente con exhortarle a algo más, eso sí, sin presionarle demasiado y sin hacérselo sentir como una obligación. Ahora bien, si alguno se sale de la costumbre común, enseguida se le abruma con normas, reglas y métodos. Y si él no pasa por ello, y no acepta lo que el arte de la piedad ha establecido, o si no lo observa con constancia, la cosa es clara: todos temen por él, y su camino resulta claramente sospechoso. Ahora bien, ¿no es cosa sabida que todas las prácticas, por buenas y santas que sean, no son, después de todo, sino caminos que conducen a la unión con Dios? ¿Para que, pues, ha de ejercitarse en ellas aquél que no está ya en el camino, sino en la meta?

Todo esto, sin embargo, se le exige a esta alma, que se supone víctima de engañosas ilusiones. En realidad ella hizo el camino como los demás, siguiendo al principio fielmente todas las prácticas normales. Pero ahora van a esforzarse en vano quienes pretendan que siga sujeta a ellas. Una vez que Dios, conmovido por los esfuerzos que ella hizo para avanzar con esos medios, ha venido junto a ella, tomando a su cargo conducirla a la feliz unión; una vez que ella ha llegado a esa hermosa zona, en la que solamente se respira el abandono, y en donde comienza a poseerse a Dios por el amor; una vez, en fin, que Dios bondadoso, sustituyendo sus empeños y esfuerzos, se ha hecho principio de su actividad, ya los pasados métodos han perdido para ella toda su utilidad, y no son más que un camino ya recorrido, que quedó atrás. Exigirle, pues, al alma que vuelva a adoptar aquellos métodos o que continúe siguiéndolos, equivale a pretender que abandone el término al que llegó, para volver al camino que a él le condujo.

Perseverando en la paz

Son pretensiones y esfuerzos vanos. Si esta alma tiene algo de experiencia, no se afectará en nada al oír este griterío, y permanecerá sin turbación ni inquietud alguna en esa paz tan íntima, en la que con tanto fruto se ejercita su amor. En ese centro es donde hallará su descanso o, si se quiere, ahí encontrará la línea recta trazada por el mismo Dios, la que ella seguirá siempre. Avanzará continuamente por ella, y en cada momento todos sus deberes le serán marcados siguiendo la dirección de esta línea. A medida que se vayan éstos presentando, ella los cumplirá sin vacilaciones y sin prisas. Y en todo lo demás guardará una absoluta libertad, siempre pronta a obedecer las mociones de la gracia en cuanto las sienta, abandonándose así al cuidado de la Providencia.

Dirección espiritual

Por lo demás, esta alma necesita menos que otras la dirección espiritual, pues no ha llegado donde está sino por medio de muy expertos y excelentes directores, y es algo providencial que ahora se quede sin ayuda, cuando el que tenía está lejos o murió.

Incluso en este caso está dispuesta a dejarse guiar, y espera con paz el momento de la acción de la Providencia, sin pensar ya después en ello. De vez en cuando, en este tiempo de privación, encontrará personas, sin conocerlas ni saber de dónde provienen, por las que sentirá una secreta confianza que Dios le inspira. Él quiere servirse de ellas como de una señal, por la que comunicarle alguna luz, aunque sólo sea pasajera. El alma, entonces, consulta y sigue con toda docilidad los consejos que recibe. Pero cuando faltan estas ayudas, guarda fidelidad a las orientaciones que le fueron dadas por su primer director. Y así está siempre muy dirigida, bien por los antiguos consejos recibidos hace tiempo, o bien por estos avisos ocasionales. A éstos se atienen ellas hasta que Dios les dé alguien a quien puedan confiarse por completo, o hasta que se los lleve de este mundo, después de que ellas hayan caminado en el abandono bajo su guía.

Capítulo III

Disposiciones para el abandono y sus efectos

Docilidad a la voluntad de Dios

¡Qué desasido hay que estar de todo lo que se siente o se hace para caminar por esta vía, en la que sólo cuenta Dios y el deber de cada momento! Todas las intenciones que vayan más allá de esto deben ser eliminadas. Es preciso limitarse al momento presente, sin pensar en el precedente, ni en el que va a seguir.

Guardando siempre a salvo, por supuesto, la ley de Dios, hay algo interior que te está diciendo: «Me veo ahora inclinado a esa persona, a este libro, a recibir o a dar tal advertencia, a presentar cierta queja, a abrirme a esa persona o a recibir sus confidencias, a dar tal cosa o a hacer tal otra».

Es preciso, entonces, seguir lo que se presenta como moción de la gracia, sin apoyarse ni un sólo momento en las propias reflexiones, razonamientos o esfuerzos. Hay que tener presente todo esto, pero para el momento en que Dios venga, sin realizar opciones propias. Dios nos da su voluntad, ya que en este estado Él vive en nosotros. En efecto, la voluntad de Dios ha de ocupar aquí el lugar de todos nuestros apoyos ordinarios.

Fidelidad a la gracia del momento

Cada momento va urgiendo la acción de cada una de las virtudes. Y el alma abandonada responde con fidelidad en cada instante, de modo que aquello que ha leído o escuchado lo tiene tan presente, que el novicio más abnegado no cumple mejor que ella sus deberes. Eso lleva consigo, por ejemplo, que estas almas son llevadas una vez a esta lectura, otra vez a otra, o bien a hacer tal observación o cierta reflexión sobre sucesos mínimos. En un momento concreto, les da Dios aliciente para instruirse en una doctrina, y en otro va a sostenerles en la práctica de la virtud.

En todas las cosas que van haciendo estas almas, no sienten sino la moción interior para hacerlas, sin saber por qué. Todo lo que podrían decir vendría a ser: «Me siento inclinado a escribir, a leer, a preguntar, a mirar tal cosa. Sigo esta atracción, y Dios, que me la da, pone en mis potencias un fondo y una reserva de cosas particulares, para ser en seguida el instrumento de otras inclinaciones, que me darán el uso de esa riqueza y reserva, para mi provecho y el de los demás».

Esto requiere que estas almas sean sencillas, dúctiles, ligeras y dóciles al menor soplo de estos impulsos íntimos, casi imperceptibles. Dios, que es su Señor, tiene derecho a aplicarlas a todo lo que sea para su gloria. Y si ellas pretenden resistir esas mociones, aferrándose a las reglas de vida por las que se rigen las almas que avanzan con esfuerzo y modos propios, se privarían así de mil cosas necesarias para cumplir los deberes de los días futuros.

Contradicciones

Sucede, sin embargo, que como se ignora esto, se les juzga, y se les censura por su simplicidad, y ellas, que no censuran a nadie, que aprueban todos los estados, y que saben discernir perfectamente los grados y progresos, se ven despreciadas por estos falsos sabios, que no están en condiciones de gozar de esa dulce y cordial sumisión a las órdenes de la Providencia.

¿Aprobarían estos sabios mundanos aquella continua inestabilidad de los Apóstoles, que no les dejaba establecerse en ninguna parte? Ni siquiera los espirituales ordinarios son capaces de sufrir a estas almas que viven así, pendientes en cada momento de la Providencia. Sólo algunas almas que son como ellas las aprueban, y Dios, que instruye a los hombres por medio de hombres, hace que aquellos que son sencillos y fieles para abandonarse a Él, encuentren siempre algunas almas de esta naturaleza.

De guiarse a sí mismo a ser guiado por Dios

Hay un tiempo en el que quiere Dios ser por sí mismo la vida del alma, y perfeccionarla directamente y de un modo secreto y desconocido. Entonces, todas las ideas propias, luces y maneras, búsquedas y razonamientos, no son sino una fuente de ilusiones. Y cuando el alma, después de muchas experiencias de desatinos debidos a sus modos propios, reconoce finalmente su inutilidad, se da cuenta de que el mismo Dios ha ocultado y confundido todos los medios con el fin de hacerle encontrar la vida en Sí mismo.

Convencida, entonces, de que por sí misma no es más que una pura nada, y de que todo cuanto saque de su propio fondo sólo le servirá de perjuicio, se abandona del todo a Dios, para no tener nada más que a Él, y vivir sólo de Él y para Él. Desde ese momento es Dios para el alma una fuente de vida, no por ideas, luces y reflexiones, que como he dicho, son sólo una fuente de ilusiones, sino por la eficacia y la realidad de las gracias que derrama en ella, aunque ocultas bajo apariencias encubiertas.

Y aunque la obra divina es desconocida para el alma, recibe sin embargo su virtud sustancia y real a través de mil circunstancias, que al parecer sólo son para su ruina.

No hay remedio para esta oscuridad, y es preciso abismarse en ella. Allí y en todas las cosas Dios se le comunica por la fe. El alma no es ya sino un ciego o, si se quiere, es como un enfermo que ignora la virtud de las medicinas, de las que sólo capta su amargura. Incluso con frecuencia tiene la sensación de que ellas más bien le van a producir la muerte; y las crisis y desfallecimientos que sufre parecen confirmar sus temores. Y, sin embargo, es precisamente en esta apariencia de muerte donde encuentra su salud, y sigue tomando las medicinas, fiado en el médico que se las prescribe.

Antes el alma, por medio de ideas e iluminaciones, veía cuanto correspondía al plan concreto de su perfeccionamiento. Pero ya no es así ahora, cuando la perfección se le comunica contra toda idea, luz o sentimiento. Ahora se le da más bien a través de todas las cruces de la Providencia, por las actividades impuestas por los deberes actuales, por ciertas atracciones en las que no parece haber de bueno sino que en modo alguno llevan al pecado, pero que están todas ellas aparentemente muy lejos de los brillos sublimes y extraordinarios de la virtud. En estas cruces, que se suceden una tras otra, el mismo Dios, velado y oculto, se le comunica por su gracia de una manera muy desconocida, pues el alma no siente otra cosa que debilidad para llevar la cruz, disgusto por sus obligaciones, y sus inclinaciones no le llevan sino hacia las prácticas más comunes.

Un reproche continuo

En este estado, todo el ideal de la santidad no es para ella más que un reproche continuo de sus bajas y despreciables disposiciones. Todos los libros de vidas de santos la condenan, sin que tenga medio para defenderse. El alma ve una santidad luminosa, que la desola, pues ya no siente en sí fuerzas para elevarse a ella, y no capta su propia debilidad como ordenación divina, sino como simple cobardía. Y todas aquellas personas que tenía como amigas y que apreciaba como distinguidas por sus virtudes o por la lucidez de sus ideas la ven ahora con menosprecio. «¡Vaya santa!», comentan, y el alma, creyéndolo así, viéndose confusa por tantos esfuerzos inútiles que hace para elevarse de su bajeza, llena de oprobios, nada tiene que responder a las acusaciones de los otros o de sí misma.

Pero Dios obra en el centro del alma

Sin embargo, siente el alma en sí una fuerza fundamental que la centra en Dios, y escucha en su interior una voz que le asegura que todo irá bien, siempre que ella le deje hacer a Dios y no viva sino de la fe. Como dice Jacob, «verdaderamente Dios está aquí, y yo no lo sabía» [Gén 28,16].

Alma querida, tú andas buscando a Dios, y Él está en todas partes. Todo te lo revela, todo te lo da, está junto a ti, a tu alrededor, en ti misma ¡y andas buscándole! Posees la sustancia de Dios, y buscas su idea. Buscas la perfección, y está en todo cuanto de sí mismo se te presenta. Tus sufrimientos, tus acciones, tus inclinaciones, son enigmas bajo los cuales se da Dios a ti por sí mismo, mientras que vanamente sueñas ideas sublimes, de las que no quiere servirse para morar en ti.

Dios oculto y disfrazado

Marta quiere agradar a Jesús con platos delicados, y Magdalena se contenta con Jesús y le recibe del modo como Él quiere presentarse [Lc 10,38-42]. Jesús se oculta también a Magdalena bajo la figura de jardinero, y Magdalena le busca bajo la forma que en su mente ha concebido [Jn 20,14-16]. Los apóstoles ven realmente a Jesús, y le toman por un fantasma [Lc 24,33-42].

Así gusta Dios de disfrazarse para elevar al alma a una pura fe, con la que siempre le encuentra, por más que se encubra bajo enigmas obscuros, pues ella conoce el secreto de Dios, y le dice como a la esposa: «Allí está; miradlo detrás de la cerca; mira por la ventana, acecha por entre las celosías» [Cant 2,9].

¡Oh, amor divino!, ocúltate, salta, estremécete en los dolores, aplica el atractivo o la obligación, mezcla, confunde, rompe como hilo frágil todas las ideas y todas las medidas que el alma se forme. Que ésta pierda suelo, que nada sienta, que no vea ya camino ni sendero ni luces, que no te encuentre como en otro tiempo en tus ordinarias habitaciones y vestiduras acostumbradas, que no te halle en la quietud de la soledad ni en la oración, ni en la observancia de tales o cuáles prácticas, ni tampoco en los sufrimientos, ni en las ayudas prestadas al prójimo, ni en la huida de vanas conversaciones o de negocios. En una palabra, que después de haber probado todos los medios y modos conocidos de agradarte, nada consiga, ni alcance a verte en nada como en otro tiempo.

Pero haz que la inutilidad de todos estos esfuerzos le lleve finalmente en adelante a dejarlo todo, y a encontrarte en ti mismo, y muy pronto en todo, en todo, sin necesidad de reflexionar. Porque, oh, amor divino, ¿no es un error no divisarte en todo lo que es bueno y en todas las criaturas? ¿Por qué, pues, buscarte en otras cosas que en las que tú quieres comunicarte? Amor divino, ¿por qué querer hallarte bajo otras especies que aquellas que tú has elegido como sacramentos tuyos, ignorando que su escasa apariencia y leve realidad dan todo el mérito a la obediencia y a la fe?

Capítulo IV

El estado de abandono, su necesidad y sus maravillas

Voluntad divina, fiesta continua

¡Qué verdades tan inmensas permanecen ocultas en este estado! ¡Qué verdad es que toda cruz, toda acción, toda inclinación de la ordenación divina, comunica a Dios, lo da, de una manera que no puede explicarse sino por comparación con el más augusto misterio [de la Eucaristía]! Y por eso, ¡qué misteriosa es en su simplicidad y bajeza aparente la vida más santa! ¡Oh, banquete, oh fiesta perpetua! Un Dios que se da continuamente y que es siempre recibido no en el esplendor, en lo sublime y luminoso, sino en lo que es debilidad, desconcierto, nada. Dios elige aquello que la estimación natural desprecia y todo lo que la prudencia humana deja a un lado. Dios está en el misterio y se da a las almas en la medida en que éstas creen y le encuentran en él.

La anchura, la solidez y la firmeza de la piedra, sólo se encuentran en la vasta extensión de la voluntad divina, que se presenta sin cesar bajo el velo de las cruces y acciones más ordinarias. Es en la sombra de éstas donde Dios esconde su mano para sostenernos y conducirnos. Esta convicción debe bastar a un alma para llevarla al más sublime abandono. Y en el momento en que así lo hace, queda ya a cubierto de la contradicción de las lenguas, pues el alma no tiene nada que decir ni hacer en su defensa, puesto que su obra es la obra de Dios, y no en otra parte puede hallarse su justificación. Además, sus efectos y consecuencias le justificarán suficientemente, y bastará con dejar que todo vaya adelante. «El día al día le pasa el mensaje» [Sal 18,3].

Impulso continuo de gracia

Cuando uno no se gobierna por sus propias ideas, no necesita defenderse con palabras. Nuestras palabras no pueden expresar más que las ideas que concebimos; y si no existen estas ideas, tampoco hay palabras, porque ¿para qué servirían? ¿Para dar razón de lo que se hace? Pero si es que el ama no conoce esa razón, que permanece oculta en el principio que le hace actuar, y del que sólo siente el impulso de una manera inefable. Es preciso, pues, dejar que cada momento sostenga la causa del momento siguiente; y todo se sostiene en este encadenamiento divino, todo resulta firme y sólido, y la razón de lo que precede se ve por el efecto de lo que le sigue.

Quedó atrás una vida de pensamientos, imaginaciones, una vida de palabras múltiples. Ya no es todo eso lo que ocupa al alma, lo que la alimenta y entretiene. Ya ella no se mueve ni se sostiene con esas cosas. El alma no ve ni prevé ya por dónde habrá de avanzar. No se ayuda ya con reflexiones para animarse al trabajo y aguantar las incomodidades del camino, y va pasando por todo en el sentimiento más íntimo de su debilidad. El camino se va abriendo a su paso, entra en él, y por él marcha sin ninguna vacilación. Esta alma es pura y santa, simple y verdadera: camina por la línea recta de los mandamientos de Dios, en una continua adhesión al mismo Dios, que incesantemente encuentra en todos los puntos de esta línea.

No se entretiene ya en buscar a Dios en los libros, en las infinitas cuestiones y en la vicisitudes interiores. Abandona el papel y las discusiones, y Él se da al alma y viene a encontrarla. No sigue buscando ya caminos y vías que le conduzcan, pues el mismo Dios le traza el camino, y a medida que ella avanza, lo encuentra claro y abierto. Así es que todo lo que le queda por hacer es mantenerse bien asida de la mano de Dios, que se le ofrece directamente a cada paso y en cada momento, en los diversos objetos que encuentra día a día, y que se van presentando sucesivamente.

El alma sólo tiene, pues, que recibir la eternidad divina en el deslizamiento de las sombras del tiempo. Estas sombras varían, pero el Eterno que ocultan es siempre el mismo. Por eso el alma, sin apego a nada, debe abandonarse en el seno de la Providencia, seguir constantemente el amor por el camino de la cruz, de los deberes ciertos y de las mociones indudables.

Camino llano y recto del abandono

¡Qué claro y luminoso es este camino! Lo defiendo y lo enseño sin ningún temor, y estoy seguro de que todos me comprenden cuando digo que toda nuestra santificación consiste en recibir en cada instante las penas y deberes de nuestro estado como velos que nos ocultan y nos dan al mismo Dios.

En el abandono la única regla es el momento presente. En este estado el alma es ligera como una pluma, fluida como el agua, simple como un niño, móvil como una pelota, para recibir y seguir todos los impulsos de la gracia. Estas almas no tienen la consistencia y rigidez de un metal fundido. Cómo éste acepta todos los trazos del molde donde le fundieron, así estas almas se amoldan y ajustan con la misma facilidad a todas las formas que Dios les va dando. Su disposición, en una palabra, es semejante a la del aire, siempre dócil a todo soplo y siempre configurado a todo.

Vivir muriendo

Una observación importante a todo esto es que en esta actitud de abandono, en esta vía de fe, todo lo que va pasando en el alma y en el cuerpo, en los asuntos y diversos acontecimientos, presenta una apariencia de muerte, que no debe extrañar. ¿Y qué esperabais? Es la condición propia de este estado. Dios tiene sus designios sobre las almas y, bajo oscuros velos, los ejecuta todos muy felizmente. Y entiendo por esos velos las contrariedades, las enfermedades corporales, las debilidades espirituales. En las manos de Dios todo eso prospera, todo se resuelve para bien. Precisamente por esas cosas que son desolación para la naturaleza, Él prepara el cumplimiento de sus más altos designios: «Todas las cosas cooperan para el bien de aquéllos que son escogidos por su libre elección» [Rm 8,28].

El justo vive de la fe

Él vivifica así bajo las sombras, cuando los sentidos se ven aterrorizados, y es entonces la fe la que, llena de valor y seguridad, obtiene de cuanto sucede lo bueno y lo mejor. La fe sabe que la acción divina todo lo dispone y conduce, menos el pecado, y por eso entiende que es su deber adorarla en todo cuanto sucede, amarla y recibirla siempre con los brazos abiertos. La persona cobra así en todo un aire alegre, de confianza, elevándose en todas las cosas por encima de unas apariencias que sólo sirven para las victorias de la fe. Éste es el medio que yo os doy para honrar a Dios y tratarlo como a Dios.

Vivir de la fe es, pues, vivir la alegría, la seguridad, la certeza, la confianza de que todo lo que es preciso hacer o sufrir en cada momento es por disposición de Dios. Y si a veces este designio resulta incomprensible, es para animar y fortalecer esta vida de fe; para eso Dios hace entrar al alma en medio de estas olas tumultuosas de tantas penas y turbaciones, contradicciones, desfallecimientos y fracasos. En efecto, es precisa la fe para encontrar a Dios en todo eso, y hallar esta vida divina que ni se ve ni se siente, pero que se da en todo momento de forma desconocida, pero bien cierta. La apariencia de muerte en el cuerpo, de condenación en el alma, de trastorno en las empresas, eso es lo que alimenta y sostiene la fe. Ella atraviesa todo eso y llega a apoyarse en la mano de Dios, que le da la vida en todo aquello en lo que no haya pecado cierto. Por eso es necesario que el alma de fe camine siempre segura, tomando todo como un velo y disfraz de Dios, cuya presencia más íntima estremece y atemoriza las potencias.

Fuerza y fidelidad de la fe

No hay corazón más valiente que un corazón lleno de fe, que no ve más que vida divina en los trabajos y peligros más mortales. Si fuera preciso beber un veneno, atravesar la brecha de un muro, servir como esclavo entre los apestados, en todo eso encontrará una plenitud de vida divina, que se le da no solamente gota a gota, sino que, en un instante, inunda y sumerge el alma. Un ejército de soldados semejantes resultaría invencible. Y es que el impulso de la fe eleva el corazón y lo dilata más allá y por encima de todo lo que se presente.

La vida de la fe o el instinto de la fe son una misma cosa. Este instinto hace gozarse en la bondad de Dios, es una confianza fundada en la esperanza de su protección, que vuelve agradable todo y que hace recibir todo con buen ánimo; es, pues, una indiferencia que nos dispone a todos los lugares, a todos los estados y a todas las personas. La fe nunca es desgraciada, nunca enferma, ni nunca está en pecado mortal. La fe viva está siempre en Dios, siempre en su acción, más allá de las apariencias contrarias que oscurecen los sentidos. Y cuando éstos, espantados, le gritan de pronto al alma: «¡desgraciada, estás perdida, ya no hay solución!», la fe al instante afirma con una voz más fuerte: «aguanta firme, avanza, y no temas nada».

Fe y abandono entre tormentas

Dejando aparte las enfermedades evidentes que, por su naturaleza, obligan a permanecer en cama y a tomar las medicinas convenientes, todos esos otros temores y desfallecimientos de las almas que viven en el abandono no son más que ilusiones y apariencias que se deben superar con la confianza. Dios las permite o las envía para ejercitar esa fe y ese abandono, que son la medicina verdadera. Por tanto, sin prestarles mayor atención, deben proseguir generosamente su camino en medio de las vicisitudes y sufrimientos que Dios les envía, sirviéndose sin dudarlo de su cuerpo con toda libertad, como se hace con los caballos de alquiler, que no valen más que para trabajar, y que se les trata sin mayores cuidados. Esto da mejor resultado que las delicadezas, que no sirven más que para debilitar al espíritu. Esta fortaleza de espíritu tiene una virtud oculta para sostener un cuerpo débil. Y vale mucho más un año de vida noble y generosa, que un siglo de temores y cuidados.

Más aún, quien vive abandonado en Dios debe procurar mantener habitualmente en su exterior el aspecto de un niño dócil y amable, porque ¿hay algo que temer cuando se avanza bajo la guía de Dios? Guiados, sostenidos y protegidos por Él, nada deben presentar sus hijos en su exterior que no se vea lleno de ánimo. ¿Qué importancia tienen los objetos espantosos que se encuentran en el camino? Si Dios los guía por allí, sólo es para embellecer sus vidas con gloriosas hazañas. Si los mete en problemas de toda clase, donde la prudencia humana no ve ni imagina salida alguna, es para que sientan toda su flaqueza y se vean incapaces y confundidos. Entonces es cuando la Providencia divina manifiesta en todo su esplendor lo que es para aquellos que se abandonan totalmente a ella, y los libra de modos mucho más maravillosos que cuantos pudieran inventar los historiadores fabulosos, cuando, esforzando su imaginación en la comodidad y sosiego de sus escritorios, discurren las intrigas y peligros de sus héroes imaginarios, para concluir felizmente sus vanas historias.

Sí, la divina Providencia conduce las almas con habilidad mucho más prodigiosa y admirable por medio de muertes, peligros y monstruos, infiernos, demonios y sus trampas, y eleva hasta el cielo a estas almas, que son materia después de aquellas historias místicas, incomparablemente más bellas y curiosas que todas cuantas puedan inventar las más cavilosas imaginaciones humanas.

Vamos, pues, alma mía. Atravesemos los peligros y horrores, que no pueden dañarnos mientras nos hallemos conducidos y sostenidos por la mano segura e invisible, pero omnipotente e infalible, de la divina Providencia. Vamos sin miedo, dirigiéndonos a nuestra meta con paz y alegría, haciendo materia de victoria de todo cuanto se nos vaya presentando. Para combatir y vencer nos hemos alistado bajo las banderas de Jesucristo. «Salió como vencedor, y para seguir venciendo» [Apoc 6,2]. Contaremos tantos triunfos como pasos demos bajo su guía.

Dios es quien escribe nuestra vida

El espíritu de Dios es el que, con la pluma en la mano, sigue escribiendo en el libro abierto de las almas la historia sagrada, que en modo alguno terminó ya, y cuya materia no se agotará hasta el fin del mundo. Esta historia no es sino la crónica del gobierno de Dios y de sus designios sobre los hombres. Y nosotros figuramos en la continuación de esa historia, si unimos nuestros sufrimientos y acciones a su guía. No, no, todo lo que se nos presenta, para hacer o para sufrir, no es para perdernos. Son únicamente medios para que se continúe esta Escritura santa, que se acrecienta todos los días.

