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La voluntad de Dios

by en 17 junio, 2010

P. Tomás Spidlik S.J.

Obediencia a la voluntad de Dios.

Obedecer, en el contexto bíblico, significa abrir el oído a las expresiones de la voluntad de otro y darle respuesta. La obediencia es entonces subordinación (ypotásseszai) y acción (poiein). Ninguna creatura puede sustraerse a la sumisión a la voluntad de Dios; los mismos paganos lo han reconocido magníficamente alguna vez (1).

La búsqueda asidua de la voluntad de Dios es entonces la primera regla de la praxis espiritual (2). Los ascetas insisten tanto sobre el amor a la voluntad de Dios, que en la esfera de la iniciativa personal, en la cual podríamos perdernos, quieren tener la certeza de no equivocarse nunca. Su gran problema es: ¿dónde se manifiesta la voluntad de Dios?

En todas partes, en el Oriente antiguo, existían hombres considerados idóneos para recibir un mensaje de la divinidad mediante una inspiración directa. Las profecías desaparecerán algún día, explica S. Pablo (I Cor. 13, 8). Pero esto sucederá al fin de los tiempos. En la Iglesia actual, piensa Evergetino, los “corifeos entre los Padres… tendrán por maestro no a un hombre, sino a Dios y a su conciencia, y se convertirán en fuente de luz para el universo” (3). Probablemente refiere aquí un cierto eco de las luchas de Simeón el Nuevo Teólogo por los privilegios de las personas espirituales: “Son raros, sin embargo hay todavía de estos hombres guiados desde el comienzo por el Espíritu Santo, que no han tenido personalmente necesidad de una guía humana, y por tanto han llegado a ser a su vez, más tarde, guías de otros. Cosa que debemos admirar y no imitar, considerando nuestra debilidad” (4).

Obediencia al padre espiritual.

Todo el pueblo podrá ser profeta, auguraba Moisés (Num. 11, 29). S. Pablo no está totalmente convencido, queriendo que se ejercite el carisma profético dentro de un orden y para bien de los otros (I Cor. 14, 28-32). La gran fama de los “padres espirituales”, de los “abades”, de los startsi (“ancianos”) del monaquismo deriva de esta constatación: no todos son dignos de ser iluminados directamente por el Espíritu Santo, aunque sino conforme a la naturaleza humana; pero sobretodo no todos son capaces de discernir si los pensamientos provienen del Espíritu Santo o no. El siguiente consejo de Barsanufio es parte de la tradición: “hermano, no te precipites en el discernimiento de los pensamientos que te vienen. No estás capacitado… Pero el pensamiento que se detiene en ti y que te hace la guerra, dilo a tu abad, y él te curará en el nombre de Dios” (5). El verdadero padre espiritual no se encuentra fácilmente, es necesario buscarlo (aunque para esto debiera cambiar de monasterio) (6). Una vez encontrado, se permanece fiel a él (7).

La dirección espiritual es un deber del gnóstico: no es más que la puesta en práctica del discernimiento de espíritus. En consecuencia el don de la diacrisis sobresale por sobre los otros dones en materia de dirección. El diacriticós puede ser al mismo tiempo dioraticós, tener como don la “perspicacia”, incluso la cardiognosis (8). El don de la diacrisis unido a la “profecía”, el saber hablar en nombre de Dios, hace al perfecto padre espiritual (9).

¿Es necesario ser sacerdote? ¿Es necesario ser igúmeno? Respecto a ambos interrogantes hay pareceres variados y controvertidos (10). Intervienen en este debate una cuestión teológica, el valor del Sacramento de la penitencia, y un eterno problema práctico: ¿gobierno centralizado en los monasterios o libertad de los monjes para elegir sus padres espirituales? La solución ideal sería la unión de las tres prerrogativas: el santo igúmeno que es sacerdote y diacrítico asume la tarea de la dirección espiritual. Esta no es por sí misma ni una función jerárquica ni jurídica. Se trata de la disposición de imponerse, por amor, las fatigas y las penas que implica el cuidado de un alma deseosa de la salvación.

Obediencia jerárquica

En la literatura monástica son numerosos los ejemplos en los que la autoridad del superior parece revestir un carácter de absolutismo divino. Se tiene la impresión de que el superior es la imagen del Pantocrator [Todopoderoso] en un territorio limitado, plenamente responsable de todos y de todo aquél que cae bajo su mirada nunca adormecida (11).

¿Cómo es que se ha pasado tan fácilmente de la obediencia al padre espiritual, teóforo, profeta, a la obediencia al jefe jurídico?. Este pasaje del “carisma al derecho” esta justificado sólo en la medida en que se cree en el gran carisma de la misma Iglesia, en la presencia del Espíritu en las estructuras humanas. En este caso no se trata de una sustitución del carisma con el derecho, sino más bien de la sumisión de los dones particulares al carisma universal de la Iglesia (12).

¿La obediencia a una persona o a la ley escrita?

Un musulmán del siglo XI quedó impresionado por la estima de los cristianos por sus “padres”, y lo explica así: el cristianismo originariamente no estuvo “codificado” (13). El título de “padre”, en efecto, es el más grande honor que puede ser conferido entre los cristianos, se trate del “padre espiritual” o del “abad” de un monasterio, de los “Padres” de un Concilio o de los “padres” sacerdotes (14).

Se supone, entonces, que son todos “paternos”. La dirección espiritual exige mucha paciencia y mansedumbre (15), que no llegan sin una disciplina vigorosa; no teme hablar fuerte y claro (16), y al mismo tiempo socorre con la oración. “Padre, ruegue por mí” es la fórmula que introduce frecuentemente la solicitud del discípulo (17). Y cuando éste habla de lo que ha hecho bien, no deja de agregar: “Por las oraciones de mi padre espiritual” (18).