Un alma santa es aquella que se somete libremente, con la ayuda de la gracia, a la voluntad de Dios. Todo lo que precede al puro consentimiento es obra de Dios, y en modo alguno obra del hombre, que le recibe a ciegas en un abandono e indiferencia universal. Dios no le exige sino esta única disposición; el resto, Él lo determina y elige según sus designios, como un arquitecto señala y escoge las piedras.

Así pues, es preciso amar a Dios en todo, en todo su orden providencial. Es necesario amarle sea cual fuere el modo con que se presente al alma, sin desearle de otra forma. Si éstos u otros objetos son ofrecidos, eso no es asunto del alma, sino de Dios, que da lo mejor para el alma. El gran compendio, la máxima más sublime de la espiritualidad, es este abandono puro y entero a la voluntad de Dios, en un continuo olvido de sí mismo, para ocuparse enteramente en amarle y obedecerle, apartando temores y reflexiones, como también las inquietudes producidas por el cuidado de la salvación y de la propia perfección. Puesto que Dios se nos ofrece para arreglar nuestros asuntos, dejémosle hacer, y no nos ocupemos más que de Él mismo y de sus cosas.

Confiados, dejémosle hacer a Dios

Vamos, alma mía, vamos con la cabeza bien alta por encima de todo lo que pasa fuera o dentro de nosotros, siempre contentos de Dios, contentos de lo que El hace en nosotros y nos hace hacer. Guardémonos bien de enredarnos imprudentemente en interminables reflexiones inquietantes, que, como otros tantos caminos perdidos, se ofrecen a nuestro espíritu para engañarle, y para hacerle caminar sin fin pasos y pasos perdidos. Salgamos del laberinto de nosotros mismos, saltando por encima, y no tratando de recorrer sus interminables vueltas y revueltas.

Vamos, alma mía, atravesemos por medio de los desalientos, enfermedades, sequedades, durezas de carácter, debilidades del espíritu, lazos del diablo y de los hombres, desconfianzas y envidias, siniestras ideas y persecuciones. Volemos como un águila sobre todas estas nubes, fija siempre la vista en el sol y en sus rayos, que son nuestras obligaciones. Sintamos todo eso, ya que no está en nosotros no sentirlo, pero no olvidemos que nuestra vida no debe ser una vida de sentimiento, sino la vida superior del alma, donde Dios y su voluntad obran una eternidad siempre serena, siempre igual e inmutable.

Abandono y paz en todas las cosas

Es en esa estancia, completamente espiritual, en donde lo increado, lo incomprensible, lo inefable, mantiene al alma infinitamente alejada de todas las determinaciones de las sombras y demás cosas creadas. Los sentidos, sí, experimentan sus agitaciones, sus vicisitudes y sus cien metamorfosis, que pasan siempre, desapareciendo en el aire, como sin orden ni concierto. Pero Dios y su voluntad es el objeto eterno que fascina el corazón en la vida de la fe, y que, en la vida de la gloria, constituirá la verdadera felicidad.

Y este estado glorioso del corazón influirá en todo el compuesto material del hombre, que ahora es presa de monstruos, pájaros nocturnos y bestias feroces. Bajo estas apariencias horribles, la acción divina, dándole una facilidad completamente celestial, le hará brillar como el sol, porque las facultades del alma sensitiva y las del cuerpo, se preparan y trabajan aquí abajo como el oro, el hierro, el lino o las piedras. Estas diversas cosas no pueden gozar del brillo y pureza de su ser sin haber sufrido muchos golpes, destrucciones y despojos. Y del mismo modo, todo lo que las almas tienen que sufrir en la tierra bajo la mano de Dios, que es este amor, divino obrero, no sirve sino para disponerles a esa gloria eterna.

El alma de fe, que conoce el secreto de Dios, permanece absolutamente en paz, y todo lo que le pasa, en lugar de alarmarle, acrecienta su seguridad, pues está íntimamente persuadida de que es Dios quien la conduce. Por eso lo recibe todo como una gracia, y vive olvidada de sí misma, dejándole trabajar a Dios en ella, sin pensar más que en la obra que Él le ha encomendado, que es amarle sin cesar y cumplir con fidelidad y exactitud sus obligaciones.

El alma recibe distintas impresiones sensibles, aflictivas o consoladoras, por medio de los objetos a que la voluntad divina la aplica incesantemente, buscando sólo su bien. Pero todas le sirven para encontrar a Dios, que es el objeto de la fe, y para unirse a Dios en todas las diferentes situaciones y disposiciones.

Capítulo V

El estado de pura fe

En pura fe

El estado de pura fe es cierta unión de fe, esperanza y caridad en un solo acto que une el corazón a Dios y a su acción. Estas tres virtudes unidas forman una sola virtud, un solo acto, una elevación única del corazón a Dios y un simple abandono a su acción.

Pues bien, ¿cómo expresar esta divina unión, esta esencia espiritual? ¿Cómo encontrarle un nombre que exprese bien su naturaleza y su idea, y que haga concebir la unidad de su trinidad? Ya no son tres virtudes, sino una sola fruición y gozo de Dios y de su voluntad. Este objeto adorable se ve, se ama y se espera de él todas las cosas. A esto se le puede llamar amor puro, pura esperanza, pura fe, y a esta unidad mística puede dársele el nombre de pura fe, aunque bajo este nombre haya que entender las tres virtudes teologales. Nada hay más cierto que este estado en lo que respecta a Dios, y nada más desinteresado en lo que respecta al corazón. Por la unión de Dios y del corazón el estado de pura fe tiene, del lado de Dios, la certeza de la fe, y del lado de la libertad del corazón, la certeza sazonada por el temor y la esperanza.

¡Qué unidad tan preciosa la de la trinidad de tan excelentes virtudes! Creed, pues, esperad, amad, pero por el solo toque del Espíritu divino, que Dios os comunica y que produce en vuestro corazón. Ésta es la unión del Nombre de Dios, que el Espíritu difunde en el centro del corazón. He aquí esta palabra y revelación mística, esta prenda de la predestinación y de todas sus felices consecuencias: «¡Qué bueno es Dios para el justo, el Señor para los limpios de corazón!» [Sal 72,1].

En puro amor

Este toque en las almas abrasadas se llama puro amor, pues derrama un torrente de gozo desbordante sobre todas las facultades, con plenitud de confianza y de luz. Pero en las almas embriagadas de ajenjo ese mismo toque se llama pura fe, porque la oscuridad y las sombras de la noche son todas ellas puras.

El puro amor ve, siente y cree. La pura fe cree sin ver ni sentir. Ésta es la diferencia entre uno y otra, que no se funda sino en apariencias que no son las mismas, pues, en realidad, así como el estado de pura fe no carece de amor, del mismo modo el estado del puro amor no carece ni de fe ni de abandono. Pero se emplean estos términos a causa de lo que predomina en cada estado.

La mezcla diferente de estas virtudes bajo este toque del Espíritu marca la variedad de todos los estados de la vida sobrenatural, y como Dios los puede mezclar en infinitos modos, no hay alma que no reciba este precioso toque con alguna peculiaridad propia de ella. Pero ¿qué más da? Se trata siempre de fe, esperanza y caridad.

Abandono confiado, camino universal

Pues bien, el abandono es el medio universal para recibir de algún modo las virtudes generales de esos toques. No todas las almas pueden aspirar al mismo modo y al mismo estado bajo las divinas mociones; pero todas ellas pueden unirse a Dios, todas pueden abandonarse a su acción, todas ser esposas abandonadas en Él, todas recibir las gracias del estado que les es propio, todas, en fin, encontrar el reino de Dios y tomar parte en su grandeza y en la excelencia de sus valores. Es un imperio en el que toda alma puede aspirar a una corona, sea de amor o sea de fe, que siempre es el reino de Dios.

Es cierto que existe una diferencia, pues mientras unas están en las tinieblas, otras están en la luz. Pero, digámoslo ya, ¿qué importa esto, con tal de que unas y otras estén unidas a Dios y a su acción? ¿Es el nombre del estado lo que cuenta? ¿En eso está su distinción y su excelencia? De ningún modo. Lo decisivo es la unión con el mismo Dios y con su acción. La manera debe ser indiferente al alma.

Prediquemos, pues, a todas las almas no tanto el estado de pura fe o de puro amor, de cruz o de caricias, pues eso no puede darse por igual a todas y de la misma manera. Prediquemos en cambio a todos los corazones sencillos y entregados a Dios el abandono a la acción divina en general, y hagamos comprender a todos que por estos medios recibirán el estado particular que esta acción divina les ha elegido y destinado desde toda la eternidad.

Todos llamados a la santidad

No desanimemos, no rechacemos, no alejemos a nadie de la más eminente perfección. Jesús llama a todo el mundo a la perfección, pues a todos exige que sean fieles a la voluntad de su Padre, de modo que todos vengan a formar su Cuerpo místico, cuyos miembros no pueden llamarle Señor con verdad sino en la medida en que sus voluntades se hallen perfectamente de acuerdo con la suya. Repitamos incesantemente a todas las almas que la invitación de este dulce y amable Salvador no exige de ellas nada que sea difícil, ni extraordinario. Él no les exige ninguna habilidad especial; solamente quiere que su buena voluntad esté unida a la suya, para así conducirlas, dirigirlas y favorecerlas en la medida de esa unión.

¡Sí, almas queridas! Dios no quiere más que vuestro corazón. Si buscáis este tesoro, este reino en que sólo Dios reina, lo encontraréis. Si vuestro corazón se entrega totalmente a Dios hallaréis, desde ese momento, aquel tesoro, aquel mismo reino que deseáis y buscáis. Cuando se ama a Dios y su voluntad, se goza de Dios y de su querer, y este gozo corresponde perfectamente al deseo que se tiene de amarlo. Amar a Dios es desear sinceramente amarle. Y porque se le ama, por eso se quiere ser instrumento de su acción, para que su amor obre en nosotros y a través de nosotros.

Lo de menos es tener o no talentos

La acción divina corresponde a la voluntad del alma sencilla y santa, y no a sus habilidades. Corresponde a su pureza de intención, y no a los medios que elige, a los proyectos que forma, a las maneras que imagina o a los medios que adopta. En todo esto puede engañarse el alma. Y no es raro que suceda. Pero su rectitud y su buena intención no le engañan jamás. Y Dios conoce y ve esta buena disposición de la persona, no se fija en el resto, y toma como hecho todo lo bueno que ésta infaliblemente haría, si conocimientos más exactos secundasen su buena voluntad.

Nada, pues, tiene que temer el alma de buena voluntad. Si cae, no puede caer sino en esta omnipotente mano, que la conduce y levanta, en sus mismos extravíos, que la aproxima al fin cuando se aleja de él, que la vuelve a su camino cuando se extravió. El alma encuentra siempre un apoyo en esta mano divina, que la guía entre los precipicios, en cuyo borde la coloca el esfuerzo y la astucia de las facultades ciegas que la desvían; le hace ver cómo debe despreciarlas, contando sólo con ella y abandonándose enteramente a su infalible gobierno. En todo caso, los errores en que caen las almas buenas van a dar en seguida en el abandono, por lo que jamás se encuentran sin recurso, pues, como dice la Escritura, «todo coopera para su bien» [Rm 8,28].

Todos los estados son santos y santificantes

Éste es, Amor querido, el abandono que yo predico, y no un estado particular. Considero con gran amor todos los estados en que tu gracia pone a las almas y, sin tener más estima por uno que por otro, enseño a todas un medio general para llegar a aquél que tú les has designado. Solamente pido a todas esa voluntad de abandonarse completamente a tu guía. Tú les harás llegar infaliblemente a aquel estado que es el más excelente para ellas.

Ésta es la fe que les predico, el abandono, hecho de confianza y fe. No pido sino la voluntad de entregarse a la acción divina, para ser su instrumento, creyendo que obra en todo instante y en todas las cosas, con más o menos feliz resultado, según la mayor o menor buena voluntad del alma. Ésta es la fe que predico. No un estado especial de fe y de amor puro, sino un estado general de buena voluntad, que abraza todas las diferencias de estado y circunstancias particulares en que Dios pone a cada alma, y donde, bajo distintas formas, les comunica las gracias que desde la eternidad les tiene preparadas. Hablo a las almas que sufren, pero aquí también hablo a toda clase de almas, porque la verdadera intuición de mi corazón es anunciar a todos el secreto evangélico y «ser todo para todos» [1Cor 9,22].

Con gracias extraordinarias o sin ellas

En esta disposición feliz, creo que es para mí un deber, que cumplo gustoso, «llorar con los que lloran, alegrarme con los alegres» [Rm 12,15], hablar a los ignorantes en su lenguaje, y emplear con los sabios términos doctos y elegantes. Quiero hacer ver a todos que todos pueden pretender no las mismas cosas, pero sí un mismo amor, un mismo abandono, un mismo Dios, una misma docilidad a su acción, y que todos puedan llegar así a una gran santidad.

Aquello que decimos gracias y favores extraordinarios se denomina así por el escaso número de almas que por una fidelidad constante se hacen dignas de recibirlos. El día del juicio se entenderá bien. Entonces se verá muy claramente que esto no viene de que Dios no quiera comunicarlas, sino sólo por culpa de quienes se vieron privados de estos divinos dones. ¡A qué sobreabundancia de bienes se abre el seno de quien mantiene siempre constante la sumisión total de una buena voluntad!

Cuando nuestro divino Salvador vivía entre los hombres, los que no le veneraban, los que no ponían en Él su confianza, eran los únicos que no disfrutaban de los favores que a todos dispensaba. Y esto sólo ha de atribuirse a sus malas disposiciones. Es cierto también que no todos pueden aspirar a los mismos estados sublimes, a los mismos dones y grados de excelencia; pero si todos, fieles a la gracia, correspondiesen en su medida, todos estarían contentos, porque llegarían todos al nivel de excelencia y de gracia que satisfaría plenamente sus deseos. Y estarían contentos según naturaleza y según gracia, porque la naturaleza y la gracia se confunden en el mismo deseo anhelante que del fondo del corazón se alza hacia tan preciosos dones.

Contentos con el don de Dios

Si uno no recibe los talentos propios de un estado, recibirá los peculiares de otro. Unos estarán en pura fe, otros en otra situación de espíritu. En la misma naturaleza creada, cada criatura tiene lo que conviene a su especie: cada flor tiene su encanto, cada animal su instinto, cada criatura su perfección. Así, en cada estado diverso de la vida espiritual, cada persona tiene su gracia específica, y cada uno está contento si su buena voluntad sabe acomodarse al estado elegido para él por la Providencia.

Desde que esta buena voluntad nace en el corazón de un alma, ésta se sumerge en la acción divina y ésta obrará más o menos en ella, según esté más o menos abandonada. Por lo demás, el arte de abandonarse no es otro que el arte de amar. El amor encuentra a Dios en todo, y nada le rehúsa. ¿Cómo rehusarlo? El amor no puede pretender otra cosa que lo que quiere el amor.

Cuando Dios actúa en el hombre sólo tiene en cuenta la buena voluntad. Y la capacidad de las otras potencias no le atraen, ni su incapacidad le alejan. Cuando Él encuentra un corazón bueno y puro, recto y simple, dócil, filial y respetuoso, ya no necesita más, sino que se apodera de ese corazón, posee todas y cada una de sus potencias, y va concertando todo tan a favor del alma, que en todas las circunstancias halla ésta cómo santificarse. Y aquello mismo que es veneno mortal para otros, resulta inocuo por completo cuando actúa el contraveneno de la buena voluntad.

Si el alma llega al borde de un precipicio, la acción divina le sujeta; y si en él cayera, suspendería su caída. Y aún si cayera del todo, ella le levantará. Después de todo, las faltas de estas almas no suelen ser sino faltas de debilidad, cometidas con poca advertencia; y el amor sabe siempre transformarlas para su provecho espiritual.

Paz bajo la guía de Dios

El Señor, por secretas insinuaciones, les va haciendo entender siempre a estas almas lo que han de decir o hacer según las circunstancias: «los que temen a Dios poseen una mente recta» [Sal 110,10]. En efecto, iluminados por la divina inteligencia, se ven acompañados por ella en todos sus pasos, y ella misma les saca de los malos senderos en que entraron por ignorancia.

Y cuando se metieron sin saberlo en una situación perjudicial, la Providencia gobierna las cosas de tal suerte que todo se remedia y se vuelve en bien para ellas. Por más que estas almas se vean envueltas en las mallas de múltiples intrigas, la Providencia rompe esos lazos, confunde a sus autores, y les infundo «un espíritu de vértigo», que les hace caer en sus mismas trampas [Is 19,14]. Bajo su guía, las almas a quienes se quería sorprender hacen sin saberlo cosas que, inútiles en la apariencia, sirven después para sacarlas de todos los apuros en que su rectitud y la malicia de sus enemigos las habían puesto.

Tobías

¡Qué finísima sabiduría lleva consigo la buena voluntad! ¡Cuánta ingenio en su candor inocente! ¡Cuántos misterios secretos se esconden en su invariable rectitud!… Recordad, si no, al joven Tobías [Tob 6,2-6]. No es más que un muchacho, pero a su lado está Rafael. Con este guía angélico camina seguro, nada le espanta y nada le falta. Los mismos adversarios que encuentra son los que le proporcionan alimentos y medicinas, y el monstruo marino se vuelve para él un dulce y suave alimento. Se va viendo ocupado en bodas y banquetes, pues así lo ordena la Providencia [6,10-18]. Tiene, sin duda, otros negocios importantes, pero están abandonados a esa inteligencia celeste encargada de dirigirle en todo. Y todos estos asuntos se van arreglando y concluyendo con tal éxito que él solo no lo hubiera logrado tan felizmente de no tratarse en realidad de una bendición. Sin embargo, la madre de Tobías llora, llena de amargas preocupaciones, mientras que el padre está lleno de fe. Vuelve al fin este hijo, y toda la casa se llena de alegría [7,14-16].

Un corazón puro

Que los demás, Señor, te pidan toda clase de bienes; yo no te pediré más un solo don. Que multipliquen sus palabras y ruegos; yo, Dios mío, no te haré más que una sola súplica: «dame un corazón puro» [Sal 50,12]. ¡Oh, corazón puro, qué feliz es el que te posee! Él ve dentro de sí a Dios, por la viveza de su fe. Le ve en todas las cosas y en todos los instantes, obrando dentro y fuera de él. Se ve siempre como su instrumento, guiado y conducido por Él en todo. Cierto es que casi nunca piensa en ello, pero Dios piensa por él. Aquello que sucede y ha de suceder por una ordenación providencial, basta con desearlo, pues Él comprende nuestra disposición.

En su pura sencillez, si el corazón intenta precisar este deseo, no alcanza a verlo; pero Dios lo ve y lo conoce. En fin, ¿sabes lo que es un corazón bien dispuesto? Es un corazón en el que Dios habita, y viendo todas sus inclinaciones, Él sabe bien que está siempre sometido a su beneplácito. Él conoce también que ese corazón apenas sabe lo que le es propio, y por eso Dios se encarga de dárselo. A este corazón no le importan las contrariedades. Quiere ir al Oriente, y Dios le conduce al Occidente. Iba a dar contra un escollo, el timón se vuelve y lo lleva al puerto. Sin conocer mapa ni camino, vientos o mareas, sin nada de esto, siempre sus viajes terminan felizmente. Si se le cruzan los piratas en el mar, un golpe de viento inesperado le pone fuera de su alcance.

¡Oh buena voluntad, corazón puro! Qué sabiamente reconoció Jesús tu lugar al colocarte entre las bienaventuranzas [Mt 5,8]. ¡Qué mayor felicidad que la de poseer a Dios y ser al mismo tiempo poseído por Él! Estado maravilloso y lleno de encanto, en el que se duerme tranquilamente en el seno de la Providencia, se juega inocentemente con la divina Sabiduría [Prov 8,30], sin inquietud alguna sobre lo acertado de su curso, que no sufre ninguna interrupción y que se cumple siempre felizmente, a través de escollos, piratas y continuas tempestades.

¡Oh corazón puro, buena voluntad! Tú eres el verdadero fundamento de todos los estados espirituales. Es a ti a quien son comunicados los dones maravillosos de la pura fe, la esperanza, la pura confianza y el puro amor. En tu tronco brotan las flores del desierto, esas gracias tan preciosas que no suelen florecer sino en aquellas almas perfectamente desasidas, en las que Dios, como en una casa deshabitada, establece su morada, excluyendo a todo otro morador.

Tú eres esa fuente abundante de donde manan todos los arroyos que riegan el vergel del Esposo y amenizan el jardín cerrado de la Esposa. ¡Ah! con qué verdad puedes decir a las almas todas: Consideradme bien, y veréis que soy padre del amor hermoso, amor que distingue lo más perfecto y lo abraza. Yo soy el que hago nacer el temor dulce y fuerte, que da horror al mal y lo evita sin turbación. Yo soy el que enciende las luces que nos descubren las grandezas de Dios y la hermosura de la virtud que le honra. Yo soy, en fin, quien suscita los ardientes deseos que, acompañados de la santa esperanza, animan a practicar constantemente el bien, a la espera de aquel Dios cuya posesión un día debe hacer, como ahora pero mucho más gozosamente, la felicidad de estas almas fieles.

Y tú, corazón bueno, tú puedes convidar a todos para enriquecerlos con tus inagotables tesoros. A ti van a dar todos los estados y caminos espirituales, y es en ti donde ofrecen esa belleza, atracción y encanto que de ti proceden. Los frutos maravillosos de gracias y virtudes de toda clase, que resplandecen y alimentan, proceden de tus ricos plantíos. Tú eres «la tierra que mana leche y miel» [Sir 46,8], tus pechos destilan néctar delicioso, en tu seno descansa «la bolsita de mirra» [Cant 1,13], y de tus dedos fluye con abundancia y pureza el vino delicioso con que el Esposo convida a sus amigos [5,5].

Llave de los tesoros celestiales

Vamos pues, almas queridas, corramos, volemos al lado de esta Madre amorosa que nos llama. Vayamos al instante, y perdámonos en Dios, en su mismo corazón, embriagándonos con el licor de esta buena voluntad. Tengamos en el corazón la llave de los tesoros celestiales, y emprendamos ahora mismo nuestro camino hacia el cielo, sin temor alguno de encontrarlo cerrado: esa llave nos abrirá todas las puertas. No habrá lugar, por secreto que sea, donde no nos sea dado penetrar. Nada estará cerrado para nosotros, ni el jardín [de la Esposa: Cant 4,12], ni la bodega, ni la viña. Respiraremos si nos agrada el aire del campo, paseando a nuestro gusto. En fin, iremos y vendremos, entraremos y saldremos libremente con esta llave de David [Apoc 3,7], que es la llave de la ciencia [Lc 11,52], la llave del Abismo [Apoc 9,1], que guarda en su seno los tesoros profundos y secretos de la Sabiduría divina [Sab 7,14].

Esta llave divina abre las puertas de la muerte mística, penetrando sus tinieblas sagradas; da acceso al profundo lago y al foso de los leones. Ella es la que adentra las almas en estos oscuros calabozos, para sacarlas de ellos sanas y salvas. En fin, esta llave nos introduce en la feliz morada de la inteligencia y de la luz, donde el Esposo toma el aire en el descanso del mediodía [Cant 1,6], donde se sabe bien pronto, en cuanto se le ve, cómo obtener un beso de su boca [1,1], y cómo compartir confiadamente su lecho nupcial, donde se aprenden los secretos del amor. ¡Secretos divinos, que no está permitido revelar y que ninguna lengua humana es capaz de expresar!

Dios reina en un corazón puro

¡Amemos, pues, almas queridas! Todos los bienes, para enriquecernos, no esperan sino el amor. Él da la santidad y todos los dones que le acompañan, dones inefables que fluyen por todas partes, a derecha e izquierda, de los corazones abiertos a ella. Ésta es la semilla divina de la eternidad, que jamás podrá alabarse dignamente. Vale más poseerla en secreto, que ensalzarla con débiles palabras. Pero no es preciso cantar tu alabanza solamente cuando se está poseído por ti. Pues cuando tú posees un corazón puro, leer, escribir, hablar, hacer esto o lo contrario, todo es lo mismo para el corazón. Ya nada busca, nada evita; solitario o apóstol, sano o enfermo, sencillo o elocuente, todo viene a ser lo que tú dictas al corazón.

Y el corazón, como un eco fiel tuyo, lo repite todo a las demás potencias. En este compuesto material y espiritual del hombre, en el que tú, Señor, quieres establecer tu reino, es el corazón el que gobierna bajo tu guía. Y como ya no hay en él otros movimientos que los que tú le inspiras, todo objeto que tú le ofreces le agrada, al mismo tiempo que aborrece cuanto el demonio y la naturaleza le presentan en contrario. Y si alguna vez permites que se deje engañar, sólo es para que vuelta a ti más sabio y más humilde.

Capítulo VI

Pura fe y abandono a la acción divina

El Amigo oculto que nos guía en todo

Vayamos adelante en la contemplación de la acción divina. Lo que ella quita en apariencia a la buena voluntad, se lo vuelve a dar secretamente, de modo que nunca le falte lo necesario. Pongo un ejemplo. Imaginad que alguien ayudara a un amigo por medio de unas donaciones, dejándole entrever que proceden de él; y que, en un momento dado, por el bien de ese amigo, y aparentando no querer obligarle más, no dejara tampoco de ayudarle, pero ahora sin darse a conocer. El amigo, sin sospechar el truco y este secreto de su amistad, se quedaría molesto. ¡Qué de cavilaciones! ¡Qué de pensamientos sobre la conducta del bienhechor!

Pero imaginad que el misterio un día se desvelara. Sólo Dios sabe qué sentimientos se alzarían a un tiempo de su alma: gozo, ternura, enternecimiento, agradecimiento, amor, confusión, admiración. ¿No crecería con esto el ardor de su afecto amistoso? ¿Y esta prueba no le afirmaría en su adhesión a él, haciéndole más fuerte frente a futuras posibles sorpresas?

La aplicación es fácil. Cuanto más parece perderse con Dios, más se gana. Cuanto más reduce Él en lo natural, más da en lo sobrenatural. Se le amaba antes un tanto por sus dones; parecen faltar sus dones, y finalmente se viene a amarle por Él mismo. Es así, por la aparente sustracción de sus mismos dones, por lo que Él prepara el alma para este don, que es el mayor y el más amplio de sus dones, pues los comprende todos.

Todo es para bien

Según esto, una vez que las almas se han sometido totalmente a su acción deben, pues, interpretarlo todo favorablemente, sea, por ejemplo, la pérdida del más excelente de los directores, sea la vaga desconfianza que sienten por otros que se ofrecen a serlo, y más de lo deseable -pues, en general, esos directores demasiado prontos a ofrecer a las almas su guía merecen que se desconfíe un poquito de ellos. Aquéllos que están verdaderamente animados por el espíritu de Dios no muestran de ordinario tan oficiosidad y suficiencia. Más que buscar ellos, son buscados; e incluso entonces van siempre adelante con una cierta desconfianza en sí mismos-.

Guiados por mociones, más que por ideas

Pero volviendo a estas almas, puede decirse que su corazón es el intérprete de la voluntad de Dios. Hay que sondear aquello que dice el corazón, pues él la interpreta según las circunstancias. La acción divina revela sus deseos al corazón no por ideas, sino por mociones. Ella se los descubre o por hallazgos, haciéndole obrar a la aventura, o por necesidad, no permitiéndole otra opción que aquélla que se le presenta, o por la aplicación eventual de medios necesarios, como, por ejemplo, cuando es preciso decir o hacer algo en un primer movimiento, o en un impulso sobrenatural o extraordinario; o bien, en fin, por una aplicación activa de inclinación o alejamiento, según la cual se acerque o aleje de cierto objeto.

Pues bien, si juzgamos por la apariencias, en ese dejarse ir hacia lo incierto no hay sino una gran falta de virtud. Si se juzga la cuestión por las reglas ordinarias, esa conducta carece por completo de regularidad, uniformidad y concierto. Y sin embargo, la verdad es que se necesita el máximo grado de virtud para llegar a ese estado espiritual, y normalmente no se alcanza dicho estado sino después de haberse ejercitado largo tiempo en los modos ordinarios. La virtud de este estado es la más pura virtud, es, simplemente, la misma perfección.

Es como un músico que uniera a un prolongado ejercicio un conocimiento perfecto de la música. Su arte sería tan pleno que, sin pensarlo, todo lo que hiciera en el campo de su arte llevaría el sello de la perfección. Y si se examinaran sus composiciones, se hallaría en ellas una conformidad perfecta con todo lo que prescriben las reglas de la música. Nunca este músico habrá cumplido mejor con esas reglas que cuando, libre su genio de su constricción escrupulosa, ha actuado sin temor alguno, de tal modo que sus impromptus, como verdaderas obras de arte, llenarán de admiración a los entendidos.

La fidelidad a la obligación lleva a la libertad del amor

Así es como en el alma largamente ejercitada en la ciencia y en la práctica de la vida espiritual, siguiendo las normas del razonamiento y los métodos de los que ella se servía para secundar la gracia, va formándose poco a poco un hábito por el que resulta connatural obrar según fe y razón. Resulta entonces que esta alma no podrá hacer nada mejor que aquello que se le ocurre en principio, sin que recurra a esa serie de reflexiones que en otro tiempo necesitaba. Lo que le conviene ahora es obrar como a la aventura, confiándose a la gracia, que no va a engañarle. Lo que ella va obrando en este estado de simplicidad, al menos para los ojos iluminados y los espíritus sabios, es algo maravilloso. Sin reglas, nada más reglado; sin que ande midiendo, nada más mesurado; sin reflexión, nada más eficaz; y sin previsiones, nada más ajustado a los acontecimientos que sobrevienen.

Crisis dolorosa

Y sin embargo, el alma se encuentra como perdida en este estado. Ya no encuentra apoyo y conocimiento ni en las reflexiones que antes guiaban y disponían sus obras, ni tampoco en la gracia, pues ésta obra en ella ahora sin que lo sienta. Pero es precisamente en este despojamiento donde ella reencuentra todo, pues esa misma gracia, bajo una nueva forma y un espíritu nuevo, devuelve al alma el céntuplo de lo que le ha quitado por la pureza de sus mociones ocultas.

Es, sin duda, para el alma un gran golpe de muerte ese perder de vista la voluntad divina, que se retira de delante de sus ojos, por así decirlo, para mantenerse detrás de ella, impulsándola ante sí, y no siendo ya su objeto, sino su principio activo. Es sabido por experiencia que nada inflama tanto los deseos de esta voluntad como cuando el corazón sufre esa pérdida. Ahí surgen gemidos desde los más profundo, y no hay consolación sensible alguna.

Que Dios arrebate un corazón, que no quiere otra cosa que Dios, es gran secreto de amor. Y lo es bien grande, pues es por esta vía, y sólo por ella, por donde la pura fe y la pura esperanza llegan a establecerse en un alma. Entonces se cree lo que no se ve, y se espera aquello que no se posee sensiblemente. Cuánto nos perfecciona esta conducta secreta, la de una acción divina de la se es sujeto e instrumento, sin que de ello haya apariencia alguna, pues en todo aparece lo que se hace como si fuera pura casualidad o inclinación natural.

Humillación

Todo esto humilla al alma. Cuando habla por inspiración, siente como si sólo hablara por naturaleza. Nunca ve el espíritu que le está impulsando. El más divino de los soplos espanta al alma, y todo lo que hace o siente viene a resultarle siempre despreciable, como si todo lo que en ella se produce fuera fallido e imperfecto. Se admira siempre de los demás, de los que se ve cien veces inferior. No hay cosa que haga que no le produzca confusión. Desconfía de todas sus luces, no puede apoyarse en ninguno de sus pensamientos, muestra una sumisión excesiva hacia los inferiores, que estima veraces, y la acción divina no parece distanciar el alma de los virtuosos sino para hundirla en una profunda humildad, que por lo demás al alma no le parece virtud, sino, a su juicio, mera justicia.

Y en todo esto resulta admirable ver esta alma, a los ojos de aquellos de los que Dios la distancia interiormente, y a los ojos de ella misma, aparece como situada en sentimientos muy contrarios, pues no aparenta sino obstinación, desobediencia y turbación, desprecio e indignación sin remedio. Y cuanto más quiere el alma reformar sus desórdenes, más crecen éstos, ya que son verdaderas inspiraciones de la gracia las que desvían al alma de los escollos en donde ella naufragaría; y además el amor que habla a su corazón la aleja de esto prácticamente, a pesar de todos sus estados de espíritu que, en conciencia, ella se cree obligada a seguirlos.

¡Qué procedimientos sigue la acción divina! Santifica Él realmente al ama bajo unas apariencias tales que no muestran otra cosa que humillación. Y esto es en verdad admirable y divino, y se da ahí una santidad completamente extraordinaria, que no puede sino acrecentar la humildad. Ahí se dan favores, caricias, dones de la gracia ciertísimos, y los frutos de esa pura fe no se corrompen, en absoluto: tienen la corteza demasiado árida y dura.

Crece el corazón como gusano de seda

Viva, pues, mi corazón en medio de la oscuridad y el secreto de Dios, y que de su raíz interior, por la secreta virtud divina, crezcan ramas, flores y frutos, y aunque yo no pueda verlos, sean alimento y gozo para los demás. Da, corazón mío, a todas las almas que vengan a descansar bajo tu sombra, buscando refresco, frutos oportunos no para tu gusto, sino para el de ellos. Que los tiernos vástagos que la gracia injerte en ti reciban una savia indeterminada, que lleve en sí todas las propiedades que convengan a cada uno de estos injertos. Hazte todo a todos [1Cor 9,22], y por ti mismo no seas sino abandono e indiferencia.

Vive, corazón, quieto y encerrado, como un gusanito en el estrecho y oscuro calabozo de tu miserable capullo, hasta que el calor de la gracia te forme y suscite tu eclosión [Sta. Teresa, V Moradas 2]. Aliméntate con todas las hojas que esta misma gracia te presenta, y tranquilo en medio de la actividad a que te lleva tu abandono, no te aflijas por la pérdida de tu quietud interior. Detente cuando la acción divina te detenga. Pierde, en estas variaciones de cesación o actividad, en incomprensibles metamorfosis, todas tus antiguas formas, métodos y maneras. Acepta, muriendo y resucitando, las formas nuevas que esa misma acción divina te irá designando.

Así es como has de formar callandito tu seda, haciendo algo que no te es dado ver ni sentir. Sufrirás en todo tu ser una agitación oculta, que condenarás tu mismo. Y envidiarás secretamente a los que están muertos o quietos, sin pensar que quizá no han llegado aún al término en que tú te encuentras, y sentirás admiración por ellos, sin saber que los has dejado atrás. La agitación de tu abandono te hará hilar una seda con que se gloriarán de vestirse los príncipes de la Iglesia, los grandes de la tierra y las almas de todas clases.

Y después de todo esto ¿qué será de ti, gusanito? ¡Oh, maravilla de la gracia! Tú hallas todos los medios para dar mil formas a las almas; pero ¿quién sabe a dónde quiere llevar a un alma la gracia? ¿Quién podrá adivinar, si no lo hubiese visto, lo que hace la naturaleza de un gusano de seda? [V Moradas 2,2]. Basta con ir dándole hojas, y la naturaleza hace el resto.

De día y de noche, sin saber cómo

Del mismo modo, almas queridas, tampoco conocéis vosotras de dónde venís ni a dónde vais. No sabéis qué idea de Dios os saca la divina Sabiduría y a qué término os conduce. No os queda, pues, otro recurso que el entero y pasivo abandono a la acción divina, dejándole hacer a Dios lo que quiera, sin reflexión, sin modelo, sin ejemplo, sin método, actuando cuando es el momento de obrar, cesando cuando la hora de parar, perdiendo cuando es momento de perder. Y así es como, insensiblemente, obrando o cesando por mociones o por abandono, se leen o se dejan los libros, se habla con las personas o se calla, se escribe o se deja la pluma, sin saber nunca lo que seguirá después.

Y finalmente, después de no pocas transformaciones, el alma perfeccionada recibe alas para volar a los cielos, después de haber dejado en la tierra una semilla fecunda para perpetuar su estado en las almas.

Capítulo VII

El orden de la Providencia es el que nos santifica.

Pequeñez de esta ordenación en aquellos que Dios santifica sin brillo y sin esfuerzos.

Ordenación divina providente

Orden de Dios, beneplácito de Dios, voluntad de Dios, acción de Dios, la gracia, todo esto no es más que una sola cosa. Y en esta vida el fin de esta obra divina es la perfección. Ese fin se produce en nuestras almas y se desarrolla y acrecienta en secreto, sin que ellas lo sepan. La teología abunda en concepciones y palabras que explican las maravillas de esa obra en todas las dimensiones de cada alma. Toda esa especulación puede conocerse, y de ella se puede hablar admirablemente, escribir, instruir y dirigir las almas. Pero si solamente se tiene esta especulación en el pensamiento, ante las almas que reciben el término de la ordenación de Dios y de su divina voluntad -que no conocen todas esas teorías, de las que no sabrían hablar-, se viene a ser como un médico enfermo ante personas sencillas que están en perfecta salud.

Interior instinto, no reflexiones o libros

La ordenación de Dios, su voluntad divina, cuando es recibida por un alma fiel, obra en ella este fin divino sin que ella lo sepa, como una medicina tomada por obediencia obra la salud en un enfermo, sin que él sepa ni pretenda saber nada de medicina. Así como el que calienta es el fuego, y no la filosofía y la teoría científica sobre este elemento y sus efectos, así es en la ordenación de Dios: es su voluntad la que obra la santidad en nuestras almas, y no las curiosas especulaciones que podamos hacer sobre ese principio y ese fin.

Cuando se tiene sed, para saciarla, es preciso dejar los libros que explican ese fenómeno, y beber. La curiosidad de saber sólo es capaz de aumentar la sed de conocer. Del mismo modo, cuando se está sediento de santidad, la mera curiosidad de saber sólo consigue alejarla. Hay que dejarse de especulaciones interminables, y beber sencillamente todo cuanto el orden de Dios nos presenta para hacer o sufrir. Eso que nos va sucediendo en cada momento por la providencia de Dios es para nosotros lo más santo, lo mejor y más divino.

La ciencia del momento presente

Toda nuestra ciencia consiste en conocer esta disposición divina del momento presente. Por ejemplo, cualquier lectura que no se haga por voluntad de Dios, ciertamente será dañosa. El orden y la voluntad de Dios es la gracia, que obra en el fondo de nuestros corazones al leer, lo mismo que durante todas las otras cosas que vamos haciendo, y no por sí mismas las ideas, especies o lecturas, pues si éstas no son portadoras de la virtud vivificante de la disposición ordenada por Dios, solamente son letra muerta, que vacía el corazón, al mismo tiempo que hincha el espíritu [1Cor 8,1].

Por el contrario, cuando esta voluntad divina fluye en el alma de una sencilla muchacha ignorante, a través de sufrimientos y acciones muy concretos, en la turbulencia de la vida diaria, obra en el fondo de su corazón ese fin misterioso del ser sobrenatural, sin que su espíritu reciba ninguna idea natural. En cambio, el hombre soberbio, que estudia los libros espirituales por vana curiosidad, y no por impulso de la voluntad de Dios, no recibe más que letra muerta en su espíritu, y éste se deseca y endurece cada vez más.

Voluntad divina siempre benéfica

La ordenación de Dios y su voluntad divina es la vida del alma, cualquiera que sea la apariencia en que se le aplique o sea recibida. Cualquier modo de unión de esa voluntad divina con el espíritu alimenta al alma y la hace crecer siempre hacia lo mejor. No es esto ni aquello lo que produce tan felices efectos, es siempre la ordenación de Dios en el momento presente. Aquello que era mejor en el pasado, ya no lo es, porque ya está destituido de la voluntad divina, que se manifiesta ahora bajo otras apariencias para mostrar el deber del momento presente. Y es este deber, cualquiera que sea su apariencia, lo que en el presente viene a ser más santificante para el alma.

Cuando la divina voluntad ofrece la lectura como un deber presente, la lectura produce en el corazón frutos misteriosos. Si manda dejarla para entregarse actualmente a contemplar, esta contemplación forma en el fondo del corazón el hombre nuevo, y la lectura entonces sería no sólo inútil, sino perjudicial. Si esta misma divina voluntad manda dejar la contemplación para atender en confesión a unos penitentes, y esto va a llevar un tiempo considerable, este deber da forma a Jesucristo en el fondo del corazón, y toda la dulzura de la contemplación no serviría más que para destruirla.

La ordenación de Dios es la plenitud de todos nuestros momentos, y fluye bajo mil apariencias diferentes, que forman sucesivamente nuestro deber presente, configurando, acrecentando y consumando en nosotros el hombre nuevo, hasta llegar a la plenitud que la Sabiduría divina nos destina.

Hace crecer en Cristo día a día

Y este misterioso crecimiento «en la edad de Jesucristo» [Ef 4,15] es el fin producido por la ordenación de Dios, es el fruto de su gracia y de su voluntad. Este fruto se produce, crece y se alimenta por el cumplimiento de aquellos deberes sucesivos, que la voluntad del mismo Dios nos presenta, de tal modo que cumpliéndolos en esta santa voluntad es siempre lo mejor. Así pues, no hay más que dejar obrar a la voluntad divina, abandonándose ciegamente en una confianza perfecta. Ella es infinitamente sabia, infinitamente potente, infinitamente benéfica para aquellas almas que esperan totalmente en ella sin reservas, que no aman ni buscan sino a ella sola, y que creen con una fe y una confianza inquebrantables que lo que ella hace en cada momento es lo mejor, sin buscar en otra parte más o menos, sin andar evaluando los diversos aspectos materiales de la ordenación divina, en lo que solamente habría una pura búsqueda del amor propio.

Lo verdaderamente esencial y real, la virtud de todas las cosas, lo que las arregla y hace favorables para el alma, es la voluntad de Dios, sin la cual todo es vacío, nada y mentira, vanidad, letra, corteza y muerte. La voluntad de Dios es, en cambio, salvación, salud, vida del cuerpo y del alma, cualquiera que sea la experiencia bajo la cual se les aplique. Que el espíritu tenga las ideas que prefiera, que el cuerpo sienta lo que pueda, sufra el espíritu distracciones y turbaciones, padezca el cuerpo una enfermedad mortal, sin embargo, esta divina voluntad es siempre, en el momento presente, la vida del cuerpo y del alma, porque, después de todo, uno y otra, en cualquier estado en que se encuentren, están siempre sostenidos por ella.

Todo es nada sin la voluntad de Dios

Sin la voluntad de Dios, el pan es veneno, y con ella, remedio saludable. Sin ella, los libros ciegan, y con ella el atolladero más oscuro viene a hacerse una luz. Ella es todo lo bueno y lo verdadero de todas las cosas. En todas ella se da como Dios, y Dios es el ser universal. Por eso no se debe andar mirando las relaciones que tienen las cosas respecto al espíritu o al cuerpo, para juzgar de su virtud, pues en este sentido todo es indiferente. Es la voluntad de Dios la que da a las cosas, las que sean, eficacia para formar a Jesucristo en nuestros corazones. Y en modo alguno hay que poner límites a esa voluntad.

La acción divina no quiere encontrar obstáculo alguno en la criatura. Todo le es igualmente útil o inútil. Todo es nada sin ella, y la nada es todo con ella. La contemplación, la meditación, las oraciones vocales, el silencio interior, los actos de las potencias sensibles, distintos u obscuros, el retiro o la acción, serán lo que fueren en sí mismos, pero lo mejor de todo eso para el alma es todo lo que Dios quiere en el momento presente. Por eso el alma debe mirar todas esas alternativas con una perfecta indiferencia, viendo que en sí mismas no son nada.

Indiferencia espiritual

El alma que no ve las cosas sino en Dios, las toma o las deja según su beneplácito, y así vive, se alimenta y espera solamente de su voluntad, y no de las cosas, que no tienen fuerza ni virtud sino por Él. Y así, ante cualquier situación y en todo momento, debe decir como San Pablo: «Señor ¿qué quieres que haga?» [Hch 22,10]. No esto o lo otro, sino lo que tú quieras. El espíritu quiere esto, el cuerpo desea aquello, pero yo, Señor, sólo quiero tu santa voluntad. La contemplación o la acción, la oración vocal o mental, activa o silenciosa, de fe o de luz, con formas claras o en gracia general, todo, Señor, por sí mismo es nada, porque tu voluntad es lo único real y la única fuerza de todo eso. Ella sola es el centro de mi devoción, y no las cosas, por sublimes y elevadas que sean, pues el fin de la gracia no es la perfección de la mente, sino la del corazón.

Templos de la Trinidad

La presencia de Dios, que santifica nuestras almas, es esta morada de la Santísima Trinidad, que toma posesión de nuestros corazones, cuando éstos se someten a la voluntad divina. Porque la presencia de Dios que se realiza por el acto de la contemplación no obra en nosotros esta íntima unión sino como todas las otras cosas que se viven según la ordenación de Dios. Entre todas ellas, la contemplación tendrá siempre el primer lugar, porque es el medio más excelente para unirse a Dios; pero siempre y cuando su voluntad ordene que se ejercite.

Gozamos de Dios y lo poseemos por la unión con su voluntad, y buscar ese divino gozo por otros medios sería una ilusión. La voluntad de Dios es el medio universal. El medio no es ni esta manera ni esta otra, pues Él tiene la virtud de santificar todas las maneras y todos los modos particulares. Esta divina voluntad se une a nuestras almas de mil modos diferentes, y aquél que nos apropia es siempre el mejor para nosotros. Todos los modos deben ser estimados y amado, porque todos pueden ser ordenación de Dios, que se acomoda a cada alma para obrar en ella la unión divina, eligiendo para aquella el modo propio. Y el alma debe contentarse con esta elección, sin elegir nada distinto por sí misma, prefiriendo seguir esta voluntad adorable, hasta el punto de amarla y estimarla igual que aquellos otros modos destinados a otras.

Por ejemplo, si la voluntad divina me manda oraciones vocales, sentimientos afectivos, luces sobre los misterios, yo debo amar también el silencio y la desnudez que la vida de fe opera en otros; pero, en cuanto a mí, me entregaré a practicar este deber presente, y por él me uniré a Dios.

Quietistas

De ningún modo se me ocurrirá reducir toda la religión, como hacen los quietistas, a la aniquilación de actos distintos, menospreciando todos los demás medios, porque lo que perfecciona es la ordenación de Dios, y Él es quien hace bueno para el alma todo medio al cual la aplica. No, yo no pondré límites, ni maneras, ni condiciones a la voluntad de Dios, sino que me empeñaré en recibirla bajo todas las formas por las que se me quiera comunicar, y estimaré también todas las otras por las que Él quiera unirse a los demás.

Dios da un camino a cada alma

Según esto, todas las almas sencillas no tienen sino un solo camino general, que se diferencia y particulariza en todo para formar la variedad de los vestidos místicos. Y todas las almas sencillas se aprueban y estiman mutuamente, diciéndose entre ellas: «Vamos adelante, cada una por su camino, con la misma meta, unidas en un mismo empeño y en una misma ordenación de Dios, diversificada en cada una de nosotras».

Así es como hay que leer la vida de los santos y los libros espirituales, sin hacer nunca cambios que nos lleven a dejar nuestro camino. Por eso mismo, es absolutamente necesario hacer lecturas y mantener conversaciones sólo según la voluntad de Dios, pues cuando esta voluntad hace de todo eso un deber presente, el alma, muy lejos de hacer cambios falsos, se ve confirmada en su propio camino por esas mismas cosas tan diferentes que ve en su lectura. Pero si la voluntad de Dios no nos propone la lectura ni la consulta espiritual como un deber presente, de todo ello saldrá siempre perturbación, y vendrá a darse en una confusión de ideas y en una variación continua, pues sin la ordenación de Dios, en nada puede haber orden.

El pan vivo del momento presente

¿Hasta cuándo andaremos llenando la capacidad de nuestra alma de las penas e inquietudes particulares acerca de nuestros momentos presentes? ¿Cuándo conseguiremos que en nosotros «Dios sea todo en todas las cosas» [1Cor 15,28]? Dejemos que esto y aquello nos muestren lo que de verdad son, y nosotros, más allá de todo eso, vivamos muy puramente de Dios mismo.

Por esto es por lo que Dios permite tantas destrucciones y aniquilamientos, tantas muertes, obscuridades, confusiones y miserias en todo lo que sucede a ciertas almas. Todo lo que sufren y hacen se muestra muy pequeño y despreciable a sus propios ojos y a los de los demás. En todos los instantes de su vida no hay nada que brille, todo es común. Dentro, turbación; fuera, contradicción y planes fracasados. Un cuerpo débil y sujeto a mil necesidades, cuyas sensaciones son todo lo contrario de la admirable pobreza y austeridad de los santos. No se ven limosnas excesivas, ni un celo ardiente y expansivo, y el alma, en cuanto a los sentidos y al espíritu, está siendo alimentada por un pan completamente repugnante, que no corresponde en absoluto a su gusto; ella aspira a otras cosas muy distintas, pero todos los caminos que conducen a esa santidad tan deseada se le muestran cerrados.

Es necesario vivir de esta pan de angustia, de este pan de ceniza, con una congoja interior y exterior continua. Es necesario aceptar una modalidad de santidad que sin cesar contraría de una manera cruel e irremediable. La voluntad sufre hambre, pero no halla medio de saciarlo. ¿Para qué todo esto? Todo esto es para que el alma sea mortificada en todo aquello que en ella hay de más espiritual e íntimo, de modo que, no encontrando gusto ni satisfacción en nada de lo que le sucede, ponga todo su gusto en Dios, que la lleva expresamente por esta vía, para que sólo Él mismo pueda agradarle.

Dejemos, pues, la corteza de nuestra penosa vida, ya que no sirve más que para humillarnos ante nuestros ojos y ante los demás. O mejor, ocultémonos bajo esa corteza y gocemos de Dios, el único que es todo nuestro bien. Sirvámonos de esta enfermedad, de estas limitaciones y preocupaciones, de estas necesidades de alimentos, vestidos o muebles, de estas desgracias, de ese desprecio de algunos, de esos temores e incertidumbres, de todas esas turbaciones, para encontrar todo nuestro bien en el gozo de Dios que, a través de todas esas cosas, se nos da totalmente como nuestro único bien.

Pobre apariencia de la presencia divina

Dios muchas veces quiere estar entre nosotros pobremente, sin el acompañamiento de esos signos de la santidad que hacen admirables a los santos. Lo que sucede es que Dios solo quiere ser el único objeto de nuestro corazón, y desea ser Él solo quien nos agrade. Sabe muy bien que somos muy débiles, y que si nos concediera el esplendor de la austeridad y del celo apostólico, de la limosna y de la pobreza, pondríamos en ello parte de nuestro gozo. Pero es el caso que en nuestro camino no hay nada que no nos sea desagradable, y precisamente por este medio es Dios toda nuestra santificación y nuestro apoyo. Y lo único que puede hacer el mundo es despreciarnos y dejarnos gozar en paz de nuestro tesoro.