La virtud principal que caracteriza al abad de una comunidad es la responsabilidad tanto por sus súbditos como por la observancia de la ley de Dios (19). Si descuidase este grave deber incurriría en la propia condenación y en la de sus súbditos, por perfecta que fuese su vida personal (20).

“Quien confía en la obediencia a los padres está libre de toda preocupación y posee la paz” (21). Los superiores tienen, por el contrario, sus obligaciones: enseñar (22) vigilar y corregir a los pecadores (23), dirigir los trabajos (24). Resumiendo, nada se debe hacer sin la bendición del superior. Esta bendición -asegura José de Volokolansk- atrae la gracia de Dios sobre nosotros, mientras que toda acción cumplida sin autorización es ya en sí maldita (25).

Sobre este argumento las opiniones no son unánimes. Para Basilio, parece que la función del superior consistiría solamente en discernir si la acción a realizar era o no según el mandamiento de Dios. El igúmeno no estaba dotado de una autoridad que le permitiese transformar una acción en sí misma indiferente en una acción buena dándole el valor de explícita voluntad de Dios (26).

La tradición monástica, después, oscilará entre las dos formas de la obediencia: más “personal”, en base a la cual el superior tiene verdaderamente el lugar de Dios, y más “escritural”, en base a la cual el verdadero “superior” es la ley escrita. En este segundo caso está el peligro de reducir al “padre” a un rabbí que aplica la thorá, mientras que en el primero el peligro es otro: sentirse superior a los mandamientos divinos (27).

Obediencia a los mandamientos divinos.

La voluntad de Dios, trasmitida por boca del padre espi-ritual, se expresa por medio de una [palabra], logion, dictum. Lo que nos asombra en los Apotegmas es su variedad y su aparentes contradicciones. La dirección espiritual deja un cierto espacio a la iniciativa personal en la búsqueda de lo que se llama la politeia, un “ejercicio” (o un modo de vida), los medios puestos por obra para realizar la vida virtuosa (28).

¿Ha sido este individualismo el que ha escandalizado a Basilio durante su viaje a Egipto? ¿O más bien la triste experiencia con su padre espiritual Eustacio de Sebaste? (29). Una cosa es cierta, que no recomienda a sus monjes ningún logion surgido de la boca de un carismático. La Escritura divinamente inspirada los contiene suficientemente para todos. Ella es “un remedio al alcance de todos” y cada uno “encontrará allí la medicina adecuada a su mal” (30).

El cristiano no tiene necesidad de pruebas para saber que la voluntad de Dios se manifiesta en los mandamientos de la Escritura. Cuando el traductor siríaco tradujo (con gran dificultad) la palabra desconocida praktiké por (pulhâma depuqddânê), “práctica de los mandamientos”, esta traducción no era enteramente falsa, porque Evagrio mismo afirma que la praktiké “reposa sobre la observancia de los mandamientos” (31).

Al contrario, “todo lo que hay de desorden y de malicia en el mundo… proviene del hecho que no se aceptan, como se debe, las Escrituras divinas” (32). El opúsculo Sobre el Juicio de Dios (entre las obras de Basilio) desarrolla esta doctrina con patética elocuencia (33). Para Basilio se trata de una exigencia primordial del Evangelio: cumplir todos los mandamientos de Dios (34). La violación de un solo precepto implica la violación de todos los otros (35). A la pregunta: “si a todas nuestras buenas acciones les falta una sola acción virtuosa, ¿seremos excluidos de la salvación por este único motivo?”, responde que sí (36). José de Volokolamsk responde en el mismo sentido: “habiendo sido dados para nuestra salvación, todos los mandamientos son admirables y útiles”. Por lo tanto debemos cumplir todo lo que el Señor ha ordenado (37). Por otra parte, el hombre tiene la facultad, “las fuerzas y las energías necesarias para cumplir todos los mandamientos que se le han impuesto” (38).

La observancia de todos los preceptos divinos instaura en el mundo el orden, la unidad mediante la Providencia, la cual no es otra cosa que “un pensamiento contenido en el mandamiento” (39), una disposición “sabia y bien ordenada” (sofé kai eytaktós diakósmesis)(40). En una comunidad, la observancia fiel de los mandamientos crea la armonía de los miembros y ellos llegan a ser unánimes (omópsyjoi adelfoi).

Preceptos-consejos; espiritualidad cristiana – monástica.

Actualmente se ha realizado una distinción muy neta entre “salvación del alma” y “perfección”, y se han dividido en categorías a cuantos quieren obrar por su salvación: se habla de espiritualidad monástica, del clero secular, del laicado, etc.

Los grandes maestros del Oriente cristiano consideraban un error y un daño para todos, monjes y no monjes, insistir más sobre la diferencia que sobre la igualdad casi total. “Las Sagradas Escrituras no conocen tal subdivisión, quieren que todos lleven la vida de los monjes, incluso si son casados”, escribe S. Juan Crisóstomo (41).

En Oriente no se habla de “consejos evangélicos”. Se utiliza más bien una vieja y tradicional distinción entre las virtudes del alma y las virtudes del cuerpo, psíquicas y somáticas (42). Los consejos evangélicos son las “virtudes somáticas”, instrumento de las virtudes, medios para adquirir las virtudes. En consecuencia los monjes que son vírgenes y pobres se encuentran en mejores condiciones para llevar la vida de salvación necesaria a todos los cristianos (43).

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