Dios quiere ser el principio de todo lo que hay en nosotros de santo, y por eso todo lo que depende de nosotros y de nuestra fidelidad activa es tan pequeño y, aparentemente, opuesto a la santidad. Sólo por vía pasiva puede haber algo verdaderamente grande en nosotros. Así que, no nos preocupemos más. Dejemos a Dios el cuidado de nuestra santidad; Él conoce bien los medios. Todos ellos dependen de una solicitud y de una operación singular de su Providencia. Todos ellos operan en nosotros ordinariamente sin que lo sepamos, a través de aquello que más tememos, y por donde menos esperamos.

Contentos con el pan que Dios nos da

Caminemos en paz en los pequeños deberes de nuestra fidelidad activa, sin aspirar a grandes cosas, pues Dios no quiere dársenos por medio de nuestras preocupaciones. Nosotros vamos a ser los santos de Dios, de su gracia y de su providencia especial. Como Él sabe bien el rango que quiere concedernos, dejémosle hacer. Y sin formarnos falsas ideas y vanos procedimientos de santificación, contentémonos con amarle sin cesar, caminando con simplicidad por el sendero que El nos ha trazado, y en el que todo es tan pequeño a nuestros ojos y a los del mundo.

Capítulo VIII

Hay que sacrificarse a Dios por amor al deber.

Fidelidad para cumplirlo y parte del alma en la obra de la santificación.

Dios hace todo el resto Él solo.

Ofrenda sacrificial continua

«Ofreced sacrificios legítimos, y confiad en el Señor» [Sal 4,6]. En efecto, el grande y sólido fundamento de la vida espiritual es darse a Dios, y estar siempre sujeto en todo a su voluntad, en lo interior y exterior, olvidándose de sí mismo, como de una cosa vendida y entregada, sobre la cual no se tiene ya derecho alguno. Todo, pues, ha de ser para agradar a Dios, de modo que Él sea toda nuestra alegría, y que su felicidad y su gloria, su ser, venga a ser nuestro único bien.

Apoyada sobre este fundamento, el alma ha de centrar toda su vida en alegrarse de que Dios sea Dios, dejando su propio ser de tal modo entregado a su voluntad que esté igualmente contenta con hacer esto, aquello o lo contrario, según disponga el beneplácito divino, sin andar cavilando sobre lo que su voluntad santísima ordena.

Voluntad divina obligante y voluntad divina operante

La voluntad de Dios dispone de nuestro ser de dos maneras: o le obliga a hacer ciertas cosas, o simplemente obra en él. El primer modo exige de nosotros el fiel cumplimiento de esa voluntad manifestada o inspirada; el segundo, una simple y pasiva sumisión a las mociones de esa voluntad de Dios. Pues bien, el abandono comprende todo eso, pues no es sino la perfecta sumisión a las disposiciones de Dios según la condición del momento presente. Y poco le importa al alma saber de cuál de los modos está obligada a abandonarse o cuáles son las cualidades del momento presente; lo único que le importa es estar abandonada sin reservas.

El abandono es fidelidad a toda clase de voluntad divina

El abandono comprende en el corazón todas las maneras posibles de fidelidad, porque estando el propio ser entregado a la voluntad de Dios, y hecha esta cesión de sí mismo por puro amor, afecta a todas las operaciones posibles de ese beneplácito divino. Así el alma en cada instante se ejercita en un infinito abandono, pues todas las condiciones y maneras posibles están comprendidas en su virtud.

Según esto, no es en absoluto asunto del alma determinar concretamente el objeto de la sumisión que debe a Dios, sino que su única ocupación ha de ser simplemente estar sumisa en todo y presta a todo. Eso es lo esencial del abandono, eso es lo que Dios exige del alma, ésa es la donación libre del corazón que Él solicita: la abnegación, la obediencia, el amor. El resto es asunto de Dios.

Y sea que el alma actúe atentamente para cumplir el deber al que su estado y compromisos le obligan, sea que ella siga dulcemente una moción inspirada, o sea que ella se someta pacíficamente al impulso de la gracia en cuerpo y alma, en todo esto afirma en el fondo de su corazón un mismo acto universal y general de abandono, que en modo alguno está limitado por el término y efecto especial que se ve al momento, sino que, en realidad, tiene todo el mérito y la eficacia que la buena voluntad sincera siempre tiene cuando el efecto no depende de ella en absoluto; lo que ella ha querido hacer Dios lo tiene por hecho.

Si el deseo de Dios pone límites al ejercicio de las facultades particulares, no se los pone a la voluntad. El deseo de Dios, el ser y la esencia de Dios, son el objeto de la voluntad y, a través del amor, Dios se une a ella sin límite alguno, sin forma ni medida. Y si este amor no se realiza en las facultades particulares más que en un objeto u otro bien concreto, es precisamente porque la voluntad de Dios tiene en ellas su propia perfección, y se reduce, por así decir, se hace más pequeña en la cualidad del momento presente, y de esta forma pasa a las facultades y de éstas al corazón, porque éste es puro, sin límites y sin reserva, y se comunica a él a causa de su infinita capacidad, obrada por la pureza del amor que, habiendo hecho el vacío de todas las cosas, le hace capaz de Dios.

Santo desasimiento

Oh santo desasimiento, tú abres lugar a Dios. Oh pureza, disposición a todo, sumisión sin reserva, tú atraes a Dios al fondo del corazón. Sea lo que fuere de todo lo demás, tú, Señor, eres todo mi bien. Haz todo lo que quieras de este pequeño ser. Que actúe, que tenga inspiraciones, que reciba más o menos tus mociones, todo es lo mismo, y todo es tuyo, de ti y para ti. Yo no quiero por mí mismo ver o hacer nada, pues todos los instantes de mi vida son tuyos, y ninguno está bajo mi disposición. Todo es tuyo, y yo no debo añadir nada, ni disminuirlo, ni buscar, ni reflexionar. La ordenación de todo es tuya. A ti corresponde ordenarlo todo: la santidad, la perfección, la salud, la dirección, la mortificación. Todo es asunto tuyo, y el mío no es otro, Señor, que estar contento de ti, sin apropiarme acción ni pasión alguna, dejándolo todo a tu libre voluntad.

Amor puro es puro don de Dios

La doctrina del amor puro no se adquiere más que por la gracia Dios, y no por el propio esfuerzo. Dios instruye el corazón no por medio de ideas, sino por penas y reveses. Esta ciencia es un conocimiento práctico por el que se gusta de Dios como único bien. Para adquirir esta ciencia es preciso estar desasido de todos los bienes particulares; y para llegar a ello, hace falta verse privado de ellos. Y así, no es sino por medio de contrariedades continuas y de una larga serie de mortificaciones de todas clases, respecto a inclinaciones y afecciones concretas, por lo que llega a vivirse en el puro amor.

Amor puro es total indiferencia

Hay que llegar, pues, a un punto en que, para uno, todo lo creado no sea ya nada, y Dios lo sea todo. Y por eso es necesario que Dios se oponga a todas las afecciones particulares del alma, de manera que, desde el momento en que ella se adhiere a alguna forma especial, a una cierta idea de espiritualidad, a algún medio de perfección o devoción, a unos planes, a tales vías o caminos que den acceso a ciertas metas, a algunas personas que presten su ayuda, o en fin, a cualquier criatura que sea, Dios confunde nuestros planes y permite que en vez de conseguir nuestros proyectos, no encontremos en todo eso sino confusión y turbación, vacío y desatino.

Apenas el alma se ha dicho: «Por ahí es por donde hay que ir, con esta persona es con quien tengo que hablar, así es como hay que actuar», en seguida Dios dice todo lo contrario y retira su virtud de esos medios decididos por el alma. Y así, no encontrando en todo sino pura criatura y, consiguientemente, pura nada, el alma se ve obligada a recurrir al mismo Dios y a contentarse con Él.

Vacío de sí, abnegación perfecta

Un alma para quien el bien y la felicidad de Dios son los suyos, no se inclina ya por amor, ni por confianza en las cosas creadas, y las admite solamente por deber, es decir, por voluntad de Dios, y por la concreta determinación de su voluntad. Ella, por encima de la abundancia y por debajo de la privación, vive en la plenitud de Dios, que es su bien permanente.

Dios encuentra, pues, esta alma completamente vacía de inclinaciones propias, de movimientos propios, de elecciones propias. Es como un sujeto muerto, abandonado a una indiferencia universal. La plenitud del ser divino, manifestándose así en el fondo del corazón, tiende sobre la superficie de todos los seres creados un velo de nada, que elimina todas sus distinciones y variedades. Así la criatura, en el fondo de su corazón, queda sin virtud ni eficacia, y el corazón se ve sin tendencias e inclinaciones hacia las criaturas, pues la majestad de Dios llena toda su capacidad.

El corazón que vive de Dios de esta manera queda muerto a todo el resto, y todo lo demás queda muerto para él. Corresponde a Dios, que da la vida a todas las cosas, vivificar el alma en relación a las criaturas, y a éstas en referencia al alma. La voluntad de Dios es esta vida. El corazón, movido por esta voluntad divina, es llevado hacia las criaturas y, por esta misma voluntad, las criaturas son llevadas hacia el alma, para que puedan ser acogidas por ella.

Sin esta virtud divina de la libre disposición de Dios, lo creado no es recibido por el alma, y el alma no se dirige a ello. Esta reducción de todo lo creado, primero a la nada y seguidamente al punto de la ordenación de Dios, hace que en cada instante Dios sea para el alma Dios mismo y todas las cosas. Pues cada momento es, en el fondo del alma, un contentamiento de Dios solo y un abandono sin límites a todo lo creado posible, o mejor, a todo lo creado o creable por la voluntad de Dios. Y así cada momento lo contiene todo.

Vía simple y universal

La práctica de una teología tan admirable consiste en una cosa tan simple, tan fácil, tan presente, que no hay más que quererla para tenerla. Este desasimiento, este amor tan puro y universal, es actividad y es pasividad; consiste, pues, en aquello que el alma debe hacer con la gracia y en aquello que la gracia debe obrar en ella, sin exigir otra cosa que abandono y consentimiento pasivo, es decir, todo aquello que Dios quiere hacer por sí mismo -eso que la teología mística explica mediante una infinidad de concepciones sutiles, que con frecuencia más vale ignorar, pues para vivirlo sólo se necesita el puro olvido y el abandono.

Al alma le basta con saber lo que debe hacer, que es lo más sencillo del mundo: amar a Dios como a su gran y único todo, estar contenta de cómo es Él, y aplicarse a sus obligados deberes con solicitud y prudencia. Un alma sencilla, por este único ejercicio, por este camino tan recto, tan luminoso y cierto, adelanta con pasos seguros y con toda confianza. Y todas las maravillas explicadas por la teología mística, cruces y favores interiores, son obradas en ella por la voluntad de Dios sin que ella lo sepa, pues no se ocupa de otra cosa que de amar y obedecer.

Pasividad fielmente activa

Dios mismo, «Él solo hizo grandes maravillas» [Sal 135,4], Él solo es el que hizo todo esto y lo hizo por tales medios que, cuanto más se abandona el alma, se distancia y separa de todo lo que pasa en ella, más y mejor perfecciona Él su obra. Por el contrario, las reflexiones, búsquedas e industrias del alma, no valdrían ya sino para oponerse a la manera de obrar de Dios, en la que está todo su bien, porque Él la santifica, la purifica, la dirige, la ilumina, la eleva, la dilata, la hace útil a los demás, y la vuelve apostólica, por medios y maneras en los que la reflexión no alcanza sino a ver lo contrario.

Todo, cada momento presente, parece contribuir a sacar el alma de su camino de amor y de sencilla obediencia. Es necesario, pues, tener un abandono y un coraje heroico para mantenerse estable en la simple fidelidad activa, haciendo el alma su parte con seguridad, mientras que la gracia hace la suya con un aire y estilo que hace creer al alma que estuviera engañada y perdida.

La Pasión del Señor

Esto es, al menos, lo que llega a los oídos del alma, y si tiene el valor de no inmutarse por el ronco gruñido de truenos y relámpagos, tempestades y rayos, y marcha con paso firme por el sendero del amor y de la obediencia al deber y a la gracia presente, puede decirse que el alma se hace semejante a Jesús, y que está participando del estado de su Pasión, durante la cual este divino Salvador camina serenamente en el amor de su Padre y en la sumisión a su voluntad, dejándose hacer aquello que en apariencia parece lo más contrario a la dignidad de un alma tan santa como la suya.

Los Corazones de Jesús y de María afrontan el rugido de esta noche tan obscura, y dejan que el huracán les envuelva en su torbellino. Un diluvio de calamidades, todas ellas aparentemente opuestas a los designios de Dios y a su voluntad, hunden en el abismo las almas de Jesús y de María, y, sin embargo, sacando ánimos de la flaqueza, siguen caminando sin venirse abajo por el camino del amor y de la obediencia. Fijan sus ojos solamente en aquello que deben cumplir y, dejándole hacer a Dios, que les está mirando, sienten sobre sí todo el peso de esta acción divina. Gimen bajo este peso, pero ni vacilan con dudas, ni se detienen un solo instante. Tienen fe en que todo irá bien, con tal de que el corazón deje obrar a Dios y permanezca en su camino.

Cara fea y cara bella del tapiz

Cuando el alma va bien, todo va bien, porque aquella parte que corresponde a Dios, es decir, su acción, es, por así decirlo, el centro y la consecuencia de la fidelidad del alma: ella impulsa al alma, y el alma se apoya en ella. Ésta viene a ser como la cara de un tapiz magnífico, que va siendo tejido punto por punto por el revés. El obrero no alcanza a ver más que cada punto y su aguja, y todos estos puntos, dados sucesivamente, van trazando figuras bellísimas, que no van manifestándose hasta que, una vez acabada la obra, se expone a la luz de cara. Pero mientras dura el tiempo del trabajo toda esa maravilla permanecía oculta.

Lo mismo sucede en un alma que se abandona a Dios. Solamente alcanza a ver la voluntad divina y su propio deber. Y el cumplimiento de este deber viene a ser en cada momento un punto imperceptible que se añade a la obra. Y sin embargo, mediante estos puntos, Dios va obrando sus maravillas, de las que alguna vez hay indicios visibles ya en el tiempo, pero que no podrán ser conocidas del todo hasta el día grande de la eternidad.

Fieles a los mandamientos, dóciles a la ordenación providente

¡Qué llena de bondad y de sabiduría está la acción de Dios! De tal modo ha reservado Él a su sola gracia y acción todo lo más sublime y elevado, lo más grande y admirable, en el camino de la perfección y santidad, y de tal modo ha dejado a las almas, ayudadas por el auxilio de su gracia, lo que es pequeño, claro y fácil, que no hay nadie en el mundo a quien no sea dada la posibilidad de llegar a la perfección más eminente. Todo lo que pertenece al estado de la vida, a los deberes, a las condiciones corporales, todo está al alcance del cristiano. Y en todo eso, dejando a un lado el pecado, es en lo que Dios quiere que el hombre empeñe su fidelidad activa. Él no espera de nosotros más que vernos cumplir su voluntad significada por el deber, según nuestras fuerzas corporales y espirituales, y permanecer celosos en nuestras otras obligaciones, en la medida en que nos sea posible.

¿Puede haber algo más fácil y razonable? Ése es todo el trabajo que Dios exige al alma en la obra de su santificación. Y eso sí, lo exige a grandes y pequeños, sanos y enfermos, es decir, a todos, en todo tiempo y en todo lugar. Es cierto que Él sólo pide de nuestra parte algo asequible y fácil, ya que basta con mantener esa actitud sencilla para llegar a una gran santidad.

Deberes generales y deberes particulares

¿Y cuál es, pues, ese deber que constituye por nuestra parte toda la esencia de la santidad? Se da de dos modos. Hay, en primer lugar, un deber general, que Dios impone a todos los hombres. Y en segundo lugar, unos deberes particulares, que prescribe a cada uno, y por los que vincula a cada hombre a estados concretos. Así es, por consiguiente, como Dios nos manda cumplir los mandamientos que nos obligan a su amor, y así es como nos invita a seguir sus consejos, en la medida en que su realización se hace posible por las mociones de la gracia. Por tanto, lo que Él pide de cada uno nunca va más allá de las fuerzas que ha recibido, y esto manifiesta su equidad.

Escuchadme vosotros, que aspiráis a la perfección, y que desfallecéis a la vista de lo que hicieron los santos y de lo que os prescriben los libros de espiritualidad; vosotros, que estáis abrumados por las tremendas ideas que os habéis forjado sobre la perfección. Conoced esto que parecéis ignorar. Dios quiere que yo escriba todo esto para vuestra confortación.

Camino fácil hacia la santidad

Nuestro Dios bondadoso ha puesto a nuestro alcance todas las cosas necesarias y comunes del orden natural, como el aire, el agua, la tierra. No hay nada más necesario que respirar, dormir, comer, y al mismo tiempo, nada más fácil que eso. Pues bien, en el orden sobrenatural el amor y la fidelidad son igualmente necesarios, y no es posible que nos sean tan difíciles como a veces nos lo presentan. Y Dios quiere contentarse en todas estas cosas, incluidas las más pequeñas, con la parte que el alma debe poner en la obra de su perfeccionamiento. Él mismo lo explica claramente, eliminando toda duda: «Venera a Dios y cumple sus mandatos, y eso es todo el hombre» [Qoh 12,13].

Es decir, eso es todo lo que el hombre debe hacer de su parte, y en eso consiste su fidelidad activa. Que él cumpla su parte y Dios hará el resto. La gracia reserva para sí sola las maravillas que sabe obrar, y que van más allá de toda inteligencia humana, pues «ni oído oyó, ni el ojo vio, ni el corazón del hombre llegó» [1Cor 2,9] a captar lo que Dios ha concebido en su mente, ha decidido en su voluntad y ha ejecutado por su potencia en las almas que se le abandonan con sencillez.

Lienzo o piedra que se abandonan al artista

Ese lienzo tan armonioso, esa capa tan bien aplicada, esos rasgos tan bellos, tan bien acabados, estas figuras admirables, sólo las manos de la Sabiduría divina saben hacerlo, partiendo de la sencilla tela de amor y obediencia que el alma tiende sin reflexionar, sin buscar, sin andar cavilando por saber lo que Dios hace, pues se fía de Él, se le abandona, y concentrada en su deber, no piensa ni en sí misma, ni en lo que necesita, ni en los medios para procurárselo.

Cuanto más se aplica el alma a sus pequeños trabajos, tan sencillos y ocultos, tan inadvertidos y menospreciables al exterior, más la llena Dios de cualidades diversas, la embellece, la enriquece con los bordados y colores que va mezclando: «El Señor hizo milagros en mi favor» [Sal 4,4].

Un lienzo abandonado simplemente a ciegas a la acción de un pincel no siente en cada momento sino la simple aplicación del pincel. Y una piedra inerte en cada golpe de cincel que recibe no puede sentir otra cosa que una punta cruel que la destruye. Esta piedra, al recibir tantos golpes, en modo alguno capta la figura que el obrero va realizando en ella. No siente más que un cincel que la disminuye, la raspa, la corta, la desfigura. Y esta pobre piedra, por ejemplo, en la que se va configurando un crucifijo o una estatua, y que lo ignora, si se le preguntara: «¿pero qué te está pasando?», respondería: «no me lo preguntes a mí, pues lo único que yo sé y hago es aguantar firme bajo la mano de mi artista, amarle y sufrir su acción para la obra a que me ha destinado. Él es el que sabe cómo ejecutarla. Yo no tengo ni idea de lo que hace y de cómo me voy transformando bajo su operación. Lo único que sé es que lo que él hace es lo mejor y lo más perfecto, y por eso recibo cada golpe de cincel como lo más excelente para mí, aunque, si te he de decir la verdad, no puedo menos de sentir cada golpe como una ruina, una destrucción, una desfiguración. Pero dejo a un lado este sentimiento y, contenta del momento presente, no pienso sino en lo que es mi deber, y recibo la operación de este hábil artista sin entenderla y sin cavilar sobre ella».

Dejémosle hacer a Dios

Sí, queridas almas, almas sencillas, dejad a Dios lo que le corresponde y, con paz y dulzura, id hilando vuestro copo. Estad convencidas de que lo que os pasa tanto interior como exteriormente, es lo mejor. Dejadle hacer a Dios y estadle abandonadas. Permitid que la punta del cincel y de la aguja actúen. No sintáis en todas estas vicisitudes tan grandes una simple aplicación de colores, que parecen emborronar vuestra tela. Y a todas esas operaciones no reaccionéis sino con la manera totalmente uniforme y simple de un completo abandono, con el olvido propio y con el cumplimiento de vuestro deber. Seguid, pues, vuestra marcha y, sin saber el mapa del país, los alrededores, los nombres, las circunstancias, los lugares, seguid a ciegas vuestro camino y todo lo preciso se os dará pasivamente. Buscad únicamente el reino de Dios y su justicia por el amor y la obediencia, y todo se os dará por añadidura [Mt 6,33].

Cuántas veces se ven personas que se preguntan con inquietud: «¿quién nos dará la santidad y la perfección, la mortificación, la dirección?». Dejadles decir, dejad que busquen en los libros los términos y condiciones de esta maravillosa obra, su naturaleza y sus fases. Pero vosotros permaneced en paz unidos a Dios por vuestro amor, y caminad a ciegas por el camino cierto y derecho de vuestras obligaciones.

Los ángeles, en esta noche, están a vuestro lado, y sus manos os rodean como una barrera. Si Dios quiere de vosotros algo más, su inspiración ya os lo hará conocer. La voluntad de Dios da a todas las cosas un orden sobrenatural y divino. Todo lo que toca y abarca, y todos los objetos sobre los que se extiende, llegan a santidad y perfección, porque su virtud no tiene límites.

Siempre fieles a los deberes propios

Para divinizar así todas las cosas y no desviarse ni torcerse, es necesario siempre discernir si la inspiración recibida de Dios, la que como tal entiende el alma, no le separa en absoluto de sus deberes de estado; en cuyo caso, la ordenación de Dios debe ser preferida, sin que haya nada que temer, excluir o distinguir. Es para el alma el momento precioso, el más santificante para ella, y puede estar segura de que así cumple la voluntad de Dios.

Cada santo es santo por el cumplimiento de estos mismos deberes a que Dios la aplica. En modo alguno hay que medir la santidad por las cosas mismas, por su naturaleza y cualidades propias, sino por el cumplimiento de esa voluntad divina que santifica el alma y obra en ella iluminándola, purificándola y mortificándola. Toda la virtud de lo que llamamos santo está, pues, en esta voluntad de Dios. Y así nada se debe buscar, nada rechazar, sino tomarlo todo de su parte y nada sin ella. Libros, sabios consejos, oraciones vocales, afecciones interiores, vienen ordenados por la voluntad de Dios, son todo cosas que iluminan, dirigen, unifican.

Quietismo insensato

Por eso el quietismo es insensato, al no querer usar de todos esos medios y al desechar todo lo sensible, pues hay sin duda almas a las que Dios quiere llevar por esta vía, y tanto su estado como sus inclinaciones interiores lo están indicando muy claramente. Es insensato, igualmente, el quietismo cuando propone modalidades de abandono en las que se rechaza toda actividad propia y se pretende una completa quietud, pues si la voluntad de Dios es que se procure uno por sí mismo ciertas cosas, el verdadero abandono consiste en hacerlas.

En vano, pues, dicen: «lo más perfecto es la sumisión a la ordenación de Dios». Sí, es cierto, pero esta ordenación para unos se limita al cumplimiento de los deberes de su estado y a lo que viene de la Providencia sin ninguna actividad. Esto es lo más perfecto para éstos. Pero para otros, además de lo que procede de la Providencia sin actividad, esa ordenación divina señala también no pocos deberes concretos, diversas acciones que van más allá del propio estado. La gracia y la inspiración indican entonces lo que dispone la voluntad de Dios. Y lo más perfecto para estas almas es añadir todas esas cosas inspiradas, pero con las precauciones que la inspiración exige para no faltar a los deberes de estado y a las obligaciones de pura providencia.

No más santos por hacer esto o lo otro

Figurarse que estas almas son más o menos perfectas precisamente a causa de las diferentes cosas a las que son movidas, es poner la perfección no en la sumisión a la voluntad de Dios, sino en las cosas mismas. Dios se configura en los santos a su gusto, y es su voluntad la que los hace a todos, y todos se someten a su ordenación. Esta sumisión es el verdadero abandono, y en eso consiste lo más perfecto.

Cumplir los deberes de su estado y conformarse con las disposiciones de la Providencia, es común a todos los santos. Y es la vocación que Dios da a todos en general. Algunos santos viven ocultos en la oscuridad, porque el mundo es muy peligroso y ellos quieren evitar sus escollos; pero no es en eso en donde radica su santidad. Sencillamente, cuanto más se someten a la voluntad de Dios, más se santifican.

Del mismo modo, no hay que creer que aquellos santos en los que Dios hace resplandecer las virtudes por acciones notables y extraordinarias, mediante gracias e inspiraciones que se concilian con los deberes dispuestos por Dios, caminen por eso menos por la vía del abandono. En absoluto. No estarían abandonados a Dios y a su voluntad, y todos sus momentos no serían voluntad de Dios, si se contentaran con los deberes de su estado y de las obligaciones de pura providencia. Ellos han de extenderse y medirse según la amplitud de los designios de Dios en esa vía que les es requerida por la gracia, siendo para ellos la inspiración un deber al que han de ser fieles. Y lo mismo que hay almas en las que todo su deber está marcado por una ley exterior y que deben mantenerse encerradas en ella, pues en ella les guarda la voluntad de Dios, también hay otras que, además de su deber exterior, han de ser fieles a esa ley interior que el Espíritu Santo grava en su corazón.

¿Y quiénes serán los más santos? Pura y vana curiosidad sería tratar de indagarlo. Cada uno debe seguir el camino que le ha sido señalado [1Cor 7,17.20 y 24]. La santidad consiste en someterse a la voluntad de Dios y a lo que de más perfecto hay en esa voluntad, sin mirar a las cosas en sí mismas, porque no es la cantidad o la calidad de ellas lo que obra la santidad, sino el perfecto cumplimiento de lo mandado. En efecto, por más que nos afanemos para multiplicar nuestras buenas obras, consiguiendo reunirlas en abundancia, siempre seremos muy pobres, si su principio no es la voluntad de Dios, sino el amor propio, o si por lo menos no rectificamos éste en cuanto captamos sus pretensiones.

Jesús, María y José

Para decirlo más claramente: hay santidad en la medida en que amamos la voluntad de Dios, y cuanto más amamos la ordenación y voluntad divina, cualquiera que sea la naturaleza contenida en su ordenación, tanto más santos seremos. Y esto lo vemos claramente en Jesús, María y José, pues en su vida particular hubo mucha más grandeza y forma que materia, y nunca se ha dicho que estas personas tan santas buscaran la santidad de las cosas, sino únicamente la santidad en las cosas. Es, pues, necesario concluir que no existen caminos particulares o singulares que sean más perfectos, sino que lo más perfecto en general es la sumisión a la voluntad de Dios, cada uno según su estado y condición.

Hay tres deberes

Hay un primer deber, referente a lo necesario, que es obligado cumplir. Un segundo deber es el del abandono y la pura pasividad. Y hay un tercero que requiere un corazón sencillo, dulce y suave, es decir, movilidad del alma al soplo de la gracia, que le mueve a hacer todo, y por la que ha de dejarse llevar, obedeciendo sencilla y libremente sus mociones. Y para evitar engaños, nunca deja Dios de dar a las almas sabios guías, con discernimiento para señalar la libertad o la reserva que convienen al seguir esas inspiraciones.

Pues bien, es el tercer deber el que propiamente excede toda ley, toda forma y toda manera determinada. Es el que hace que este designio sea tan extraordinario y singular, es él quien regula sus oraciones vocales, sus palabras interiores, el sentimiento de sus facultades y la luminosidad de su vida, ciertas austeridades, este celo, aquella prodigalidad total de sí mismo hacia el prójimo. Y como todo esto pertenece a la ley interior del Espíritu Santo, nadie se lo ha de imponer y prescribir a sí mismo, ni desearlo, ni quejarse de no tener estas gracias que nos permiten procurar esas virtudes no comunes, ya que ellas, en una u otra circunstancia, deben surgir sólo por la voluntad de Dios. Sin esto, como hemos dicho, será preciso temer las ilusiones en que nuestro espíritu podría caer.

Conviene dejar claro que Dios quiere mantener ciertas almas ocultas, obscuras y pequeñas a sus ojos y a los de los demás, y que muy lejos de mandarles cosas espectaculares, las va llevando justamente a lo contrario. Y si estas almas son muy cultas, se engañarían si tomasen este camino: el suyo consiste en caminar fielmente, y han de encontrar la paz en su pequeñez.

Entre las dos vías no hay, pues, más diferencia que la que pueda haber en el amor y la sumisión que se tenga hacia la voluntad de Dios. Pues si en esto un alma va más allá de lo que van aquellas otras que parecen cumplir mayores trabajos exteriores, ¿quién pondría en duda que la santidad de aquélla fuera la más alta? Ya se ve, por tanto, que cada alma debe contentarse con los deberes de su estado y las obligaciones de pura providencia. Está claro que eso es lo que exige Dios de todas las almas.

No querer sino lo que Dios quiera

Y por lo que se refiere a la gracia y moción viva recibida en el alma, es preciso no quererla por uno mismo, ni estimular el sentimiento interior. El esfuerzo natural es algo directamente opuesto y aún contrario a esa infusión gratuita y ésta debe darse en la paz. Es la voz del Esposo la que ha de despertar a la esposa [Cant 8,4], que no debe moverse sino en la medida en que le impulsa el soplo del Espíritu Santo. Si ella se mueve por sí misma, no conseguirá absolutamente nada. Cuando ella no siente ninguna gracia que le incline hacia esas maravillas que hacen admirables a los santos, es preciso que ella misma se diga honradamente: «Dios ha querido esas cosas en ciertos santos, pero no lo quiere en mí».

Si se conociera este camino…

Pienso yo que si las almas que aspiran a la perfección conocieran bien y practicaran esta doctrina, se evitarían muchos trabajos. Y lo mismo digo de las personas del mundo. Si conociesen las primeras el mérito escondido en sus deberes diarios y en las actividades propias de su estado; y si las segundas entendieran que la santidad consiste muy principalmente en cosas pequeñas, de las que no hacen caso, creyéndolas insignificantes al efecto -pues se han hecho de la santidad unas ideas asombrosas que, por muy buenas que sean, no hacen sino perjudicarles, pues la limitan a lo brillante y maravilloso-; si todas, unas y otras, comprendiesen que la santidad consiste en todas las cruces providenciales de cada momento, las inherentes al estado propio; y que todo eso que no tiene nada de extraordinario puede conducir a la más alta perfección, y que la piedra filosofal es la obediencia a la voluntad de Dios, que transforma en oro divino todas y cada una de sus ocupaciones… ¡qué felices serían! Cómo entenderían que para ser santo no es necesario sino hacer lo que hacen y sufrir lo que sufren. Cómo verían que eso que ellas dejan perder y estiman en nada bastaría para adquirir una santidad eminente.

Misionero de la voluntad divina

Dios mío, yo quiero con toda mi alma ser misionero de tu santa voluntad y enseñarle a todo el mundo que no hay cosa tan fácil, tan común y tan al alcance de todos como la santidad. Cuánto desearía yo poder convencer a todos de que así como el buen ladrón y el malo [crucificados junto a Jesús] no tenían que hacer o sufrir cosas distintas para ser santos, del mismo modo dos almas, una mundana y otra muy interior y espiritual no tienen que hacer o sufrir una más que otra; que la que se condena, se condena haciendo por capricho aquello mismo que el otro que se salva hace por sumisión a la voluntad divina; y que la que se pierde, se pierde sufriendo con rebeldía y protesta aquello mismo que la otra sufre con resignación. Es en el corazón donde está la diferencia.

Almas queridas, que leéis esto, creed que la santidad no va a costaros más. Haced lo que hacéis y sufrid lo que sufrís: es vuestro corazón solamente lo que hay que cambiar. Ese corazón que es la voluntad, y ese cambio que consiste en querer todo lo que os va sucediendo por voluntad de Dios. Sí, la santidad del corazón es un simple fiat, una simple disposición de la voluntad, que se conforma a la de Dios. ¿Hay cosa más fácil? Porque ¿quién no amará una voluntad tan amable y tan buena? Sólo por ese amor todo se hace divino.

Capítulo IX

La voluntad de Dios y el momento presente

Tesoro de la voluntad divina

Nada más razonable, perfecto y divino que la voluntad de Dios. ¿Acaso puede crecer su infinito valor por algunas diferencias de tiempo, lugar o cosas? Si os es dado el secreto de encontrar esa voluntad divina en todos los momentos, poseeréis entonces lo que es más preciso y digno de ser deseado. ¿Qué andáis buscando, almas queridas? Vibre libremente vuestra alma, álcense vuestros deseos más allá de toda medida y límite, dilátese vuestro corazón hasta el infinito: yo sé cómo pueden colmarse todos esos ímpetus. No hay momento en que yo no pueda haceros encontrar todo aquello que podáis desear.

Tesoro del momento presente

El momento presente está siempre lleno de tesoros infinitos, y excede completamente vuestra capacidad. La fe es la medida, y encuentra tanto como cree. También el amor es la medida: cuanto más ama vuestro corazón, cuanto más desea y más cree encontrar, más encuentra. La voluntad de Dios se presenta a cada instante como un mar inmenso, que vuestro corazón no puede agotar. Él recibe tanto como abarca por la fe, la confianza y el amor. Todas las demás criaturas no pueden llenar vuestro corazón, pues éste es más grande que todo lo que no sea Dios. Las montañas que asombran los ojos no son más que átomos en el corazón. En esa voluntad divina, escondida y oculta en todo lo que os va sucediendo en el momento presente, es donde hallaréis un tesoro que excede infinitamente todos vuestros deseos.

No hagáis, pues, la corte a nadie. No adoréis lo que no son más que sombras y fantasmas, que no pueden daros ni quitaros nada. Solamente la voluntad de Dios realizará vuestra plenitud, sin dejaros ningún vacío. Adoradla, pues, entregaos a ella rectamente, penetraos de ella, y abandonad en cambio todas las apariencias.

Guiarse por la fe, no por los sentidos

El reino de la fe se establece sobre la muerte de los sentidos, sobre su despojamiento, vacío y mortificación; pues mientras que los sentidos adoran las criaturas, la fe adora solamente la voluntad de Dios. Derribad los ídolos de los sentidos, aunque éstos lloren como niños desesperados, y que la fe triunfe, pues no puede separársele de la voluntad de Dios. Y cuando el momento presente aflige, oprime, despoja, abruma todos los sentidos, entonces es cuando alimenta, enriquece y vivifica la fe, que se ríe de todas esas pérdidas, como el gobernador de una plaza inexpugnable ante tantos asaltos inútiles.

El alma que se entrega totalmente a la voluntad de Dios, que se le ha revelado, conoce que Dios se le ha entregado a su vez, porque en toda ocasión experimenta su auxilio poderoso. Y goza de la felicidad de esta venida de Dios a ella con tanta más dulzura, cuanto mejor comprende el bien inmenso que le produce abandonarse siempre y en todos los momentos a esa voluntad adorable.

¿Pensáis que el alma juzga las cosas como aquellos que las miden por los sentidos y que ignoran el tesoro inestimable que ellas encierran? Aquél que sabe que tal persona es el rey disfrazado, le recibe y trata de modo muy diverso que aquel otro que, no viendo más que la figura de un hombre ordinario, le trata según su apariencia. Igualmente el alma que ve la voluntad de Dios en todas las cosas, hasta en las más pequeñas, lamentables y mortales, las vive y recibe todas con un gozo, con una alegría y con un respeto siempre igual. Y abre todas sus puertas para recibir con honor las mismas cosas que otros temen y procuran evitar. Y mientras los sentidos, al no ver sino cosas miserables, las desprecian, el corazón reconoce bajo esa presentación tan pobre al rey majestuoso, y le respeta tanto más cuanto que ha venido en forma tan pobre y secreta, y le ama por eso con un amor más tierno y ardiente.

María, Jesús, los Magos, los pastores

Yo no soy capaz de expresar lo que el corazón siente cuando recibe la voluntad de Dios en forma tan empequeñecida, tan pobre, tan aniquilada. Ah, hasta dónde penetra en el hermoso corazón de María esta pobreza de Dios, este anonadamiento que llega a nacer en un pesebre, reposar sobre un poco de paja, llorando, temblando. Preguntad a la gente de Belén, a ver qué piensan ellos. Si este niño estuviera en un palacio, rodeado de un lujo principesco, sin duda que le prestarían su homenaje. Pero preguntad a María, a José, a los Magos, a los pastores qué piensan. Os van a decir que en esta pobreza extrema encuentran un misterio que les manifiesta aún más la grandeza y la amabilidad de Dios. Eso mismo que defrauda a los sentidos, es lo que eleva, acrecienta y enriquece la fe. Lo que menos nutre los sentidos, más alimenta la fe.

Adorar a Jesús en el Tabor, amar la voluntad de Dios en las cosas extraordinarias, no indica tanto una vida excelente de fe como amar la voluntad de Dios en las cosas comunes y adorar a Jesús puesto en la cruz, pues la fe no alcanza su plena excelencia sino cuando lo que parece a los sentidos la contradice y pugna por destruirla. Es precisamente esta guerra que le hacen los sentidos lo que ocasiona las más gloriosas victorias de la fe.

Encontrar a Dios tanto en las cosas pequeñas y comunes como en las grandes es tener una fe no común, sino grande y extraordinaria. Contentarse con el momento presente, es gozar y adorar la voluntad divina en lo que es preciso sufrir y hacer en las cosas, que en su paso sucesivo constituyen el momento presente. Las almas sencillas, por la vivacidad de su fe, adoran a Dios igualmente en todas las situaciones, hasta en las más humillantes y nada escapa a la lucidez de su fe. Cuanto más protestan los sentidos -«ahí no puede estar Dios»-, con más amor reciben esa bolsita de mirra que Dios le da; nada les confunde, nada les disgusta.

María, la Virgen fiel

María ve cómo huyen los apóstoles, pero ella permanece firme al pie de la cruz, reconociendo a su Hijo en aquella figura lamentable, escupida y llagada. Esta apariencia tan miserable, a los ojos de esta dulce madre, no consigue sino acrecentar su adoración y amor; y cuantas más blasfemias vomiten contra él, mayor será la veneración de su corazón. La vida de la fe no es sino la búsqueda continua de Dios a través de todo aquello que le disfraza, le desfigura, y por así decirlo, le destruye y aniquila.

Sigamos contemplando a María. Desde el pesebre hasta el Calvario, ella encuentra siempre un Dios que todo el mundo ignora, abandona o persigue. Igualmente, las almas de fe atraviesan una serie continua de muertes y velos, sombras y apariencias, que se esfuerzan una y otra vez para hacer irreconocible la voluntad de Dios, ésa que ellos siguen y aman hasta la muerte en cruz. Saben que es siempre necesario atravesar las sombras para acercarse a ese divino sol que, desde que amanece hasta que anochece, sean como fueren los nubarrones obscuros que lo oculten, ilumina, calienta, y hace arder los corazones fieles que le bendicen, le alaban y le contemplan en todos los puntos que forman ese círculo misterioso.

Apresuraos, pues, almas fieles, contentas e infatigables y acercaos al Esposo amado que «sale a recorrer su camino, y de un extremo del cielo llega al otro extremo» [Sal 18,6]. Nada puede quedar oculto a sus ojos y camina igualmente sobre las pequeñas briznas de hierba, como entre los cedros grandiosos. Bajo sus pasos poderosos se igualan los granos de arena a las montañas. Por donde quiera que vayáis, por allí ha pasado Él, y no tenéis más que seguirle incesantemente para encontrarle adonde quiera que estéis.

Dios habla en la Escritura y en la vida

La palabra de Dios escrita está llena de misterios, pero no lo está menos su palabra realizada en los sucesos del mundo. Se trata de dos libros que verdaderamente están sellados. La letra de uno y otro mata. Dios es el centro de la fe, es un abismo de tinieblas, que desde ese fondo se esparcen sobre todas sus producciones. Todas sus palabras y todas sus obras son, por así decirlo, rayos obscuros de este sol todavía más oscuro. Nosotros abrimos los ojos corporales para ver el sol y sus rayos, pero los ojos de nuestra alma, por los que vemos a Dios y a sus obras, están cerrados. Las tinieblas ocupan aquí el lugar de la luz, y la sabiduría es una ignorancia que ve en lo invisible.

La Sagrada Escritura es una palabra obscura de un Dios todavía más misterioso. Y los sucesos seculares son también palabras obscuras de este mismo Dios, tan oculto y desconocido. Son como gotas de la noche, pero de un mar de noche y de tinieblas. Todas esas gotas, todos esos arroyos, guardan el sello de su origen. La caída de los ángeles, la de Adán, la impiedad e idolatría de los hombres, antes y después del Diluvio, y aún viviendo los Patriarcas, que sabían y narraban a sus hijos la historia de la creación y de la conservación del hombre, siendo aún tan reciente ¡son palabras de la Sagrada Escritura, pero obscuras! Unos pocos hombres, preservados de la idolatría, mientras todos los demás se extravían, hasta la venida del Mesías; la impiedad que se hace universal y que manda en todo; este pequeño número de defensores de la verdad, siempre perseguidos y maltratados; el trato dado a Jesucristo; ¡las plagas del Apocalipsis!… ¿Cómo es posible? ¿Ésas son las palabras de Dios, lo que Él ha revelado e inspirado? Y los efectos de esos terribles misterios, que continúan hasta la consumación de los tiempos, siguen siendo la palabra viva de Dios, que nos enseña la Sabiduría, el Poder, la Bondad. Todos los atributos divinos se manifiestan en todo cuanto sucede en el mundo. Todo ello es una enseñanza. Pero, ¡ay!: es necesario creer, pues ahí no se ve nada.

Dios sigue hablando en el presente

¿Qué quiere decirnos Dios por los turcos, los Holandeses [jansenistas], los Protestantes? Todo eso está predicando con gran claridad, todo eso está significando las perfecciones infinitas de Dios. El Faraón y todos los impíos que le siguieron y le siguen no están más que para eso. Pero, sin duda, visto todo eso con ojos humanos, la letra, la apariencia, dice lo contrario. Es preciso cerrar los ojos y dejar de cavilar con la razón para ver ahí misterios divinos.

Tú, Señor, hablas a todos los hombres en general por todos los acontecimientos que suceden en el universo. Las revoluciones no son más que olas de tu Providencia, que levantan tormentas y tempestades a los ojos de la gente curiosa.

Y tú también hablas en particular a todos los hombres a través de cuanto les va sucediendo día a día. Pero en lugar de captar ellos en todas las cosas la voz de Dios, en lugar de respetar la oscuridad y el misterio de su Palabra, no ven más que la materia, el azar, el humor cambiante de los hombres. A todo tienen que contradecir, o que añadir, disminuir o reformar, y se toman una completa libertad para cometer unos excesos que el menor de ellos, tratándose de una sola coma de la Sagrada Escritura, sería considerado como un atentado. «Esto es Palabra de Dios, se dice, y en ella todo es santo y verdadero». Y si no se comprende del todo esta Palabra, aún se le venera más y se rinde gloria y honor a la profundidad de la sabiduría de Dios, lo cual es muy justo.

Aprender a leer en los sucesos diarios

En cambio, queridas almas, lo que Dios os dice, las palabras que pronuncia momento a momento, no con tinta y papel, sino con lo que vosotros sufrís o hacéis en cada instante, todo eso ¿no merece un poco más de atención por vuestra parte? ¿Cómo es que no respetáis en esas palabras la verdad y la bondad de Dios? No hay cosa que no os disguste, y para todo tenéis pronta la crítica. ¿No os dais cuenta de que estáis midiendo por sentido y razón lo que solamente puede ser medido por la fe? Leéis con los ojos de la fe la Palabra de Dios en las Escrituras, pero cometéis un grave error leyéndola con ojos humanos en sus obras.

Es necesaria la fe para todo lo que es divino. Si vivimos continuamente la vida de la fe, estaremos en un diálogo permanente con Dios, hablaremos con Él siempre amigablemente. Lo que es el aire para la transmisión de nuestros pensamientos y palabras, eso es todo cuanto nos sucede en el hacer o en el sufrir para transmitir los pensamientos y palabras de Dios. Todos esos sucesos no serán sino el cuerpo de su Palabra, y ésta en todo se irá manifestando. Todo así vendrá a ser santo, todo nos resultará excelente. La gloria constituye este estado en el cielo, pero la fe ha de establecerlo en la tierra, y no habrá diferencia sino en la manera.

Palabras de Dios escritas no en libros, sino en el corazón

Nosotros somos enseñados verdaderamente sólo por las palabras que Dios pronuncia expresamente para nosotros. No es, pues, por los libros, ni por la búsqueda curiosa de historias, por lo que se adquiere sabiduría en la ciencia de Dios. Ésa no es más que una ciencia vana y confusa, que hincha mucho [1Cor 8,1]. Lo que de verdad nos enseña es lo que nos va sucediendo en cada momento: eso es lo que forma en nosotros esa ciencia experimental que Jesucristo quiso tener antes de dedicarse a enseñar al pueblo -aunque siendo Dios, desde siempre conocía todo-. A nosotros, en todo caso, nos es absolutamente necesaria, si queremos llegar al corazón de las personas que Dios nos confía.

Sólo se sabe perfectamente aquello que la experiencia nos ha enseñado por el sufrimiento o la acción. La unción del Espíritu Santo habla así a nuestro corazón palabras de vida, y todo cuanto decimos a los otros debe nacer de esta fuente. Lo que se lee o se ve no viene a hacerse ciencia divina sino por esa fecundidad, esa virtud y luz que viene de lo aprendido por la experiencia. Todo eso no es más que una masa, que requiere la levadura y también la sal para sazonarlo, y cuando no se tienen sino unas ideas vagas sin esta sal, uno viene a ser como un visionario que, conociendo todos los caminos del mundo, se pierde al ir a su casa.

Es necesario, pues, escuchar a Dios incesantemente para ser doctor en esa teología virtuosa, que es completamente práctica y experimental. Dejaos de aquello que ha sido dicho por otros, y prestad oídos a lo que se os está diciendo a vosotros y por vosotros. Con eso tenéis bastante para ejercitar la fe, pues todo, en su oscuridad, la estimula, la purifica y la acrecienta.

La fe de los santos sabe leer en la vida

La fe es el intérprete de Dios, que nos traduce el lenguaje de las criaturas, y sin ella, como en una escritura cifrada, no podríamos ver más que miseria y muerte. La fe contempla la llama de fuego que arde en la zarza de las espinas, interpreta las cifras enigmáticas, alcanza a ver gracias y perfecciones divinas en el galimatías y el barullo de las criaturas. Y así la fe da a toda la tierra un aspecto celestial. Gracias a ella el corazón se eleva y se hace capaz de entenderse con el cielo. Y de este modo, todos los momentos son revelaciones que Dios le hace.

Todo lo que vemos de extraordinario en la vida de los santos, visiones, palabras interiores, no es sino un destello de la excelencia de su continuo estado, oculto en el ejercicio de la fe. Esta fe experimenta esas elevaciones, puesto que vive de la posesión de dicho estado oculto de fe en todo lo que acontece momento a momento. Cuando a veces surge un esplendor visible, no es porque la fe se viera hasta entonces carente de él, sino para manifestar su excelencia y atraer a las almas. Igualmente, la gloria del Tabor o los milagros de Jesucristo no significaban un acrecentamiento de su excelencia, sino que eran resplandores de vez en cuando irradiados desde la nube obscura de su Humanidad, para hacerla amable a los hombres.

Lo maravilloso de los santos es su visión continua de fe en todas las cosas. Sin ella, todo vendría a devaluar su santidad. Esa fe amorosa, que les permite unirse a Dios en todas las cosas, hace que su santidad no esté nunca necesitada de lo extraordinario. Si a veces esto viene a ser útil, es en favor de los otros, que pueden necesitar estos signos y señales. Pero el alma de fe, contenta en su oscuridad, deja para el prójimo todo lo sensible y extraordinario, y toma para sí lo más común, la voluntad de Dios, centrándose en la ordenación divina, en la que se esconde sin deseos de manifestarse.

La fe genuina no necesita en absoluto de pruebas, y aquéllos que la necesitan no andan muy sobrados de fe. Los que viven de la fe reciben las pruebas no como pruebas que ayuden a creer, sino como ordenaciones de la voluntad de Dios. Y en este sentido no hay contradicción alguna entre el estado de pura fe y esas cosas extraordinarias que se hallan en muchos santos, a los que Dios alza para la salvación de las almas, como luces para iluminar a los más vacilantes. Así eran los profetas, los apóstoles y todos los santos que Dios ha elegido para ponerlos sobre el candelero [Mt 5,15]; siempre los ha habido, y siempre los habrá. Pero en la Iglesia hay también una infinidad de santos que viven ocultos, pues están destinados a brillar en el cielo, y en esta vida no irradian luces especiales, sino que viven y mueren en una gran oscuridad.

Sólo la fuente puede saciar la fe, pues los arroyos sólo sirven para acrecentarla. Si queréis pensar, escribir, vivir como los profetas, apóstoles y santos, no tenéis más que abandonaros a la acción de Dios, como ellos lo hicieron.

Más atención al hoy que al ayer

Oh, Amor desconocido, parecería que tus maravillas se hubiesen terminado, y que no nos quedara sino copiar de tus antiguas obras y citar tus enseñanzas del pasado. Ignoramos que tu acción inagotable es una fuente infinita de nuevos pensamientos, nuevos sufrimientos, nuevas acciones, y de nuevos santos, que no tienen necesidad alguna de copiar la vida y escritos de unos y otros, sino de vivir en un permanente abandono a tus secretas mociones.

Se dice muchas veces «oh, los primeros siglos, la época de los santos»… Pero ¿qué se consigue con eso? ¿Acaso no es verdad que todos los tiempos constituyen una sucesión de efectos de la acción de Dios, que se expande sobre todos los instantes llenándolos, santificándolos, sobrenaturalizándolos? ¿Es que en otros tiempos pasados ha habido alguna manera de abandonarse a esa acción divina que hoy ya no sea posible? ¿Los santos de los primeros siglos estaban en posesión de algún secreto espiritual distinto, que el de ir realizando en cada momento lo que la acción divina quiere realizar en ellos? ¿Habrá que pensar que esta acción divina dejará de difundir su gracia hasta el fin del mundo sobre las almas que se le abandonen sin reservas?

Amor querido, amor adorable, eterno y eternamente fecundo y siempre maravilloso, acción de mi Dios: tú eres mi libro, mi doctrina, mi ciencia; en ti están mis pensamientos y palabras, mis acciones y cruces. No llegaré a ser lo que tú quieres hacer de mí consultando tus obras en otros, sino recibiendo yo tus obras en todas las cosas, por esa vía real y antigua, el camino de mis padres. Como ellos, pensaré y hablaré y seré iluminado. Y en esto es en lo que quiero imitarlos y citarlos a todos, copiándoles siempre.

Si no se tiene la ciencia espiritual de saber apropiarse en todas las cosas de la acción divina, es normal que se recurra al uso de innumerables medios. Pero esta multiplicidad no puede dar lo que se encuentra en la unidad original, en la que cada instrumento encuentra una moción genuina, que le lleva a actuar incomparablemente.

Atención al Maestro interior

Jesús nos ha enviado un maestro [el Espíritu Santo] al que nunca escuchamos bastante. Él habla a todos los corazones, y le dice a cada uno la palabra de vida, la palabra única. Pero no se le presta atención. Se pretende saber lo que ha dicho a los otros, pero no escuchamos lo que nos dice a nosotros mismos. Y es que no miramos suficientemente las cosas en la entidad sobrenatural que les es dada por la acción divina. Es siempre preciso recibirla y actuar según su impulso, a corazón abierto, con un ánimo de plena confianza y generosidad, pues ella no puede hacer mal alguno a quienes así la reciben.

La inmensa acción, que desde el comienzo de los siglos hasta el fin es siempre en sí la misma, se difunde en todos los momentos y se comunica en su inmensidad e identidad al alma sencilla que la adora y le ama, y que sólo en ella se goza.

Según dices, estarías encantados de tener una ocasión de morir por Dios. Una entrega de tal heroísmo, una vida de este estilo te sería grata. Perderlo todo, morir abandonado, sacrificarse por los otros, son ideas que te encantan. Pues bien, yo, Señor, te doy gloria, toda la gloria, por tu acción divina y encuentro en ella toda la felicidad del martirio, el mérito de las penitencias y el valor de los servicios más abnegados al prójimo. Esta acción divina me basta y de cualquier manera que me haga vivir y morir estoy con ella contento. Me agrada ella misma mucho más que todas las cualidades de sus instrumentos y efectos porque ella, extendiéndose sobre todas las cosas, todo lo diviniza, cambiándolo todo en sí misma. Todo me es cielo, todos mis instantes diarios son para mí acción divina purísima. Por eso, en la vida y en la muerte, quiero estar contento con ella.

Inmensidad de la acción divina

Sí, Amor querido, no seré yo quien te señale horas ni maneras, pues siempre que me visites, serás bienvenido. Yo creo, acción divina, que te has dignado revelarme algo de tu inmensidad y ya no quiero dar paso alguno si no en tu seno infinito. Todo lo que de ti fluye hoy, venía de ti ayer. De la inmensidad de tu fondo brota un torrente de gracias que derramas incesantemente sobre todas las cosas, sosteniéndolas e impulsándolas. No he de buscarte, pues, en los estrechos límites de un libro, en una vida de santo, o en sublimes ideas. Todas esas cosas no son más que unas gotas de ese mar inmenso que veo difundirse sobre todas las criaturas, inundándolas todas. Son como átomos que desaparecen en ese abismo. No pienso, pues, buscar más esa acción divina en los pensamientos de personas espirituales, ni mendigaré mi pan de puerta en puerta, ni les haré más la corte. Sí, Señor, quiero vivir de modo que te haga honor, como hijo de un padre verdadero infinitamente sabio, bueno y poderoso. Quiero vivir según mi fe. Y ya que creo que tu acción divina se aplica por todas las cosas y en todos los momentos a mi perfección, quiero vivir siempre de esta grande renta inmensa que nunca va a faltarme, renta siempre presente y adecuada a mis necesidades.

¿Hay acaso alguna criatura cuya acción pueda igualarse a la de Dios? Y, puesto que esta mano increada es la que dispone por sí misma todo cuanto me sucede, ¿iré yo a buscar ayudas en las criaturas, que son impotentes, ignorantes y egoístas? Antes moría de sed, me apresuraba de fuente en fuente, de uno a otro arroyo, cuando de pronto una mano invisible derrama sobre mí un diluvio, cuyas aguas me rodean por todas partes. Todo se convierte ahora en pan que me alimenta, jabón que me limpia, fuego que me purifica, cincel que traza en mí figuras celestiales. Todo es instrumento de gracia para todas mis necesidades. Y cuanto yo buscaba en tantas otras cosas, ahora me busca a mí incesantemente, y se me entrega por todas las criaturas.

¿Por qué se ignora tanto todo esto?

Amor divino, ¿será preciso que todo esto sea ignorado, que tú, por así decirlo, te eches a los brazos de todos lleno de gracias y que, sin embargo, te anden buscando en rincones y escondrijos donde no te van a encontrar? ¡Qué locura, no respirar al aire libre, no afirmar bien los pies en pleno campo, carecer de agua en medio del Diluvio, no encontrar a Dios, no gustar de Él, no recibir su unción en todas las cosas!

¿Andáis buscando algún secreto para entregaros a Dios plenamente? No hay otro, almas queridas, sino el de servirse de todo lo que se presenta. Todo lleva a esa unión, todo perfecciona, fuera del pecado y de lo que falta al deber. No hay más secreto que recibirlo todo y dejarle hacer a Dios. Todo os dirige, os endereza y os lleva. Todo es bandera, litera y carroza confortable. Todo es mano de Dios, tierra, aire y agua, todo es divino para el alma.

Fecundidad grandiosa de la acción divina

La acción divina es más extensa y presente que los diversos elementos. Entra en vosotros por todos vuestros sentidos, siempre que usáis de ellos según la voluntad de Dios, pues hay que cerrarlos y resistir a todo lo que le sea contrario. No hay átomo que, al penetraros, no haga penetrar con Él esta acción divina hasta la médula de vuestros huesos. Los humores vitales que llenan vuestras venas corren por el movimiento que Él les imprime. Todas las diferencias de fuerza o debilidad, de euforia vital o de desfallecimiento, la vida y la muerte, no son sino instrumentos divinos que está obrando. Y así, hasta los mismos estados corporales son todos obras de gracia. Todos vuestros sentimientos y pensamientos, vengan de aquí o allá, todo procede de esta mano invisible.

En fin, no hay corazón ni espíritu creado que pueda enseñaros todo lo que esta acción divina quiere hacer en vosotros. Pero ya lo iréis aprendiendo por sucesivas experiencias. Vuestra vida se desliza sin cesar en este abismo desconocido, donde no habéis de hacer nunca otra cosa que amar, creyendo que es lo mejor aquello que os es presente, y confiando totalmente en que esta acción, por sí misma, sólo puede haceros bien.

Todos podrían llegar a la santidad por esta vía

Sí, Amor querido, todas las almas llegarían a estados sobrenaturales, sublimes, admirables, inconcebibles, si todas se contentasen sólo con tus acciones. Ciertamente, si se supiera dejar hacer a esta mano divina, se llegaría a la perfección más alta. Todos la alcanzarían, pues ella está ofrecida a todos. No hay más que abrir la boca, y ella entra suavemente, como una bebida, pues no hay alma que no esté llamada a una santidad maravillosa. Todos vivirían, obrarían y hablarían con una perfección milagrosa. Imitándose unas a otras, todas las criaturas, mediante las cosas más comunes, se verían singularizadas por la acción divina.

¡Ay, Dios mío! ¿Cómo podría yo convencer a tus criaturas de las verdades que estoy diciendo? ¿Por qué, poseyendo yo este tesoro, y pudiendo enriquecer con él a todo el mundo, he de ver secarse las almas como las plantas en el desierto? Venid, almas sencillas, que no tenéis ninguna traza de devoción; vosotras, que no tenéis talento alguno y que ignoráis los primeros elementos de instrucción y método; que ni siquiera conocéis los términos espirituales; que os admiráis y asombráis de la elocuencia de los sabios. Venid, y yo os enseñaré un secreto con el que vais a ser más grandes que esos hombres tan sabios. Venid, y os haré ver cómo tenéis la perfección a vuestro alcance, y cómo podéis encontrarla bajo vuestros pies, sobre vuestra cabeza, a vuestro alrededor. Os uniré a Dios y os tendré de la mano desde el primer momento en que practiquéis lo que os diré.

Venid, pero no para estudiar el mapa de la espiritualidad, sino para poseerla y caminar con gusto por sus senderos, sin temor a extraviaros. Venid, no para conocer la historia de la acción divina, sino el modo de haceros objeto de ella; no para aprender lo que ella ha hecho en el curso de los siglos y que sigue haciendo, sino para que vengáis a ser el simple sujeto de su actuación. No necesitáis conocer las palabras que esa acción divina hace entender a los otros para que las repitáis después ingeniosamente, sino que tenéis que escuchar aquéllas que os dará a vosotros como propias.

El Espíritu Santo sigue escribiendo historias sagradas

El Espíritu infinito se difunde en todos los corazones para darles una vida absolutamente particular. Él habla en Isaías, Jeremías, Ezequiel, en los apóstoles, y todos, sin estudiar unos los escritos de los otros, sirven de instrumentos a ese Espíritu para dar al mundo obras siempre nuevas. Y si las almas supieran asimilar esta acción, su vida no sería sino una serie de divinas escrituras, que, hasta el fin del mundo, se seguirían escribiendo, no con tinta y papel, sino sobre sus corazones [2Cor 3,3]. Todo esto llena el Libro de la Vida, que no será, como la Sagrada Escritura, la historia de la acción divina durante los siglos, desde la creación hasta el juicio final, sino que en él serán escritas todas las acciones, pensamientos, palabras y sufrimientos de las almas, de tal modo que la Escritura vendrá a ser entonces una historia completa de la acción de Dios.

La continuación del Nuevo Testamento se escribe ahora, en el presente, mediante acciones y sufrimientos. Las almas santas han venido a suceder así a los profetas y apóstoles, pero no para escribir Libros canónicos, sino para continuar la historia de la acción divina con sus vidas, cada uno de cuyos instantes son como sílabas y frases, mediante las cuales esta acción se expresa de una manera viva. Los libros que el Espíritu Santo inspira al presente son libros vivientes. Cada alma santa es un volumen y este Autor celeste va haciendo, así, una verdadera revelación de su obra interior, manifestándose en todos los corazones y a lo largo de todos los momentos.

Eterno plan de Dios hoy, en el tiempo

La acción de Dios realiza en la sucesión de los tiempos el plan que la Sabiduría divina ha formado acerca de todas las cosas. Todas ellas tienen en Dios su propio plan, que sólo es conocido por la Sabiduría. Si conocierais todos los planes divinos, excepto el vuestro, tal conocimiento no os valdría para nada. El ejemplo a seguir, que es propuesto por la acción divina, es el Verbo. En Él ve el modelo en el que tú debes ser formado, es decir, Él contiene todo lo que es conveniente para todas y cada una de las almas santas. Así, la Sagrada Escritura comprende una parte de todo aquello que es conveniente, y las operaciones que el Espíritu Santo forma en nuestro interior completan el resto, siempre sobre el modelo que el Verbo le propone.

Pues bien, ¿no os dais cuenta de que el único secreto para recibir el carácter de este plan eterno es ser un instrumento dócil en sus manos, y que los esfuerzos y especulaciones son para esto completamente inútiles? ¿No entendéis claramente que esta obra no va adelante en absoluto por vía de habilidad, inteligencia, sutileza de espíritu, sino por la vía pasiva del abandono, que dispone en todo a recibir y a ofrecerse, como un metal en el molde, como una tela bajo el pincel, como una piedra bajo la mano del escultor? No, no es el conocimiento de todos esos misterios divinos que la voluntad de Dios obra y obrará en todos los siglos lo que nos hace conformes al plan que el Verbo ha concebido sobre nosotros, sino la impresión admitida por nosotros de este sello misterioso. Una impresión que no se hace en el pensamiento por medio de ideas, sino en la voluntad por el abandono.

Felices con el plan de Dios

La sabiduría del alma sencilla consiste en contentarse con lo que le es propio, guardándose en los límites de su camino, sin salirse de su línea, sin curiosidad por saber cómo obra Dios, y se conforma con ver cumplida su voluntad sobre ella. No hace, pues, ningún esfuerzo por adivinarla por medio de comparaciones y conjeturas, ni se afana por saber más de lo que en cada instante le revela esa voluntad divina. Escucha la palabra del Verbo eterno cuando se hace oír en el fondo de su corazón, y no está deseosa de saber lo que el Esposo dice a los otros, contentándose con lo que ella misma recibe en lo interior de su corazón. Y de esto modo, sea que reciba mucho o poco, y de la naturaleza que sea, todo, en cada instante, la va divinizando sin ella saberlo.

Así es como el Esposo habla a la esposa con el lenguaje real de su acción santa, que ella no comprende, pues sólo ve lo natural de lo que le toca sufrir y hacer. Y así es como la espiritualidad del alma es santa, completamente substancial e íntimamente difundida en todo su ser. No la mueven a obrar las ideas ni las palabras altisonantes, que por sí mismas no sirven más que para hinchar el alma. Algunos dan en la vida espiritual mucha importancia al talento, pero no es apenas necesario, y a veces resulta perjudicial. En realidad lo único necesario es aplicarse fielmente a aquello que Dios va dando para sufrir o hacer.

Vana curiosidad espiritual

Y sin embargo, se deja este alimento substancial divino y se ocupa el espíritu en historias maravillosas de la obra divina, en vez de continuarlas en uno mismo por la fidelidad. Nuestra curiosidad se satisface leyendo esas maravillas de las obras divinas, pero esta lectura, en realidad, no sirve más que para disgustarnos de esas cosas, pequeñas en apariencia, por las que podría hacer Dios en nosotros cosas grandes, si no las despreciáramos. ¡Qué insensatos somos! Admiramos, bendecimos esta acción divina en los escritos que exhiben estas historias, y cuando Dios quiere continuar escribiéndolas sin tinta en nuestros corazones, movemos nosotros el papel con nuestras inquietudes continuas, y además no le dejamos escribir por la curiosidad de ver lo que Él hace en nosotros y en los demás.

Perdón, Amor divino, pues no puede escribir aquí sino mis defectos, ya que en mí mismo no he captado bien lo que es de verdad dejarte hacer. Todavía yo no me he dejado poner el molde. He recorrido tus talleres, admirando tus obras de arte, pero en modo alguno me he entregado todavía a ti con el abandono necesario para recibir los trazos de tu pincel. Pero, en fin, aquí me tienes, querido Maestro mío, mi Doctor, mi Padre, mi Amor querido. Quiero ser tu discípulo y deseo ir solamente a tu escuela. He vuelto como el hijo pródigo, hambriento de tu pan. Dejo a un lado ideas y libros espirituales. Prescindo de conversaciones vanas, y solamente usaré de todas esas cosas cuando lo quiera la acción divina, no por satisfacerme, sino para obedecerte en todas las cosas que se presenten. Quiero ocuparme en el único asunto del momento presente para amarte, para cumplir mis obligaciones y para dejarte hacer en mí.

Ciencia suprema del plan divino

Cuando un alma ha encontrado la moción divina, deja todas las prácticas y obras fijas, métodos y medios, libros, ideas y personas espirituales, a fin de quedar suelto solamente bajo la guía de Dios y de su moción, que viene a hacerse así el principio único de su perfección. El alma es de este modo, bajo la mano divina, como todos los santos han sido siempre. Sabe bien que únicamente esta acción divina conoce el camino que le es propio, y que si se pone a buscar medios creados no conseguirá sino apartarse de la obra desconocida que Dios realiza en ella. En efecto, sólo la acción divina misteriosa puede dirigir y guiar las almas por los caminos que sólo ella conoce.

Participan estas almas de la disposición del viento, que sólo puede ser conocido en el momento presente, pues en qué dirección haya de ir después, según la voluntad de Dios y su ordenación divina, únicamente podrá ser conocido en los momentos siguientes [Jn 3,8]. Lo que Él hace en estas almas y les hace hacer, bien sea por inspiraciones secretas inequívocas, o bien por el deber del estado en que viven, es todo lo que ellas saben de espiritualidad: ésas son sus visiones y revelaciones privadas, ésa es toda su sabiduría y su don de consejo, y es tal que nunca se ven carentes de nada.

El justo vive de la fe

La fe certifica a estas almas la bondad de lo que están haciendo. Si leen o hablan, si escriben o consultan, solamente es para discernir mejor los medios concretos de la acción divina. Son cosas que entran en el orden providencial, y ellas las toman en ese sentido, como todas las demás cosas, tratando de apropiarse totalmente la moción divina, sin apropiarse de las cosas, y aprovechándose tanto de su presencia como de su carencia. Estas almas, continuamente apoyadas por la fe sobre esta acción infalible, inmutable, siempre eficaz, son capaces de verla y de gozar de ella en todas las cosas, sean grandes o pequeñas. Cada momento les comunica la acción divina pura y entera, y así usan ellas de las cosas no porque pongan en ellas su confianza, sino por obediencia a Dios y a esta acción interior, que ellas por la fe encuentran perfectamente hasta en las cosas aparentemente contrarias. Su vida se pasa así no en búsquedas y ansiedades, no en disgustos y lamentos, sino en una seguridad continua de tener siempre lo más perfecto.

Todas las situaciones del cuerpo y del alma, todo lo que les sucede por fuera o por dentro, aquello que cada instante les revela, constituye para estas almas su felicidad, pues es para ellas plenitud de acción divina. El más o el menos no tienen importancia alguna, porque lo que esta acción realiza es siempre la medida justa y verdadera. Y así, si ella quita pensamientos y palabras, libros, alimentos y personas, salud y la misma vida, es lo mismo que si diera lo contrario. Y el alma ama esa acción divina, y en uno u otro caso la cree igualmente santificante, sin dudar nunca de la oportunidad de su guía. Basta que las cosas estén para que el alma las apruebe, y basta que no estén para que las considere inútiles.

El momento presente

El momento presente es siempre como un embajador que manifiesta la voluntad de Dios, y el corazón fiel le responde siempre: fiat. Así el alma en todas las alternativas se encuentra en su centro y lugar. Sin detenerse jamás, va viento en popa, y todos los caminos y maneras la impulsan igualmente hacia adelante, hacia lo ancho e infinito: todo es para ella, sin diferencia alguna, medio e instrumento de santidad, en tanto considere siempre que eso que se presenta es lo único necesario [Lc 10,42].

No busca ya el alma con preferencia la oración o el silencio, el retiro o la conversación, la lectura o la escritura, ni la reflexión o el cesar de discurrir; no le preocupa el alejamiento o la búsqueda de libros espirituales, o elegir entre abundancia o escasez, enfermedad o salud, vida o muerte. Simplemente, lo que ella busca en todo momento es la voluntad de Dios; lo único que pretende es el despojamiento, el desasimiento, la renuncia a todo lo creado, sea real o solamente afectiva, no ser nunca nada por sí y para sí, ser siempre en la voluntad de Dios, para agradarle en todo, haciendo de la fidelidad al momento presente su única alegría, como si no hubiera otra cosa en el mundo digna de su atención.

Santificar el nombre de Dios

Si todo aquello que va sucediendo al alma abandonada es lo único necesario, está claro que nunca le falta nada, y que nunca jamás deberá quejarse. Y si lo hace, es evidente que le falta fe y que vive por la razón y los sentidos, que no alcanzan a ver esa suficiencia magnífica de la gracia, y que por eso nunca están contentos.

Santificar el nombre de Dios, en la expresión de la Escritura, significa reconocer su santidad, adorarla y amarla en todas las cosas que proceden de la boca de Dios, como palabras suyas. Lo que Dios hace en cada momento es una palabra suya, que significa algo. Y así todas ellas, expresando entrelazadas su voluntad, no son sino nombres y palabras que nos revelan sus designios.

La voluntad divina es única en sí misma: no tiene más que un solo nombre misterioso e inefable. Pero, en cambio, se multiplica hasta el infinito en sus efectos, que son otros tantos nombres que ella toma. Y en este sentido, santificar el nombre de Dios, al mismo tiempo que es conocer, amar y adorar ese nombre inefable, que es su esencia, es también conocer, amar y adorar su adorable voluntad en todos los momentos, en todos sus efectos, mirándolo todo como velos, sombras y nombres diversos de esa voluntad eternamente santa: santa en todas sus obras, santa en todas sus palabras, santa en todas las maneras de presentarse, santa en todos los nombres que pueda llevar.

Así es como bendecía Job el nombre santo de Dios. La desolación total que le afligía era bendecida por este hombre santo, porque le significaba la voluntad de Dios. No llamaba ruina a su repentina miseria, sino que la bendecía, mirándola como una significación del nombre santo de Dios. Y al bendecir la voluntad divina, significada por las más terribles apariencias, estaba confesando que era perfectamente santa, sean cuales fuesen la forma y los nombres que tomara [Job 1,21].

Así es como David bendecía siempre, en todo tiempo y lugar, el santo nombre divino. El descubrimiento continuo de su manifestación, esa revelación de la voluntad de Dios en todas las cosas, es lo que hace posible que Él reine en nosotros, que haga su voluntad en la tierra como en el cielo, que así nos alimente incesantemente [Mt 6,9-11].

El Padre nuestro

De ese modo entendemos y vivimos la sustancia misma de el Padre nuestro, la oración incomparable que nos enseñó Jesucristo. Todos los días rezamos esta oración varias veces, según el mandamiento de Dios y de su santa Iglesia. En todos los momentos la estamos rezando en el fondo del corazón, si nuestro amor está pronto a sufrir y hacer todo lo que disponga la divina voluntad adorable. Y eso que la boca manifiesta, pronunciando sucesivamente sílabas y palabras, el corazón lo dice realmente en cada instante.

Y de este modo las almas sencillas bendicen a Dios continuamente en lo más profundo de su corazón, doliéndose de su impotencia, que no les permite hacerlo de otro modo. Así se hace verdad que a estas almas de fe Dios hace donación de sus gracias y favores incluso por aquello mismo que parece una privación. Ése es el secreto de la Sabiduría divina, empobrecer los sentidos enriqueciendo el corazón; un vacío de aquéllos permite la plenitud de este otro. Y todo esto se cumple tan universalmente, que la santidad más grande se da en las apariencias más pequeñas.

Todo lo que sucede en cada momento lleva en sí el sello de la voluntad de Dios. ¡Qué santo es su nombre! ¡Qué justo es, pues, bendecir lo que sucede y tratarlo como algo sagrado, que santifica a quien se aplica! ¿Podrán considerarse los sucesos que expresan el nombre divino sin sentir hacia ellos una veneración infinita? Son un maná divino, que baja del cielo para darnos un crecimiento continuo en la gracia. Son un reino de santidad que entra en el alma. Son el pan de los ángeles, que se come en la tierra como en el cielo. Ninguno de nuestros instantes es pequeño, pues todos llevan en sí un reino de santidad, un alimento angélico.

Venga, Señor, ese reino a mi corazón, para santificarlo, alimentarlo, purificarlo y hacerlo victorioso de todos mis enemigos. Precioso momento, ¡qué pequeño pareces y qué grande eres a los ojos de mi corazón, pues eres el medio para recibir uno a uno los dones de la mano de un Padre que reina en los cielos! Todo lo que viene de lo alto es excelente, todo lo que de allí viene lleva el sello de su origen celestial. Es completamente justo, Señor, que el alma que no se satisface en la plenitud divina del momento presente, «que desciende del Padre de las luces» [Sant 1,17], tenga en ello su castigo, siendo incapaz de hallarse contenta con ninguna cosa.

Con libros o sin ellos, con medios o sin medios

Si los libros, los ejemplos de los santos, los discursos espirituales quitan la paz y dan sensación de hartura, eso es una señal de que no nos hemos llenado de todas esas cosas por un puro abandono al momento presente de la acción divina, sino por propia avidez. La saciedad, entonces, cierra la entrada a la plenitud de Dios, y es preciso vaciarse de todo eso. En cambio, cuando la acción divina dispone todas esas cosas, el alma las recibe como recibe todo, es decir, como voluntad de Dios, y hace uso de ellas en su justa medida, para ser fiel, y pasada su hora, las deja al instante, contentándose siempre con el momento presente.

La lectura espiritual hecha por fidelidad a la acción divina da con frecuencia inteligencia de unas ideas que los autores nunca tuvieron. Dios se sirve así de palabras y de obras de otros para inspirar verdades que no han sido expresadas. Quiere iluminar por estos medios, y se sirve de ellos en el abandono. Y todo medio dispuesto por la acción divina tiene una eficacia que supera siempre su virtud natural y aparente.

Es condición previa del abandono llevar siempre por un camino misterioso, por el que se recibe de Dios dones extraordinarios y milagrosos mediante el uso de cosas comunes, naturales, fortuitas, impuestas por el azar, en las que no se ve nada más que el curso ordinario de los acontecimientos del mundo y de los elementos. Así, por ejemplo, los sermones más simples y las conversaciones más comunes, igual que los libros menos notables, por la gracia de Dios, se convierten para estas almas en fuentes de inteligencia y sabiduría. Por eso mismo ellas recogen con todo cuidado esas migajas que los espíritus fuertes desprecian y pisan bajo sus pies. Todo les es precioso, todo les enriquece, guardan una indiferencia indecible frente a todas las cosas, sin menospreciar ninguna, respetándolas todas y obteniendo de todas alguna utilidad.

Encontrar a Dios en todas las cosas

Cuando se encuentra a Dios en todas las cosas, el uso que de ellas se hace por su voluntad no es uso de criaturas, sino fruición de la acción divina, que transmite sus dones por estos diversos canales. Estas cosas no santifican en absoluto por sí mismas, sino únicamente como instrumentos de la acción divina, que puede comunicar y comunica con gran frecuencia sus gracias a las almas sencillas a través de cosas que, en apariencia, son opuestas al fin que ella se propone.

La acción divina limpia con el barro [Jn 9,6-7], igual que con la más sutil de las materias, y el instrumento del que ella quiere servirse [la fe] es siempre único y el mismo. La fe cree siempre que nada le falta. Nunca se queja de la carencia de aquellos medios que estima útiles para su adelantamiento, porque sabe bien que el Obrero que les da eficacia, los suple eficazmente por su voluntad. En efecto, esta voluntad santa divina es la virtualidad de todas las criaturas.

Con más o con menos talentos

El talento, con todo lo que de él depende, quiere ser considerado como el primero entre los medios dispuestos por Dios para que de ellos nos sirvamos. Y sin embargo, es preciso reducirlo al último lugar, como a un esclavo peligroso. El corazón sencillo podrá obtener de él grandes servicios, si sabe tenerlo a raya; pero sufrirá de él graves perjuicios, si no lo mantiene bien sujeto. Cuando el alma ansía en exceso ciertos medios creados, la acción divina le dice al corazón «mi gracia te basta» [2Cor 12,9]. Pero si ella ansía renunciar a esos medios, la acción divina le dice al alma que son instrumentos que ella no debe tomar o dejar por su cuenta, sino que debe ajustarse con sencillez a la voluntad de Dios, «usando de todo como si no se usara» [1Cor 7,31], o bien «privada de todo, pero poseyéndolo todo» [2Cor 6,10].

Siendo la acción divina una plenitud indeficiente, el vacío que causa la acción propia es una plenitud engañosa, que excluye la acción divina. La plenitud de la acción divina, transmitida por el medio creado que ella aplica, causa un verdadero crecimiento de santidad y simplicidad, de pureza y desasimiento. Se recibe así al príncipe, recibiendo su séquito. Sería hacerle injuria al príncipe no prestar ningún homenaje a sus acompañantes, con el pretexto de que se le quiere recibir a él solo. Apliquémonos, pues, todo esto. El mismo Dios santo de los siglos antiguos es el Dios del presente y de los siglos por venir, y no hay momento que Él no plenifique con su infinita santidad.

Si lo que Dios mismo elige para ti no te satisface ¿qué otra mano que la suya podrá contentarte? Si te disgusta la comida que la misma voluntad divina te ha preparado ¿qué alimento será agradable a gusto tan depravado? El alma no puede ser verdaderamente alimentada, fortalecida, purificada, enriquecida, santificada, sino por esta plenitud divina del momento presente. ¿Qué más quieres tú? Si puedes encontrar ahí todos los bienes ¿para qué los andas buscando en otras partes? ¿Entiendes tú de estas cosas más que Dios? Si Él ha ordenado que esto sea así ¿cómo te atreves tú a desear que no sea así? ¿Piensas que pueden equivocarse su sabiduría y su bondad? Desde el instante en que ves que Él hace una cosa ¿no has de estar tú convencido de que es excelente? Convéncete de que la acción divina emanada de la disposición de Dios es necesariamente excelente, pues es su voluntad, y de que no vas a encontrar en otra parte una santidad, por buena que sea en sí misma, que sea más apropiada para tu santificación.

Contentos con lo que Dios dispone

¡Cuánta incredulidad hay en el mundo! ¡Qué indignamente piensan y juzgan de Dios, protestando sin cesar de su acción divina y tratándola como no se trataría a un artesano experto en su oficio! El alma se empeña en obrar dentro de sus límites y según las reglas que forja su débil razón. Pretende una y otra vez reformar la disposición de Dios, y todo son quejas y murmuraciones. A veces nos sorprendemos de lo mal que los judíos trataron a Jesucristo. Y sin embargo ¡ay, Amor divino, voluntad adorable, acción infalible, cómo se te trata! Pero ¿es que acaso puede ser inoportuna la voluntad divina o puede equivocarse…?

Me dirás quizá: «es que yo tengo tal asunto, me falta tal cosa, se me quitan los medios necesarios. Este hombre se atraviesa en mis trabajos, que son tan santos. ¿No es esto indignante? Esta enfermedad me sobreviene justamente cuando es absolutamente necesario que yo esté sano»…Y yo te contesto: la voluntad de Dios es lo único necesario [Lc 10,42]. Y todo lo que ella no da es completamente inútil. No, no, queridas almas, no os falta nada. Todo eso que llamáis reveses, contratiempos, inoportunidades, sinrazones y contrariedades, si supierais de verdad lo que son, quedaríais completamente avergonzados. Todo eso que decís, aunque no os deis cuenta, son blasfemias. Todo eso no es otra cosa que la voluntad de Dios, blasfemada por sus hijos queridos, que la desconocen.

Jesús mío, cuando estabas en la tierra, los judíos te trataron de embaucador [Lc 23,2.5.14] y te llamaron samaritano [Jn 8,48]. Y ahora, hoy mismo, ¿cómo se considera tu voluntad adorable, la tuya, que vives y reinas por los siglos de los siglos, siempre digno de bendición y alabanza? ¿Habrá algún momento, desde la creación del mundo hasta nuestros días o en el tiempo futuro, hasta el juicio final, en el que el santo nombre de Dios no sea digno de alabanza? ¡El Nombre que llena todos los tiempos y que atraviesa todos los siglos! ¡El Nombre que hace santificantes todas las cosas! Pero ¿cómo es esto? ¿Será posible que eso que llamamos voluntad de Dios pueda hacerme algún mal? A ningún sitio puedo ir yo para encontrar nada mejor, si soy capaz de captar la acción divina sobre mí, recibiendo el efecto de esa divina voluntad.

Oyendo a Dios, que nos habla en cada cosa

¿Cómo habremos de prestar oído a la palabra que Dios nos dice en el fondo del corazón en cada momento? Si nuestros sentidos y nuestra razón no oyen nada, si no entienden la verdad y bondad de esas palabras, ¿no es debido a su incapacidad para la verdad divina? ¿Habrá de extrañarme que el misterio divino desconcierte la razón humana?

Dios habla, y es un misterio, es muerte para mis sentidos y para mi razón, pues los misterios los inmolan. Pero el misterio no es sino vida del corazón por la fe, y no hay en esto contradicción alguna. La acción divina mortifica y vivifica al mismo tiempo. Cuanto más se experimenta su muerte, más se cree que da vida. Cuanto más oscuro es el misterio, más luz tiene para iluminarnos. Por eso el alma sencilla no encuentra nada tan divino como aquello que es menor en apariencia. Esto es lo que hace la vida de la fe.

Capítulo X

El secreto de la espiritualidad está en amar a Dios y servirle,

uniéndose a su santa voluntad en todo lo que hay que hacer o sufrir

Ver al Señor en todo lo que sucede

Todas las criaturas viven en la mano de Dios. Los sentidos no ven otra cosa que la acción de la criatura, pero la fe cree en la acción divina y la ve en todo. La fe ve que Jesucristo vive y obra en todo el curso de los siglos, y que el menor instante y el más pequeño átomo contienen una porción de esta vida oculta y de esta acción misteriosa. La acción de las criaturas es un velo que cubre los profundos misterios de la acción divina.

Jesucristo, después de su resurrección, sorprendió a los discípulos en sus apariciones, presentándose a ellos bajo figuras que le disfrazaban. Y en cuanto le reconocían, desaparecía. Ese mismo Jesús, que vive por siempre, siempre operante, también hoy sorprende a las almas que no tienen una fe suficientemente pura y penetrante. No hay momento alguno en que Dios no se presente bajo la apariencia de alguna pena, obligación o deber.

Todo lo que sucede en nosotros, alrededor de nosotros o a través de nosotros, envuelve y encubre su acción divina invisible. Muchas veces nos sorprende, y cuando reconocemos su presencia, desaparece. Pero si viésemos a través del velo, si estuviéramos más vigilantes y atentos, Dios se nos revelaría sin cesar y nosotros gozaríamos de su acción en todo lo que nos sucede. Entonces, en dada instante y circunstancia diríamos: «¡Es el Señor!»[Jn 21,7]. Y en todas las situaciones que vamos recibiendo descubriríamos un don de Dios, que las criaturas son muy débiles instrumentos, que nada nos falta, y que la solicitud continua de Dios le hace darnos todo lo que nos conviene.

Esta fe nos guarda en la paz y el gozo

Si tuviéramos fe, nos serían gratas todas las criaturas, las acariciaríamos, agradeciéndoles interiormente que sirvan y sean tan favorables a nuestra perfección, aplicadas por la mano de Dios.

La fe es la madre de la dulzura, de la confianza y del gozo. Es incapaz de sentir otra cosa que ternura y compasión por los enemigos, que tanto se enriquecen a sus expensas. Cuanto más dura es la acción de la criatura, más beneficiosa para el alma la vuelve la acción de Dios. No hay instrumento que la estropee, pues las manos del Obrero sobrenatural solamente son implacables para alejar del alma todo lo que pueda perjudicarla.

La voluntad de Dios solamente tiene dulzura, favores y gracias para las almas fieles. Es imposible confiar en ella demasiado o abandonársele en exceso. Ella puede y quiere siempre lo que más contribuirá a nuestra perfección, con tal, claro está, que le dejemos hacer a Dios. La fe no duda de esto. Cuanto más se revuelven los sentidos, incrédulos, desesperados, inseguros, con más fuerza asegura la fe: «¡aquí está Dios! ¡Todo va bien!». No hay cosa que la fe no sea capaz de asimilar y superar. Atraviesa todas las tinieblas, y por mucho que se esfuercen las sombras, penetra en ellas hasta llegar a la verdad, la abraza con fuerza y nunca se separa de ella.

Más temo yo mi propia acción y la de mis amigos que la de mis enemigos. No hay prudencia mayor que ésa de «no resistir al malvado» [Mt 5,39], y la de no hacerle más oposición que el simple abandono. Esto es ir adelante viento en popa, guardando el corazón siempre en paz. Con esas persecuciones nuestros enemigos hacen de galeotes, que nos llevan a puerto con el trabajo de su remar.

En la simplicidad del abandono

No hay defensa más segura contra la prudencia de la carne que la simplicidad. Sabe eludir ésta admirablemente todas las trampas sin conocerlas, sin sospecharlas incluso. La acción divina le mueve a tomar medidas tan justas, que llega a sorprender a los que querían sorprenderle. Se aprovecha de todos sus esfuerzos, y los intentos para abatirla le sirven de escalones para elevarse. Todas las contradicciones se vuelven en su favor, y dejando hacer a sus enemigos, que son instrumentos, obtiene de ellos un servicio tan continuo y suficiente, que lo único que ha de temer es participar y trabajar en una obra de la que Dios quiere ser el único principio.

La simplicidad no ha de hacer otra cosa que contemplar en paz lo que Dios hace, y seguir con sencillez las mociones de la gracia, que siempre son felizmente guiadas por la prudencia sobrenatural del Espíritu divino, que abarca infaliblemente las circunstancias más íntimas de cada cosa, y que conduce al alma tan hábilmente, sin que ella lo sepa, que todo lo que se le opone es siempre destruido.

El movimiento único e infalible de la acción divina mueve siempre oportunamente el alma sencilla, y ésta corresponde a todo muy sabiamente, llevada por su íntima dirección. Por eso quiere todo aquello que le sucede, todo lo que ocurre, todo lo que experimenta, excepto el pecado.

Esto unas veces lo hace conscientemente, otras sin darse cuenta, movida sólo de un instinto secreto que la impulsa a decir, hacer o dejar las cosas, sin una razón clara. Muchas veces la ocasión o la razón que determinan al alma fiel son simplemente de orden natural, sin que a sus ojos o a los de los demás se muestre ningún misterio especial en ese puro azar o necesidad o conveniencia. Y sin embargo, la acción de Dios, que es la inteligencia, sabiduría y consejo de sus amigos, se sirve en su favor de todas esas cosas tan simples, se las apropia y las endereza de tal modo que vienen a frustrarse los planes de quienes pretendían dañar al alma.

Atentar contra un alma sencilla es lo mismo que atentar contra Dios. ¿Qué podrá hacerse contra el Omnipotente, «cuyos caminos son inescrutables» [Rm 11,33]? Dios mismo toma como suya la causa del alma sencilla. No hace falta, pues, que ella investigue las intrigas de sus enemigos, que enfrente su inquietud a la inquietud de ellos, espiando atentamente todos sus movimientos. Su Esposo la descarga de todos estos cuidados, y ella, confiándose a Él, descansa llena de paz y seguridad.

El abandono todo lo simplifica

La acción divina libera al alma y le evita tener que usar de todos esos medios rastreros e inquietos, tan empleados por la prudencia humana. Todo eso va bien para Herodes y los fariseos, pero los Reyes magos no tienen más que seguir en paz su estrella. Y al niño le basta dejarse llevar en los brazos de su madre. Cuando sus enemigos lleven adelante sus manejos, cuanto más hagan por perjudicarle, hostilizarle y sorprenderle, más libre y tranquilo irá, sin pretender rehuirles, sin tratar de halagarles para evitar sus golpes, envidias y malas intenciones: sus persecuciones le son favorables.

Así vivía Jesucristo en Judea, y así es como vive todavía en las almas sencillas. Sigue siendo generoso, dulce, libre, pacífico, sin temer nada ni necesitar de nadie, viendo todas las criaturas como instrumentos en las manos de su Padre para servirle, unas por sus pasiones criminales, otras por sus santas acciones, aquéllas por sus contradicciones, éstas por su obediencia y fidelidad. Todo viene a ser ordenado maravillosamente por la acción divina, y nada falta ni sobra, ni hay más males o bienes de lo preciso.

La voluntad de Dios dispone en cada momento el instrumento que conviene, y el alma sencilla, sostenida por la fe, encuentra todo bien y no desea ni más ni menos de lo que tiene. Bendice, pues, en todo momento la mano divina, que derrama suavemente sus aguas tan santificantes en el fondo del alma; y así recibe con igual dulzura a los amigos y a los enemigos, pues ésa es la forma que tiene Jesús de tratar como instrumento divino a todas las cosas.

En esa actitud espiritual no se necesita de nadie, y sin embargo de todos se necesita. Hay que recibir la acción divina, cuya ordenación es en todo necesaria, según su calidad y naturaleza, y corresponder con dulzura y humildad. Así lo enseñó San Pablo [1Cor 9,19-23], y así lo había vivido Jesucristo, tratando con sencillez a los sencillos y con bondad a los groseros.

Pertenece exclusivamente a la gracia marcar con ese sello sobrenatural a las almas, distinguiendo y apropiándose maravillosamente de la naturaleza de cada persona. Es esto algo que no puede aprenderse en los libros, pues es verdaderamente un espíritu profético, el efecto de una íntima revelación. Es, en fin, una enseñanza del Espíritu Santo. Y para vivirlo es necesario haber llegado al último grado del abandono, al desasimiento más completo de todo objeto, deseo o interés propio, por santo que sea.

Es preciso tener como único asunto en este mundo el dejarse pasivamente en la acción divina, para entregarse a todo lo que exigen las obligaciones del propio estado, dejando hacer al Espíritu Santo en el interior, sin ir mirando lo que hace, incluso estando bien a gusto de no saberlo. Todo cuando sucede en el mundo es solamente para el bien de las almas fieles a la voluntad de Dios.

La estatua imponente del mundo, hecha de oro y bronce, hierro y barro

La figura del mundo es presentada bajo el aspecto de una estatua de oro, bronce, hierro y barro [Dan 2,31-35]. Este misterio de iniquidad [mostrado en sueños al rey Nabucodonosor] no es sino el oscuro conjunto de todas las acciones interiores y exteriores de los hijos de las tinieblas, que son la Bestia salida del abismo para hacer la guerra a los hombres espirituales [Apoc 13]. Y todo lo que sucede en la historia hasta el presente es la continuación de esa guerra. Las Bestias se suceden unas a otras, el abismo las devora y las vomita de nuevo en medio de nuevos vapores.

El combate entre Lucifer y San Miguel comenzó en el cielo y perdura en la tierra [Dan 122,13.21; Apoc 12,7]. El corazón de este ángel soberbio y envidioso es un abismo insondable de toda clase de males. Por él entró en el cielo la revuelta de ángeles contra ángeles, y desde la creación del mundo todo su empeño es suscitar entre los hombres nuevos malvados que ocupen el lugar de los que él se ha tragado. Lucifer es, pues, el jefe de aquellos que se le someten libremente.

Este misterio de iniquidad está hecho de odio a la voluntad de Dios y produce un desorden diabólico, un caos misterioso, pues oculta bajo hermosas apariencias males irremediables e infinitos. Todos los malos, desde Caín hasta los que hoy arrasan la faz de la tierra, han tenido siempre apariencia de grandes, de príncipes poderosos, que centraban la atención del mundo y que suscitaban la adoración de los hombres [Apoc 13,3-4]. Y esta apariencia fascinante y engañosa es un misterio: no hay en ella sino Bestias surgidas del abismo, unas detrás de otras, con el fin de trastornar y falsificar el orden dispuesto por Dios.

Pero la ordenación divina, que es otro misterio, ha suscitado siempre hombres verdaderamente grandes y poderosos, que han dado el golpe mortal a esas Bestias. Y a medida que el abismo ha vomitado otras nuevas, el cielo ha hecho nacer también héroes capaces de vencerlas. La historia antigua, sagrada y profana, es la historia de esta guerra, en la que la voluntad de Dios permanece siempre victoriosa. Los que se han alineado con ella, igualmente, han vencido y son felices por toda la eternidad. Por el contrario, la maldad nunca ha sido capaz de proteger a los desertores, sino que les ha pagado con la muerte y una muerte eterna.

¡El malo siempre se cree invencible en su maldad! Pero, Dios mío, ¿quien podrá resistirte? [Rm 9,19-24]. Aunque un alma sola tuviera en contra suya a todas las fuerzas del infierno y del mundo, nada tendría que temer si se abandona a la voluntad de Dios. Y esa apariencia monstruosa de la maldad, que parece tan poderosa, esa cabeza de oro, ese cuerpo de plata, bronce y hierro, no es más que un fantasma de polvo brillante. Una piedrecilla, cayendo sobre ella, la derrumba, dejándola a merced del viento [Dan 2,34-35].

El Espíritu divino vence siempre a la Bestia mundana

¡Qué admirablemente va trazando todos los siglos el Espíritu Santo! Todas esas revoluciones, que conmueven tanto a los hombres, que irrumpen con tal luminosidad, como si fueran astros que brillan sobre las cabezas de los pueblos, tantos acontecimientos extraordinarios, todo eso no es más que un sueño efímero, que huye de la memoria de Nabucodonosor cuando se despierta, por fuertes que fueran las huellas que grabaran en su espíritu.

Todas esas Bestias sólo surgen en el mundo para ejercitar la valentía de los hijos de Dios. Y cuando éstos ya están suficientemente adiestrados, Dios les concede la fuerza para matar las Bestias. Y el cielo al punto eleva a los vencedores, y el infierno traga a los vencidos.

Al punto surge una nueva Bestia y Dios suscita nuevos guerreros para darle batalla. Y así, esta vida no es sino un espectáculo continuo que alegra el cielo, ejercita a los santos y confunde al infierno. Todos los enemigos del bien vienen a ser esclavos de la justicia, y la acción divina construye la Jerusalén celeste con trozos de Babilonia, compuesta por piezas usadas y rotas.

¿Sirven para algo las más altas luces, las revelaciones divinas, si no se ama la voluntad de Dios? Lucifer no fue capaz de aprobar esta voluntad. La decisión de la acción divina que Dios le revelaba al mostrarle el misterio de la Encarnación, le encendió de envidia. En cambio, un alma sencilla, iluminada por la luz de la fe, no se cansa de admirar, alabar y amar la voluntad de Dios, descubriéndola no solamente en las criaturas santas, sino incluso en el desorden y confusión más caóticos. Un grano de fe pura ilumina más el alma sencilla que a Lucifer todas sus luces tan elevadas.

La victoria cierta de la fidelidad

La sabiduría del alma fiel a sus obligaciones, tranquilamente sometida a las mociones íntimas de la gracia, dulce y humilde con todos, vale mucho más que la más profunda penetración de los mayores misterios. Si sólo viéramos la oculta acción divina en todo el orgullo y dureza de las criaturas, la recibiríamos con dulzura y respeto. Sus desórdenes, por aparatosos que sean, son incapaces de romper el orden divino.

Por eso, dulce y humildemente, nunca hay que dejar esa unión con la acción divina que esas cosas implican consigo y comunican. Como tampoco hay que detenerse a mirar la vía que siguen, sino asegurarse en el propio camino. De este modo es como, ajustándose suavemente a las cosas, caen los cedros y se derriban las rocas que no nos dejaban pasar.

Si queremos vencer infaliblemente a todos nuestros adversarios, basta que les opongamos estas armas. Jesucristo nos las ha puesto en las manos para que nos defendamos, y nada debemos temer si nos servimos de ellas sin cobardía, con generosidad, pues en eso consiste la acción de los divinos instrumentos. Es Dios quien hace lo sublime y maravilloso, y jamás una acción particular que haga la guerra a Dios puede resistir a quien está unido a la acción divina por la dulzura y la humildad.

Lucifer es la rebeldía contra la voluntad de Dios providente

¿Quién es Lucifer? Un espíritu bellísimo, el más inteligente de todos; pero un espíritu descontento de Dios y de sus designios. Pues bien, el misterio de iniquidad no es sino la extensión de esa inconformidad, que se manifiesta de todas las maneras posibles. Lucifer, en cuanto está en su mano, no querría dejar nada en el orden que Dios ha dispuesto. Y allí donde él penetra, veréis siempre una desfiguración de la obra de Dios.

Cuanta más luz, sabiduría y capacidad tiene una persona, mayores son para ella los peligros, si no está fundamentada en la piedad, que consiste en estar conformes con Dios y con su voluntad. Estamos unidos a la acción divina por un corazón puro, bien ordenado, y sin él todo lo que se haga viene a ser algo puramente natural y, de ordinario, es una verdadera resistencia a la acción divina. En realidad, Dios no tiene otros instrumentos que los humildes, pues siempre es contradicho por los soberbios que, sin embargo, no pueden menos de servirle como esclavos en el cumplimiento de sus designios.

El alma sencilla reconoce y acepta en todo la voluntad de Dios

Cuando veo un alma que hace de Dios y de la fidelidad a su voluntad su todo, por más pobre que esté de otras cosas, me digo: «he aquí un alma con grandes talentos para servir a Dios». Así venían a ser las apariencias de la santísima Virgen y de San José. Sin esta actitud, en cambio, todas las demás cualidades me dan miedo, temo la acción de Lucifer en ellos, y me mantengo en guardia, pues todo ese encanto no es más que un brillo sensible, como una frágil y quebradiza copa de cristal.

La voluntad de Dios es toda la estrategia de un alma sencilla, que es capaz de reconocerla hasta en aquellas acciones irregulares que el soberbio realiza para humillarla. El soberbio desprecia al alma sencilla, pero ante ésta él no es nada, pues ella solamente ve a Dios en él y en todas sus acciones.

A veces el soberbio, viendo al alma sencilla tan humilde, se imagina que se ve afectada por su desprecio; y no comprende que su humildad es solamente signo de su reverencia amorosa hacia Dios y su voluntad, a quien capta en la misma acción del soberbio. No, pobre insensato, no. Tú al alma sencilla no le das ningún miedo; lo que le das es compasión. Ella está respondiendo a Dios, cuanto tú piensas que te habla a ti. Es con Él con quien lleva su negocio y no contigo, que solamente eres para ella como un esclavo, o mejor, como una mera apariencia bajo la cual Él se disfraza. Por eso cuando tú te elevas, ella se anonada; y cuando tú crees apresarla, es ella la que te captura a ti. Tus malicias y violencias son para ella simplemente favores de la divina Providencia. El soberbio, pues, es un verdadero enigma, pero el alma sencilla, iluminada por la fe, lo descifra con toda claridad.

La ciencia suprema: conocer y aceptar la voluntad de Dios

Este conocimiento de la acción divina en todo lo que pasa en cada momento es la sabiduría más sutil que en esta vida puede tenerse de las cosas de Dios. Es una revelación continua, es un diálogo con Dios que se renueva incesantemente, es gozar del Esposo no en lo oculto, a escondidas, en la bodega o en la viña, sino al descubierto y en público, sin miedo a nadie. Es un océano de paz, gozo, amor y de conformidad con un Dios visto, conocido o, mejor aún, creído, viviendo y operando siempre lo más perfecto, en cuanto se presenta en todos los instantes. Es el paraíso eterno que, verdaderamente, se hace presente en las cosas pequeñas, cubiertas de tinieblas. Pero el Espíritu de Dios, que en esta vida compone secretamente todos estos fragmentos con su acción continua y fecunda, dirá en el día de la muerte: «hágase la luz» [Gén 1,3], y se verán entonces los tesoros que encerraba la fe en ese abismo de paz y de conformidad con Dios, que se encuentra a cada momento en todo lo que hay que sufrir o hacer.

Cuando Dios quiere darse al alma de este modo, todo lo común se hace extraordinario y, por serlo verdaderamente, no lo parece. Y es que este camino es por sí mismo extraordinario y por eso mismo no es necesario adornarlo con maravillas prestadas. Es un milagro, una revelación y un gozo permanente, con algunas pequeñas imperfecciones. Su condición propia, sin embargo, no es poseer apariencias sensibles y maravillosas, sino hacer maravillosas todas las cosas comunes y sensibles. Así es como vivía la Virgen.

Capítulo XI

En el puro abandono en Dios

todo lo que parece oscuridad es actividad de la fe

Caminando a ciegas, en total seguridad

Hay un género de santidad en el que todas las comunicaciones divinas son luminosas y claras. En cambio, en la vía pasiva de la fe, todo lo que Dios comunica participa de su naturaleza y de la tiniebla inaccesible que rodea su trono. Y el alma se ve confusa, perdida en la oscuridad. Teme a veces, como el profeta, ir a caer en la fosa, caminando a través de las tinieblas.

No, alma fiel, no temas nada. En tu camino, bajo la guía solícita de Dios, no hay nada más seguro e infalible que las tinieblas de la fe. ¿Pero hacia qué lado ir, cuando la fe se hace tan obscura? Camina por donde buenamente puedas. Cuando uno no tiene camino y avanza en una oscuridad total, no se puede extraviar. No es posible dirigirse a ninguna meta y no hay objeto alguno ante los ojos.

«Pero yo siento como si cayera en cada momento en un precipicio. Todo me apena. Ya me doy cuenta de que obro por abandono en Dios, pero parece como si no pudiera hacer nada obrando por las virtudes. Oigo a todas las virtudes, que se lamentan porque me alejo de ellas. Y cuanto más me conmueven y afectan esas quejas, más siento obscuramente que me alejo de ellas. Estimo sinceramente la virtud, pero me muevo por la inclinación interior. No estoy seguro de que me lleve bien, pero nada puede impedirme que lo crea».

El espíritu ansía la luz, pero el corazón no quiere sino las tinieblas. Todas las personas y espíritus lúcidos agradan a mi espíritu, pero mi corazón sólo gusta de conversaciones y palabras que no comprende en absoluto. Y todo su estado y camino son efectos del don de la fe, que lleva a amar y gustar de principios, verdades y caminos de los que el espíritu no tiene ni objeto, ni ideas, y en los que tiembla, se estremece y se tambalea.

La seguridad está, no sé cómo, en el fondo de mi corazón, y éste camina según es impulsado, convencido de la bondad de su impulso, no por evidencia, sino por testimonio de su fe. Es imposible que Dios guíe un alma sin comunicarle una certeza de la bondad de su camino, tanto más grande cuanto menos se siente. Y esta certeza afirma su victoria sobre todas las criaturas, sobre todos los miedos y los esfuerzos, sobre todas las ideas espirituales.

Es inútil entonces gritar, luchar, buscar mejor. La esposa siente al Esposo sin sentirlo, pues cuando ella le va a tocar, Él desaparece. Siente que el Esposo la rodea con su brazo derecho [Cant 2,6], y prefiere perderse, abandonándose a su guía, que le va llevando sin razón y sin orden, a tratar de asegurarse, esforzándose en seguir los caminos señalados por la virtud.

A oscuras, en la paz del abandono

Vamos, pues, alma mía, vamos a Dios por el abandono, y ya que la virtud exige industria y esfuerzos, confesémosle nuestra impotencia y confiemos en que Dios no permitirá que no podamos andar a pie, si Él no ha decidido en su bondad llevarnos en brazos.

Y siendo así ¿qué necesidad tenemos de luz, Señor, de ver y sentir, de seguridad, ideas y reflexiones, ya que no vamos a pie, sino llevados en brazos de la Providencia? Cuantas más tinieblas, abismos, obstáculos, muertes, desiertos, temores, persecuciones, sequedades, pobrezas, aburrimientos, angustias, desesperaciones, purgatorios e infiernos haya en nuestro camino, más grandes serán nuestra fe y nuestra confianza. Bastará con levantar los ojos a ti para vernos protegidos de tan grandes peligros.

Entonces nos olvidaremos de los caminos y de sus condiciones, nos olvidaremos de nosotros mismos y, absolutamente abandonados a la sabiduría, bondad y potencia de nuestro Guía, solamente nos acordaremos de amarte, de evitar todo pecado, incluso el más pequeño, y de cumplir las obligaciones de nuestro deber.

Éste será el único cuidado, Amor querido, que tú encargas a tus queridos hijos pequeños, ocupándote tú de todo el resto. Y ellos, cuanto más terrible sea este resto, más esperan y reconocen tu presencia. No se preocupan más que de amar, como si ellos ya no existieran. Y cumplen sus pequeños deberes como un niño que en el regazo de su madre se ocupa en sus entretenimientos, como si en el mundo no existieran más que su madre y sus juegos.

El alma ha de ir más allá de todo lo que le hace sombra. La noche no es tiempo de obrar, sino de descansar. La luz de la razón solamente puede acrecentar las tinieblas de la fe, y el rayo de luz que las atraviesa ha de venir de más alto que ellas.

Cuando Dios se comunica a un alma como vida, no se presenta ya a sus ojos como camino y como verdad [Jn 14,6]. La esposa busca al Esposo en la noche [Cant 3,1], y él está detrás de ella, la tiene entre sus manos y la impulsa. Ella le busca delante, sin encontrarle. Pero él ya no es objeto de ideas, sino principio e impulso.

En la acción divina hay recursos secretos e inesperados, maravillosos y desconocidos, para todas las necesidades, problemas y perturbaciones, caídas y contradicciones, incertidumbres e inquietudes, así como para las dudas de unas almas que ya no confían en su propia acción. Cuanto más se complica la situación, más feliz se espera el desenlace.

Un cántico nuevo: todo va bien

El corazón asegura: «todo irá bien», pues es Dios quien realiza la obra. No hay miedo. El mismo miedo, la privación, la desolación no son más que versos de cánticos de tinieblas, que son cantados con entusiasmo sin omitir ni una sílaba, en la certeza de que todo culmina en el Gloria Patri. Así es como de su extravío hace el alma su propio camino. Las mismas tinieblas sirven para guiar, y las dudas para dar seguridad. Y cuanto menos ve Isaac dónde encontrar algo para hacer el sacrificio, más lo espera todo Abraham de la Providencia [Gén 22,7-8].

Las almas que caminan en la luz cantan cánticos de luz, y las que caminan en tinieblas cantan un cántico de tinieblas. Hay que dejar que cada uno cante de principio a fin la partitura que Dios le ha dado. No hay que añadir nada a lo que Él completa, sino dejar que caigan una a una las gotas de hiel de esas divinas amarguras embriagantes. Jeremías, Ezequiel, pasando por estas tinieblas, no tenían más palabras que suspiros y sollozos, y no encontraban consolación sino en la continuación de sus lamentos. Por eso, quien hubiera detenido el curso de sus lágrimas, nos habría privado de algunas de las páginas más hermosas de la Escritura. El mismo Espíritu que llena de desolación es el único que puede consolar. Son aguas diferentes que manan de una misma fuente.

En tinieblas absolutas

Cuando Dios sorprende a un alma, ésta debe temblar; y cuando la amenaza, ha de anonadarse. No hay más que dejar que actúe y se desarrolle la acción divina, pues ella lleva a lo largo de su curso el mal y la medicina.

Llorad, queridas almas, temblad, pasad por la inquietud y la agonía. No hagáis ningún esfuerzo por evitar estos temblores divinos, estos gemidos celestiales. Recibid en el fondo de vuestras almas las mismas olas que aquel mar de amargura arrojó sobre el alma santa de Jesús. Id siempre adelante y el mismo aliento de gracia que hizo correr vuestras lágrimas ha de secarlas. Se disiparán las nubes, el sol irradiará su luz, la primavera os cubrirá de flores [Cant 2,11-12], y lo que sigue a vuestro abandono os hará encontrar la variedad admirable que lleva en sí el curso de la acción divina.

Soñando o despertados por Dios

En realidad, es cosa muy vana que el hombre se preocupe. Todo lo que en él sucede es algo semejante a un sueño, en el que una sombra sigue y destruye la sombra precedente, sucediéndose en los que duermen las imaginaciones, unas tristes, otras alegres. El alma no es sino el juguete de estas apariencias que se devoran entre sí. El despertar le hace ver al alma que nada de eso tenía importancia alguna, y ya no se tiene en cuenta de todas esas impresiones ni los peligros ni las felicidades del sueño.

Puede decirse, Señor, que tú tienes dormidos en tu seno a todos tus hijos mientras dura la noche de la fe. Y que te complaces en hacer pasar por sus almas una infinita variedad de sentimientos, que en el fondo no son más que santas y misteriosas ensoñaciones. Éstas, a quienes están sumergidos en esa noche y sueño, causan verdaderos temores, angustias y sufrimientos, que en el día de la gloria tú disiparás y convertirás en verdaderas y firmes alegrías.

Será entonces, al despertar del sueño, cuando las almas santas, completamente lúcidas y libres para discernir, se llenarán de admiración al conocer las sutilezas y las invenciones, las delicadezas y trucos amorosos del Esposo, y entenderán hasta qué punto «sus caminos son inescrutables» [Rm 11,33], verán cómo era imposible descifrar sus enigmas, descubrir sus artimañas, y cómo no había modo alguno de recibir consolación cuando Él quería infundir temor y alarma. Al despertarse, Jeremías, David y otros como ellos, pudieron ver que aquello que les había desolado inconsolablemente era motivo de gozo para Dios y sus ángeles.

Trucos del Amor divino providente

«No despertéis a la esposa» [Cant 3,5], espíritus hábiles, artificios, acciones humanas. Dejadla sufrir, temblar, correr, buscar. Es cierto, el Esposo juega a engañarla y se disfraza, mientras ella sueña y sus penas no son más que sueños nocturnos. Pero dejad que siga durmiendo, dejad que el Esposo trabaje en esta alma querida suya, y represente en ella lo que solamente Él sabe trazar y expresar. Dejadle continuar con sus representaciones. Él la despertará en su momento.

José hace llorar a Benjamín [Gén 44,1-17; 45,1-6, haciendo esconder dinero en los sacos de su hermanos y su propia copa en el costal del niño]. Servidores de José, ¡no descubráis su secreto al pequeño! José le engaña, y su engaño pone a prueba toda su astucia. Benjamín y sus hermanos se ven sumidos en un dolor inmenso, pero no es sino un juego de José. Los pobres hermanos no ven otra cosa que un mal sin salida. No les digáis nada, que él solucionará todo. Él mismo les despertará de su engaño, y admirarán su sabiduría, que les ha hecho ver un mal tan grande y desesperado en lo que para ellos va a ser causa de la mayor alegría.

Quietistas

Quietistas ignorantes y sin experiencia, que pretendéis en la esposa una paz y una insensibilidad que no hubo en Jesús y en María, ni en David o los profetas, ni en los apóstoles: ¡qué poco conocéis el poder de la acción divina, su extensión y su fuerza, la variedad y eficacia de las sombras de la pura fe! No tenéis ni idea del sueño de la esposa en esta noche profunda. Vuestra doctrina se manifiesta falsa en las admirables operaciones y juegos que el Espíritu Santo nos describe en el Cantar de los Cantares. Todas sus palabras están desmintiendo vuestras doctrinas.

En pura fe, en un purgatorio

¡El estado de pura fe es un estado de pura cruz! Todo allí es sombrío, todo es penoso. Es una noche que entenebrece todo lo que se presenta. El alma, es cierto, está resignada, incluso está contenta de la felicidad de Dios, pero no siente nada que no sea un purgatorio, en el que todo lo que siente y percibe es sufrimiento, y el mayor de todos es no hallar en sí misma más que resignación, y tener una tendencia tan fuerte hacia su propia felicidad, como si la de Dios viniera a serle indiferente y lejana.

¡Qué diferencia tan grande hay entre obrar según principios objetivos, por un principio ideal, de imitación o de doctrina, y obrar por el principio de la moción divina! El alma es empujada hacia adelante sin ver el camino abierto ante sus ojos. No va ni por donde ella ha visto, ni según lo que ha leído. Así es como va la acción propia, y no puede ir de otro modo, ni asumir otros riesgos. Pero la acción divina es siempre nueva, no vuelve nunca sobre sus antiguos pasos, y va abriendo siempre caminos nuevos. Las almas que ella conduce no saben dónde van, y sus senderos no están ni en los libros ni en sus reflexiones. La acción divina les va abriendo camino continuamente y entran en él empujadas por su impulso.

Un guía amigo nos guía en la noche

Cuando uno es conducido por un guía a través de un país desconocido, de noche, por los campos, sin camino, según su instinto, sin tomar consejo de nadie, y sin querer descubrir sus planes, ¿puede tomarse otra actitud que la del abandono? ¿Sirve de algo mirar dónde está uno, interrogar a los que pasan, consultar el mapa o a otros viajeros? El plan y, por decirlo así, el capricho del guía, que quiere que se confíe en él, se verían contrariados por todo eso. Le agrada poner a prueba la inquietud y la desconfianza del que es conducido, pues lo que pretende es que se confíe totalmente a él; y si se asegura de que es bien guiado, ya no habría ahí ni fe ni abandono.

La acción divina es esencialmente buena, y no quiere en absoluto ser cambiada o controlada. Comenzó a obrar desde la creación del mundo y, desde entonces, fecunda e inagotable, obra sin limitación alguna, dando cada día y momento nuevas pruebas de su poder. Hacía esto ayer, y hoy hace esto otro. Es la misma acción que se va aplicando a todos los momentos por medio de efectos siempre nuevos, y así se irá desplegando eternamente.

Dios conduce en la noche a sus santos

Esa acción divina es la que ha hecho a Abel, Noé, Abraham, bajo modelos diferentes. Isaac es un original suyo, y Jacob no es una copia ni de José ni de él. Moisés no ha tenido a nadie semejante entre sus antepasados. David y los profetas son todos distintos de los patriarcas. San Juan Bautista es más grande que todos ellos.

Jesucristo es el primogénito: los apóstoles obran más por la moción de su espíritu que por la imitación de sus obras. Y Jesucristo no se ha imitado a sí mismo, ni ha seguido a la letra sus propias doctrinas. El Espíritu divino inspira siempre su santa alma, y él, abandonado siempre a su inspiración, no tiene necesidad de consultar al momento precedente para dar forma al siguiente. La moción de la gracia da forma a todos sus instantes siguiendo el modelo de las verdades eternas que la Santísima Trinidad guarda en su invisible e impenetrable sabiduría. El alma de Jesucristo recibe en cada momento las órdenes y las realiza, haciéndolas visibles. El Evangelio nos va mostrando la continuidad de estas verdades en la vida de Jesucristo, y Él mismo, siempre vivo y operante, vive y obra continuamente, también hoy, nuevas cosas en las almas santas.

Abandono perfecto de Jesucristo

Así pues, si queréis vivir evangélicamente, vivid en pleno y puro abandono a la acción de Dios. Jesucristo es la fuente de este abandono, y «es el mismo ayer y hoy y siempre» [Heb 13,8], para continuar siempre su vida y no para recomenzarla. Lo que Él hizo, hecho está, y lo que resta, lo va haciendo en todo momento. Cada santo recibe una parte de esta vida divina. Jesucristo es siempre el mismo, aunque sea diferente en cada uno de sus santos. La vida de cada santo es la misma vida de Jesucristo, es un Evangelio nuevo.

Las mejillas del Esposo son comparadas a los jardines y arreates, llenos de flores perfumadas [Cant 5,13]. La acción divina es el jardinero que diversifica su jardín de modo admirable. Es éste un jardín que no se parece a ningún otro, y entre todas sus flores no hay dos que sean iguales, gracias al abandono por el que se entregan ellas el cultivo del jardinero, dejándole hacer en ellas cuanto le place, contentándose ellas con hacer lo que es propio de su naturaleza y condición. El Evangelio, toda la Escritura y la ley común se resumen en dejarle hacer a Dios y hacer aquello que Él exige de nosotros.

Camino fácil, sencillo, recto

Ésta es, sin más, la acción fácil, sencilla y propia de todos los instrumentos divinos. Es el único secreto del abandono, un secreto sin secreto, un arte sin artificio. Es el camino recto. Dios, que lo exige a todos, lo ha manifestado claramente, haciéndolo inteligible y muy sencillo. Lo que hay de oscuro en el camino de la pura fe no es aquello que el alma debe practicar, sino aquella acción que Dios se ha reservado. Nada más fácil y claro que lo primero. El misterio está en lo que Dios hace por sí mismo.

Considerad, por ejemplo, lo que sucede en la Eucaristía. Lo que es necesario para consagrar el cuerpo de Jesucristo es tan sencillo y fácil que cualquiera, por basto que sea, puede realizarlo, si tiene el carácter sacerdotal. Y sin embargo, es el misterio de los misterios, donde todo permanece escondido y oculto, tan incomprensible, que cuando se es más iluminado y espiritual, más fe se necesita para creerlo.

El camino de la pura fe es en esto algo semejante. Su objetivo es encontrar a Dios en cada momento, y esto es lo más alto, lo más místico, lo más beatífico que pueda haber. Es un fondo inagotable de pensamientos, discursos y escrituras, es un conjunto y una fuente de maravillas. Sin embargo, para lograr un objetivo tan prodigioso ¿qué es lo que hace falta? Una cosa solo: dejar hacer a Dios y hacer todo lo que Él quiere, según el propio estado.

Camino oculto y oscuro

No puede haber en la vida espiritual nada más sencillo y más al alcance de todos. Éste es, pues, el camino maravilloso y oscuro. Para caminar por él el alma necesita una gran fe, pues todo se presenta tan dudoso que la razón siempre halla motivos para protestar. Aquí es preciso creer en lo que no se ve. A juicio de los judíos, los profetas fueron santos, pero este Jesús es un «embaucador» [Mt 27,63; Lc 23,2.5.14]. ¡Qué poca fe tiene el alma que, como ellos, se escandaliza de Él!

Desde el principio del mundo Jesucristo vive en nosotros, y en nosotros obra durante toda su vida. Aquél que se nos entrega hasta el fin del mundo permanece siempre. Jesús vivió y vive hoy una vida que comenzó en sí mismo, que continúa en sus santos y que no terminará jamás. ¡Oh, vida de Jesús, que comprende y excede todos los siglos! Si todo el mundo es incapaz de contener todo lo que podría escribirse acerca de Jesús, todo lo que Él hizo o dijo, toda su vida; si el Evangelio no nos da sino unos pocos trazos; si sus primeros tiempos son tan desconocidos y tan fecundos, ¿cuántos Evangelios sería preciso escribir para contar la historia de todos los instantes de esta vida mística de Jesucristo, que multiplica sus maravillas hasta el infinito y las multiplicará eternamente, pues en realidad todos los tiempos no son sino la historia de la acción divina?

Evangelio vivo y diario que sigue escribiendo el Espíritu Santo

El Espíritu Santo ha hecho consignar en caracteres infalibles e indudables algunos instantes de esa larga historia. Ha recogido en las Escrituras algunas gotas de ese mar, manifestando los secretos e ignorados caminos por los que Jesucristo ha aparecido en el mundo. En medio de la confusión de los hijos de los hombres, se ven así los canales y venas por donde se reconoce el origen, la raza, la genealogía de este Primogénito. Todo el Antiguo Testamento es solamente un caminito entre los innumerables e inescrutables caminos de esta obra divina, que así señala no más que lo necesario para llegar hasta Jesús. Y el resto ha quedado escondido en los tesoros de la sabiduría del Espíritu divino.

En efecto, de todo este océano de la acción divina solamente ha manifestado un hilillo de agua que, llegando hasta Jesús, se pierde en los apóstoles y queda abismado en el Apocalipsis. De manera que el único objeto de nuestra fe es el resto de la historia de la acción divina, es decir, toda la vida mística que Jesús lleva en las almas santas hasta el fin de los siglos.

Todo cuanto se ha escrito es sólo lo más evidente. Pero ahora nosotros estamos en los siglos de la fe, y el Espíritu Santo escribe los Evangelios solamente en los corazones. Todas las acciones y momentos de los santos son Evangelio del Espíritu Santo, en el que las almas son el papel, y sus sufrimientos y acciones son la tinta. El Espíritu Santo, por la pluma de su acción, escribe un Evangelio vivo, que solamente podrá ser leído en el día de la gloria, cuando, después de salir de la prensa de esta vida, sea publicado.

¡Qué bellísima historia! ¡Qué libro tan hermoso escribe el Espíritu Santo en el presente! Almas santas, es un libro que está en prensa todavía, pero no hay día en que no se vayan componiendo las letras, aplicando la tinta, imprimiendo las hojas. Nosotros, sin embargo, permanecemos en la noche de la fe, y el papel resulta más negro que la tinta. No se aprecia en los caracteres sino pura confusión, es como una lengua de otro mundo, no se entiende nada. Es un Evangelio que solamente podréis leer en el cielo.

La fe sabe leer este Libro de Vida

Si pudiéramos ver la vida y mirar todas las criaturas no en sí mismas, sino en su principio. Más aún, si pudiéramos ver la vida de Dios en todos los objetos, cómo los mueve la acción divina, cómo los mezcla, los junta, los opone, los impulsa entre términos contrarios, reconoceríamos entonces que todo tiene su razón de ser, su medida, proporción y relación en esta obra divina.

Pero ¿cómo leer este libro en el que los caracteres son desconocidos, innumerables, todos revueltos y cubiertos de tinta? Si la combinación de veinticuatro letras puede ser tan inmensa que basta para componer infinidad de volúmenes diferentes, cada uno admirable en su género, ¿quién podrá expresar lo que Dios hace en el universo? ¿Quién será capaz de leer y entender el sentido de un libro tan inmenso, en el que no hay letra que no tenga su forma particular, y que en su pequeñez no encierre profundos misterios?

Los misterios no se ve ni se sienten: son objetos de la fe. Y la fe los cree, juzgándolos buenos y verdaderos, sólo por su principio divino, pues en sí mismos son tan obscuros, que todas sus apariencias no sirven más que para ocultarlos y esconderlos, y para cegar a quienes pretenden juzgarlos por la sola razón.

Espíritu Santo, enséñame a leer el momento presente

¡Oh, Espíritu divino, enséñame a leer en este libro de la vida! Quiero hacerme discípulo tuyo y, como un niño pequeño, creer lo que no alcanzo a entender. Me basta que mi Maestro lo diga. Él ha dicho esto, lo ha pronunciado, ha juntado las letras de este modo, y eso me basta. Pienso que todo es como Él lo ha dicho, aunque no entiendo nada, porque Él es la verdad infalible. Todo lo que dice, todo lo que ve, es la verdad. Él quiere que se junten ciertas letras para formar un nombre, y de éste se deriven otros. No hay más que tres, que seis, no hay más que aquello, pues basta: con menos no tendría sentido. Él es el único que, conociendo los pensamientos, es capaz de juntar las letras para hacer un escrito. Todo tiene significado, todo posee un sentido perfecto. Esta línea termina aquí, porque así conviene. No falta una coma, ni hay un punto inútil.

Esto lo creo ahora, en el presente, y cuando en el día de la gloria me sean revelados tantos misterios, alcanzaré a ver con claridad todo lo que ahora no comprendo sino confusamente, todo lo que se me muestra tan revuelto y embrollado, tan desordenado e imaginario. Y entonces todo me alegrará, me llenaré de un gozo eterno por la bondad y el orden, la razón, la sabiduría y las incomprensibles maravillas que descubriré.

Todo lo que vemos ahora es vanidad y mentira. La verdad de las cosas está en Dios. ¡Y qué diferentes son las ideas de Dios de nuestras ilusiones! ¿Cómo entender, si no, que estando continuamente advertidos de que todo esto que pasa en el mundo no es más que una sombra, una figura, un misterio de fe, nos conduzcamos, sin embargo, en todo humanamente, guiados por el sentido natural de las cosas, que no alcanza nunca a descifrar el enigma?. Caemos una y otra vez en la trampa, como insensatos, porque no levantamos los ojos al principio divino, a la fuente, al origen de las cosas, donde todo tiene otro nombre y otras cualidades, donde todo es sobrenatural, divino, santificante, donde todo es parte de la plenitud de Jesucristo, donde todo es piedra de la Jerusalén celeste [Apoc. 3,12], donde todo se integra y hace entrar en este edificio maravilloso.

Vivimos según lo que vemos y sentimos, y hacemos inútil esta luz de la fe que podría conducirnos con tanta seguridad por este laberinto, donde hay tantas tinieblas e imágenes, entre las que nos extraviamos como necios. No avanzamos guiados por la fe, que solamente ve a Dios y las cosas en Dios, y que vive siempre de Él, dejando a un lado lo visible, y yendo más allá de las figuras.

La fe es la antorcha del tiempo, y ella sola alcanza la verdad invisible, toca lo impalpable, ve todo este mundo como si no existiese, pues ve algo muy distinto de lo que es aparente. La fe es la llave de los tesoros, la llave del abismo [Apoc 9,1] y de la ciencia de Dios [Lc 11,52]. La fe denuncia la mentira de todas las criaturas, y por ella Dios se revela y manifiesta en todas las cosas, divinizándolas. Ella es la que quita el velo y descubre la verdad eterna.

Cuando un alma recibe esta inteligencia de la fe, Dios le habla por medio de todas las criaturas. El universo es para ella una Escritura viviente, que el dedo de Dios traza incesantemente ante sus ojos. La historia de todos los momentos que pasan es una historia sagrada. Los Libros santos, que el Espíritu de Dios ha inspirado, no son para ella más que el comienzo de las enseñanzas divinas.

Todo lo que sucede y que no está consignado en las Escrituras es para ella una continuación de éstas. Y lo que está escrito no es más que el comentario de lo que no está. La fe juzga del uno por lo otro. La síntesis escrita no es más que la introducción a la historia de la plenitud de la acción divina, que se encuentra resumida en las Escrituras. El alma descubre en ella los secretos para penetrar en los misterios que encierran toda su plenitud.

El texto digital fue extraído de:

Abandono

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